caballo, y, con mi impermeable y mi sombrero de hule, seguí a la
comitiva de Jáuregui. Nos encaminamos hacia la peña de Aya, pasamos por
la ermita y la ferrería de San Antón, por el mismo camino por donde
fueron las tropas de Wéllington y donde murieron despeñados muchos
soldados y oficiales ingleses. A media tarde llegamos a los montes
próximos a Vera, y allí se acampó.
Ganisch me llevó al barrio de Zalaín, próximo al Bidasoa, al caserío
del cabecilla Gamio.
Gamio fué el capitán de una partida liberal que, en una correría a
Zugarramurdi, mató al coronel carlista don Rafael Ibarrola. Al volver
de la expedición, el mismo día, Gamio fué visto por una patrulla
carlista cuando descansaba, a la puerta de un caserío, con sus
partidarios, y le soltaron una descarga cerrada y lo mataron. En Vera
se había confundido el hecho y se creía que la muerte de Ibarrola era
debida a mi tío Fermín Leguía, que por entonces estaba en Cuenca.
Me recibieron muy bien en el caserío de Gamio, el hijo y las hijas del
partidario liberal. Cenamos espléndidamente, y tuvimos baile después de
cenar. Por la mañana me presenté en una chavola de Alcayaga, en donde
estaban reunidos Jáuregui, O'Donnell y otros jefes.
--¿Qué ha hecho usted?--me preguntó Jáuregui.
Le conté cómo había pasado la noche.
--Es usted un hombre de suerte.
No acababa de decir esto cuando una granada dió en la puerta de la
chavola y la hizo polvo, y uno de los cascos pasó por encima de mi
cabeza.
Nada; no tenía duda. Era un hombre de suerte.
Los carlistas sabían ya dónde estaban los generales enemigos, y
disparaban allí.
Salimos fuera; O'Donnell, Jáuregui y los oficiales del Estado Mayor
montaron a caballo, y yo hice lo mismo, y lucí mi impermeable y mi
sombrero de hule.
El tiempo estaba malo: llovía y venteaba.
El Bidasoa venía muy crecido.
--Vamos a ver--me dijo Jáuregui--, ¿cómo pasaremos mejor el río?
--¡Supongo que no querrán ustedes forzar el puente!
--No.
--El hacerlo costó mil bajas a los franceses en 1813 y la pérdida del
general Vander-Maesen, que murió aquí.
--¡Tantas bajas hubo!--exclamó Jáuregui--. No lo sabía. Por entonces,
yo estaba herido en Cestona; por eso no pude tomar parte en la batalla
de San Marcial.
--Por lo que he leído, si no murió más gente francesa fué porque un
jefe del batallón, Lunel, se colocó en esta orilla y cañoneó esas dos
casas de enfrente y el fuerte de ese alto, llamado Casherna.
--Es curioso. Desechada la idea de forzar el puente hay que intentar
atravesar el río por otro lado. ¿Por dónde le parece a usted mejor?
--Por aquí, aguas arriba, se puede ir hasta el puente de Lesaca, por
donde pasaron los ingleses de Wéllington en 1813. El puente quizá esté
fortificado por los carlistas.
--Sí.
--¿Y el de Endarlaza?
--Lo mismo.
--Entonces, creo que lo mejor es que algunos de sus hombres vayan a
Zalaín, saquen la barca, que quizá la tengan escondida los campesinos,
y vayan pasando y fortificándose en la otra orilla.
Jáuregui conferenció con O'Donnell; decidieron esto y fué marchando
hacia Zalaín un grupo y después una compañía de chapelgorris, que cruzó
luego el río.
La situación respectiva de carlistas y liberales era ésta; ellos tenían
algunas fuerzas en el pueblo, varios tiradores en dos casas situadas no
muy lejos del puente, una de ellas llamada Dorrea, y otra que era una
antigua hospedería de peregrinos de Roncesvalles; tenían fortificado
el puente, unas compañías en un fortín de un alto llamado Casherna
y patrullas en el monte de Santa Bárbara. Los nuestros estaban en
un barrio de Lesaca, de nombre Alcayaga, y diseminados por el monte
Baldrún y por la orilla del río.
Para distraer a los carlistas se hizo un simulacro de atacar el puente
y se enviaron varias compañías hacia Lesaca. Se cambiaron cañonazos de
un lado y de otro y, al mediodía, los chapelgorris se apoderaron de
las primeras casas del pueblo.
Entonces empezaron a pasar más soldados por la barca de Zalaín y
comenzaron a aparecer y avanzar por la orilla del río. Los tiradores de
las dos casas, Dorrea y la hospedería de peregrinos, se opusieron a su
avance; las cañones de O'Donnell bombardearon las casas hasta que las
desalojaron.
Al ocupar las dos casas próximas al río los liberales, los tiradores
carlistas del puente se vieron mal y lo abandonaron. El puente estaba
libre de enemigos, pero lleno de obstáculos, y los que fueran a
quitarlos se exponían a ser cazados.
Entonces los soldados de Jáuregui cogieron dos carros con hierba y
los fueron llevando por el puente, y, avanzando detrás, quitaron los
obstáculos, y los nuestros comenzaron a pasar y a marchar al pueblo.
Un grupo de veintitantos carlistas, al mando de un sargento, quedó
rodeado en la plaza por los chapelgorris y los soldados cristinos, y
los veintitantos subieron a la torre de la iglesia y se fortificaron
allí. Por la noche bajaron de la torre con una cuerda y se escaparon.
Al anochecer, Ganisch y yo y un liberal del pueblo, al que llamaban
Laubeguicoa, fuimos a una posada de Illecueta y cenamos con unos
carlistas; pasamos parte de la noche cantando, y dormimos muy bien.
Por la mañana volvimos a la plaza de Vera. Le conté a Jáuregui dónde
habíamos estado, lo que le siguió pareciendo un exceso de suerte.
Al día siguiente de entrar en el pueblo los liberales, tenían las
casas, la iglesia y el calvario; los carlistas estaban en un alto
enfrente de Vera, en un fuerte, con un cañón que lo disparaban a cada
paso. Lo que me hizo gracia es que los cornetas del fuerte carlista,
de cuando en cuando, tocaban la jota navarra, como para demostrarnos a
nosotros que no nos temían.
Yo le dije a Ganisch que alguno de nuestros chapelgorris tocara con la
corneta _Andre Madalen_ y _Ay ay, mutilla_.
Los carlistas, como ofendidos al oír nuestra música, dejaron de tocar
la jota.
Yo me acerqué varias veces, a caballo, con mi esclavina y mi sombrero
de copa, al reducto de Casherna, y oí silbar las balas cerca de mi
cabeza.
En dos días, a fuerza de zambombazos, quedó desmontado el cañón
enemigo, desmoronado el fortín, y los carlistas abandonaron los
alrededores de Vera.
Toda esta acción, en mi pueblo, no me pareció muy diferente de una
pedrea de chicos. Al menos, en ingenio, no había gran superioridad de
los militares profesionales sobre los chicos. La única superioridad que
se podía encontrar era que en esta lucha de soldados había muertos de
verdad; hombres con el pecho agujereado y las piernas rotas.
Pensé varias veces, aunque, naturalmente, no me atrevía a decírselo a
nadie, que esto de la guerra, como ciencia, es una verdadera tontería;
yo creo que la guerra es una cosa instintiva; así se comprende que un
cura, o un maestro de escuela, metido a guerrillero, pueda tener en
jaque a cualquier general: que un moro desharrapado haga maniobrar a su
gente como el más perfecto táctico.
El 5 de abril, O'Donnell y Jáuregui se dispusieron a volver a sus
campamentos; yo me uní a unas tropas francesas que habían avanzado
desde el lado de Oleta a Vera, y fuí con ellas hasta la frontera, y
luego, solo, a San Juan de Luz.
La acción a la que había asistido me pareció poca cosa y me afirmé en
la idea de que si alguna vez tenía que tomar parte en la guerra, no
sentiría el menor miedo. Mi dandysmo estaba por encima del peligro de
las balas.
TERCERA PARTE
NUEVOS CONOCIMIENTOS
EN SAINT-MORITZ
CADA nueva parte de mi libro la voy escribiendo en distintos lugares.
Ahora he venido a Saint-Moritz, sitio de moda, por el que tenía alguna
curiosidad, pero pienso pasar poco tiempo. Este hotel, grande como un
cuartel, con tanto millonario, me ha dejado espantado.
El enorme edificio está lleno de judíos, de americanos, de japoneses,
casados con francesas e inglesas, y hasta de chinos.
¡Qué decadencia la de nuestro continente! Por todas partes no se ven
mas que amarillos, negros y achocolatados. ¡Qué pisto! Dentro de
algunos años, en Europa no quedará un europeo de verdad: todos serán
mestizos y habrá una extraña mezcla de sangre de todas partes.
Entonces, esta vieja Europa, que no tiene ya ideales, no tendrá tampoco
razas un poco limpias, y la común basura humana será el patrimonio de
sus ciudades y de sus campos.
La contemplación de la naturaleza no me compensa del desagradable
espectáculo de esta jaula de micos que me parece el hotel.
Es curioso el poco entusiasmo que siento por la naturaleza alpina.
Acostumbrado al país vasco, con sus montes pequeños y claros, estas
enormes montañas me cansan, me abruman, me parecen extrahumanas y casi
desagradables.
El resplandor de las manchas de nieve en los montes, como trozos de
porcelana sobre el cielo azul, me hace daño a la vista.
Esta naturaleza grandiosa no la encuentro atrayente. Es una naturaleza
de aire cósmico, nada humanizada, monótona de de color, que se ofrece,
como una virgen selvática, al hombre joven y fuerte, y que desdeña la
debilidad y el cansancio.
Creo que el artista no debe encontrar grandes inspiraciones en estos
paisajes, que son para el turismo y la fotografía más que para la
literatura y el arte.
Me dicen que aquí puede haber una inspiración de algo grandioso y
colosal. Yo cada vez tengo más antipatía por lo grandioso y por lo
colosal. No creo en nada colosal. El hombre es, como decía el filósofo
griego, la medida de todas las cosas. Lo que pasa de nuestra medida no
es nada, al menos para nosotros.
Yo me contento con lo que abarca la medida humana; creo que hay en sus
límites materia bastante con que llenar el corazón y la cabeza de un
hombre, y no aspiro a más.
I
PARÍS Y MADRID
A la primera ocasión que tuve fuí a París.
El París de entonces no era el de ahora, este París enorme, cortado
por grandes avenidas con árboles. Era todavía un pueblo de calles
estrechas, misterioso, en donde todo parecía posible. No había este
cuadriculado policíaco actual de la vida, que hace en una inmensa
ciudad como París, Londres o Berlín, se conozca a la gente casa por
casa y cuarto por cuarto.
Eugenio de Ochoa me sirvió de cicerone; pero me enseñó, sobre todo,
aquello que le podía dar lustre a él. Al cabo de quince días volví a
Bayona.
Muy poco tiempo después, al comienzo de la primavera, don Eugenio me
escribió diciéndome que sería conveniente que fuese a Madrid.
Me alegré mucho; tenía curiosidad de ver algo del interior de España.
Me ofrecí a mis amigos y conocidos bayoneses por si querían algo para
Madrid. Gamboa me dió un paquete para que lo entregara al secretario
del infante don Francisco, el brigadier Rosales, y dos cartas: una
para don Ramón Gil de la Cuadra, y otra para don Martín de los Heros,
políticos amigos suyos.
Eugenio de Ochoa me dió también una carta de presentación, para Usoz
del Río.
A mediados de mayo marché a Santander, en barco, y de Santander, con
grandes dificultades, a Madrid. Ya en el viaje me chocó la confusión y
el desorden que había en todo, y me asombró, al entrar en Castilla, la
cantidad de páramos y de desiertos que atravesamos.
Don Eugenio me esperaba en la Aduana, a la bajada de la diligencia, y
me llevó a una casa de huéspedes de la calle del Lobo, donde vivía él.
Verdaderamente, Madrid me pareció feo y destartalado. La Puerta del Sol
era una encrucijada sin importancia; todo lo encontraba muy polvoriento
y descuidado.
--La verdad es que esto, al lado de París--le dije a don Eugenio--,
parece poca cosa.
--¡Ah! ¿Tú también vas a ser de esos imbéciles que porque han estado
unos días en París creen que han de despreciarlo todo?
Me callé, dispuesto a hacer las observaciones para adentro.
No es que yo despreciara Madrid, al revés; para mí, naturalmente,
era más interesante que París, porque en París no podía ver nada mas
que paredes y calles, y en Madrid hablaba con gentes de cosas que me
interesaban. Cierto que entonces todavía tenía ese pobre entusiasmo de
admirar una calle ancha y recta, o un monumento muy grande, como si por
eso fuera uno más feliz; pero, aun a pesar de eso, como español, Madrid
me interesaba más que París.
Yo comprendía claramente que ante la vida europea los españoles éramos
muy poca cosa, que no pesábamos apenas nada. Madrid no llegaba a ser
mas que un barrio pobre de París.
¡Y la gente! ¡Qué mal aspecto! ¡Qué aire de miseria, de mala
alimentación!
--Esta pobre España tan enteca, tan mal dotada, ¿cómo ha podido hacer
tanta cosa?--me preguntaba yo--. Ha sido el brío, la confianza, la
ilusión, la que ha hecho levantarse estos Escoriales en medio de
nuestros páramos. Hemos sido arquitectos con cañas, hemos construído
sin medios; así ha resultado todo tan inconsistente.
En el tiempo en que yo he vivido, y sin ofrecer la historia española
un interés universal, ¡qué tipos ha tenido nuestra época!, ¡qué fuerza
y qué gallardía! Mina, el Empecinado, Zurbano, Zumalacárregui, don
Diego León... Si hubiera habido entre nosotros un poeta, estos hombres
hubiesen llegado a ser universales, no por su ideología, que era
seguramente mísera, sino por su brío y su prestancia. Yo en Madrid
disentía un tanto de la opinión de las gentes; me hablaban mal del
clima de la corte, que a mí me parecía magnífico, y me elogiaban cosas
que yo no encontraba tan admirables. La Puerta del Sol, este pequeño
foro, con sus militares, sus intrigantes, sus cesantes, sus rateros,
sus mozos de cuerda, sus desharrapados políticos, sus sablistas y sus
aguadores; todos estos grupos de hombres harapientos, con manta y
calañés, y de señores con capa y sombrero de copa; las manolas de rumbo
que pasaban a pie o se mostraban en las calesas; los chicos que corrían
descalzos, vendiendo papeles y hojas volantes; toda esta gusanera
revolviéndose al aire me interesaba mucho.
Paseé en el Prado con sus lechuguinos, sus damas aristocráticas, sus
jóvenes oficiales; vi a la Reina Madre con Muñoz en su landó, y a la
Reina niña, en un coche, tirado por seis mulas grises.
Pasé el tiempo en los cafés obscuros, llenos de humo, con los espejos
manchados por las moscas, los divanes, que olían a terciopelo
arratonado; los mozos, que servían de mala gana; frecuenté la Fontana
de Oro, la Cruz de Malta, el Café Nuevo, el de Venecia, el de San
Sebastián; y vi en ellos tipos de todas clases, militares de las varias
guerras españolas de la Península y de las Colonias, exclaustrados,
masones, etc., etc. Leí _El Guirigay_ y _El Fray Gerundio_, y los
folletos anónimos y los papeles que corrían de mano en mano.
Estuve también en los toros a ver a Paquiro Montes, y hablé con él un
momento en el Café Nuevo.
Pasaba poco tiempo en la casa de huéspedes. Tenía en ella un cuarto
bastante grande, blanqueado, un tanto obscuro, con una cama de madera,
y en las paredes, estampas de Atala y de los Incas, con la leyenda en
castellano y en francés. Siendo el cuarto tan triste y estando la calle
tan alegre, ¿cómo quedarse en casa? La misma reflexión debían hacerse
la mayoría de los madrileños, a juzgar por la gente que andaba por las
calles.
Por la mañana, el criado que cepillaba las botas me despertaba cantando
canciones liberales:
Guerra, guerra a muerte,
a tiranos y a esclavos,
o aquello de
Viva, viva, viva,
viva la nación;
viva eternamente
la Constitución.
El oír estos _guerras_ o estos _vivas_ era señal de que había que
levantarse. Efectivamente, me levantaba, y ya no volvía a casa hasta la
hora de comer, si no comía fuera.
Hice mis visitas.
Primeramente fuí a ver a los amigos de Gamboa, don Martín de los Heros
y don Ramón Gil de la Cuadra.
Estos dos señores, los dos vizcaínos, de Valmaseda, vivían en la misma
casa de la calle de Cantarranas, hoy Lope de Vega, donde también había
vivido Argüelles. La casa era un antro de progresismo. En la visita a
Gil de la Cuadra tuve el maligno placer de hacerle hablar de Aviraneta,
diciéndole que Gamboa había estado muy preocupado con la estancia de
don Eugenio en Francia.
Gil de la Cuadra habló pestes de Aviraneta: dijo que era un miserable
intrigante, traidor a la masonería, difamador, enemigo de todas las
personas sensatas, y a quien debían poner a la sombra. Noté que no
podía decir contra don Eugenio nada en concreto.
También visité a Usoz del Río, a quien encontré en compañía de don
José Somoza. Los dos eran tipos raros y extravagantes. Somoza tenía la
preocupación de la metempsícosis, y Usoz, la del protestantismo.
A Usoz le volví a ver años después en San Sebastián, de vuelta de
Inglaterra, ya declaradamente cuáquero.
Usoz no era, como dice Menéndez Pelayo, en _Los Heterodoxos_, nacido en
Madrid, sino americano, de familia navarra. El no me lo dijo, porque
no hablaba nunca de sí mismo, pero encontré su filiación en las notas
policíacas del _Livre Noir de Delaveau y Franchet_, hechas en tiempo de
Carlos X. La primera vez que le vi, Usoz estaba preparando un viaje a
Londres. Usoz me presentó al escritor inglés Borrow, y me llevó a casa
del embajador de Inglaterra en Madrid, sir Jorge Villiers; luego, lord
Clarendon, hombre que tenía por entonces una gran importancia en la
política española.
Fuí también a casa del infante don Francisco, y hablé con su
secretario, el brigadier Rosales. Este me preguntó mucho acerca de lo
que se decía en Bayona.
De pronto el brigadier me dijo:
--El otro día le vi a usted en el café hablando con un sujeto que se
llama Aviraneta. ¿Le conoce usted?
--De vista, nada más.
--Pues tenga usted cuidado con él. Es el mayor revolucionario de
España, hombre muy peligroso. Su alteza real el infante don Francisco y
yo le conocemos mucho, por desgracia.
Estando hablando con Rosales vino el general Minuissir, y me
presentaron a él. Yo tenía curiosidad por este hombre, y le pregunté
algo acerca de las conspiraciones del tiempo de Fernando VII.
Minuissir no quiso hablar; ya no tenía ningún entusiasmo por los
revolucionarios. Pocos años después, cuando el proceso de don Diego
León, Minuissir fué fiscal de la causa, y se habló mal de él por haber
pedido con energía la muerte del reo. Se dijo que había exagerado el
servilismo con Espartero; que era hijo de un cocinero italiano, y que
cuando, como premio a su sumisión, le pidió a San Miguel la faja de
general, éste le dijo: Sería una faja manchada de sangre.
Cuando le conté a don Eugenio mi visita a Rosales, se rió:
--¿Así que Rosales dice que yo soy hombre peligroso? Más peligroso ha
sido él para mí, que me ha propuesto varias veces conspirar a favor del
infante don Francisco.
--¿Es hombre revolucionario ese militar?
--Sí; si los demás hacen revoluciones en beneficio de su amo y de él,
es revolucionario. El es un cobarde, un tumbón. Le conocí en Ciudad
Rodrigo, en 1823. Estaba allí de comandante sin mando. Mientras
nosotros nos rompíamos la crisma por aquellos vericuetos, él se entregó
en seguida que llegaron los absolutistas.
Hablé con otras personas, y me presentaron en un salón de la buena
sociedad. Habiendo vivido en un medio pequeño, como Bayona, con tantas
precauciones, al llegar a un medio grande, como Madrid, en donde podía
hablar a mis anchas, me encontraba como los soldados romanos, a quienes
después de haberles obligado a andar con sandalias de plomo les dejaban
correr libremente los días de batalla.
Acostumbrado a la ficción constante, no me costaba ningún trabajo
mentir.
La frase de Talleyrand, o de quien sea, de que la palabra es un medio
de ocultar el pensamiento, era uno de mis dogmas. Llegué hasta saber
fingir la confusión de una manera perfecta.
II
LOS AGENTES SECRETOS
--TE he dejado que veas Madrid durante unas cuantas semanas--me dijo
Aviraneta--y que hables con la gente, porque no tenemos prisa. Por
ahora no podemos dar un golpe decisivo; pero preparamos nuestras
baterías. El ministro que me envió a Bayona no está en el poder, y
trabajamos con el dinero de María Cristina.
--Yo, por mi parte--le dije--, tengo para vivir. Etchegaray y Leguía
van viento en popa.
--Ya lo sé, y me alegro mucho.
--La parte de Etchegaray será para usted.
--No, no, ¿para qué? Tú has creado eso y debe ser para ti. Yo no
necesito dinero: vivo con cualquier cosa. Vamos a nuestro asunto. Ha
llegado el momento de que te ponga al corriente de la parte secreta de
mis trabajos. En este mes de marzo pasado se han reunido gran número
de batallones en Estella, y por el motivo de la falta de pagas se
han sublevado. Ha acudido el mismo Don Carlos a sosegar el motín; ha
exhortado a los rebeldes a que volviesen a la disciplina, y les ha
prometido que les pagará parte de lo que les debe. No se han conformado
ellos sólo con la promesa; y viendo Don Carlos el asunto más grave de
lo que parecía al principio, se ha retirado. Entonces algunos sargentos
han empezado a pedir la destitución de Don Carlos; pero la mayoría se
ha asustado de su propia audacia, y el movimiento se ha sosegado por sí
solo. ¿Conocíais esto en Bayona?
--Sí; se ha hablado de este motín de Estella; pero no se ha dicho nada
de que se pidiera la destitución de Don Carlos.
--Pues se ha pedido. Esta iniciativa no era completamente espontánea,
porque dentro de las filas carlistas contamos nosotros con alguno que
otro agente que, cuando vuelvas a Bayona, tendrás ocasión de conocer.
--Muy bien.
--Ahora tu acción se limitará a esto: a asegurar en todas partes, en
Bayona, que los carlistas están muy descontentos de las Expediciones
reales; que consideran a Don Carlos completamente inepto, y que creen
que sería mucho mejor que el infante don Sebastián fuera proclamado rey.
--Esto hará algún efecto; pero no creo que mucho, porque todos los días
hay versiones de esa especie.
--De todas maneras, tú repítelo.
--¿No hay que hacer más que eso?
--Luego recibirás a los agentes nuestros, a quienes irás citando en
distintos sitios por los nombres y señas que yo te daré, y harás una
minuta clara con todos los detalles posibles de lo que te diga cada
uno de ellos. No importa que te repitas. Cuantos más detalles, mejor.
Hecha la minuta se la leerás al agente; luego la escribirás con tinta
simpática, y si hay una parte importante de nombres y de señas la
envías por separado y empleas la plantilla número uno.
--Está bien. ¿Usted no va a ir Bayona?
--Por ahora, no. Ya veremos cuándo. Si fuera allí, los carlistas y
Gamboa pondrían en juego todas sus intrigas para expulsarme. Pita
Pizarro ha querido que yo nombrase cónsul a algún amigo mío.
--¿Y por qué no le nombran a usted mismo?
--Eso produciría un escándalo y no adelantaríamos nada.
--Bueno, ¿qué más?
--Conviene también que vayas a San Sebastián; que veas a mi primo
Alzate, y que éste envíe un confidente a Azcoitia, para que le diga en
qué condiciones vive Don Carlos, en qué casa, con qué servidumbre, qué
guardia tiene, etc., etc.
--Entendido.
INFORMES
--Ahora te voy a dar algunos informes de nuestros agentes, que son S,
T, U, V, X y Z.
--Estamos enterados.
--Yo no bromeo cuando hablo de cosas serias. Vete tomando notas. S, es
Iturri, posadero y comerciante de la calle de los Vascos.
--Lo conozco.
--Es navarro, buena persona, liberal por convicción, y trabaja por que
se acabe la guerra con entusiasmo. Te puedes fiar de él. Es hombre de
conciencia.
--Eso mismo pienso yo.
--La T es Luci Belz.
--Por un poco Lucifer.
--Y por tan poco, porque es mala como un diablo. Luci está empleada en
el hotel del Comercio de Bayona. Escucha todo cuanto se habla allí. Es
francesa, y lo mismo le da por los carlistas que por los liberales.
Es solterona, y más fea que Picio. El medio de hacerla trabajar con
entusiasmo es mirarla lánguidamente y decirla que es muy simpática.
--Muy bien. La miraremos con languidez.
--La U es la Falcón; ya la conoces. No tienes mas que decirla que yo
te he encargado de hacer una minuta, y ella en la trastienda te la
dictará. La Falcón te citará el día que quieras a Luci Belz, que irá
probablemente a la tienda de antigüedades a hablar contigo.
--Bueno.
--La V es Valdés, un Valdés que llaman de los gatos; ¿tú no habrás oído
hablar nunca de él?
--No.