Dos días después, el 9 de julio, Salvador, cumplidos los últimos
deberes con el desgraciado don Urbano, llevose a Solita a su casa.
Desde aquel día, su hermana era más hermana, y debía quererla y
protegerla más.
—Ahora —le dijo cuando entraron ambos en un coche de plaza—, no te
faltará nada. Vivirás en mi casa tranquilamente con mi madre hasta
que se presente tu primo, que casi es ya tu marido. Seguramente ha
salido con los guardias que huyen, y si no viene en seguida, tendremos
noticias de él.
—¿Han huido muy lejos? —preguntó Soledad con tristeza.
—Muy lejos. Han muerto pocos, por más que digan para abultar la
importancia de las refriegas de anteayer. Creo que puedes estar
tranquila. He oído los nombres de casi todos los que han parecido, y
nada se dice de tu futuro esposo.
—No lo es todavía —dijo Soledad dando un suspiro.
—Pero lo será. Al fin llegará tu hora de felicidad. ¡Por Dios, que la
has ganado bien! Aunque deseo, hermana querida, que Anatolio venga y te
recoja y se case contigo, me agradaría que estuvieras algunos días en
mi casa con mi madre, que tanto te quiere.
—¿Y si mi primo no parece? ¿Y si ha muerto? —preguntó la huérfana
mirando a su hermano.
—No pienses eso... Pero en caso de que pasara tal desgracia, vivirás
con nosotros como si fueras de la familia. No te faltará nada;
descuida. Apuesto a que tú misma llegarás a creer que has nacido en
mi casa. Y no seas tonta: tampoco te faltará a su tiempo una buena
posición. Tienes mucho mérito, y no es dudoso que encontraríamos un
hombre honrado con quien casarte.
Soledad, al oír esto, no hizo más preguntas, y miró con ojos
aparentemente distraídos a la gente que al paso tardo del coche se veía
por ambas portezuelas.
Salvador había trasladado a su madre a una casa que el duque del Parque
poseía en el Prado Viejo, y cuyas largas tapias ocupaban parte de la
vasta manzana comprendida entre las calles del Gobernador y de Atocha.
Era, más que palacio, un conjunto de edificios de distinta edad y
construcción, unidos por dentro, y en los cuales la parte habitable era
muy pequeña, si bien embellecida y alegrada por una frondosa huerta,
algunos de cuyos pinos corpulentos viven todavía, y parece que saludan
a sus honrados vecinos, los del Botánico. Allí condujo Monsalud a
Solita.
—Al fin —dijo cuando entraban en el ancho patio— me encuentro en un
sitio donde podré olvidar el ruido de los tiros de fusil y de cañón.
¡Qué silencio! ¡Qué hermosos pinos! Allí hay un establo. Aquí veo dos
ovejas atadas, junto a la hierba... Vamos, ¿también palomas?... ¡Qué
precioso es este emparrado! ¡Y cómo está de uvas!... Por allí hay otra
puerta, y más arriba la noria. Pues no estará poco cansado ese pobre
animal dando vueltas todo el día... Y no faltan melocotoneros; vaya,
que tendrán mucha fruta... ¡Qué perro tan bonito!... ¿Sabes que desde
aquí se ve mucho cielo, pero muchísimo?... ¿Y eso que está delante es
el Jardín Botánico? Buena finca.
De esta manera expresaba el placentero alivio de su alma, transportada
a mansión tan encantadora; pero el recuerdo del pobre viejo, y el
considerar lo mucho que a este hubiera gustado vivir allí, la arrojaban
de nuevo en las negras honduras de su aflicción. Doña Fermina salió a
recibirla, y el día pasó tranquilo, aunque muy triste.
Salvador salió, deseando averiguar la suerte del perdido novio de
su amiga; pero esto era cosa harto difícil. Los ocultos en Madrid
no saldrían fácilmente de sus madrigueras, y los dispersos estaban
demasiado lejos. Se supo, sí, que la caballería de Almansa y la Milicia
habían cogido muchos prisioneros en los alrededores de Madrid; que
Palarea, persiguiéndoles con ochenta caballos, había echado el guante
a trescientos cincuenta y seis; que Copóns había hecho también buena
presa y matado a algunos. En los días sucesivos se tuvo noticia de los
detenidos en Húmera y en El Escorial, y de los que fueron a dar con sus
fatigados cuerpos en Tarancón y Ocaña; pero ni entre los prisioneros ni
entre los muertos se tuvo noticia de ningún Anatolio Gordón.
—Esta falta de noticias —dijo Monsalud a Soledad, algunos días después
del 9— me hace creer que vive. Debe ser de los que están escondidos en
los pueblos, o de los que han ido a unirse a las facciones del norte.
—¿En ese caso no podrá volver a Madrid? —preguntó la huérfana con
viveza.
—Sí, podrá volver dentro de poco. Aquí se perdona pronto, y todo se
olvida. No te apures.
Soledad no demostraba en verdad grande apuro porque su primo volviese;
pero interesada por la vida del excelente joven, dijo así:
—El pobrecillo es tan bueno, que Dios no le habrá dejado morir. Por
Dios, hermano, no te descuides en averiguar si vive, y si en caso de
vivir necesita algún socorro.
Continuando sus diligencias, Salvador fue una mañana a la
Casa-Panadería, donde su buen amigo don Primitivo Cordero había
formado, con no menos trabajo que fruición, listas de los guardias
prisioneros y heridos que se iban recogiendo.
—¿Don Anatolio Gordón? —dijo el patriota mirando al techo—. Ese nombre
no me es desconocido. Me suena, me suena... Siéntese el amigo Monsalud,
mientras hago memoria y registro estos apuntes... Pues no hay nada: sin
duda confundo ese nombre con otros. ¿Era alférez?
—Alférez de guardias en el tercer batallón.
—Los del tercero están casi todos muy lejos de aquí. Veremos si mañana
se sabe algo. ¿Qué le pareció, amiguito, nuestro famoso _Te Deum_ en la
Plaza? ¿Hase visto fiesta más solemne en lo que va de siglo?
—En verdad que estuvo magnífica..., pero si me hiciera usted el favor
de preguntar a los dos ayudantes de Palarea que están arriba... Ellos
quizás sepan...
—¿El paradero de su amigo de usted?
—De Gordón.
—¡Oh!, descuide; yo lo averiguaré. Esta tarde tengo que ir al
Ayuntamiento; después al ministerio de la Guerra. Quizás allí lo sepan.
—En el ministerio de la Guerra no saben nada. La Milicia, que es quien
ha hecho las visitas domiciliarias, lo sabrá seguramente.
—Ahora me informaré... Pues mire usted, amigo Monsalud, pensamos
celebrar otra fiesta mucho más solemne, mucho más grande, mucho más
imponente que el _Te Deum_ de la Plaza Mayor. Se hablará de esa fiesta
mientras haya lenguas en el mundo.
—¡Oh! Sin duda será soberbia esa solemnidad. Pero...
—Figúrese usted... —añadió asiendo las solapas de la levita de su
amigo— que se trata de un banquete.
—¡Ah!, ya..., eso podrá ser magnífico, señor Cordero, pero no es nuevo.
—Un banquete en celebración del triunfo del pueblo sensato sobre el
absolutismo. Habrá nueve mil cubiertos para otras tantas bocas. ¿Qué
tal?
—Es un mediano número de bocas, mayormente si todas tienen buen apetito.
—Me han nombrado de la Comisión —dijo Cordero echando hacia atrás el
morrión en la redonda cabeza—, y he propuesto, después de estudiar
detenidamente el asunto: 1.º, que el banquete no sea comida, sino
almuerzo; 2.º, que se celebre en el espacioso Salón del Prado; 3.º,
que se pongan dos mil ciento diez varas de mesa, porque, según mis
cálculos, es imposible que los nueve mil cubiertos quepan en espacio
menor. ¿No lo cree usted así?
—Si usted ha hecho los cálculos, ¿a qué he de quebrarme yo la cabeza?
—Dos mil ciento y diez varas de mesa, que se construirían en trozos
formando setecientas cincuenta mesas de a doce cubiertos; 4.º, que el
almuerzo sea frugal, porque no nos reunimos para sacar el vientre de
mal año, sino para fraternizar y hacer memoria de nuestro gran triunfo;
5.º, que cada convidado pagará treinta reales adelantados, cuyo recibo
servirá de papeleta para...
—Si usted tuviera la bondad de informarse... —dijo Salvador con
impaciencia, interrumpiéndole—. ¡Es para mí tan urgente averiguar algo
de ese joven!...
—¡Cosa sencillísima!... ¡Ah!, si pudiera yo entrar en la Jefatura
Política, como en tiempo de San Martín... Ya sabe usted que ha huido
el pobre señor _Tintín_, porque los exaltados parece que trataban de
asesinarle. Esta peste de patriotas matones perderán la libertad en
España. ¿No cree usted lo mismo?... Pero si en la Jefatura Política no
puedo hacer nada... Veremos los partes de las visitas domiciliarias.
—Es lo mejor.
—A ver —gritó don Primitivo llamando a un ordenanza—. ¿Está el señor
Calleja?
—¿Es el barbero de la Carrera de San Jerónimo? —preguntó Salvador.
—El mismo..., pero ahora recuerdo... ¡Qué cabeza la mía! Ya se ve: con
tantas cosas en que pensar...
—¿Qué?
—Calleja ya no viene por aquí. El nuevo ministerio le ha dado un puesto
en Gobernación. ¿Le parece a usted bien cómo empieza el ministerio
exaltado? ¡Ah! señor San Miguel, señor San Miguel, usted acabará de
perder el sistema.
—Es una lástima que el señor Calleja... ¿Conque está en Gobernación?
Ahora sabremos quién es Calleja. Aquí no faltará quien me dé noticias.
—¿Por qué no sube usted? Se me figura que aún estará arriba mi tío.
—¿El señor don Benigno? ¡Qué hallazgo! —dijo Monsalud con alegría
corriendo a la escalera.
Sumamente disgustado de su conferencia con Cordero menor, buscaba
a toda prisa quien con más diligencia y buena voluntad le diese
los informes apetecidos. Halló efectivamente en el piso alto a don
Benigno Cordero, medianamente lleno de vendas y parches a causa de
sus gloriosísimas heridas; pero siempre afable y sonriente, como
hombre a quien no perturban achaques ni deterioros del miserable
cuerpo. Despachaba con otros jefes de la Milicia asuntos propios de
la Institución, y entre párrafo y párrafo sobre los asuntos del día,
trazaba con segura y gallarda letra algunos renglones en papel de
oficio.
—Bien venido, amigo mío —dijo dando la mano al visitante.
Salvador le preguntó con mucho interés por su salud, por el estado de
sus heridas y verdadera importancia de cada una de ellas.
—Esto no es nada, caballero Monsalud —dijo don Benigno poniéndose las
gafas a la altura que les correspondía—. No merece la pena de preguntar
por ello. ¿Y usted? Ya, ya sé lo que le trae aquí. Ayer me lo dijeron:
busca usted a un alférez de guardias que se ha evaporado.
—Efectivamente —repuso el joven, gozoso de ver que el señor comandante
se adelantaba a sus investigaciones—, creo que si aquí no me dan
noticias...
—Descuide usted..., pero da la maldita casualidad de que el gobierno ha
pedido ayer todos los datos. Sin embargo, se conservan algunos apuntes
de las visitas domiciliarias.
—Veámoslos, si le parece a usted.
—Por cierto —dijo don Benigno—, que no comprendo este afán del gobierno
de meterse en todo. ¡Ah, señores exaltados, ahora queremos ver qué tal
lo hacéis! Una cosa es gritar en las logias o en los clubs, y otra cosa
es gobernar en las poltronas.
—Tiene usted razón. ¿De modo que...?
—Vamos, dígame usted su parecer: ¿qué piensa usted de este gobierno?
—preguntó don Benigno arrellanándose en el sillón, y rascándose la
oreja con la pluma.
—Yo no he tenido tiempo aún de pensar en el ministerio. Será como
todos: será bueno si le dejan gobernar. ¿No cree usted lo mismo?
—Y yo digo que esta es la ocasión de que veamos si se cumple lo
prometido. Temo mucho que esos señores hagan alguna barbaridad, porque
todos ellos son gente inexperta y ligera de cascos. Tenemos de ministro
de Estado a un literato, y esto..., francamente.
—¡San Miguel literato!
—¿No compuso la letra del himno de Riego?... Francamente, desconfío de
los poetas. Tenemos de ministro de la Guerra a López Baños, que ayer
era capitán, y de ministro de Marina al célebre Capaz, que se dejó
tomar los barcos con cargas de caballería. Tenemos en Ultramar a un
señor Vadillo, comerciante de ultramarinos en Cádiz, y de Hacienda a un
tal Egea... Y yo pregunto: ¿quién es Egea?
—Eso mismo digo yo: ¿quién es Egea?
—Si al menos estos señores, a falta de grandes dotes, tuvieran
templanza...
—Es claro, si tuvieran templanza... Pero no se olvide usted, mi querido
don Benigno, de averiguar...
—¡Ah! ¿Ese joven alférez? Es muy fácil... Ya sabe usted que Su Majestad
ha desterrado a toda la cuadrilla de palaciegos que le tenían engañado
y _seducido_.
—Así parece; mas...
—El marqués de Castelar ha sido desterrado a Cartagena, el de
Casa-Sarriá a Valencia, y los duques de Montemar y Castro Terreño no
sé a dónde... Esos tienen la culpa de todo, esos, esos... cuatro o
cinco aristócratas inflados, que beberían la sangre del pueblo si les
dejaran. Metan en un puño a media docena de hombres pérfidos, y verán
cómo se arregla todo y echa raíces el sistema por los siglos de los
siglos.
—Seguramente... Si usted me lo permite...
—Porque Su Majestad —prosiguió Cordero, encariñado con su idea como un
niño con un juguete— no es malo. Yo creo que dijo con buena fe aquello
de _marchemos, y yo el primero_, pero ya se ve..., ¡hay tanto pillo,
tanto servilón empedernido! Yo no sé por qué esos hombres no han de
amar la libertad, una cosa tan clara, tan patente, tan obvia. ¡Ah! Si
todos fueran razonables templados, tolerantes, esto sería una balsa de
aceite: ¿no es verdad?
—Lo sería, sí señor. ¡Qué lástima que no lo sea! Me retiro, señor don
Benigno: tengo mucho que hacer...
—¿Sin llevar las noticias que desea? Aguarde usted, por Dios —dijo
don Benigno deteniéndole—. Es cuestión de un momento. ¿Ese joven era
alférez? ¿Fue de los que huyeron o de los que se escondieron en las
embajadas y en las casas?
—Eso es lo que trato de averiguar.
—Muy bien. ¿Sabe usted si se batió bien? ¡Qué lástima de muchachos!
Perderse por una causa tan mala. Dicen que Su Majestad les incitaba
a degollarnos. Yo no lo creo. No hay quien me quite de la cabeza que
Fernando no es malo, no señor; que desea nuestro bien, que no es
enemigo del sistema... Pero ya se ve: con la multitud de pillos que
le rodean... Sé que ha lamentado los sucesos del día 7. Usted tendrá
noticia de su famosa entrevista con el general Riego.
—¿De mi entrevista con el general Riego? —dijo Monsalud, abrumado por
la pesadez del señor comandante.
—Hombre, no; de la entrevista de Su Majestad con el general don Rafael
del Riego.
—Algo he oído, sí; pero..., si usted me hiciera el favor...
—Pues el mismo general me lo ha contado anoche. Es verdaderamente
patético el caso. El rey le llamó, y delante de todo el Cuerpo
diplomático le dio un abrazo apretadísimo, diciéndole que le apreciaba
mucho.
—Por muchos años.
—Si llego a estar presente, de fijo se me saltan las lágrimas —añadió
Cordero—. He aquí una reconciliación en que yo vengo pensando hace
tiempo, sí señor; y si fuera sincera y durara mucho, ¿quién duda que
los pérfidos serían aniquilados y confundidos? Su Majestad mismo se
lo manifestó así al general: _En mi corazón_, le dijo, _no tendrán ya
entrada los consejos de hombres pérfidos_. Si es mi tema. Los pérfidos,
los pérfidos tienen la culpa de todo. Tres o cuatro pillos ambiciosos...
—¡Todo sea por Dios!...
—Le digo a usted que Riego salió de Palacio entusiasmado, pero muy
entusiasmado. Había que oírle. Su Majestad se le quejó de los insultos,
del _trágala_... Es natural. Siempre me ha parecido una vileza
mortificar al soberano con groserías. Riego piensa lo mismo. Ya sabe
usted que ayer, cuando formamos en la Plaza, el general nos arengó,
después de haber regalado aquí mismo una medalla al excelentísimo
Ayuntamiento. Pues nos dijo muy bellas cosas, ¡vaya!... Nos dijo que
deseaba no se cantase más el _trágala_, y que habiendo empeñado su
palabra en nombre de todos, rogaba al pueblo que no la quebrantase por
su parte. Ese, ese es el camino. También suplicó que no se le vitorease
más, porque su nombre se había convertido en grito de alarma.
—Buenas tardes —dijo Monsalud levantándose, resuelto a evitar con una
retirada brusca el bombardeo de palabras del digno comandante de la
Milicia.
—¡Tan pronto!... Pero me parece que usted venía a saber algo... No
recuerdo ya.
Salvador no pudo contener la risa y repitió las preguntas.
—Gordón, Gordón... —dijo don Benigno acariciándose la boca—. ¡Ah!...
¿Por qué no me lo dijo usted antes?... Ya sé, ya sé dónde está ese
joven. Dispense usted, amigo. Tiene uno la cabeza a pájaros.
—¿Vive? ¿En dónde está?
—Si no me engaño, anoche he oído hablar de ese joven a don Patricio
Sarmiento.
—Malo, malo.
—No, no se apure usted. Tengo entendido que fue Pujitos quien le
encontró en cierta casa... Creo que en la calle de las Veneras. Parece
que estaba herido.
—Gracias a Dios. Algo es algo. Corramos allá.
Sin esperar a más, y temiendo que un solo minuto de detención diera
alientos a don Benigno para engolfarse en nuevo piélago de comentarios
y observaciones políticas, apretole la mano que tenía libre de vendajes
y salió a toda prisa, decidido a poner entre su persona y los Corderos
toda la distancia posible, siempre que tuviese que hacer averiguaciones
en el vasto campo de la Milicia.