hacia Anglet.
El abate me interesaba cada vez más. Yo no he conocido un hombre
más sugestivo que aquel siniestro polichinela. Tenía una ciencia de
benedictino, una memoria repleta de datos, de ideas, de conocimientos.
A esto unía una versatilidad de mujer histérica y una imaginación
de taumaturgo. Era una cabeza capaz de abarcarlo todo. La historia
la conocía al dedillo; se ponía a hablar de geología y explicaba la
formación de los terrenos con un lujo de detalles de un especialista;
de esto pasaba a la política o a los idiomas, y se veía que no sólo
sabía de todo, sino que tenía de la mayoría de las cosas una idea
propia y original.
Sabiendo que yo era vasco me habló del vascuence y me explicó una
porción de particularidades del idioma que yo ignoraba.
El abate tenía unas opiniones radicales. Decía que el cristianismo y
los bárbaros del Norte habían perdido el mundo.
Para Girovanna todas las extravagancias de la época tenían una gran
importancia: la frenología, el magnetismo animal, la necromancia. Creía
también, o por lo menos aceptaba, la posibilidad de que existieran
elixires de larga vida y bebedizos hechos con sangre de niño. Hablando
de esto expuso la teoría de que la sangre fresca, fuerte, debía
emplearse en ciertos casos en alargar la vida de los hombres superiores.
Cada vez que le veía al abate mostraba una nueva faceta. Resultó que
era también algo ventrílocuo y prestidigitador. Lo más curioso suyo
era el rápido cambio de estado espiritual. Pasaba de la alegría a la
tristeza, y de la risa casi al llanto, sin tránsito apenas.
A mí me producía una mezcla de atracción y de horror. Algún día no
apareció; luego me dijo, más tarde, que a veces tenía dolores muy
fuertes en el pecho y en la cintura, y que para calmarlos tomaba opio.
Sus observaciones frenológicas eran muy curiosas; de repente cambiaba
de aspecto y se notaba que experimentaba una gran curiosidad o una gran
repulsión por una persona en cuya cabeza había visto algún signo que le
desagradaba.
--Tiene usted la sagacidad comparativa--me dijo una vez.
--Y eso, ¿en qué se distingue?
--En esa protuberancia de en medio de la frente.
Yo, no sé por qué, no creía en esto gran cosa, y se lo dije.
--Pues hay algo de verdad--replicó él--. Fíjese usted en los hombres
valientes, decididos, que tienen condiciones para la música y las
matemáticas. Verá usted que casi siempre tienen la cabeza ancha y las
sienes abultadas; en cambio, en los grandes poetas, en los artistas,
en los historiadores, no verá usted con frecuencia esas cabezas, sino
cabezas largas, con la frente prominente.
--¿Y yo qué clase de hombre soy, según usted?
--Usted es un hombre sensual; pero hay dos cosas en usted fuertes que
corrigen su sensualidad.
--¿Y son?
--La intuición y la lógica. Usted no hará grandes tonterías; si las
hace será llevado por el orgullo o por la curiosidad, impulsado por una
pasión intelectual, pero nunca por el instinto ciego.
A la semana de conocerme, el abate me dió un frasquito que contenía un
narcótico.
--Guárdelo usted--me dijo--; a veces se encuentra uno con una persona
que estorba. Se le dan unas gotas de este licor en un vino _capitoso_,
y ya lo tiene usted fuera de combate.
Hice la prueba dándole unas gotas en un terrón de azúcar al perro
del hotel, que se quedó durante muchas horas dormido. En vista de la
eficacia del narcótico me decidí a llevar siempre el frasquito en el
chaleco, en el bolsillo del pecho, hasta que pensé que estaría viejo y
lo tiré.
UNA PROPOSICIÓN
A los diez o doce días de conocerle, el abate me propuso ser secretario
de la duquesa. El empezaba a perder la memoria y a estar demasiado
nervioso. Me daría quinientos francos al mes y todos los gastos
pagados. Tendría en perspectiva una vida espléndida, viajes, gran
mundo, trato con mujeres hermosas... Como para mostrarme la generosidad
de la duquesa me mostró un sobre lleno de diamantes y esmeraldas que
ella le había regalado.
Yo, pensando en Aviraneta, le contesté que tenía que consultar con mi
padre.
--¿Para qué? Los padres nunca saben dar buenos consejos...; pero, en
fin, haga usted lo que quiera.
Estaba indeciso; la proposición me halagaba extraordinariamente. No
sabía qué hacer, y me decidí a explicar el asunto a Delfina.
Ella me dijo que le parecía una imprudencia el seguir a la duquesa y al
abate, que probablemente serían unos aventureros.
--Es muy extraño--añadió ella--que le hagan un ofrecimiento así, sin
motivo alguno, y sin conocerle. Por lo menos, entérese usted de quiénes
son.
El consejo era bueno y me determiné a seguirle. Fuí a ver al canciller
del Consulado de España para que pidiera al cónsul de las Dos Sicilias
datos de la duquesa y del abate.
Al día siguiente los dos habían desaparecido.
RUMORES
Poco tiempo después corrió el rumor extraño de que la duquesa de
Catalfano era una mujer vampiro.
Se dijo que al ver a un muchacho de la fonda que se había hecho sangre
en una mano le había entrado una gran agitación, brillándole los ojos
como a un ave de rapiña; que tomó la actitud de abalanzarse hacia él, y
que el abate le había detenido.
Luego se añadió que la duquesa necesitaba para vivir el sorber sangre,
y que el abate le llevaba muchachos engañados.
No se pudo averiguar de dónde salió este rumor, ni de qué procedía; a
pesar de no tener la menor verosimilitud, la idea me hacía temblar.
Más o menos claramente, había tenido la sospecha de que la titulada
duquesa era una mujer lasciva que se valía de su secretario para tener
hombres jóvenes.
Luego se dijo que detrás de la duquesa y del abate vino a Bayona un
viejo de Nápoles, a quien el abate le había llevado un hijo que no se
sabía dónde estaba. Tampoco pude comprobar esto. Lo que sí resultó
verdad fué que, en Niza, el abate se hacía llamar Lazaretti, y ella, la
princesa de Campo Chiaro.
También averiguamos que, a una señora vieja del hotel, el abate había
prometido regenerarla y convertirla en un jovencito la primera luna
del año siguiente. La señora estaba desconsolada porque el abate se
había marchado, dejándola preocupada, y pensando, sin duda, en la
transformación que iba a haber en sus instintos para que le empezaran
a gustar las mujeres más que los hombres. Con este motivo se habló de
Cagliostro, del conde de San Germán, de los elixires, de los vampiros y
de los brucolacos.
Yo no creí gran cosa que Girovanna fuera un bandido. Más bien pensaba
que era un hombre fantástico y raro y amigo de asombrar con sus
conocimientos y sus ideas; pero aun así me producía cierto espanto.
Delfina se rió mucho comentando los peligros a que me hubiera expuesto
si llego a aceptar la plaza de secretario de la Catalfano.
--Lo que me choca es que creyera usted que le iban a hacer un
ofrecimiento tan espléndido por nada. Algo le tenían que pedir.
--Sí; es verdad.
--En parte es usted muy modesto, y, en parte, muy orgulloso.
A veces, en sueños, recordaba a la duquesa y al abate con sus ojos
hundidos y su aire de polichinela, y muchas veces imaginé que entre los
dos me metían en una campana de cristal y me dejaban exangüe y blanco
como un papel.
XIII
LA ARBITRARIEDAD
IBA intimando más con madama D'Aubignac y asistiendo con frecuencia a
su casa.
Delfina encontraba que mi manera de hablar francés era dura y
recortada, y me recomendó que aprendiera de memoria trozos de Corneille
y de Racine, como el sueño de Atalia, el furor de Hermiona, las
imprecaciones de Camila, cosas que me aburrían lo indecible. También
me recomendó que leyera en voz alta los _Mártires_, de Chateaubriand.
Tampoco podía con ellos; todos los personajes del ilustre vizconde
me parecían de cartón, figuras sin relieve ni calor humano, como las
estampas que reproducían cuadros de Ingres y de David, que tanto
gustaban a Delfina.
Para convencerme con el ejemplo, madama D'Aubignac me leyó una
vez aquel trozo de los _Mártires_: ¡Pharamond! ¡Pharamond, nous
avons combattu avec l'épée! Ella pronunciaba esto de una manera
perfiladísima; a mí me parecía todo ello amaneramiento y afectación. Si
no de una manera clara, con algún circunloquio se lo dije.
LA AFECTACIÓN
Y LA TRADICIÓN
Para Delfina el reproche de afectación no constituía un defecto.
Ella creía que la afectación amanerada era la verdadera forma de la
civilización; suponía que la pérdida de las costumbres, y de las modas
de la antigua sociedad francesa, con sus peinados y sus pelucas, sus
moscas, y sus tacones rojos, y el colorete, era lastimoso. A mí todo
esto me sorprendía y me indignaba. Ahora no me hubiera indignado;
comprendo que la sociedad que pretenda ser elegante tiene que ser
amanerada, jerárquica y tradicionalista. Las cosas no se improvisan tan
fácilmente como quieren creer los revolucionarios.
Durante mucho tiempo yo he tenido el desdén y la antipatía por la
tradición en la política, y sobre todo en la literatura, y he llegado
hasta leer con gusto los libros de Tolstoy, Dostoievski e Ibsen, con
su psicología del hombre solo y desnudo de viejas fórmulas; pero ahora
voy volviendo al redil y prefiero la psicología del hombre vestido,
acompañado y con tradiciones.
Del amor por la literatura obscura y caótica, aunque llena de
sugestión, he pasado, por grados sucesivos, al gusto, para mí
aviranetiano, por la claridad y la sequedad.
Es la influencia de la vejez y del retorno a lo antiguo.
Actualmente, este gusto no es un gusto a la moda, porque el público
de hoy desea la solemnidad y que el poeta, el músico, el cantor y el
bailarín tomen aires de sacerdotes; pero, en fin, no me preocupa gran
cosa estar a la moda.
INCOMPRENSIÓN
Delfina era muy partidaria de la aristocracia; yo me sentía entonces
rabiosamente demagogo. Hoy tampoco lo soy. No se puede creer que un
hombre, por el hecho de pertenecer a una familia aristocrática, sea
sólo por eso noble y distinguido; ni al revés: que un hombre, porque
su familia haya sido obscura, sea un bruto; pero que en el régimen de
vida actual hay mucho en el individuo que se pega de la familia, es
indudable.
Delfina me preguntó por los Leguías, y cuando le dije que tenían su
escudo, le pareció bien.
La verdad es que hay una incomprensión completa entre las personas de
los distintos países.
Delfina aceptaba únicamente su punto de vista francés; más, era un
defecto; menos, también.
Creía, como un dogma, que el idioma francés era bonito, y el alemán y
el inglés, feos. Yo le decía:
--Para mí un idioma es bonito si se entiende. Si no se en en tiende y
no se ha oído, todos los idiomas parecen absurdos. La prueba está en
los chicos. Un chico oye hablar a un extranjero y se burla de él; le
parece ridículo.
Delfina no aceptaba mis puntos de vista generales. Hablábamos, por
ejemplo, de las mujeres españolas, y las reprochaba que andaban con
pasos menudos y con mucho melindre.
--Sí--decía yo--; las españolas son más pequeñas de estatura que las
francesas; tienen que dar los pasos más cortos si le gusta a usted que
una mujer tenga el paso largo, le gustará la manera de andar de una
inglesa.
--¡Ah, no! La inglesa anda como un granadero.
En todo, Delfina, era lo mismo. Ella tenía que dar la norma: estaba en
el fiel de la balanza.
DESCONTENTO
Iba estando nervioso y poco satisfecho en Bayona. Pasaba el tiempo y
no hacía nada; los planes de Aviraneta no tenían el menor éxito; la
casa de comisión no marchaba bien, cosa natural, porque no ofrecía
condiciones de vida. En el primer negocio que quise intervenir tropecé
con la mala voluntad del cónsul Gamboa; llegamos a reñir, y yo le dije
algunas cosas duras.
Hubiera vuelto a España con mucho gusto, ¿pero adónde? El ir de
dependiente de comercio me parecía horrible; volver a mi casa de Vera,
estando mi padrastro, no lo hubiera podido soportar.
Hice un viaje a San Juan de Luz, a visitar a la madre de Corito, y esta
señora me acogió muy fríamente. A mí me fué también bastante antipática
mi futura suegra; me pareció muy orgullosa y muy entonada.
Volví a Bayona pensando que la suerte me volvía la espalda. Estaba
desesperado, desilusionado. No tenía tampoco un amigo a quien contar
mis penas.
Mucho de mi malhumor se convirtió en autocrítica.
--Qué bruto soy--pensaba muchas veces--. ¡Qué farsantería hay dentro de
mí! ¡Me emborracho de petulancia y de deseo de ser interesante!
Entre los demás y yo mismo me habían laminado. Aviraneta, doña Paca
Falcón, madama Laussat, Delfina, la madre de Corito, me habían alargado
y estrechado y puesto en el lecho de Procusto. Iba perdiendo toda
espontaneidad y toda alegría.
Hablando de esto, Delfina me decía:
--Se va usted haciendo hombre, y antes era usted un niño.
La verdad, no agradecía el cambio.
SEGUNDA PARTE
DANDYSMO
EN LA FRONTERA
DEL TIROL
COMO el enfermo que cambia de postura, me he trasladado a otro pueblo
del mismo valle de los Grisones.
Es un pueblo en un alto, desde el cual se divisa un gran panorama de
montes de Suiza y del Tirol. He ido al único hotel de la aldea, que
tiene una espléndida terraza.
Estamos ahora en el momento más caliente del verano; el sol brilla de
una manera implacable y el cielo se muestra uniformemente azul.
A la caída de la tarde salgo a pasear. El río murmura en el fondo del
valle; se oye en los montes, entre los árboles, el cencerro de las
vacas y el sonido romántico del cuerno de los pastores.
Por el camino no pasa casi nunca nadie; a veces me cruzo con algún
hombre barbudo en un carro y, con frecuencia también, con un
deshollinador vestido de negro, con un sombrero de copa encasquetado en
la cabeza y una escalera en la espalda, que marcha montado en bicicleta.
Como el campo está seco, me siento sobre la hierba y contemplo estos
prados con las anémonas y pulsatilas florecidas, de colores variados;
los vilanos del diente de león y de las escabiosas, que se deshacen
con el viento; los tomillos, las saxífragas, las siemprevivas y las
pequeñas flores azules de los myosotis.
Cuando el sol se retira se siente en seguida frío, y vuelvo a mi cuarto
del hotel.
No tengo nada que hacer, no tengo nada actual en qué pensar, y me
dedico a seguir mis MEMORIAS.
I
UNA IMPRUDENCIA
EN el invierno de 1837, estando en Bayona, tuve como negociante una
gran sorpresa y un acontecimiento inesperado en mi vida. La sorpresa
fué el entrar en relación directa con las casas de Collado y Lasala,
de San Sebastián, y empezar a hacer negocios con las compras para el
ejército cristino.
La Casa de Comisión de Etchegaray y Leguía, puesta sin más objeto que
el de servir de pantalla para las intrigas de Aviraneta, comenzó a
marchar de pronto viento en popa.
Gamboa me llamó, y fué él quien me relacionó estrechamente con Lasala y
Collado. Poco después me entendí con algunos vinateros españoles para
entrar vino de Navarra y de la Rioja en Francia.
Gamboa quiso avasallarme, y en los negocios en que entré con él tomó la
parte del león.
Gamboa era el tipo del hombre honrado que se aprovecha de todo lo
que es legal. De ahí no pasaba su moralidad. A pesar de creerse el
prototipo de la justicia y de la honradez, se beneficiaba de su cargo
y de sus relaciones para enriquecerse. A mí me puso la proa mientras
creyó que no tenía gran formalidad ni resistencia comercial; cuando vió
que seguía firme, se hizo amigo y aliado mío.
Esta prudencia, que en la burguesía pasa por sesudez y por buen juicio,
es una cualidad de los miserables y de las gentes de espíritu bajo e
innoble.
Yo no le tuve nunca simpatía a aquel hombre, y al globo inflado de su
vanidad le hubiera dado con gusto un alfilerazo si hubiese podido.
Entre las comisiones de Gamboa y las de los vinateros comencé a tener
mucho trabajo, y me vi en la necesidad de tomar un dependiente en mi
oficina, y al cabo de poco tiempo, dos.
GOMES SALCEDO
Colaboraba conmigo un judío, Gomes Salcedo, hombre más listo que el
hambre. Claro que esta listeza en un judío no es cosa rara, y menos
siendo de la familia de Leví, como Gomes Salcedo, porque los Leví
descienden del rey David, o del rey Salomón, o de no sé qué otro
ilustre granuja bíblico. Gomes Salcedo, con su aire de cabra triste,
era un águila. Se había arruinado dos o tres veces, y hecho rico otras
tantas. Afortunadamente para mí, sus intereses y los míos no eran
contrarios; si no, yo hubiese andado muy mal.
Gomes Salcedo arrancaba el dinero a Lasala y a Collado con una energía
terrible, y se imponía al cónsul Gamboa, que era el representante y el
asociado de los dos comerciantes de San Sebastián, luego ingresados en
la aristocracia española. No se podía saber de todos estos negociantes
quién era el más judío.
Gomes Salcedo tenía como ayudante para los negocios sucios a un tal
Cazalet, bohemio, que se pasaba la vida en los cafés, jugando al
billar, fumando y bebiendo.
Cazalet había hecho de todo: el espionaje, el _chantage_, la compra de
correspondencias secretas entre carlistas y liberales, etc., etc. Si no
había envenenado a nadie, lo confesaba él mismo, era porque no tenía
valor y le temía al Código y a los gendarmes.
Cazalet era un hombre listo, inteligente, con un conocimiento
instintivo de los hombres, pero su ciencia del mundo no podía
utilizarla, desacreditado como estaba y hundido en todos los vicios.
Cazalet, con sus melenas, y su pipa, y su corbata flotante, venía
con frecuencia a mi oficina y contaba una porción de historias, a
cual más escandalosas, de los unos y de los otros, con su habitual
cinismo. Oyendo a aquel bohemio se veía la parte baja de negocios
y de chanchullos que había en el comercio de Bayona y en la guerra
de España, a pesar de que carlistas y liberales se batían por puro
fanatismo.
TORPEZA
El acontecimiento inesperado de que hablo al principio comenzó por unas
palabras mías imprudentes.
Había ido una noche a la tertulia de la librería de Mocochain, donde
estaban los contertulios de siempre y un señor viejo a quien no conocía.
En medio de la conversación, de pronto, me preguntó Miñano:
--¿Usted conoce al comandante D'Aubignac?
--Sí.
--¿Qué clase de hombre es?
--Es un hombre de poco talento y un tremendo reaccionario.
--A mí me lo habían pintado como hombre inteligente y liberal--dijo el
viejo desconocido.
--No. ¡Ca!--repliqué yo--; el otro día estuvo hablando mal del general
Harispe y lamentándose de que el Gobierno de Luis Felipe haya puesto al
mando de la división de Bayona a un republicano.
--¿Así que usted cree que D'Aubignac es realista?
--Lo es, sin duda alguna.
--¿Y qué dice del subprefecto?
--Dice, como todos, que es un tonto presuntuoso.
--Y de Delfina, ¿qué opina usted?--me preguntó el viejo.
--Es una mujer muy sabia, muy perfilada, muy compuesta.
--¿A usted no le entusiasma?
--No; estas mujeres tan bachilleras no me encantan.
--¿Y se le conoce algún amante?
--No; yo creo que no le quiere gran cosa a su marido; pero su virtud
consiste en que no tiene, por ahora, nadie que le guste de verdad.
Charlamos de otra cosa, y al salir yo de la librería pensé que había
hecho una torpeza al hablar de Delfina y de su marido como había
hablado, y más a una persona desconocida.
La primera vez que fuí a casa de madama D'Aubignac tuve un momento la
sospecha de que alguien habría contado lo dicho por mí en la librería;
pero se me pasó este susto.
Quince días después estaba de visita en casa de Delfina, hablando
delante de la chimenea, cuando ella repitió mis palabras de la
librería. Al principio no supe qué replicar, tan turbado me hallaba;
luego, levantándome nervioso, la dije:
--Aunque esto no sea la verdad estricta, sino adornada, no creo que
tenga más valor que una estúpida indiscreción mía y una indiscreción,
aún mayor, del que ha venido a usted con el cuento.
--Ha podido usted perjudicar a mi marido.
--Lo reconozco, lo comprendo. He obrado neciamente, ya lo sé, y para
castigarme como merezco, no volveré más a su casa.
El pedir perdón no venía a cuento; así que me marché al hotel
consternado, pensando unas veces no ir ya a ninguna parte y otras
proponiéndome no hablar de nada.
II
DESAFIO
HUBIERA deseado que la cosa no tuviera más derivaciones, pero las tuvo.
Unos días después, al pasar por delante del café de la plaza del teatro
para ir al Consulado de España, me llamó el teniente Gassion, que
estaba con otros dos oficiales.
--¡Adiós, señor Leguía!--me dijo--. Siéntese usted; no vaya usted tan
deprisa. Ayer le echamos a usted de menos en casa de madama D'Aubignac.
--Son ustedes muy amables. Ando estos días un poco atareado.
--Siéntese usted y tome algo. Pues, sí; madama D'Aubignac me preguntó
varias veces por usted; si no le habíamos visto, etcétera. Le tiene a
usted mucho afecto.
--Sí; es una señora muy buena.
El teniente Gassion siguió hablando de Delfina de una manera tan
indiscreta, que me puso frenético.
--Gassion--le dijo uno de los oficiales--, está usted molestando a su
amigo, que tiene que emplear toda su diplomacia con usted.
--Yo, ¿por qué?
--Como se dice que es usted un buen amigo de madama D'Aubignac.
--¡Bah! ¡Se dicen tantas tonterías!--exclamé con acritud.
--De todas maneras, aunque sea usted su amante, no será usted el
primero.
--Yo no soy su amante. La señora D'Aubignac es una señora amiga mía, y
nada más.
--Sigue la diplomacia--saltó insolentemente el oficial--. Yo supongo
que madama D'Aubignac, a quien no tengo el honor de conocer, se irá con
el que le haga algunos regalitos.
--¿Usted la conoce?
--No.
--¿Entonces por qué habla usted así de ella? Me parece estúpido el
denigrar a una mujer a quien no se conoce, por que s.
El me replicó de una manera desdeñosa y altiva, asegurando que mi
opinión sobre él le tenía sin cuidado; yo insistí afirmando con
violencia que lo que decía era una estupidez y una indignidad. Nos
insultamos, y él me provocó a un duelo. Le dije al teniente Gassion que
arreglara el asunto de manera que no se supiera la causa.
--Bueno; ya lo arreglaré. ¡La verdad es que él tiene la culpa de todo;
pero usted también le ha contestado de una manera tan desdeñosa y tan
agria! ¿Es usted un buen tirador de armas?
--Yo, no. No he cogido un arma en mi vida.
--¡Qué locura! Entonces le va a herir como quiera. Yo se lo pienso
advertir: si le hiere a usted gravemente, lo mato.
Esto no era un gran consuelo para mí. El oficial que se iba a batir
conmigo se llamaba Martín, y, al parecer, su antipatía por madama
D'Aubignac provenía de no haber sido invitado por ella a ir a su casa.
HERIDO
Convinieron los testigos el duelo a primera sangre y a espada.
Fuimos con nuestros padrinos y dos médicos, uno de ellos, el doctor
Lacroix, a una finca del camino de Biarritz. Mis dos testigos eran el
teniente Gassion y un joven inglés, Stratford Grain, a quien conocía de
casa de doña Paca Falcón. Todo se hizo con una gravedad y una ceremonia
solemnes. Se escogió el terreno, se midieron las espadas, con un
cambio de cortesías y de sonrisas. Yo creía que estaba leyendo algún
párrafo de Chateaubriand. ¡Pharamond! ¡Pharamond, nous avons combattu
avec l'épée! También pensaba que estábamos en la batalla de Fontenay,
cuando ingleses y franceses se invitaban a tirar los primeros. Nos
quitamos las levitas mi enemigo y yo, y nos pusieron a los dos
adversarios tan lejos, que a mí me pareció imposible que nos pudiéramos
herir.
--Allez, messieurs!--dijo el director de la escena. En el primer asalto
mi contrincante me hizo un rasguño en el antebrazo derecho que me
dolió. Mis testigos dijeron que bastaba; pero yo protesté. El pinchazo
me produjo tal cólera, que ardí en deseos de venganza. Los testigos
debatieron el asunto y decidieron que podía seguir la lucha.
--Laissez aller!--dijo el juez de campo.
Yo avancé dispuesto a herir a mi adversario de cualquier manera,
creyendo que esto era cosa fácil, y entonces él me dió una estocada
en el hombro. Quise seguir adelante, cegado por la cólera, pero los
testigos nos metieron los bastones entre nuestras espadas y se dió por
terminado el acto. Hubo nuevo cambio de ceremonias y de sonrisas, y mi
adversario y sus testigos desaparecieron.
--Ha quedado usted muy bien. Ha hecho usted retroceder varias veces al
contrario--me dijo Gassion.
--Sí; pero él, mientrastanto, me ha pinchado.
Volvimos en coche a Bayona y tuve que estar más de una semana en la
cama. El doctor Lacroix me cuidó. Este hombre, al parecer brusco, en la
intimidad era un buen hombre y hasta un sentimental, y me atendió con
afecto.