A las nueve comienzan a sonar todas las campanas del pueblo, y luego

se oye el rumor del órgano y de los cantos de los oficios en la

Munsterplatz. Por la tarde suelo estar en mi cuarto, con la ventana

abierta, que da al parque.

Al anochecer cruzan empleados y empleadas de tiendas, montados en

bicicletas. El cielo toma un color de ópalo, y pasan las golondrinas

rápidamente, revoloteando y chillando.

Un orquestón de un circo de lona que han puesto delante de la estación

del tren toca valses, polcas, _la donna é mobile_ y la marcha de

Tanhauser. Se enciende una luz de arco voltaico en el aire, y comienza

a chirriar un grillo.

* * * * *

Hoy, sábado, después de cenar, oía una orquesta desde mi ventana, y

he salido al parque próximo al hotel. Tocaba la música en un quiosco.

La noche estaba tibia; los relámpagos iluminaban el cielo, haciendo

destacarse en el horizonte esclarecido las ramas de los árboles.

La música ha tocado unos aires populares, entre los cuales he

reconocido uno o dos de Haydn.

Unas muchachas cantaban al mismo tiempo la letra de estas canciones, y

sus acentos guturales tenían un acento de juventud y de energía para mí

encantador.

Algunos hombres se habían tendido en la hierba a escuchar; las

muchachas paseaban en grupos, con sus trajes claros; había un olor de

flores, y a veces resonaban las gotas de lluvia en las hojas de los

árboles. Luego ha empezado a llover torrencialmente, y he corrido a

refugiarme en el hotel.

Hoy, domingo, llueve también. He sacado mis papeles y me he puesto a

escribir. Ya vivo sólo con mis recuerdos. Todo lo que uno ha vivido

está bien muerto. ¿Quién se acuerda de ello? Nadie. Cierto que lo que

vive ahora morirá también; pero esto no es un consuelo.

El cielo está gris y triste, como yo; para mí no hay sol mas que en los

días transcurridos, y me refugio en mis recuerdos, como el animal se

mete en su cueva.

I

LOS RIVALES

POR aquella época, verano y otoño de 1838, todas las conversaciones

comenzaron a girar alrededor de Espartero y de Maroto.

Durante el mando del general Guergué, el desorden y la disciplina

habían cundido en las filas carlistas. Los políticos amigos de Don

Carlos vieron el peligro, y el Real decidió destituír al general

navarro y llamar a Maroto, que estaba entonces viviendo en Burdeos.

El grupo carlista moderado, con el padre Cirilo a la cabeza, patrocinó

la idea, y el partido fanático, a cuyo frente se había puesto un joven

gallego, Arias Teijeiro, se opuso con energía.

MAROTO

Triunfó la tendencia moderada, y en junio de 1838 se encargó Maroto

del ejército, restableció la disciplina, organizó las tropas y la

administración militar, e hizo que sus fuerzas ascendieran a más de

veinticinco mil hombres.

Esto no pudo llevar la concordia a las filas carlistas. Maroto no

tenía ninguna simpatía por Don Carlos; Don Carlos sentía una gran

desconfianza y un gran temor por Maroto.

Maroto estaba reñido con la mayoría de los generales carlistas

afiliados al partido fanático. Además de esto, despreciaba a González

Moreno, que a su vez miraba a Maroto como a un hombre voluntarioso y

arbitrario; consideraba a Uranga y a Eguía como generales ineptos y

sin talento, y odiaba con todo su corazón al grupo de los fanáticos

capitaneados por Arias Teijeiro, sobre todo al cura Echeverría y a los

generales García, Sanz y Guergué.

Mil resentimientos y rivalidades corroían el campo carlista; verdad es

que en el liberal ocurría lo propio.

A principios de septiembre, Maroto consiguió derrotar en el Perdón al

general cristino Alaix, y con la victoria el prestigio suyo aumentó

entre las tropas.

Los soldados eran grandes entusiastas de Maroto. Se decía que cuando no

había dinero para pagarles, Maroto lo buscaba, y que cuando no llegaba

a encontrarlo lo daba de su bolsillo.

Por entonces el nuevo jefe hizo que se comenzaran a formar sumarios

para encontrar a los promotores de los motines militares y a los

autores de los complots que se fraguaron contra la vida de los

hojalateros y de los castellanos, como el que produjo la muerte del

brigadier Cabañas.

Resultaban cómplices varios sargentos y oficiales, pertenecientes a los

batallones navarros, mandados por los generales Guergué, Sanz, García

y Carmona, que eran los representantes del fanatismo clerical y del

navarrismo.

Estos generales tenían mucho apoyo en la corte de Don Carlos, y

Maroto, al notarlo, no sólo no siguió en su campaña con los Tribunales

militares, sino que ni aun siquiera se atrevió a procesar a los

oficiales complicados en este asunto, y mandó que, hasta nueva orden,

se suspendieran las causas, de miedo de que el elemento fanático y

clerical se le echara encima.

No por eso dejaba de pensar en el castigo, buscando la ocasión

oportuna, porque el nuevo general era rencoroso y tenaz.

ESPARTERO

Así como Maroto aparecía a la cabeza de una fracción carlista,

Espartero, por entonces, era jefe adicto a la Reina Gobernadora, y,

dentro de las filas liberales, no estaba afiliado ni a los moderados ni

a los progresistas.

Los dos partidos cristinos se hallaban sin jefe militar: el moderado,

por la emigración del general Córdova; el progresista, porque no lo

tenía desde la muerte del general Mina.

Los progresistas pensaron un momento en hacer su jefe militar a

Narváez, y le favorecieron escandalosamente cuando la expedición de

Gómez, postergando, sin motivo, a Alaix y a Rodil, que eran amigos de

Espartero.

Narváez no correspondió al favor de los progresistas, y después del

movimiento de Sevilla se alió con los moderados y tuvo que escapar de

España.

Mientrastanto los progresistas veían la elevación de Espartero

recelosos; creían que este general se inclinaba a una tendencia

conservadora, cosa muy lógica en un militar, y la Prensa le reprochaba,

justa o injustamente, la lentitud en las operaciones.

Aviraneta afirmaba que los motines militares que estallaron en esta

época fueron dirigidos por los progresistas y por la masonería

escocesa, que querían desacreditar a Espartero, porque temían que un

general, al parecer moderado, acabara la guerra con éxito y pudiera

erigirse en dictador.

Según Aviraneta, el general Seoane, progresista y afiliado a la

masonería escocesa, entonces enemigo acérrimo de Espartero, había sido

el promotor del motín de Hernani.

De permanecer Espartero alejado de los dos partidos liberales, hubiera

podido ser, después de su éxito en Vergara, el árbitro de España;

pero la ambición y la prisa le impulsaron a tomar partido entre los

progresistas, que le conquistaron y lo pusieron a su cabeza.

El que hizo en este caso de sirena fué el cónsul de Bayona, Gamboa, a

pesar de su mediocridad, quizá por ella misma.

Horas después de haber abandonado el Pretendiente el suelo de España,

y de refugiarse en Francia, Gamboa pasó a Urdax, tuvo una larga

conferencia con Espartero, e hizo su conquista.

Gamboa llevaba plenos poderes de la masonería y del partido progresista

para pactar con el general victorioso. Aviraneta que lo supo, no sé por

qué conducto, mandó inmediatamente por el Consulado inglés de Bayona

un parte a la Reina, advirtiéndola lo que pasaba, y aconsejándola que

empleara todos los medios posibles para impedir que los progresistas

aceptaran la jefatura de Espartero, pues la jefatura de un militar en

uno de los partidos del Gobierno podía producir grandes daños al país,

llevándolo al militarismo.

Don Eugenio era de los que veían un peligro en la preponderancia

militar.

La mujer de Espartero se enteró de este aviso en Madrid, y se lo

comunicó a su marido, y Espartero no se lo perdonó nunca a Aviraneta.

Por más de que luego dijo el general que su encono contra Aviraneta

dependía de tenerlo por un conspirador y por un intrigante, la causa

verdadera fué este parte que don Eugenio envió a la Reina.

II

EL MURCIÉLAGO

UN día que estaba en el cuarto del hotel buscando unos papeles en mi

cartera salí rápidamente al pasillo, y me encontré con un hombre que se

hallaba al lado de la puerta.

--¿Qué hace usted aquí?--le dije.

El hombre, al principio, no supo qué contestar.

--Nada..., nada...--balbuceó--; me había equivocado de piso.

Me chocó mucho esto. Supe que aquel hombre, a quien había sorprendido

espiándome, vivía en mi hotel, que salía poco, y que no venía nadie a

visitarle.

Hice por verle. Era un hombre pálido, delgado, marchito, con los ojos

grandes, obscuros, y el bigote negro. Vestía un tanto raído. Salía

del hotel casi siempre al anochecer, entre dos luces; así que no se

le notaba apenas. Comía en la segunda mesa. En el hotel pasaba por

llamarse Manuel González y ser carlista.

Como tenía bastante confianza con Vidaurreta, el canciller del

Consulado español, le pedí se enterara de la vida de aquel pájaro

crepuscular, pero no averiguó nada. Había varios González inscritos

en el Consulado español: el uno, comerciante; el otro, obrero; pero

ninguno de ellos era mi espía.

A este hombre le llamaba yo el Murciélago. El Murciélago y yo teníamos

el uno por el otro una manifiesta antipatía de perro a gato y de gato

a perro. Cuando nos encontrábamos en la escalera no nos saludábamos;

él me miraba con una indiferencia desdeñosa, y yo hacía al verle,

deliberadamente, un gesto de molestia y de desprecio. Como por

instinto, nos sentíamos hostiles.

El debía ser del grupo carlista exaltado; lo vi alguna vez hablando con

el inglés Mitchel, que era el jefe en Bayona del partido antimarotista,

como el marqués de Lalande era el director del marotista. Otra vez,

de noche, vi al Murciélago que charlaba con la Condesa, una de las

corredoras de la Falcón.

LA CAJA

SOSPECHOSA

Un día me mandaron una cajita de dulces a casa. Era una caja muy

bonita, con unas cintas azules.

El mozo del hotel me dijo que venía de parte de una señora que no

había querido dar su nombre. Al principio pensé si sería de madama

D'Aubignac, pero me chocó. ¿Quién podía enviarme aquello?

Abrí la caja, e iba a comer uno de los bombones, cuando me asaltó la

idea del envenenamiento.

Miré la caja: no tenía etiqueta ni indicación alguna de dónde venía.

Pensé en llevar los dulces a una botica, para que los analizaran, pero

no me convenía llamar la atención, y me decidí por echar los dulces y

la caja al río.

EL ANÓNIMO

Algún tiempo después encontré una carta debajo de la puerta, dirigida a

mí. La carta decía lo siguiente:

«Señor Leguía: Sabemos a qué se dedica usted en Bayona. Le

seguimos los pasos. Tenga usted cuidado. Huya usted. Si no, le

vendrán consecuencias graves.

_El Angel Exterminador._»

Pensé que la caja de dulces y la carta procedían las dos de mi vecino

de hotel, el Murciélago.

III

LAS LETRAS S, T, U, V

LAS primeras conferencias que celebré con nuestros agentes secretos

tuvieron poca novedad. Las contaría en detalles, pero ya todo su

interés político pasó. Los datos que me dieron los fuí enviando a

Aviraneta, conforme a sus instrucciones.

LA LETRA S

Era Iturri el comerciante y fondista de la calle de los Vascos. Me dijo

que se iban acentuando por días las diferencias entre Maroto y Arias

Teijeiro y sus partidarios respectivos.

--Maroto--añadió--es un hombre muy vengativo, despótico, altanero y

rencoroso. Tiene gran odio a los demás generales carlistas, y muy poca

simpatía por los vascos y por el fuerismo. Cualquier contrariedad

le pone frenético. Arias Teijeiro es también hombre de cuidado, muy

intrigante y muy tenaz. La mayoría del ejército está por Maroto,

excepto los navarros, que prefieren a Guergué y a García. Don Carlos y

la corte están por Arias, y algunos ambiciosos como Corpas y el padre

Cirilo, andan buscando fórmulas de transacción que sirvan para ponerlos

a ellos a flote.

Iturri agregó que Aviraneta debía presentarse en Bayona cuanto antes.

LA LETRA T

La letra T, Luci Belz, se presentó en casa de la Falcón a verme, y me

contó mil chismes de los carlistas.

Era esta Luci Belz una mujer pequeña, fea, negra, con una cara de enana

que tenía algo de la Mari Barbola de Velázquez. Era la curiosidad, la

malicia y la mala intención reunidas.

--Se asegura--me dijo--que la princesa de Beira hace buenas migas con

el padre Cirilo. A doña Jacinta Pérez de Soñañes, esposa de don Luis

de Velasco, hombre de gran cabeza, le llaman _la Obispa_, porque se

entiende muy bien con el obispo de León; Maroto sigue indignado con Don

Carlos. Maroto visitaba con frecuencia, en Elorrio, a una muchacha,

hija de un oficial postergado y enfermo. Maroto ascendió al padre, y

dijeron en seguida que lo hacía porque la muchacha era su querida. Don

Carlos, considerándose el árbitro de la moral, hizo la estupidez de

llamar al padre de la chica y decirle que su ascenso se debía a que su

hija era la querida de Maroto, con lo cual el pobre hombre se agravó

y murió. Se asegura que la camarista Pilar Arce tiene amores con el

infante don Sebastián, y que, como él es un poco bisojo y de mirada

extraviada, le han cantado a ella esta copla el otro día:

Ojos de presidente

tiene mi amante:

uno mira al poniente

y otro al levante.

Se dice que la mujer del infante don Sebastián, la princesa María

Amalia, que vive en Salzburgo, está tan gorda que parece un cerdo, por

lo cual algunos consideran muy lógico el que su marido no le sea fiel.

Añadió Luci que había una gran corrupción entre los carlistas de

Bayona, a pesar de los rezos y los golpes de pecho; que algunas

señoritas iban a casas sospechosas para vivir, porque no tenían medios;

que unas cuantas habían ido a ver una vieja de Ciburu, que les había

dado pociones para abortar, y que, por último, se decía que entre Don

Carlos y Arias Teijeiro había relaciones parecidas a las de Enrique III

de Francia y sus _mignones_.

Luci Belz sacaba a flote, con su malicia de enana, todo el cieno que

encontraba a su alrededor.

LA LETRA U

La letra U era la Falcón, y ella misma escribió su informe.

Hay muchos rencores--decía--entre unos y otros, y todo el mundo está

cansado. El papel de Maroto y el de Arias Teijeiro sube por días, y

tiene que venir, tarde o temprano, entre los dos, un rompimiento. Los

marotistas dicen que Teijeiro es un vanidoso, ridículo, ignorante y

corrompido; los teijeristas afirman que Maroto es un baratero y un

hombre que está preparando la traición. Arias favorece descaradamente a

los amigos y los asciende, y persigue con saña a los enemigos. El padre

Cirilo y los demás cortesanos no están ni con Maroto ni con Arias,

y Corpas, que ha intentado entablar varias veces negociaciones con

los cristinos, sin éxito, y que ve que ni con Maroto ni con Teijeiro

tiene porvenir, ha mandado a su compinche, Fernando Freire, con una

bolsa de dinero y de alhajas a depositarla en un banco de París. Se

afirma que Teijeiro ha puesto en juego todas las intrigas bajas que

le son familiares; que ha hecho circular las mayores calumnias contra

el infante don Sebastián, entre ellas la de que es gran maestro de

la masonería, acusándole de tener malas costumbres, en un folleto

publicado últimamente en Bayona.

Se dice que el malagueño don Diego Miguel García, el instrumento, el

alma negra de González Moreno, cuando el fusilamiento de Torrijos, ha

realizado su fortuna adquirida por depredaciones, y que la ha colocado

en Francia. Muchos otros, según se asegura, han hecho lo mismo. La

gente desea la paz; se espera con ansia una solución, sea la que sea,

pero que acabe la guerra.

LA LETRA V

La letra V era Martínez López, el folletista, que había escrito contra

María Cristina.

Me citó en el Café de la Nive, del muelle de la Galupèrie, un cafetín

obscuro y triste.

Martínez López era un hombre gordo, pesado, sucio, física y moralmente,

que había puesto su turbina en las aguas infectas de la política, y

que vivía muy ordenadamente y se ocupaba de cuestiones filológicas y

agrícolas.

Martínez López era el amigo de la Hidalgo; tenían los dos una casa con

jardín y con ciertas comodidades.

Su informe no tenía gran interés:

Don Vicente González Arnao y su secretario Pagés--dijo--se gastan

alegremente el dinero de la empresa de Muñagorri. El abate Miñano sigue

intrigando y cobrando de carlistas y liberales. Bayona es una jaula de

grillos, y hay una tal cantidad de odios y de mentiras en el ambiente,

que nadie puede distinguir ya lo que es cierto de lo que es falso. Todo

el mundo está deseando que se acabe la guerra de la manera que sea,

y el que dé una solución satisfactoria será recibido con los brazos

abiertos. La vida de los emigrados aquí es cada vez más difícil. Hay

mucha moneda falsa española, que dicen hacen los carlistas; se juega

mucho en las tertulias, y las tiendas ya no fían. El cónsul, Gamboa,

que es un hombre inepto, no se ocupa mas que de negocios mercantiles,

contratos, suministros y equipos para el Ejército, y trabaja para las

casas de Collado y de Lasala, de San Sebastián, que se están haciendo

millonarias.

Estos fueron los primeros informes que recibí y que envié a Aviraneta.

IV

VALDÉS DE LOS GATOS

UNOS días más tarde recibí una carta, fechada en París, de Manuel

Valdés, citándome para cenar el domingo siguiente en el Café de

Burdeos, café poco frecuentado, adonde iban, principalmente, militares

franceses.

Llegué a la hora de la cita al café indicado; el dueño me dijo que

me esperaban en el piso entresuelo; subí por una escalera de caracol

y entré en un comedor pequeño, empapelado de rojo, en donde había un

caballero. Era Valdés de los gatos.

--¿El señor Valdés?

--El mismo. ¿Usted es el señor Leguía?

--Para servirle.

Nos dimos la mano.

--¡Qué puntual!--me dijo Valdés.

--Es mi costumbre.

--No es una costumbre de español.

--Si no es costumbre de español hay que adoptarla.

--Siéntese usted. ¡Pero usted es muy joven!

--Sí; no soy viejo.

--Le felicito a usted.

--¿Por qué?

--Porque al darle la misión que le dan se ve que tienen confianza en

usted.

--No pienso ser mas que un amanuense. Contar lo que usted me diga.

Nos sentamos a la mesa.

--Vea usted el menú, a ver si le gusta--me dijo Valdés.

--Sí, seguramente; no soy un _gourmet_.

--¿No? ¡Qué error, mi querido! La cocina es el mayor manantial de

nuestros placeres.

--Por ahora tengo bastante apetito para contentarme con comer--le dije

yo.

Teníamos de cena langosta, pechugas de perdiz rellenas y _foie-gras_.

De vino, una botella de Sauterne y otra de Burdeos. Nos pusimos a cenar.

Valdés era un tipo alto, esbelto, afeitado, muy peripuesto. Tenía la

cara larga, delgada, fina, la nariz recta, la frente despejada, el pelo

blanco, pegado y planchado, los ojos cansados y sin brillo.

Era un elegante un tanto arruinado por la vida. Vestía levita azul

entallada, chaleco de terciopelo negro y pantalón con trabillas.

Un observador de minucias hubiera quizá notado, en pequeños detalles,

que nuestro _dandy_ no estaba en la opulencia.

El cuello, alto, limpio; la corbata, que le agarrotaba la garganta,

impecable; los puños, inmaculados, denotaban su pulcritud; pero la

levita y los pantalones, seguramente de buen sastre, se hallaban

rozados, y las polainas, a la inglesa, disimulaban que las botas no

eran nuevas.

Valdés tenía una ingenuidad de aventurero confinante con la del pillo,

muy graciosa. Era hombre acostumbrado a dar a entender que, si se

quería, se podía muy bien no darle a él importancia, pero que él tenía

sus ideas, que le parecían tan buenas como las de otro cualquiera.

--Yo siempre he sido liberal--me dijo--; pero, ¿qué quiere usted?; la

suerte y el haber consumido mi escasa fortuna me han obligado a adoptar

una actitud que, íntimamente, no es la mía. He tomado, hace poco, parte

en la expedición del conde de Negrí y he andado entre balas. ¿Usted ha

presenciado alguna batalla?

--Sí.

--¿No le ha dado a usted la impresión de una cosa ridícula?

--En absoluto.

Valdés me contó, concisamente, algunos detalles de las acciones en que

había intervenido.

Después de cenar y tomar café comenzamos a pensar en el informe.

--No creo que le pueda decir a usted nada nuevo, pero en fin, le daré

mi opinión--me dijo Valdés--. Don Carlos, aunque probablemente no

es hermano de Fernando VII mas que de madre, tiene condiciones muy

parecidas a él: es astuto, desagradecido, egoísta; se puede decir de

él lo que de Fernando dijo un escritor francés: «Corazón de tigre y

cabeza de mula». Don Carlos, como casi todos los Borbones, tiene la

inclinación por la intriga, el favoritismo y la bajeza. Es verdad que

ha odiado a Zumalacárregui, como odia a Maroto, a Cabrera y a todos los

hombres fuertes, exaltados y valientes.

--Es decir, que es un miserable.

--Si a mí me gustaran los epítetos fuertes, no me parecería mal

llamarle así.

EQUILIBRIO

CARLISTA

--Para mí, al menos--siguió diciendo Valdés, después de contarme

algunas anécdotas que ya conocía--hoy, los elementos importantes en

el carlismo son Maroto, Arias Teijeiro, el padre Cirilo y el cura

Echeverría. Cada cual tira por su lado; la fuerza de un grupo balancea

la del otro, y así se establece el equilibrio. El día que uno de

estos soportes del carlismo se quiebre, el equilibrio se perderá y

todo el tinglado se vendrá abajo. Maroto tiene la fuerza material,

pero no cuenta con la confianza del rey ni con los fanáticos; Arias

Teijeiro cuenta con el rey, pero no con el ejército; el padre Cirilo

es inteligente, intrigante, capaz de todo, pero su fuerza está en una

sacristía, en un palacio o en un salón, pero no en el campo; el cura

Echeverría tiene partidarios entusiastas en el pueblo, pero es tosco

y con él están solamente los brutos, como se ha llamado a sí mismo el

general Guergué.

LOS SOBORNABLES

Y LOS INSOBORNABLES

--De estos cuatro elementos--siguió diciendo Valdés--, Maroto es,

indudablemente, sobornable, no por dinero, el general es rico, sino

por orgullo y por rencor. Maroto es un matón y un soberbio, pero al

mismo tiempo es hábil y tenaz. Se la ha jugado a Cecilio Corpas, que es

flexible y viscoso como una anguila, y al padre Cirilo, que es de la

misma especie de animal de sangre fría. Maroto es muy cuco, y si puede

pasar al ejército cristino de capitán general, pasará, si es que el

cambio le parece suficientemente satisfactorio para su ambición.

--¿Usted tiene la seguridad de esto?--le pregunté yo.

--Toda la seguridad que se puede tener en una cuestión así.

--Porque la cosa es muy importante para el Gobierno.

--Importantísima. Sigo adelante. El padre Cirilo es más sobornable

todavía que Maroto. El señor arzobispo de Cuba no es hombre de

descampados y de breñales; es hombre de salón, de damas elegantes;

un Talleyrand de sacristía. A la primera ocasión, el padre Cirilo se

pasará a la monarquía liberal. Siempre muy católico, muy realista, sin

abjurar de sus ideas, hará el honor de cobrar al Estado constitucional

cincuenta o sesenta mil duros al año en cuanto le nombre arzobispo de

Sevilla o de Toledo. Respecto a Arias Teijeiro, aunque dicen que es

un danzante, no lo es tanto. Arias Teijeiro es el tipo del galleguito

listo: mucha memoria, mucha viveza, mucho desparpajo. Arias no es

sobornable, no es hombre que pueda ir, hoy al menos, a Madrid a

alternar con un Mendizábal, con un Argüelles o con un Alcalá Galiano.

Al cura Echeverría le pasa algo de lo mismo. Es un fanático, y un

fanático que, fuera de sus navarros, a quienes exalta con sus discursos

truculentos, no puede ser nada.

--De esto se deduce--le dije yo--que, según usted, hay dos grupos

sobornables y dos insobornables. El de Maroto y el del padre Cirilo,

sobornables; el de Teijeiro y el del cura Echeverría, insobornables.

--Eso es. Así que si el Gobierno de Madrid tiene fuerza y medios y buen

sentido para influír en el campo carlista, su política será bien clara;

consistirá en ayudar todo lo que pueda a Maroto y al padre Cirilo, y en

reventar con toda su fuerza a Arias Teijeiro y a Echeverría.

Después de escribir la minuta y de leérsela a Valdés, nos despedimos

los dos, muy amigos, y Valdés me invitó repetidas veces a que fuera

a París, donde me presentaría a sus relaciones del _faubourg_

Saint-Germain. El viejo _dandy_ me dió sus señas: en la rue

Saint-Honoré, donde vivía.

V

BERTACHE

BERTACHE, la letra Y, me citó con tres días de anticipación en una

taberna del puerto de Socoa, de San Juan de Luz, la taberna de la Bella

Marinera. Se presentaría vestido con blusa azul, boina, pañuelo rojo al

cuello y un bastón de tratante de ganado.

Fuí a San Juan de Luz, encontré la taberna, que tenía un ancla en la

puerta, y entré en ella y pedí de cenar.

Me trajeron unas sopas de ajo con huevos y una cazuela de merluza con

salsa verde, muy suculenta.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 10 / 18 段