Cuando Anatolio volvía la esquina de la calle de Preciados, vio dos
hombres. El uno de ellos gritó con voz cascada:
—Ya salió uno. Este es el alcahuete que lleva los recados a Palacio.
Gordón se detuvo, dudando que se dirigieran a él. Pero otra voz joven
cantó esta copla:
Huye, que viene la ronda
y se empieza el tiroteo...,
serviles, a la huronera,
que os van los gorros siguiendo.
Gordón volvió atrás. Una figura escueta, un fantasmón anguloso, cuyos
brazos se movían en cruz, y en cuyo semblante, arrugado y oscuro,
brillaban ojos de lince, avanzó hacia el guardia.
—Sigue tu camino, so bruto —chilló como una furia grotesca—, si no
quieres que te midamos las costillas.
Don Patricio, pues no era otro, mostró su brazo derecho. Donde este
acababa, tenía principio la desmesurada longitud de un garrote con
nudos.
El joven que acompañaba a don Patricio, y que vestía uniforme de
miliciano, se interpuso diciendo:
—Padre, no nos metamos en danzas con esta canalla. Estamos desarmados.
Y al mismo tiempo avanzó su mano hacia el pecho de Gordón, que
resueltamente atacaba a Sarmiento padre. El alférez no dijo una sola
palabra; blandió la pesada mano como una maza de hierro, a quien el
hercúleo brazo dio enorme fuerza y velocidad. El círculo fue breve y
rápido. La cara de Lucas Sarmiento estalló con horrible chasquido, y su
cuerpo desplomose en tierra como un saco. Bofetada más tremenda no se
había dado ni recibido en lo que iba de siglo.
—¡Traición, traición! —gritó don Patricio agitando el palo y dando
saltos, sin avanzar un paso hacia adelante ni hacia atrás.
Lucas revolvía su cara en sangre, no en la sangre trágica de las
contiendas caballerescas, sino en la sangre de la nariz, que le quedó
medio deshecha. Gordón iba derecho hacia don Patricio para quitarle el
palo y rompérselo encima, cuando aparecieron por la plazuela de Navalón
arriba dos individuos igualmente armados de formidables porras. Uno de
ellos iba vestido de miliciano.
—¡Amigos, a mí! —gritó el maestro—. ¡Aquí estoy! ¡Ataquémosle
juntos!... Ánimo, amigos míos. ¡Que me mata!
En un instante se halló Gordón comprometido por el número de los
contrarios. Tres enormes garrotazos cayeron sobre sus hombros y
espalda. Furioso, pesado, rugiente como el jabalí herido, avanzó hacia
los apaleadores. Espada en mano se dispuso a atravesar al primero que
se le pusiera delante. Pero los tres, al ver el acero, volvieron la
heroica espalda, apretando a correr con tanta ligereza, que el ruido de
los pies sobre el suelo alborotó momentáneamente la angosta calle de
las Conchas. Por un milagro fisiológico de la Providencia, don Patricio
era el que más corría, gritando:
—¡Traición, traición!
Anatolio no era un ciervo para la carrera, por la pesadez de su cuerpo,
y se detuvo sofocado y sin aliento en la esquina de la Costanilla de
los Ángeles. Miró en todas direcciones, y no vio a nadie. Pero como
sintiera ruido de pasos y voces por todas partes, creyó prudente dar
por terminada la aventura, y envainando su virgen espada se alejó,
dirigiéndose otra vez a la calle de las Veneras, y por allí a la de
Preciados.
Aquel incidente, de poca importancia al parecer, preparaba, con otros
de igual naturaleza, un gran acontecimiento histórico. Las tempestades
empiezan así, cayendo ahora una gota, después otra. En los últimos
días de junio las colisiones entre guardias y milicianos eran tan
frecuentes, que el vecindario estaba seguro de la proximidad del
aguacero. Al día siguiente de la reyerta que hemos descrito, el 30 de
junio, Su Majestad asistió a la clausura del Congreso. Formaron en la
carrera tropa y milicianos, y Fernando pasó medroso, pálido, lleno
de recelo, revolviendo los negros ojazos en todas direcciones, para
escudriñar los semblantes, y sorprender las señales de desamor o cariño
que su presencia ocasionara.
Mudos y recelosos recibiéronle los diputados de la minoría, fríos
los sostenedores del gobierno. Con habla turbada leyó su discurso el
tirano, acentuando las frases de sumisión al sistema constitucional,
y no era preciso ser muy lince para reconocer en él un convencimiento
seguro de que aquella farsa debía concluir; pero al través de su
disimulo no se veía la esperanza de un éxito feliz.
Al volver a Palacio, los milicianos aclaman la Constitución y a
Riego, y una voz atrevida grita en favor del Rey neto. Los chicos
cantan el trágala; surge en todo el tránsito infernal algarabía, y
por entre la multitud, dividida en bandos de netos y zurriaguistas,
atraviesa la ultrajada majestad con el corazón oprimido, compartiendo
su espíritu entre el miedo y la rabia. El recuerdo del infeliz Capeto
viene a su memoria; pero no siente perder el amor popular, que tan
poco le interesa, sino el poder o quizás la vida. Desde que él logra
pisar el umbral del Palacio, los tambores de la Guardia abofetean
a algunos paisanos, se cruzan palos, puñetazos, coces, y varios
jóvenes distinguidos vierten en las calles su sangre preciosa. Se
crean multitud de cardenales, aparecen rozaduras, magulladuras,
protuberancias, y centenares de narices sangran enrojeciendo el suelo.
Alguna que otra costilla cruje, rompiéndose, y no pocas encías se ven
libres de tal cual muela cariada. Surgen chichones en varias cabezas, y
algún omóplato se hunde. Esto no es más que un juego de muchachos; pero
así suelen empezar los capítulos trágicos de la historia en todas las
edades.
Poco faltaba ya para que el sainete se convirtiese en drama. Más
furiosa cada vez la tropa, cuando Su Majestad entró en Palacio,
posesionose de los altos de la plaza de Oriente, arrojó de allí a
un retén de la Milicia voluntaria, y estableciendo una línea desde
los Consejos al Arco de la Armería, declarose en abierta y descarada
sublevación. Disparáronse varios tiros, y cayeron al suelo siete
paisanos y un individuo de la Milicia. Un joven entusiasta, hijo de
Flórez Calderón, tuvo la malaventurada idea de arengar a los guardias
que formaban junto a la casa de Ministerios, y fue apaleado cruelmente
y acuchillado.
Los tambores tocaban a ataque, y los granaderos furiosos injuriaban
a la multitud amenazando pasarla a cuchillo si no se retiraba. Caían
con síncopes y desazones las mujeres, votaban algunos hombres, rugían
otros, y entre tanto veíase en una ventana de Palacio, cual si fuera
palco de plaza de toros, apiñada multitud de palaciegos y damas
vehementes que agitaban sus pañuelos para incitar a la soldadesca. Las
pobrecitas no podían resignarse a vivir bajo el nefando imperio de la
Constitución. Confundido entre los agraciados rostros como la serpiente
entre las flores, Fernando atisbaba con ávidos ojos la osadía de los
jenízaros.
Entre estos hubo un oficial que se atrevió a volver por los fueros de
la ultrajada disciplina. Llamábase don Mamerto Landáburu, exaltado
liberal, buen patriota, fontanista, militar de club (cualidad que no
constituye ciertamente la mejor casta de militares); pero al mismo
tiempo persona estimable y simpática. Este desgraciado oficial habló
con energía a los soldados; pero fue insultado. Ciego de furor,
tiró del sable a punto que otro teniente, Goiffieu, gritaba con voz
frenética: ¡_Viva el rey absoluto_! Azuzados los granaderos por esta
voz, cayeron sobre Landáburu; pero aún pudieron intervenir y salvarle
el comandante Herón y otro oficial cuyo nombre no se recuerda. Le
separaron, le condujeron a Palacio; pero allí le siguió la turba de
asesinos, y dentro del portal de Oriente recibió tres tiros por la
espalda y cayó para siempre gritando: ¡_Viva la libertad_!
Cuando la turba vio sangre se enfureció más; pero arriba, en las
excelsitudes de Palacio, un estupor medroso sucedió al levantisco
entusiasmo teatral de damas y cortesanos. Cerráronse los balcones;
volvieron los pañuelos a los bolsillos, y todo calló de improviso. Los
tiros que mataron a Landáburu hicieron en Palacio el efecto de un par
de palmadas en un charco de ranas.
¿Y la Milicia qué hacía entonces? La Milicia, como la tropa de línea,
ocupaba las calles cercanas, desde la Mayor hasta la plazuela de Santo
Domingo, con objeto de estrechar en Palacio a los sublevados. Grande
era el ardimiento de las fuerzas populares en la tarde y noche del 30;
pero no quiso Dios que tuvieran ocasión de batirse. Ordenó el capitán
general, don Pablo Morillo, que se retirasen tropa y Milicia; pero esta
se negó a soltar las armas mientras el agravio de aquel día no quedase
vengado. Un ardid ingenioso, al cual la murmuración de aquellos tiempos
dio el nefando nombre de pastel, resolvió la cuestión. Diose orden a la
Milicia de que marchase a la Puerta de Recoletos para municionarse, y
este movimiento, a que los buenos patriotas no opusieron resistencia,
permitió a la guardia sublevada retirarse tranquilamente a sus
cuarteles, dejando un batallón en Palacio. Cuando esto ocurrió
despuntaba en el horizonte el sol del 1.º de julio, mes fecundo en
revoluciones.
Y aquel sol trajo un día de estupor, de tristeza, de cruel ansiedad y
duda. Los milicianos estaban en sus casas; pero disponían las armas.
Los guardias no salían de sus cuarteles; pero sin cesar aclamaban
al rey neto. Hubo esperanzas de conciliación y esas tentativas de
acomodamiento que no faltan nunca en casos de esta naturaleza.
Generales y políticos calentaron el famoso horno de que tanto hablaba
_El Zurriago_; pero aquella vez el pastelón, tan trabajosamente
amasado, no pudo llegar a la sazón de su definitiva cochura por
la indomable arrogancia de los guardias. Llegada la noche, los
sublevados salieron de sus cuarteles; dejaron dos batallones en
Palacio, y los cuatro restantes se retiraron al Pardo por la Puerta de
Hierro, rompiendo así todo lazo con las autoridades establecidas. El
absolutismo había lanzado su reto a la Constitución.
El nuevo día, 2 de julio, trajo, pues, a Madrid alarma no menos
grande que la del 2 de mayo de 1808. La villa era un campamento. Por
todas partes tropa de línea y voluntarios, generales encintados que
iban y venían sin cesar, escoltas, destacamentos, guardias, toques,
llamadas, arengas, banderas, gritos, y el tambor resonando sin cesar,
como el ronquido de gigante furioso que impaciente aguarda la pelea.
Juntose todo lo que era juntable, y constituyose todo lo constituible,
comisiones, corporaciones, consejos; se dio principio a una
deliberación inacabable, eterna, a la deliberación del peligro, y el
Ayuntamiento, el Consejo de Estado, la diputación permanente de Cortes,
la de provincia, abrieron sus embrolladas sesiones permanentes.
¡Inmensa confusión y movimiento inmenso! El Parque de San Gil hervía
como una fragua. Todo era sacar cañones y llevarlos a un punto para
después situarlos en otro, arrastrar y repartir cajas de municiones.
Las órdenes se sucedían a las órdenes. Acudían de los cuatro ángulos
de Madrid generales y brigadieres que iban a ofrecer sus servicios,
y miles de espadas se presentaban desnudas y obedientes al pie
de aquella Constitución tan odiada de damas y de palaciegos. Los
alistamientos sucedían a los alistamientos: no bastaba la tropa de
línea, no bastaba la Milicia, y era preciso improvisar batallones de
paisanos. Con estos y oficiales de reemplazo se formó en el Parque
de Artillería el _batallón Sagrado_, cuyo mando se dio a San Miguel.
Muchos individuos de prestigio organizaron compañías a sus expensas,
renovando así el sublime fanatismo militar de la gran guerra; y al modo
que entonces se formaban partidas de guerrilleros, se hacían ahora
compañías de patriotas.
Entre los guardias sublevados había muchos oficiales liberales. Estos
abandonaron a sus compañeros al salir de Madrid, presentándose en el
Parque a recibir órdenes del capitán general. Para distinguirse de sus
hermanos, que pronto iban a ser sus enemigos, adoptaron el patriótico
instintivo de una cinta verde con el lema _Constitución o muerte_, y un
pañuelo blanco en el sombrero. ¡Oh!, no es descriptible el entusiasmo
de los milicianos, cuando vieron desfilar ante las puertas del Parque
aquellos jóvenes oficiales, casi todos de familias muy distinguidas,
que abandonaban voluntariamente, con noble instinto político, las filas
del absolutismo para defender la Constitución que habían jurado, la
hermosa libertad que amaban, la idea moderna, que veían resplandecer
débilmente sobre el cielo de la patria como una estrella cuyo fulgor
crecía, prometiendo iluminar algún día todas sus oscuridades. La
multitud prorrumpió en vivas, y ardientes palabras se cruzaron de una
parte a otra.
—¡Nobles y dignos jóvenes! —exclamó con lágrimas en los ojos el
entusiasta patriota y honrado comerciante que respondía al nombre de
don Benigno Cordero.
—¡Benditas sean las madres que los han parido! —gritó Sarmiento, que a
su lado estaba—. ¿Conoce usted, señor don Benigno, a aquel joven que
ahora parece arengar a sus compañeros y en este momento da un viva a la
Constitución?
—Le conozco, sí. Es Ramón Narváez.