toros. La Justa se puso muy elegante y bonita para ir con su novio. El
señor Custodio llevaba las prendas de toda gala: el sombrero hongo
nuevo, nuevo aunque tenía más de treinta años; su chaqueta de pana
forrada, excelente para las regiones boreales, y un bastón con puño de
cuerno comprado en el Rastro; la mujer del trapero llevaba un traje
antiguo y un pañuelo alfombrado, y Manuel estaba ridículo con un
sombrero sacado del almacén, que le salía un palmo por delante de los
ojos, un traje de invierno que le sofocaba y unas botas estrechas.
Detrás de la Justa y del _Carnicerín_, el señor Custodio, su mujer y
Manuel llamaban la atención de la gente, que se reía al verlos.
La Justa se volvía a mirarlos y sonreía. Manuel iba furioso, sofocado;
el sombrero le apretaba en la frente y le dolían los pies.
Salieron a la calle de Toledo y llegaron en el tranvía a la Puerta del
Sol; allí subieron a un ómnibus, que los llevó a la plaza de toros.
Entraron, y, dirigidos por el _Carnicerín_, se colocaron cada uno en su
sitio. Había empezado la corrida; la plaza estaba llena. Se veían todas
las gradas y tendidos ocupados por una masa negra de gente.
Manuel miró al redondel; iban a matar al toro cerca de la barrera, a muy
poca distancia de donde ellos estaban. El pobre animal, ya medio muerto,
andaba despacio, seguido de tres o cuatro toreros y del matador, que,
encorvado hacia adelante, con la muleta en una mano y la espada en la
otra, marchaba tras de él. Tenía el matador un miedo horrible; se ponía
enfrente del toro, tanteaba dónde le había de pinchar, y al menor
movimiento de la bestia, se preparaba para correr. Luego, si el toro se
quedaba quieto, le daba un pinchazo; después, otro pinchazo, y el animal
bajaba la cabeza y, con la lengua fuera, chorreando sangre, miraba con
ojos tristes de moribundo. Tras de mucho bregar el matador, le clavó la
espada más, y lo mató.
Aplaudió la gente y comenzó a tocar la música. El lance le pareció
bastante desagradable a Manuel; pero esperó con ansiedad. Salieron las
mulillas y arrastraron al toro muerto.
Al poco rato cesó la música y salió otro toro. Los picadores se quedaron
cerca de las vallas, los toreros se aventuraban un poco, daban un
capotazo y echaban a correr en seguida.
No era aquello, ni mucho menos, lo que Manuel se figuraba, lo visto por
él en los cromos de _La Lidia_. El creía que los toreros, a fuerza de
arte, andarían jugando con el toro, y no había nada de aquello;
encomendaban su salvación a las piernas, como todo el mundo.
Después de los capotazos de los toreros, dos monosabios empezaron a
golpear con unas varas al caballo de un picador, hasta hacerle avanzar
al medio. Manuel vió al caballo de cerca, era blanco, grande, huesudo,
con un aspecto tristísimo. Los monosabios acercaron al caballo al toro.
Este, de pronto, se acercó; el picador le aplicó la punta de su lanza,
el toro embistió y levantó el caballo en el aire. Cayó el jinete al
suelo, y lo cogieron en seguida; el caballo trató de levantarse, con
todos los intestinos sangrientos fuera, pisó sus entrañas con los cascos
y, agitando las piernas, cayó convulsivamente al suelo.
Manuel se levantó pálido.
Un monosabio se acercó al caballo, que seguía estremeciéndose; el animal
levantó la cabeza como para pedir auxilio; entonces, el hombre le dió un
cachetazo y lo dejó muerto.
--Yo me voy. Esto es una porquería--dijo Manuel al señor Custodio--;
pero no era fácil salir de allí en aquel momento.
--Al muchacho--dijo el trapero a su mujer--no le gusta.
La Justa, que se enteró, se echó a reír.
Manuel esperó la muerte del toro mirando al suelo; volvieron a salir
las mulillas, y al arrastrar el caballo quedaron todos los intestinos en
el suelo, y un monosabio los llevó con un rastrillo.
--Mira, mira el mondongo--dijo, riendo, la Justa.
Manuel, sin decir nada ni hacer caso de observaciones, salió del
tendido. Bajó a unas galerías grandes, llenas de urinarios que olían
mal, y anduvo buscando la puerta, sin encontrarla.
Sentía rabia contra todo el mundo, contra los demás y contra él. Le
pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde.
Él suponía que los toros era una cosa completamente distinta a lo que
acababa de ver; pensaba que se advertiría siempre el dominio del hombre
sobre la fiera, que las estocadas serían como rayos y que en todos los
momentos de la lidia habría algo interesante y sugestivo; y en vez de un
espectáculo como él soñaba, en vez de una apoteosis sangrienta del valor
y de la fuerza, veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de
intestinos; una fiesta en donde no se notaba mas que el miedo del torero
y la crueldad cobarde del público recreándose en sentir la pulsación de
aquel miedo.
Aquello no podía gustar--pensó Manuel--mas que a gente como el
_Carnicerín_, a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes.
Al llegar a casa, Manuel arrojó de sí con rabia el sombrero y las botas
y el traje con el cual había ido a la plaza tan ridículo...
Se comentó mucho por el señor Custodio y su mujer la indignación de
Manuel, y a él mismo le produjo cierto asombro; comprendía que no le
hubiera gustado; lo que le chocaba es que le produjese tanta ira y tanta
rabia.
Pasó el verano; la Justa comenzó a hacer los preparativos para la boda,
Manuel mientras tanto proyectaba marcharse de casa del señor Custodio y
salir de Madrid, ¿Adónde? No lo sabía; cuanto más lejos, mejor, pensaba.
En el mes de noviembre se celebró la boda de una compañera del taller de
la Justa, en la Bombilla. No podían ir el señor Custodio y su mujer, y
Manuel acompañó a la Justa.
Vivía la novia en la ronda de Toledo, y su casa era el punto de partida
de los invitados.
A la puerta esperaba un ómnibus grande, en donde cabían una infinidad de
personas.
Subieron todos los invitados; la Justa y Manuel se acomodaron en la
imperial del coche y esperaron un rato. Se presentaron los novios
rodeados de una nube de chiquillos que gritaban; él tenía facha de
hortera; ella, esmirriada y fea, parecía una mona; los padrinos iban
detrás, y en el grupo de éstos, una vieja gorda, chata, bizca, de pelo
blanco, con una rosa roja en la cabeza y una guitarra en la mano,
avanzaba con aire flamenco.
--¡Viva la novia! ¡Vivan los padrinos!--gritó la bizca; contestaron
todos sin gran entusiasmo y echó andar el coche en medio de la algarabía
y las voces de unos y de otros. En el camino fueron todos chillando y
cantando.
Manuel, al no ver al _Carnicerín_ allí, no se atrevía a alegrarse,
pensando que estaría ya en los Viveros.
La mañana era hermosa, húmeda; los árboles, de color de cobre, iban
desprendiéndose de sus hojas secas, a impulso de las ráfagas suaves de
viento; surcaba el cielo pálido nubes blancas, la carretera brillaba por
la humedad, a lo lejos en el campo ardían montones de hojas, y las
humaredas espesas corrían rasando la tierra.
Se detuvo el coche en una de las fondas de los Viveros; bajaron todos
del ómnibus, y se reprodujeron los gritos y el clamoreo. El _Carnicerín_
no estaba allí, pero se presentó poco después, y en la mesa se colocó al
lado de la Justa.
A Manuel le pareció el día odioso; hubo momentos en que sintió ganas de
llorar. Pasó toda la tarde desesperado en un rincón, viendo cómo bailaba
la Justa con su novio al compás de las notas de un organillo.
Al anochecer, Manuel se acercó a la Justa y, con gravedad cómica, la
dijo bruscamente:
--Vamos, tú--y viendo que no le hacía caso, añadió--. Oye, Justa, vamos
a casa.
--Anda ¡Déjame a mí en paz!--replicó ella con malos modos.
--Es que tu padre ha dicho que para la noche estés en casa. Anda, vamos.
--Oye, niño--dijo el _Carnicerín_ con pausa--. ¿A ti quién te da vela en
este entierro?
--A mí me han encargado...
--Bueno; pues tú te callas. ¿Sabes?
--No me da la gana.
--Te haré callar yo calentándote las orejas.
--¿Usted a mí?... Si usted lo que es es un morral, un ladrón--y Manuel
se echó sobre el _Carnicerín_; pero uno de los amigos de éste le soltó
un garrotazo en la cabeza que lo dejó atontado. Trató el muchacho de
volver a acometer al hijo del carnicero; dos o tres invitados le
empujaron y lo zarandearon hasta ponerle en la carretera a la puerta de
la fonda.
--¡Hambrón!... Golfo--gritaba Manuel.
--Expresiones en casa--le dijo una de las amigas de la Justa con
sorna--y _canalla novedá_.
Manuel, avergonzado y sediento de venganza, medio aturdido aún con el
golpe, se tapó la cara con la boina y fué andando por el camino
llorando de rabia. Al poco tiempo sintió alguien que se le acercaba
corriendo tras él.
--Manuel, Manolillo--le dijo la Justa con voz cariñosa y burlona--, ¿qué
tienes?
Manuel respiró fuerte y se le escapó un largo sollozo de dolor.
--¿Qué tienes? Anda; vuelve. Iremos juntos.
--No, no; déjame.
Luego no supo qué resolución tomar, y sin hablar más echó a correr
camino de Madrid.
La carrera secó sus lágrimas y reanimó sus iras. Estaba dispuesto a no
volver a casa del señor Custodio, aunque se muriera de hambre.
La ira le subía en oleadas a la garganta, sentía un furor negro, vagas
ideas de acometer, de destruir todo, de echar todas las cosas al suelo y
despanzurrar a todos los hombres.
El le prometía al _Carnicerín_ que, si alguna vez le encontraba a solas,
le echaría las zarpas al cuello hasta estrangularle, le abriría en canal
como a los cerdos y le colgaría con la cabeza para abajo y un palo entre
las costillas y otro en las tripas, y le pondría, además, en la boca una
taza de hoja de lata, para que gotease allí su maldita sangre de
cochino.
Y luego generalizaba su odio y pensaba que la sociedad entera se ponía
en contra de él y no trataba mas que de martirizarle y de negarle todo.
Pues bien; él se pondría en contra de la sociedad, se reuniría con el
_Bizco_ y asesinaría a diestro y siniestro, y cuando, cansado de hacer
crímenes, le llevaran al patíbulo, miraría desde allí al pueblo con
desprecio y moriría con un supremo gesto de odio y de desdén.
Mientras barajaba en la cabeza todas estas ideas de exterminio, iba
obscureciendo. Manuel subió a la plaza de Oriente, y de aquí siguió por
la calle del Arenal.
Estaban asfaltando un trozo de la Puerta del Sol; diez o doce hornillos
puestos en hilera vomitaban por sus chimeneas un humo espeso y acre.
Todavía las luces blancas de los arcos voltaicos no habían iluminado la
plaza; las siluetas de unos cuantos hombres que removían la masa de
asfalto en las calderas con largos palos, se agitaban diabólicamente
ante las bocas inflamadas de los hornillos.
Manuel se acercó a una de las calderas y oyó que le llamaban. Era el
_Bizco_; se hallaba sentado sobre unos adoquines.
--¿Qué hacéis aquí?--le preguntó Manuel.
--Nos han derribado las cuevas de la Montaña--dijo el _Bizco_--, y hace
frío. Y tú, ¿qué? ¿Has dejado la casa?
--Sí.
--Anda, siéntate.
Manuel se sentó y se recostó en una barrica de asfalto.
En los escaparates y en los balcones de las casas iban brillando luces;
llegaban los tranvías suavemente, como si fueran barcos, con sus faroles
amarillos, verdes y rojos; sonaban sus timbres, y corrían por la Puerta
del Sol, trazando elegantes círculos. Cruzaban coches, caballos, carros,
gritaban los vendedores ambulantes en las aceras, había una baraúnda
ensordecedora... Al final de una calle, sobre el resplandor cobrizo del
crepúsculo, se recortaba la silueta aguda de un campanario.
--Y a Vidal, ¿no lo ves?--preguntó Manuel.
--No. Oye: ¿tú tienes dinero?--dijo el _Bizco_.
--Veinte o treinta céntimos nada más.
--¿Vamos por una libreta?
--Bueno.
Compró Manuel un panecillo, que dió al _Bizco_, y los dos tomaron una
copa de aguardiente en una taberna. Anduvieron después correteando por
las calles, y a las once, próximamente, volvieron a la Puerta del Sol.
Alrededor de las calderas del asfalto se habían amontonado grupos de
hombres y de chiquillos astrosos; dormían algunos con la cabeza apoyada
en el hornillo, como si fueran a embestir contra él. Los chicos hablaban
y gritaban, y se reían de los espectadores que se acercaban con
curiosidad a mirarles.
--Dormimos como en campaña--decía uno de los golfos.
--Ahora no vendría mal--agregaba otro--pasarse a dar una vuelta por la
Plaza Mayor, a ver si nos daban una libra de jamón.
--Tiene trichina.
--Cuidado con el colchón de muelles--vociferaba uno chato, que andaba
con una varita dando en las piernas de los que dormían--. ¡Eh, tú, que
estás estropeando las sábanas!
Al lado de Manuel, un chiquillo raquítico, de labios belfos y ojos
ribeteados, con uno de los pies envuelto en trapos sucios, lloraba y
gimoteaba; Manuel, absorto en sus ideas, no se había fijado en él.
--Pues no berreas tú poco--le dijo al enfermo un muchacho que estaba
tendido en el suelo, con las piernas encogidas y la cabeza apoyada en
una piedra.
--Es que me duele mucho.
--Pues, amolarse. Ahórcate.
Manuel creyó oír la voz del _Carnicerín_, y miró al que hablaba. Con la
gorra puesta sobre los ojos, no se le veía la cara.
--¿Quién es ése?--preguntó Manuel al _Bizco_.
--Es el capitán de los de la Montaña: el _Intérprete_.
--¿Y por qué le habla así a ese chico?
--El _Bizco_ se encogió de hombros con un ademán de indiferencia.
--¿Qué te pasa?--le preguntó Manuel al chiquillo.
--Tengo una llaga en un pie--contestó el otro, volviendo a llorar.
--Te callarás--interrumpió el _Intérprete_ soltando una patada al
enfermo, el cual pudo esquivar el golpe--. Vete a contar eso a la perra
de tu madre... ¡Moler! No se puede dormir aquí.
--Amolarse--gritó Manuel.
--Eso ¿a quién se lo dices?--preguntó el _Intérprete_, echando la gorra
hacia atrás y mostrando su cara brutal de nariz chata y pómulos
salientes.
--A ti te lo digo ¡ladrón! ¡cobarde!
El _Intérprete_ se levantó y marchó contra Manuel; éste, en un arrebato
de ira, le agarró del cuello con las dos manos, le dió con el talón
derecho un golpe en la pierna, le hizo perder el equilibrio y le tumbó
en la tierra. Allí le golpeó violentamente. El _Intérprete_, más forzudo
que Manuel, logró levantarse; pero había perdido la fuerza moral, y
Manuel estaba enardecido y volvió a tumbarle, e iba a darle con un
pedrusco en la cara, cuando una pareja de municipales los separó a
puntapiés. El _Intérprete_ se marchó de allí avergonzado.
Se tranquilizó el corro, y fueron, unos tras otros, tendiéndose
nuevamente alrededor de la caldera.
Manuel se sentó sobre unos adoquines; la lucha le había hecho olvidar el
golpe recibido a la tarde; se sentía valiente y burlón, y encarándose
con los curiosos que contemplaban el corro, unos con risas y otros con
lástima, se puso a hablar con ellos.
--Se va a terminar la sesión--les dijo--. Ahora van a dar comienzo los
grandes ejercicios de canto. Vamos a empezar a roncar, señores. ¡No se
inquieten los señores del público! Tendremos cuidado con las sábanas.
Mañana las enviaremos a lavar al río. Ahora es el momento. El que
quiera--señalando una piedra--puede aprovecharse de estas almohadas. Son
almohadas finas, como las gastan los marqueses del Archipipi. El que no
quiera que se vaya y no moleste. ¡Ea!, señores: si no pagan, llamo a la
criada y digo que cierre...
--Pero si a todos éstos les pasa lo mismo--dijo uno de los golfos--;
cuando duermen van al mesón de la Cuerda. Si todos tienen cara de
hambre.
Manuel sentía una verbosidad de charlatán. Cuando se cansó se apoyó en
un montón de piedras y, con los brazos cruzados, se dispuso a dormir.
Poco después el grupo de curiosos se había dispersado; no quedaban mas
que un municipal y un señor viejo, que hablaban de los golfos en tono de
lástima.
El señor se lamentaba del abandono en que se les dejaba a los chicos, y
decía que en otros países se creaban escuelas y asilos y mil cosas. El
municipal movía la cabeza en señal de duda. Al último resumió la
conversación, diciendo con un tono tranquilo de gallego:
--Créame usted a mí: éstos ya no son buenos.
--Manuel, al oír aquello, se estremeció; se levantó del suelo en donde
estaba, salió de la Puerta del Sol y se puso a andar sin dirección ni
rumbo.
«¡Estos ya no son buenos!» La frase le había producido una impresión
profunda. ¿Por qué no era bueno él? ¿Por qué? Examinó su vida. El no era
malo, no había hecho daño a nadie. Odiaba al _Carnicerín_ porque le
arrebataba su dicha, le imposibilitaba vivir en el rincón donde
únicamente encontró algún cariño y alguna protección. Después,
contradiciéndose, pensó que quizá era malo y, en ese caso, no tenía más
remedio que corregirse y hacerse mejor.
Embebido en estos pensamientos oyó, al pasar por la calle de Alcalá, que
le llamaban repetidas veces. Era la _Mellá_ y la _Rabanitos_,
acurrucadas en un portal.
--¿Qué queréis?--las dijo.
--_Na_, hombre, hablarte. ¿Has heredado?
--No; ¿qué hacéis?
--Aquí filando--contestó la _Mellá_.
--¿Pues qué pasa?
--Que hay recogida, y ese morral de _ispetor_, a pesar de que le
pagamos, nos _quie_ llevar a la _delega_. ¡Acompáñanos!
Manuel las acompañó un rato; pero una y otra se fueron con unos señores
y él quedó sólo. Volvió a la Puerta del Sol.
La noche le pareció interminable: dió vueltas y más vueltas; apagaron la
luz eléctrica, los tranvías cesaron de pasar, la plaza quedó a obscuras.
Entre la calle de la Montera y la de Alcalá iban y venían delante de un
café, con las ventanas iluminadas, mujeres de trajes claros y pañuelos
de crespón, cantando, parando a los noctámbulos; unos cuantos chulos,
agazapados tras de los faroles, las vigilaban y charlaban con ellas,
dándoles órdenes...
Luego fueron desfilando busconas, chulos y celestinas. Todo el Madrid
parásito, holgazán, alegre, abandonaba en aquellas horas las tabernas,
los garitos, las casas de juego, las madrigueras y los refugios del
vicio, y por en medio de la miseria que palpitaba en las calles, pasaban
los trasnochadores con el cigarro encendido, hablando, riendo, bromeando
con las busconas, indiferentes a las agonías de tanto miserable
desharrapado, sin pan y sin techo, que se refugiaba temblando de frío en
los quicios de las puertas.
Quedaban algunas viejas busconas en las esquinas, envueltas en el
mantón, fumando...
Tardó mucho en aclarar el cielo; aun de noche se armaron puestos de
café; los cocheros y los golfos se acercaron a tomar su vaso o su copa.
Se apagaron los faroles de gas.
Danzaban las claridades de las linternas de los serenos en el suelo
gris, alumbrado vagamente por el pálido claror del alba, y las siluetas
negras de los traperos se detenían en los montones de basura,
encorvándose para escarbar en ellos. Todavía algún trasnochador pálido,
con el cuello del gabán levantado, se deslizaba siniestro como un búho
ante la luz, y mientras tanto comenzaban a pasar obreros... El Madrid
trabajador y honrado se preparaba para su ruda faena diaria.
Aquella transición del bullicio febril de la noche a la actividad serena
y tranquila de la mañana le hizo pensar a Manuel largamente.
Comprendía que eran las de los noctámbulos y las de los trabajadores
vidas paralelas que no llegaban ni un momento a encontrarse. Para los
unos, el placer, el vicio, la noche; para los otros, el trabajo, la
fatiga, el sol. Y pensaba también que él debía ser de éstos, de los que
trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra.
FIN
ÍNDICE
Págs.
PRIMERA PARTE
I.--Preámbulo.--Conceptos un tanto inmorales
de una pupilera.--Charlas.--Se oye cerrar un
balcón.--Canta un grillo. 9
II.--La casa de doña Casiana.--Una ceremonia
matinal.--Complot.--En donde se discurre
acerca del valor alimenticio de los huesos.
--La Petra y su familia.--Manuel; su llegada
a Madrid. 15
III.--Primeras impresiones de Madrid.--Los
huéspedes.--Escena apacible.--Dulces y
deleitosas enseñanzas. 29
IV.--¡Oh, el amor, el amor!--¿Qué hace don
Telmo?--¿Quién es don Telmo?--En el cual el
estudiante y don Telmo toman ciertas
proporciones novelescas. 41
SEGUNDA PARTE
I.--La regeneración del calzado y El león de
la zapatería.--El primer domingo.--Una
escapatoria.--El _Bizco_ y su cuadrilla. 53
II.--El corralón o la casa del tío Rilo.--Los
odios de vecindad. 71
III.--Roberto Hasting en la zapatería.
--Procesión de mendigos.--Corte de los
Milagros. 81
IV.--La vida en la zapatería.--Los amigos de
Manuel. 91
V.--La taberna de la _Blasa_. 99
VI.--Roberto en busca de una mujer.--El
_Tabuenca_ y sus artificios.--Don Alonso
o el _Hombre Boa_. 109
VII.--La _kermesse_ de la calle de la
Pasión.--El _Lechuguino_.--Un café
cantante. 125
VIII.--Las vacilaciones de Leandro.--En la
taberna de la _Blasa_.--El de las tres
cartas.--Lucha con el _Valencia_. 133
IX.--Una historia inverosímil.--Las hermanas
de Manuel.--Lo incomprensible de la vida. 147
TERCERA PARTE
I.--El drama del _Tío Patas_.--La tahona.
--Karl el hornero.--La Sociedad de los Tres. 159
II.--Una de las muchas maneras desagradables
de morirse que hay en Madrid.--El _Expósito_.
--El _Cojo_ y su cueva.--La noche en el
Observatorio. 177
III.--Encuentro con Roberto.--Roberto cuenta
el origen de una fortuna fantástica. 189
IV.--Dolores la _Escandalosa_.--Las
engañifas del _Pastiri_.--Dulce salvajismo.
--Un modesto robo en despoblado. 199
V.--Vestales del arroyo.--Los trogloditas. 217
VI.--El señor Custodio y su hacienda.--A la
busca. 227
VII.--El señor Custodio y sus ideas.--La
Justa, el _Carnicerín_ y el _Conejo_. 239
VIII.--La plaza.--Una boda en la Bombilla.
--Las calderas del asfalto. 251
_Rafael Caro Raggio: Editor.--Ventura Rodríguez, 18._
COLECCIÓN SELECTA
VOLÚMENES PUBLICADOS
JULIO VALLÉS.--=El Niño.= (Vida de Jaime Vigntras.)
ENRIQUE BARBUSSE.--=El fuego en las trincheras.=
» » --=Claridad.=
CARLOS RIVET.--=El último Romanof.= (Historia del Tsar de Rusia
y su corte.)
STENDHAL.--I. =Un oficial enamorado.= (Luciano Leuwen.)
» --II. =Un oficial enamorado.= (Luciano Leuwen.)
HENRY KISTEMAECKERS.--=El relevo galante.= (Novela.)
RUDYARD KIPLING.--=Capitanes valientes.=
JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA.--=Los conquistadores.= (El
origen heroico de América).
» » » --=En la Vorágine.=
JUAN GUALBERTO NESSI.--=Aventuras del submarino alemán U...=
» » » --=De tobillera a “cocotte”.=
ABEL BOTELHO.--I. =El libro de Alda.=
» » --II. =El libro de Alda.=
A. S. PUSHKIN.--=El bandido Dubrovsky.=
» --=La casita solitaria de la isla Basilio.=
ABEL HERMANT.--=Los amores de Fanfán.=
A. GUILMAIN.--=La condesa busca un amante.=
» --=Margot peca siete veces.=
» --=Frou-frou, vendedora de caricias.=
AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA.--=Resurgimiento.=
JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ (AZORÍN)
COLECCIÓN DE OBRAS COMPLETAS
I.--EL ALMA CASTELLANA.
II.--LA VOLUNTAD.
III.--ANTONIO AZORÍN.
IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEÑO FILÓSOFO. (Aumentada.)
V.--ESPAÑA.
VI.--LOS PUEBLOS.
VII.--FANTASÍAS Y DEVANEOS.
VIII.--EL POLÍTICO.
IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE.
X.--LECTURAS ESPAÑOLAS.
XI.--LOS VALORES LITERARIOS.
XII.--CLÁSICOS Y MODERNOS.
XIII.--CASTILLA.
XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA.
XV.--AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS.
XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA.
XVII.--UN PUEBLECITO.
XVIII.--RIVAS Y LARRA.
XIX.--EL PAISAJE DE ESPAÑA VISTO POR LOS ESPAÑOLES.
XX.--ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA.
XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAÑOL.
XXII.--PARÍS, BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL.
XXIII.--LABERINTO.
OTRAS PUBLICACIONES
LORENZO GALLEGO CARRANZA.--=Lecciones de Topografía.= 9 ptas.
» » --=Sistema de acotaciones.= 3,50 ptas.