XV

Dentro de Palacio, y en la reducida esfera donde imperaba la monarquía

absoluta, también se repartían municiones. Pero, ¿qué municiones?

Dulces, cigarros y botellas de vino. Dicen que cada soldado tenía en

su bolsillo una onza de oro, y que las criadas de Palacio bajaban a

repartir entre ellos cintas encarnadas con emblemas de _Viva el rey

absoluto_, _Mueran los milicianos_. Dicen que había crápula permanente

arriba y abajo, en los salones y en el patio, con gran jaleo de

borracheras, excesos y deslices que no son para escritos.

Los grandes palaciegos como Amarillas, Infantado, Casa Sarriá y el

duque de Castro-Terreño, a quien llamaban los zurriaguistas el

_general Castañuelas_, rodeaban al rey, presentándole como seguro el

triunfo del despotismo. Bullía en aquellas excelsas testas cortesanas

un proyecto parecido al famoso de Vinuesa, con su correspondiente

secuestro de autoridades; pero los sucesos se presentaban de otra

manera, y los secuestradores corrían riesgo de ser secuestrados.

La diputación permanente de Cortes invitó a Su Majestad a que

abandonase a los sublevados, pasándose al campo liberal, y los

ministros creían poder resolverlo todo con su veto absoluto y sus dos

Cámaras. Nadie se entendía; nadie, ni aun los mismos guardias, podían

decir claramente su aspiración, pues algunos de los sublevados, como

el ilustre Córdova, no eran enemigos de la Constitución. Solo los

milicianos sabían a dónde iban: a aplastar el insolente despotismo, a

invadir el Palacio, quizá a reproducir en España el 10 de agosto de la

Revolución francesa. Solo la Milicia sabía su papel.

En este infernal hervidero descollaba un hombre por su autoridad, su

patriotismo y su energía, lo mismo que descollaba entre la multitud por

su alta figura imponente. Era el general Morillo, hombre colosal, de

color cetrino y adusta fisonomía. Su fama, adquirida en las fabulosas

guerras de América, enfrente del gran Bolívar, cuadraba perfectamente

a su figura, que era hasta cierto punto una figura india, un cuerpo de

bronce al cual hubiera sentado bien la desnudez y un arco, para atacar

la sublevación a flechazos.

Por una singularidad oficial de estas a que los españoles estamos

acostumbrados, Morillo mandaba a los leales y a los sediciosos.

El ministerio, en su desaforado empeño de confeccionar toda clase

de artículos de pastelería, le había nombrado coronel de Guardias

el mismo día 1.º de julio, y como tal y como capitán general del

distrito, mandaba frecuentes recados al Pardo, iba él mismo, subía a

Palacio, entraba en el Ayuntamiento, en la casa de Ministerios, en las

Cortes, visitaba el Parque, los cuarteles, los retenes, los puestos de

guardias, hasta los grupitos de impacientes milicianos que cubrían las

entradas de las calles. El objeto de aquel ínclito soldado era evitar

un cataclismo, siempre más funesto, cualquiera que fuese su resultado,

a la causa liberal que al despotismo.

En la tarde del día 4, los guardias de Palacio hicieron fuego a los

patriotas que habían tomado posiciones en la subida de los Ángeles.

La batalla era inminente, porque los milicianos, locos de entusiasmo,

querían jarana. Acudió precisamente Riego con cañones que sacó del

Parque; acudió el _batallón Sagrado_, decidido a atacar a los rebeldes,

y el choque hubiera sido terrible sin la interposición del capitán

general, que llegó en el momento del peligro. Riego quería marchar

adelante con sus fogosos milicianos; Morillo mandaba que se retirasen.

Ambos personajes se miraron frente a frente.

—¿Y quién es usted? —dijo el conde de Cartagena con irónico desprecio.

—Soy el diputado Riego —contestó el héroe de las Cabezas, sorprendido

de que hubiera un mortal que no le conociera.

—Pues si es usted el diputado Riego —añadió Morillo con mayor desprecio

todavía—, váyase usted al Congreso, que aquí no tiene nada que hacer.

Cuando Morillo volvió la espalda para seguir dando órdenes, Riego

pronunció en voz alta los consabidos términos de alarma, que tanto

efecto han hecho siempre en el ánimo de los patriotas.

—¡La libertad se pierde!... ¡Estamos rodeados de precipicios!

Toda la razón estaba entonces de parte del general Morillo. Los

milicianos de San Miguel y los del _batallón Sagrado_ no bastaban para

la tercera parte de los guardias que había en Palacio. Solo en la

exaltada cabeza de aquel fanático ídolo del pueblo cabía la idea de

atacar tan desventajosamente a fuerzas tan aguerridas. El mismo San

Miguel lo comprendió así, y atajaba el ardor impetuoso de sus sagradas

tropas, diciéndoles:

—Orden, señores; moderación, por Dios; que nos perdemos.

El _batallón Sagrado_ marchó hacia la plaza de Santo Domingo, y algún

energúmeno gritaba en sus filas: «¡Estamos vendidos!»

Los milicianos no dormían. Fijos en sus guardias, con los ojos del

alma puestos en un ideal de eterna gloria; impacientes, anhelantes;

inflamados en amor a la libertad; ciegos con aquella noble ceguera

que a veces hace dar tropezones y a veces impulsa hasta los cielos;

poseídos de su papel con cierta petulancia, pero al mismo tiempo con

la dignidad y firmeza propias de las circunstancias, aquellos honrados

vecinos de Madrid esperaban la hora suprema. La idea de arreglo,

componenda o pastel (era la palabra de moda) les enfurecía. El mismo

Morillo, que tan bien cumplía su misión, era mirado con recelo. De los

ministros nadie hacía caso, ni rey ni pueblo, ni ejército ni Milicia.

No es posible concebir siete figuras más tristes que las de aquellos

abogados o literatos, que contemporizaban con los guardias a condición

de que estableciesen las dos Cámaras y el veto.

Frente al Parque de San Gil había en la tarde del 6 varios milicianos,

paisanos del _batallón Sagrado_, oficiales del ejército y también

algunos de los guardias leales. Formábanse allí diversos grupos de

campamento, los unos sentados, en pie los otros, estos en torno a las

aguadoras, aquellos paseando a lo largo de la plazoleta. Casi todos

nuestros conocidos estaban allí, incluso el nunca bien ponderado

Sarmiento, que no había soltado el uniforme ni explicado cosa alguna

de los Gracos desde el día 30; pero su lengua no podía estar inactiva

tanto tiempo, y pasaban de ciento las arengas que en los primeros días

de julio había dirigido a sus compañeros en Platerías, en Santo Domingo

y en otros distintos puntos. Aquella tarde del 6 estaba ronco y casi

asmático, mas no por eso callaba; y como don Primitivo Cordero se

atreviese, ¡nefanda idea!, a disculpar a los _siete carbuncos_, o sea

ministros, don Patricio hizo su apología en estos o parecidos términos:

—¡Qué ha de pasar en una nación donde ocupa la poltrona de Estado una

_Rosita la Pastelera_, señores, una dama...! vamos, le llamaré hombre;

pero, ¡qué hombre! ¿Se gobierna una nación haciendo versos? Si al

menos fueran como los de Virgilio; pero allá se va con Rabadán, ni

más ni menos, porque lo digo yo. ¿Qué importa que pronuncie discursos

bonitos, pulidos y llenos de embustes? ¡Vaya unos políticos! Empezó

deprimiendo a nuestro querido ídolo Riego, y ha concluido defendiendo

a la aristocracia y pretendiendo que le den un título. Sí, para él

estaba... Será capaz de vender a Cristo por treinta Cámaras (pues no

se contentará con dos) y por el veto absoluto. Yo..., no lo digo por

crueldad, señores, le ahorcaría sin el menor escrúpulo.

»Y ¿qué diré del _Aprendiz_,[10] señores, del hombre infame que ideó

el Reglamento para destruir la Milicia, de ese pedantón, que mientras

la patria está en peligro se ocupa en disponer que siembren lino de

Irlanda en los campos de Calatayud? ¿Por qué he de ocultarlo? Yo, si

estuviera en mi mano, le ahorcaría... Pues bueno va con Garelli,[11]

ese jesuitón, ese abogadillo sin pleitos que tan mal habla del ejército

de la Isla y que ha defendido el feudalismo; sí, señores, ha defendido

los señoríos... Yo..., ¡chilindrón, chilindraina!..., no vacilaría un

momento y le ahorcaría también.

[10] Moscoso, ministro de la Gobernación.

[11] Ministro de Gracia y Justicia.

—¿Pero a quién dejará con vida el señor don Patricio? —preguntó Cordero

interpretando la burla general de los oyentes.

—En rigor, a todos les perdonaría, con tal que soltara la pelleja su

amigo de usted, Tintín de Navarra... Pero sigamos con los ministros:

de Sierra Pambley[12] no hay que hablar. Ese entró en el Congreso

por un voto. ¡Valiente patriota! Es el rey de los pasteleros, pero

no para su bolsillo, pues no se cocieron en su horno los robos del

empréstito de Vallejo, con que tanto ha engordado mi hombre. Si he

de ser franco, señores míos, también a ese le ahorcaría, también. El

pobre Clemencín,[13] ese literato que se ha pasado la vida haciendo

notas, ese desdichado roe-libros que está en la poltrona de Ultramar,

y que parece un frailito motilón, merece lástima, ¿no es verdad?

Pero no: basta de sentimientos, y ahorcarle. Y haremos lo mismo con

Balanzat.[14] que no se alzó en el gloriosísimo año 20; que en todos

los mandos importantes pone a los verdugos del año 14, y es más

absolutista que _Tigrekán_; lo mismo también con Romarate,[15] aunque

no sea sino por su misma oscuridad política. Ahorcarles a todos, y así

aprenderán los que vengan después. Aquí somos bobos; allá, en Francia,

sí que lo supieron entender. Así lavaron al país de inmundicia. ¡Ah! si

aquí hubiera hombres de agallas... Si aquí no tuviéramos esos respetos

ñoños, esos miramientos a las altas personas, eso de la inviolabilidad

ridícula, ¿y por qué?, ¿por qué son esas inviolabilidades?

[12] Ministro de Hacienda.

[13] De Ultramar.

[14] De la Guerra.

[15] De Marina.

—¡Prudencia, señores, prudencia! —dijo don Primitivo observando que

Sarmiento alzaba demasiado la voz—. Ahora más que nunca se necesita

prudencia.

—Pasteles, pasteles —exclamó don Patricio remedando la voz del capitán

de la Milicia—. Si nos guiáramos por ustedes los formalitos, esta gran

canalla de los guardias quedaría sin castigo, y aun se le daría a cada

uno de ellos un grado por la hazaña. Yo repito lo que ha dicho ayer

aquí ese joven Narváez, ese valiente oficial a quien pongo sobre mi

cabeza y cuento entre los míos; sí, yo digo como él: _es preciso vengar

a Landáburu y colgar de un balcón a su asesino Goiffieu_.

—No está probado que Goiffieu hiriera a Landáburu.

—Yo, yo lo he visto —aseguró con furia Sarmiento, poniendo dos dedos de

la mano derecha bajo los ojos y tirando de los párpados para descubrir

más las sanguinolentas órbitas.

—Señores —dijo de improviso don Benigno Cordero, acercándose al grupo—.

Grandes noticias. Parece que al fin aceptan los guardias el convenio

y van de guarnición a Talavera y Aranjuez, como han propuesto los

ministros.

—Ya, ya me dio el olor del horno —dijo don Patricio—. ¿Calentitos, eh?

—¿Y se confirmará?

—¿De modo que estamos aquí de más?

—Hemos tomado las armas para nada —indicó con ira un barbero de la

Carrera de San Jerónimo a quien llamaban Calleja.

—He aquí, amigo, nuestros fusiles convertidos en escobas —gruñó Lucas

Sarmiento.

—Mejor dicho, en palos para sacar del horno de la reacción estos

fétidos bollos que llaman convenios, o parches para cortar la efusión

de sangre.

—Y el enfermo se muere.

—Se muere el país, la libertad, el sistema perece. En vano la medicina

política propone una sangría... ¡Sangre! ¡Qué ridículo miedo a la

sangre!... ¡Qué revoluciones tenemos aquí, por vida de san chilindrón

chilindraina!... ¡Qué Gracos, qué Espartacos, qué Aristogitones, qué

Robespierres!

—¿Conque de veras no hay nada?

—Sí; hay los hojaldres de Rosita —repuso don Patricio, con sonrisa de

endemoniado.

—Seamos cuerdos —dijo don Benigno Cordero, que era, como verdadero

patriota, hombre de mesura y prudencia—. Si se evita una lucha

sangrienta, ¿por qué lo hemos de sentir?

—Nada —indicó el Marquesito, que era de los más decididos—: mañana los

guardias nos escupirán y tendremos que darles las gracias.

—No hay que tomarlo de ese modo, señores. Si habla el fanatismo, me

callo. La libertad no puede ganar gran cosa con que haya aquí una

carnicería. ¡Oh!, si todos fuéramos prudentes, si no hubiera fanatismo,

si no hiciéramos tonterías...

Don Benigno se enrojecía más con el calor de la conversación, y hasta

parecía que su nariz se volvía más aguda, sus espejuelos más dorados y

sus piernas más torcidas. La idea de la moderación se encarnaba en él,

y no podía ver con serenidad los excesos de la gente exaltada.

—Pues no tendrán más remedio que irse a su casa y guardar el fuego para

mejor ocasión los señores zurriaguistas —dijo con cierto imperio.

—Nos iremos, nos iremos. Pienso comprar un mico y ponerle mi uniforme.

Este trapo no merece ya cubrir el cuerpo de un hombre.

—Ese día aprenderán algo los pobres alumnos, señor Sarmiento.

—No acalorarse —dijo don Primitivo—. Narváez acaba de decirme que no

hay nada decidido todavía. Unos aseguran que hay capitulación, otros

que no.

—Los ministros están en Palacio.

—¿Dónde han de estar? ¿Dónde ha de estar el ratón más que en su agujero?

—Conferenciando.

—Ese es su oficio, conferenciar. ¡Con cien mil pares de chilindrones,

esto es una infamia!

—¿Habrá Cámaras?

—Habrá alcobas, señor don Benigno; habrá vetos; pero, ¡ay!, no

tendremos un Capeto en la guillotina.

—Hombre de Dios, ¡qué furia le ha entrado!

—¿Conque siguen las conferencias?

—Y seguirán mientras haya sueldos. Lo de las dimisiones presentadas el

día 4 es una farsa. _Tigrekán_ tendrá que mandar a sus mozos de retrete

que pongan a los ministros en la puerta de la calle.

—San Martín acaba de entrar en Palacio, señores: le he visto.

—Es natural. No estando en presidio...

—También han entrado los embajadores, con monsieur Lagarde a la cabeza.

—¿También esos pillos? Ya les arreglaría yo.

—Parece que está ya estipulada la reforma de la Constitución.

—Ya escampa. Así como se dice: «antes la muerte que la deshonra», yo

digo: «antes quiero verla suprimida que reformada.»

Esta sabia proposición política, tan propia de cabezas españolas, salió

entonces de la eminente cavidad cerebral de don Patricio.

—Esa sí que es barbaridad.

—¿Y prefiere usted el despotismo a las dos Cámaras?

—Lo prefiero.

—¿Y el año 14?

—¡Que me den el año 14, chilindrón!

—¿Y la horca?

—La horca no deshonra: los pasteles apestan y manchan... Pero allá

viene el gran patriota Mejía, que siempre trae buenas noticias.

—Salud, señores —dijo el periodista llevando militarmente la mano al

enorme morrión—. ¿Se van o no se van?

—Usted dirá.

—Creo que nos perdonan la vida, a lo que parece. ¿No dijeron en el

Campo de Guardias que _entrarían en Madrid para degollar a todos los

pícaros_?

—Y al fin parece que optan por comer pepinos en Aranjuez y espárragos

trigueros en Talavera.

—¿Pero se van de seguro?

—Así dicen..., pero don Fernandito, que esta mañana estaba inclinado

a transigir con las dos Cámaras, parece que ha dicho esta tarde:

_absoluto y nada más que absoluto_.

—Porque en Palacio corren noticias —indicó el sastre Lucas Sarmiento—

de que los carabineros sublevados en Castro del Río vienen sobre la

Mancha con otras fuerzas y con paisanos armados.

—Los rusos..., ahí tienen ustedes a los rusos.

—Con tanto decir que venían, al fin vienen —manifestó riendo don

Benigno Cordero.

—Lo que yo puedo asegurar —dijo don Primitivo con cierto misterio— es

que se ha mandado que se concentren en Madrid los milicianos de toda la

provincia.

—Eso se sabía... Noticia vieja.

—No tan vieja, señor mío, no tan vieja... Si ustedes me prometieran no

contarlo a nadie, les diría una cosa estupenda.

—¿Qué, qué?

Don Benigno, Sarmiento, Mejía, Lucas, Calleja, el Marquesito y los

demás que formaban el grupo lo estrecharon, encerrando al honrado

comerciante en una especie de tonel de humana carne.

—Pues San Martín ha recibido esta mañana un anónimo.

—¡Un anónimo! Eso sí que es grave.

—Sandeces...

—Un anónimo del Pardo... Pero me han de prometer ustedes no decirlo a

nadie.

Don Primitivo alzaba el dedo como un predicador que exhorta a la

penitencia.

—A nadie absolutamente.

—Una carta del Pardo en que se le dice que mañana, 7 de julio, a la

madrugada atacarán los Guardias a Madrid por tres puntos distintos, por

la Puerta del Conde-Duque, por...

Las risas no dejaron concluir al señor Cordero.

—Hombre de Dios, usted sueña.

—Lo más que se les puede exigir a esos cobardes es que se dejen atacar

en el Pardo.

—¡Es claro; pero venir ellos acá!...

—¡Bonito genio tenemos! Una cosa es _seducir_ a ese confiado rey, y

otra atacar a la Milicia.

La gente templada de aquellos días no consideraba a Fernando VII

autor de la sublevación de los guardias. Suponíanle mal aconsejado,

engañado, _seducido_ por los facciosos. Sus antiguos epítetos gloriosos

de _Deseado_ y _Suspirado_, los trocó entonces Borbón por otro que se

le aplicaba constantemente. Decían entonces: el _seducido_ monarca,

nuestro _seducido_ Fernando.

—Basta de engañifas y especiotas —dijo don Benigno disolviendo el

grupo—. Es de noche, señores: cada cual a su puesto.

Sonó el ronco estrépito de la retreta.

—Cada mochuelo a su olivo —añadió don Benigno—. Yo me voy a la Plaza

Mayor, donde se me figura que no estaré de más si ocurre alguna cosa.

—Y yo a casa de San Martín, que me estará esperando. ¡Cómo se

entretiene uno con la conversación!

Don Patricio llevó aparte a don Primitivo, a Calleja y a otros dos que

vestían de paisano.

—¿Han hecho algo —les dijo— en el asunto de esa endiablada gentuza

de la calle de las Veneras?... Por ahí se ha de empezar. Atáquese la

cabeza de la conspiración, y se evitarán conflictos como este.

—San Martín lo sabe todo —repuso Cordero—. En efecto, debe atacarse la

conspiración en su cabeza.

Los tres siguieron hablando en voz baja.

7 de julio · 第 17 / 31 题