Eran las dos. La noche era serena y tibia, y en el cielo oscuro
comenzaban a palidecer, temblando, las estrellas. Solita envolviose
bien en su pañuelo, y sin asomos de miedo, porque la apurada situación
suya no lo permitía, bajó hacia la plazuela de Navalón. Poco tiempo
empleó en llegar a una calle cercana, donde los informes que recibiera
del sereno la obligaron a retroceder.
«¡Dios mío —decía para sí— haz que encuentre pronto ese batallón
Sagrado!»
Por el Postigo de San Martín subió en busca de las calles de Tudescos
y la Luna, andando a prisa, sin reparar en los pocos transeúntes que a
tal hora hallaba en su camino, hasta que oyó un rumor lejano, murmullo
de gente y pasos, que en el silencio de la noche resonaban de un modo
singular en las angostas calles. Entonces sintió miedo y se detuvo
a escuchar. Por la calle de la Luna pasaba una cosa que no podían
precisar bien los agitados sentidos de Sola: un animal muy grande, con
muchas patas, pero sin voz, porque no se oía más que la trepidación del
suelo. Acercose más, y vio pasar de largo por la bocacalle multitud de
figuras negras; sobre aquella oscura masa brillaban agudas puntas en
cantidad enorme.
«¡Ah! —dijo Sola para sí, reconociendo lo injustificado de su miedo—.
Es un ejército... ¿Si será el batallón Sagrado?»
Apresuró el paso; pero no había dado seis, cuando se oyó un tiro,
después dos, tres... Solita se quedó fría, yerta, sin movimiento.
Aumentado el estrépito por su imaginación, parecíale que Madrid había
volado.
—¡Tiros!... ¡Una batalla!
Varios individuos corrieron a su lado por la calle de Tudescos abajo,
gritando:
—¡Los guardias, los guardias!... ¡Que degüellan!
Soledad corrió también, por instinto. Los tiros se repitieron, y sobre
el tumulto descollaban tremendas voces que decían:
—¡Viva el rey absoluto!
Y allá, más lejos, otras que no se entendían bien. Por callejones que
no conocía, siguiendo a las personas del vecindario, que alarmadas
salían de las casas, Soledad llegó a una calle, que reconoció por la de
San Bernardo.
«¡Ah! —murmuró—. Aquí me han dicho que está el batallón Sagrado, hacia
la Cuesta de Santo Domingo. Vamos allá.»
Para concluir pronto, acortando en lo posible las angustias de tal
expedición, corrió en el rumbo indicado; pero al fin la mucha gente
que se agolpaba en aquel sitio obligola a detenerse. La muchedumbre
retrocedió de repente, y viéronse varios soldados de a caballo, que
sable en mano gritaban:
—¡Atrás, a despejar!
Para no ser arrollada, Solita huyó entre multitud de personas que se
atropellaban, gritando:
—¡Jarana! ¡Que vienen los guardias!... ¡Que van a disparar el cañón!
—Dígame usted, buen amigo —preguntó la joven a un hombre que a su lado
iba—: ¿dónde está el batallón Sagrado?
—¿El batallón Sagrado? Pues cuenta que está en la Plaza Mayor.
—Me habían dicho que en la Cuesta de Santo Domingo.
—¡Quia! No, señora. ¿Qué entiende usted de eso?
—Tiene usted razón, buen amigo: yo no entiendo nada. ¿Conque dice
usted que en la Plaza Mayor?
—Mismamente... ¡Los guardias vienen!
—¿Por dónde cree usted que debo ir? —preguntó Sola, advirtiendo que la
gente corría en todas direcciones y que se oían los tiros más cerca.
—Por ninguna... —repuso el hombre metiéndose en su casa y cerrando sin
dilación.
Soledad no se desanimó, y por la calle de la Justa trató de emprender
su camino; pero al poco tiempo vio que la de Tudescos estaba
intransitable. Pasaban por ella varias columnas de guardias, que al
verse sorprendidos en la calle de la Luna, buscaban la de Jacometrezo y
Postigo de San Martín para dirigirse al centro de la villa.
Aguardó a que pasaran, y luego, prefiriendo dar un rodeo a perder
tiempo esperando, marchó a tomar la calle de la Montera por la del
Desengaño.
«Por allí no habrá nadie —pensó—. Bajaré a la Puerta del Sol, y en
un periquete estaré en la Plaza Mayor... Virgen de los Remedios,
favoréceme.»
En efecto: la infeliz muchacha llegó por fin a la Puerta del Sol, donde
había empezado a reunirse bastante gente. Tropa y milicianos formaban
delante de la casa de Correos; pasado un instante, la tropa entraba en
aquel edificio y los milicianos subían por la calle de Carretas.
—¿Es cierto que el batallón Sagrado está en la Plaza Mayor? —preguntó
Solita a un miliciano que marchaba a toda prisa con el fusil al hombro.
Como no recibiera contestación, hizo la misma pregunta a dos paisanos,
que también armados de fusil, marchaban hacia la calle Mayor.
—Venga usted, prenda, y lo veremos.
Siguióles a cierta distancia, andando tan a prisa como ellos. Vio que,
satisfecho el primer impulso de curiosidad de los vecinos, se cerraban
todas las puertas, y que apenas había mujeres en la calle. El estado
de su afligido espíritu no le permitió observar que poco a poco se iba
introduciendo en una atmósfera de peligro. La infeliz comprendió, sí,
que iba a ocurrir algo grave; pero pensaba llegar antes que sonase la
hora del conflicto, desempeñar su misión y volverse a su casa.
«Todavía es de noche —decía—. Hasta que no amanezca no habrá batallas.»
En las inmediaciones de la Plaza Mayor, los milicianos ocupaban toda la
calle. Había cierto desorden en sus filas, los jefes corrían de un lado
para otro, y resonaban aquí y allá las palabras de tal cual arenga,
pronunciada desde lo alto de un caballo. Murmullo atronador ensordecía
la calle: todos hablaban a la vez, amenazaban, discutían, proponían;
oíanse trastrocadas y revueltas las palabras _libres_ y _esclavos_,
_leales_ y _pérfidos_, _Constitución_ y _rey neto_, _libertad_ y
_despotismo_. Todo se oía, menos lo que Solita quería oír.
—¿El batallón Sagrado? —preguntó tímidamente al primer miliciano que
tuvo a mano.
—El batallón Sagrado... ¡Ah!... Vaya usted a saber, niña —le
contestaron.
—Allí está mi primo —dijo otro.
—Lo manda San Miguel.
—Entonces debe de andar por el cielo —añadió un chusco—, pues si es
sagrado y lo manda un arcángel...
Soledad se dirigió a otro grupo; pero no había abierto la boca, cuando
oyó gritar:
—¡Paso, paso!
Y estuvo a punto de quedarse sorda, por el estrépito de los cañones,
que arrastrados a escape por poderosas mulas, venían calle adelante,
rechinando, saltando, rebotando sobre cada piedra. Soledad empezó a
comprender que Dios la abandonaba en aquel trance, que la ocasión
y el lugar no eran a propósito para buscar a un hombre perdido en
la inmensidad del batallón Sagrado, y en la hora crítica de la
revolución. Esta idea la afligió tanto, que quiso hacer un esfuerzo,
sobreponerse con animoso espíritu a las circunstancias, y seguir hasta
donde pudiera, con desprecio de la vida. Érale indispensable buscar y
encontrar, en aquella misma mañana, a la única persona de quien podía
esperar auxilio de todas clases en su desesperada situación. Recordó a
su padre moribundo, sin recursos, la pobre casa desamparada, que muy
pronto sería invadida por feroces polizontes; y cerrando los ojos a
todos los peligros, al formidable aparato de tropas; desoyendo el rugir
de la Milicia, el estruendo de las preparadas armas, dio algunos pasos
hacia el arco de Boteros.
«Entraré —pensó—, y yo misma veré si está o no ese batallón Sagrado.»
Se sintió cogida por un brazo y rechazada hacia atrás, mientras una
bronca voz le decía:
—Atrás... ¡Que en todas partes se han de meter estas condenadas!
—¿El batallón Sagrado? —murmuró Soledad.
Pero otro brazo de hierro la arrojó hacia la acera de enfrente. Se
volvió contra la pared, y así estuvo breve rato. Cuando miró de nuevo
hacia las entradas de la Plaza, el llanto anegaba su rostro. Era
espectáculo digno de que un psicólogo lo observara, ver cómo haciendo
alarde de energía varonil, se limpiaba aquella infeliz sus lágrimas,
cómo sofocaba sus suspiros, diciendo:
«Puede que sea fácil entrar por la calle de Atocha... ¡Dios mío! ¿Cómo
vuelvo a mi casa sin haberle visto?»
Corrió hacia la plazuela de San Miguel y después hacia la Puerta del
Sol. Por ningún lado había salida; por todas partes tropa y milicianos
que mandaban a los vecinos retirarse. Solita, al fin, se declaró
vencida.
«Dios no quiere —dijo—. Es imposible. Volveré a mi casa... Dios no nos
abandonará.»
Una idea lisonjera iluminó de súbito su entendimiento, infundiéndole
repentina alegría. En sus labios vaciló una sonrisa.
«Con esta jarana tan tremenda —pensó—, la policía no se cuidará de ir a
mi casa. Todos tendrán mucho que hacer.»
Pensando esto, dobló la esquina para bajar por la plazuela de
Herradores.
«Pero, ¿y si van? —pensó después—. Si le llevan a la cárcel como
está... Se morirá por el camino... No, no irán: es imposible que se
acuerden de tal cosa. Lo peor es que no tenemos nada. ¡Qué disparate
haber dado al señor Naranjo todo el dinero!... ¿Quién nos amparará si
no encuentro hoy al batallón Sagrado?... Y he de encontrarle... Veremos
más tarde... Esto acabará pronto... ¡Pero si le sucede algo, si le
matan!...»
El terror que esta idea le producía la desconcertó un momento; pero
llenándose de fe, su alma privilegiada se tranquilizaba. Dios, sin
embargo, no quiso que en aquella aciaga mañana fueran dichosas las
horas de la infeliz joven, y no la dejó andar veinte pasos en paz. Por
la calle de las Fuentes, por la de las Hileras, subían columnas de
milicianos granaderos, terribles, amenazadores: iban a cubrir el flanco
de la plaza. El paso por aquella parte estaba cortado.
Soledad, viendo la alarma del vecindario, quedó yerta de espanto.
Gritaban en los balcones las mujeres, lloraban algunas, votaban los
hombres. Cerrábanse puertas, se desocupaba a toda prisa la calle; hasta
los perros huían despavoridos. Por un instante no supo la pobre qué
resolución tomar; vaciló entre seguir bajando o correr de nuevo hacia
arriba. El aspecto imponente de las tropas que subían la ofuscó de
tal modo, que tomó el peor partido, corriendo hacia la calle Mayor;
pero dos mujeres que iban hacia la de Santiago, indicáronle aquella
dirección como la mejor. Las siguió sin vacilar, creyendo encontrar
por allí fácil acceso hacia su casa; pero no había llegado a la calle
de Milaneses, cuando sintió el horrible estrépito de miles de disparos,
gritos, vivas y mueras, un bramido colosal, mezcla de humanas voces
y de la tremenda palabra de los cañones. El valor le faltó de súbito
entonces, y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.
En la calle de Santiago había espacio suficiente para ponerse a salvo
de las balas, y era considerable la multitud de curiosos. Muchos de
estos emprendieron la retirada hacia la parroquia para apartarse lo más
posible del lugar de la refriega; pero unas mujeres que subían de la
plaza de Oriente gritaron:
—¿A dónde van ustedes? Los guardias de Palacio han subido a San Nicolás
y vienen todos hacia acá.
Al oír esto, muchos se metían precipitadamente en las casas, otros se
agolpaban en las calles del Espejo y de Mesón de Paños. La de Santiago
quedó vacía.
¿En dónde está Solita? El narrador lo ignora, y llamado por el duelo en
que se empeñan rencorosamente Despotismo y Libertad, no trata por ahora
de averiguarlo.