Más tiempo que de ordinario estuvo aquel día Monsalud en la casa, y
al salir regresó más pronto que de costumbre. Mientras estuvo fuera,
Soledad le acompañó con la imaginación, sin apartarse un punto de
su persona, siguiéndole como sigue la esperanza a la desdicha. El
pensamiento de la pobre huérfana alzaba atrevidamente el vuelo, y
sus sentimientos, cual si fueran sustancia material que se dilata,
parecía que la llenaban toda con expansión maravillosa, y lo interior
de su ser pugnaba por rebasar la estrecha superficie del mismo y
echarse fuera. La emoción no la dejaba respirar. Por la tarde sintió
necesidad imperiosa de estar sola, de salir de la habitación, que se la
empequeñecía más cada vez, y bajó a la huerta. A maravilla se avenía el
estado de su alma con la grandeza del cielo inmenso, infinito, y con la
diafanidad del aire claro y libre que a todas partes se extiende. Fuera
de la casa y sola se encontró mejor; pero no muy bien. Su alma quería
más todavía. Vagó por la huerta largo rato, acompañada de un perrillo
que se había hecho su amigo. La tarde era hermosa, y toda la vegetación
sonreía.
De pronto, la huérfana sintió pasos junto a la puerta de la tapia.
Vio que aquella, con ser tan pesada, se abría ligeramente al impulso
de vigorosa mano. Dio la joven algunos pasos, esperando ver con los
ojos del cuerpo a cierta persona; pero se quedó fría, yerta y como sin
vida, cuando vio que entraba un hombre negro, mejor dicho, un hombre
blanco, rubio, dorado como el marco de un espejo, y todo cubierto por
venerables ropas negras, como las de los clérigos vestidos de seglares.
Traía un brazo en cabestrillo, formado con un pañuelo negro también.
Era Anatolio.
Acercose el joven guardia; pero Soledad no dio un solo paso hacia él,
¡tanto era su estupor!, permaneciendo como clavada en el suelo.
—Prima, señora prima —dijo el muchachón llevándose al luengo sombrero
la mano útil—. Gracias a Dios que nos vemos...
—¡Pobre primo! —balbució Sola—. Pero si yo creí... ¿Conque no te ha
pasado nada? Tienes un brazo vendado.
—Lo del brazo es poca cosa —dijo Gordón—. Aquí en el costado derecho
tengo lo peor; pero, a Dios gracias, no me enterrarán de esta.
—Y estás pálido... Pero entremos en la casa. Aquí hace mucho calor.
Gordón la siguió, y bien pronto prima y primo se sentaban en un mismo
sofá. Viendo el semblante de uno y otro, no se podía asegurar cuál de
los dos estaba más herido.
Sola, turbadísima, dijo algunas frases entrecortadas. Anatolio habló de
esta manera.
—¡Conque ha fallecido mi digno tío!... ¡Dios mío, qué desgracia! Bien
decía yo que no estaba bueno.
Sola rompió a llorar.
—Vamos, no te apures, mujer... Eso ya no tiene remedio. Si Dios quiso
llevárselo, ¿qué vamos a hacer nosotros? No te aflijas, mujer. Es
preciso tener paciencia.
—Mi pobre padre te adoraba —dijo Soledad—. Si le hubieras escrito
mientras estuviste en El Pardo, tu carta le habría dado gran consuelo.
—Yo le mandé varios recados con algunos amigos; pero sin duda no se los
dieron. El día 7, cuando nos batimos y fuimos derrotados, me escondí
en una casa. Curáronme, y el 9 por la noche pude salir y fui a donde
tú vivías. Dijéronme lo que había ocurrido. Pues no me ha costado poco
trabajo averiguar donde estás... Pero dime, ¿por qué no sigues en tu
casa? ¿Qué casa es esta?
De pronto, Soledad no supo qué contestar.
—Esta casa es de un amigo —dijo al fin.
—Por cierto que no oí hablar a tu señor padre de ningún amigo que
tuviese estas casas. Dime: el amigo que te ha traído aquí, ¿era también
amigo de tu padre?
—No —repuso Soledad lacónicamente, resistiéndose a la mentira con todas
las fuerzas de su alma.
—¿No era amigo de tu padre? —preguntó Anatolio con seriedad que sentaba
mal a su agraciado rostro—. ¿Pues de quién lo era?... Querida prima, yo
tengo que hablarte con franqueza. Yo he venido aquí informado de todo.
—¿De qué, primo?
—Tú dirás que soy un poco brusco porque no sé decir las cosas con maña
y rodeos bonitos; pero Dios me ha hecho así, y no lo puedo remediar.
Soledad, yo no me determino a casarme contigo.
—Anatolio, como tú quieras —repuso la joven, considerando que no podía
responder otra cosa.
—Yo he tenido fe en ti; yo te he creído una buena muchacha. Es posible
que lo seas; pero ya dudo, y contra la duda ya sabes que no hay fuerzas
que puedan luchar.
—Eso es verdad; pero, ¿por qué dudas de mí?
—Porque me han dicho... ¡Jesús lo que me han dicho! Antes te informaré
de que fui a parar a cierta casa donde vive un hombre honrado,
maestro de obra prima, a quien llaman Pujitos, el cual, si se ha
batido fieramente en las calles contra nosotros, no por eso carece de
sentimientos caritativos, y no solo me ocultó en su casa, sino que
me ha cuidado como si fuera un hermano... Pues bien: grande amigo de
ese señor Pujitos es un tal Lucas Sarmiento, con quien yo anduve a
palos cierta noche. Después nos hemos reconciliado, porque el odiar
al prójimo a nada conduce. He aquí que Sarmiento me refiere cosas muy
raras de ti. Dice que a escondidas de tu padre tenías amistades con
un guapo mozo llamado Monsalud, el cual ha sido tu protector y amparo
durante la gran miseria que habéis padecido. Me dijeron que después de
muerto tu padre, te trajo a esta casa, que es la suya. Yo lo dudaba, lo
dudo todavía, querida prima. Dime tú si es cierto.
—Ya lo ves —repuso Soledad serenamente—: esta es su casa.
—¿Y es cierto también que a escondidas de tu padre, y sin que él
sospechase nada, veías a ese hombre y recibías de él los auxilios que
necesitabas?
—Cierto es, primo. ¿Cómo he de negarte lo que no tiene nada de malo?
—¡Nada de malo! —exclamó Gordón abriendo con espanto los ojos—. Señora
doña Solita, ¿por quién me toma usted? ¿Se burla usted de mí?
—No, querido primo, no me burlo. Es que si tú no puedes comprender lo
que te he dicho, peor para ti.
—¡Un hombre, un buen mozo, un amiguito que protege a una muchacha a
hurtadillas del padre de esta...! Ya se ve: ¡cómo había de consentir mi
tío semejante infamia!
—¡Primo, mira cómo hablas! No tienes derecho a calificar lo que no
conoces —dijo Sola con entereza.
—Sea lo que quiera, prima, yo veo eso muy turbio, pero muy turbio. Por
consiguiente...
—Tú podrás verlo turbio, muy turbio, o como quieras; pero no formes
juicios temerarios.
—Por consiguiente, repito, yo desde este momento retiro mi promesa.
—Eres muy dueño de hacerlo así.
—Ya ves que procedo con franqueza, que me porto decentemente contigo,
viniendo aquí, hablándote, diciéndotelo con la mayor claridad.
—Era natural que lo hicieras así.
—Sin embargo, si tú me probaras de una manera evidente que no ha habido
mancha en tu conducta...
—¿Y cómo he de probar eso? Mi única prueba es decirte: soy inocente. Si
esta no te basta...
—No, no me basta; ¿qué quieres? Somos hombres, y como hombres
dudamos, Sola. Para yo sostener mi promesa, es preciso que de un modo
irrecusable, positivo, me convenza de tu inocencia.
—Es que yo —dijo Soledad con firmeza—, aunque te convenzas de mi
inocencia, no quiero ya casarme contigo...
—¡No! —exclamó Anatolio abriendo toda su boca—. Luego tú tramabas
alguna traicioncilla contra mí, en vida de tu padre... ¿Pues no te
conformaste...?
—Anatolio, yo te estimaba y te estimo mucho. No me pidas más
explicaciones.
—Veo que estoy haciendo un papel desairadísimo —dijo el primo
levantándose.
—Nada de eso... De cualquier manera que sea, espero que no me guardes
rencor.
—Yo no soy rencoroso. Si algún día me necesitas... Puede que me
necesites... Pienso dejar el servicio y marcharme a Asturias. No más
armas. Digo que si me necesitas..., estaré siempre a tu disposición.
—Adiós, primo.
—Que lo pases bien.
Anatolio, en su tosca naturaleza, no podía disimular que se hallaba
vivamente contrariado, y que sus sentimientos acababan de sufrir un
golpe bastante rudo, conmoviéndose en lo que era capaz de conmoverse
aquel humano castillo, que si no era de piedra, poco le faltaba.
Saludó con dignidad a su prima.
—Adiós, Anatolio —le dijo esta—. Sabes que te quiero bien.
Gordón repitió sus reverencias; pero no pudo añadir una palabra más.
Hasta que le vio atravesar la huerta para salir, Solita no consideró
cuán grande era la semejanza de su primo en aquel día con un joven
sacerdote vestido de seglar.