probado; tengo las partidas de bautismo que acreditan que descendemos en
línea directa de Juan Antonio, el hermano de Fermín. Pero ¿por qué no
aparece el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial de
Labraz? Eso es lo que a mí me preocupó y eso es lo que he resuelto.
Bandon el irlandés, cuando murió su contrincante Juan Antonio, envió a
España un agente llamado Shaphter, y éste hizo desaparecer la fe de
bautismo de don Fermín. ¿Cómo? Aun no lo sé. Mientras tanto, yo sigo en
Londres la reclamación, sólo para mantener la causa en estado de
litigio, y los Hasting son los que llevan el proceso.
--¿Y a cuánto asciende esa fortuna?--preguntó Manuel.
--Entre el capital y los intereses, a un millón de libras esterlinas.
--¿Y es mucho eso?
--Sin el cambio, unos cien millones de reales; con el cambio, ciento
treinta.
Manuel se echó a reír.
--¿Para usted solo?
--Para mí y para mis hermanas. Figúrate tú, cuando yo coja esa cantidad,
lo que van a ser para mí estos cochecitos y estas cosas. Nada.
--Y ahora, mientras tanto, no tiene usted una perra.
--Así es la vida, hay que esperar, no hay más remedio. Ahora que nadie
me cree, gozo yo más con el reconocimiento de mi fuerza que gozaré
después con el éxito. He construído una montaña entera; una niebla
profunda impide verla; mañana se desgarrará la niebla y el monte
aparecerá erguido, con las cumbres cubiertas de nieve.
Manuel encontraba necio estar hablando de tanta grandeza cuando ni uno
ni otro tenían para comer, y, pretextando una ocupación, se despidió de
Roberto.
CAPÍTULO IV
DOLORES LA «ESCANDALOSA».--LAS ENGAÑIFAS DEL «PASTIRI».--DULCE
SALVAJISMO.--UN MODESTO ROBO EN DESPOBLADO.
DESPUÉS de una semana pasada al sereno, un día Manuel se decidió a
reunirse con Vidal y el _Bizco_ y a lanzarse a la vida maleante.
Preguntó por sus amigos en los ventorros de la carretera de Andalucía,
en la Llorosa, en las Injurias, y un compinche del _Bizco_, que se
llamaba el _Chungui_, le dijo que el _Bizco_ paraba en las Cambroneras,
en casa de una mujer ladrona de fama, conocida por Dolores la
_Escandalosa_.
Fué Manuel a las Cambroneras, preguntó por la Dolores y le indicaron una
puerta en un patio habitado por gitanos.
Llamó Manuel, pero la Dolores no quiso abrir la puerta; luego, con las
explicaciones que le dió el muchacho, le dejó entrar.
La casa de la _Escandalosa_ consistía en un cuarto de unos tres metros
en cuadro; en el fondo se veía una cama, donde dormía vestido el
_Bizco_; a un lado, una especie de hornacina con su chimenea y un fogón
pequeño. Además, ocupaban el cuarto una mesa, un baúl, un vasar blanco
con platos y pucheros de barro y una palomilla de pino con un quinqué de
petróleo encima.
La Dolores era una mujer de cincuenta años próximamente; vestía traje
negro, un pañuelo rojo atado como una venda a la frente, y otro, de
color obscuro, por encima.
Llamó Manuel al _Bizco_, y, cuando éste se despertó, le preguntó por
Vidal.
--Ahora vendrá--dijo el _Bizco_; luego, dirigiéndose a la vieja,
gritó--: Tráeme las botas, tú.
La Dolores no hizo pronto el mandado, y el _Bizco_, por alarde, para
demostrar el dominio que tenía sobre ella, le dió una bofetada.
La mujer no chistó; Manuel miró al _Bizco_ fríamente, con disgusto; el
otro desvió la vista de un modo huraño.
--¿Quieres almorzar?--le preguntó el _Bizco_ a Manuel cuando se hubo
levantado.
--Si das algo bueno...
La Dolores sacó la sartén del fuego llena de pedazos de carne y de
patatas.
--No os tratáis poco bien--murmuró Manuel, a quien el hambre hacía
profundamente cínico.
--Nos dan fiado en la casquería--dijo la Dolores, para explicar la
abundancia de carne.
--¡Si tú y yo no afanáramos por ahí--saltó el _Bizco_, dirigiéndose a la
vieja--, lo que comiéramos nosotros!
La mujer sonrió modestamente. Acabaron con el almuerzo, y la Dolores
sacó una botella de vino.
--Esta mujer--dijo el _Bizco_--, ahí donde la ves, no hay otra como
ella. Enséñale lo que tenemos en el rincón.
--Ahora, no, hombre.
--¿Por qué no?
--¿Si viene alguno?
--Echo el cerrojo.
--Bueno.
Cerró la puerta el _Bizco_, la Dolores empujó la cama al centro del
cuarto, se acercó a la pared, despegó un trozo de tela rebozado de cal,
de una vara en cuadro, y apareció un boquete lleno de cintas, cordones,
puntillas y otros objetos de pasamanería.
--¿Eh?--dijo el _Bizco_--; pues todo esto lo ha afanado ella.
--Aquí debéis tener mucho dinero.
--Sí; algo hay--contestó la Dolores--. Luego, dejó caer el trozo de tela
que tapaba la excavación de la pared, lo sujetó y colocó delante la
cama. El _Bizco_ descorrió el cerrojo. Al poco rato llamaban en la
puerta.
--Debe ser Vidal--dijo el _Bizco_, y añadió en voz baja, dirigiéndose a
Manuel--: Oye, tú, a éste no le digas nada.
Entró Vidal con su aire desenvuelto, celebró la llegada de Manuel, y los
tres camaradas salieron a la calle.
--¿Vais a barbear por ahí?--preguntó la vieja.
--Sí.
--A ver si no vienes tarde, ¿eh?--añadió la Dolores, dirigiéndose al
_Bizco_.
Este no se dignó contestar a la recomendación.
Salieron los tres a la glorieta del puente de Toledo; allí cerca tomaron
una copa, en el cajón del _Garatusa_, un licenciado de presidio,
protector de descuideros, no sin interés y su cuenta, y luego, por el
paseo de los Ocho Hilos, salieron a la ronda de Toledo.
Como domingo, los alrededores del Rastro rebosaban gente.
A lo largo de la tapia de las grandiosas Américas, en el espacio
comprendido entre el Matadero y la Escuela de Veterinaria, una larga
fila de vendedores ambulantes establecía sus reales.
Había algunos de éstos con trazas de mendigos, inmóviles, somnolientos,
apoyados en la pared, contemplando con indiferencia sus géneros: cuadros
viejos, cromos nuevos, libros, cosas inútiles, desportilladas, sucias,
convencidos de que nadie mercaría lo que ellos mostraban al público.
Otros gesticulaban, discutían con los compradores; algunas viejas
horribles y atezadas, con sombreros de paja grandes en la cabeza, las
manos negras, los brazos en jarra, la desvergüenza pronta a surgir del
labio, chillaban como cotorras.
Las gitanas de trajes abigarrados peinaban al sol a las gitanillas
morenuchas y a los _churumbeles_ de pelo negro y ojos grandes; una
porción de vagos discurría gravemente; pordioseros envueltos en harapos,
lisiados, lacrosos, clamaban, cantaban, se lamentaban, y el público
dominguero, buscador de gangas, iba y venía, deteniéndose en este
puesto, preguntando, husmeando, y la gente pasaba, con el rostro
inyectado por el calor del sol, un sol de primavera que cegaba al
reflejar la blancura de creta de la tierra polvorienta, y brillaba y
centelleaba con reflejos mil en los espejos rotos y en los cachivaches
de metal, tirados y amontonados en el suelo. Y para aumentar aquella
baraúnda turbadora de voces y de gritos, dos organillos llenaban el aire
con el campanilleo alegre de sus notas, mezcladas y entrecruzadas.
Manuel, el _Bizco_ y Vidal subieron a la cabecera del Rastro y volvieron
a bajar. En la puerta de las Américas se encontraron con el _Pastiri_,
que andaba husmeando por allí.
Al ver a Manuel y a los otros dos, el de las tres cartas se les acercó y
les dijo:
--¿Vamos a tomar unas tintas?
--Vamos.
Entraron en una tasca de la Ronda. El _Pastiri_ aquel día estaba solo,
porque su compañero se había marchado a El Escorial, y como no tenía
quien le hiciera el paripé en el juego, no sacaba una perra. Si ellos
tomaban el papel de ganchos, para decidir a los curiosos a jugar, les
daría una parte en las ganancias.
--Pregúntale cuánto--dijo el _Bizco_ a Vidal.
--No seas tonto.
El _Pastiri_ explicó la cosa para que la entendiera el _Bizco_; la
cuestión era apostar y decir en voz alta que ganaban, que él se
encargaría de meter en ganas de jugar a los espectadores.
--Ya, ya sabemos lo que hay que hacer--dijo Vidal.
--¿Y aceptáis la _combi_?
--Sí, hombre.
Repartió el _Pastiri_ tres pesetas por barba, y salieron los cuatro de
la taberna, atravesaron la Ronda y se metieron en el Rastro.
A veces se paraba el _Pastiri_, creyendo tener algún tonto a la vista;
el _Bizco_ o Manuel apuntaban; pero el que parecía tonto sonreía al
notar la celada, o pasaba indiferente, acostumbrado a presenciar aquella
clase de timos.
De pronto vió venir el _Pastiri_ un grupo de paletos con sombrero ancho
y calzón corto.
--_Aluspiar_, que ahí vienen unos pardillos, y puede caer algo--dijo, y
se plantó delante de los paletos con su tablita y sus cartas, y comenzó
el juego.
El _Bizco_ apuntó dos pesetas y ganó; Manuel hizo lo mismo, y ganó
también.
--Este hombre es un primo--dijo Vidal, en voz alta, y dirigiéndose al
grupo de los campesinos--. Pero ¿han visto ustedes el dinero que está
perdiendo?--añadió--. Aquel militar le ha ganado seis duros.
Uno de los paletos se acercó al oír esto, y viendo que Manuel y el
_Bizco_ ganaban, apostó una peseta y ganó. Los compañeros del paleto le
aconsejaron que se retirara con su ganancia; pero la codicia pudo más en
él, y, volviendo, apostó dos pesetas y las perdió.
Vidal puso entonces un duro.
--Un machacante--dijo, dando con la moneda en el suelo--. Acertó la
carta y ganó.
El _Pastiri_ hizo un gesto de fastidio.
Apostó el paleto otro duro y lo perdió; miró angustiado a sus paisanos,
sacó otro duro y lo volvió a perder.
En aquel momento se acercó un guardia y se disolvió el grupo; al ver el
movimiento de fuga del _Pastiri_, el paleto quiso sujetarle, agarrándole
de la americana; pero el hombre dió un tirón y se escabulló por entre la
gente.
Manuel, Vidal y el _Bizco_ salieron por la plaza del Rastro a la calle
de Embajadores.
El _Bizco_ tenía cuatro pesetas, Manuel seis y Vidal catorce.
--¿Y qué le vamos a devolver a ése?--preguntó el _Bizco_.
--¿Devolver? Nada--contestó Vidal.
--Le vamos a _apandar_ la ganancia del año--dijo Manuel.
--Bueno; que lo maten--replicó Vidal--. _Pa_ chasco que nos fuéramos
nosotros de rositas.
Era hora de almorzar, discutieron adónde irían, y Vidal dispuso que ya
que se encontraban en la calle de Embajadores, la Sociedad de los Tres
en pleno siguiera hacia abajo hasta el merendero de la Manigua.
Se tuvo en cuenta la indicación, y los socios pasaron toda la tarde del
domingo hechos unos príncipes; Vidal estuvo espléndido, gastando el
dinero del _Pastiri_, convidando a unas chicas y bailando a lo chulo.
A Manuel no le pareció tan mal el comienzo de la vida de golfería. De
noche, los tres socios, un poco cargados de vino, subieron por la calle
de Embajadores, tomando después por la vía de circunvalación.
--¿Adónde iré yo a dormir?--preguntó Manuel.
--Ven a mi casa--le contestó Vidal.
Al acercarse a Casa Blanca, se separó el _Bizco_.
--Gracias a Dios que se va ese tío--murmuró Vidal.
--¿Estás reñido con él?
--Es un tío bestia. Vive con la _Escandalosa_, que es una vieja zorra;
es verdad que tiene lo menos sesenta años y gasta lo que roba con sus
queridos; pero bueno, le alimenta y él debía considerarla; pues nada,
anda siempre con ella a puntapiés y a puñetazos y la pincha con el
puñal, y hasta una vez ha calentado un hierro y la ha querido quemar.
Bueno que la quite el dinero; pero eso de quemarla, ¿para qué?
Llegaron a Casa Blanca, que era como una aldea pobre, de una calle sola;
Vidal abrió con su llave una puerta, encendió un fósforo y subieron los
dos a un cuarto estrecho con un colchón puesto sobre los ladrillos.
--Te tendrás que echar en el suelo--dijo Vidal--. Esta cama es la de mi
chica.
--Bueno.
--Toma esto para la cabeza--y le arrojó una falda de mujer arrebuñada.
Manuel apoyó allí la cabeza y quedó dormido. Se despertó a la madrugada.
Se incorporó y se sentó en el suelo sin darse cuenta de dónde podía
encontrarse. Entraba pálida claridad de un ventanuco. Vidal, tendido en
el colchón, roncaba: a su lado dormía una muchacha, respirando con la
boca abierta; grandes chafarrinones de pintura le surcaban las mejillas.
Manuel sentía el malestar de haber bebido demasiado el día anterior y un
profundo abatimiento. Pensó seriamente en su vida:
--Yo no sirvo para esto--se dijo--; ni soy un salvaje como el _Bizco_,
ni un desahogado como Vidal. ¿Y qué hacer?
Ideó mil cosas, la mayoría irrealizables; imaginó proyectos complicados.
En el interior luchaban obscuramente la tendencia de su madre, de
respeto a todo lo establecido, con su instinto antisocial de vagabundo,
aumentado por su clase de vida.
--Vidal y el _Bizco_--se dijo--son más afortunados que yo; no tienen
vacilaciones ni reparos; se han lanzado...
Pensó que al final podían encontrar el palo o el presidio; pero mientras
tanto no sufrían; el uno por bestialidad, el otro por pereza, se
abandonaban con tranquilidad a la corriente...
* * * * *
A pesar de sus escrúpulos y remordimientos, el verano lo pasó Manuel
protegido por el _Bizco_ y Vidal, viviendo en Casa Blanca con su primo y
la querida de éste, una muchachuela vendedora de periódicos y buscona al
mismo tiempo.
La Sociedad de los Tres funcionó por las afueras y las Ventas, la
Prosperidad y el barrio de Doña Carlota, el puente de Vallecas y los
Cuatro Caminos; y si la existencia de esa Sociedad no llegó a
sospecharse ni a pasar a los anales del crimen, fué porque sus fechorías
se redujeron a modestos robos de los llamados por los profesionales al
descuido.
No se contentaban los tres socios con espigar en las afueras de Madrid:
extendían su radio de acción a los pueblos próximos y a todos los sitios
en general en donde se reuniera alguna gente.
Los mercados y las plazuelas eran lugares de prueba, porque el
_descuido_ podía ser de mayor cantidad, pero, en cambio, la policía
andaba ojo avizor.
En general, los puntos más explotados por ellos eran los lavaderos.
Vidal, con su genuina listeza, convenció al _Bizco_ de que él era quien
poseía más condiciones para el afano; el otro, por vanidad, se lanzaba
siempre a lo más peligroso, el coger la prenda, mientras Vidal y Manuel
estaban a la husma.
Solía decir Vidal a Manuel, en el momento mismo del robo, cuando el
_Bizco_ se guardaba debajo de la chaqueta la sábana o la camisa:
--Si viene alguno no hagas una seña ni nada. Que lo cojan; nosotros
callados, hechos unos _púas_, sin movernos; nos preguntan algo, nosotros
no sabemos nada, ¿eh?
--Convenido.
Sábanas, camisas, mantas y otra porción de ropas robadas por ellos las
pulían en la ropavejería de la Ribera de Curtidores, adonde solía ir de
visita don Telmo. El amo, encargado o lo que fuese, de la tienda,
compraba todo lo que le llevaban los randas, a bajo precio.
Vigilaba esta ropavejería de peristas, de las asechanzas de algún
polizonte torpe (los listos no se ocupaban de estas cosas), un hombre a
quien llamaban el _Tío Pérquique_. Este hombre se pasaba la vida
paseándose por delante del establecimiento. Para disimular la guardia
vendía cordones para las botas y géneros de saldo que le entregaban en
la ropavejería.
En la primavera este hombre se ponía un gorro blanco de cocinero y
pregonaba unos pastelillos con una palabra que apenas pronunciaba y que
se entretenía en cambiar constantemente. Unas veces la palabra parecía
ser ¡Pérquique! ¡Pérquique!; pero inmediatamente cambiaba el sonido, se
transformaba en ¡Pérqueque! o en ¡Párquique!, y estas evoluciones
fonéticas se alargaban hasta el infinito.
El origen de esta palabra Pérquique, que no se encuentra en el
diccionario, era el siguiente: Los pastelillos rellenos de crema que
vendía el del gorro blanco los daba al precio de cinco céntimos y los
voceaba: ¡A perra chica! ¡A perra chica! De vocearlos perezosamente
suprimió la A primera y convirtió en e las otras dos, transformando su
grito en ¡Perre chique! ¡Perre chique! Después Perre chique se convirtió
en Pérquique.
El guardián de la ropavejería, hombre de carácter jovial, tenía la
especialidad en los pregones, los matizaba artísticamente; iba de las
notas agudas a las más graves, o al contrario. Comenzaba, por ejemplo,
en un tono muy alto, gritando:
--¡Miren, a real! ¡Miren, a real! ¡Calcetines y medias a real! ¡Miren, a
real!--Luego bajaba el diapasón, y decía gravemente--: ¡Chalequito de
Bayona muy bonito!--Y, por último, en voz de bajo profundo, añadía--: ¡A
cuatro perra _orda_!
El _Tío Pérquique_ conocía la Sociedad de los Tres, y daba al _Bizco_ y
a Vidal algunos consejos.
Más seguro y mucho más productivo que el trato con los peristas de la
ropavejería era el procedimiento de Dolores la _Escandalosa_, la cual
vendía las cintas y encajes robados por ella a buhoneros que pagaban
bien; pero los socios de la Sociedad de los Tres querían cobrar sus
dividendos pronto.
Hecha la venta se iban los tres a una taberna del final del paseo de
Embajadores, esquina al de las Delicias, que llamaban del Pico del
Pañuelo.
Tenían los socios especial cuidado de no robar en el mismo sitio y de no
presentarse juntos por aquellos parajes de donde había temor de una
vigilancia molesta.
Algunos días, muy pocos, que la rapiña no dió resultado, se vieron los
tres socios obligados a trabajar en el Campillo del Mundo Nuevo,
esparciendo montones de lana y recogiéndola, después de aireada y seca,
con unos rastrillos.
Otro de los medios de subsistencia de la Sociedad era la caza del gato.
El _Bizco_, que no atesoraba ningún talento, su cabeza, según frase de
Vidal, era un melón salado, poseía, en cambio, uno grandísimo para coger
gatos. Con un saco y una vara se las arreglaba admirablemente. Bicho que
veía, a los pocos instantes había caído.
Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada;
todos los que caían se devoraban con idéntico apetito. Se vendían las
pieles en el Rastro; el tabernero del Pico del Pañuelo fiaba el vino y
el pan, cuando no había fondos con qué pagarlos, y la Sociedad se
entregaba al sardanapalesco festín...
Una tarde de agosto, Vidal, que había estado merendando en las Ventas
con su prójima el día anterior, expuso ante sus socios y compañeros el
proyecto de asaltar una casa abandonada del camino del Este.
Se discutió el proyecto con seriedad, y al día siguiente, por la tarde,
fueron los tres a estudiar el terreno.
Era domingo; había novillos en la plaza; pasaban por la calle de Alcalá
ómnibus y tranvías llenos de bote en bote, manuelas ocupadas por
mujeronas con mantones de Manila y hombres de aspecto rufianesco.
En los alrededores de la plaza el gentío se amontonaba; de los tranvías
bajaban grupos de gente que corrían hacia la puerta; los revendedores se
abalanzaban sobre ellos voceando; brillaban entre la masa negra de la
multitud los cascos de los guardias a caballo. Del interior de la plaza
salía un vago rumor, como el de la marea.
Vidal el _Bizco_ y Manuel, lamentándose de no poder entrar allí,
siguieron adelante, pasaron las Ventas y tomaron el camino de Vicálvaro.
El viento sur, cálido, ardoroso, blanqueaba de polvo el campo; por la
carretera pasaban y se cruzaban coches de muerto blancos y negros, de
hombres y de niños, seguidos de tartanas llenas de gente.
Vidal mostró la casa: hallábase a un lado del camino; parecía
abandonada; por delante la rodeaba un jardín con su verja; por la parte
de atrás se extendía un huerto plantado de arbolillos sin hojas, con un
molino para sacar agua. La tapia del huerto, baja, podía escalarse con
relativa facilidad; ningún peligro amenazaba; ni vecinos curiosos ni
perros; la casa más próxima, un taller de marmolista, distaba más de
trescientos metros.
Desde las cercanías de la casa se divisaba el cementerio del Este,
rodeado de campos áridos amarillos y lomas yermas; en dirección
contraria se presentaba la Plaza de Toros, con su bandera flameante, y
las primeras casas de Madrid; el camino del camposanto se tendía,
polvoriento, por entre hondonadas y taludes verdes, por entre tejares
abandonados y lomas con las entrañas de ocre rojo al descubierto.
Cuando examinaron bien las condiciones de la casa, volvieron los tres a
las Ventas. De noche, se hallaban dispuestos a regresar a Madrid; pero
Vidal aconsejó el quedarse allá para dar el golpe al amanecer del día
siguiente. Decidieron esto, y se tendieron en un tejar, en el callejón
constituído por dos murallas de ladrillos apilados.
El viento, frío, sopló durante toda la noche con violencia. El primero
que se despertó fué Manuel, y llamó a los otros dos. Salieron del
callejón formado por los dos muros de ladrillo. Aun era de noche; un
trozo de luna asomaba de vez en cuando en el cielo por entre las nubes
obscuras; a veces se ocultaba, a veces parecía descansar en el seno de
uno de aquellos nubarrones, a los cuales plateaba débilmente.
A lo lejos, sobre Madrid, se cernía una gran claridad, irradiada de las
luces del pueblo; en el camposanto blanqueaban algunas lápidas
pálidamente.
El alba teñía con su claridad melancólica el cielo, cuando los tres
socios se acercaron a la casa.
A Manuel le palpitaba el corazón con fuerza.
--¡Ah! Una advertencia--dijo Vidal--: Si por casualidad nos pescaran, no
hay que echar a correr, sino quedarse dentro de la casa.
El _Bizco_ se echó a reír; Manuel, que comprendía que su primo no
hablaba por hablar, preguntó:
--¿Y por qué?
--Porque si nos pescan en la casa es un robo frustrado, y tiene poco
castigo; en cambio, si nos cogieran huyendo, sería un robo consumado, lo
que tiene mucha pena. Esto me lo dijeron ayer.
--Pues yo escapo si puedo--dijo el _Bizco_.
--Haz lo que quieras.
Saltaron la cerca de la casa; Vidal quedó a caballo encima, agachado,
espiando, por si venía alguno. Manuel y el _Bizco_, a horcajadas, se
acercaron a la casa y, afianzando el pie en el tejadillo de un
cobertizo, bajaron a una terraza con un emparrado un tanto más alto que
la huerta.
A esta galería daban la puerta trasera y los balcones del piso bajo de
la casa; pero estaban una y otros tan bien cerrados, que era imposible
abrirlos.
--¿No se puede?--preguntó Vidal desde arriba.
--No.
--Ahí va mi navaja--y Vidal la tiró a la galería.
Manuel intentó con la navaja abrir los balcones; pero no había medio; el
_Bizco_ se puso a empujar con el hombro la puerta, cedió algo, dejando
un resquicio, y entonces Manuel introdujo por allí la hoja del cuchillo,
e hizo correr la lengüeta de la cerradura hasta conseguir abrir la
puerta. Al momento entraron el _Bizco_ y Manuel.
El piso bajo de la casa constaba de un vestíbulo, desde donde comenzaba
la escalera de un corredor, y de dos gabinetes con balcón al huerto.
La primera idea de Manuel fué salir al vestíbulo y echar el cerrojo a la
puerta que daba a la carretera.
--Ahora--le dijo al _Bizco_, que quedó admirado de aquel rasgo de
prudencia--vamos a ver qué hay aquí.
Se pusieron a registrar la casa con tranquilidad, sin apurarse; no había
nada que valiera tres ochavos. Estaban forzando el armario del comedor,
cuando, de pronto, oyeron muy cerca los ladridos de un perro, y salieron
asustados a la galería.
--¿Qué hay?--preguntaron a Vidal.
--Un condenado perro que se ha puesto a ladrar y va a llamar la atención
de alguno.
--Tírale una piedra.
--¿De dónde?
--Asústale.
--Ladra más.
--Baja aquí, si no te van a ver.
--Vidal saltó al huerto. El perro, que debía ser un perro moral,
defensor de la propiedad, siguió ladrando fuerte.
--Pero ¡leñe!--dijo Vidal a sus amigos--, ¿no habéis concluído?
--¡Si no hay nada!
Entraron los tres llenos de miedo, atortolados, cogieron una servilleta
y metieron dentro lo que encontraron a mano, un reloj de cobre, un
candelero de metal blanco, un timbre eléctrico roto, un barómetro de
mercurio, un imán y un cañón de juguete.
Vidal se subió a la tapia con el lío.
--Ahí está--dijo asustado.
--¿Quién?
--El perro.
--Yo bajaré primero--murmuró Manuel--y se puso la navaja en los dientes
y se dejó caer. El perro, en vez de acercarse, se alejó un poco; pero
siguió ladrando.
Vidal no se atrevía a saltar la tapia con el lío en la mano y lo echó
con cuidado sobre unas matas; en la caída no se rompió mas que el
barómetro, lo demás estaba roto. Saltaron la tapia el _Bizco_ y Vidal, y
los tres socios echaron a correr a campo traviesa, perseguidos por el
perro defensor de la propiedad, que ladraba tras de ellos.
--¡Qué brutos somos!--exclamó Vidal deteniéndose--. Si nos ve un guardia
correr así nos coge.
--Y si pasamos por el fielato reconocerán lo que llevamos en el lío y
nos detendrán--añadió Manuel.
La Sociedad se detuvo a deliberar y a tomar acuerdos. Se dejó el botín
al pie de una tapia. Se tendieron en el suelo.
--Por aquí--dijo Vidal--pasan muchos traperos y basureros a La Elipa. Al
primero que veamos le ofrecemos esto.
--Si nos diese tres duros--murmuró el _Bizco_.
--Sí, hombre.