XIX

Cuando el brigadier Palarea, aquel famoso guerrillero del año 8 (a

quien llamaban el _Médico_, porque curó gente por la ciencia antes

de matarla con la espada), supo que venían los _esclavos_, tomó sus

disposiciones en la Plaza Mayor, donde estaba con los milicianos. El

oficial de artillería que mandaba las piezas dormía en la Panadería, y

avisado del peligro, saltó por un balcón para llegar más pronto a su

puesto. Felizmente, todos estaban preparados, y no hubo más confusión

que la propia de tales casos. Los milicianos, a causa del entusiasmo

que les poseía, no perdieron la serenidad en aquella mañana; y si

alguno temblaba dentro de su uniforme, como parece creíble, esto no

pasó de la esfera individual, y la Institución se sostuvo firme y

tranquila. Por primera vez en su vida, aquello que parecía destinado

a ser pequeño, empezaba a ser grande. Hombres de costumbres pacíficas

y sin ideal guerrero de ninguna clase, iban a familiarizarse con el

heroísmo. Estos milagros los hace la fe del deber, la religión de las

creencias políticas cuando tienen pureza, honradez y profundas raíces

en el corazón.

Por la calle Mayor adelante avanzó la columna de guardias, tan

orgullosa como si fuese a una parada, al son de sus ruidosos tambores,

y dando vivas al rey absoluto. Era costumbre entre los guardias llamar

a los milicianos _soldaditos de papel_. Ya se acercaba el momento de

probarlo, y esgrimidas las armas de uno y otro bando, iban a chocar el

acero y el cartón. Nada más imponente que los rebeldes. Sus barbados

gastadores, cubiertos con el mandil de cuero blanco, parecían gigantes;

sus tambores eran un trueno continuado, su actitud marcial perfecta,

su orden para el ataque inmejorable, sus _vivas_ infundían miedo, sus

ojos echaban fuego.

La columna se detuvo y miró a la izquierda. Ya se sabe que la Plaza

Mayor tiene dos grandes bocas, por las cuales respira, comunicándose

con la calle del mismo nombre. Entre aquellas dos grandes bocas, que se

llamaban de Boteros y de la Amargura, había y hay un tercer conducto,

una especie de intestino, negro y oscuro: es el callejón del Infierno.

Por una de estas tres bocas, o por las tres a un tiempo, tenían los

guardias forzosamente que intentar la ocupación de la Plaza, de aquel

sagrado capitolio de la Milicia nacional, o alcázar del soberano pueblo

armado.

Cuando se acercaron hubo un momento de silencio profundo. Allá dentro,

a la primera luz del naciente, se veían brillar los cañones de los

fusiles preparados. ¡Ansiedad espantosa! Con el aliento suspendido se

contemplaron el guerrero y el ciudadano, el hierro y el papel. Oyéronse

algunos gritos, diéronse algunos pasos, y tempestad horrísona estalló

en el aire.

En el paso y arco de Boteros, en la calle de la Amargura, en el

callejón del Infierno, se trabó simultáneamente la pelea. Los guardias

atacaron con fatuidad, los milicianos defendieron con vigor, no sin

gritos patrióticos, que les inflamaban, recordándoles la noble idea por

que combatían. El cañón de Boteros y el de la Amargura tronaron a la

vez, y sus primeros disparos de metralla desconcertaron a los guardias.

No obstante, como eran gente aguerrida, rehiciéronse sin tardanza;

habían puesto a su cabeza a los granaderos de premio y a los gastadores

de luenga barba, algunos de los cuales eran veteranos de las guerras de

la Independencia y del Rosellón. Los milicianos tenían en su vanguardia

toda la gente menuda, los cazadores, la juventud entusiasta, los

menestralillos, los hijos de familia, los señoritos y los horteras.

Pero Dios, que siempre protege a los débiles, quiso en aquel crítico

día infundir en el alma de los pobres chicos una fuerza inaudita; y si

los guardias arremetían con vigor, las descargas cerradas de aquella

juventud impertérrita, que no veía el peligro ni hacía caso de la

muerte, detenían a los orgullosos veteranos.

En Boteros consiguieron adelantar algo, y llegó un momento en que las

manos de los gastadores pudieron tocar el cañón. En el ángulo que el

pórtico forma con la Plaza hubo desconcierto, cierto pánico entre los

milicianos, y amenazaba presentarse un verdadero peligro, si esfuerzos

supremos no restablecían la superioridad hasta entonces demostrada por

los defensores del pueblo.

Palarea, a caballo junto a la pieza de artillería, dio un grito

horrible, y con el sable vigorosamente empuñado por la trémula

diestra, rugió órdenes. El comandante de la Milicia que mandaba en

aquel punto a los cazadores, sintió en su interior un estremecimiento

terrible, una rápida sensación de frío, a que siguió súbito calor.

Ideas ardorosas cruzaron por su mente; su corazón palpitaba con

violencia; su nariz pequeña perdió el color; resbaláronsele por la

nariz abajo los espejuelos de oro; apretó el sable en el puño; apretó

los dientes, y alzándose sobre las puntas de los piececillos, hizo

movimientos convulsivos, semejantes a los de un pollo que va a cantar;

tendiéronsele las cuerdas del pescuezo; púsose como un pimiento, y

gritó:

—¡Viva la Constitución!... ¡Cazadores de la Milicia..., carguen!

Era el nuevo Leónidas, don Benigno Cordero. Impetuoso y ardiente, se

lanzó el primero, y tras él los cazadores atacaron a la bayoneta.

Antes de dar este paso heroico, verdaderamente heroico, ¡qué horrible

crisis conmovió el alma del pacífico comerciante! Don Benigno no había

matado nunca un mosquito; don Benigno no era intrépido, ni siquiera

valiente, en la acepción que se da vulgarmente a estas palabras. Mas

era un hombre de honradez pura, esclavo de su dignidad, ferviente

devoto del deber hasta el martirio callado y frío; poseía convicciones

profundas; creía en la libertad, y en su triunfo y excelencias, como en

Dios y sus atributos; era de los que preconizan la absoluta necesidad

de los grandes sacrificios personales para que triunfen las grandes

ideas, y viendo llegado el momento de ofrecer víctimas, sentíase capaz

de ofrecer su vida miserable. Era un alma fervorosa dentro de un cuerpo

cobarde, pero obediente.

Cuando vio que los suyos vacilaban indecisos; cuando vio el fulgor del

sable de Palarea y oyó el terrible grito del brigadier guerrillero

y médico, su alma pasó velozmente, y en el breve espacio de algunos

segundos, de sensación a sensación, de terribles angustias a fogosos

enardecimientos. Ante sus ojos cruzó una visión, y ¡qué visión, Dios

poderoso!...; pasó la tienda, aquel encantador templo de la subida a

Santa Cruz; pasó la anaquelería, llena de encajes blancos y negros

en elegantes cajas. Las puntillas de Almagro y de Valenciennes se

desarrollaron como tejidos de araña, cuyos dibujos bailaban ante sus

ojos; pasaron los cordones de oro, tan bien arreglados en rollos por

tamaños y por precios; pasó escueta la vara de medir; pasaron los

libros de cuentas y el gato que se relamía sobre el mostrador; pasaron,

en fin, la señora de Cordero y los borreguitos, que eran tres, si no

miente la historia, todos tan lindos, graciosos y sabedores, que el

buen hombre habría dejado el sable para comérselos a besos.

Pero aquel hombre pequeño estaba decidido a ser grande por la fuerza

de su fe y de sus convicciones: borró de su mente la pérfida imagen

doméstica que le desvanecía, y no pensó más que en su puesto, en su

deber, en su grado, en la individualidad militar y política que estaba

metida dentro del don Benigno Cordero de la subida de Santa Cruz.

Entonces el hombre pequeño se transfiguró. Una idea, un arranque de la

voluntad, una firme aplicación del sentido moral, bastaron para hacer

del cordero un león, del honrado y pacífico comerciante de encajes

un Leónidas de Esparta. Si hoy hubiera leyenda, si hoy tuviéramos

escultura y don Benigno se pareciese a una estatua, ¡qué admirable

figura la suya elevada sobre un pedestal en que se leyese: _Cordero en

el paso de Botero_!

Rugiente y feroz se lanzó el comandante de cazadores. Estos cargaban

como los infantes españoles de los grandes tiempos antiguos y modernos,

con bríos y desenfado, cual si hicieran la cosa más natural. La falange

de papel destrozó a los caballeros invencibles de corazón de hierro,

que se desconcertaron, no solo por el empuje de los milicianos, sino

por la sorpresa de verse tan bizarramente acometidos.

Ni remotamente lo esperaban. Unos cuantos volvieron la espalda, y la

columna acabó de desorganizarse. ¡A correr! Viose caer bastante gente

de una y otra parte, y la derrota de los guardias era evidente en

el paso de Boteros, porque alentados los milicianos, cayeron sobre

ellos enfurecidos, y con el furor de los unos crecía el desánimo de

los otros. Corrieron, acuchillados sin piedad, por la calle Mayor en

dirección de la Puerta del Sol.

En el momento del triunfo, un héroe, caído en tierra, bañaba con su

sangre preciosa las piedras de la calle. Era don Benigno Cordero.

Pero no lloréis, númenes de la historia. Para gloria de la Milicia

nacional de España, para gloria de la humanidad, Cordero no murió, y

restablecido en pocos días de sus heridas, disfrutó por muchos años de

la dulce vida, haciendo la felicidad de su familia, de sus amigos y de

sus parroquianos en la modesta tiendecita de la subida a Santa Cruz.

Boteros, las Termópilas de este hombre pequeño, no lleva su nombre.

7 de julio · 第 21 / 31 题