En la Amargura, los granaderos y los cazadores de la Milicia rechazaban
con igual bravura a los _esclavos_, y en el callejón del Infierno,
sitio de encarnizada pelea, un hombre formidable, una encarnación del
dios Marte con morrión, hundía su bayoneta en el pecho de un faccioso,
gritando con voz de cañonazo:
—¡Por vida de los cien mil pares de gruesas de chilindrones!... ¡Perro,
canalla, jenízaro! ¡Suelta la vida aquí mismo..., suéltala!...
Ciego de ira, don Patricio, el pacífico preceptor, transformado en
bestial sicario por el fuego político que inflamaba su alma, apretaba
los dientes, abría los ojos como un estrangulado, y su proterva lengua
blasfemaba. El entusiasmo hacía de don Benigno Cordero un héroe;
el fanatismo hacía de Sarmiento un soldadote estúpido. Tan ciego
estaba, que cuando sus compañeros corrieron por el callejón abajo,
arrastrándole, siguió haciendo un uso lamentable de la bayoneta, y
después de pinchar con ella a un miliciano, la clavó en la pared,
diciendo:
—¡Y tú también..., tú!
En tanto, los guardias corrían en retirada hacia la Puerta del Sol,
a unirse con la segunda columna. El general Ballesteros, que en aquel
instante llegaba del Parque a hacerse cargo del mando de la Plaza
Mayor, puso en Platerías las dos piezas que había traído y ametralló
a los fugitivos, disponiendo que Palarea los atacase por la calle de
Carretas. Pero los guardias se desconcertaron de tal modo en la Puerta
del Sol, que no fue preciso desplegar gran estrategia para obligarles a
una completa fuga.
Unos intentaron subir la calle de la Montera; pero de los balcones
les arrojaron, a falta de balas, toda clase de cachivaches y hasta
los morteros de las cocinas. No pocos se pasaron a las filas leales,
y la mayor parte emprendieron su retirada por la calle del Arenal,
donde tuvieron que tirotearse con la compañía de granaderos milicianos
apostada en San Ginés y en las inmediatas calles de las Hileras y
las Fuentes. Fracaso más vergonzoso no se ha visto desde que hay
pronunciamientos en España. Nada faltó a los sediciosos para su total
aniquilamiento y deshonra: los milicianos se permitieron hasta la
inaudita osadía de hacerles prisioneros, copando algunas docenas de
hombres en la plazuela de los Caños.
Entre los vencedores no se oía más que una voz:
—¡A Palacio, a Palacio!
Faltaba lo mejor de la fiesta, porque dos batallones de guardias
permanecían intactos en el alcázar, y los derrotados de la Plaza
Mayor iban en aquella dirección. En Palacio estaba el rey, acusado
de dirigir desde su gabinete toda la maniobra sediciosa, asistido de
los pérfidos consejeros a quienes _El Zurriago_ llamaba _Infantón,
Casarrick_ y el general _Castañuelas_ (Castro-Terreño). En Palacio
se hallaban también los ministros en la más triste y ridícula de las
situaciones imaginables, prisioneros, sin prestigio ante la Milicia
ni ante el despotismo; estaba asimismo San Martín, que, según dicen,
lloraba, deplorando la reclusión en que se le tenía; estaban los
cortesanos todos y las damas del 30 de junio, pero no rebosando
alegría, sino con el corazón oprimido por la incertidumbre; que toda
aquella gente menuda, tan emprendedora para conspirar, temblaba al oír
los tiros, como los niños cuando oyen truenos.
Cuando los milicianos de la Plaza Mayor se convencieron de que
habían triunfado, pues en los primeros momentos no lo creían, se
entusiasmaron hasta el frenesí: los _vivas_ a la Constitución, a
Riego, a Ballesteros, a las libertades todas y a todos los pueblos
soberanos, sonaban sin interrupción, repetidos por la muchedumbre en
inmenso alarido. De las vecinas casas salía en tropel, a borbotones,
el hirviente vecindario, loco también de alegría, y todo el mundo
se felicitaba, todo el mundo se abrazaba. Las patriotas, que eran
género abundante en la calle Mayor, salían cargadas de confituras,
vino, pasteles y cantidad de regalitos para obsequiar a los héroes.
¡Interesante apoteosis popular, que a los bravos soldados nacionales
gustaba más que el pasar bajo soberbios arcos de triunfo, para recibir
como único premio un laurel de trapo o la sonrisa de un rey satisfecho!
Milicianos y pueblo, o mejor dicho, guerreros y gente inerme, llenaban
la vía pública, y todos chillaban, hombres, mujeres, chicos. No se
podía dar un paso. Al sediento se le daba agua o vino, comida al que
tenía hambre, y los heridos eran entrados en las casas. Los tres
milicianos muertos en la Plaza tenían en derredor lastimoso coro de
llantos e imprecaciones contra el despotismo. Cuarenta habían sido los
heridos, entre ellos no pocos de bastante gravedad.
En cambio, los guardias dejaron catorce muertos en las calles. De sus
heridos no se tenía noticia.
Cuando se inició el movimiento hacia la plaza de Palacio, hubo gran
confusión. Querían los jefes que se retirase el paisanaje; pero el
mar y el gentío no suelen obedecer al que les manda quitarse de en
medio. Allí era de ver la actividad, la diligencia afanosa con que don
Primitivo Cordero quería abrir paso a una parte de su batallón.
—Señoras —dijo a unas buenas mujeres que en grupo inmóvil como una
roca obstruía, con otras masas de hombres y chiquillos, la entrada de
la calle de Milaneses—, hagan el favor de retirarse. Todavía no ha
concluido esto... Atrás, atrás..., a un lado todo el mundo.
Obediente en lo posible, la femenil pandilla se apretó contra sí misma,
diciendo con parlero trinar de pájaros alborotados:
—¡Viva la Milicia nacional!
Un patriota exclamó:
—¡Viva don Primitivo Cordero!
—Gracias, gracias, mil gracias —dijo galantemente el héroe saludando a
un lado y otro—. Pero apartarse, apartarse, señoras.
El sobrino de don Benigno pasó; pero un nuevo grupo le detuvo.
—¿Qué hay aquí? —preguntó observando que varias personas levantaban del
suelo a una mujer.
—Nada —respondió un viejo—. Esta señora se ha desmayado.
La desmayada, puesta al fin en pie, abrió los ojos, miró a todos lados
con estupor, apartándose con las manos el cabello que sobra la frente
le caía. Pálida y temblorosa decía.
—¿El batallón Sagrado?...
Don Primitivo seguía abriéndose paso. La multitud cambió de postura
y moviose toda la gente de una parte a otra. Entonces la desmayada
desapareció.
* * * * *
Hacia la plaza de Oriente marchaban el ilustre Ballesteros, Riego,
el general Copóns, antiguo jefe político y hombre muy exaltado; el
diputado Grases, ayudante de Ballesteros; el conde de Oñate, grande
de España de primera clase que tenía a mucha honra vestir el uniforme
da la Milicia; el duque del Parque, el exguardia de Corps don José
Trabeso y todas las celebridades de aquel día, excepto Morillo, que
seguía en el Parque; Álava, que estaba en la plazuela de Santo Domingo,
y el patriota don Vicente Bertrán de Lis, que al frente de su partida
guerreaba en las Vistillas de San Francisco.
Durante la marcha hacia Palacio oíanse tiros. Avivaron el paso los
milicianos. Los caballos de los jefes descollaban sobre la apiñada
multitud, como si nadaran en un mar de cabezas. No era posible asegurar
si la principal parte de la tormenta de aquel día había pasado ya,
o si aún faltaba, porque el nudo de Palacio no se había roto ni
desatado: allí había dos batallones de rebeldes, en San Gil estaba el
cuartel general de los leales, y las Caballerizas eran ocupadas por
los guardias fieles a la Constitución. Inmensa curiosidad devoraba al
pueblo de Madrid. ¿Qué haría el rey? ¿Defenderíanse los dos batallones
hasta el último extremo? ¿Capitularían? ¿Invadirían los milicianos el
Palacio?
Crecía la agitación sin que disminuyera el entusiasmo. Las calles de
Milaneses, Santiago y Cruzada hervían, y el impaciente ciudadano,
ansioso de conocer las resultas de una contienda de que dependía su
destino, pugnaba por acercarse todo lo posible. Aglomerándose la gente
sin miedo al peligro, en aquel enorme tumulto de voces y gritos apenas
se oía la débil voz que preguntaba:
—¿El batallón Sagrado?...