Desde el aciago día 30, célebre por la formación, la clausura de
las Cortes, los alborotos, los contrarios vivas y el asesinato de
Landáburu, en la humilde casa de la calle de las Veneras no hubo
un instante de sosiego. Ambos departamentos, el de Naranjo y el de
Gil de la Cuadra, fueron teatro de sentimentales escenas, ora de
desconsuelo y angustia, ora de mortal duda y temor. El buen Naranjo,
que no era hombre de grandes hígados, no daba dos cuartos por su
existencia, según estaba de medroso y aterrado. Transcurrían las horas
en expectación dolorosa, y como el terrible conflicto político no
se resolvía, Naranjo no podía yantar sobre manteles, ni dar lección
a los muchachos. Bajaba, sí, a la clase puntual como un reloj; pero
no tomaba las lecciones ni reprendía a los chicos, y la palmeta se
cubría de polvo en un rincón de la mesa. El preceptor absolutista
no podía apartar el pensamiento de la tremenda imagen negra de su
responsabilidad y castigo, si por acaso las brillantes esperanzas de
don Víctor Sáez y del conde de Moy no tenían realización cumplida. Y
síntomas había, ¡cielos!, de que no la tuviesen.
Con los suspiros de Naranjo altercaban en patético dúo los suspiros
de Gil de la Cuadra, que había tocado el cielo con las puntas de
los dedos y no lo había podido coger aún. Su yerno, su hijo, la
esperanza de su corazón, ideal de toda su vida; el amparo de Solita,
el divino Anatolio, aquel enviado de Dios que se llamaba Gordón,
había desaparecido con sus compañeros los guardias, y estaba en el
Pardo dispuesto, como los demás rebeldes, a una gran batalla, en la
cual podía morir. Durante los seis días de julio, ni carta ni noticia
tranquilizaron al pobre señor, asegurándole la existencia de su amado
yerno.
—El corazón me anuncia —decía— que me ocurrirá una nueva desgracia, la
mayor de todas, la última, porque yo me muero... Si yo no podía ser
feliz... Si era imposible... ¡Bien lo decía yo: tormentos, infierno y
desesperación!
El día 4 sintió gran desfallecimiento, y una invasión de dolores
agudísimos que de sus inertes extremidades avanzaban lentos y
amenazadores hacia el centro de la máquina humana. No podía abandonar
el lecho.
—¿Quién concluirá primero: yo o la revolución de los guardias? —dijo
estoicamente—. Ahora, querida Sola, sostén que hay Dios... El corazón,
este corazón que jamás me engaña, me dice ahora que tu primo morirá,
que quedarás huérfana, que...
El dolor le ahogaba y lloró como un niño.
—¡Qué ridículas manías! —dijo Solita llorando también—. ¡Qué agorero
es usted, padre! ¿Por qué ha de pasar siempre lo peor? ¿Por qué ha de
morir mi primo? No parece sino que en una batalla han de morir todos.
Si dicen que no habrá nada. Anatolio vendrá, tan bueno y tan flamante,
me casaré con él muy contenta, y viviremos felices.
—Tú siempre estás fuera de la realidad, viviendo entre ilusiones y
fantasmagorías.
—La desgracia de usted —dijo Naranjo, que se hallaba presente y no
disimulaba el lastimoso estado de su espíritu— no es comparable a la
mía. No hay que pensar en la muerte de ese joven. Puede morir, pues
nadie está seguro de las balas de una batalla..., yo estuve en la
campaña del Rosellón, y sé lo que son balas..., pero puede también no
morir.
—Si no muriera, yo sería feliz —murmuró Cuadra—, y en eso precisamente
consiste el absurdo. Me dejé fascinar por ilusiones... No, no puede
ser; me lo anuncia este dócil corazón mío, que ya está esperando el
reuma y le dice: «Ven, perro: te espero tranquilo.»
—Ustedes saldrán bien —añadió Naranjo—, pero yo... Es seguro que los
guardias serán derrotados. Ya me estoy viendo en la horca. ¡Maldito sea
el día en que nací, y más maldita la hora en que recibí en mi casa a
don Víctor Damián Sáez! Él se quedará en Palacio tan tranquilo al lado
de Su Majestad, y yo... ¡Plazuela de la Cebada, huye de mi vista!
—Fruto de la conspiración, ¡cuán amargo eres! Para una vez que sales
dulce y sazonado, ciento te pudres antes de madurar. Yo sé lo que es
eso. Amigo Naranjo, le compadezco a usted.
—Con razón, porque..., vea usted..., sin comerlo ni beberlo. Después
de todo, ¿qué he hecho yo? Nada más que franquear mi casa a don Víctor
Sáez, que me dijo necesitaba un lugar modesto y callado, donde pudieran
avistarse cuatro o cinco personas sin infundir sospechas. Ellos lo
han hecho todo: yo veía y callaba, y vigilaba la casa para que no la
invadiera ningún intruso. Me han prometido villas y castillos: aquí
han fraguado esa conspiración que ha salido tan mal por la impaciencia
de los guardias; aquí se han puesto de acuerdo el confesor del rey y
el conde de Moy; aquí han venido Infantado y Castro-Terreño; aquí se
han recibido los despachos de Eguía y de la junta de Bayona, traídos
por una señora desconocida; aquí se ha hecho todo; pero yo no soy
culpable de nada más que de ver y callar y ofrecer mi casa. Aborrezco
el sistema; pero amo mi vida, esta vida que no me devolverá don Víctor
Sáez, ni el mismo rey, si el verdugo me la quita por orden de los
patriotas.
—Paciencia, paciencia, señor Naranjo —dijo don Urbano con acento
solemne—. Este mundo es así, no de otro modo. ¡Bendita sea la muerte!
—Pero si yo no soy culpable.
—Ha franqueado usted su casa.
—Porque quería un local modesto. ¿Cómo se había de creer que en una
escuela de mocosos se tramaba el hundimiento del liberalismo?
—Hay espías en todas partes.
—¡Oh, ya lo sé! Ese tunante de Sarmiento ha espiado mi casa durante un
mes. Permita Dios que se quede ciego.
—Cuando me prendieron en la calle de Coloreros, le pedí un buche de
agua y me lo negó —dijo Cuadra—. En el infierno, si es que lo hay, y
cuando se abrase, pedirá agua a los demonios...
—Y le darán fuego. Bien merecido.
—Pero mientras viva... ¡Ay!, el mundo pertenece a los tunantes. Puede
que haya otro para nosotros, amigo Naranjo; mas este, no hay duda que
es de los pillos.
De este jaez eran las lamentaciones de los dos desgraciados viejos.
Pasaba el tiempo, y el conflicto no se resolvía; los temores iban en
aumento, y aquellas dos almas se hundían más cada vez en su abismo de
negra duda y desesperación. En la noche del 6, la angustia de uno y
otro debía tomar aspecto nuevo y más pavoroso. Véase cómo.
Cerca de media noche entró Naranjo despavorido, llenos de mortal
espanto los ojos, jadeante y tembloroso como condenado que va al
patíbulo.
—¡Estoy perdido! —exclamó dejándose caer en una silla—. ¡Estoy perdido
para siempre! Necesito huir, esconderme ahora mismo... Señor Gil,
vienen a prendernos.
—¿A prendernos? —preguntó el exoidor con cierta calma—. Por fin...
Ni aun morir me dejan. Está previsto; me llevarán a un hospital, y
llenándome de medicinas el cuerpo, se empeñarán en que viva. Puede que
esos perros lo consigan.
—Al amanecer vendrán a prendernos. Me lo avisa un amigo que anda en
tratos con esa canalla. ¡Dios mío, abandonar mi casa! ¿Qué voy a hacer
yo? ¿A dónde voy yo? Dígame usted, señor Gil, ¿a dónde iré?
—Al cementerio.
El enfermo acompañó con risa irónica su fatídico consejo. Soledad,
aterrada, oraba en silencio.
—¡Hay iniquidad semejante! —exclamó el preceptor enjugando sus
lágrimas—. ¿Qué he hecho yo? Únicamente franquear mi humilde morada.
—¿Nos prenderán al amanecer?
—Sí, muy temprano. Me lo ha dicho Elías Orejón, que lo sabe por
Calleja, barbero de la Carrera de San Jerónimo,[16] el cual lo sabe
por el cafetero de _La Fontana_. Vendrán, y echándonos una cuerda al
cuello, nos arrastrarán a inmundos calabozos.
[16] Véase _La Fontana de Oro_.
—¡Paciencia, paciencia! —dijo Cuadra con amargo desdén—. Querida hija,
¿no sostienes que Dios ampara a los débiles?
—Yo me voy..., yo me voy —manifestó con honda ansiedad Naranjo—.
Huiré..., traspasaré la frontera. ¿Cuánto hay de aquí a la frontera?
—Huya usted..., yo...
Gil de la Cuadra probó a levantarse del lecho; pero sus miembros
doloridos le negaron todo movimiento, y después de incorporarse
ligeramente, cayó inerte, lanzando ardiente resoplido.
—Huya usted... —murmuró sordamente—. Yo espero.
—Voy a recoger lo que pueda..., ropa, un poco de ropa. ¡Ay!, si tuviera
alhajas me las llevaría.
—Es justo. Solita y yo nos quedamos. ¿Qué hora es?
—Las doce y media... ¡Oh, si tendré tiempo, Dios mío, de ocultarme!...
Saldré de Madrid; correré la noche y todo el día de mañana... Pronto,
pronto: no hay que perder tiempo.
Naranjo corrió a sus habitaciones con la presteza de un gamo
perseguido. En el breve instante que estuvieron solos, padre e hija no
hablaron nada. Los dos parecían muertos.
Volvió Naranjo con un lío, que febrilmente compuso, arreglándolo todo
en la brevedad de un pobre pañuelo. Por fortuna era célibe y no tenía
más familia que su propia persona. La mujer que le servía, una pobre
anciana sin amparo y muy religiosa, libre de todo otro temor que no
fuera el de Dios, se negó o acompañarle.
—Es la una. ¿A qué hora amanece? Señora doña Solita de mi alma, si me
diera usted un alfiler se lo agradecerla.
Mientras arreglaba el paquete, su lengua no podía estar en reposo.
—Parece —decía— que la conspiración no puede ir peor. Esos necios han
echado a perder un negocio tan bien tramado. Ahora se niegan a ir a
Talavera, donde les destinó el gobierno. ¡Menguados, menguadillos! La
Milicia y las tropas de línea que hay en la corte y las que han venido
de Burgos y Valladolid, les atacarán mañana; y una de dos: o se rinden
o se dispersan.
Don Urbano echó en un suspiro la mitad de su alma.
—¡Habrá una degollina de guardias...! Vaya, que en rigor lo tienen bien
merecido por cobardes, por torpes... ¡Qué irrisoria muchachada! Han
comprometido sin fruto a Su Majestad.
—Señor de Naranjo —dijo Cuadra con acento de dolor muy vivo—, váyase
usted de una vez.
—Es una infamia lo que han hecho —añadió el preceptor—. ¡Irse al
Pardo! Si hubieran atacado el día 1.º a la Milicia, fácil habría
sido desarmarla; pero ahora... Me alegraré de que los patriotas les
machaquen las liendres. Si no quedara uno...
—Por favor, señor Naranjo, váyase usted.
Arreglado el paquete, el maestro se sentó sobre él. Estaba meditabundo
y desconcertado.
—¿Hay desgracia mayor que la mía? —murmuró sollozando.
—Se queja de vicio.
—¡Sí, abandonar mi casa, mi profesión, mi bienestar modesto! Sabe Dios
si lograré escapar de los patriotas... En situación tan aflictiva,
señor don Gil de mi alma, estoy sin recursos...
—¿Qué?
—Que no tengo dinero.
Gil de la Cuadra miró a su hija, que supo adivinar al instante la
intención de la mirada. Soledad sacó un pequeño talego escuálido,
dentro del cual sonaba algo.
En los ojos de Naranjo brilló un rayo de alegría.
—Dáselo —dijo don Urbano—. Él lo necesita más que nosotros.
Soledad puso en las manos del infeliz preceptor todo su dinero.
— Gracias, amigos míos, gracias. ¡Bendita generosidad!... Dueños son
ustedes de mi casa.
—Hasta el amanecer —murmuró Gil.
—¡Quién sabe! Ustedes son inocentes.
—Casi siempre lo he sido. Por lo mismo...
—Pueden tener esperanza. ¿Por qué no? —dijo Naranjo levantándose.
—¡Esperanza! ¿Qué es eso?
—Se me figura que debo retirarme, ¿eh? ¡Si se les antoja venir antes
del día...!
—Es probable.
—Adiós, amigo y amiga. Les daré noticias mías.
—En el otro mundo.
—Hacen mal en no tener esperanza... ¡Quién sabe! Dios...
—Sí, ya se está ocupando de nosotros.
—Dios no abandona a las criaturas. Ánimo, amigo mío.
—Ya lo tengo. Váyase usted, Naranjo. Es tarde, pueden venir.
—Adiós, adiós... Que Dios me ampare y nos ampare a todos.
Desapareció como ágil ratón sorprendido en sus rapiñas.