Largo rato estuvieron hija y padre sin pronunciar una palabra. Ambos
tenían sin duda algo que decir; pero ninguno quería ser el primero en
romper a hablar. Soledad tenía la cabeza inclinada, las manos en cruz.
Don Urbano miraba al techo. Por fin, con voz ronca y un acento de
ironía que en él no era común, se expresó así:
—A ver, hija mía, dime dónde está nuestra Providencia, dime dónde está
nuestro Dios. Que vea yo ese Dios y esa Providencia, aunque solo sea
por un instante.
Soledad contempló con lástima profunda la deplorable figura de su
padre, que parecía un muerto con voz y movimiento. Compadeciole más aún
por el triste estado de su alma sin fe.
—Padre, no dude usted de Dios —dijo acercándose a la cama—. Todavía
puede castigar más.
—¿Más todavía? ¡Ah! Cuando venga el castigo, ya estaré yo en el otro
mundo. De modo que... ¡ahí me las den todas!
Una carcajada de insensato siguió a estas palabras. Pero el espíritu
de aquel desgraciado varón solía tener bruscas defensas y reacciones
contra el escepticismo. La presencia y la voz dulce de su hija
produjeron hondo sacudimiento en el espíritu del hombre enfermo.
—Ven acá —le dijo llorando—, ven y dime algo bueno. Consuélame. ¿Te
parece que nuestra situación es lisonjera?
Soledad se arrojó en los brazos de su padre.
—Es triste —dijo—, muy triste; pero, ¿no podremos encontrar algún amigo
que nos salve?
—¿Amigos nosotros? ¡Qué absurdo has dicho! —murmuró Gil bebiéndose sus
lágrimas—. ¡Oh! Si Anatolio viniera...
—Eso es seguro.
—Sabe Dios si le volveremos a ver. Los guardias huirán, saldrán de
España... Esto es horrible... Nada me importa por mí, que moriré; pero
tú, tú... ¿Quieres morir?
—Yo, sí; pero cuando Dios lo ordene...
—Pues no nos da pruebas de querer que vivamos. Hija de mi alma, ¿has
visto conflicto semejante? ¿Crees en la posibilidad de que salgamos
bien de esta agonía?
—Sí lo creo.
—¿Cómo?
—Pidiendo protección.
—¿A quién, loca, a quién? Sabes que dentro de algunas horas vendrán
los patriotas, y nos prenderán.
—Quizás no, porque no hemos hecho nada.
—Sí, ve a convencer a esa canalla... Nos arrastrarán a una mazmorra;
seremos ultrajados por la plebe soez... No quiero pensarlo. Antes mil
veces la muerte para los dos, para ti y para mí.
—¡No, no, no! —dijo Soledad con ardor—. Buscaremos quien nos proteja.
—¡Ay! ¡Protección al desvalido, al triste, al abandonado!... No puede
ser.
—¿Por qué no?
—¡Pero quién! Revuelve toda la creación, y dirás como yo: «muerte, nada
más que muerte.»
—Yo digo que nos salvará algún amigo.
—Y yo digo: «descanso, descanso.» ¡Oh, qué dulce palabra!
Cerraba los ojos para contemplar dentro de sí mismo un remedo de la paz
de los sepulcros.
—¡No, no, no! —repitió Soledad levantándose con resolución—. Yo saldré,
yo buscaré quien nos ampare.
—Dime antes su nombre —murmuró Urbano abriendo los ojos con desvarío.
Solita sintió el violento sacudir de la voluntad, que vibra su rayo
omnipotente en nuestro espíritu en momentos de peligro, y cerrando los
ojos, olvidando toda consideración, pronunció un nombre.
El semblante de Gil de la Cuadra se contrajo, y sus labios articularon
lastimero quejido.
—Me has traspasado el corazón —dijo después de una pausa, con voz muy
queda y dolorida.
Solita callaba sin atreverse a añadir una sílaba más.
—Quizás pudiera hacer algo por nosotros..., de seguro podría... —añadió
el viejo, rechazando con la derecha mano una figura imaginaria— ¡Pero
no; atrás!... ¡Nunca! Hija mía, toma un cuchillo, atraviésame de una
vez el corazón; mátame; pero no pronuncies ese nombre, no me mates
así..., que esa muerte es demasiado terrible.
La infeliz muchacha apenas tenía ya alma para resistir tanto dolor.
—¡Todavía; pero todavía!... —exclamó oprimiendo su cabeza con ambas
manos—. Cuando todo nos falta; cuando no hay calamidad que Dios no
nos haya enviado; cuando nombramos a la muerte como única esperanza,
nuestra... ¡todavía, señor, ese aborrecimiento, que es como el de los
demonios!
—Todavía —murmuró la voz de Gil, profunda, hondísima, lejana, cual si
sonara en lo más recóndito de su cuerpo—. Todavía y siempre.
Oyéronse golpecitos a la puerta y una vocecilla cascada que decía:
—¿Se ofrece algo?
Era la pobre anciana que cuidaba de Naranjo, mujer piadosa, sencilla y
caritativa, aunque curiosa.
—¿Conque parece que nos quedamos solos? —dijo al entrar—. ¿Y qué tal va
el señor Gil?
Como nadie le contestase, dirigiose a Sola y le manifestó su alto
criterio terapéutico en estos términos:
—Al señor le convendría tomar una tacita de tila. Voy a hacérsela. ¿Hay
lumbre en esta cocina?
—Hija mía, Soledad, Soledad —gritó bruscamente don Urbano, como el que
despierta de un sueño—. ¿Dónde estás?
—Aquí... No me separo un instante.
—¿Sabes que no te veo?... —añadió el enfermo con mucha agitación—.
¿Pero hay luz en el cuarto?
—Luz hay.
—¡Ah!, sí... Ya distingo, ya veo algo... Pero nada más que sombras.
¿Estás aquí?... ¡Qué espanto! Me quedo ciego... Yo no te veo bien...
¿Hay alguien más en el cuarto?
—Nadie más. Doña Rosa ha pasado a la cocina.
—Dime: ¿has echado algo en mis ojos?... Yo no te veo bien... Me quedo
ciego. ¿Has echado algo en mis ojos?
—¿Yo?
—Podía ser. Te empeñas en matarme. Como pronunciaste aquel nombre que
era un puñal... ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué oscuridad es esta que me rodea?
Soledad, mis ojos se nublan. Dime: ¿esto es morir? ¿Se muere así?
—Eso no es nada. Una irritación del cerebro. Procure usted dormir.
El anciano descansó su cabeza en la almohada, y parecía caer en
profundo sueño.
—Si viniese Anatolio... —murmuró—, despiértame al instante. Quiero
verle.
Un momento después dormía con letargo intranquilo. Se agitaba en
el lecho, pronunciaba palabras, se oprimía con la mano el corazón,
lanzando lastimeros quejidos. Soledad le contemplaba en silencio, sin
pestañear, casi sin respirar, atenta a las vibraciones dolorosas de
aquella triste vida que se extinguía por grados. Decir lo que pensó
en aquellos breves instantes, cuántas ideas cruzaron por su inflamado
cerebro como relámpagos tempestuosos; decir qué sentimientos le
agitaron y qué palabras salían de su pecho y expiraban en sus labios
sin modularse, fuera imposible.
La solícita doña Rosa la sacó de aquel estado.
—Es preciso tomar una determinación, niñita mía —le dijo—. Yo he visto
muchos enfermos. ¿Qué le pasa a usted que parece de mármol? Muévase,
determine algo. Conviene traer algunas medicinas. Mire usted, yo
llamaría a un médico.
Soledad vio en toda su gravedad lo real de aquella situación. Dio
algunos pasos de la sala a la cocina y de la cocina a la alcoba.
Registró todo, y no encontró un solo ochavo. Después se detuvo de
nuevo, sumergiendo su espíritu en honda meditación.
—Yo voy a salir —dijo de súbito a la anciana.
—Gracias a Dios que toma usted una determinación. Yo cuidaré al señor
mientras usted vuelve.
—Voy a salir —repitió la joven con aplomo.
Púsose el manto y se acercó al enfermo contemplándole con atención
profunda. Gil se movía con inquietud, se quejaba, pronunciaba como
antes palabras confusas. Al ver la religiosa y profunda atención con
que Soledad le miraba, creeríase que el espíritu del padre y el de la
hija se comunicaban en regiones lejanas, desconocidas, allá donde las
almas amigas se abrazan, rotos o aflojados los lazos de la vida.
Don Urbano, en su delirio, pronunció tres clarísimas palabras en tono
de contestación. Al oírlas, Soledad se estremeció toda, y en el fondo
de su alma resonaron con eco terrible las tres palabras.
Gil de la Cuadra había dicho:
—Sedujo a mi esposa.
Soledad, pasándose la mano por la frente, dio algunos pasos. Detúvose,
clavando la vista en el suelo. Luchaba interiormente; pero al fin ganó
la batalla, y dijo con resolución:
—No importa... Voy.