Serían las diez cuando sonaron golpes en la puerta de la casa,
semejantes a los que turbaron su reposo una noche del mes de febrero
de 1821. Monsalud, separándose de Soledad, a quien había colocado en
las habitaciones de Naranjo, salió a abrir. En el marco de la puerta,
a la luz de una linterna que ellos mismos traían, destacáronse varios
hombres que terminaban por lo alto en morriones y bayonetas. Al frente
de ellos venía don Patricio Sarmiento, desplegando en toda su longitud
el escueto cuerpo, y radiante de orgullo.
—Con permiso —dijo entrando.— ¡Ah!, está aquí el señor don Salvador.
¿Es que se nos anticipa para sorprender a la pillería?
—¿Qué buscan ustedes aquí? —preguntó Monsalud de muy mal talante.
Sarmiento sacó un papel, y acercando la linterna leyó:
«El excelentísimo Ayuntamiento... etc... Hace saber: Que muchos
guardias han quedado ocultos en las casas, o quizás estos miserables
han hallado un asilo compasivo en la generosidad de los mismos a
quienes venían a asesinar...» En resumidas cuentas, señor Monsalud, ya
conoce usted el bando de hoy. Muchos _esclavos_ se han escondido en las
casas, y nosotros venimos a ver si está aquí el alférez de guardias
don Anatolio Gordón... En cuanto al señor Naranjo y al señor Gil,
también tenemos orden de llevárnoslos, chilindrón, porque hoy concluye
el imperio de la canalla, y ya se puede decir a boca llena, para que
tiemble el infierno: ¡_Viva la Constitución_!
Don Patricio lo dijo con toda la fuerza de sus pulmones, y repitiéronlo
del mismo modo sus compañeros.
—Silencio, animales —dijo Salvador—. Hay un muerto en la casa.
—Sí, sí —gruñó Sarmiento con la risa estúpida del hombre ebrio—. Tal es
su sistema. El despotismo conspira para asesinarnos; pero cuando se ve
cogido y vencido, se hace el muerto. Lo mismo pasa allá.
—¿En dónde?
—En la casa grande. ¿Conque un muerto?
—Sí. El señor Gil de la Cuadra ha fallecido.
—¿Y Naranjo? —preguntó Sarmiento con vivísimo interés—. ¿Ha espichado
también?
—Ha huido.
—A mí con esas... Registraremos la casa. Si tropezáramos con don Víctor
Sáez o con otro pajarraco gordo, ¡qué gloria, muchachos, qué gloria
para nosotros!
Pero sus pesquisas no les dieron la satisfacción de prender a nadie, y
cuando el bravo don Patricio salía, iba diciendo:
—Bien muerto está, ¡por vida de la chilindraina! A fe que no se ha
perdido nada... Vámonos de aquí, que esto da tristeza, y hoy es día de
felicidad... ¡_Viva la..._!
Salvador le tapó la boca, y empujándole violentamente, le echó fuera de
la casa. Los demás habían salido antes.