En la chimenea, sobre el mármol, se veían dos ramilletes hechos de

conchas y metidos en fanales de cristal; en la mampara, una estampa de

color con una lancha de pescadores. Sobre una cómoda había un barco de

marfil, y sobre un velador, una caja con conchas pegadas en la tapa, y

varios caracoles, estrellas de mar, pólipos y corales.

Tanta concha y tanto caracol daba la impresión de que se estaba en

un acuario, y que uno mismo era algún molusco o algún pólipo que por

equivocación había dejado su cueva para entrar en aquel cuarto.

El primer día registré el archivo de Aviraneta, y encontré los

documentos que me indicaba, y me puse a copiarlos.

Terminado mi trabajo paseaba por el arenal desierto de Bidart y

contemplaba el anochecer espléndido, en que el sol se iba poniendo

hacia el cabo Higuer. Luego tomé la costumbre de ir por la mañana a la

playa, a primera hora, y después, por la tarde, hacia el crepúsculo.

Este mar resplandeciente con el sol de primavera, cuando lo divisaba

desde encima de las lomas verdes, me daba una gran alegría.

En la casa me encontraba contento. Madama Ithurbide me hacía un potaje

de judías y de verdura, que comía con gusto después de un año de comida

de hotel.

Me hubiera quedado allí mucho tiempo si no hubiese sido porque tenía

que seguir mi marcha.

Uno de estos días, el tercero, al salir de mi casa, por la mañana, para

ir hacia el mar, pasé por delante de un jardín en donde una muchacha

cantaba una canción que había oído en Laguardia:

La Pisqui, la peinadora,

con excusa de peinar,

le da citas al velero,

y se van a pasear.

Me erguí un poco para mirar por la tapia. La que cantaba era una

muchacha morena, de ojos negros.

--Muy bien--la dije--, muy bien. Veo que está usted de buen humor.

--¿Y usted, no?

--Sí, también. ¿Es usted española?

--Sí.

--¿De dónde?

--De Haro. ¿Y usted?

--Yo, de Vera.

La muchacha estaba sirviendo con una señora que tenía un niño enfermo.

Allí, sola, en aquella casa próxima al mar, se aburría soberanamente.

Aquel día, la señora había ido a Bayona a casa del médico.

Al pasar por la tarde volví a ver a la muchacha, que estaba cantando y

tendiendo ropa al sol.

--¿Por qué no viene usted a pasear conmigo?

--¿Adónde?

--Por la playa.

--Pues, vamos.

Fuimos por la playa, charlando. Me contó su vida. Era de un pueblo

próximo a Haro. Se llamaba Dolores.

Se nos obscureció. Yo estaba muy conmovido, y ella también.

Yo la abracé y la besé varias veces.

Al retornar a su casa entró ella por el jardín para ver si había vuelto

la señora; pero no había vuelto.

La soledad, la noche espléndida y tibia, el ruido del mar próximo, una

especie de aura erótica nos sobrecogió a los dos...

Por la mañana, cuando salí de allí, la muchacha lloraba.

--¡Qué locura! ¡Qué locura he hecho!--murmuró.

Ella no sabía por qué; a mí me pasaba lo mismo.

Al salir en el tílburi de Bidart a San Juan de Luz sentí un ligero

remordimiento, pero se me pasó pronto, y olvidé rápidamente a Dolores,

la riojana.

XI

MUÑAGORRI Y SU GENTE

EN San Juan de Luz visité a doña Mercedes, la madre de Corito, que me

dijo que su hija vendría pronto.

De San Juan de Luz marché a Sara.

Me encontré allí con Cazalet, el bohemio, que había ido, sin duda, con

alguna comisión para Muñagorri.

--¿Qué hace usted aquí?--le dije yo.

--¿Y usted, qué hace?

Nos echamos a reír.

--Lo mío no es ningún misterio--repliqué--: he venido a verle a

Muñagorri.

--Yo también. Yo he estado hospedado en la misma casa en donde estuvo

Don Carlos acompañado de Auguet de Saint-Silvain, titulado por el

Pretendiente el barón de los Valles.

--¡Qué honor!

Entramos en una tienda, en donde había una muchacha muy guapa, que

Cazalet conocía, y que se llamaba Pepita, Pepita Haramboure, y allí

tomamos unas copas de vino blanco con bizcochos.

Cuando se fué Cazalet le pregunté a Pepita dónde podría ver a

Muñagorri, y me dijo que tenía el campamento cerca del pueblo. Salí

de la tienda y fuí a ver si lo encontraba. Vi en el camino a varios

hombres, por su aspecto, soldados de Muñagorri. Le pregunté a uno

de ellos dónde podría encontrar al jefe, y me señaló un caserío

abandonado. Efectivamente, allí estaba, en compañía de otros dos

hombres, moviendo con una gran cuchara un caldero de habas. José

Antonio Muñagorri parecía un buen hombre. Era grueso, rechoncho, de

cabeza redonda, de nariz aguileña, ojos negros y sonrisa amable.

--¿Ya ha comido usted?--me preguntó hablando con un canto de aldeano

vascongado.

--No.

--Pues dentro de una hora comeremos aquí. Si quiere usted venir...

Le dije que Aviraneta me había enviado para que me diera ciertos datos

acerca de sus futuros planes.

--¿Conoce usted a Altuna?--me preguntó.

--No.

--Pues vaya usted a verle al pueblo. Estará ahora en la fonda de

Hoyartzábal.

Fuí a la fonda y lo encontré. Asensio Ignacio Altuna, el secretario

de la empresa Paz y Fueros, dirigida por Muñagorri, era hombre alto,

rubio, de buen color, de ojos claros, con un aire atlético.

--¿Ha comido usted?--me preguntó.

--No.

--Quédese usted a comer aquí.

--Me ha invitado también Muñagorri.

--No haga usted caso; aquí comerá usted mejor.

Me pareció poco cortés, pero, ya que el subordinado de Muñagorri me lo

decía, me quedé allí. Le expliqué a Altuna el objeto de mi viaje; cómo

venía de parte de Aviraneta, quien probablemente pasaría mis informes

al Gobierno.

--Le daré a usted mi opinión sin ambages--me dijo Altuna--. Muñagorri

es un hombre inteligente y un hombre honrado. Es un tipo que encontrará

usted aquí en el país vasco, bueno, optimista, pero de esos a quienes

se les ocurre una idea y ya no varían jamás. Su proyecto de Paz y

Fueros le parece admirable.

Yo sabía que esta idea no era originalmente de Muñagorri, pues había

sido inventada por un amigo y compañero de Aviraneta, don Juan

Olavarría, y patrocinada primero por el ministerio Bardají, y luego por

el ministerio Ofalia.

--Muñagorri no avanza--siguió diciendo Altuna--, porque en vez de

luchar por una causa vieja y tradicional tiene que defender una causa

nueva inventada por él. Para esto, no basta un talento corriente: se

necesita genio.

--¿Y él no lo tiene?--pregunté yo.

--No, no lo tiene. ¿Quién lo tiene? Él no es capaz de cambiar de ideas,

pero sí de procedimientos. En su misma vida ha cambiado: Muñagorri

antes de ser fundidor era de profesión escribano; luego abandonó el

oficio y arrendó varias ferrerías en Berastegui, con lo que ganaba

mucho y daba de comer al país. Tampoco es un aventurero. Ha sido

un hombre rico, condecorado con la cruz de Carlos III, y ahora con

su empresa se ha arruinado, y sus ferrerías de Berastegui trabajan

fundiendo cañones carlistas.

--Así, que el jefe no es malo.

--No, no es malo.

--Pues corre por el país la idea de que es un inepto.

--No, no es verdad. Lo que nos pasa a él y a los suyos, es que tenemos

muchas dificultades. Usted sabe que se organizaron en Bayona juntas

de las cuatro provincias para que influyesen en el país y ayudasen a

Muñagorri. Estas juntas no han dado resultado. El Gobierno nos abrió

un crédito de dos millones de reales en la casa Ardoin. Este dinero ha

venido mermado. ¿Quién se ha quedado con él? Yo no lo sé. Al principio

patrocinaron la idea algunos de nuestros políticos y varios prohombres

ingleses. Lord Palmerston y sir Jorge Villiers escribieron a lord John.

Hay para que nos favoreciese. Hoy ya no se acuerda nadie de nosotros,

y únicamente el general Jáuregui nos alienta. El cónsul Gamboa trabaja

contra nosotros. En Bayona, las autoridades del Gobierno cristino nos

han tratado como criminales y desertores. El subprefecto daba noticias

a los carlistas de lo que hacía Muñagorri. Al cónsul esto le parecía

muy bien.

--Es que este Gobierno español y sus empleados son de una incapacidad

tan extraña, que llega a lo ridículo--dije yo.

--Parecen agentes de los carlistas. No nos favorecen los liberales, y

los carlistas nos odian. El general Iturbe, que estaba comprometido,

se ha puesto francamente en contra de la empresa. Los carlistas han

empleado toda clase de recursos contra nosotros. El canónigo Batanero

ha pedido para Muñagorri y su gente la excomunión. Necesitaríamos

alguien que consultara con los generales cristinos y nos indicara sus

intenciones.

--Yo no puedo hacer eso.

Le dije a Altuna que, pasadas un par de semanas, tenía el proyecto de

ir a San Sebastián para enterarme allá de qué pensaban los generales de

la Reina de la empresa de Paz y Fueros.

--Escríbanos usted con detalles el resultado de su entrevista--me dijo

él.

--Lo haré, no tenga usted cuidado.

Volvimos Altuna y yo al campamento de Muñagorri.

CANCIONES

Había concluído de comer Muñagorri con quince o veinte de sus

partidarios, y un viejo cantaba una canción en honor del caudillo

fuerista, que comenzaba así:

Carlos aguertu ezquero

Provinci auyetan,

Beti bici guerade

Neque ta penetan.

(Desde que Carlos ha aparecido en estas provincias, nosotros vivimos

siempre en la fatiga y en la pena. Se nos quita nuestros bienes y nunca

se nos da nada.)

Esta canción lacrimosa me pareció muy propia de una empresa que

marchaba tan mal.

Me despedí de Muñagorri y de Altuna y tomé a caballo el camino de San

Juan de Luz. Antes de llegar a Ascaín me encontré con tres muchachos

carlistas que habían estado quince días en el campamento de Muñagorri y

que pensaban volver de nuevo a España, al ejército de Don Carlos. Uno

era guipuzcoano, el otro navarro, y el otro francés. Se burlaban de

Muñagorri y de sus planes y me cantaron varias canciones contra él. El

francés llevaba un pito, con el que tocaba. El guipuzcoano cantó:

Estute aditzen soñu eder ori,

Saratican elduda gure Muñagorri.

Riau, riau, riau, cataplau.

Gure humoria,

Utzi al de batera,

Euscaldun gendia.

(¿No oís un hermoso sonido? De Sara ha salido nuestro Muñagorri. Riau,

riau, riau, cataplau, nuestro buen humor, dejad a un lado, gente vasca.)

Después de esta canción cantó otra más burlona, que empezaba diciendo:

Muñagorrien sarrera

Españiaco lurrera,

Legua guchi aurrera.

(La entrada de Muñagorri en el suelo español, pocas leguas adentro.)

El navarro a su vez cantó:

Muñagorrien gendiac

Shutan ez dirade trebiac;

Billa litezque obiac

Seculan eztu

Gauz onic eguin.

Guizon gogoric gabiac

Gueyenac desertoriac:

Diru billa ateriac.

Aditu biarcodute beriac.

(La gente de Muñagorri no es muy lista para el fuego; podría

encontrarse fácilmente otra mejor. Nunca ha hecho cosa buena la gente

sin ganas: la mayoría desertores. Tendrán que oír lo suyo.)

Estas canciones, mucho mejor que las palabras de Altuna, me indicaron

que la empresa de Muñagorri marchaba muy mal.

XII

NUEVA TERTULIA

CUANDO llegué a Bayona a hacer la vida ordinaria, me encontré con

algunas ligeras novedades. Se había instalado en mi mismo hotel

González Arnao, que tenía su tertulia en su cuarto.

Solían ir a ella varios españoles, entre ellos, Eugenio de Ochoa, hijo

natural del abate Miñano. Ochoa era por entonces un joven elegante,

de veintitrés a veinticuatro años, muy emperifollado, muy culto y que

hablaba perfectamente el francés.

También solía ir un pintor muy malo, Augusto Bertrand, entusiasta de lo

más ñoño de la pintura francesa, ya de por sí un tanto ñoña. Monsieur

Bertrand era gran admirador de David, de Ingres, y sobre todo de

Greuze. Fuimos al estudio del señor Bertrand, que, cuando mostraba sus

cuadros, daba una lente grande, como si se tuviera que contemplar la

fractura de algún mineral o de algún pequeño insecto.

Otro de los contertulios fué el profesor Teinturier.

Yo, a este hombre, no le entendía. Era republicano radical, entusiasta

de Barbes, de Blanqui y de Martín Bernard y de los que con ellos

preparaban la revolución en las sociedades secretas, y al mismo tiempo

tenía una predilección marcada por Racine y los clásicos antiguos. Sin

duda aspiraba a una revolución con formas clásicas. Esto para mí era

difícil de comprender. Yo me explico que los revolucionarios exaltados

deseen la igualdad absoluta, el comunismo y hasta la antropofagia,

pero revolucionarios con versos de Horacio y de Racine, no me caben

en la cabeza. Para revolución con formas académicas, hemos tenido la

Revolución Francesa, y ya basta.

Teinturier, después de muchos rodeos, me pidió que le presentase en

casa de madama D'Aubignac. Le dije que hacía tiempo que no la veía a

esta señora, pero que en la primera ocasión le presentaría.

Cuando fuí a casa de Delfina y se lo dije a ella, se opuso.

--De ninguna manera se le ocurra a usted traer a mi casa a ese

señor--me indicó.

No repliqué nada.

--La vista sólo de ese hombre me molesta--añadió--. ¡Tiene un tipo tan

vulgar! ¡Unas manos tan ordinarias! ¡Unos pies tan grandes! ¡Luego mira

de una manera tan descarada!

--No crea usted. Es más bien la timidez. Está muy entusiasmado con

usted.

--Pues, no; no le traiga usted aquí.

¡Pobre hombre!--pensé yo--. Para eso ha estudiado tanto, para que no lo

consideren ni siquiera a la altura de uno de estos oficiales majaderos

e insolentes que se lucen en los salones.

Siempre me ha chocado la poca comprensión que tienen las mujeres por

cierta clase de hombres. Estos tipos de hombres fuertes, que se creen

más fuertes de lo que son, que ven a la mujer como un producto débil,

más débil de lo que es en realidad, este hombre toro, que parece que

debía ser el ideal de la mujer femenina, lo es pocas veces, casi nunca.

CONVERSACIÓN

CON DELFINA

Delfina me preguntó si le había vuelto a ver a Stratford. Le dije que

le había visto un momento.

--¿No le ha hablado a usted de mí?

--No.

--Estamos reñidos.

--¿De verdad?

--Sí.

--¿Y por qué?

--Yo le tengo cariño a Jorge, le tengo por un caballero, por un hombre

noble y bueno.

--Yo también.

--Yo desearía conservar con él una buena amistad, pero él no se

contenta con eso.

--El quisiera ser su amante.

--No.

--Pues entonces, ¿qué quiere?

--El quisiera que yo abandonara mi casa y fuéramos juntos los dos a

otro país.

--¿Y los hijos?

--El me decía que nos llevaríamos los hijos.

--¿Pero su marido de usted?

--A mí, ¿qué quiere usted? No me importa nada mi marido, pero lo que no

puedo sacrificar es mis hijos. Prefiero ser desgraciada.

Hablando del asunto llegué a comprender la situación respectiva de

Delfina y de Stratford. Ella le había dado a entender la posibilidad de

que él fuera su amante sin escándalo, lo que ocurría en muchos hogares.

El no aceptaba la solución. Nada de bajo adulterio, ocultándose del

marido. Afrontar la situación desde el principio y marcharse a otro

país.

--Jorge es un corazón noble y yo le admiro ahora más que antes--dijo

Delfina.

Hablamos largamente y me pidió que la primera vez que le viera a

Stratford le sondeara acerca de sus intenciones.

Al despedirme de ella, Delfina me dijo:

--Cuento con su discreción, Leguía, ¿verdad?

--Una vez he podido ser imprudente, pero dos, no.

--Así lo espero. Además, aquello era una niñería.

Cuando salí a la calle, todo lo que se me había ocurrido mientras

hablaba con Delfina se lo dije al viento:

--Señora: usted es muy alambicada y muy cuca; quiere usted religión y

libertad de pensamiento exclusiva para usted, costumbres muy severas y

al mismo tiempo facilidad en las pasiones; ser muy honorable y tener

un amante, tener un hombre enérgico y altivo y al mismo tiempo que se

doblegue a sus necesidades y a sus caprichos. Todo esto no se encuentra

mas que en Jauja o en el país de las Gangas. Yo no diré nada, pero no

seré tampoco el que intervenga en sus asuntos.

XIII

VUELTA POR ESPAÑA

COMO quería cumplir el encargo de Altuna y dar informaciones precisas a

don Eugenio, me preparé a ir a San Sebastián; pedí pasaportes y cartas

de recomendación a González Arnao, quien me recomendó al coronel inglés

Colquhoun.

Partí de Bayona para San Juan de Luz, fuí a Socoa y salí en un

pailebote que marchaba a San Sebastián. Llegué a la ciudad donostiarra

y me vi inmediatamente con Alzate y Orbegozo. Alzate me dijo que con

quien podría enterarme bien de las intenciones inglesas con respecto

a Muñagorri, sería hablando con el coronel Colquhoun, que estaba en

aquel momento en Ategorrieta. Seguramente la carta de González Arnao

me serviría para llegar a él. Respecto a los planes de los generales

cristinos, él me daría una carta para el general Jáuregui.

A la mañana siguiente tomé un coche y fuí a Ategorrieta. Llevaba en

aquel punto mucho tiempo acantonada la Legión inglesa. A la entrada del

barrio había un letrero con pintura negra en una pared: Westminster

Square, y en otra esquina ponía Constitution Hill (colina o cuesta de

la Constitución). Este segundo letrero duró mucho tiempo; yo lo vi

quince años después. Algunos supusieron que quedaba porque Hill, en

vascuence, quiere decir muerto, y los campesinos vascos, en su mayoría

carlistas, al leer Constitution Hill, suponían que decía Constitución

muerta.

Al acercarme al barrio me detuvo un centinela, que llamó a un cabo,

quien me condujo al Cuerpo de guardia. Cerca había una fila de carros,

caballos y cañones.

Entramos el cabo y yo en el Cuerpo de guardia británico.

Los soldados ingleses, con sus casacas rojas, se paseaban de arriba

a abajo con las manos cruzadas en el pecho, silbando o tarareando;

otros, sentados en los bancos, cosían un botón o remendaban una ropa

vieja. En la pared estaban colocados los fusiles, y en medio había un

brasero lleno de tablas ardiendo. Había un olor fuerte a tabaco. Salió

un oficial, le pregunté por el coronel Colquhoun, y me indicó una casa

próxima al camino de Pasajes.

Aquellos ingleses me parecieron gente de buen aspecto, a pesar de

que tenían mala fama como soldados. Se decía que eran vagabundos

enrolados en los muelles y en las tabernas de Inglaterra; se añadía que

desertaban a la mejor ocasión a las filas liberales o carlistas; que

robaban en los pueblos, y que se emborrachaban siempre que podían.

A pesar de esto se habían batido como leones a las órdenes del general

Lacy-Evans en la batalla de Oriamendi.

En la casa que me indicaron como residencia del coronel Colquhoun vi a

un soldado inglés con su mujer y dos chicos en brazos. Le pregunté si

sabía si vivía allí el coronel, y me dijo que sí.

Colquhoun me recibió muy amablemente, pero me dijo que no sabía nada;

él influía con el comodoro lord John Hay para que no se abandonara la

empresa de Muñagorri, pero no conocía los planes del Gobierno inglés.

Colquhoun me pareció un hombre amable y culto. Era matemático e

ingeniero, y por la presión de lord John se había metido a politiquear

y a intrigar, cosas para las cuales no tenía condiciones.

Volví a San Sebastián y fuí a Hernani, en donde me dijeron que

encontraría a Jáuregui. Efectivamente, le encontré; le di la carta de

Alzate, y me preguntó por mi tío Fermín, y nos hicimos muy amigos.

Tenía él que ir a Urnieta; le ofrecí mi coche; aceptó, y fuimos juntos.

Me dijo que O'Donnell y él pensaban hacer un reconocimiento en Vera, y

que le iba a ver en aquel momento al general para ponerse de acuerdo en

los detalles de la expedición.

--¿Cree usted que yo le podría hablar a O'Donnell?--le pregunté a

Jáuregui.

--¿Acerca de qué?

--Acerca de la actitud que piense tener con relación a Muñagorri.

--No le contestará a usted nada.

--¿Está usted seguro?

--Segurísimo. O'Donnell es un hombre impasible, impenetrable; le oirá a

usted muy amablemente, le preguntará lo que usted opina, le escuchará

con mucha atención, y cuando usted intente averiguar lo que cree él

de esto o de lo otro, sonreirá y pasará a otro asunto. Además, esa

cuestión de Muñagorri es un punto que no le gusta tratar.

--Entonces no le preguntaré nada.

--¿Usted es de Vera?--me preguntó Jáuregui.

--Sí.

--¿Quiere usted venir al reconocimiento que vamos hacer en su pueblo?

--Con mucho gusto.

--¿Dónde para usted?

Le di mis señas en San Sebastián.

--Bueno, yo le avisaré a usted.

Llegamos a Urnieta. Urnieta tenía todavía las huellas de la batalla

dada por O'Donnell el otoño pasado, que había costado el incendio casi

total del pueblo. Dejé a Jáuregui en una casa próxima a la iglesia, y

entré yo en una taberna, donde pedí una botella de sidra. En la taberna

había un hombre manco y tuerto, con una blusa larga, que llevaba un

montón de papeles bajo el brazo. Tenía el hombre aquel cierto aire de

sacristán y una voz un poco aguda. Hablamos.

--¿Viene usted aquí de paseo?--me preguntó.

--Sí; ¿y usted?

--Yo, por el comercio.

--¿Por qué comercio?

--Vendo canciones.

--¡Hombre! ¿A ver qué canciones tiene usted?

--Son canciones carlistas.

--Muy bien. Yo soy liberal, pero eso no me importa. ¡A ver, cante

usted!

El manco empezó a cantar, con su voz aguda, una canción sobre O'Donnell

y la quema del pueblo, que empezaba así:

Orra nun den Urnieta,

Ez ta besteric pareta,

Malamentian erreta.

(Ahí está Urnieta, no quedan más que las paredes, malamente quemadas.)

O'Donnell generala

Zubela aguintzen

Fanfarroi zebillen

Etchiac erretzen.

Solamente jauna ori

Ez da gaitz itzuzen,

Chapela galdu eta;

Hernani sartu zen.

(El general O'Donnell mandaba y andaba muy fanfarrón quemando las

casas. Solamente ese señor es difícil de asustar; perdió el sombrero y

entró en Hernani.)

Chapela galdu eta

Gañera saldiya,

Beste bat artu eta

Iguesi abiya,

Guezurra gabetanic

Esango det eguiya,

Traidoria da eta

Cobarde aundiya.

(Perdido el sombrero y además el caballo, tomando otro para correr más

deprisa, sin mentira diré la verdad, porque es traidor y cobarde.)

Santo Tomás eguneco,

Amar terdiyetan,

Etsagon atseguin

Ategorrietan.

Pechotican eztuta

Caqueguin galzetan.

Orra sein cobardiac

Dirade beltzetan.

(El día de Santo Tomás, a las diez y media, no estaba muy tranquilo en

Ategorrieta. Con el pecho oprimido y ensuciados los calzones. Ahí se ve

lo cobardes que son los negros.)

Luego, el manco cantó otras canciones que, a pesar de ser primitivas y

bárbaras y casi siempre incoherentes, no dejaban de tener gracia. Una

de ellas, contra los extranjeros, comenzaba así:

Francesac ta inglesac berriz

Cecen icusten dabiltz

Barrera gañetic irritz,

Arriya tira escua gorde

Eguindigute bost alditz,

Au consideratzen balitz.

Baliyoco luque aunitz

Buru gogorric ez balitz.

(Los franceses y los ingleses de nuevo están viendo los toros desde la

barrera, riéndose; tiran la piedra y esconden la mano; nos lo han hecho

muchas veces. Esto lo comprenderíamos muy bien si no tuviéramos la

cabeza tan dura.)

Este reconocimiento de la dureza de nuestra cabeza vasca me hizo reír a

carcajadas.

Después de la rabia contra los extranjeros venía el rencor contra los

castellanos y los hojalateros, que querían que continuara la guerra:

Orien votoz necazariyac,

Pasabiarcodu dieta.

Erdealdunaren copeta.

Morralac ondo beteta

Guero iguesi lasterta.

(Por el voto de esos, los trabajadores tendrán que vivir a dieta.

¡Qué tupé el de los forasteros! Llenan bien el morral y luego echan a

correr.)

Después de estas imprecaciones y cóleras el manco cantó una canción

filosófica que comenzaba así:

Aurten eztegu izango

Fortuna charra;

Bici galdu ezquero,

Acabo guerra.

(Este año no tendremos mala fortuna; perdiendo la vida, se acabó la

guerra.)

Le compré al cantor varias de sus canciones y volví a San Sebastián,

y esperé a que me avisara Jáuregui para ir a Vera. En tanto, pedí

a Bayona un libro que había comprado meses antes, que se titulaba

_Campañas de 1813 y de 1814 sobre el Ebro_, _los Pirineos y el Garona_,

por Eduardo Lapene. Cuando me lo mandaron leí la parte que hablaba de

combates entre franceses y aliados en el Bidasoa y en las proximidades

de Vera.

Aquellos días de lluvia charlé bastante con el antiguo amigo de

Aviraneta, el cabo de chapelgorris, Juan Larrumbide, Ganisch, en la

taberna del Globulillo, de la calle del Puerto de San Sebastián, quien

me dijo que iba a ir también en la expedición a Vera.

El día primero de abril me avisó Jáuregui y fuimos a Oyarzun.

A mí me dieron un hermoso caballo, y, como llevaba un magnífico

impermeable y un sombrero también impermeable, llegué sin mojarme a

Oyarzun.

Ganisch, que conocía todos los rincones de la provincia, me llevó a un

caserío de Arichulegui, donde comimos admirablemente y donde dormimos

igualmente bien.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 7 / 18 段