—Trabajo es andar tras los conspiradores —le dijo el tenientillo—. Ahí
tiene usted, amigo Cordero, una cosa para la que yo no sirvo.
—Yo tampoco, ni es de mi agrado —añadió el capitán—; pero San Martín
se empeña en que lo haga, y no puedo desairarle. Es preciso que todos
trabajemos por el sistema. ¡Y el sistema peligra, señores!
—¡Vaya que si peligra! —dijo el jovenzuelo a quien llamaban el
Marquesito, por ser hijo de un marqués—. El Sultán conspira ayudado
por el Tamerlán de Francia, y dicen que Bayona es una fragua de
conspiradores.
—Me han dicho —manifestó un tercero que no era más que sargento— que
allá corre el oro que es un gusto. Mataflorida, Eguía y Morejón son
los agentes que manejan las partidas realistas del norte. Esto se va
poniendo muy malcarado.
—Ya, ya se tomarán medidas, señores —dijo Cordero con aplomo—. Los
_siete carbuncos_ son buenos sastres. Si creen ustedes que el gobierno
duerme, se equivocan. El gobierno sabe todo lo que se trama.
—Pues yo —dijo el sargento— no doy dos cuartos por lo que hagan los
_siete carbuncos_.[3] Todos sabemos que Madrid mismo está lleno de
agentes que entran y salen. El rey manda sus soplones al norte, y el
norte envía sus correveidiles al rey.
[3] Los ministros.
—Madrid lleno de agentes; ¡pero si ya lo sé!... ¡Tanto romperle a uno
la cabeza con los agentes! —exclamó Cordero—. ¿Habrá alguien que lo
sepa mejor que yo? Si les conozco a todos como a los dedos de mi mano.
—¿Pues por qué no les prenden?
—Ya caerán. No se irá la fiesta por el repulgo.
—¿Y quién duda que los zurriaguistas y toda esa canalla exagerada,
lo mismo que esos que han formado la _tertulia de los virtuosos
descamisados_ —dijo el Marquesito—, reciben también dinero de Palacio?
—Ya eso es más difícil de probar.
—Mejía está vendido a los realistas. Por cada insulto le dan un duro.
—Sí, podrá ser..., no digo que no. El oro de la reacción corre que es
un gusto.
Volviose a oír otra vez la voz alta y sonora de don Patricio. Se
acercaba de grupo en grupo.
—¿Qué me dirán ustedes a mí —objetó don Primitivo— que yo no sepa? Aquí
en mi cartera tengo unas noticias que espantarían a ustedes si se las
revelase. Pero a su tiempo maduran las uvas, y todo se sabrá.
—¿A qué tantos misterios? La Guardia real se subleva.
—¿Por orden del rey?
—Por orden de los agentes de Bayona, que son los que dan el dinero.
—Catorce agentes han llegado a Madrid en lo que va de mes —afirmó
Cordero en alta voz—; ¿habrá quien me pruebe lo contrario?
—Y yo digo que cuatrocientos —gritó don Patricio acercándose a los tres
jóvenes.
—Siéntese aquí el gran patriota —dijo el Marquesito ofreciendo una
banqueta al simpático preceptor.
—Vaya un cigarro —insinuó Cordero ofreciéndoselo.
—No estará de más una copita, ¿eh? —le dijo el sargento.
Don Patricio a nada resistía.
—¡A la salud del gran Riego y de los redactores de _El Zurriago_!
—exclamó después de vaciar una copa.
—Eso último no, canario. Aquí no queremos _Zurriagos_.
—Cada uno le reza a sus santos. Dicen que los _zurriaguistas_ están
vendidos al oro de Palacio; pero yo digo que quien se vende es el
gobierno, ¿estamos?
—Falta probarlo.
—Yo no pruebo nada.
—Más que el vino.
—Todos ustedes —añadió el preceptor, dirigiéndose con gran énfasis a
don Primitivo— están con los ojos vendados. ¿A qué hablar de agentes
venidos del norte si los han visto como yo a los Reyes Magos?
—¿Cómo se llama aquel de quien me habló usted aquí, y cuyo nombre no
recuerdo? —preguntó Cordero sacando su cartera.
—Don Anatolio Gordón... Apunte usted ese y servirá de algo.
—Ya está.
—Es alférez de la Guardia, y antes de llegar a Madrid escribió una
carta que vino a parar a mis manos.
—Y que usted leyó.
—Yo no abro cartas ajenas, ¡chilindrón!, aunque en ello me vaya la
vida —afirmó don Patricio con dignidad—. Pero sin abrirla sé lo que
contenía... El buen sastre conoce el paño. Tengo yo mucho ojo.
—¿Y qué contenía?
—Avisos, planes; quizás estaría en cifra. No es preciso quebrarse los
cascos para comprender, señores, que dentro de aquella epístola se
encerraba el monstruo hediondo del despotismo.
—Bien.
—Y solo con ver a quién iba dirigida...
—¿A quién?
—A don Urbano Gil de la Cuadra..., puede que no le conozcan ustedes...
¡Ya!, a estos chicos de teta hay que enseñarles el abecé de la
política. Gil de la Cuadra fue compañero del cura de Tamajón. Ambos
hicieron aquel horrendo plan..., ya saben ustedes.
—¡Sí, ya sé! Estuvo preso.
—Pero se escapó, y como nuestros gobiernos de mantequilla protegen a
todos los tunantes, y basta ser realista para ser mimado y recibir
confites, Gil de la Cuadra volvió a Madrid, y ahí está haciendo
su santa voluntad y riéndose de nosotros. ¡Por los clavos de la
chilindraina!...
Cordero apuntó.
—Basta saber dónde vive para comprender que no se ocupa, como el diablo
cuando no tiene qué hacer, en matar moscas con el rabo.
—¿Y dónde vive?
—En casa de Naranjo, hombre de Dios. Vaya unos amigos que tienen
los _carbuncos_. No saben más que farandulear con los uniformitos,
y mientras el enemigo nos mina el terreno, ellos pasan el tiempo
retorciéndose el bigotejo lleno de pomada. ¡Qué amigos tiene el
gobierno! Será preciso que nosotros los zurriaguistas, nosotros los
locos, los furiosos, los descamisados, los republicanos, les digamos
dónde está el lobo.
—¿En casa de Naranjo?
—Hombre abominable —dijo el Marquesito con sorna—, hombre feroz que
enseña por Torío.
—¿Y Gil de la Cuadra recibió la carta? —preguntó Cordero mojando el
lápiz en la punta de la lengua.
—Y después que la recibió, salió... Yo acechaba, señores, porque me
ocupo de estas cosas, aunque _Tintín_ no me pide su parecer... Pues
bien: Gil de la Cuadra salió, y con todos los guardias que encontraba
al paso, hablaba, ¿eh? Después fue a la Cuesta de la Vega y entró en el
cuartelillo de Palacio.
—Donde está el primer batallón.
—Pues no hallo en eso nada de particular —dijo el sargento.
—No..., ustedes en nada hallan nada de particular. Cuando reviente la
mina veremos si hay algo de particular. Si esto fuera pintar la mona
les sorprendería a ustedes; pero esto es indagar, inquirir, vigilar a
la canalla...
Cordero apuntó otra vez.
—¿Y ese Naranjo...?
—Es el íntimo de don Víctor Sáez, que va a su casa todas las noches.
—¿Le ha visto usted?
—Como que no ceso de acechar la casa.
—¿Y el guardia?
—¿Gordón? Va también todos los días dos veces. El ha de ser quien
alcahuetea con sus compañeros. Gil de la Cuadra ha de ser el director.
Pues no tiene poco intríngulis ese señor. ¡Si le conoceré yo que he
sido su vecino!
—Estos datos pueden ser de mucho valor, si se confirman con otros más
positivos.
—Ustedes..., ya se sabe —dijo don Patricio amostazado—, no creen en
el peligro hasta que lo ven encima; no creen en el fuego hasta que se
queman. Cuando vean que en menos que canta un gallo todo se lo come
un perro, dirán: «¡Oh, qué tontos hemos sido!» Estense como ahora, y
ya verán. Los serviles nos harán escupir la lengua en la plazuela de
la Cebada, y entonces ya no habrá tiempo más que para dar un _viva_
a la libertad con el último respiro. Bien vamos, bien, en manos de
_Rosita la Pastelera_...[4] Guerra y exterminio a los exaltados,
gorros, descamisados y zurriaguistas, que quieren poner la república
y desacreditar el sistema, eso es. En cambio, paz y protección a
los serviles, a los criados de Palacio que están conspirando, a los
cortesanos del 14 que aborrecen el sistema. Para esos, cortesías y
tolerancia; para nosotros, palos y cárceles. Muy bien, señor Cordero,
muy bien se portan los amigos de usted. Por este camino pronto
medraremos. ¿Sabe usted lo que pasa en Aranjuez, donde está la corte?
[4] Don Francisco Martínez de la Rosa.
Don Patricio, al hacer esta pregunta, daba a su rostro la expresión de
un nigromante que va a revelar secretos terribles.
—No sé que pase nada de particular —repuso Cordero.
—Ya..., nada de particular. ¿De modo que donde meten el rabo Infantado,
Amarillas y Montijo, no pasa nada de particular? Y donde hace sus
guisados Rosita la Pastelera, ¿no pasa nada de particular? Donde está
bulle que bulle la cuadrilla de anilleros, afrancesados, serviles,
¿no pasa nada de particular? Sí, porque el emperador de la China,
_Tigrekán_,[5] está mano sobre mano. Y sus hermanos, el príncipe
_Alfeñike_[6] y el príncipe _Pakorrito_,[7] tampoco hacen nada. No
se conspira, no se tiene todo preparado de acuerdo con el infame
gabinete pastelero para acuchillarnos a los libres y proclamar el
absolutismo. ¡No; si no ocurre nada; si estamos en una balsa de aceite;
si marchamos, marchamos, ¡rechilindrones!, y _él el primero_, por la
sendita constitucional; si los guardias nos quieren mucho; si el Abuelo
y don Santos y el Trapense y Jaime el Barbudo son nuestros espoliques;
si la cleriguecía nos mima y es capaz de jugar los _kiries_ por
obsequiarnos...!
[5] Fernando VII.
[6] El infante don Carlos.
[7] Don Francisco.
—Se conspira contra el sistema —dijo Cordero con hinchazón—; hay mucha
pillería en Madrid y en la corte, ya lo sabemos. ¿Pero quién tiene la
culpa sino los anarquistas con sus escándalos?
—Eso es: nosotros, todo nosotros. Nosotros somos peores que Tintín y
que Tigrekán y que _Trabuco_,[8] que es cuanto hay que decir —gruñó
Sarmiento levantándose—. Cuidado, cuidadito, señores templados, no se
nos suba San Telmo a la gavia, y entonces... Puede que nos cansemos
de aguantar, ea..., puede que algún día se diga: «Vaya, pues ya parió
la Pepa», y entonces se sabrá lo que somos. Conque, abur, señores
formalitos. Memorias al amigo Tintín, señor Cordero, y expresiones a
Trabuquito... Yo me voy, que entro de guardia.
[8] El general Morillo.
—Pues ya se sabe: mañana no hay escuela.
—Me parece natural. ¿Es uno de palo? Desgraciados chicos si no se les
da algún descanso.
Un nuevo personaje se presentó en el grupo. Vestía también de
miliciano, y era pequeño y avejentado, aunque muy vivaracho y flexible.
Distinguíase principalmente por el color encendido de su alegre rostro,
por su pequeña nariz picuda y sus gafas de oro. Aspecto menos marcial
jamás se ha visto; pero tampoco fisonomía más bonachona que la de don
Benigno Cordero, honrado comerciante de la subida a Santa Cruz y tío
felicísimo de nuestro don Primitivo.
—¿Qué hay, tío? —le preguntó este.
—Pasado mañana viene Su Majestad —repuso don Benigno frotándose las
manos—. ¿A cuántos estamos?
—A 26.
—Pues dentro de cuatro días, el lunes, tendremos gran formación,
señores. Conque prepararse.
—¡Gran formación!
—Sí. El día 30 es la ceremonia de cerrar la legislatura. ¿Hay alguno
de la compañía a quien falte el uniforme?
—A ninguno. ¿Conque el día 30?
—El día 30... —dijo don Patricio dando media vuelta—. ¿Formación? Bueno
va...
_Tintín_ sigue tan ufano,
y _Trabuco_ tan contento...
Grandes planes se susurran;
hay varios pájaros presos.
Don _Coletilla_[9] en Bayona
está manando en dinero;
a fuerza de pesos duros
a media España ha revuelto.
Andan por los barrios bajos
de la corte muchos cuervos.
Nos custodian las fronteras
veinticinco mil podencos.
El martillo se perdió;
los valientes se murieron;
los gorros ya no son gorros:
se van tornando en jumentos.
_Tigrekán_ salta de gusto
esperando ser _Rey neto_...
Parece que estamos tontos...
La cosilla tiene pelos...
[9] Eguía.
Como recitaba en voz alta estos versos, sus compañeros le hacían coro
con risas y agudezas.