Mis dos testigos, Gassion y Stratford, vinieron todos los días a verme.

Estuvieron también Tartas, el profesor Teinturier y el abate D'Arzacq.

Delfina me escribió una carta muy cariñosa y muy amable. Stratford la

visitó y me trajo noticias de ella.

--¿Se ha dicho algo en el pueblo del desafío?--les pregunté a mis

amigos.

--Sí--me contestó Stratford--; se habla mucho de usted.

--Se añade--repuso Gassion--que quiere usted traer aquí las costumbres

brutales de España.

--Ven ustedes--salté yo--. Es la eterna injusticia. ¡Decirme eso a mí,

que no me he batido nunca hasta ahora!

--Eso, qué importa. El caso es que usted está a la moda--replicó

Gassion.

Cuando me curé fuí a ver a Delfina, que me recibió muy cariñosamente.

Me llamó muchas veces su querido amigo, y me preguntó con interés cómo

iba. Luego dijo:

--¡Qué estúpida bestia ese hombre que insulta a una mujer, por que sí!

Delfina encontró que la insolencia y la ordinariez del oficial que se

había batido conmigo procedía de su cuna. Era hijo de un tabernero.

Mientras hablaba con Delfina llegó mi amigo Stratford; charlamos largo

rato delante de la chimenea, al lado del fuego; poco después vino el

comandante D'Aubignac, y, ya de noche, nos fuimos a casa.

Me pareció notar que la insensibilidad de Delfina se conmovía un poco

en presencia de Stratford, y se lo dije a éste.

--¿Usted cree...?--me preguntó el inglés con indiferencia--. Yo, al

menos, no lo he notado.

EN LA SALA

DE ESGRIMA

Después de este desafío, del que había salido bastante bien librado,

decidí aprender la esgrima, hacer gimnasia y practicar otros ejercicios

de lucha, como el boxeo, etc.

Stratford era muy enemigo de tales deportes; decía que estos ejercicios

no producían mas que una gran brutalidad y una gran petulancia. Según

él, Inglaterra llegaría a ser un país completamente estúpido a fuerza

del abuso de los deportes.

A pesar de su opinión, como yo pensaba seguir una vida de lucha, fuí

a la sala de armas que regentaba un militar retirado, el profesor

Bratiano, que había estado en Argelia, en la Legión extranjera.

Según el maestro, yo tenía serenidad, buena vista, brazos y piernas

fuertes, pero me faltaba la prontitud en el ataque.

--Con un hombre nervioso, al principio podrá usted verse en peligro,

pero si logra usted sujetar un poco al adversario, al último lo

dominará usted.

Además de la esgrima y del boxeo aprendí a montar a caballo.

III

STRATFORD GRAIN

JORGE Stratford Grain, el joven inglés que me había servido de testigo

en el desafío, era un muchacho elegante, moreno, de cara larga y tipo

aristocrático. La cara de Stratford era de esas caras que se contemplan

a gusto; daba la impresión de una fisonomía serena y amable.

Jorge sabía mucho, tenía una gran cultura; había pasado tres o cuatro

años enfermo del pie, sin poder andar mas que con muletas, y durante

este tiempo se dedicó a leer. Su madre vivía en una casa magnífica, en

Cambo.

La madre de Stratford era una señora alta, con un aire de reina, de

unos cuarenta a cuarenta y cinco años, con una amabilidad un tanto

imperiosa.

A la madre, como al hijo, los había conocido en casa de doña Paca

Falcón; después, a Jorge le traté con motivo de mi desafío, y llegamos

a intimar.

Tenía Stratford un hermano y una hermana mayores en Inglaterra, por

los que sentía gran afecto. Me habló de que su hermano había hecho la

expedición de Vera, en 1830, con Mina y con Fermín Leguía.

Tuvimos grandes charlas, sobre todo mientras yo estuve en la cama con

la herida. Hablamos mucho de política y de literatura. El desenfreno en

el elemento patético, cosa típica en nuestra época, era para él algo

que le producía repugnancia. Stratford se sentía antirromántico.

--Toda esta literatura romántica de hoy--me dijo un día--es sólo

confusión y aparato y afectación; quiere ser muchas cosas al mismo

tiempo y, a veces, no es nada. Bien está ser elástico y poder saltar,

pero no se saltará nunca por encima de la propia sombra.

Yo no estaba completamente conforme con él. Es cierto que en la

literatura romántica del siglo XIX hay mucha cosa pesada, exagerada y

ridícula, pero, aun así, es la única que todavía conmueve al hombre

moderno.

Como siempre sucede, en el seno mismo de una tendencia aparece ya

un impulso contrario y Stratford se había saciado en su juventud de

romanticismo e iba teniendo una inclinación opuesta a él.

--¿Quién había de pensar--me decía una vez--que la _Nueva Eloísa_,

_Pablo y Virginia_, _Atala y el Genio del Cristianismo_ y los _Poemas_

de Lord Byron estarían ya tan olvidados? Es la vida, la naturalidad, lo

que perdura. El _Asno de Oro_, de Apuleyo; el _Satiricón_, de Petronio,

o el _Lazarillo de Tormes_, aunque no son mas que juguetes, vivirán más

que todas esas obras aparatosas de literatura recalentada.

Cierto--pensaba yo--; hay una clase de romanticismo que muere, pero hay

otro que vive, como el de Goethe, Dickens, el de Balzac, el de Carlyle,

y que vivirán siempre.

Varias veces supuse que Stratford escribía; pero por más insinuaciones

que le hice respecto a esto, no me dijo nada. En algunas cosas era de

una extrema reserva.

Stratford tenía un vivo deseo de ir a Londres y de escuchar a los

grandes parlamentarios ingleses. Sobre todo, Disraeli le producía una

gran curiosidad.

Su madre no quería dejarle marchar hasta que no estuviera completamente

fuerte; pues le consideraba todavía como un niño, y como un niño débil.

Estuve una vez con Stratford en su casa de Cambo, y tanto él como su

madre me convencieron de que debía estudiar el inglés.

Había en Bayona una señorita vieja, miss Rose, a quien los Stratford

conocían por miss Rose, la flaca, porque, sin duda, había habido otra

del mismo apellido a quien llamaban miss Rose, la gorda. Fuí a casa de

miss Rose, la flaca, y comencé con ella a dar lecciones de inglés.

IV

LAS CARTAS DE LORD CHESTERFIELD

MI profesora de inglés me dió, como libro para traducir, las cartas de

lord Chesterfield a su hijo: _Lord Chesterfield's Letters_.

Me pareció que este libro debía ser muy aburrido, lleno de lugares

comunes, y no tuve ninguna gana de avanzar en su lectura.

Luego encontré la biografía del lord, y me indujo a seguir leyendo sus

cartas el ver que un autor inglés, Johnson, decía de Chesterfield: «Su

señoría enseña a su hijo la moral de una cortesana y las maneras de un

profesor de baile».

He aquí lo que a mí me conviene--me dije a mí mismo--: un poco de moral

de cortesana y otro poco de maneras de maestro de baile. Esto me dará

el barniz necesario para lucirme en sociedad.

Encontré luego en el gabinete de lectura las cartas del lord traducidas

al francés, y las leí rápidamente.

He aquí los hallazgos que hice:

«La sociedad es un país--dice el lord a su hijo--que nadie ha conocido

por medio de descripciones; cada uno de nosotros debe conocerlo en

persona para ser iniciado».

Los pensamientos del lord pedagogo no llegan a la sublimidad, pero

indudablemente son de buen sentido y mucha discreción. Ambas cosas yo

las necesitaba.

«No hay en el mundo--dice en otro lado nuestro autor--señal más segura

de un espíritu pobre y pequeño que la inatención. Todo lo que vale la

pena de ser hecho merece y exige ser bien hecho, y nada puede ser bien

hecho sin atención».

En otra parte dice nuestro lord: «Un joven debe ser ambicioso, y

brillar, y excederse».

Es lo que había pensado yo también siempre; en contra de la moral

familiar, de la modestia y de la humildad.

LA MORAL DE

LA CORTESANA

La idea de considerar el placer como complemento de la educación me

produjo cierta sorpresa. Es una idea del siglo XVIII que desapareció,

sin duda alguna, con las predicaciones en favor de la austeridad de

la Revolución Francesa: «El placer--indica el lord a su hijo--es hoy

la última rama de vuestra educación: él endulzará y pulirá vuestras

maneras, os impulsará a buscar y a adquirir la gracia».

Aquí estaba uno dentro de la moral de la cortesana.

«Las cenas, los bailes, son ahora vuestras escuelas y vuestras

universidades... No hagáis sacrificios mas que a las Gracias.

Sacrificad en su honor hecatombes de libros».

«Las mujeres son las refinadoras del oro masculino; ellas no añaden, es

verdad, pero dan el resplandor y la brillantez».

Cuando el noble lord se siente maestro de baile le dice a su hijo:

«Antetodo, tened maneras».

Además de la moral de la cortesana y de la estética del maestro de

baile, hay en el autor inglés los consejos de un diplomático y de un

hombre de mundo, tipo quizá intermedio entre la cortesana y el maestro

de baile.

He aquí unas máximas suyas reunidas: Leed mejor diez hombres que veinte

libros antiguos. Hay que conocer y amar lo bueno y lo mejor, pero no

hacerse el campeón de lo bueno contra todos. Es preciso saber tolerar

las debilidades de los demás, dejarles disfrutar tranquilamente de sus

errores en el gusto como en la religión.

LOS NEGOCIOS

DIPLOMÁTICOS

Ahora una pauta para dirigir una cuestión diplomática.

«Un asunto--dice nuestro aristócrata pedagogo--está a medias

resuelto cuando se ha ganado la simpatía y las afecciones de

aquellos con quienes hay que tratar. El buen aspecto, una

presentación fácil, deben comenzar la obra; las buenas maneras

y mil atenciones deben llevarla al fin... suaviter in modo,

fortiter in re... Después del conocimiento de los tratados,

y de la historia, y de los talentos necesarios para las

negociaciones, viene el arte de agradar, de ganar el corazón y

la confianza, no sólo de aquellos con quien se colabora, sino

también de aquellos con quienes hay que luchar. Es necesario

esconder vuestros pensamientos y vuestros planes y descubrir

los de los demás; ganar la confianza por una franqueza aparente

y un aire abierto y sereno, sin ir más lejos; atraerse el

favor personal del rey, del príncipe, de los ministros o de la

favorita que mande como dueña en la corte adonde hayáis sido

enviado; dominar vuestro carácter y vuestros gustos de tal

manera, que la cólera no os haga decir o que vuestra fisonomía

no traicione lo que debe mantenerse en secreto; familiarizaos,

vivid en relación con las mejores casas del lugar donde os

encontréis, de suerte que seáis recibido más bien como amigo que

como extranjero... De la misma manera que hacéis una amistad,

que os ponéis en guardia contra un adversario o que subyugáis

una querida, haréis un tratado ventajoso, desconcertando a los

que os hacen la guerra, y ganaréis el favor de la corte adonde

hayáis sido enviado. Vuestros planes harán de vos un negociador

consumado. Agradad a todos aquellos que valgan la pena de ser

conquistados; no ofendáis a nadie; guardad vuestro secreto e

intentad arrancar el de los demás. Desconcertad los proyectos

de vuestros rivales con diligencia y destreza, pero al mismo

tiempo con las mayores consideraciones personales. Sed firme,

sin exaltación. Los señores d'Avaux y Servien, nuestros hábiles

negociadores en el tratado de Westfalia, no han hecho más. Los

mejores negociadores han sido siempre los hombres más pulidos,

los más bien educados, aquellos a quienes las mujeres llaman

_des hommes charmants_. Yo sostengo que un ministro en el

extranjero no puede ser un buen político, un político consumado,

si no es al mismo tiempo un hombre de placer. Por amor de Dios,

no perdáis nunca de vista estos puntos importantes: las gracias,

las gracias personales... De diez individuos hay nueve que

consideran la cortesía como sinónima de bondad y que toman las

atenciones por servicios. El que se preocupa de tener siempre

razón en las cosas pequeñas puede permitirse padecer errores en

las grandes; se estará inclinado a excusarle».

DIVAGACIÓN SOBRE LOS

«HOMMES CHARMANTS»

Esta teoría de la vieja diplomacia de lord Chesterfield me causó mucho

efecto. En nuestro tiempo hubiera hecho reír a carcajadas al señor de

Bismarck.

Llevado por la teoría del aristócrata pedagogo, me dediqué a aprender a

hacer reverencias mirándome al espejo, echando el pie para atrás, y a

sonreír amablemente. Creía en eso de los hombres encantadores.

Hoy tengo poco entusiasmo por los _hommes charmants_. Todavía un joven

de elegancia afectada, está bien; pero un hombre cincuentón, sonriendo

con coquetería y haciendo muecas de cortesana, es algo verdaderamente

desagradable. Las canas, que ya de por sí son repugnantes, a pesar

de los epítetos de respetables, venerables y demás, se hacen aún más

repulsivas cuando están repeinadas y aliñadas.

La teoría de Chesterfield es falsa. Pensar que el hombre cuando

ha aprendido a fuerza de miserias y de vilezas--¿quién no las ha

cometido?--a ser falso constantemente, es cuando es encantador, es una

idea absurda.

Entre esas gentes que tropezamos en las calles, en las oficinas y en

los teatros, hay muchos inteligentes y llenos de astucia que saben

saludar con una sonrisa amable, llevar una raya impecable en la cabeza

y en el pantalón y que tienen esas gracias preconizadas por lord

Chesterfield, y, sin embargo, no los queremos, no los ayudamos y los

dejaremos arruinarse en la Bolsa o morirse en un rincón con perfecta

serenidad; y, en cambio, seremos capaces de ayudar a un niño, de

tenderle la mano y de salvarlo, a pesar de que tenga en germen todas

las malas pasiones del hombre, sólo porque el niño si es malo, egoísta,

envidioso, lo es de una manera ingenua, sin astucia, sin premeditación

y sin comiquería; y esto le basta para hacerle amable y simpático.

Esta idea de los _hommes charmants_ del lord pedagogo es una idea de

solterona inglesa y ridícula que no tiene ningún valor.

NUEVA DIVAGACIÓN

SOBRE LA TEORÍA

Y LA PRÁCTICA

La verdad es que, por más que intenté llevar a la práctica los

principios de lord Chesterfield, no conseguí gran cosa.

Nadie obra exclusivamente por principios, sino impulsado por el

instinto; pocos al ejecutar razonan previamente; más bien improvisan.

Además, entre la teoría y la práctica, hay un abismo. ¿Quién no lo sabe?

Nunca he comprendido la exactitud de esta vulgaridad como en el hotel

de un pueblo alemán donde estuve hace días. En ese pueblo conocí a un

doctor, hombre sabio e inteligente, a juzgar por su conversación.

Era un señor grueso, rechoncho, con grandes bigotes y barbas grises,

armado de unos anteojos dobles, al través de los cuales se veían sus

ojos azules.

El doctor comía con avidez, pero distraído. A veces me preguntaba

después de comer algo:

--¿Estaba bueno esto?

--¿No lo ha comido usted?

--Sí; pero yo no me fijo.

Este señor cantaba la Naturaleza con un lirismo germánico ¡oh, Natura,

qué bella eres!; pero, luego, hablaba a continuación de los miasmas, de

los microbios, de los mil peligros que hay en el ambiente. El aire, el

agua, las plantas, las flores, todo se hallaba infestado, según este

entusiasta de la Naturaleza.

Estaba yo hace unos días sentado en el _hall_ del hotel, que tenía una

gran ventana a la calle, cuando entró el doctor. Se acercó a mí, se

sentó en una butaca de mimbre, y me dijo de pronto en francés:

--¡Aj! Aquí hay moscas.

--Sí.

--¡Qué porquería!

--Sí; es un poco desagradable, ¿pero qué se va a hacer?

--La mosca es uno de los animales más perjudiciales del mundo.

El doctor habló de la mosca doméstica, de la Stomoxys, de la Anthomya,

de la Sarcophaga, de la Piophila...

--¡Aj!--exclamó luego--. La mosca es el vehículo de innumerables

enfermedades (citó quince o veinte). Sobre todo, esas verdes (dijo el

nombre científico) son malísimas. A mí me repugnan.

Después de decir esto, el doctor se levantó, se acercó al ventanal, y

con el pulgar y el índice aplastó siete u ocho moscas, y luego se pasó

los dedos sonriendo por los bigotes, con gran tranquilidad.

Yo le miraba en el colmo del asombro y de la estupefacción, y él seguía

sonriendo, sin comprender qué salto mortal había dado, sin notarlo,

entre la teoría y la práctica.

V

VARIEDADES SOBRE EL DANDYSMO

MUCHAS veces venía Stratford a Bayona y pasaba el día conmigo, e íbamos

a visitar a Delfina. Esta me preguntaba mucho por él.

--¿Qué hace el Bello Tenebroso?--me dijo una vez--. ¿Lo ha visto usted

de nuevo?

--A Stratford no se le puede llamar tenebroso--le contesté yo--; no

tiene nada de byroniano.

Delfina quería averiguar qué vida hacía el joven inglés, cuáles eran

sus ideas y sus costumbres.

Stratford podía pasar por un _dandy_, pero su dandysmo, no tenía nada

de donjuanesco.

No sentía Stratford el menor entusiasmo por el tipo de Don Juan ni

por la extravagancia. Su idea consistía en que había que vivir de una

manera limpia y razonable. Su filosofía acababa en un estoicismo con

cierto aire de fatuidad.

Este dandysmo espiritual suyo no se parecía en nada al de Jorge

Brummell.

--Hay que ser principalmente _gentleman_--decía él--; defender al

débil, al niño y a la mujer, suponiendo que la mujer sea débil, y

aunque no lo sea.

INDIFERENCIA POR

LA VULGARIDAD

Yo no me entendía completamente bien con Stratford. Su individualismo

y el mío chocaban muchas veces, y aunque él era hombre generoso, su

indiferencia por las cosas de los demás me molestaba.

No se le podía hablar de algo íntimo, porque desdeñaba las intimidades

y confidencias.

El desdén por la vulgaridad era uno de sus dogmas.

--Yo soy implacable con el hombre estúpido y ramplón.

Stratford solía muy bien fingir la indiferencia y expresarla; para esto

le ayudaba su aire frío.

No le gustaba lo enfático, lo exagerado.

--Toda idea exaltada es un peligro--decía--: una invitación a la

grosería, a la violencia y a la brutalidad.

Sentía antipatía por los declamadores; había que tener, según él,

una actitud fría e impasible para las tonterías de la masa: nada de

exaltación, de republicanismo francés, ni de democracia, ni de otras

cosas, para él de mal gusto.

También le repugnaban los crímenes y las canalladas colectivas. Una

vez, paseando por las Allées Marines, me decía:

--Yo prefiero el crimen a la vileza. Yo no sé si podría llegar al

crimen individual. A lo que no llegaría nunca es al crimen político o

colectivo. Antes de matar, prender o fusilar por defender un principio,

me retiraría de la política.

Es extraño, pensaba yo al oírle. Su posición espiritual era

absolutamente contraria a la de Aviraneta, que afirmaba que por la

salud del Estado se podía sacrificar a los individuos.

--El mundo es negro--añadía Stratford--; conservemos la cara y las

manos limpias. No por limpiarlo vayamos a tiznarnos.

Era también el punto de vista contrario al de Aviraneta, que aceptaba

el tiznado suyo para mejorar la sociedad.

--La mayoría de la gente hay que considerarla como manada--afirmaba

Stratford--; luchar contra ella, es una locura. Si viene a nuestro

encuentro, lo más prudente es apartarse.

Las máximas de Stratford me confundían y me hacían pesar el pro y el

contra de muchas cuestiones que hasta entonces no se me había ocurrido

examinar.

Todavía más que la exaltación política, repugnaban a Stratford

las nuevas sectas religiosas que constantemente están naciendo en

Inglaterra y en los Estados Unidos; pensaba que de aceptar un dogma

cerrado, el mejor era el católico.

Yo veía en la actitud de Stratford una actitud de decadencia, pues

sólo en las sociedades que decaen aparecen estos tipos, que, en vez de

apoyarse sobre las conveniencias sociales, se asientan en la tierra, y

en vez de mirar con los ojos de todo el mundo, quieren mirar con los

suyos.

UN AVENTURERO

Por entonces apareció en Bayona un aventurero, un _lion_, que se

llamaba o se hacía llamar Narbonne Burton. Este aventurero se decía

hijo natural del conde de Narbonne Lara, y de una señora francesa

emigrada en Londres. A su vez, de Narbonne Lara, el presunto padre del

_lion_, se decía que era hijo de Luis XV y de su hija Adelaida, es

decir, que era hijo de su abuelo y hermano de su madre.

Este aventurero paró en mi hotel. Tenía el tipo borbónico, vestía bien

y llevaba un alfiler con una flor de lis, de oro, en la corbata.

Hablé con él. Era un hombre solemne y vulgar; todo lo que decía estaba

inspirado en las novelas de Balzac, en donde sin duda, creía encontrar

las esencias de la vida.

El pretendía ser un _lion_ como de Marsay, o Ronquerolles, o cualquier

otro de los héroes balzaquianos.

El juego, la política, las duquesas diabólicas con aire angelical,

los hombres monstruos, toda la fauna inventada por el novelista creía

haberla encontrado en la vida.

Lo más divertido de este aventurero era que llamaba en serio primos

suyos a Don Carlos y a María Cristina.

--Yo también soy un Borbón--me dijo varias veces.

Cuando le hablé del aventurero a Stratford, le pregunté:

--¿No quiere usted conocerle? Es un tipo que le interesará a usted.

--No creo. Es el tipo bajo de Don Juan--me contestó con su indiferencia

Stratford.

SOBRE DON JUAN

--Es decir--añadió Stratford--, hoy todos los tipos de Don Juan son

bajos e insignificantes. Para mí Don Juan no ha tenido valor mas que

allí donde ha habido creencias religiosas fuertes, donde la mujer se

guardaba ansiosamente por temor al pecado y al infierno.

--En España.

--Claro, en la España de los Austrias, donde el amor tenía que luchar

con enormes dificultades. En otras partes es una tontería. El Don Juan

de Molière me parece un contrasentido y hasta una ridiculez. ¡Un señor

rico en Francia que seduce muchachas aldeanas! ¡En un país en donde las

chicas están deseando dejarse seducir!

--Sí, ¡la verdad que no es un gran mérito!

--Ninguno. El Don Juan no tiene valor mas que en la España católica

y fanática del siglo XVI y XVII, con un fondo de miedo al infierno,

de terror místico, de misterio. Fuera de esa época y de España es un

personaje ridículo.

--¿Y todos esos franceses, ingleses y alemanes que han transplantado a

su país el tipo de Don Juan?--le pregunté yo.

--Pues son unos petulantes majaderos. Los de más talento no lo han

podido rejuvenecer y transplantar. Lord Byron no lo ha conseguido.

Respecto a Lovelace, es un canalla insignificante. Don Juan en el

amor es lo que el hereje en la Teología. Se necesita un dogma activo,

eficiente, con un brazo secular, poderoso, para que haya un hereje;

si no lo hay, el hombre que piense atrevidamente será un original,

un librepensador, pero no un hereje. Lo mismo pasa en el amor; ¿no

hay peligro, no hay misterio? Pues Don Juan no puede ser un héroe

malo y demoníaco, sino un señor vulgar. ¿Qué es el Don Juan en este

tiempo? Joven, es el calavera corriente; entrado en años, es el _vieux

marcheur_, que se ve en París, rojo, pesado, delante de un escaparate

tratando de seducir con su dinero a una aprendiza de quince a diez y

seis años. En ninguna de estas edades creo que se le pueda ocurrir

a nadie el tener a este tipo de Don Juan como un ornamento de la

humanidad.

--Y el dandysmo, ¿no es algo así como una variedad del donjuanismo?--le

pregunté yo.

--No. El _dandy_ es un tipo más en consonancia con nuestro tiempo. Hoy

se puede ser un _dandy_ verdadero: en cambio, no se puede ser mas que

un Don Juan falsificado.

VI

EN CAMBO

AL comenzar la primavera, la madre de Stratford nos invitó a Delfina, a

madama Saint-Allais y a mí a pasar una temporada en Jaureguía, su casa

de Cambo.

Tomamos un coche y salimos de Bayona una mañana espléndida. Jorge

Stratford nos acompañó y fué todo el camino hablando animadamente

con Delfina. Yo tuve que recoger como en un lacrimatorio las frases

sepulcrales de la poetisa madama de Saint-Allais, que veía el mundo con

los ojos del vizconde de Arlincourt, el segundo o tercero de la serie

de los vizcondes ilustres que comenzaba por el de Chateaubriand.

Después de Ustariz, pasamos por el seminario de Larresore. Madama de

Saint-Allais quería ver a un sobrino suyo que estaba educándose allí,

y entramos. Nos llevaron a un patio con arcos, y luego, a una gran

terraza con un barandado de hierro, desde donde se divisaba la vista

admirable del valle del río Nive.

JAUREGUÍA

Poco después de salir de Larresore llegamos a Jaureguía, la casa donde

vivía Stratford, cerca de Cambo.

Era una casa del tiempo del Imperio, con un hermoso parque de árboles

antiguos, algunos cortados en formas artificiales, cónicas y redondas.

Delante de la fachada había un jardín enarenado con macizos de flores y

un estanque en medio.

Al entrar por la avenida principal nos salieron a ladrar dos perrazos

grandes que, después de cumplir su misión, se retiraron tranquilamente.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 5 / 18 段