Stratford saltó del coche, ayudó a bajar a las señoras, dándoles la

mano, y fuimos los cuatro hasta la gran escalera del hotel, donde

aparecieron madama Stratford y un señor viejo inglés, afeitado,

elegante, con un perfil aguileño, sir David Hardeloch, y su sobrina,

una señora joven, casada con un marino; Stratford nos condujo a cada

uno al cuarto que nos destinaron.

El mío era un cuarto antiguo con muebles de estilo Luis XV, con dos

ventanas que daban a un jardín con grandes árboles y una fuente redonda

en medio.

Yo me vestí, me arreglé, me puse el frac azul que tenía para las

grandes solemnidades, entonces el frac no era sólo prenda de noche, y

bajé al comedor.

La comida fué un poco ceremoniosa, y yo estuve atento viendo lo que

hacían los demás para no cometer una inconveniencia. Se habló en

francés y en inglés. Después de comer pasamos a un saloncito, desde

donde se veía el curso del Nive, que se alejaba serpenteando por el

valle, ancho y verde.

SE HABLA

DE ESPAÑA

El señor inglés, sir David, que era diplomático, me preguntó noticias

de la guerra de España; y como yo me mostrara algo pesimista sobre la

suerte de mi país y de sus destinos históricos, me dijo:

--No tenga usted cuidado. España está en un período de crisis, pero se

arreglará.

--¿Cree usted?

--Sí. Por otra parte, pensar que España no ha influído en el mundo

de las ideas, como se afirma ahora, es una cosa injusta. Los héroes

españoles reinan todavía en la literatura del mundo, y el Cid, Don Juan

y Don Quijote son universales. ¡Qué fuego en estas figuras religiosas,

como Santo Domingo, Loyola y Santa Teresa! ¡Qué brío en el pensamiento

de Mariana, Servet, Molina, Suárez, Molinos! ¡Qué hombres de hierro

estos españoles de la conquista de América! Tipos como Hernán Cortés y

Pizarro no se encuentran en ningún país. Los italianos del Renacimiento

no llegan a la fuerza de estos hombres. En el Arte y la Literatura los

españoles tienen una personalidad de las más relevantes. Os falta en

España un progreso material y ciencia moderna porque lleváis un período

largo de guerras y de miseria, y la ciencia y el progreso necesitan

reposo; pero eso vendrá. Eso vendrá porque es fatal, automático. Lo

que os falta es precisamente lo que se improvisa. Se improvisa un

investigador; lo que no se improvisa es un poeta, ni un artista, ni un

historiador. Esto necesita tradición.

Le di las más efusivas gracias a aquel señor, porque desde que estaba

fuera de España no había oído mas que hablar mal de mi país.

--Estará usted contento--me dijo Delfina.

--Sí, señora. ¿Por qué negarlo?

LAS MUJERES

Y LOS POETAS

Poco después nos enzarzamos en una discusión acerca de las condiciones

artísticas de las mujeres.

Stratford defendía con cierto valor que las mujeres tenían muy escaso

sentido artístico.

Las señoras le atacaban, creyendo, sin duda, un poco ofensivo el que

Stratford las considerara sin dotes estéticas.

--El arte es la más masculina de las actividades--decía mi amigo--, no

en el sentido de que sea más fuerte, ni más noble, ni más elevada, ni

más superior, sino en un sentido orgánico sexual. Se ve que el hombre

siente más el arte que la mujer.

--Quizá a las mujeres nos ha faltado libertad para desarrollarnos en

ese sentido--dijo madama D'Aubignac.

--Lo que nos falta a las mujeres es vanidad--añadió lady Hardeloch--.

No tenemos esa tonta soberbia del hombre.

--¡Oh, oh!--exclamó riendo sir David--. ¡Qué descubrimiento está

haciendo mi sobrina!

--Madama Saint-Allais nos afirmó que las mujeres, por instinto y por

una inspiración genial, sabían más que el hombre con su ciencia, sus

experiencias y sus libros.

--No lo creo--replicó Stratford--. Si fuera eso verdad no habría

tampoco mérito alguno, como no hay mérito en que usted sea mujer y yo

hombre, pero no lo creo; creo que no se aprende mas que con esfuerzo y

con atención.

--Indudablemente--dijo sir David--; pero no hay que estar tampoco

demasiado seguro de ello.

Stratford reconoció que era siempre prudente no tener una confianza

absoluta en las cosas, por lógicas que pareciesen.

Como contraste de la conversación anterior, se habló después de si los

poetas y los artistas eran hombres capaces de grandes pasiones.

Madama Saint-Allais, siguiendo el tópico corriente, creía que un poeta,

que un artista, era el hombre más apasionado, más capaz de amar.

Madama Saint-Allais nos colocó con este motivo una serie de frases

románticas y sepulcrales sorbidas en el vizconde de Arlincourt; el

garbanzo negro en la serie de los vizcondes escritores ilustres.

--Yo no creo--dijo Stratford--en las condiciones amatorias de los

poetas y los artistas. El poeta, como el artista, es un ególatra:

aspira a que la mujer le quiera y le admire. Ve en la mujer una

concreción del público, un público apasionado que exagera su entusiasmo

y disimula sus faltas.

--¡Cómo habla contra sí mismo!--me dijo riendo sir David.

--Quiere convencer a estas damas que no se le debe querer--añadí yo.

Después, la sobrina de sir David, lady Hardeloch, cantó trozos de _El

Barbero de Sevilla_, acompañada al piano por Delfina.

VII

CITA, A LA LUZ DE LA LUNA

POR la tarde sir David y yo fuimos paseando a caballo por la orilla del

Nive, y vimos el Campo de César, y fantaseamos acerca de este nombre

y del objeto que podían tener los antiguos trabajos hechos allí en la

tierra. También hablamos de Soult y de Wéllington, y de sus campañas en

el Nive en 1813.

De vuelta del paseo estuve en la biblioteca leyendo, y a las siete bajé

al comedor. Después de cenar, sir David se retiró; mistress Stratford,

lady Hardeloch y madama Saint-Allais quisieron que tomara parte en un

juego inglés, pero como no lo conocía, tuvo que ser el cuarto _partner_

Jorge Stratford.

Yo estuve hablando con Delfina, que me pareció algo preocupada.

--¿Qué ha hecho usted esta tarde?--me preguntó.

Le conté cómo había paseado con sir David por las orillas del río, y lo

que hablamos del Campo de César y de la campaña de 1813.

Cuando concluyeron la partida, y antes de empezar una segunda,

Stratford dijo que veía que teníamos sueño, y que lo mejor sería

retirarnos.

Saludé a las señoras, y me fuí a mi cuarto. Me metí en la cama y dormí

con un sueño profundo tres o cuatro horas. Al despertarme, pensé:

--He debido dormir mucho.

Miré el reloj; era la una y media. Estas tres o cuatro horas de sueño

me habían dejado tan descansado, que me hubiese gustado tener algo que

hacer, para salir inmediatamente al campo a andar o a correr.

--Voy a ver qué tiempo hace y qué aspecto tiene la noche.

Me levanté de la cama, descorrí las cortinas, abrí la ventana y las

persianas. Hacía una noche soberbia, fresca. La luna resplandecía en el

cielo y llenaba los boscajes de sombras misteriosas. A lo lejos, el río

serpenteaba luminoso y fantástico. En el parque del castillo brillaba

la luna sobre las copas plateadas de los tilos y de los robles; delante

de la casa, en el jardín, se veía subir el surtidor de la fuente

como una varita mágica de cristal y romper en su caída la superficie

tranquila del estanque.

--Es una verdadera decoración--me dije--; ahora, como siempre en la

naturaleza, en estos escenarios maravillosos faltan los actores y la

acción.

Como en aquella época no tenía tanto miedo al relente como ahora, me

puse el abrigo y me quedé en la ventana. Tuve el cuidado de apagar la

luz.

De pronto vi dos sombras que se acercaban en la obscuridad, por una

avenida de tilos. Agucé el oído. No hablaban; se oían sus pasos en la

arena del jardín. Debían de ser un hombre y una mujer.

--¿Quién demonio serán?--me pregunté.

Me entró la curiosidad y me decidí a no retirarme de la ventana. Si los

paseantes volvían a casa, tenían que cruzar una gran zona iluminada por

la luz de la luna, y se les vería. Para que ellos no notaran mi ventana

abierta, entorné las persianas, dejando sólo una rendija.

Poco después, las dos sombras aparecieron a la luz de la luna; iban

separados el uno del otro, y hablaban en voz baja. Ella llevaba un

pañuelo en la mano. Cerca de la casa, y en la sombra, volvieron

nuevamente a hablar.

--Ahora le quiero más que nunca--dijo ella.

Era la misma voz que, cuando recitaba el diálogo de Hernani y de Doña

Sol, decía cantando:

«Vous êtes mon lion superbe et généreux!»

Eran Stratford y Delfina.

Luego no se oyó nada; ni murmullo de besos ni de palabras. Yo me volví

a acostar, y dormí hasta las nueve.

VIII

LOS POLÍTICOS

A la mañana siguiente, cuando bajé al comedor a desayunar, me encontré

con sir David y su sobrina, y con Stratford, siempre impasible.

En la comida me pareció que Delfina estaba triste y que apenas probaba

los platos.

Después de comer, como el día estaba tan espléndido, salimos a tomar

café a una gran terraza, con una enorme enredadera que empezaba a

verdear con el tiempo primaveral, y que tenía el tronco tan grueso como

el cuerpo de un niño.

Desde allí se veía el río, verdoso, brillando al sol, que se alejaba

por el campo.

Como tópico para la conversación nos pusimos a hablar de política, y

discutimos la personalidad de Disraeli.

DISRAELI

En Inglaterra, en esta época, más que de O'Connell, de sir Roberto

Peel y de lord Palmerston, se hablaba de Benjamín Disraeli, el judío

escritor y orador, que después de haberse mostrado demócrata y

republicano en su _Epopeya Revolucionaria_ (_Revolutionary Epic_) se

presentaba poco después partidario de los conservadores y campeón de

los _tories_. Disraeli estaba en el momento de ser discutido. Se decía

que su primer discurso en el Parlamento había sido tan pedantesco, y

producido tal risa, que no pudo acabarlo.

Disraeli se acababa de casar con una viuda rica, más vieja que él.

El célebre O'Connell, furioso por la defección del judío del

campo radical y democrático, le había llamado apóstata, renegado,

saltimbanqui y heredero del ladrón que murió en la cruz en la

impenitencia final.

Un político a quien se ataca así es un hombre que ha llegado a

ser algo, y Disraeli, a pesar de la antipatía que inspiraba al

partido _tory_ por su procedencia judía, era el futuro jefe de los

conservadores ingleses.

Después de pasar revista a los políticos de la Gran Bretaña hablamos de

los de Francia. A mí me interesaba oír las opiniones de un aristócrata

colocado en una alta posición, como sir David.

TALLEYRAND

Yo llevé la conversación sobre Talleyrand. Acababa de publicarse un

libro acerca del viejo diplomático.

--Talleyrand--dijo Stratford--es el egoísmo y la pillería ordinaria con

un decorado suntuoso de mucho uniforme y penacho.

--Lo cual no quita, mi querido Jorge, para que haya sido un político

muy importante y hasta muy útil a Europa entera--dijo sir David.

--Los ingleses tienen gran simpatía por Talleyrand, porque ha sido

anglófilo--replicó Stratford.

--No sólo por eso--replicó sir David.

--Parece que Chateaubriand ha hablado mal del cinismo y del

histrionismo del ex obispo de Autun--dije yo.

--Sí; hay en el célebre escritor una antipatía grande por el

diplomático. Sin embargo, hay algo en ellos que suena lo mismo--repuso

Stratford--. Los dos son valores nacionales, pero no universales. Para

un francés de la época serán muy diferentes, pero un extranjero al país

y a la época les encontrará un carácter común.

--Pero eso no es un buen argumento--replicó sir David--; para un chino,

entre Lutero y Loyola no habrá apenas diferencia.

--Y no la hay--dijo Stratford.

Sir David y yo nos reímos.

--Lo que parece cierto--indiqué yo--es que Talleyrand era hombre de

gran ingenio.

--No lo creo--exclamó Stratford--; de cualquier bohemio insolente se

recuerdan frases de la misma clase que las suyas.

--Está usted hoy muy difícil, Stratford--dijo riendo sir David.

--Algunas frases atribuídas a él--siguió diciendo Stratford--parece que

eran de Chamfort, que a su vez las recogió en los salones.

--Y eso de que la palabra ha sido dada al hombre para ocultar el

pensamiento, ¿no es exclusivamente suyo?--preguntó sir David.

--No--continuó Stratford--; la idea existe en esta forma o en otra

aproximada en casi todos los idiomas. La frase, en francés, aparece ya

construída en Voltaire, en el cuento del _Chapon et de la Poularde_, y

luego fué arreglada por un dramaturgo y periodista, Hazel, y atribuída

a Talleyrand.

EL AMBIENTE

--Es indudable--dijo sir David--que Talleyrand ha tenido, como todas

las figuras históricas, una gran cantidad de aportaciones extrañas,

y, además, el fondo que le ha dado la época. ¿Qué hubiera sido César

Borgia si en vez de vivir en Italia hubiera vivido en Islandia o en la

Siberia? ¿Qué carácter hubieran tenido sus hazañas si no se hubieran

destacado sobre el fondo brillante de Roma y del papado? Probablemente,

la historia de César Borgia sería en estos casos desconocida.

--Es cierto--contestó Stratford--, pero siempre tenemos la tendencia de

buscar y de separar lo que nace de la personalidad y lo que presta el

ambiente.

--Todo lo humano--repuso sir David--es producto de una individualidad,

multiplicándose o luchando con el ambiente. Las facilidades que da el

medio, como los obstáculos, son nuestros, llegan a formar el substrato

de nuestra personalidad. Claro; sería curioso, nos gustaría saber

qué cantidad de energía hay en el hombre separado de las condiciones

del ambiente, pero esto, por ahora, es imposible. No sabemos si la

psicología, con el tiempo, podrá tener un dinamómetro para medir la

fuerza espiritual, pero por ahora no lo tiene, ni lo busca.

--Estamos, además, en pleno doctrinarismo--dijo Stratford--; en una

época en que se rinde culto a las utopías y a las sombras de las

utopías.

LAS CONDICIONES

DE LOS POLÍTICOS

Después de pasar revista a los políticos de casi todos los países se

habló de las condiciones especiales que se necesitaban para la política.

--Para ser político hay que ser un monstruo de ambición--dijo Stratford.

--Hoy está usted terrible--exclamó sir David.

--Todos los grandes políticos han subido a fuerza de traiciones, de

hipocresía, de disimulo y de ingratitud. César, Fernando el Católico,

Catalina de Médicis, Richelieu, Cisneros, Mazarino, la gran Catalina de

Rusia, Napoleón...

--Y hasta Cromwell--dije yo.

--Sir David se echó a reír.

--Eso, quizá no lo quiera reconocer Stratford.

--Sí; Cromwell fué un hipócrita--replicó mi amigo--, pero más que un

político tiene el carácter de un agitador religioso. A Cromwell se le

podrá comparar con Lutero o con Calvino, o con el mismo Loyola, mejor

que con un Médicis o con un Borgia. Todos estos políticos clásicos

son fríos, ateos, bandidos con éxito. Catalina de Médicis acepta el

patronaje de Diana de Poitiers, la querida de su marido; César, el

de Catilina; Richelieu, el de Concini y su mujer, a quienes deja que

los asesinen cuando caen en la desgracia; Talleyrand, el de Mirabeau;

Napoleón, el de Robespierre, y luego, el de Barras, y no contento con

esto se casa con su querida.

--Tienen que tener buen estómago--indiqué yo.

--Todos son comedores de sapos--dijo Stratford--, para los cuales no

hay nada que dé asco. Luego, claro es, se vengan cruelmente de la

humanidad entera, tratándola a baquetazos. Todo es perfidia, todo es

traición, todo es rivalidad en estos hombres que llamamos ilustres.

Nos asombramos de que en esta pequeña guerra de España, Don Carlos

mirara con recelo a Zumalacárregui, y que Cabrera haya denunciado a

Carnicer. Siempre ha sido así en todos los países. Las repúblicas

italianas eran un semillero de odios; los conquistadores españoles se

denunciaban unos a otros e intentaban toda clase de calumnias para

perjudicarse y enajenar a los rivales el favor real. La Convención era

un cúmulo de odio: Marat odiaba a Dantón y a Robespierre, a quienes

tenía por hombres distinguidos; Dantón despreciaba a Marat como a un

loco furioso, y odiaba a Robespierre como a un pedante ramplón, que se

hacía llamar incorruptible; Robespierre tenía a Marat como un rival en

popularidad, y detestaba a Dantón como un hombre de talento mediano a

un tipo genial que improvisa.

--Mi querido Stratford--dijo sir David--: no sé de dónde saca usted hoy

tanta palabra y tanta cólera.

LOS TRAIDORES

Y LA INGRATITUD

--Para ser político hay que ser decidido--siguió diciendo Stratford,

a quien el asunto entretenía y prestaba aliento a su irritación

interior--y no parar ni en la traición ni en la ingratitud.

--Yo no veo que la historia haya cantado a los traidores--hice observar

yo.

--¡La historia! La historia, por fuera, es pomposa y falsa, y por

dentro, no es mas que una serie de intrigas miserables, de zancadillas

y de ingratitudes.

--Bien, sea así; pero reconozcamos que, al menos públicamente, no

cantamos a los traidores en nuestras epopeyas históricas--dije yo.

--Es que hay mucha clase de traidores--replicó Stratford--. Yo no

hablo de esos traidores como Judas, Perpenna, Ganelon, Bellido Dolfos

o el Conde don Julián; esos son, si han existido, pobres diablos que

se sacrificaron para que se puedan escribir malas tragedias y pintar

detestables cuadros de historia. No, no hablo de los traidores que han

nacido para hablar en endecasílabos o en alejandrinos, ni tampoco de

los traidores de los melodramas de Bouchardy, sino de los traidores de

todos los días, a los que a veces se les entierra, cuando mueren, en el

Panteón o en la abadía de Westminster.

--Sí, una perfidia obscura hay en todos los hombres--replicó sir

David--. Eso es humano. ¿Qué le vamos a hacer?

--Por lo menos, señalarlo; no engañarnos sobre nosotros mismos.

--Es la tendencia puritana que habla en usted, mi querido

Stratford--dijo el viejo inglés.

--Yo espero que la política no será lo que ha sido hasta aquí: un

conjunto de traiciones y de ingratitudes; yo creo que con el tiempo

habrá otros medios de triunfar. Hoy por hoy, los que triunfan son

los cínicos, los que no ven en los hombres y en las mujeres mas que

instrumentos. Luego el éxito lo justifica todo.

--Pero a usted, Stratford--le dije yo--, ¿por qué le entristece tanto

la idea de la traición y de la ingratitud, porque piensa usted que

puede tener traidores y desagradecidos por sus favores o porque usted

mismo puede ser desagradecido y traidor?

--Por ninguna de las dos cosas; pero más por lo último que por lo

primero. Hacer favores y no tener gente agradecida no me importaría

gran cosa.

Stratford estaba siempre en las alturas.

¿QUÉ QUEDARÁ?

Dejamos esta conversación, y yo tomé en mi mano dos o tres periódicos

ingleses y los estuve hojeando.

--De todo este barullo de nuestra época, ¿qué quedará?--dije yo.

--Quizá lo que menos sospechamos--contestó sir David.

--Yo creo que va a quedar muy poco o casi nada--dijo Stratford--; de

todas esas utopías antiguas, religiones, supersticiones, mitologías,

como se las quiera llamar, han quedado unos magníficos cementerios

en los museos, formados por piedras, estatuas, cuadros; pero de esta

pobre seudodemocracia actual, ¿qué va a quedar? Unos cuantos montones

de libros y de periódicos, y nada más. Ya que nuestra época no puede

levantar el Panteón, ni las Pirámides, ni la catedral gótica, toda su

gloria va a consistir en ensuciar toneladas y toneladas de papel.

--Yo, entonces, no creía en lo que decía Stratford. Hoy, tampoco.

Seguramente de todo ese ruido de palabras de los parlamentos y de

la prensa no quedará gran cosa, y es probable que no quede nada;

pero quedará la ciencia, que en el siglo XIX ha tenido una expansión

admirable.

Claro, la ciencia no va a resolver si vamos a vivir después de la

muerte o no, ni si las oraciones sirven o no sirven; pero nos quitará

mucho dolor en la vida y nos dará puntos de apoyo para soñar y emplear

la imaginación en temas mucho más altos y más nuevos que los que han

dado el arte y las religiones.

IX

NOSTALGIAS

HIZO un par de días, mientras estuve en Cambo, deliciosos, de verano.

El sol brillaba en el follaje nuevo de los árboles con una alegría, con

una pompa espléndida y magnífica. Los manzanos y los perales estaban en

flor; las abejas y los moscones rezongaban en el aire caliente. Este

prólogo de la nueva vida tenía algo admirable y encantador.

Yo me sentía conmovido como con un acceso sentimental. Estaba a veces

casi a punto de llorar. Mi cuarto, con sus muebles rococos y sus

retratos antiguos, tenía un aire tan poético y al mismo tiempo tan

viejo, sobre todo cuando entraba el sol de media tarde, que me llenaba

el espíritu de melancolía, de una melancolía dulce y poética.

Me parecía que vivía en un aire ya pasado, con cosas muertas, que

tenían un perfume marchito, como un manojo de flores guardado en un

armario. Cuando salía al campo pensaba que me gustaría vivir en uno

de aquellos caseríos, marchando delante de la carreta con los bueyes,

yendo con el aguijón al hombro diciendo: ¡Aida! ¡Aida!, y que todas

estas fantasías de intrigas políticas, de espionajes y de enredos no

eran mas que estúpidas maniobras que no tenían la menor importancia...

La verdad es que este país vasco francés es encantador; más templado

que el vasco español, menos montañoso y más soleado, parece hecho

únicamente para dormir y soñar. Yo no he visto nada más ingenuo, más

suave, ni más amable. Allí no hay grandes montes rudos y melancólicos,

ni cascadas, ni castillos roqueros de aire amenazador; allí no hay

preciosidades artísticas, ni gente muy rica, ni gente muy pobre; todo

es alegre, pequeño, sin exageración, claro, reposado.

El campesino vasco es casi el único aldeano de Europa que tiene hoy

aspecto de campesino. Cuando se le ve trabajar en su tierra con sus

bueyes, está tan identificado con la naturaleza, que se funde con ella.

El contemplar a estos aldeanos es para mí uno de los pocos motivos que

me induce a tener respeto por ciertas formas de la tradición.

Muchas veces, contemplando el campo, recordaba aquellos versos de

Elizamburu, el poeta de Sara, que fué capitán de granaderos de la

Guardia Imperial de Napoleón:

Icusten duzu goicean,

Arguia asten denian,

Mendito baten gañian

Eche tipitho aintzin churi bat,

Lau aitz ondoren erdian

Chacur churi bat atean

Iturriño bat aldean.

An bizi naiz ni paquean.

(¿Ves por las mañanas, cuando la luz comienza a alumbrar, en lo alto

del monte una casa chiquita, con la fachada blanca, en medio de cuatro

robles, con un perro blanco en la puerta y una fuentecilla al lado?

Allí vivo yo en paz.)

Estos versos no tenían la originalidad de los de Goethe, de los de

Víctor Hugo o de los de Heine; pero reflejaban dentro de su medianía

admirablemente el deseo de un vasco de vivir en la tierra de los

antepasados.

Elizamburu, el capitán de granaderos, que había recorrido media Europa,

había sentido al escribirlos la nostalgia de su aldea, soñando con

volver a su casa, blanca y pequeña, a la vida obscura del campo. Yo,

que no había recorrido Europa, experimentaba un anhelo parecido.

Quizá era un anhelo intelectual, más que real, un amor por una idea,

por un concepto...

No conozco yo bien la casa campesina de otros países; no sé si es

mejor o peor; pero no creo que me entusiasme como la casa vasca.

No me ilusiona el cortijo o la masía en donde apenas se hace fuego, ni

las porcelanas, ni los azulejos, ni los suelos de ladrillo; a mí me

gusta que en el hogar haya siempre lumbre, y que una columna de humo

salga constantemente de la chimenea; me gusta que en la cocina haya

poca luz, que huela a leña quemada, que haya una buena vieja junto al

fuego y que se oiga cerca el mugido de los bueyes...

No, seguramente Aviraneta no tenía estos ridículos accesos

sentimentales. El era en sus ideas y en sus planes más constante,

más tenaz; su personalidad estaba constituída de una substancia

homogénea; no tenía esta heterogeneidad de mi carácter, ni tampoco este

sentimentalismo mío, no sé si perruno o de capitán de granaderos.

X

FÍSICA

TENÍA curiosidad por averiguar lo ocurrido entre Delfina y Stratford,

pero a ninguno de los dos me hubiera atrevido a preguntarles nada. A

los tres días de nuestra estancia en Jaureguía fuimos a Bayona madama

D'Aubignac, la de Saint-Allais y yo; y al llegar a casa me encontré con

una carta de Aviraneta, en la que me decía que fuese a Bidart y buscase

y copiase unos documentos en su archivo, y que luego fuera a Sara y me

enterase del giro de los asuntos de Muñagorri.

Al día siguiente marché a Bidart y fuí a hospedarme al caserío

Ithurbide, la antigua casa de Gastón de Etchepare, donde me encontraba

muy a gusto.

LOS CARACOLES

El cuarto que me cedía madama Ithurbide (yo la llamaba así, aunque no

fuera éste su apellido) era una sala con alcoba, la principal de la

casa. Esta sala tenía un balcón corrido que daba a una duna verde que

se cortaba en el acantilado del mar.

Era una sala eminentemente marina; el papel de la habitación tenía unas

fragatas que navegaban a todo trapo.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 6 / 18 段