¡Qué días aquellos los de la primavera del 22! En otras épocas hemos
visto anarquía; pero como aquella, ninguna. Nos gobernaban una
Constitución impracticable y un rey conspirador que tenía agentes en
el norte para levantar partidas, agentes en Francia para organizar
la reacción, agentes en Madrid para engañar a todos. En nombre de la
primera legislaba un Congreso de hombres exaltados. En representación
constitucional del segundo gobernaba un ministerio presidido por un
poeta. El Congreso era un volcán de pasiones, y allí creían que las
dificultades se resolvían con gritos, escándalos y bravatas; el rey
sacaba partido de las debilidades de unos y otros; el ministerio se
veía acosado por todo el mundo; pero su honradez y sus buenas letras no
le servían de nada.
El ejército estaba indisciplinado: unos cuerpos querían ser _libres_,
otros vitoreaban al _Rey neto_. Los artilleros se sublevaban en
Valencia, los carabineros en Castro del Río, y la Guardia real
acuchillaba a los paisanos de Madrid. La Milicia nacional bullía en
todas partes inquieta y arisca; sublevábase la de Barcelona gritando
_Viva la Constitución_, mientras la de Pamplona, enfurecida porque los
soldados aclamaban a Riego, les hizo fuego al grito de _Viva Dios_.
En Cartagena las mujeres se batían en las calles confundidas con los
milicianos.
No había tierra ni llano donde no apareciesen partidas, fruta natural
de la anarquía en nuestro suelo. En Cataluña dos célebres guerrilleros
de estado eclesiástico, mosén Antón Coll y fray Antonio Marañón, _el
Trapense_, arrastraban a los campesinos a la guerra santa. El segundo,
con un crucifijo en la mano izquierda y un látigo en la derecha,
conquistaba pueblo tras pueblo, y al apoderarse de la Seo de Urgel,
asesinaba con ferocidad salvaje a los defensores prisioneros. En
Cervera los capuchinos hacían fuego a la tropa. En Navarra imperaba
Quesada, y no lejos de allí don Santos Ladrón. Había aparecido en
Castilla don Saturnino Albuín, el célebre Manco, a quien en otro lugar
conocimos,[2] y en Cataluña despuntó, como brillante aurora, un nuevo
héroe, joven lleno de bríos que empezaba con grande aprovechamiento
la carrera. Era Jep dels Estanys. En Murcia empezaba a descollar otro
gran caudillo legendario, Jaime el Barbudo, que iba de lugar en lugar
destrozando lápidas de la Constitución.
[2] Véase _Juan Martín el Empecinado_.
Las grandes potencias estaban ya extremadamente amostazadas, viendo
nuestro desconcierto. Francia sostenía en la frontera su célebre cordón
sanitario; Roma se negaba a expedir las bulas a los obispos nombrados
por las Cortes; iba a reunirse el Congreso de Verona, con el fin que
todos saben, y en él un literato no menos grande que el nuestro,
echaría pronto las bases de la intervención extranjera. Las Américas ya
no eran nuestras, y en Méjico, Iturbide tenía medio forjada su corona.
Poseíamos una prensa insolente y desvergonzada, cual no se ha visto
nunca. Todos los excesos de hoy son donaires y galanuras comparadas con
las bestialidades groseras de _El Zurriago_, de Madrid, y _El Gorro_,
de Cádiz. Los insultos del primero encanallaban a la plebe. Nadie
se vio libre de la inmundicia con que rociaba a los ministros, a los
diputados moderados, a las autoridades todas. El gobierno, no teniendo
ley para sofocar aquella algarabía indecente, la sufría con paciencia;
pero los polizontes, que no entendían de leyes, imaginaron hacer callar
_El Zurriago_ de una manera muy peregrina. Se apoderaron de Mejía, su
redactor y después de esconderlo durante dos días, le metieron en una
alcantarilla. Era, según ellos, el paraje donde debía estar. Pero Mejía
salió, y después de limpiarse, enarbolaba de nuevo su asquerosa bandera
con el lema:
No entendemos de razones,
moderación y embelecos:
a todo el que se deslice,
zurriagazo y tente, perro.
En este desconcierto, dos hombres de acción y energía pugnaban por
afirmar el principio de autoridad. Eran el jefe político, Martínez de
San Martín, llamado por el populacho _Tintín de Navarra_, y el general
Morillo, que ganó en América la corona condal de Cartagena de Indias,
militar denodado y buen caballero.
Tal era el cuadro que ofrecía esta nación privilegiada en junio de 1822.
Fijábase entonces la atención del país entero en la Guardia real,
porque casi todos los individuos de ella eran partidarios del _Rey
neto_, profesando esta opinión con tanto desparpajo y franqueza, que
a cada momento la manifestaban a sablazos. En formación o sin ella,
los guardias eran propagandistas muy celosos del absolutismo, y ya
podía encomendarse a Dios quien delante de ellos osase pronunciar el
_viva Riego_. Aborrecían _El Zurriago_, que diariamente les ponía cual
no digan dueñas, y despreciaban a los milicianos nacionales. El rey
no solo les protegía, sino que les azuzaba, haciéndoles instrumentos
de las oscuras tramas palaciegas; los ministros les tenían más miedo
que si fueran el ejército de Atila, y Morillo aspiraba a amansarles,
reconciliándoles, ¡oh inocencia!, con la Milicia nacional.
En su soberbia, creían los arrogantes pretorianos que podían
hacerlo todo, dar un puntapié a aquel desvencijado armatoste del
constitucionalismo, y devolver al rey sus facultades _netas_, poniendo
las cosas en estado semejante al que tuvieron en el venturoso 10 de
mayo de 1814. Pero a pesar de la anarquía que pudría el cuerpo social,
esto era más fácil de decir que de hacer.
¿De qué manera trataba el Congreso de sojuzgar al espantable monstruo
de la Guardia, que amenazaba tragarse Cortes y libertad? ¡Ay! Los
padres de la patria oían sonar los primeros truenos de la tempestad,
y decidían: que se organizase mejor y con más desarrollo la Milicia
nacional; que los jefes políticos despertasen el entusiasmo liberal
por medio de himnos patrióticos, músicas, convites y representaciones
teatrales de dramas heroicos para enaltecer a los héroes de la
libertad; que los obispos escribiesen y publicasen pastorales,
poniendo por esas nubes la sagrada Constitución. En cuanto a la
Guardia, como molestaba tanto, decidieron que lo mejor era suprimirla
por un decreto.
En esta situación política, la Milicia nacional voluntaria (el gobierno
quería con razón hacerla forzosa) era la institución más feliz del
mundo, y los milicianos los hombres más bienaventurados de Madrid.
No trabajaban; concurrían diariamente a festejos cívicos en que se
empezaba comiendo y se concluía bebiendo; eran estimados por el
vecindario, por nadie temidos, y únicamente por los serviles guardias
despreciados. Se daban buena vida, vestían lujosos uniformes, formaban
gallardamente en las procesiones, tiraban al blanco, y se tenían por el
más firme sostén del trono y del sistema.
Verdad es que con tantas ocupaciones fuera de casa, más de un hogar
estaba abandonado, muchas herramientas rodaban mohosas por el suelo,
los chicos no iban a la escuela, y el orden y arreglo domésticos se
resentían notoriamente. En regiones más altas, advertíase que muchos
libros habían sufrido la infamante pena de horca; en diversas oficinas,
bostezaban cubiertos de polvo los expedientes, y en no pocas casas de
comercio, los géneros y las cuentas se resentían de falta de uso. En
cambio, bastantes jóvenes de elevadas familias habían moralizado sus
costumbres, trocando las calaveradas dispendiosas por la holgazanería
disciplinada de las formaciones y de las guardias, lo cual ciertamente
era una ventaja. Se habrá comprendido por estas observaciones que la
Milicia nacional de entonces no era, como alguien puede creer, un
organismo militar formado con carne plebeya y artesana, sino que todas
las clases sociales habían puesto en ella su magra y su tocino. Jóvenes
de la clase media y de las familias más distinguidas se honraban con el
uniforme de la M. y la N.
No puede darse heterogeneidad más abrumadora que la de aquella sociedad
política. El rey era absolutista; el gobierno, moderado; el Congreso,
democrático; había nobles anarquistas y plebeyos serviles. El ejército
era en algunos cuerpos liberal, en otros realista, y la Milicia
abrazaba en su vasta muchedumbre todas las clases sociales. Solo la
Milicia era lo que debía ser. Ya se verá también que era lo que más
valía.
Hacían la guardia los milicianos en diferentes puntos. Visitémosles en
uno de ellos, en la Casa-Panadería. Aquel edificio tenía entonces el
mismo aspecto de hoy, es decir, que parecía estar roído por los ratones
y manchado por las moscas. Su frontis lleno de figuras al temple, no
había palidecido tanto, es verdad, y conservaba algo del rojo subido,
como un reflejo de las llamaradas de los autos de fe; pero el cuerpo
bajo y la galería de sillares estaban ya comidos de miseria, como
se suele decir; tal era su deplorable vista a causa del tiempo y el
abandono. En la gran sala baja estaba el cuerpo de guardia, el cual era
dormitorio, comedor, garito, locutorio, cátedra, café, con algo de club
y no poco de casino, y hasta de logia, apurando mucho.
X
Era una noche de fines de junio clara y tibia. Los milicianos, sentados
en banquetas o en sillas, tenían su tertulia bajo los arcos. Había
jóvenes y viejos de distintas clases sociales, divididos en grupos que
formara la edad, la simpatía o tal vez la posición, porque en medio de
tanta fraternidad, el principio igualitario no tenía una aplicación
perfecta, como es de suponer, ni se olvidaban los nombres y las
fortunas. Más que la jerarquía social era puesta en olvido la militar,
porque soldados rasos y oficiales se trataban de tú, bebían en un mismo
vaso y cambiaban, partiéndola entre uno y otro, una misma peseta.
—Allí viene el gran don Patricio —dijo en el principal grupo un mozo
bien parecido, con insignias de sargento de granaderos—. ¿A que no
saben ustedes qué es lo que le trae tan alterado y furioso?
—Que casi todos los chicos de la escuela se le van marchando. Eso ya lo
presumíamos.
—Si no enseña más que tonterías... Se ha empeñado en que la Historia
romana ha de ser antes que la escritura. Si quieren ustedes pasar un
buen rato, lléguense un día a la escuela. Ni en el teatro se ríe uno
más.
—Era el mejor maestro de Madrid antes de meterse a patriota —dijo un
jovenzuelo, con charretera de teniente—. Mamá ha quitado de su escuela
a mis dos hermanitos, Manolo y Braulito, porque iban a casa cantando
los versos de _El Zurriago_ y no sabían palotada.
—¡Pobre don Patricio! —exclamó un capitán que ya era hombre mayor—.
Pues yo no he quitado a mi chico por..., por pereza, porque estas cosas
de la Milicia le traen a uno tan distraído..., pero mañana mismo le
saco de Roma y Cartago.
—La gran pena de este pobre hombre es que todos sus alumnos se los
arrebata un tal Naranjo, a quien no puede ver ni en pintura, porque
es servil, porque enseña por Torío, y, sobre todo, porque le quita la
clientela.
—Naranjo, Naranjo —dijo el preopinante, haciendo memoria—. Yo he oído
ese nombre. ¿A ver si lo tengo aquí?
Sacó una cartera, y a la luz del farol que había en la pared, miró.
—Sí, aquí lo tengo. Buen pájaro..., amigo de don Víctor Sáez, el
confesor de Su Majestad y del conde de Moy, coronel de guardias. Hay
sospechas de que conspira.
En tanto, don Patricio, que venía de uniforme por estar de guardia
aquella noche, habíase unido a un grupo de milicianos de su calidad y
estofa, y dejaba oír su grave voz en toda la arcada. Los jóvenes no
volvieron a ocuparse de él.
—Más quiero tirar de un carro que ser hurón de conspiraciones —dijo el
de la cartera.
Sentándose con muestras de fastidio, encendió un cigarro. Era el tal
capitán figura demasiado grande y luminosa en el cuadro de los sucesos
de 1822 para que le dejemos pasar con una simple mención. Fue su cuna
la calle de Toledo y un comercio de hierro muy acreditado que heredó
de su honradísimo padre, y que, beneficiado por él, pudo transmitir a
sus honradísimos hijos y a sus honradísimos nietos, que fueron, años
adelante, tan milicianos nacionales como él. Más que un hombre, don
Primitivo Cordero era una especie. Su morrión, como las flores que
se reproducen de año en año, ha brotado, digámoslo así, en períodos
diversos, siempre con igual lozanía.
El primer rasgo de su carácter es la hombría de bien, y su comercio
de hierro un modelo de buena fe, crédito y orden. En las relaciones
sociales, fue siempre hombre muy ejemplar: a nadie calumnió, ni
estafó, ni maltrató. Si no odiara con toda su alma a los serviles, se
le tendría por paloma torcaz antes que por hombre. Con sus amigos es
leal y cariñoso, y su opinión de buen muchacho está tan arraigada, que
ha llegado a ser dogma de fe desde los portales de Bringas hasta el
portillo de Gilimón. En su casa es modelo de padres y esposos. Para que
nada le falte, hasta es buen católico, y cumple con la Iglesia sin dar
que decir al sacristán de su barrio, ni menos al cura, que saben lo que
pesan la cera, las limosnas y las misas del señor don Primitivo Cordero.
El segundo rasgo de su carácter es menos simpático: consiste en la
ignorancia. Don Primitivo no ha hecho estudios mayores, por no ser
esto costumbre en el género de ferretería en doscientas varas a la
redonda de Puerta Cerrada. No se ha roto Cordero los codos en Alcalá ni
en Salamanca, ni en ningún colegio ni seminario; de modo que sus letras
son simplemente las del alfabeto. En cambio, escribe por Iturzaeta con
envidiable perfección: sus trazos son tan elegantes, que casi invaden
los regios dominios del arte; y su rúbrica, pieza de grandísimo mérito,
le envanece, no sin motivo, hasta el extremo de que no pierde ocasión
de lucirla.
Fuera de esto, don Primitivo _ignora todo lo ignorable_, según la frase
de un contemporáneo suyo, y así como el pájaro no sabe lo que canta,
él jamás ha sabido ninguna cosa referente a sistemas políticos. Tiene
ideas confusas, bebidas en una copla de _El Zurriago_, en un discurso
de Argüelles y hasta en una frase inspirada de Pujitos; tiene, más
que ideas, un sentimiento muy vivo de la bondad de las Constituciones
liberales, y una fe ciega y valerosa, como la fe de los mártires, que
desafía las polémicas, que desprecia los argumentos, y se dispone a
gritar y morir, jamás quebrantada ni disuadida. Don Primitivo Cordero
no acierta a comprender que puedan existir opiniones distintas en
política; no puede comprender que haya más que una opinión: la suya.
De ahí resulta su convencimiento de que los serviles, moderados y
clerigones, piensan como piensan por interés, siendo todos ellos
farsantes hipócritas y egoístas. Para Cordero, el mayor beneficio
que puede hacerse a la humanidad es obligarla por la fuerza a tener
la única opinión posible, su opinión de él, que es la más razonable,
la más lógica, la más conveniente. No pensar como él piensa, es
simplemente obra de la astucia o del interés bastardo, de lo cual
deduce que todos los que no aman el sistema son unos pillos.
El tercer rasgo de su carácter es una sumisión incondicional a otras
personas de más seseras dentro del partido, en tales términos que él
no hace sino lo que ellos hacen, y dice todo lo que ellos dicen. Don
Primitivo, en los tiempos de 1822, o sea en su primera encarnación,
tenía por oráculo al jefe político _Tintín de Navarra_. Le ayudaba, le
servía, le formaba, en unión de otros buenos comerciantes de la calle
de Toledo, una pequeña corte, o más bien una de esas comparsillas que
rodean a los personajes de segunda y tercera magnitud.
El cuarto rasgo de su carácter, en todas las encarnaciones de don
Primitivo Cordero, es cierta templanza de hombre establecido y bien
acomodado. Detesta las exageraciones y el derramamiento de sangre. Ha
oído hablar de una cosa nefanda, la Revolución francesa, y le parece
execrable; ha oído hablar de un hombre espantoso, Marat, y le parece
un monstruo, que mandaba matar gente por gusto. Él no quiere que en
su país pasen estas cosas, y opina que, para convencer a los reacios,
deben emplearse, cuando más, algunos palos bien dados.
El quinto rasgo (porque son cinco) de su carácter es una gran
predilección por la forma, dándole más importancia que al fondo. En
la Milicia, por ejemplo, lo principal es el uniforme, en el gobierno
las palabras, en la política general los himnos. Un viva dado a
tiempo, un pendón bien tremolado, parécenle de más poder que todas las
teorías. Él cuenta siempre con un agente de gran valía para resolver
todos los conflictos políticos: el entusiasmo; así es que casi siempre
está entusiasmado. He aquí una cosa en que no se equivoca el bueno
de don Primitivo Cordero. ¡Desgraciada sociedad la que desconoce el
entusiasmo! Esto es evidente; pero al mismo tiempo debe advertirse que
ni aun este noble estado del ánimo que dispone a las grandes acciones
está libre de extravíos, y que entusiasmarse fuera de tiempo y por
cosas que no lo merecen no es de hombres sesudos ni de graves políticos.
La persona de este excelente hombre era, en los días de su primera
encarnación, bastante agradable. Gallarda figura, en la cual encajaba
el uniforme a maravilla; mirada perspicua, no como de quien ve,
sino de quien cree ver lo oculto de las cosas; semblante varonil,
algo petulante, con bigotes largos (pues los de moco no los llevó
hasta su segunda encarnación); andar precipitado, arrastrando con
horrísono repiqueteo marcial el sable, como quien va siempre de prisa
a comunicar algo importante; voz sonora y cierto sentimentalismo en su
conversación, como quien está dispuesto a llorar dando un _viva_, o a
hacer pucheros cantando un himno; cierta disposición a la fraternidad,
cierta generosidad aun con los enemigos; buena fe y lealtad, además de
otras cualidades, completaban su persona en lo físico y en lo moral.
Era, además, hombre que gustaba de hablar, en las esquinas y en
los cafés, misteriosamente, cuando topaba con sus amigos; de dar
noticias a medias para confundir a las gentes; de no reconocerse nunca
ignorante de ningún suceso; de dar a entender siempre que iba a pasar
algo funesto, solo sabido por él y por _Tintín_; gustaba también de
afectar el conocimiento de todas las tramas de los pillos, y siempre
estaba de prisa, siempre comía a escape, siempre le apretaban las
ocupaciones, siempre le estaban aguardando, siempre iba a casa del jefe
político, al Ayuntamiento, o a otra cualquier parte donde debía de ser
imprescindible su presencia. Ni más ni menos era don Primitivo Cordero.