Cuando Salvador se presentó en su casa, después de las pesquisas que
hemos descrito y de otras que siguieron a aquellas, iba triste. Sin
duda llevaba malas noticias.
—No hay que perder la esperanza, querida Sola —dijo cariñosamente a su
hermana—. Las noticias que hoy te traigo son muy buenas. Ya se sabe
que no murió en la jornada del 7; que fue herido, aunque levemente;
que después de dos días de estar escondido en sitio que se ignora, le
cogieron los milicianos al querer entrar en la que fue tu casa. No se
sabe más.
—¡Entonces está en Madrid! —manifestó Soledad con sorpresa, mirando
con azoramiento a un lado y otro como si temiera ver entrar una visita
desagradable.
—Ten calma y paciencia, que ya vendrá —dijo Monsalud observando el
rostro de su hermana.
Después añadió, hablando consigo mismo:
«¡Qué propio está el uno para el otro! ¡Será lástima que esta pareja se
descabale!»
A sus ojos, la huérfana, que bajo su amparo exclusivo vivía ya,
quizás para siempre, era una criatura de estimables prendas, buena
como los ángeles; pero sin ninguno de aquellos encantos que fascinan
y encadenan el alma de los hombres; un espíritu superior, pero sin
aparente brillo; un entendimiento poco común, pero sin alto vuelo;
una sensibilidad más delicada que fogosa, y que antes parecía timidez
que verdadera sensibilidad; figura insignificante y dulces facciones,
ante las cuales podían encender perdurables fuegos la amistad y la
fraternidad, pero ni una sola chispa el amor. Tal la veía las pocas
veces que acertaba a fijar en ella la voluble atención. Comúnmente
no se cuidaba de la existencia de su protegida sino cuando la tenía
delante; y si en otras partes de esta historia le vimos ocuparse
tan solícita y noblemente de prestarle beneficios, fue porque el
sentimiento de caridad era en él muy vivo, y en todas las ocasiones
semejantes se manifestaba de la misma manera.
No obstante, en aquellos días de residencia en la posesión del Prado
Viejo, verificose ligera mudanza en la conducta de Salvador Monsalud
con respecto a su hermana adoptiva.
Viósele más expansivo, más locuaz y afectuoso, hasta un grado de
vehemencia que la huérfana no había conocido en él sino tratándose de
otras personas. Buscaba Salvador la compañía de Solita, lo cual no
había hecho nunca, y sus salidas de la casa eran menos frecuentes,
menos largas. Encargábale mil faenas domésticas, tontadas y nimiedades
que cualquier otra persona podía desempeñar, pero que a él no le
agradaban si no ponía la mano en ellas su intachable y casi perfecta
hermana. Hacíale preguntas muy prolijas sobre accidentes lejanos de su
vida, de su niñez, sobre toda aquella parte de sus desgracias de que
él no había sido testigo. Una mañana estaban solos, bajo la sombra de
los altos pinos que en los días serenos bañaban en sol su ramaje negro,
y en las tristes noches de viento se mecían murmurando. Salvador le
habló de este modo:
— Sola, deseo que entre mi madre y tú traméis alguna intriga contra mí.
Ella le miró absorta, porque no comprendía nada de tan extravagantes
palabras.
—Sí —prosiguió él—. Una intriga contra mí para detenerme, para atarme,
porque si no, es posible que haga un gran desatino.
—Pues qué, ¿vas a volar? —preguntó Sola cubriendo con una frase festiva
la emoción que llenaba su alma.
—¡A volar! Sí, has dicho la palabra propia. Hace días que trato de
cortarme yo mismo las alas. ¡Qué tormento, Solita! Tú por fortuna no
conoces esto... Anoche, durante las largas horas sin sueño, he estado
pensando que mi madre y tú podríais salvarme.
—¿Cómo?
—Encerrándome. Atándome de pies y manos como a los locos.
—Yo no entiendo esas cosas tan sutiles si no me las explicas bien —dijo
Sola, cuya palidez crecía por momentos.
—Es verdad. Tú eres demasiado buena para comprender esto. Tú no tienes
más guía que tu deber. Tu voluntad no se aparta nunca de la ley moral;
tú eres un ángel. ¿Qué dirías si me vieras arrastrado a cometer los
mayores dislates, conociéndolos y sin poder evitarlos?
—Que eras un hombre débil y menguado. Pero por fortuna no es así.
—Por desgracia es así. Has acertado: me has calificado perfectamente.
—¿Y qué desatino vas a cometer? ¿Es un crimen?
—También puede serlo. ¡Qué desgraciado soy! Me he metido en un
torbellino espantoso, y no puedo salir de él. Si el hombre tuviera
fuerzas para vencer la atracción poderosa que le arrastra de aquí para
allí y le hace dar mil y mil vueltas, no sería hombre: sería Dios. Lo
que no puede un astro, que es tan grande, ¿lo ha de poder un miserable
hombre?
—¿Pues no ha de poder? Un astro es un pedrusco, y un hombre es un alma
—dijo Sola con inspiración.
—Precisamente el alma es la que se pierde, porque es la que se fascina,
la que se engaña, la que sueña mil bellezas y superiores goces, la que
aspira con sed insaciable a lo que no posee, y a volver posible la
imposibilidad, y a querer estar donde no está, y a marchar siempre de
esfera en esfera buscando horizontes.
—Pues adelante, sigue. ¿Quién te estorba?
—Nadie... Pero yo quisiera que alguien me estorbase; quisiera hallarme
en ese estado de esclavitud en que muchos viven; tener una cadena al
pie como los presidiarios. Puede ser que entonces viviera tranquilo y
me curase de este mal de movimiento que ahora me consume. ¿No crees lo
mismo?
—Entonces serías más desgraciado —dijo Solita mirando al suelo—,
porque la esclavitud no es buena sino cuando es voluntaria.
—Es que yo quisiera que la mía fuese voluntaria. ¡Qué mal me explico!
Ello es, amada hermana, que yo quiero y no quiero, deseo y temo,
anhelo ir y anhelo quedarme... Es preciso que alguien me ayude. Un
hombre abandonado a sí mismo y sin lazo alguno, es el mayor de los
desdichados. Ni mi madre ni tú tenéis iniciativa contra mí: ella me
deja hacer mi voluntad sin una queja, sin una protesta, y esto no
es bueno. Yo quisiera que tú no la imitaras en esto, ¿entiendes? Te
autorizo para que te ocupes de mí, para que seas impertinente y me
preguntes y me reprendas y averigües, y seas como un dómine.
—¡Qué cosas tienes! —exclamó Sola riendo, a punto que una súbita y
dulce llamarada, saliendo de lo íntimo de su ser, se extendía por
cuanto abarcaba la conciencia de ella misma, estremeciéndola toda,
humedeciendo sus ojos y entorpeciendo su lengua—. Yo no sirvo para
dómine tuyo, ni yo me puedo entrometer en lo que no me importa.
—Hazte la mosquita muerta —indicó Monsalud sonriendo y en voz baja—.
Pues no dejas de ser preguntona.
—Es verdad —dijo Sola con viveza—. Pregunto lo que me interesa, lo que
interesaba a mi pobre padre.
—Si él no me perdonó, tú has sido más humana, y me has perdonado mi
falta sin conocerla.
—Y después que la conozco te la perdono también —dijo Sola a medias
palabras a causa de su mucha emoción.
—¡Que tú la conoces! —exclamó Salvador palideciendo.
—Sí. Al fin todo se sabe. Por lo visto, la falta de buenos ángeles
tutelares que sujeten y corten las alas no es solo de ahora.
Monsalud se levantó bruscamente, y con las manos a la espalda, el
ceño fruncido, dio algunos paseos por la huerta, sin alejarse mucho,
recorriendo una órbita bastante reducida alrededor de su hermana
adoptiva. Esta no se movió ni le miró.
Un instante después, el joven se detuvo ante ella, y con familiaridad
muy natural le dijo:
—Estoy pensando que si tu primo no quiere parecer, que no parezca. Yo
no pienso dar un solo paso más por encontrarle.
—Él se cuida poco de mí —dijo Sola—, cuando no me avisa lo que le pasa:
¿no es verdad?
—Seguramente. Ese joven se porta muy mal; pero muy mal.