Siempre que como en una taberna platos regionales me parece encontrar

una relación estrecha entre el gusto y el color del guiso con el

paisaje material y espiritual. Un guisote de esos de marineros del

Mediterráneo con sus pimientos, sus tomates y su azafrán, está tan en

consonancia con el clima por su sabor, su color y su olor, como un

guiso con perejil con el Cantábrico; un plato de salchichería fría nos

recuerda la mitología germánica de Wagner, y el queso de Gruyère, con

sus agujeros, nos trae a la imaginación los abismos alpinos de Suiza.

No hablo ya de los productos naturales, porque esos no hay duda que

representan admirablemente el clima; los melocotones, las peras, las

uvas, las naranjas, los plátanos, dicen por su aspecto el paisaje de

donde vienen; pero aun los productos elaborados parece que saben algo

del clima de donde proceden. El aceite habla latín, y la manteca,

germano. El vino tiene todos los acentos: es ciceroniano en el Jerez

y en el Málaga, recuerda al Espíritu de las leyes en el Burdeos, y se

parece a una canción chispeante de café concierto parisiense en el

Champaña, por su espuma y su picor...

Estando en estas profundas reflexiones apareció Bertache, y le conocí

en seguida por su blusa azul, su boina, su pañuelo rojo y el bastón de

tratante. Venía con él su novia.

Me levanté para saludarles, y se sentaron a la mesa.

--¿Quieren ustedes cenar?--les pregunté.

--Hemos cenado ya--contestaron.

Bertache pidió una botella de Champaña. Dentro de mis ideas anteriores,

el pedir una botella de Champaña en la Bella Marinera era un absurdo;

debía de haber pedido una botella de sidra o de chacolí.

Mientras bebía, contemplé a Bertache. Era tipo de estatura mediana,

bien plantado, moreno, esbelto, de ojos claros, facciones serias y

tristes, y labios delgados. Usaba patilla corta y bigote pequeño.

Según las teorías frenológicas del abate Girovanna debía ser muy

valiente y tener grandes condiciones para la música y las matemáticas,

porque sus sienes eran muy abultadas.

Llevaba el pelo largo, y una boina grande de medio lado dejaba parte

de la cabellera rizada al descubierto. Tenía las manos finas y con

anillos. Por entre la abertura de la blusa se veía un chaleco bordado y

una gruesa cadena de plata, y colgando de ella, un sello con las armas

de los Arreches: un árbol con dos osos. Contemplando a aquel hombre, se

imponía la idea de que lo que decían de él era verdad: que era audaz,

atrevido, sanguinario, egoísta, rapaz, dispuesto a todo. Se sentía en

él al hombre felino, sin conciencia, para quien los deseos son los amos

absolutos de su espíritu.

Pedro Luis Arreche, alias Bertache, era oficial del 5.º de Navarra.

Procedía de Almandoz, un pueblo del valle del Baztán, en la subida de

la carretera de Irún a Pamplona, por el alto de Velate.

La casa de Bertache era casa importante en el pueblo: entonces vivían

la madre y tres hijos, dos varones y una hembra. Los dos Arreches

varones eran de la piel del diablo, malos, rencorosos y vengativos.

El subteniente Bertache, por los datos que adquirí de él, era un Don

Juan de aldea, ambicioso, cínico, atrevido, que había matado ya varios

hombres, entre ellos al brigadier Cabañas, por odio, por venganza y por

rabia.

Bertache, según la opinión de todos los que le conocían, era un tipo

sanguinario, para quien asesinar o robar no tenía gran importancia.

GABRIELA LA

RONCALESA

La muchacha que le acompañaba se llamaba Gabriela Sarriés, y la decían

Gabriela la Roncalesa. Era alta, huesuda, rubia, de un rubio de color

de panocha, con los ojos claros, las facciones un poco duras, el aire

enérgico e inteligente.

Gabriela era contrabandista; tenía una mula, que cargaba de género en

Francia, y que introducía en Guipúzcoa y en Navarra.

Gabriela solía hacer sus compras en casa de Iturri; y por Iturri,

Aviraneta se entendió con Gabriela, y luego, con Bertache.

Mientras bebimos, estuve yo contemplando a esta pareja, y Bertache

estudiándome a mí. Gabriela no separaba los ojos de su amante. Se veía

que estaba locamente enamorada de él.

Comprendí que Bertache sentía una gran antipatía por mí. Sin duda, me

consideraba como un joven rico, mimado por la fortuna.

Bertache era el mozo guapo del pueblo, acostumbrado a romerías y a

fiestas, a quien las mujeres adoran, y que va por la pendiente del

donjuanismo haciéndose cada vez más violento, más orgulloso y más

canalla. Un rival para él debía ser algo muy odioso.

Bertache era un hombre despistado, de poca penetración psicológica. Se

veía que le costaba trabajo el comprender la manera de pensar de los

demás. Yo le sorprendía. Sin duda, daba vueltas en su cabeza a la idea

de quién sería yo y qué importancia tendría.

¡DINERO! ¡DINERO!

Bertache me dijo desde el principio, ásperamente, que lo que se

necesitaba era dinero. Con dinero él era capaz de todo.

Me contó fríamente cómo habían asesinado al brigadier Cabañas, hijo del

ministro de la Guerra de Don Carlos, en un caserío llamado Saracoíz,

hacia Cirauqui, por órdenes del comandante Aguirre y del general García.

Lo habían matado entre el subteniente Urcáiz, los soldados Salaverri,

Santacilia, Nuin y él. Explicó cómo le dieron tres bayonetazos, le

tuvieron dos horas herido, le cortaron una mano y, por último, lo

tiraron a un arroyo próximo. Uno de los soldados se había quedado con

el reloj de Cabañas.

Me chocó que Bertache no intentara exculparse. Contaba el crimen como

si tal cosa. Después me explicó los antecedentes de la asonada que

habían conseguido provocar entre el teniente del 2.º de Guipúzcoa, José

Zabala, y otros sargentos y subtenientes, por la falta de pagas, en

la que gritaron las tropas: ¡Muera la Junta! ¡Mueran los hojalateros!

¡Abajo los castellanos!, y ¡Vengan nuestras pagas!

Don Carlos y su corte estuvieron a punto de caer en las garras de

la tropa amotinada, y si no ocurrió esto fué por haberse acobardado

algunos sargentos en el momento del conflicto.

--Y si le cogen ustedes a Don Carlos--le pregunté yo--, ¿qué hacen

ustedes con él?

--Le hubiéramos pegado cuatro tiros.

Bertache tenía odio por Don Carlos. En su naturaleza de felino, parecía

que el único sentimiento espontáneo era el odio.

A consecuencia del motín de las pagas de Estella y de la muerte del

brigadier Cabañas, Bertache y sus amigos estaban en entredicho, y

Maroto había mandado que se comenzase un proceso para aclarar estos

motines y muertes, aunque luego dispuso que se suspendieran las causas.

Bertache aparecía entre los intransigentes carlistas, y estaba entonces

en Almandoz con unos días de licencia.

LA TRAICIÓN

Y EL VALOR

Bertache era como un gato montés, como una alimaña.

Hay el lugar común general de identificar el tipo del traidor con el

del cobarde. La retórica corriente, que llama cobarde atentado al

atentado de un anarquista fiero y de un terrible valor, quiere que

traidor y cobarde sean sinónimos.

Estas son ilusiones del buen burgués, tranquilo, apacible, a quien

inciensa cotidianamente el periodista con sus adulaciones. Claro, es

lógico que haya algunos espías y traidores, cobardes y pusilánimes;

pero la mayoría son valientes y atrevidos. En cambio, en el buen

burgués, honrado, hasta cierto punto, y patriota, se da el caso del

tipo cobarde con muchísima más frecuencia.

El valor no es un resultado intelectual, ni moral, sino un caso de

fuerza nerviosa.

Bertache era de una fiereza y de un valor de tigre, de estos hombres de

cieno y de sangre que no tienen ninguna idea política, ni religiosa,

ni social, y que marchan dejando a su paso un rastro de violencia y de

crímenes.

A las diez de la noche, Bertache se levantó dispuesto a marcharse.

--¿Adónde va usted ahora?--le dije.

--Voy a Vera, donde dormiré un par de horas, y para el mediodía estaré

en Almandoz.

--¿Quiere usted que le lea lo que he escrito?

--No, ¿para qué? Mi última palabra es ésta: ¡dinero, dinero y dinero!

--¿Lo necesita usted inmediatamente?

--Sí.

Le di dos mil pesetas que llevaba en el bolsillo, y me firmó un recibo

con la inicial Y.

--Tendrán ustedes pronto noticias mías. Diga usted al Gobierno de

Madrid que si quiere emplear dinero, se hará todo..., si no, esto

seguirá no sabemos hasta cuándo.

Gabriela me indicó que antes de un mes estaría en Bayona de nuevo para

sus negocios, y que me avisaría por Iturri.

Bertache pagó la botella de Champaña y salió con su novia de la taberna

contoneándose, golpeando el suelo con el bastón.

Yo me marché a dormir a San Juan de Luz, y al día siguiente estaba en

Bayona.

VI

LA LETRA Z

POCO después de mi entrevista con Bertache me avisaron, por la casa

Artigues de Saint-Esprit, que el domingo me presentara en Ezpeleta, en

la taberna del Compás de Oro, donde podría verme a las seis de la tarde

con García Orejón, la letra Z. Me indicaban que preguntara al amo de la

taberna por el Picador.

Salí en el tílburi de Iturri, el domingo por la mañana, camino de

Ezpeleta. Estuve un momento en Cambo, a saludar a Stratford. Hacía un

día espléndido. Se veían los montes próximos muy azules; la peña de

Aya, Larrun, Mondarrain y, más a lo lejos, el pico de Ossau, todavía

con la cima nevada.

Stratford me convidó a almorzar con él; acepté, y después salí de Cambo

con el caballo al paso, camino de Ezpeleta, adonde llegué a eso de las

tres o tres y media.

La posada del Compás de Oro estaba en la calle principal de Ezpeleta,

a la salida, marchando de Bayona a San Juan Pie de Puerto. Tenía en el

piso bajo una taberna, con sus bancos y su mostrador de cinc, y a un

lado, el comedor, con una mesa larga, un armario y un reloj en la pared.

Dejé el coche en un patio y el caballo en la cuadra, y me senté.

Pedí una botella de sidra y llamé al tabernero, que se presentó en

seguida. Otharre, el amo del Compás de Oro, era un hombre grueso,

pesado, de nariz abultada y roja, boca de labios finos y ojos pequeños,

negros, llenos de malicia. Era un tipo que tenía una mirada burlona y

una sonrisa llena de ironía. Vestía como de domingo: camisa muy blanca,

blusa negra nueva, boina y alpargatas.

--¿Usted le conoce al Picador?--le pregunté.

--Sí.

--Pues va a venir aquí esta tarde a hablar conmigo. Así que, cuando

venga, diga usted que me avisen.

--Muy bien.

Mientras bebía mi botella de sidra estuve oyendo a dos aldeanos que

tenían un papel con una canción en diálogo, en vascuence, titulada el

_Amo y el criado_, y que se refería a la guerra carlista. La cantaban,

mientras otros campesinos que les oían se reían a carcajadas. En

la canción, el amo recibía en Burdeos a Fraschcu, su criado, y le

preguntaba noticias de Oyarzun, su pueblo. El criado le contestaba

contando miserias de la época, y el amo decía que los hombres que

habían desencadenado la guerra debían tener los demonios en el cuerpo,

fueran curas o frailes, y que era bastante mejor seguir la ley del

turco que no la fe que predicaban aquellas gentes.

Duc ascoz obia

Turcuen leguía,

Ez oyec predicatzen

Duten fedia.

Me hizo gracia la energía de la afirmación.

Cansado de estar quieto salí a la calle y estuve contemplando las

viejas casas vascas de Ezpeleta, con sus ventanas rojas y su entramado

de maderas, que trazan figuras de H y de V en las paredes blancas.

Me chocó que hubiese tanta gente en la calle, y luego me fijé en que

había colgaduras en los balcones.

--¿Qué pasa?--pregunté a unos aldeanos.

--Que viene el obispo de Bayona en visita pastoral.

--¿Cuándo?

--Ahora mismo acaba de llegar el coche.

LLEGA EL OBISPO

Esperé una media hora, y comenzó a pasar la comitiva que precedía

al obispo. Venían primero cuatro zapadores con morriones inmensos,

adornados con estampitas, delantales de cuero y hachas de cartón al

hombro; luego, cuatro trompetas y cuatro tambores; después, varios

jóvenes con boinas rojas, chaquetillas también rojas, pantalón blanco

y sable, y otros muchachos, jinetes en caballos pequeños, enarbolando

banderas blancas. Me pareció una manifestación realista.

Después venía el obispo, rodeado por la gente del pueblo, saludando y

echando bendiciones y dando a besar la mano, sobre todo a las señoras.

En el tropel vi a una mujer guapa, morena, que me llamó la atención.

--Yo conozco a esta señora--me dije--, pero ¿de qué? No recordaba.

Pensé que quizá la habría visto en Bayona. Fué toda la comitiva al

Ayuntamiento, una casa torre antigua colocada en un cerro y separada

del caserío del pueblo. El párroco leyó un discurso, y el obispo

contestó con una plática. Le estuve observando mientras hablaba. Le

conocía de casa de madama D'Aubignac, donde se manifestaba burlón y

mundano. Allí, en Ezpeleta, tomaba un aire místico, pero su actitud,

indudablemente, era una comedia.

Cuando concluyó su plática, la gente gritó: ¡Viva monseñor!; y el

público comenzó a agitarse y a dispersarse.

FERMINA LA NAVARRA

En aquel momento vi, de frente, a la señora morena que me llamó la

atención. Era la misma que había visto salir de Laguardia con Aviraneta

y que Zurbano hizo comparecer ante su presencia. Era Fermina la

Navarra, casada con Vargas.

Ella me reconoció también en seguida y me mostró disimuladamente a

un grupo de hombres que, por su aspecto, me parecieron españoles y

carlistas. Efectivamente; poco después advertí, entre ellos, a mi

vecino de hotel, el Murciélago. Como veía que me espiaban, me retiré a

la posada. Le pregunté al tabernero Otharre.

--¿Oiga usted: una señora morena española, de negro, vive aquí?

--Una guapa. ¿La señora de Vargas?

--Sí.

--Suele venir con frecuencia, pero no creo que vive en el pueblo. Es

carlista y conoce en Ezpeleta mucha gente.

--¿Por aquí habrá mucho carlista?

--Naturalmente. Van y vienen como usted.

El tabernero, sin duda, me había tomado por carlista.

EL PICADOR

A media tarde apareció García Orejón en la taberna del Compás de Oro,

en compañía de Otharre. Era un hombre alto, grueso, fornido, de unos

cuarenta años. Había sido picador de caballos; tenía la cara curtida,

amarillenta y marcada por las viruelas; las piernas, arqueadas.

Usaba bigote largo, negro y caído. Era un poco calvo; tenía los ojos

brillantes, la mirada obscura, de través, y los labios gruesos.

--Hablaremos por el camino--me dijo el Picador.

--Aparejaré el cochecillo que he traído e iremos en él.

--No; no me conviene que nos vean juntos. Yo iré por esta carretera, a

pie, y usted me recoge al paso. Si no tiene usted prisa, me lleva usted

hasta Añoa.

--Muy bien.

Lo hice así, y salí del pueblo por el otro extremo de donde había

entrado. Encontré a poco a Orejón, que montó en el tílburi, y fuimos

despacio.

El Picador no me dijo, naturalmente, nada nuevo; pero me dió más

detalles de las cuestiones. Me habló de la lucha envenenada entre

Maroto y Arias Teijeiro, del odio de Guergué y de García contra Maroto,

que ya no se velaba, y de la actitud levantisca de muchos oficiales

y sargentos partidarios de los presos de Arciniega. El fusilamiento

del capitán don Felipe de Urra, amigo de los presos, ordenado por Don

Carlos, después del primer motín de Estella, había exasperado a muchos

carlistas.

Orejón me aseguró que el ejército estaba inquieto, hambriento, sin

cobrar una paga.

--Con poco dinero--dijo--sería fácil provocar disturbios e

insurrecciones: siempre pidiendo las pagas.

--¿Qué dinero necesita usted para empezar?

--Unos tres mil duros.

--Se le girarán cuanto antes.

--No sé--añadió--si podré ir inmediatamente a Estella, porque me han

denunciado a Maroto como uno de los cómplices del último motín militar

y como partidario de la abdicación de Don Carlos y de la proclamación

de su primogénito. He estado unos días escondido en una casa del

Roncal. Me enteraré. Si no puedo ir yo en seguida, mandaré a una mujer.

--Yo conozco a una roncalesa de mucho brío.

--Será la misma, Gabriela.

--Sí.

--Me entenderé con Bertache, Zabala y con otros. Le escribiré a usted

lo que haga con tinta simpática.

--Muy bien.

--Diga usted que me sigan mandando el dinero por conducto del cura de

Sara.

--Lo diré.

Luego hablamos de otras cosas.

García Orejón estaba enredado con una mujerona de Burdeos que había

sido cocinera. Orejón era hombre de gustos pacíficos. Su ideal

consistía en construír una casita en Francia, en una aldea; en España

tenía miedo de la venganza de algún carlista; soñaba con hacer una vida

tranquila, comer bien e ir a pasear por el campo y a pescar en el río,

como un buen burgués retirado.

VII

LAS BACANTES VASCAS DE AÑOA

LLEGAMOS a Añoa, entramos en un café, titulado A la Cita de los

Cazadores; saqué yo papel y pluma y me puse a escribir el informe.

Cuando lo concluí entregué la minuta a Orejón, quien se puso unos

anteojos y la leyó muy atentamente. Hizo algunas observaciones y dió su

beneplácito. Inmediatamente se levantó; dijo que tenía prisa. Antes de

salir del café miró a derecha e izquierda, y cerciorado de que nadie

le seguía, se marchó a la carrera, y desapareció en la penumbra del

crepúsculo.

Me dejó la impresión de hombre obscuro, misterioso, hundido en el

fango: un hombre de pesadilla.

Iba a montar en el cochecito para volver a Bayona, cuando vi venir por

la calle del pueblo una cabalgata de diez a doce hombres vestidos de

mujer, montados en burros, adornados de vejigas y de cencerros, al son

de un tambor y de un pito.

--¿Qué pasa?--le pregunté al mozo del café.

--Nada; una tontería. Que van a hacer una cencerrada, un charivari,

dedicado a un español.

--A un español, ¿y por qué?

--Ha habido aquí un ex oficial carlista que se casó con una muchacha

del pueblo y se llevó la cuñada a su casa, y al cabo del año ha

resultado que la cuñada ha quedado embarazada, y la mujer, dicen que,

de rabia, le ha pegado al marido. Para celebrar esto han inventado este

charivari.

--¿Y está aquí el español?

--No; se ha ido. Estas cosas están prohibidas por la policía, pero como

los gendarmes se han marchado a Ezpeleta, los del pueblo se aprovechan.

LAS BASA-ANDRIAC

La función se celebró en un escenario improvisado en un gran portal. En

medio, en unos bancos, se colocaron los hombres vestidos de mujer, que

representaban las _Basa-andriac_ (mujeres del bosque) que tenían que

juzgar el caso.

Estas _Basa-andriac_ eran tipos grotescos, tipos de borrachos del

pueblo, con caras maliciosas y ojos burlones. Llevaban faldas, enaguas,

pañuelos en la cabeza, y estaban armados de escobas.

Al lado de estas damas estaban sus maridos, vestidos de pieles y con

sus correspondientes cuernos.

El mozo del café me indicó, entre las _Basa-andriac_, el barbero del

pueblo, el alpargatero, el sacristán, el que hacía las chisteras para

jugar a la pelota, y el zapatero. La obra que se iba a tener el honor

de representar era del sacristán Dominique Elissalde de Elissagaray, en

colaboración con el barbero Juan Pedro de Irumberry.

Irumberry tenía fama de ingenioso desde que mandó pintar la muestra de

su barbería. Esta muestra representaba un hombre a punto de ahogarse, a

quien otro socorría y sujetaba por el pelo; pero el salvador agarraba

de unos pelos falsos al que estaba a punto de ahogarse, y no le

salvaba, porque el hombre llevaba peluca. Debajo de esta pintura estaba

escrita la leyenda: «Al inconveniente de las pelucas». Algunos decían

que Irumberry no era original y que había copiado su muestra.

El presidente de las _Basa-andriac_ hizo sonar un cencerro, y gritó:

--Se abre la sesión; que entre el procesado.

Entonces pasaron al escenario dos abogadas, con togas de percal negro;

dos gendarmes, el español, su mujer y su cuñada, todos terriblemente

caricaturizados. El español, que se llamaba nada menos que el señor

Garbanzón, tenía una cara estilo Zumalacárregui: patillas negras,

entrecejo sombrío, un tricornio de papel en la cabeza y una espada de

madera.

El señor Garbanzón miraba a derecha e izquierda de una manera

siniestra, apoyándose en la espada, y decía a cada paso:

--¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por el vientre del Papa! ¡Le

voy a comer a uno los hígados!

El que hacía de esposa del señor Garbanzón era un hombre muy alto, muy

flaco, con una peluca y un lazo de color de rosa en la cabeza; y la

que hacía de su cuñada era un hombre bajito, vestido con falda corta,

con el pecho lleno de trapos, y el trasero lo mismo, y un muñeco, al

que cantaba y hacía como que daba de mamar. Comenzó el juicio con

el interrogatorio del acusado. El señor Garbanzón contestaba a las

preguntas con aire de malhumor.

--¡Levántese el procesado! ¿Cómo se llama usted?--le preguntó la

presidenta.

--¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por Satanás! Me llamo don

Pepito Garbanzón de los Prados.

--¿Qué profesión tiene usted?

--¡Rayos y centellas! ¡Por los cuernos de Lucifer! Soy oficial del

ejército de Su Majestad Católica Don Carlos de Borbón (aquí saludó con

el sombrero de papel), rey legítimo de Castilla, de León, de Aragón, de

las dos Sicilias, de Jerusalén...

--Bueno, bueno.

--De Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia...

--Ya, ya, comprendido.

--De Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba...

--Bien. Bien.

--De Córcega, de Murcia, de los Algarbes, de Algeciras...

--¡Basta! ¡Basta!

--De Gibraltar, duque de Atenas y de Neopatria; conde de Barcelona,

señor de Vizcaya...

--¡Socorro! ¡Socorro!--gritó la presidenta--. Ponedle, como a las

barricas de sidra, un tapón de barro.

Le taparon la boca, y el señor Garbanzón siguió mascullando su retahíla

hasta que la acabó.

--Está bien, don Pepito--le preguntó la presidenta--; y ahora, aquí, en

confianza, ¿usted por qué abandonaba a su mujer e iba a la cama de su

cuñada?

--¡Mil rayos! ¡Mil terremotos! ¡Por el ombligo de Buda! Mi cuñada es

más gordita; en cambio, mi mujer no tiene nada.

--¡Que no tengo nada!--gritó el que hacía de mujer propia--. ¡Cochino!

¡Cerdo! ¡Que no tengo nada!--y mostró un pecho negro y peludo--. ¿Qué

es esto entonces?

--Eso es una piel de oso.

--En cambio, ésta está más gordita--dijo don Pepito.

La cuñada se levantó del banco con su muñeco en brazos y mostró su

pecho, enorme, lleno de trapos, y su trasero, igualmente enorme, y dió

una vuelta de bailarina.

--¡Mil rayos! ¡Sangre y centellas! ¡Por las barbas de Lutero! Esto ya

es otra cosa--dijo el señor Garbanzón pellizcando en el trasero a la

supuesta cuñada.

--¡Me va a dar algo! ¡Me va a dar algo!--gritó la mujer propia

agitándose de una manera violenta, abanicándose y rugiendo, y tirando

el lazo de la cabeza al suelo, y pateándolo con unas botas como dos

gabarras.

La cuñada del señor Garbanzón comenzó a mecer y a cantar al muñeco

la canción _Lo, lo, lo_; pero la mujer legítima le quitaba el niño

iracunda, y decía que era suyo. Le quería dar de mamar, le ponía cabeza

abajo y terminaba por ponerle el dedo en la boca para que chupara.

Después de una porción de disparates y de absurdos se dilucidó el punto

de si la mujer de don Pepito le había pegado a su marido con un palo o

con una caña, y si le había dado en la cabeza o en la espalda.

--¿Cómo le ha pegado usted?--le preguntó la presidenta a la mujer

propia.

--Pues le he pegado así--y le dió cuatro o cinco cañazos al señor

Garbanzón.

--¡Rayos y centellas! ¡Por los hígados de Mahoma! No ha sido así--dijo

don Pepito.

--Pues, ¿cómo ha sido?

--Así--y don Pepito cogió la caña y arreó una tanda de cañazos a su

mujer.

Luego se mezclaron los gendarmes en la contienda y éstos recibieron los

golpes de don Pepito, de su mujer y de su cuñada.

LA SENTENCIA

DE DON PEPITO

Después de aclarado este punto, la fiscala y la defensora soltaron dos

discursos grotescos, y la presidenta preguntó a las _Basa-andriac_.

--El señor Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de haberse acostado

con su cuñada y haberle hecho un pequeño Garbanzón?

--¡Sí, sí!--aullaron todas las _Basa-andriac_.

--Madama Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de haber dado con una

caña o palo u otro objeto contundente uno o varios golpes a su marido

al saber lo que ocurría en su casa?

--¡Sí, sí!--volvieron a aullar las bacantes.

Después de esta deliberación la presidenta leyó la sentencia:

Artículo 1.º Que supuesto que la mujer de don Pepito Garbanzón de los

Prados no tiene gracia para tener críos, se le encarga de esta tarea a

la cuñada, que cuenta con más facultades.

Artículo 2.º Que la mujer propia de dicho señor Garbanzón puede seguir

en la casa haciendo la comida, barriendo la escalera, cepillando las

botas, fregando los platos y demás adminículos, como ahora.

Artículo 3.º Que como no está demostrado que madama Garbanzón no

pueda tener críos, el señor Garbanzón, don Pepito, estará obligado

a acostarse con ella una vez al año, o antes, si está en peligro de

muerte.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 11 / 18 段