Cuando el brigadier Palarea, aquel famoso guerrillero del año 8 (a
quien llamaban el _Médico_, porque curó gente por la ciencia antes
de matarla con la espada), supo que venían los _esclavos_, tomó sus
disposiciones en la Plaza Mayor, donde estaba con los milicianos. El
oficial de artillería que mandaba las piezas dormía en la Panadería, y
avisado del peligro, saltó por un balcón para llegar más pronto a su
puesto. Felizmente, todos estaban preparados, y no hubo más confusión
que la propia de tales casos. Los milicianos, a causa del entusiasmo
que les poseía, no perdieron la serenidad en aquella mañana; y si
alguno temblaba dentro de su uniforme, como parece creíble, esto no
pasó de la esfera individual, y la Institución se sostuvo firme y
tranquila. Por primera vez en su vida, aquello que parecía destinado
a ser pequeño, empezaba a ser grande. Hombres de costumbres pacíficas
y sin ideal guerrero de ninguna clase, iban a familiarizarse con el
heroísmo. Estos milagros los hace la fe del deber, la religión de las
creencias políticas cuando tienen pureza, honradez y profundas raíces
en el corazón.
Por la calle Mayor adelante avanzó la columna de guardias, tan
orgullosa como si fuese a una parada, al son de sus ruidosos tambores,
y dando vivas al rey absoluto. Era costumbre entre los guardias llamar
a los milicianos _soldaditos de papel_. Ya se acercaba el momento de
probarlo, y esgrimidas las armas de uno y otro bando, iban a chocar el
acero y el cartón. Nada más imponente que los rebeldes. Sus barbados
gastadores, cubiertos con el mandil de cuero blanco, parecían gigantes;
sus tambores eran un trueno continuado, su actitud marcial perfecta,
su orden para el ataque inmejorable, sus _vivas_ infundían miedo, sus
ojos echaban fuego.
La columna se detuvo y miró a la izquierda. Ya se sabe que la Plaza
Mayor tiene dos grandes bocas, por las cuales respira, comunicándose
con la calle del mismo nombre. Entre aquellas dos grandes bocas, que se
llamaban de Boteros y de la Amargura, había y hay un tercer conducto,
una especie de intestino, negro y oscuro: es el callejón del Infierno.
Por una de estas tres bocas, o por las tres a un tiempo, tenían los
guardias forzosamente que intentar la ocupación de la Plaza, de aquel
sagrado capitolio de la Milicia nacional, o alcázar del soberano pueblo
armado.
Cuando se acercaron hubo un momento de silencio profundo. Allá dentro,
a la primera luz del naciente, se veían brillar los cañones de los
fusiles preparados. ¡Ansiedad espantosa! Con el aliento suspendido se
contemplaron el guerrero y el ciudadano, el hierro y el papel. Oyéronse
algunos gritos, diéronse algunos pasos, y tempestad horrísona estalló
en el aire.
En el paso y arco de Boteros, en la calle de la Amargura, en el
callejón del Infierno, se trabó simultáneamente la pelea. Los guardias
atacaron con fatuidad, los milicianos defendieron con vigor, no sin
gritos patrióticos, que les inflamaban, recordándoles la noble idea por
que combatían. El cañón de Boteros y el de la Amargura tronaron a la
vez, y sus primeros disparos de metralla desconcertaron a los guardias.
No obstante, como eran gente aguerrida, rehiciéronse sin tardanza;
habían puesto a su cabeza a los granaderos de premio y a los gastadores
de luenga barba, algunos de los cuales eran veteranos de las guerras de
la Independencia y del Rosellón. Los milicianos tenían en su vanguardia
toda la gente menuda, los cazadores, la juventud entusiasta, los
menestralillos, los hijos de familia, los señoritos y los horteras.
Pero Dios, que siempre protege a los débiles, quiso en aquel crítico
día infundir en el alma de los pobres chicos una fuerza inaudita; y si
los guardias arremetían con vigor, las descargas cerradas de aquella
juventud impertérrita, que no veía el peligro ni hacía caso de la
muerte, detenían a los orgullosos veteranos.
En Boteros consiguieron adelantar algo, y llegó un momento en que las
manos de los gastadores pudieron tocar el cañón. En el ángulo que el
pórtico forma con la Plaza hubo desconcierto, cierto pánico entre los
milicianos, y amenazaba presentarse un verdadero peligro, si esfuerzos
supremos no restablecían la superioridad hasta entonces demostrada por
los defensores del pueblo.
Palarea, a caballo junto a la pieza de artillería, dio un grito
horrible, y con el sable vigorosamente empuñado por la trémula
diestra, rugió órdenes. El comandante de la Milicia que mandaba en
aquel punto a los cazadores, sintió en su interior un estremecimiento
terrible, una rápida sensación de frío, a que siguió súbito calor.
Ideas ardorosas cruzaron por su mente; su corazón palpitaba con
violencia; su nariz pequeña perdió el color; resbaláronsele por la
nariz abajo los espejuelos de oro; apretó el sable en el puño; apretó
los dientes, y alzándose sobre las puntas de los piececillos, hizo
movimientos convulsivos, semejantes a los de un pollo que va a cantar;
tendiéronsele las cuerdas del pescuezo; púsose como un pimiento, y
gritó:
—¡Viva la Constitución!... ¡Cazadores de la Milicia..., carguen!
Era el nuevo Leónidas, don Benigno Cordero. Impetuoso y ardiente, se
lanzó el primero, y tras él los cazadores atacaron a la bayoneta.
Antes de dar este paso heroico, verdaderamente heroico, ¡qué horrible
crisis conmovió el alma del pacífico comerciante! Don Benigno no había
matado nunca un mosquito; don Benigno no era intrépido, ni siquiera
valiente, en la acepción que se da vulgarmente a estas palabras. Mas
era un hombre de honradez pura, esclavo de su dignidad, ferviente
devoto del deber hasta el martirio callado y frío; poseía convicciones
profundas; creía en la libertad, y en su triunfo y excelencias, como en
Dios y sus atributos; era de los que preconizan la absoluta necesidad
de los grandes sacrificios personales para que triunfen las grandes
ideas, y viendo llegado el momento de ofrecer víctimas, sentíase capaz
de ofrecer su vida miserable. Era un alma fervorosa dentro de un cuerpo
cobarde, pero obediente.
Cuando vio que los suyos vacilaban indecisos; cuando vio el fulgor del
sable de Palarea y oyó el terrible grito del brigadier guerrillero
y médico, su alma pasó velozmente, y en el breve espacio de algunos
segundos, de sensación a sensación, de terribles angustias a fogosos
enardecimientos. Ante sus ojos cruzó una visión, y ¡qué visión, Dios
poderoso!...; pasó la tienda, aquel encantador templo de la subida a
Santa Cruz; pasó la anaquelería, llena de encajes blancos y negros
en elegantes cajas. Las puntillas de Almagro y de Valenciennes se
desarrollaron como tejidos de araña, cuyos dibujos bailaban ante sus
ojos; pasaron los cordones de oro, tan bien arreglados en rollos por
tamaños y por precios; pasó escueta la vara de medir; pasaron los
libros de cuentas y el gato que se relamía sobre el mostrador; pasaron,
en fin, la señora de Cordero y los borreguitos, que eran tres, si no
miente la historia, todos tan lindos, graciosos y sabedores, que el
buen hombre habría dejado el sable para comérselos a besos.
Pero aquel hombre pequeño estaba decidido a ser grande por la fuerza
de su fe y de sus convicciones: borró de su mente la pérfida imagen
doméstica que le desvanecía, y no pensó más que en su puesto, en su
deber, en su grado, en la individualidad militar y política que estaba
metida dentro del don Benigno Cordero de la subida de Santa Cruz.
Entonces el hombre pequeño se transfiguró. Una idea, un arranque de la
voluntad, una firme aplicación del sentido moral, bastaron para hacer
del cordero un león, del honrado y pacífico comerciante de encajes
un Leónidas de Esparta. Si hoy hubiera leyenda, si hoy tuviéramos
escultura y don Benigno se pareciese a una estatua, ¡qué admirable
figura la suya elevada sobre un pedestal en que se leyese: _Cordero en
el paso de Botero_!
Rugiente y feroz se lanzó el comandante de cazadores. Estos cargaban
como los infantes españoles de los grandes tiempos antiguos y modernos,
con bríos y desenfado, cual si hicieran la cosa más natural. La falange
de papel destrozó a los caballeros invencibles de corazón de hierro,
que se desconcertaron, no solo por el empuje de los milicianos, sino
por la sorpresa de verse tan bizarramente acometidos.
Ni remotamente lo esperaban. Unos cuantos volvieron la espalda, y la
columna acabó de desorganizarse. ¡A correr! Viose caer bastante gente
de una y otra parte, y la derrota de los guardias era evidente en
el paso de Boteros, porque alentados los milicianos, cayeron sobre
ellos enfurecidos, y con el furor de los unos crecía el desánimo de
los otros. Corrieron, acuchillados sin piedad, por la calle Mayor en
dirección de la Puerta del Sol.
En el momento del triunfo, un héroe, caído en tierra, bañaba con su
sangre preciosa las piedras de la calle. Era don Benigno Cordero.
Pero no lloréis, númenes de la historia. Para gloria de la Milicia
nacional de España, para gloria de la humanidad, Cordero no murió, y
restablecido en pocos días de sus heridas, disfrutó por muchos años de
la dulce vida, haciendo la felicidad de su familia, de sus amigos y de
sus parroquianos en la modesta tiendecita de la subida a Santa Cruz.
Boteros, las Termópilas de este hombre pequeño, no lleva su nombre.