Tiempo es ya de encontrar al batallón Sagrado. Se formó en los primeros
días del mes con oficiales de reemplazo y paisanos entusiastas que no
pertenecían a la Milicia, y su jefe era San Miguel. En la madrugada del
7 estaba en la plazuela de Santo Domingo, y una avanzada suya fue la
que rompió el fuego contra los guardias en la calle de la Luna. Cuando
se formalizó el conflicto, al mismo tiempo que acudía Ballesteros
a la Plaza Mayor, presentose en la plazuela de Santo Domingo el
general Álava, y a poco rato llegaron dos compañías del regimiento
de infantería de Fernando VII, un escuadrón de Almansa y una pieza
de artillería. Pero durante los imponentes ataques de Boteros y la
Amargura, nada ocurrió allí digno de mención. El batallón Sagrado y
las demás fuerzas mandadas por Álava, entraron en acción resuelta al
iniciarse la retirada de los facciosos por la calle del Arenal hacia
Palacio. Los leales les hicieron fuego por todas las calles que afluían
a la plaza de Oriente, mientras los guardias de Palacio, para proteger
la retirada de los suyos, avanzaron hasta los altos de la calle del
Viento, desde donde favorablemente podían hacer mucho daño al paisanaje.
Este avanzó con resolución, recibiendo tiros por todas partes,
siendo los más certeros los que venían de las ventanas bajas del
regio alcázar. Ruines lacayos y gente cobarde, de esa que se cría en
lo más bajo de los palacios, ayudaba a defender el último baluarte
del despotismo. Sin embargo, cuando avanzaron los patriotas, lograron
desalojar de los altos de la Plaza al destacamento de rebeldes,
las ventanas bajas se cerraron como las altas, y desde entonces la
procesión anduvo por dentro. Viéronse pañuelos blancos agitados en los
grupos de rebeldes que se reconcentraban en la plaza de la Armería o en
la puerta del Príncipe, y cesó el fuego.
Un parlamentario apareció gritando en nombre del rey: _Que cesen los
fuegos, y que vaya a Palacio el general Morillo, pues peligra la vida
de Su Majestad_.
Entonces fue cuando Ballesteros dio la famosa contestación: _Diga usted
al Rey que haga rendir las armas inmediatamente a los facciosos que le
cercan, pues de lo contrario las bayonetas de los libres penetrarán
persiguiéndoles hasta su real cámara_.
Hasta aquel instante todo se había llevado con acierto. Los milicianos
habían hecho proezas; los generales se habían portado con dignidad y
bizarría; el pueblo victorioso, mas no embrutecido por la matanza ni
ebrio de sangre, se había detenido con respeto, quizás excesivo, ante
la puerta sagrada del Palacio de sus reyes, obedeciendo a una sola
palabra de este; los soberbios guardias, insolentes como el absolutismo
que defendían, sin respeto a nada ni a nadie, mordían el polvo,
sojuzgados por el espíritu liberal y la conciencia pública, de quien
fueron instrumento propicio las armas ciudadanas.
Todo fue bien hasta aquel instante; pero en el mismo punto, la cuestión
que ya podemos llamar del 7 de julio empezó a tomar antipático sesgo.
Comenzaron los tratos para la capitulación; constituyose en la
Casa-Panadería, una Junta de hombres débiles, que no supieron tomar
resolución alguna de provecho en el momento del peligro, y que ahora
querían nada menos que declarar la incapacidad moral del rey. Palacio
envió ante la Junta sus más sagaces agentes, y discutiose si debían los
guardias rendir las armas, cuando tan fácil era quitárselas.
No es decible lo que se movió aquella gente desde Palacio a la
Casa-Panadería, y qué número de cortesanos y oficiales entraron en
danza, trayendo y llevando recados. Por último, la diplomacia dijo su
última palabra, y se estipuló que los cuatro batallones que habían
invadido la capital se rendirían a discreción; pero que los otros dos
las conservarían, saliendo de la Corte para Vicálvaro y Leganés. En uno
de aquellos dos estaban los asesinos de Landáburu.
Extendida la noticia de este convenio entre los patriotas, la mayor
parte se dieron por satisfechos, y el pueblo en general llenose de
alegría viendo asegurada la paz, sometida la rebelión y atajada la
sangre, que había empezado a correr en abundancia. En las largas horas
que pasaron desde que se suspendieron las hostilidades hasta que se
supo el resultado de las negociaciones, toda la gente armada, pueblo y
tropa, ocupó sus puestos, atenta a los movimientos de los acorralados
guardias, y cada vez se estrechaba y fortificaba más el círculo en
que estaban metidos. En la plaza de Oriente, el batallón Sagrado y el
regimiento del Infante don Carlos cortaban la comunicación con toda la
parte de los Caños y la Encarnación. En los Consejos y en las calles
del Factor y la Cruzada, los tres batallones de la Plaza Mayor con
algunas piezas, presentaban un baluarte infranqueable al enemigo.
La suspensión de hostilidades no podía ser más alegre. El pueblo, no
pudiendo mezclarse con la Milicia y tropa, rigurosamente formada, se
acercaba a ellas lo más posible, y con las últimas filas se juntaban
apretadas falanges de mujeres, ancianos y gente de todas clases, que,
no contentos con estar tan cerca, asomaban el hocico por encima de
los hombros y por entre las bayonetas de los soldados. Todos pedían
noticia, todos querían saber hasta los menores detalles de los
desaforados combates de aquel día; preguntaban estos por el hermano
o por el padre, y algunos, viéndole desde lejos en apartada fila,
saludábanles con pañuelos. El pueblo llamaba a los suyos, pronunciando
los más cariñosos nombres, y desde las compañías respondían voces
festivas con la alegría de la salud y del triunfo.
Pero también molestaba en algunas partes la muchedumbre curiosa. En el
batallón Sagrado, un individuo empujó hacia atrás un racimo de mujeres
que parecían querer subir sobre sus hombros. En el mismo instante se
sintió fuertemente asido del brazo; oyó una voz. ¡Oh sorpresa de las
sorpresas!
—¡Solita, tú aquí!... ¿Pero eres tú?... —exclamó con júbilo, apartando
a otras personas para que la joven estuviera cómodamente a su lado.
—Desde la madrugada te estoy buscando, hermano. ¡Gracias a Dios que al
fin ha querido que te encuentre! —dijo Soledad con inmensa alegría.
Sonriendo de placer, la demacración y palidez de su rostro se disipaban
por un instante como las oscuridades de un cielo que de súbito
ilumina el sol. Mas eran demasiado grandes el desorden de su persona
y la alteración de su semblante, por el cual habían pasado aquel día
más lágrimas que balas por el ámbito de la calle Mayor, para que un
pasajero regocijo los disipase.
—A ti te pasa algo: ¿qué tienes? —preguntó Monsalud, poniéndole la mano
izquierda en el hombro, mientras con la derecha sostenía el fusil.
—Me pasan cosas terribles... —repuso ella con angustioso acento—.
Buscándote estoy desde las dos de la madrugada... Mi padre se muere.
Salvador no contestó nada, realmente porque no sabía qué contestar.
—Se muere —añadió Sola—, y necesito de tu ayuda por muchos motivos y
para muchas cosas.
—¡Pobrecilla!... Esto se acabará pronto. Romperemos filas y estaré a
tus órdenes. Yo estoy aquí por complacer al duque, que se empeñó en que
viniera; pero esto no ha de durar mucho más.
—¿Pero no se ha concluido todavía?... ¡Qué fuego! ¡Cuántos tiros,
cuántas muertes! Me acordaré mientras viva, si vivo, de lo que he visto
hoy. Yo salí a buscarte, fui a la calle Mayor, y sin saber cómo me vi
cercada por todos lados. No podía salir de allí, ni volver a mi casa,
donde había dejado en la situación más triste a mi pobre padre... Pude
al fin guarecerme en un portal con otras mujeres durante el tiempo de
los muchos, de los muchísimos tiros. Después salí. Gritaban porque
habían triunfado..., perdí el conocimiento... Yo seguí buscándote, y al
fin supe que estabas aquí..., pero no pude verte. Volvieron a sonar los
tiros, y tuve que huir... Entonces fui a mi casa, he acompañado a mi
padre parte de la mañana, y después he salido otra vez en busca tuya,
porque necesito de ti, como ya te he dicho, por diferentes razones.
—Lo supongo. Pronto me tendrás a tu lado —dijo Salvador con lástima—.
¿Y qué sabes de Anatolio, le ha pasado algo?
—No sé nada. Desde el día 30 no hemos tenido noticias suyas.
—¡Qué desgracia!
—¿Y tú, estás herido? ¿Te ha pasado algo?
—Nada absolutamente. Esto ha sido un juego. Sin embargo, he disparado
algunos tiros.
—Yo he oído más de un millón, puedes creerlo, más de un millón... ¿Pero
no puedes salir de aquí todavía? ¿A tu madre no le ha pasado nada en
aquella casa tan próxima al fuego?
—Esta madrugada, en un momento que tuve libre, la saqué de allí,
llevándola a la casa que el duque del Parque tiene en el Prado Viejo.
—Yo había perdido la esperanza de encontrarte, de verte más —dijo
Soledad asiendo más fuertemente el brazo de su hermano, como si temiera
que se le escapara después de tantas fatigas por hallarle—. ¡Qué
momentos he pasado!... Mi padre moribundo..., temiendo a cada instante
que le vayan a prender...
—¡A prenderle otra vez!
—Sí, el señor Naranjo ha huido. ¡Qué desastres! Uno tras otro... Ya te
contaré con más calma.
—No temas nada, pobrecilla. No le prenderán; te respondo de ello.
—Tus palabras me consuelan. Parece que todo ha cambiado desde que te
he visto —dijo Soledad con emoción más viva—; parece que ya no son
tan grandes las calamidades de mi casa, y menos difícil encontrar un
remedio a todo, hasta a la enfermedad de mi padre.
—Para todo lo habrá —afirmó Monsalud con impaciencia—. Ahora falta que
esto se acabe pronto.
—¡Oh!, y si no se acaba, ¿no podrás dejar el fusil a un compañero,
diciéndole que vuelves pronto?
Salvador se echó a reír.
—No te impacientes. Está ya convenido que los guardias rindan las
armas, y de un momento a otro las han de entregar ahí junto, en la
plaza de la Armería. ¿Ves cómo se mueve la Milicia que está hacia el
arco? Pues es que va a presenciar el acto de la rendición.
No había concluido de decirlo, cuando se oyó el estruendo de una
descarga. ¡Extraordinaria alarma en el pueblo que llenaba la plaza! El
batallón Sagrado se estremeció todo de un punto a otro. Disponíanse las
fuerzas a un nuevo combate, cuando corrió esta voz:
—Los guardias han hecho una descarga a la Milicia que iba a presenciar
la rendición.
Y después esta otra:
—Se escapan por la escalera de piedra que baja al Campo del Moro.
Y luego no se oyó más que esto:
—¡Huyen, huyen a la desbandada!
—Se van —dijo con alegría Solita, viéndose obligada a separarse de su
amigo—. Mejor: así se acabará más pronto.
Inmediatamente oyéronse las voces de mando. Toda la gente armada
se puso en movimiento para perseguir a los fugitivos. Ballesteros
y Palarea bajaron por la calle de Segovia, Copóns por la Cuesta de
San Vicente con la caballería de Almansa. Morillo, con los guardias
leales y el regimiento del Infante don Carlos, marchó hacia Palacio,
con objeto sin duda de seguir a los fugitivos por donde mismo habían
salido. Todo cambió. Nuevas tropas invadieron la plaza de Oriente, y
Solita vio con desconsuelo que su hermano desaparecía en el inmenso y
alborotador mar de cabezas.
Después ocurrió un acontecimiento singular. Cuando Morillo pasaba
por delante de Palacio, un hombre se asomó a un balcón, y señalando
los grupos de guardias que allá abajo, entre la verdura del Parque,
azorados corrían, gritó con voz clara que se oyó claramente desde la
plaza:
—¡_A ellos, a ellos_!
Era _Tigrekán_.