Esperaron un rato y no tardó en pasar un trapero con un saco vacío en

dirección a Madrid. Le llamó Vidal y le propuso la venta.

--¿Cuánto nos da usted por estas cosas?

El trapero miró y remiró lo que había en el lío, y después en tono de

chunga y manera de hablar achulapada preguntó:

--¿Dónde habéis _robao_ eso?

Protestaron los tres socios, pero el trapero no hizo caso de sus

protestas.

--No os puedo dar por _to_ más que tres pesetas.

--No--contestó Vidal--; para eso nos llevamos el lío.

--Bueno. Al primer guardia que encuentre le daré vuestras señas y le

diré que _sus_ lleváis unas cosas _robás_.

--Vengan las tres pesetas--dijo Vidal--; tome _usté_ el lío.

Tomó Vidal el dinero, y el trapero, riéndose, el envoltorio.

--Cuando veamos al primer guardia le diremos que lleva usted unas cosas

_robás_--le gritó Vidal al trapero--. Alteróse éste y empezó a correr

detrás de los tres.

--_¡Esperaisos! ¡Esperaisos!_--gritaba.

--¿Qué quiere _usté_?

--Dame mis tres pesetas y toma el lío.

--No; denos _usté_ un duro y no decimos nada.

--Un tiro.

--Denos _usté_ aunque no sea mas que dos pesetas.

--Ahí tienes una, bribón.

Cogió Vidal la moneda que tiró el trapero, y como no las tenían todas

consigo, fueron andando de prisa. Cuando llegaron a la casa de la

Dolores, en las Cambroneras, estaban rendidos, nadando en sudor.

Mandaron traer un frasco de vino de la taberna.

--Menuda chapuza hemos hecho, ¡moler!--dijo Vidal.

Después de pagado el frasco les quedaban diez reales; repartidos entre

los tres les tocaron a ochenta céntimos cada uno. Vidal resumió la

jornada diciendo que robar en despoblado tenía todos los inconvenientes

y ninguna de las ventajas, pues, además de exponerse a ir a presidio

para casi toda la vida y a recibir una paliza y a ser mordido por un

perro moral, corría uno el riesgo de ser miserablemente engañado.

CAPÍTULO V

VESTALES DEL ARROYO.--LOS TROGLODITAS.

NADA. Tenemos que separarnos de ese bruto de _Bizco_. Cada vez le tengo

más odio y más asco.

--¿Por qué?

--Porque es un bestia. Que se vaya con esa vieja zorra de la Dolores.

Nosotros, tú y yo, vamos a ir al teatro todas las noches.

--¿Cómo?

--Con la _clac_. No tenemos que pagar; lo único que hay que hacer es

aplaudir cuando nos den la señal.

La condición le pareció a Manuel tan fácil de cumplir, que le preguntó a

su primo:

--Pero oye, ¿cómo no va todo el mundo así?

--Todos no conocen como yo al jefe de la _clac_.

Fueron, efectivamente, al teatro de Apolo. Manuel los primeros días no

hizo mas que pensar en las funciones y en las actrices. Vidal, con la

superioridad que tenía para todo, aprendió las canciones en seguida;

Manuel, en secreto, le envidiaba.

En los entreactos iban los de la _clac_ a una taberna de la calle del

Barquillo, y algunas veces a otra de la plaza del Rey. En esta última

abundaban los alabarderos del circo de Price.

Casi todos los que formaban la legión de aplaudidores contaban pocos

años; algunos, en corto número, trabajaban en algún taller; la mayoría,

golfos y organilleros, terminaban después en comparsas, coristas o

revendedores.

Había entre ellos tipos afeminados, afeitados, con cara de mujer y voz

aguda.

A la puerta del teatro conocieron Vidal y Manuel una cuadrilla de

muchachas, de trece a diez y ocho años, que merodeaban por la calle de

Alcalá, acercándose a los buenos burgueses, fingiéndose vendedoras de

periódicos y llevando constantemente un _Heraldo_ en la mano.

Vidal cultivó la amistad de las muchachas; casi todas eran feas, pero

esto no estorbaba para sus planes, que consistían en ensanchar el radio

de acción de sus conocimientos.

--Hay que dejar las afueras y meterse en el centro--decía Vidal.

Vidal quería que Manuel le secundase, pero éste no tenía aptitudes.

Vidal llegó a ser el indispensable para cuatro muchachas que vivían

juntas en Cuatro Caminos, que se llamaban la _Mellá_, la _Goya_, la

_Rabanitos_ y la Engracia, y que habían formado con Vidal, el _Bizco_ y

Manuel una Sociedad, aunque anónima.

Las pobres muchachas necesitaban alguna protección; las perseguían los

polizontes más que a las demás mujeres de la vida porque no pagaban a

los inspectores. Solían andar huyendo de los guardias y agentes, los

cuales, cuando había recogida, las llevaban al Gobierno civil, y de aquí

al convento de las Trinitarias.

La idea de quedar encerradas en el convento producía en ellas un

verdadero terror.

--¡Eso de no ver la _caye_!--decían, como si fuera un tremendo castigo.

Y el abandono de noche, en las calles desamparadas, para otros un motivo

de horror: el frío, el agua, la nieve, era para ellas la libertad y la

vida.

Hablaban todas de una manera tosca; decían _veniría_, _saliría_,

_quedría_; en ellas el lenguaje saltaba hacia atrás en una curiosa

regresión atávica.

Adornaban sus dichos con una larga serie de frases y muletillas del

teatro.

Llevaban las cuatro una vida terrible; pasaban la mañana y tarde

durmiendo y se acostaban al amanecer.

--Nosotras somos como los gatos--decía la _Mellá_--, cazamos de noche y

dormimos de día.

La _Mellá_, la _Goya_, la _Rabanitos_ y la Engracia, solían venir de

noche al centro de Madrid, acompañadas por un mendigo de barba blanca,

cara sonriente y boina a rayas.

El viejo venía a pedir limosna, era vecino de las muchachas y éstas le

llamaban el _Tío Tarrillo_ y le daban broma por las borracheras que

pescaba. Completamente chocho, le gustaba hablar de lo corrompido de las

costumbres.

La _Mellá_ contaba que el _Tío Tarrillo_ la quiso forzar al volver a

casa los dos solos una noche en los jardinillos del Depósito de Agua, y

la dió a la muchacha tanta risa que no pudo ser.

El mendigo se indignaba al oír esto y perseguía a la indiscreta como un

viejo fauno.

De las cuatro muchachas la más fea era la _Mellá_; con su cabeza gorda y

disforme, los ojos negros, la boca grande con los dientes rotos, el

cuerpo rechoncho, parecía la bufona de una antigua princesa. Había

estado a punto de entrar de corista en un teatro; pero no pudo, porque,

a pesar de su buena voz y oído, no pronunciaba con claridad por la falta

de dientes.

Estaba la _Mellá_ siempre alegre, a todas horas cantando y riendo;

llevaba una polvera pequeña en el bolsillo del delantal, que en el fondo

de la tapa tenía un espejo, y mirándose en él a la luz de un farol, se

enharinaba la cara a cada paso.

La _Mellá_ era cariñosa y de muy buen corazón; a Manuel se le

atragantaba por demasiado fea; la muchacha quería captarse sus

simpatías, pero Vidal aconsejó a su primo que no se quedara con ella; le

convenía más la _Goya_, que sacaba más dinero.

A Manuel no le gustaba la _Mellá_, a pesar de sus arrumacos; pero la

_Goya_ estaba comprometida con el _Soldadito_, un hombre con oficio,

según decía ella, porque cuando se ponía a trabajar era pianista de

manubrio.

Este organillero sacaba los cuartos a la _Goya_, que, como más bonita,

tenía también más parroquia; el _Soldadito_ la vigilaba, y cuando se iba

con alguno, la seguía y la esperaba a la salida de la casa de citas para

sacarle el dinero.

Vidal, de las cuatro, se dignaba proteger a la _Rabanitos_ y a la

Engracia; las dos se lo disputaban. La _Rabanitos_ parecía una mujer en

miniatura: una carita blanca con manchas azules alrededor de la nariz y

de la boca; un cuerpecillo raquítico y delgaducho; labios finos y ojos

grandes de esclerótica azul; en el vestir una vieja, con su mantoncito

obscuro y su falda negra: ésta era la _Rabanitos_. Echaba sangre por la

boca con frecuencia; hablaba con unos remilgos de comadre, haciendo

gestos y jeribeques, y todo su dinero lo gastaba en mojama, en

caramelos y en golosinas.

La Engracia, la otra favorita de Vidal, era el tipo de la mujer de

burdel: llevaba la cara blanca por los polvos de arroz; sus ojos, negros

y brillantes, tenían una expresión de melancolía puramente animal; al

hablar enseñaba los dientes azulados, que contrastaban con la blancura

de su cara empolvada. Pasaba de la alegría al enfado sin transición. No

sabía sonreír. En su cara aleteaba tan pronto la estupidez como una

alegría canallesca, insultante y cínica.

La Engracia hablaba poco, y cuando hablaba era para decir algo muy

bestial y muy sucio, algo de un cinismo y de una pornografía complicada.

Tenía la imaginación monstruosa y fecunda.

Un imaginero macabro hubiese encontrado algo genial tallando en piedra

los pensamientos de aquella muchacha en el infierno de una Danza de la

Muerte.

La Engracia no sabía leer. Vestía blusas vistosas, azules y sonrosadas;

pañuelo blanco en la cabeza y delantal de color; andaba siempre

corriendo de un lado a otro, haciendo sonar las monedas del bolsillo.

Llevaba ocho años de buscona y tenía diez y siete. Se lamentaba de haber

crecido, porque decía que de niña ganaba más.

Las amistades de Manuel y Vidal con las muchachas duraron un par de

meses; Manuel no se decidía por la _Mellá_, le resultaba demasiado fea;

Vidal extendía su radio de acción, copeaba con unos cuantos chulos y se

dedicaba a la conquista de una florera que vendía claveles.

La Engracia y la _Rabanitos_ tenían un odio feroz a la muchacha.

--Esa--decía la _Rabanitos_--, esa está ya tan _deshonrá_ como

nosotras...

Una noche, Vidal no se presentó en Casa Blanca, y a los dos o tres días

apareció en la Puerta del Sol con una mujerona alta, vestida de gris.

--¿Quién es?--le preguntó Manuel a su primo.

--Se llama Violeta; me he quedado con ella.

--¿Y la otra, la de Casa Blanca?

Vidal se encogió de hombros.

--Quédate tú con ella si quieres--dijo.

La antigua querida de Vidal dejó de aparecer también por Casa Blanca, y

a las dos semanas de no pagar, el administrador puso a Manuel en la

calle y vendió el mobiliario: unas cuantas botellas vacías, un puchero y

una cama.

Manuel durmió durante algunos días en los bancos de la plaza de Oriente

y en las sillas de la Castellana y Recoletos. Era al final del verano y

todavía se podía dormir al raso. Algunos céntimos que ganó subiendo

maletas de las estaciones le permitieron ir viviendo, aunque malamente,

hasta octubre.

Hubo días en que no comió mas que tronchos de berza cogidos en el suelo

de los mercados; otros, en cambio, se regaló con banquetes de setenta y

ochenta céntimos en los figones.

Llegó octubre, y Manuel empezó a helarse por las noches; su hermana

mayor le proporcionó un gabán raído y una bufanda; pero, a pesar de

esto, cuando no encontraba sitio donde dormir bajo techado, se moría de

frío en la calle.

Una noche, a principios de noviembre, Manuel se encontró a la puerta de

un cafetín de la Cabecera del Rastro con el _Bizco_, que iba encorvado,

casi desnudo, con los brazos cruzados por delante del pecho, y descalzo;

tenía un aspecto imponente de miseria y de frío.

Dolores la _Escandalosa_ le había dejado por otro.

--¿Dónde podríamos ir a dormir?--le preguntó Manuel.

--Vamos a las cuevas de la Montaña--contestó el _Bizco_.

--Pero ¿allá se podrá entrar?

--Sí; si no hay mucha gente.

--Entonces, andando.

Salieron los dos, por Puerta de Moros y la calle de los Mancebos, al

Viaducto; cruzaron la plaza de Oriente, siguieron la calle de Bailen y

la de Ferraz, y, al llegar a la Montaña del Príncipe Pío, subieron por

una vereda estrecha, entre pinos recién plantados.

A obscuras anduvieron el _Bizco_ y Manuel de un lado a otro, explorando

los huecos de la Montaña, hasta que una línea de luz que brotaba de una

rendija de la tierra les indicó una de las cuevas.

Se acercaron al agujero; salía del interior un murmullo interrumpido de

voces roncas.

A la claridad vacilante de una bujía, sujeta en el suelo entre dos

piedras, más de una docena de golfos, sentados unos, otros de rodillas,

formaban un corro jugando a las cartas. En los rincones se esbozaban

vagas siluetas de hombres tendidos en la arena.

Un vaho pestilente se exhalaba del interior del agujero.

Temblaba la llama, iluminando a ratos, ya un trozo de la cueva, ya la

cara pálida de uno de los jugadores, y, al parpadear de la luz, las

sombras de los hombres se alargaban y se achicaban en las paredes

arenosas. De cuando en cuando se oía una maldición o una blasfemia.

Manuel pensó haber visto algo parecido en la pesadilla de una fiebre.

--Yo no entro--le dijo al _Bizco_.

--¿Por qué?--preguntó éste.

--Prefiero helarme.

--Haz lo que quieras. Yo conozco a uno de esos. Es el _Intérprete_.

--¿Y quién es el _Intérprete_?

--El capitán de los golfos de la Montaña.

A pesar de estas seguridades, Manuel no se decidió.

--¿Quién está ahí?--se oyó que preguntaban de dentro.

--Yo--contestó el _Bizco_.

Manuel se alejó de allá a todo correr. Cerca de la cueva había dos o

tres casuchas reunidas, con un corral en medio, cercada por una tapia de

pedruscos.

Era aquello, según el nombre irónico puesto por la golfería, el Palacio

de Cristal, nido de palomas torcaces de bajo vuelo que garfaban en el

cuartel de la montaña, y a las cuales, por la noche, acompañaban

gavilanes y gerifaltes amigos.

El paso del corral estaba cerrado por una puerta de dos hojas.

Manuel la examinó por ver si cedía, pero era fuerte, y blindada con

latas extendidas y claveteadas sobre esteras.

Pensó que allí no habría nadie, e intentó saltar la tapia; subió sobre

el muro bajo de cascote y, al ir a pasar, se enredó en un alambre, cayó

una piedra de la cerca al suelo, comenzó a ladrar un perro con furia y

se oyó de dentro una maldición.

Manuel pudo convencerse de que el nido no estaba vacío, y huyó de allá.

En un hueco, algo resguardado de la lluvia, se metió y se acurrucó a

dormir.

Era de noche aún cuando se despertó tiritando de frío, temblando de la

cabeza a los pies. Echó a correr para entrar en reacción; llegó al

paseo de Rosales y dió varias vueltas arriba y abajo.

La noche se le hizo eterna.

Dejó de llover; a la mañana salió el sol; en un agujero abierto en la

pendiente del terraplén, Manuel se guareció. El sol comenzaba a calentar

de una manera deliciosa. Manuel soñó con una mujer muy blanca y muy

hermosa, con unos cabellos de oro. Se acercó a la dama, muerto de frío,

y ella le envolvió con sus hebras doradas y él se fué quedando en su

regazo agazapado dulcemente, muy dulcemente...

CAPÍTULO VI

EL SEÑOR CUSTODIO Y SU HACIENDA.--A LA BUSCA.

... Y dormía con el más dulce de los sueños, cuando una voz áspera le

trajo a las amargas e impuras realidades de la existencia.

--¿Qué haces ahí, golfo?--le dijeron.

--¡Yo!--murmuró Manuel, abriendo los ojos y contemplando a quien le

hablaba--. Yo no hago nada.

--Sí; ya lo veo; ya lo veo.

Manuel se incorporó; tenía ante sí un viejo de barba entrecana y mirada

adusta, con un saco al hombro y un gancho en la mano. Llevaba el viejo

una gorra de piel, una especie de gabán amarillento y una bufanda rojiza

arrollada al cuello.

--¿Es que no tienes casa?--preguntó el hombre.

--No, señor.

--¿Y duermes al aire libre?

--Como no tengo casa...

El trapero se puso a escarbar en el suelo, sacó algunos trapos y

papeles, los guardó en el saco y, volviendo a mirar a Manuel, añadió:

--Más te valdría trabajar.

--Si tuviera trabajo, trabajaría; pero como no tengo... a ver...--y

Manuel, harto de palabras inútiles, se acurrucó para seguir durmiendo.

--Mira...--dijo el trapero--ven conmigo. Yo necesito un chico... te dará

de comer.

Manuel miró al viejo, sin contestar nada.

--Conque ¿quieres o no? Anda, decídete.

Manuel se levantó perezosamente. El trapero subió la cuesta del

terraplén con el saco al hombro, hasta llegar a la calle de Rosales, en

donde tenía un carrito, tirado por dos burros. Arreó el hombre a los

animales, bajaron al paseo de la Florida, y después, por el de los

Melancólicos, pasaron por delante de la Virgen del Puerto y siguieron la

ronda de Segovia. El carro era viejo, compuesto con tiras de pleita, con

su chapa y su número y estaba cargado con dos o tres sacos, cubos y

espuertas.

El trapero, el señor Custodio, así dijo él que se llamaba, tenía facha

de buena persona.

De cuando en cuando recogía algo en la calle y lo echaba en el carro.

Debajo del carro, sujeto por una cadena y andando despacio, iba un perro

con unas lanas amarillas, largas y lustrosas, un perro simpático que, en

su clase, le pareció a Manuel que debía ser tan buena persona como su

amo.

* * * * *

Entre el puente de Segovia y el de Toledo, no muy lejos del comienzo del

paseo Imperial, se abre una hondonada negra con dos o tres chozas

sórdidas y miserables. Es un hoyo cuadrangular, ennegrecido por el humo

y el polvo del carbón, limitado por murallas de cascote y montones de

escombros.

Al llegar a los bordes de esta hondonada, el trapero se detuvo e indicó

a Manuel una casucha próxima a un _Tío Vivo_ roto y a unos columpios, y

le dijo:

--Esa es mi casa; lleva el carro ahí y vete descargando. ¿Podrás?

--Sí; creo que sí.

--¿Tienes hambre?

--Sí, señor.

--Bueno; pues dile a mi mujer que te dé de almorzar.

Bajó Manuel con el carro hasta la hondonada por una pendiente de

escombros. La casa del trapero era la mayor de todas y tenía corral y un

cobertizo adosado a ella.

Se detuvo Manuel en la puerta de la casucha; una vieja le salió al

encuentro:

--¿Qué quieres tú, chaval?--le dijo--. ¿Quién te manda venir aquí?

--El señor Custodio. Me ha encargado que me diga usted dónde tengo que

dejar lo que va en el carro.

La vieja le indicó el cobertizo.

--Me ha dicho también--agregó el muchacho--que me dé usted de almorzar.

--¡Te conozco, lebrel!--murmuró la vieja.

Y después de refunfuñar durante largo rato y de esperar a que Manuel

descargara el carro, le dió un trozo de pan y de queso.

La vieja desenganchó los dos borricos del carrito y soltó al perro, que

se puso a ladrar y a jugar de contento; ladró a los burros, uno negro y

otro rucio, que volvieron la cabeza para mirarle y le enseñaron los

dientes; persiguió desesperadamente a un gato blanco de cola erizada

como un plumero, luego se acercó a Manuel, que, sentado al sol, comía su

trozo de queso y de pan en espera de algo. Almorzaron los dos.

Manuel dió vuelta a la casa para verla. Uno de sus lados estrechos lo

componían dos casetas de baño.

Estas dos casetas no se hallaban unidas, dejaban entre ambas un espacio

tapado por una puerta de hierro, de las usadas para cerrar las tiendas,

llenas de orín.

Formaban las dos paredes más largas de la casa del trapero estacas

embreadas, y la pared contraria a la de las dos casetas de baño estaba

construída con piedras gruesas e irregulares, y se curvaba hacia el

exterior con un abombamiento como el del ábside de una iglesia. Por

dentro, esta curvatura correspondía a un hueco a modo de ancha

hornacina, ocupado por el fogón de la chimenea.

La casa, a pesar de ser pequeña, no tenía un sistema igual de cubierta;

en unas partes, las latas, con grandes pedruscos encima y con los

intersticios llenos de paja, substituían a las tejas; en otras, las

pizarras sujetas y afianzadas con barro; en otras, las chapas de cinc.

Se notaba en la construcción de la casa las fases de su crecimiento.

Como el caparazón de una tortuga aumenta a medida del desarrollo del

animal, así la casucha del trapero debió ir agrandándose poco a poco. Al

principio aquello debió ser una choza para un hombre solo, como la de un

pastor; luego se ensanchó, se alargó, se dividió en habitaciones;

después agregó sus dependencias, su cubierto y su corraliza.

Frente a la puerta de la vivienda, en un raso de tierra apisonado, se

levantaba un _Tío Vivo_, rodeado de una valla bajita, octogonal, en

cuyos palitroques, podridos por la acción de la humedad y del calor, se

conservaban algunos restos de pintura azul.

Aquellos pobres caballos del _Tío Vivo_, pintados de rojo, ofrecían a

las miradas del espectador indiferente el más cómico y al mismo tiempo

el más lamentable de los aspectos; uno de los corceles, desteñido,

presentaba un color indefinible; otro debió de olvidar una de sus patas

en su veloz carrera; algunos de ellos, en una postura elegantemente

incómoda, simbolizaba la tristeza humilde y la modestia honrada y de

buen gusto.

Al lado del _Tio Vivo_ se levantaba un caballete formado por dos

trípodes, sobre los cuales se apoyaba una viga, cuyos ganchos servían

para colgar los columpios.

La hondonada negra contaba con tres casuchas más, las tres construídas

con latas, escombros, tablas, cascotes y otros elementos similares de

construcción; una de las chozas se cuarteaba por vejez o mala

construcción, y para impedir su caída, su dueño, sin duda, la puso, a lo

largo de una de las paredes, una fila de estacas, en las cuales se

apoyaba como un cojo en su muleta; otra de las casas tenía, a modo de

asta bandera, un palo largo en el tejado, con un puchero en la punta...

Después de almorzar, Manuel indicó a la vieja cómo el señor Custodio le

había dicho que se quedara allí.

--Dígame usted si tengo que hacer algo--concluyó diciendo.

--Bueno; quédate aquí. Ten cuidado con la lumbre; si el puchero hierve,

déjalo; si no, echa al fuego un poco de carbón. ¡Reverte!

¡Reverte!--gritó la vieja llamando al perro--. Que se quede aquí.

Se fué la mujer y quedó Manuel solo con el perro. La olla hervía.

Manuel, seguido de Reverte, recorrió la casa por dentro. Estaba dividida

en tres cuartos: una cocina pequeña y un cuarto grande, al cual entraba

la luz por dos altos ventanillos.

En este cuarto o almacén, por todas partes, de las paredes y del techo,

colgaban trapos viejos de diversos colores, ropas blancas, barretinas y

boinas rojas, trozos de mantones de crespón. En los vasares y en el

suelo, separados por clases y tamaños, había frascos, botellas, tarros,

botes, un verdadero ejército de cacharros de cristal y de porcelana;

rompían fila esos botellones verdosos hidrópicos de las droguerías y

unas cuantas ventrudas damajuanas; luego venían botellas de azumbre,

altas, negruzcas; bombonas recubiertas de paja; después seguía la

sección de aguas medicamentosas, la más variada y numerosa, pues en ella

se incluían los sifones de agua de Seltz y de agua oxigenada, los

botellines de gaseosa, las botellas de Vichy, de Mondariz, de Carabaña;

y pasada esta sección, se amontonaba la morralla, los frascos de

perfumería, los tarros y botes de pomada, de crema y de velutina.

Además de este departamento de botillería, había otros: de lata de

conservas y de galletas, colocadas en vasares; de botones y llaves

metidos en cajas; de retales, de cintas y de puntillas arrollados en

carretes y cartones.

A Manuel le pareció agradable aquello. Hallábase todo arreglado, limpio

relativamente, se notaba la mano de una persona ordenada y pulcra.

En la cocina, enjalbegada de cal, brillaban los pocos trastos de la

espetera. En el fogón, sobre la ceniza blanca, un puchero de barro

hervía con un glu glu suave.

De fuera, apenas llegaba vagamente, y eso como un pálido rumor, el ruido

lejano de la ciudad; reinaba un silencio de aldea; a intervalos, algún

perro ladraba, algún carro resonaba al dar barquinazos por el camino y

volvía el silencio, y en la cocina sólo se escuchaba el glu glu del

puchero, como un suave y confidencial murmullo...

Manuel echaba una mirada de satisfacción, por la rendija de la puerta, a

la hondonada negra. En el corral, las gallinas picoteaban la tierra; un

cerdo hozaba y corría asustado de un lado a otro, gruñendo y agitándose

con estremecimientos nerviosos; Reverte bostezaba y guiñaba los ojos con

gravedad, y uno de los burros se revolcaba alegremente entre pucheros

rotos, cestas carcomidas y montones de basura, mientras el otro

contemplaba con la mayor sorpresa, como escandalizado por un

comportamiento tan poco distinguido.

Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero

al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio

propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los

vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de

sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados;

aquella tierra, árida y negra, constituída por detritus de la

civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por

todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un

lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana.

Manuel no había visto más campos que los tristes y pedregosos del pueblo

de Soria y los más tristes aún de los alrededores de Madrid. No

sospechaba que en sitios no cultivados por el hombre hubiese praderas

verdes, bosques frondosos, macizos de flores; creía que los árboles y

las flores sólo nacían en los jardines de los ricos...

La lucha por la vida: La busca · 第 12 / 14 段