Los primeros días en casa del señor Custodio parecieron a Manuel de

demasiada sujeción; pero como en la vida del trapero hay mucho de

vagabundaje, pronto se acostumbró a ella.

Se levantaba el señor Custodio todavía de noche, despertaba a Manuel,

enganchaban entre los dos los borricos al carro y comenzaban a subir a

Madrid, a la caza cotidiana de la bota vieja y del pedazo de trapo. Unas

veces iban por el paseo de los Melancólicos; otras, por las rondas o por

la calle de Segovia.

El invierno comenzaba; a las horas que salían Madrid estaba

completamente a obscuras. El trapero tenía sus itinerarios fijos y sus

puntos de parada determinados. Cuando iba por las rondas y subía por la

calle de Toledo, que era lo más frecuente, se detenía en la plaza de la

Cebada y en Puerta de Moros, llenaba los serones de verdura y seguía

hacia el centro.

Otros días se encaminaba por el paseo de los Melancólicos a la Virgen

del Puerto, de aquí a la Florida, luego a la calle de Rosales, en donde

escogía lo que echaban algunos volquetes de la basura, y seguía a la

plaza de San Marcial y llegaba a la plaza de los Mostenses.

En el camino, el señor Custodio no veía nada sin examinar al pasar lo

que fuera, y recogerlo si valía la pena; las hojas de verdura iban a los

serones; el trapo, el papel y los huesos, a los sacos; el cok medio

quemado y el carbón, a un cubo, y el estiércol, al fondo del carro.

Regresaban Manuel y el trapero por la mañana temprano; descargaban en el

raso que había delante de la puerta, y marido y mujer y el chico hacían

las separaciones y clasificaciones. El trapero y su mujer tenían una

habilidad y una rapidez para esto pasmosa.

Los días de lluvia hacían la selección dentro del cobertizo. En estos

días la hondonada era un pantano negro, repugnante, y para cruzarlo

había que meterse en el lodo, en algunos sitios hasta media pierna. Todo

en estos días chorreaba agua; en el corral, el cerdo se revolcaba en el

cieno; las gallinas aparecían con las plumas negras, y los perros

andaban llenos de barro hasta las orejas.

Después de la clasificación de todo lo recogido, el señor Custodio y

Manuel, con una espuerta cada uno, esperaban a que vinieran los carros

de escombros, y cuando descargaban los carreros, iban apartando en el

mismo vertedero: los cartones, los pedazos de trapo, de cristal y de

hueso.

Por las tardes, el señor Custodio iba a algunas cuadras del barrio de

Argüelles a sacar el estiércol y lo llevaba a las huertas del

Manzanares.

Entre unas cosas y otras, el señor Custodio sacaba para vivir con cierta

holgura; tenía su negocio perfectamente estudiado, y como el vender su

género no le apremiaba, solía esperar las ocasiones más convenientes

para hacerlo con alguna ventaja.

El papel que almacenaba se lo compraban en las fábricas de cartón; le

daban de treinta a cuarenta céntimos por arroba. Exigían los fabricantes

que estuviera perfectamente seco, y el señor Custodio lo secaba al sol.

Como a veces querían escatimarle en el peso, solía meter en cada saco

tres o cuatro arrobas justas, pesadas con una romana; en la jerga del

talego pintaba un número con tinta, indicador de las arrobas que

contenía; estos sacos los guardaba en una especie de bodega o sentina de

barco que había hecho el trapero ahondando en el suelo del cobertizo.

Cuando había una partida grande de papel se vendía en una fábrica de

cartón que había en el paseo de las Acacias. No solía perder el viaje

el señor Custodio, porque además de vender el género en buenas

condiciones, a la vuelta llevaba su carro a unas escombreras de una

fábrica de alquitrán que había por allá, y recogía del suelo una

carbonilla muy menuda, que se quemaba bien y ardía como cisco.

Las botellas las vendía el trapero en los almacenes de vino, en las

fábricas de licores y de cervezas; los frascos de específicos en las

droguerías; los huesos iban a parar a las refinerías y el trapo a las

fábricas de papel.

Los desperdicios de pan, hojas de verdura, restos de frutas, se

reservaban para la comida de los cerdos y gallinas, y lo que no servía

para nada se echaba al pudridero y, convertido en fiemo, se vendía en

las huertas próximas al río.

El primer domingo que estuvo allí Manuel, el señor Custodio y su mujer

aprovecharon la tarde. Hacía mucho tiempo que no salían juntos por no

dejar la casa sola; se vistieron los dos muy elegantes y fueron a

visitar a su hija, que estaba de modista en el taller de una parienta.

Manuel se quedó solo muy a gusto con Reverte, contemplando la casa, el

corral, la hondonada; hizo dar vueltas al _Tío Vivo_, que rechinó como

malhumorado; se subió al caballete del columpio, contempló a las

gallinas, molestó un poco al cerdo y corrió de un lado para otro,

perseguido por el perro, que ladraba alegremente con furia fingida.

Atraía a Manuel, sin saber por qué, aquella negra hondonada con sus

escombreras, sus casuchas tristes, su cómico y destartalado _Tío Vivo_,

su caballete de columpio y su suelo lleno de sorpresas, pues lo mismo

brotaba de sus entrañas negruzcas el pucherete tosco y ordinario, que el

elegante frasco de esencias de la dama; lo mismo el émbolo de una

prosaica jeringa, que el papel satinado y perfumado de una carta de

amor.

Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir

refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de

una capital, entusiasmaba a Manuel. Le parecía que todo lo arrojado allí

de la urbe, con desprecio, escombros y barreños rotos, tiestos viejos y

peines sin púas, botones y latas de sardinas, todo lo desechado y

menospreciado por la ciudad, se dignificaba y se purificaba al contacto

de la tierra.

Manuel pensó que si con el tiempo llegaba a tener una casucha igual a la

del señor Custodio y su carro, y sus borricos y sus gallinas, y su

perro, y además una mujer que le quisiera, sería uno de los hombres casi

felices de este mundo.

CAPÍTULO VII

EL SEÑOR CUSTODIO Y SUS IDEAS.--LA JUSTA, EL «CARNICERÍN» Y EL «CONEJO».

EL señor Custodio era un hombre inteligente, de luces naturales, muy

observador y aprovechado. No sabía leer ni escribir, y, sin embargo,

hacía notas y cuentas; con cruces y garabatos de su invención, llegaba a

substituir la escritura, al menos para los usos de su industria.

Sentía el señor Custodio un gran deseo de instruirse, y a no ser porque

le parecía ridículo, se hubiese puesto a aprender a leer y escribir. Por

las tardes, concluído el trabajo, solía decir a Manuel que leyese los

periódicos y revistas ilustradas que recogía por la calle, y el trapero

y su mujer prestaban gran atención a la lectura.

Guardaba también el señor Custodio unos cuantos tomos de novelas por

entregas que había dejado su hija, y Manuel comenzó a leerlos en voz

alta.

Las observaciones del trapero, el cual tomaba por historia la ficción

novelesca, eran siempre atinadas y justas, reveladoras de un instinto

de sensatez y de buen sentido. El criterio sensato del trapero a Manuel

no siempre le agradaba, y a veces se atrevía a defender una tesis

romántica e inmoral; pero el señor Custodio le atajaba en seguida, sin

permitirle que siguiera adelante.

Por razón de su oficio, el trapero tenía una preocupación por el abono

que se desperdiciaba en Madrid.

Solía decir a Manuel:

--¿Tú te figuras el dinero que vale toda la basura que sale de Madrid?

--Yo no.

--Pues haz la cuenta. A sesenta céntimos la arroba, los millones de

arrobas que saldrán al año... Extiende eso por los alrededores y haz que

el agua del Manzanares y la del Lozoya rieguen estos terrenos, y verías

tú huertas y más huertas.

Otra de las ideas fijas del trapero era la de regenerar los materiales

usados. Creía que se debía de poder sacar la cal y la arena de los

cascotes de mortero, el yeso vivo del ya viejo y apagado, y suponía que

esta regeneración daría una gran cantidad de dinero.

El señor Custodio, que había nacido cerca de aquella hondonada en donde

estaba su casa, sentía por sus barrios, y, en general, por Madrid, un

gran entusiasmo; el Manzanares era para él un río tan serio como el

Amazonas.

El señor Custodio tenía dos hijos, de los cuales no conocía Manuel mas

que a Juan, un chulapo alto y moreno, que estaba casado con la hija de

la dueña de un lavadero de la Bombilla. La hija, Justa de nombre, estaba

de modista en un taller.

En las primeras semanas, ninguno de los hijos apareció por casa de los

padres. Juan vivía en el lavadero, y la Justa, con una pariente suya,

dueña de un taller.

Manuel, que solía hablar mucho con el señor Custodio, pudo notar pronto

que el trapero era, aunque comprendiendo lo ínfimo de su condición, de

un orgullo extraordinario, y que tenía acerca del honor y de la virtud

las ideas de un señor noble de la Edad Media.

Al mes de vivir allí estaba Manuel un domingo a la puerta de la casa,

después de comer, cuando vió que por la pendiente del vertedero bajaba a

la hondonada corriendo, con las faldas recogidas, una muchacha, Al verla

de cerca, Manuel quedó rojo, luego pálido. Era la chiquilla que había

ido dos o tres veces a casa de la patrona, a probar los trajes a la

Baronesa, pero hecha ya una mujer.

Se acercó la muchacha, levantando las faldas y las enaguas almidonadas,

cuidando de no ensuciarse los zapatitos de charol.

--¿Qué vendrá a hacer aquí?--se dijo Manuel.

--¿Está padre?--preguntó ella.

Salió el señor Custodio y abrazó a la muchacha. Era la hija del trapero,

la Justa, de quien Manuel oía hablar continuamente, y que, sin saber por

qué, se había figurado que debía de ser muy flaca, muy esmirriada y

desagradable.

La Justa entró en la cocina, y después de mirar las sillas, por si

tenían algo que ensuciara su vestido, se sentó en una. Luego habló por

los codos, diciendo tonterías a porrillo y riendo ella misma chistes.

Manuel la escuchaba silencioso; la verdad es que no era tan guapa como

se había figurado, pero no por eso le gustaba menos. Tendría unos diez y

ocho años, era morena, bajita, de ojos muy negros y muy vivos, la nariz

respingona y descarada, la boca sensual, de labios gruesos. Era algo

fondoncilla y abundante de pecho y de caderas; iba limpia, fresca, con

el moño muy empingorotado y unos zapatos nuevos y relucientes.

Mientras hablaba la Justa y la oían extasiados sus padres, se presentó

en la cocina un jorobado de una de las casuchas de la hondonada, a quien

llamaban el _Conejo_, y que tenía, efectivamente, en su rostro una gran

semejanza con el simpático roedor cuyo nombre llevaba.

Era el _Conejo_ del gremio del señor Custodio, y conocía a Justa desde

niño; Manuel solía verle todos los días, pero no paraba su atención en

él.

Entró el _Conejo_ en casa del señor Custodio y se puso a decir simplezas

y a reírse a carcajadas; pero de un modo tan mecánico que molestaba,

porque parecía que detrás de aquel reír continuo debía haber una

amargura muy grande. La Justa le tocó la joroba, pues sabido es que esto

da la buena suerte, y el _Conejo_ se echó a reír.

--¿Te han llevado alguna otra vez a la Delegación?--le preguntó ella.

--Sí; muchas veces... ji... ji...

--¿Y por qué?

--Porque el otro día me puse a gritar en la calle: ¡Aire, quién compra

el paraguas de Sagasta, el sombrero de Krüger, el orinal del Papa, una

lavativa que se le ha perdido a una monja cuando estaba hablando con el

sacristán!...

El _Conejo_ daba gritos formidables y la Justa se reía a carcajadas.

--¿Y ya no cantas la misa como antes?

--Sí, también.

--Pues cántala.

El jorobado había tomado, como motivo de escándalo, el Prefacio de la

Misa, y substituía las palabras sagradas por otras con que anunciaba su

comercio, y empezó a gritar:

--Quién me vende... las zapatillas... los pantalones... las

alpargatas... las botas viejas... y las usadas... las lavativas... los

orinales y hasta la camisa.

A la Justa le producían los gritos del jorobado una risa nerviosa. El

_Conejo_, después de cantar dos o tres veces el Prefacio, tomó el aire

de las rogativas y cantó unas cosas con voz de tiple y otras con voz de

bajo:

El sombrero de copa... y en vez de decir _Liberanos dominé_, decía:

ahora mismo compraré... el chaleco viejo... una perra gorda daré...

El jorobado tuvo que callarse para que dejara de reír la Justa.

De pronto ésta advirtió el entusiasmo de Manuel, y, a pesar de que no le

parecía una gran conquista, se puso seria, le animó y le dedicó miradas

furtivas, que hicieron latir apresuradamente el corazón del muchacho.

Cuando se fué la hija del señor Custodio, Manuel se quedó como si le

hubieran dejado a obscuras. Pensó que con el recuerdo de las miradas

incendiarias tendría que vivir dos o tres semanas.

Al día siguiente, cuando Manuel se encontró con el _Conejo_, escuchó las

tonterías que le dijo el jorobado, que siempre estaba hablando del

obispo de Madrid-Alcalá, y luego trató de llevar la conversación al tema

del señor Custodio y su familia.

--Es guapa la Justa, ¿verdad?

--Psch... sí--y el _Conejo_ le miró a Manuel con un aspecto reservado de

hombre que oculta un misterio.

--Usted la ha conocido de chica, ¿eh?

--Sí; pero he conocido otras muchas.

--¿Tiene novio?

--Sí lo tendrá. Todas las mujeres tienen novio, a no ser que sean muy

feas.

--¿Y quién es el novio de la Justa?

--Cualquiera; yo creo que es el obispo de Madrid-Alcalá.

El _Conejo_ era un hombre de aspecto muy inteligente; tenía la cara

larga, la nariz corva, la frente ancha, los ojos pequeños y brillantes y

una perilla rojiza y en punta como la de un chivo.

Un tic especial, un movimiento convulsivo de la nariz agitaba su rostro

de vez en cuando, y era lo que le daba más semejanza con un conejo. Reía

tan pronto con una carcajada nerviosa, metálica, sonora, como con una

risa sorda de polichinela. Miraba a la gente de arriba abajo y de abajo

arriba, de una manera insolente a fuerza de ser burlona, y para más

sorna detenía su mirada en los botones del traje de su interlocutor, e

iba danzando con la vista de la corbata al pantalón y de las botas al

sombrero. Tenía especial empeño en vestir de un modo ridículo y le

gustaba adornarse la gorra con vistosas plumas de gallo, andar con botas

de montar y hacer otra porción de extravagancias.

Le gustaba también embromar a la gente con sus mentiras, y afirmaba las

cosas que inventaba con tal tesón, que no se comprendía si se estaba

riendo o hablando en serio:

--¿No sabe usted lo que le ha pasado esta tarde al obispo de

Madrid-Alcalá en las Cambroneras?--decía a algún conocido.

--No.

--Pues que ha ido a hacer una visita para darle una limosna a

_Garibaldi_, y _Garibaldi_ le ha sacado una jícara de chocolate al señor

obispo. Se ha sentado el señor obispo, ha tomado una sopa y clac... no

se sabe qué le ha pasado: se ha quedado muerto.

--¡Pero, hombre!...

--Es cosa de los republicanos--decía el _Conejo_, muy serio, y se

marchaba a otra parte a propalar la noticia o a contar otro embuste. Se

metía en un grupo:

--¿Ya saben ustedes eso de Weyler?

--No, ¿qué ha pasado?

--Nada; que al volver del Campamento unas moscas se le han puesto en la

cara y le han comido toda la oreja. Ha pasado por el puente de Segovia

echando sangre.

Así se divertía aquel bufón.

Por las mañanas echaba el saco a la espalda e iba al centro de Madrid y

anunciaba su oficio por las calles, mezclando en sus pregones a

personajes políticos y hombres ilustres, lo que algunas veces le había

valido los honores de la Delegación.

Era el _Conejo_ perverso y malintencionado como un demonio; la muchacha

de los alrededores que tuviera su lío podía temblar, porque se las

apañaba para sorprenderla. Lo sabía todo, lo husmeaba todo; pero, al

parecer, no se valía de sus descubrimientos. Con asustar, estaba

satisfecho.

--El _Conejo_ lo sabrá--le solían decir algunas veces cuando se

sospechaba algo.

--Yo no sé nada; yo no he visto nada--contestaba él riéndose--; yo no sé

nada.

Y de aquí no había medio de sacarle.

Cuando Manuel fué conociendo al _Conejo_, sintió por él, si no

estimación, un cierto respeto por su inteligencia.

Era tan listo aquel jorobado bufón, que se las arreglaba en el Rastro

muchas veces para engañar a sus colegas, que de tontos no tenían un

pelo.

Casi todas las mañanas se reunían los traperos en la cabecera del Rastro

para cambiar impresiones y prendas usadas. El _Conejo_ se enteraba de

lo que necesitaban los vendedores de los puestos, y aquello que querían,

él lo compraba a los traperos y se lo revendía a los de los puestos, y

entre cambalaches y ventas siempre salía ganando...

En los domingos sucesivos la Justa tomó como entretenimiento el

entusiasmar a Manuel. La muchacha tenía una libertad absoluta de palabra

y un conocimiento completo y acabado de todas las frases y timos

madrileños.

Manuel, al principio, se mostraba respetuoso; pero viendo que ella no se

incomodaba, se iba atreviendo cada vez más y la abrazaba a traición. La

Justa se desasía con facilidad y se reía al ver al mozo con su cara

seria y la mirada brillante de deseos.

Con la libertad de palabras que le caracterizaba, la Justa tenía

conversaciones escabrosas; contaba a Manuel lo que la decían en la

calle, las proposiciones que los hombres deslizaban en su oído y hablaba

con gran delectación de compañeras de taller que habían perdido su flor

de azahar en la Bombilla o en las Ventas con cualquier Tenorio de

mostrador que se pasaba la vida atusándose el bigote delante del espejo

de alguna perfumería o tienda de sedas.

Las frases de la Justa tenían siempre un doble sentido y eran, a veces,

alusiones candentes. Su malicia y su coquetería chulesca y desgarrada

creaba en derredor suyo una atmósfera de deseo.

Manuel sentía por ella un anhelo doloroso de posesión, mezclado con una

gran tristeza y hasta con odio, al ver que la Justa se reía de él.

Muchas veces, al verla llegar, Manuel se juraba a sí mismo no hablarla,

ni mirarla, ni decirla nada y entonces ella le buscaba y le sonreía y

le provocaba haciéndole señas y dándole con el pie.

Era la Justa de una desigualdad de carácter perturbadora. Unas veces, al

verla asida por Manuel de la cintura y sentada en sus rodillas, se

dejaba abrazar y besar; otras, en cambio, sólo porque se le acercaba y

le tomaba la mano, le soltaba una bofetada que le dejaba aturdido.

--Y vuelve por otra--añadía, al parecer incomodada.

Manuel sentía ganas de llorar de ira y de rabia, y se tenía que contener

para no preguntarle con una lógica infantil: «¿Por qué la otra tarde

dejaste que te besara?» Pero luego pensaba en la ridiculez de una

pregunta así hecha.

La Justa iba sintiendo cierto cariño por Manuel, pero un cariño de

hermana o de amiga; como novio, como pretendiente, no le parecía

bastante para tomarle en serio.

Aquel flirteo, que fué para la Justa como un simulacro de amor,

constituyó para Manuel un doloroso despertar de la pubertad. Sentía

vértigos de lujuria, que terminaban en una atonía y en un aplanamiento

mortales. Y entonces echaba a andar de prisa con el paso irregular de un

atáxico; muchas veces, al atravesar el pinar del Canal, le entraban

deseos de dejarse ahogar en el río; pero el agua sucia y negra no

invitaba a sumergirse en ella.

En estas rachas de lujuria era cuando le acometían con más fuerza los

pensamientos negros y tristes, la idea de la inutilidad de su vida, de

la seguridad de un destino adverso, y al pensar en la existencia de

abandonado que se le preparaba, sentía su alma llena de amargura y los

sollozos le subían a la garganta...

Un domingo de invierno, la Justa, que había tomado la costumbre de ir

todos los días de fiesta a casa de sus padres, dejó de aparecer por

allá; Manuel supuso si la causa de esto sería el mal tiempo, y pasó toda

la semana intranquilo y nervioso, contando los días que faltaban para

ver a la Justa.

Al domingo siguiente, Manuel se apostó en la esquina del paseo de los

Pontones a esperar que pasara la muchacha, y al verla de lejos le dió un

vuelco el corazón. Venía acompañada por un joven elegante, medio torero,

medio señorito, con sombrero cordobés y capa azul llena de bordados. Al

final del paseo se despidió la Justa del que la acompañaba.

Al otro domingo, la Justa se presentó en casa de su padre con una amiga

y el joven de la capa bordada, y presentó a éste al señor Custodio. Dijo

después que era hijo de un carnicero de la Corredera Alta y muy rico,

hermano de una muchacha del taller, y a su madre la Justa le confesó,

alborozada, que el muchacho le había pedido relaciones. Aquella frase de

pedir relaciones, que lo dicen relamiéndose, desde la princesa altiva

hasta la portera humilde, encantó a la mujer del trapero, mayormente

tratándose de un muchacho rico.

El hijo del carnicero fué considerado en casa del señor Custodio como

prototipo de todas las perfecciones y bellezas; Manuel únicamente

protestaba y fulminaba sobre el _Carnicerín_, como le denominó desde el

primer momento con desprecio, miradas asesinas.

Los sufrimientos de Manuel al comprender que la Justa admitía con

entusiasmo como novio al hijo del carnicero fueron crueles; ya no la

melancolía, la ira y la desesperación más rabiosa agitaban su alma.

Eran también demasiadas ventajas las de aquel mozo: alto, gallardo,

esbelto, de naciente y rubio bigote, bien vestido, con los dedos llenos

de sortijas, bailarín consumado y guitarrista hábil; tenía casi el

derecho de estar tan satisfecho de su persona como lo estaba.

--¿Cómo no notará esa mujer--pensaba Manuel--que ese tipo no se quiere

mas que a sí mismo? En cambio yo...

Solía haber los domingos baile en una explanada próxima a la ronda de

Segovia, y el señor Custodio, con su mujer, la Justa y su novio, iban

allí. A Manuel le dejaban guardando la casa, pero algunas veces se

escapó para ver el baile.

Cuando vió a la Justa bailando con el _Carnicerín_ le dieron ganas de

ahogarles a los dos.

Luego el novio era de una petulancia extraordinaria; cuando bailaba se

contoneaba y parecía que iba jaleándose y piropeándose a sí mismo y que

guardaba en el ritmo del baile algo tan precioso, que un movimiento de

abandono podría echarlo todo a perder. Ni aun para decir misa, lo

hubiera hecho con tanta ceremonia.

Como es natural, un conocimiento tan completo de la ciencia del baile,

unido a la conciencia de su superioridad, le daban al _Carnicerín_ un

admirable aplomo. Era él quien se dejaba conquistar indolentemente por

la Justa, que estaba frenética. Al bailar se le echaba encima, sus ojos

brillaban y le temblaban las alas de la nariz; parecía que le quería

sujetar, tragar, devorar. No separaba la vista de él, y si le veía con

otra mujer se alteraba su rostro rápidamente.

Una de las tardes, el _Carnicerín_ hablaba con un amigo suyo. Manuel se

acercó a oír la conversación.

--¿Es aquélla?--le preguntaba el amigo.

--Sí.

--Gachó, como está de _colá_ contigo.

Y el _Carnicerín_, con una sonrisa petulante, añadió:

--La tengo _chalá_.

Manuel en aquel momento le hubiera arrancado el corazón.

La decepción amorosa hizo que Manuel pensara en abandonar la casa del

señor Custodio.

Un día se encontró cerca del puente de Segovia con el _Bizco_ y otro

golfo que le acompañaba.

Iban los dos desharrapados; el _Bizco_ tenía un aspecto más ceñudo y

brutal que nunca; llevaba una chaqueta vieja, por entre cuyos agujeros

se veía la piel negruzca; los dos marchaban, según le dijeron, al cruce

del camino de Aravaca con la carretera de Extremadura, a un rincón que

llamaban el Confesonario. Allí pensaban reunirse con el _Cura_ y el

_Hospiciano_ para asaltar una casa.

--Anda, ¿vienes?--le dijo irónicamente el _Bizco_.

--Yo, no.

--¿Dónde estás ahora?

--En una casa... trabajando.

--¡Valiente panoli! Anda, vente con nosotros.

--No, no puede ser... Oye, ¿y Vidal? ¿No le has vuelto a ver?

El rostro del _Bizco_ quedó más ceñudo.

--Ya me las pagará ese charrán. No se escapa sin que yo le pinte un

chirlo en la cara... Pero, ¿vienes o no?

--No.

Las ideas del señor Custodio habían influído en Manuel fuertemente;

pero, como a pesar de esto sus instintos aventureros le persistían,

pensaba marcharse a América, en hacerse marinero, en alguna cosa por el

estilo.

CAPÍTULO VIII

LA PLAZA.--UNA BODA EN LA BOMBILLA.--LAS CALDERAS DEL ASFALTO.

EL noviazgo del _Carnicerín_ y de la Justa se formalizaba; el señor

Custodio y su mujer se bañaban en agua de rosas, y únicamente Manuel

creía que el matrimonio, al fin, no se realizaría.

El _Carnicerín_ era demasiado estirado y señorito para casarse con la

hija de un trapero; Manuel pensaba que iba a ver si se aprovechaba de la

ocasión; pero nada autorizaba por el momento estas malévolas

suposiciones.

El _Carnicerín_ se mostraba generoso y tenía delicados obsequios para

los padres de su novia.

La lucha por la vida: La busca · 第 13 / 14 段