Por la mañana, nos levantamos, y, a la hora de la diana, tomé yo mi

caballo, y, con mi impermeable y mi sombrero de hule, seguí a la

comitiva de Jáuregui. Nos encaminamos hacia la peña de Aya, pasamos por

la ermita y la ferrería de San Antón, por el mismo camino por donde

fueron las tropas de Wéllington y donde murieron despeñados muchos

soldados y oficiales ingleses. A media tarde llegamos a los montes

próximos a Vera, y allí se acampó.

Ganisch me llevó al barrio de Zalaín, próximo al Bidasoa, al caserío

del cabecilla Gamio.

Gamio fué el capitán de una partida liberal que, en una correría a

Zugarramurdi, mató al coronel carlista don Rafael Ibarrola. Al volver

de la expedición, el mismo día, Gamio fué visto por una patrulla

carlista cuando descansaba, a la puerta de un caserío, con sus

partidarios, y le soltaron una descarga cerrada y lo mataron. En Vera

se había confundido el hecho y se creía que la muerte de Ibarrola era

debida a mi tío Fermín Leguía, que por entonces estaba en Cuenca.

Me recibieron muy bien en el caserío de Gamio, el hijo y las hijas del

partidario liberal. Cenamos espléndidamente, y tuvimos baile después de

cenar. Por la mañana me presenté en una chavola de Alcayaga, en donde

estaban reunidos Jáuregui, O'Donnell y otros jefes.

--¿Qué ha hecho usted?--me preguntó Jáuregui.

Le conté cómo había pasado la noche.

--Es usted un hombre de suerte.

No acababa de decir esto cuando una granada dió en la puerta de la

chavola y la hizo polvo, y uno de los cascos pasó por encima de mi

cabeza.

Nada; no tenía duda. Era un hombre de suerte.

Los carlistas sabían ya dónde estaban los generales enemigos, y

disparaban allí.

Salimos fuera; O'Donnell, Jáuregui y los oficiales del Estado Mayor

montaron a caballo, y yo hice lo mismo, y lucí mi impermeable y mi

sombrero de hule.

El tiempo estaba malo: llovía y venteaba.

El Bidasoa venía muy crecido.

--Vamos a ver--me dijo Jáuregui--, ¿cómo pasaremos mejor el río?

--¡Supongo que no querrán ustedes forzar el puente!

--No.

--El hacerlo costó mil bajas a los franceses en 1813 y la pérdida del

general Vander-Maesen, que murió aquí.

--¡Tantas bajas hubo!--exclamó Jáuregui--. No lo sabía. Por entonces,

yo estaba herido en Cestona; por eso no pude tomar parte en la batalla

de San Marcial.

--Por lo que he leído, si no murió más gente francesa fué porque un

jefe del batallón, Lunel, se colocó en esta orilla y cañoneó esas dos

casas de enfrente y el fuerte de ese alto, llamado Casherna.

--Es curioso. Desechada la idea de forzar el puente hay que intentar

atravesar el río por otro lado. ¿Por dónde le parece a usted mejor?

--Por aquí, aguas arriba, se puede ir hasta el puente de Lesaca, por

donde pasaron los ingleses de Wéllington en 1813. El puente quizá esté

fortificado por los carlistas.

--Sí.

--¿Y el de Endarlaza?

--Lo mismo.

--Entonces, creo que lo mejor es que algunos de sus hombres vayan a

Zalaín, saquen la barca, que quizá la tengan escondida los campesinos,

y vayan pasando y fortificándose en la otra orilla.

Jáuregui conferenció con O'Donnell; decidieron esto y fué marchando

hacia Zalaín un grupo y después una compañía de chapelgorris, que cruzó

luego el río.

La situación respectiva de carlistas y liberales era ésta; ellos tenían

algunas fuerzas en el pueblo, varios tiradores en dos casas situadas no

muy lejos del puente, una de ellas llamada Dorrea, y otra que era una

antigua hospedería de peregrinos de Roncesvalles; tenían fortificado

el puente, unas compañías en un fortín de un alto llamado Casherna

y patrullas en el monte de Santa Bárbara. Los nuestros estaban en

un barrio de Lesaca, de nombre Alcayaga, y diseminados por el monte

Baldrún y por la orilla del río.

Para distraer a los carlistas se hizo un simulacro de atacar el puente

y se enviaron varias compañías hacia Lesaca. Se cambiaron cañonazos de

un lado y de otro y, al mediodía, los chapelgorris se apoderaron de

las primeras casas del pueblo.

Entonces empezaron a pasar más soldados por la barca de Zalaín y

comenzaron a aparecer y avanzar por la orilla del río. Los tiradores de

las dos casas, Dorrea y la hospedería de peregrinos, se opusieron a su

avance; las cañones de O'Donnell bombardearon las casas hasta que las

desalojaron.

Al ocupar las dos casas próximas al río los liberales, los tiradores

carlistas del puente se vieron mal y lo abandonaron. El puente estaba

libre de enemigos, pero lleno de obstáculos, y los que fueran a

quitarlos se exponían a ser cazados.

Entonces los soldados de Jáuregui cogieron dos carros con hierba y

los fueron llevando por el puente, y, avanzando detrás, quitaron los

obstáculos, y los nuestros comenzaron a pasar y a marchar al pueblo.

Un grupo de veintitantos carlistas, al mando de un sargento, quedó

rodeado en la plaza por los chapelgorris y los soldados cristinos, y

los veintitantos subieron a la torre de la iglesia y se fortificaron

allí. Por la noche bajaron de la torre con una cuerda y se escaparon.

Al anochecer, Ganisch y yo y un liberal del pueblo, al que llamaban

Laubeguicoa, fuimos a una posada de Illecueta y cenamos con unos

carlistas; pasamos parte de la noche cantando, y dormimos muy bien.

Por la mañana volvimos a la plaza de Vera. Le conté a Jáuregui dónde

habíamos estado, lo que le siguió pareciendo un exceso de suerte.

Al día siguiente de entrar en el pueblo los liberales, tenían las

casas, la iglesia y el calvario; los carlistas estaban en un alto

enfrente de Vera, en un fuerte, con un cañón que lo disparaban a cada

paso. Lo que me hizo gracia es que los cornetas del fuerte carlista,

de cuando en cuando, tocaban la jota navarra, como para demostrarnos a

nosotros que no nos temían.

Yo le dije a Ganisch que alguno de nuestros chapelgorris tocara con la

corneta _Andre Madalen_ y _Ay ay, mutilla_.

Los carlistas, como ofendidos al oír nuestra música, dejaron de tocar

la jota.

Yo me acerqué varias veces, a caballo, con mi esclavina y mi sombrero

de copa, al reducto de Casherna, y oí silbar las balas cerca de mi

cabeza.

En dos días, a fuerza de zambombazos, quedó desmontado el cañón

enemigo, desmoronado el fortín, y los carlistas abandonaron los

alrededores de Vera.

Toda esta acción, en mi pueblo, no me pareció muy diferente de una

pedrea de chicos. Al menos, en ingenio, no había gran superioridad de

los militares profesionales sobre los chicos. La única superioridad que

se podía encontrar era que en esta lucha de soldados había muertos de

verdad; hombres con el pecho agujereado y las piernas rotas.

Pensé varias veces, aunque, naturalmente, no me atrevía a decírselo a

nadie, que esto de la guerra, como ciencia, es una verdadera tontería;

yo creo que la guerra es una cosa instintiva; así se comprende que un

cura, o un maestro de escuela, metido a guerrillero, pueda tener en

jaque a cualquier general: que un moro desharrapado haga maniobrar a su

gente como el más perfecto táctico.

El 5 de abril, O'Donnell y Jáuregui se dispusieron a volver a sus

campamentos; yo me uní a unas tropas francesas que habían avanzado

desde el lado de Oleta a Vera, y fuí con ellas hasta la frontera, y

luego, solo, a San Juan de Luz.

La acción a la que había asistido me pareció poca cosa y me afirmé en

la idea de que si alguna vez tenía que tomar parte en la guerra, no

sentiría el menor miedo. Mi dandysmo estaba por encima del peligro de

las balas.

TERCERA PARTE

NUEVOS CONOCIMIENTOS

EN SAINT-MORITZ

CADA nueva parte de mi libro la voy escribiendo en distintos lugares.

Ahora he venido a Saint-Moritz, sitio de moda, por el que tenía alguna

curiosidad, pero pienso pasar poco tiempo. Este hotel, grande como un

cuartel, con tanto millonario, me ha dejado espantado.

El enorme edificio está lleno de judíos, de americanos, de japoneses,

casados con francesas e inglesas, y hasta de chinos.

¡Qué decadencia la de nuestro continente! Por todas partes no se ven

mas que amarillos, negros y achocolatados. ¡Qué pisto! Dentro de

algunos años, en Europa no quedará un europeo de verdad: todos serán

mestizos y habrá una extraña mezcla de sangre de todas partes.

Entonces, esta vieja Europa, que no tiene ya ideales, no tendrá tampoco

razas un poco limpias, y la común basura humana será el patrimonio de

sus ciudades y de sus campos.

La contemplación de la naturaleza no me compensa del desagradable

espectáculo de esta jaula de micos que me parece el hotel.

Es curioso el poco entusiasmo que siento por la naturaleza alpina.

Acostumbrado al país vasco, con sus montes pequeños y claros, estas

enormes montañas me cansan, me abruman, me parecen extrahumanas y casi

desagradables.

El resplandor de las manchas de nieve en los montes, como trozos de

porcelana sobre el cielo azul, me hace daño a la vista.

Esta naturaleza grandiosa no la encuentro atrayente. Es una naturaleza

de aire cósmico, nada humanizada, monótona de de color, que se ofrece,

como una virgen selvática, al hombre joven y fuerte, y que desdeña la

debilidad y el cansancio.

Creo que el artista no debe encontrar grandes inspiraciones en estos

paisajes, que son para el turismo y la fotografía más que para la

literatura y el arte.

Me dicen que aquí puede haber una inspiración de algo grandioso y

colosal. Yo cada vez tengo más antipatía por lo grandioso y por lo

colosal. No creo en nada colosal. El hombre es, como decía el filósofo

griego, la medida de todas las cosas. Lo que pasa de nuestra medida no

es nada, al menos para nosotros.

Yo me contento con lo que abarca la medida humana; creo que hay en sus

límites materia bastante con que llenar el corazón y la cabeza de un

hombre, y no aspiro a más.

I

PARÍS Y MADRID

A la primera ocasión que tuve fuí a París.

El París de entonces no era el de ahora, este París enorme, cortado

por grandes avenidas con árboles. Era todavía un pueblo de calles

estrechas, misterioso, en donde todo parecía posible. No había este

cuadriculado policíaco actual de la vida, que hace en una inmensa

ciudad como París, Londres o Berlín, se conozca a la gente casa por

casa y cuarto por cuarto.

Eugenio de Ochoa me sirvió de cicerone; pero me enseñó, sobre todo,

aquello que le podía dar lustre a él. Al cabo de quince días volví a

Bayona.

Muy poco tiempo después, al comienzo de la primavera, don Eugenio me

escribió diciéndome que sería conveniente que fuese a Madrid.

Me alegré mucho; tenía curiosidad de ver algo del interior de España.

Me ofrecí a mis amigos y conocidos bayoneses por si querían algo para

Madrid. Gamboa me dió un paquete para que lo entregara al secretario

del infante don Francisco, el brigadier Rosales, y dos cartas: una

para don Ramón Gil de la Cuadra, y otra para don Martín de los Heros,

políticos amigos suyos.

Eugenio de Ochoa me dió también una carta de presentación, para Usoz

del Río.

A mediados de mayo marché a Santander, en barco, y de Santander, con

grandes dificultades, a Madrid. Ya en el viaje me chocó la confusión y

el desorden que había en todo, y me asombró, al entrar en Castilla, la

cantidad de páramos y de desiertos que atravesamos.

Don Eugenio me esperaba en la Aduana, a la bajada de la diligencia, y

me llevó a una casa de huéspedes de la calle del Lobo, donde vivía él.

Verdaderamente, Madrid me pareció feo y destartalado. La Puerta del Sol

era una encrucijada sin importancia; todo lo encontraba muy polvoriento

y descuidado.

--La verdad es que esto, al lado de París--le dije a don Eugenio--,

parece poca cosa.

--¡Ah! ¿Tú también vas a ser de esos imbéciles que porque han estado

unos días en París creen que han de despreciarlo todo?

Me callé, dispuesto a hacer las observaciones para adentro.

No es que yo despreciara Madrid, al revés; para mí, naturalmente,

era más interesante que París, porque en París no podía ver nada mas

que paredes y calles, y en Madrid hablaba con gentes de cosas que me

interesaban. Cierto que entonces todavía tenía ese pobre entusiasmo de

admirar una calle ancha y recta, o un monumento muy grande, como si por

eso fuera uno más feliz; pero, aun a pesar de eso, como español, Madrid

me interesaba más que París.

Yo comprendía claramente que ante la vida europea los españoles éramos

muy poca cosa, que no pesábamos apenas nada. Madrid no llegaba a ser

mas que un barrio pobre de París.

¡Y la gente! ¡Qué mal aspecto! ¡Qué aire de miseria, de mala

alimentación!

--Esta pobre España tan enteca, tan mal dotada, ¿cómo ha podido hacer

tanta cosa?--me preguntaba yo--. Ha sido el brío, la confianza, la

ilusión, la que ha hecho levantarse estos Escoriales en medio de

nuestros páramos. Hemos sido arquitectos con cañas, hemos construído

sin medios; así ha resultado todo tan inconsistente.

En el tiempo en que yo he vivido, y sin ofrecer la historia española

un interés universal, ¡qué tipos ha tenido nuestra época!, ¡qué fuerza

y qué gallardía! Mina, el Empecinado, Zurbano, Zumalacárregui, don

Diego León... Si hubiera habido entre nosotros un poeta, estos hombres

hubiesen llegado a ser universales, no por su ideología, que era

seguramente mísera, sino por su brío y su prestancia. Yo en Madrid

disentía un tanto de la opinión de las gentes; me hablaban mal del

clima de la corte, que a mí me parecía magnífico, y me elogiaban cosas

que yo no encontraba tan admirables. La Puerta del Sol, este pequeño

foro, con sus militares, sus intrigantes, sus cesantes, sus rateros,

sus mozos de cuerda, sus desharrapados políticos, sus sablistas y sus

aguadores; todos estos grupos de hombres harapientos, con manta y

calañés, y de señores con capa y sombrero de copa; las manolas de rumbo

que pasaban a pie o se mostraban en las calesas; los chicos que corrían

descalzos, vendiendo papeles y hojas volantes; toda esta gusanera

revolviéndose al aire me interesaba mucho.

Paseé en el Prado con sus lechuguinos, sus damas aristocráticas, sus

jóvenes oficiales; vi a la Reina Madre con Muñoz en su landó, y a la

Reina niña, en un coche, tirado por seis mulas grises.

Pasé el tiempo en los cafés obscuros, llenos de humo, con los espejos

manchados por las moscas, los divanes, que olían a terciopelo

arratonado; los mozos, que servían de mala gana; frecuenté la Fontana

de Oro, la Cruz de Malta, el Café Nuevo, el de Venecia, el de San

Sebastián; y vi en ellos tipos de todas clases, militares de las varias

guerras españolas de la Península y de las Colonias, exclaustrados,

masones, etc., etc. Leí _El Guirigay_ y _El Fray Gerundio_, y los

folletos anónimos y los papeles que corrían de mano en mano.

Estuve también en los toros a ver a Paquiro Montes, y hablé con él un

momento en el Café Nuevo.

Pasaba poco tiempo en la casa de huéspedes. Tenía en ella un cuarto

bastante grande, blanqueado, un tanto obscuro, con una cama de madera,

y en las paredes, estampas de Atala y de los Incas, con la leyenda en

castellano y en francés. Siendo el cuarto tan triste y estando la calle

tan alegre, ¿cómo quedarse en casa? La misma reflexión debían hacerse

la mayoría de los madrileños, a juzgar por la gente que andaba por las

calles.

Por la mañana, el criado que cepillaba las botas me despertaba cantando

canciones liberales:

Guerra, guerra a muerte,

a tiranos y a esclavos,

o aquello de

Viva, viva, viva,

viva la nación;

viva eternamente

la Constitución.

El oír estos _guerras_ o estos _vivas_ era señal de que había que

levantarse. Efectivamente, me levantaba, y ya no volvía a casa hasta la

hora de comer, si no comía fuera.

Hice mis visitas.

Primeramente fuí a ver a los amigos de Gamboa, don Martín de los Heros

y don Ramón Gil de la Cuadra.

Estos dos señores, los dos vizcaínos, de Valmaseda, vivían en la misma

casa de la calle de Cantarranas, hoy Lope de Vega, donde también había

vivido Argüelles. La casa era un antro de progresismo. En la visita a

Gil de la Cuadra tuve el maligno placer de hacerle hablar de Aviraneta,

diciéndole que Gamboa había estado muy preocupado con la estancia de

don Eugenio en Francia.

Gil de la Cuadra habló pestes de Aviraneta: dijo que era un miserable

intrigante, traidor a la masonería, difamador, enemigo de todas las

personas sensatas, y a quien debían poner a la sombra. Noté que no

podía decir contra don Eugenio nada en concreto.

También visité a Usoz del Río, a quien encontré en compañía de don

José Somoza. Los dos eran tipos raros y extravagantes. Somoza tenía la

preocupación de la metempsícosis, y Usoz, la del protestantismo.

A Usoz le volví a ver años después en San Sebastián, de vuelta de

Inglaterra, ya declaradamente cuáquero.

Usoz no era, como dice Menéndez Pelayo, en _Los Heterodoxos_, nacido en

Madrid, sino americano, de familia navarra. El no me lo dijo, porque

no hablaba nunca de sí mismo, pero encontré su filiación en las notas

policíacas del _Livre Noir de Delaveau y Franchet_, hechas en tiempo de

Carlos X. La primera vez que le vi, Usoz estaba preparando un viaje a

Londres. Usoz me presentó al escritor inglés Borrow, y me llevó a casa

del embajador de Inglaterra en Madrid, sir Jorge Villiers; luego, lord

Clarendon, hombre que tenía por entonces una gran importancia en la

política española.

Fuí también a casa del infante don Francisco, y hablé con su

secretario, el brigadier Rosales. Este me preguntó mucho acerca de lo

que se decía en Bayona.

De pronto el brigadier me dijo:

--El otro día le vi a usted en el café hablando con un sujeto que se

llama Aviraneta. ¿Le conoce usted?

--De vista, nada más.

--Pues tenga usted cuidado con él. Es el mayor revolucionario de

España, hombre muy peligroso. Su alteza real el infante don Francisco y

yo le conocemos mucho, por desgracia.

Estando hablando con Rosales vino el general Minuissir, y me

presentaron a él. Yo tenía curiosidad por este hombre, y le pregunté

algo acerca de las conspiraciones del tiempo de Fernando VII.

Minuissir no quiso hablar; ya no tenía ningún entusiasmo por los

revolucionarios. Pocos años después, cuando el proceso de don Diego

León, Minuissir fué fiscal de la causa, y se habló mal de él por haber

pedido con energía la muerte del reo. Se dijo que había exagerado el

servilismo con Espartero; que era hijo de un cocinero italiano, y que

cuando, como premio a su sumisión, le pidió a San Miguel la faja de

general, éste le dijo: Sería una faja manchada de sangre.

Cuando le conté a don Eugenio mi visita a Rosales, se rió:

--¿Así que Rosales dice que yo soy hombre peligroso? Más peligroso ha

sido él para mí, que me ha propuesto varias veces conspirar a favor del

infante don Francisco.

--¿Es hombre revolucionario ese militar?

--Sí; si los demás hacen revoluciones en beneficio de su amo y de él,

es revolucionario. El es un cobarde, un tumbón. Le conocí en Ciudad

Rodrigo, en 1823. Estaba allí de comandante sin mando. Mientras

nosotros nos rompíamos la crisma por aquellos vericuetos, él se entregó

en seguida que llegaron los absolutistas.

Hablé con otras personas, y me presentaron en un salón de la buena

sociedad. Habiendo vivido en un medio pequeño, como Bayona, con tantas

precauciones, al llegar a un medio grande, como Madrid, en donde podía

hablar a mis anchas, me encontraba como los soldados romanos, a quienes

después de haberles obligado a andar con sandalias de plomo les dejaban

correr libremente los días de batalla.

Acostumbrado a la ficción constante, no me costaba ningún trabajo

mentir.

La frase de Talleyrand, o de quien sea, de que la palabra es un medio

de ocultar el pensamiento, era uno de mis dogmas. Llegué hasta saber

fingir la confusión de una manera perfecta.

II

LOS AGENTES SECRETOS

--TE he dejado que veas Madrid durante unas cuantas semanas--me dijo

Aviraneta--y que hables con la gente, porque no tenemos prisa. Por

ahora no podemos dar un golpe decisivo; pero preparamos nuestras

baterías. El ministro que me envió a Bayona no está en el poder, y

trabajamos con el dinero de María Cristina.

--Yo, por mi parte--le dije--, tengo para vivir. Etchegaray y Leguía

van viento en popa.

--Ya lo sé, y me alegro mucho.

--La parte de Etchegaray será para usted.

--No, no, ¿para qué? Tú has creado eso y debe ser para ti. Yo no

necesito dinero: vivo con cualquier cosa. Vamos a nuestro asunto. Ha

llegado el momento de que te ponga al corriente de la parte secreta de

mis trabajos. En este mes de marzo pasado se han reunido gran número

de batallones en Estella, y por el motivo de la falta de pagas se

han sublevado. Ha acudido el mismo Don Carlos a sosegar el motín; ha

exhortado a los rebeldes a que volviesen a la disciplina, y les ha

prometido que les pagará parte de lo que les debe. No se han conformado

ellos sólo con la promesa; y viendo Don Carlos el asunto más grave de

lo que parecía al principio, se ha retirado. Entonces algunos sargentos

han empezado a pedir la destitución de Don Carlos; pero la mayoría se

ha asustado de su propia audacia, y el movimiento se ha sosegado por sí

solo. ¿Conocíais esto en Bayona?

--Sí; se ha hablado de este motín de Estella; pero no se ha dicho nada

de que se pidiera la destitución de Don Carlos.

--Pues se ha pedido. Esta iniciativa no era completamente espontánea,

porque dentro de las filas carlistas contamos nosotros con alguno que

otro agente que, cuando vuelvas a Bayona, tendrás ocasión de conocer.

--Muy bien.

--Ahora tu acción se limitará a esto: a asegurar en todas partes, en

Bayona, que los carlistas están muy descontentos de las Expediciones

reales; que consideran a Don Carlos completamente inepto, y que creen

que sería mucho mejor que el infante don Sebastián fuera proclamado rey.

--Esto hará algún efecto; pero no creo que mucho, porque todos los días

hay versiones de esa especie.

--De todas maneras, tú repítelo.

--¿No hay que hacer más que eso?

--Luego recibirás a los agentes nuestros, a quienes irás citando en

distintos sitios por los nombres y señas que yo te daré, y harás una

minuta clara con todos los detalles posibles de lo que te diga cada

uno de ellos. No importa que te repitas. Cuantos más detalles, mejor.

Hecha la minuta se la leerás al agente; luego la escribirás con tinta

simpática, y si hay una parte importante de nombres y de señas la

envías por separado y empleas la plantilla número uno.

--Está bien. ¿Usted no va a ir Bayona?

--Por ahora, no. Ya veremos cuándo. Si fuera allí, los carlistas y

Gamboa pondrían en juego todas sus intrigas para expulsarme. Pita

Pizarro ha querido que yo nombrase cónsul a algún amigo mío.

--¿Y por qué no le nombran a usted mismo?

--Eso produciría un escándalo y no adelantaríamos nada.

--Bueno, ¿qué más?

--Conviene también que vayas a San Sebastián; que veas a mi primo

Alzate, y que éste envíe un confidente a Azcoitia, para que le diga en

qué condiciones vive Don Carlos, en qué casa, con qué servidumbre, qué

guardia tiene, etc., etc.

--Entendido.

INFORMES

--Ahora te voy a dar algunos informes de nuestros agentes, que son S,

T, U, V, X y Z.

--Estamos enterados.

--Yo no bromeo cuando hablo de cosas serias. Vete tomando notas. S, es

Iturri, posadero y comerciante de la calle de los Vascos.

--Lo conozco.

--Es navarro, buena persona, liberal por convicción, y trabaja por que

se acabe la guerra con entusiasmo. Te puedes fiar de él. Es hombre de

conciencia.

--Eso mismo pienso yo.

--La T es Luci Belz.

--Por un poco Lucifer.

--Y por tan poco, porque es mala como un diablo. Luci está empleada en

el hotel del Comercio de Bayona. Escucha todo cuanto se habla allí. Es

francesa, y lo mismo le da por los carlistas que por los liberales.

Es solterona, y más fea que Picio. El medio de hacerla trabajar con

entusiasmo es mirarla lánguidamente y decirla que es muy simpática.

--Muy bien. La miraremos con languidez.

--La U es la Falcón; ya la conoces. No tienes mas que decirla que yo

te he encargado de hacer una minuta, y ella en la trastienda te la

dictará. La Falcón te citará el día que quieras a Luci Belz, que irá

probablemente a la tienda de antigüedades a hablar contigo.

--Bueno.

--La V es Valdés, un Valdés que llaman de los gatos; ¿tú no habrás oído

hablar nunca de él?

--No.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 8 / 18 段