despidió de doña Casiana.
--¿Qué vas a hacer?--le dijo ésta.
--No sé; ya veremos.
--Yo no te puedo tener, pero no quiero que pases hambre. Alguna que otra
vez ven por aquí.
Después de callejear toda la mañana, Manuel se encontró al mediodía en
la ronda de Toledo, recostado en la tapia de las Américas y sin saber
qué hacer. A un lado, sentado también en el suelo, había un chiquillo
astroso, horriblemente feo y chato, con un ojo nublado, los pies
desnudos y un chaquetón roto, por cuyos agujeros se veía la piel negra,
curtida por el sol y la intemperie. Colgando del cuello llevaba un bote
para coger colillas.
¿Dónde vives tú?--le preguntó Manuel.
--Yo no tengo padre ni madre--contestó indirectamente el muchacho.
--¿Cómo te llamas?
--El _Expósito_.
--¿Y por qué te llaman _Expósito_?
--¡Toma! Porque soy inclusero.
--Y tú ¿no has tenido nunca casa?
--Yo no.
--¿Y dónde sueles dormir?
--Pues en el verano, en las cuevas y en los corrales, y en el invierno,
en las calderas del asfalto.
--¿Y cuando no hay asfalto?
--En algún asilo.
--Pero bueno, ¿qué comes?
--Lo que me dan.
--¿Y se vive bien así?
El inclusero no debió de entender la pregunta o le pareció muy necia,
porque se encogió de hombros. Manuel siguió interrogándole con
curiosidad.
--¿No tienes frío en los pies?
--No.
--¿Y no haces nada?
--¡Psch...!, lo que se tercia: cojo colillas, vendo arena, y cuando no
gano nada voy al cuartel de María Cristina.
--¿A qué?
--Toma, por rancho.
--¿Y dónde está ese cuartel?
--Cerca de la estación de Atocha. ¿Qué? ¿También quieres ir tú allí?
--Sí; también.
--Pues vamos, no se vaya a pasar la hora del cocido.
Se levantaron los dos y echaron a andar por las rondas. El _Expósito_
entró en las tiendas del camino a pedir, y le dieron dos pedazos de pan
y una perra chica.
--¿Quieres, _ninchi_?--dijo ofreciendo uno de los pedazos a Manuel.
--Venga.
Llegaron los dos por la ronda de Atocha frente a la estación del
Mediodía.
--¿Tú conoces la hora?--preguntó el _Expósito_.
--Sí, son las once.
--Entonces aun es temprano para ir al cuartel.
Frente a la estación, una señora, subida en un coche rojo, peroraba y
ofrecía un ungüento para las heridas y un específico para quitar el
dolor de muelas.
El _Expósito_, mordiendo el pedazo de pan, interrumpió el discurso de
la señora del coche, gritando irónicamente:
--¡Deme usted una tajada para que se me quite el dolor de muelas!
--Y a mí otra--dijo Manuel.
--El marido de la señora del coche, un viejo con un ranglán muy largo,
que, en el grupo de los oyentes, escuchaba con el mayor respeto lo que
decía su costilla, se indignó y, hablando medio en castellano, dijo:
--Ahora sí que os van a _dolert_ de _veres_.
--Este señor ha venido del Archipipi--interrumpió el _Expósito_.
El señor trató de coger a uno de los chicos. Manuel y el _Expósito_ se
alejaban corriendo, le daban un quiebro al del ranglán y se plantaban
frente a él.
_Sinvergüenses_--gritaba el señor--os voy a _dart_ una _guantade_, que
_entonses_ si que os van a _dolert_ de _verdat_.
--Si ya nos duelen--le replicaban ellos.
El hombre, en el último grado de exasperación, comenzó a perseguir
frenético a los chicos; un grupo de golfos y de vendedores de periódicos
le achucharon irónicamente, y el viejo, sudando, secándose la cara con
el pañuelo, fué en busca de un guardia municipal.
--¡Golfolaire! ¡Frachute! _¡Méndigo!_--le gritó el _Expósito_.
Luego, riéndose de la guasa, se acercaron al cuartel y se pusieron a la
cola de una fila de pobres y de vagos que esperaban la comida. Una
vieja, que ya había comido, les prestó una lata para recoger el rancho.
Comieron, y después, en unión de otros chiquillos andrajosos, subieron
por los altos arenosos del cerrillo de San Blas, a ver desde allá el
ejercicio de los soldados en el paseo de Atocha.
Manuel se tendió perezosamente al sol; sentía el bienestar de hallarse
libre por completo de preocupaciones, de ver el cielo azul extendiéndose
hasta el infinito. Aquel bienestar le llevó a un sueño profundo.
Cuando se despertó era ya media tarde; el viento arrastraba nubes
obscuras por el cielo. Manuel se sentó; había un grupo de golfos junto
él, pero entre ellos no estaba el _Expósito_.
Un nubarrón negro vino avanzando hasta ocultar el sol; poco después
empezó a llover.
--¿Vamos a la cueva del _Cojo_?--dijo uno de los muchachos.
--Vamos.
Echó toda la golfería a correr, y Manuel con ella, en la dirección del
Retiro. Caían las gruesas gotas de lluvia en líneas oblicuas de color de
acero; en el cielo, algunos rayos de sol pasaban brillantes por entre
las violáceas nubes obscuras y alargadas, como grandes peces inmóviles.
Delante de los golfos, a bastante distancia, corrían dos mujeres y dos
hombres.
Son la _Rubia_ y la _Chata_, que van con dos paletos--dijo uno.
--Van a la cueva--añadió otro.
Llegaron los muchachos a la parte alta del cerrillo; en la entrada de la
cueva, un agujero hecho en la arena; sentado en el suelo, un hombre, a
quien le faltaba una pierna, fumaba en una pipa.
--Vamos a entrar--advirtió uno de los golfos al _Cojo_.
--No se puede--replicó él.
--¿Por qué?
--Porque no.
--¡Hombre! Déjenos usted entrar hasta que pase la lluvia.
--No puede ser.
--¿Es que están la _Rubia_ y la _Chata_ ahí?
--A vosotros ¿qué os importa?
--¿Vamos a darles un susto a esos paletos?--propuso uno de los golfos,
que llevaba largos tufos negros por encima de las orejas.
--Ven y verás--masculló el _Cojo_, agarrando una piedra.
--Vamos al Observatorio--dijo otro--. Allá no nos mojaremos.
Los de la cuadrilla volvieron hacia atrás, saltaron una tapia que les
salió al paso, y se guarecieron en el pórtico del Observatorio, del lado
de Atocha. Venía el viento del Guadarrama, y allá quedaban al socaire.
La tarde y parte de la noche estuvo lloviendo, y la pasaron hablando de
mujeres, de robos y de crímenes. Dos o tres de aquellos chicos tenían
casa, pero no querían ir. Uno, que se llamaba el _Mariané_, contó una
porción de timos y de estafas notables; algunos, que demostraban un
ingenio y habilidad portentosos, entusiasmaron a la concurrencia.
Agotado este tema, unos cuantos se pusieron a jugar al cané, y el de los
tufos negros, a quien llamaban el _Canco_, cantó por lo bajo canciones
flamencas con voz de mujer.
De noche, como hacía frío, se tendieron muy juntos en el suelo y
siguieron hablando. A Manuel le chocaba la mala intención de todos; uno
explicó cómo a un viejo de ochenta años, que dormía furtivamente en un
cuchitril formado por cuatro esteras en el lavadero del Manzanares el
Arco Iris, le abrieron una noche que corría un viento helado dos de las
esteras, y al día siguiente lo encontraron muerto de frío; el _Mariané_
contó que había estado con un primo suyo, que era sargento de
caballería, en una casa pública, y el sargento se montó sobre la espalda
de una mujer desnuda y con las espuelas le desgarró los muslos.
--Es que para tener contentas a las mujeres no hay como hacerlas
sufrir--terminó diciendo el _Mariané_.
Manuel oyó esta sentencia asombrado; pensó en aquella costurerita que
iba a casa de la patrona, y después en la Salomé, y en que no le hubiese
gustado hacerse querer de ellas martirizándolas; y barajando estas ideas
quedó dormido.
Cuando despertó sintió el frío, que le penetraba hasta los huesos.
Alboreaba la mañana, ya no llovía; el cielo, aun obscuro, se llenaba de
nubes negruzcas. Por encima de un seto de evónimos brillaba una
estrella, en medio de la pálida franja del horizonte, y sobre aquella
claridad de ópalo se destacaban entrecruzadas las ramas de los árboles,
todavía sin hojas.
Se oían silbidos de las locomotoras en la estación próxima; hacia
Carabanchel palidecían las luces de los faroles en el campo obscuro
entrevisto a la vaga luminosidad del día naciente.
Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche
con sus tejados, que cortaban en una línea recta el cielo; sus
torrecillas, sus altas chimeneas de fábrica y, en el silencio del
amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenían algo de lo irreal y de lo
inmóvil de una pintura.
Clareaba más el cielo, azuleando poco a poco. Se destacaban ya de un
modo preciso las casas nuevas, blancas; las medianerías altas de
ladrillo, agujereadas por ventanucos simétricos; los tejados, los
esquinazos, las balaustradas, las torres rojas, recién construídas, los
ejércitos de chimeneas, todo envuelto en la atmósfera húmeda, fría y
triste de la mañana, bajo un cielo bajo de color de cinc.
Fuera del pueblo, a lo lejos, se extendía la llanura madrileña en suaves
ondulaciones, por donde nadaban las neblinas del amanecer; serpenteaba
el Manzanares, estrecho como un hilo de plata; se acercaba al cerrillo
de los Ángeles, cruzando campos yermos y barriadas humildes, para
curvarse después y perderse en el horizonte gris. Por encima de Madrid,
el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas
blanqueadas por la nieve.
En pleno silencio el esquilón de una iglesia comenzó a sonar alegre,
olvidado en la ciudad dormida.
Manuel sentía mucho frío y comenzó a pasearse de un lado a otro,
golpeándose con las manos en los hombros y en las piernas. Entretenido
en esta operación, no vió a un hombre de boina, con una linterna en la
mano, que se acercó y le dijo:
--¿Qué haces ahí?
Manuel, sin contestar, echó a correr para abajo; poco después comenzaron
a bajar los demás, despertados a puntapiés por el hombre de la boina.
Al llegar junto al Museo Velasco, el _Mariané_ dijo:
--Vamos a ver si hacemos la Pascua a ese morral del _Cojo_.
--Sí; vamos.
Volvieron a subir por una vereda al sitio en donde habían estado la
tarde anterior. De las cuevas del cerrillo de San Blas salían gateando
algunos golfos miserables que, asustados al oír ruido de voces, y
pensando sin duda en alguna batida de la policía, echaban a correr
desnudos, con los harapos debajo del brazo.
Se acercaron a la cueva del _Cojo_; el _Mariané_ propuso que en castigo
a no haberles dejado entrar el día anterior, debían hacer un montón de
hierbas en la entrada de la cueva y pegarle fuego.
--No, hombre, eso es una barbaridad--dijo el _Canco_--. El hombre
alquila su cueva a la _Rubia_ y a la _Chata_, que andan por ahí y tienen
su parroquia en el cuartel, y no puede menos de respetar sus contratos.
--Pues hay que amolarle--repuso el _Mariané_--. Ya veréis. El muchacho
entró a gatas en la cueva y salió poco después con la pierna de palo del
_Cojo_ en una mano y en la otra un puchero.
--_¡Cojo! ¡Cojo!_--gritó.
A los gritos se presentó el lisiado en la boca de la cueva, apoyándose
en las manos, andando a rastras, vociferando y blasfemando con furia.
--_¡Cojo! ¡Cojo!_--le volvió a gritar el _Mariané_ como quien azuza a un
perro--. ¡Que se te va la pierna! ¡Que se te escapa el _piri_!--y
cogiendo la pata de palo y el puchero los tiró por el desmonte abajo.
Echaron todos a correr hacia la ronda de Vallecas. Por encima de los
altos y hondonadas del barrio del Pacífico, el disco rojo enorme del sol
brotaba de la tierra y ascendía lento y majestuoso por detrás de unas
casuchas negras.
CAPÍTULO III
ENCUENTRO CON ROBERTO.--ROBERTO CUENTA EL ORIGEN DE UNA FORTUNA
FANTÁSTICA.
TUVO Manuel que volver a la tahona a pedir trabajo, y allí, gracias a
que Karl le habló al amo, pasó el muchacho algún tiempo substituyendo a
un repartidor.
Manuel comprendía que aquello no era definitivo, ni llevaba a ninguna
parte; pero no sabía qué hacer, ni qué camino seguir.
Cuando se quedó sin jornal, mientras no le faltó para comer, en un figón
fué viviendo; llegó un día en que se quedó sin un céntimo y recurrió al
cuartel de María Cristina.
Dos o tres días aguardaba entre la fila de mendigos a que sacasen el
rancho, cuando vió a Roberto que entraba en el cuartel. Por no perder la
vez no se acercó, pero, después de comer, le esperó hasta que le vió
salir.
--¡Don Roberto!--gritó Manuel.
El estudiante se puso muy pálido; luego se tranquilizó al ver a Manuel.
--¿Qué haces aquí?--dijo.
--Pues, ya ve usted, aquí vengo a comer; no encuentro trabajo.
--¡Ah! ¿Vienes a comer aquí?
--Sí, señor.
--Pues yo vengo a lo mismo--murmuró Roberto, riéndose.
--¿Usted?
--Sí; el destino que tenía me lo quitaron.
--¿Y qué hace usted ahora?
--Estoy en un periódico trabajando y esperando a que haya una plaza
vacante. En el cuartel me he hecho amigo de un escultor que viene a
comer también aquí y vivimos los dos en una guardilla. Yo me río de
estas cosas, porque tengo el convencimiento de que he de ser rico, y,
cuando lo sea, recordaré con gusto mis apuros.
--Ya empieza a desbarrar--pensó Manuel.
--¿Es que tú no estás convencido de que yo voy a ser rico?
--Sí; ¡ya lo creo!
--¿Adónde vas?--preguntó Roberto.
--A ninguna parte.
--Pasearemos.
--Vamos.
Bajaron a la calle de Alfonso XII y entraron en el Retiro; llegaron
hasta el final del paseo de coches, y allí se sentaron en un banco.
--Por aquí andaremos nosotros en carruaje cuando yo sea millonario--dijo
Roberto.
--Usted...; lo que es yo--replicó Manuel.
--Tú también. ¿Te crees tú que te voy a dejar comer en el cuartel cuando
tenga millones?
--La verdad es que estará chiflado, pero tiene buen corazón--pensó
Manuel--; luego añadió:--¿Han adelantado mucho sus cosas?
--No, mucho, no; todavía la cuestión está embrollada; pero ya se
aclarará.
--¿Sabe usted que el titiritero aquel del fonógrafo--dijo Manuel--vino
con una mujer que se llamaba Rosa? Yo fuí a buscarle a usted para ver si
era la que usted decía.
--No. Esta que yo buscaba ha muerto
--¿Entonces el asunto de usted se habrá aclarado?
--Sí; pero me falta dinero. Don Telmo me prestaba diez mil duros, a
condición de cederle, en el caso de ganar, la mitad de la fortuna al
entrar en posesión de ella, y no he aceptado.
--Qué disparate.
--Quería, además, que me casase con su sobrina.
--¿Y usted no ha querido?
--No.
--Pues es guapa.
--Sí; pero no me gusta.
--¿Qué? ¿Se acuerda usted todavía de la chica de la Baronesa?
--¡No me he de acordar! La he visto. Está preciosa.
--Sí; es bonita.
--¡Bonita sólo! No blasfemes. Desde que la vi, me he decidido. O va uno
al fondo o arriba.
--Se expone usted a quedarse sin nada.
--Ya lo sé; no me importa. O todo o nada.
Los Hasting han tenido siempre voluntad y decisión para las cosas. El
ejemplo de un pariente mío me alienta. Es un caso de terquedad,
tonificador. Verás.
Mi tío, el hermano de mi abuelo, estuvo en Londres en una casa de
comercio; supo por un marino que en una isla del Pacífico habían sacado
una vez una caja llena de plata, que suponían sería de un barco que
había salido del Perú para Filipinas. Mi tío logró saber el punto fijo
en donde había naufragado el barco, e, inmediatamente, dejó su empleo y
se fué a Filipinas. Fletó un barquito, llegó al punto señalado, un peñón
del archipiélago de Magallanes, sondaron en distintas partes y no
llegaron a sacar, después de grandes trabajos, mas que unas cuantas
cajas rotas, en donde no quedaban huellas de nada. Cuando los víveres se
acabaron tuvieron que volver, y mi tío llegó sin un cuarto a Manila, y
se metió de empleado en una casa de comercio. Al año de esto, un yanqui
le propuso buscar el tesoro juntos, y mi tío aceptó, con la condición de
que partirían entre los dos las ganancias. En este segundo viaje sacaron
dos cajas pesadísimas y grandes, una llena de lingotes de plata, la otra
con onzas mejicanas. El yanqui y mi tío se repartieron el dinero, y a
cada uno le tocó más de cien mil duros; pero mi tío, que era terco,
volvió al lugar del naufragio, y entonces ya debió de encontrar el
tesoro, porque llegó a Inglaterra con una fortuna colosal. Hoy los
Hasting, que viven en Inglaterra, siguen siendo millonarios. ¿No te
acuerdas de Fanny, la que vino a la taberna de las Injurias con
nosotros?
--Sí.
--Pues es de los Hasting ricos de Inglaterra.
--¿Y usted por qué no les pide algún dinero?--preguntó Manuel.
--No, nunca, aunque me muriera de hambre, y eso que ellos se han
prestado muchas veces a favorecerme. Antes de venir a Madrid estuve
viajando por casi todas partes del mundo en un yate del hermano de
Fanny.
--¿Y esa fortuna que usted piensa encontrar está también en alguna
isla?--dijo Manuel.
--Me parece que eres de los que no tienen fe--contestó Roberto--. Antes
de que cantara el gallo me negarías tres veces.
--No; yo no conozco sus asuntos; pero si usted me necesitara a mí, yo le
serviría con mucho gusto.
--Pero dudas de mi estrella, y haces mal; te figuras que estoy chiflado.
--No, no, señor.
--¡Bah! Tú te crees que esa fortuna que yo tengo que heredar es una
filfa.
--Yo no sé.
--Pues, no; la fortuna existe. ¿Tú te acuerdas una vez que hablaba con
don Telmo delante de ti de cómo había estado en casa de un
encuadernador, y la conversación que tuve con él?
--Sí, señor; me acuerdo.
Pues bien; aquella conversación fué para mí la base de las indagaciones
que he hecho después; no te contaré yo cómo he ido recogiendo datos y
más datos, poco a poco, porque esto te resultaría pesado; te mostraré
escuetamente la cuestión.
Al concluir esto, Roberto se levantó del banco en donde estaban
sentados, y dijo a Manuel:
--Vamos de aquí. Aquel señor anda rondándonos; trata de oír nuestra
conversación.
Manuel se levantó convencido de la chifladura de Roberto; pasaron por
delante del Ángel Caído, llegaron cerca del Observatorio Meteorológico,
y de allí salieron a unos cerrillos que están frente al Pacífico y al
barrio de Doña Carlota.
--Aquí se puede hablar--murmuró Roberto--. Si viene alguno, avísame.
--No tenga usted cuidado--respondió Manuel.
--Pues como te decía, esa conversación fué la base de una fortuna que
pronto me pertenecerá; pero mira si será uno torpe y lo mal que se ven
las cosas cuando están al lado de uno. Hasta pasado lo menos un año de
la conversación no empecé yo a hacer gestiones. Las primeras las hice
hace dos años. Un día de Carnaval se me ocurrió la idea. Yo daba
lecciones de inglés y estudiaba en la Universidad; con el poco dinero
que ganaba tenía que enviar parte a mi madre, y parte me servía para
vivir y para las matrículas. Este día de Carnaval, un martes, lo
recuerdo, no tenía mas que tres pesetas en el bolsillo; llevaba tanto
tiempo trabajando sin distraerme un momento, que dije:--Nada, hoy voy a
hacer una calaverada; me voy a disfrazar. Efectivamente, en la calle de
San Marcos alquilé un dominó y un antifaz por tres pesetas, y me eché a
la calle, sin un céntimo en el bolsillo. Comencé a bajar hacia la
Castellana, y al llegar a la Cibeles me pregunté a mí mismo, extrañado:
¿Para qué habré hecho yo la necedad de gastar el poco dinero que tenía
en disfrazarme cuando no conozco a nadie?
Quise volver hacia arriba a abandonar mi disfraz; pero había tanta
gente, que tuve que seguir con la marea. No sé si te habrás fijado en lo
solo que se encuentra uno esos días de Carnaval entre las oleadas de la
multitud. Esa soledad entre la muchedumbre es mucho mayor que la soledad
en el bosque. Esto me hizo pensar en las mil torpezas que uno comete: en
la esterilidad de mi vida.--Me voy a consumir--me dije--en una actividad
de ratoncillo; voy a terminar en ser un profesor, una especie de
institutriz inglesa. No; eso nunca. Hay que buscar una ocasión y un fin
para emanciparse de esta existencia mezquina, y si no lanzarse a la vida
trágica. Pensé también en que era muy posible que la ocasión hubiese
pasado ante mí sin que yo supiese aprovecharme de ella, y de pronto
recordé la conversación con el encuadernador. Me decidí a enterarme,
hasta ver la cosa claramente, sin esperanza ninguna, sólo como una
gimnasia de la voluntad.--Se necesita más voluntad--me dije--para
vencer los detalles que aparecen a cada instante que no para hacer un
gran sacrificio o para tener un momento de abnegación. Los momentos
sublimes, los actos heroicos, son más bien actos de exaltación de la
inteligencia que de voluntad; yo me he sentido siempre capaz de hacer
una gran cosa, de tomar una trinchera, de defender una barricada, de ir
al Polo Norte; pero ¿sería capaz de llevar a cabo una obra diaria, de
pequeñas molestias y de fastidios cotidianos? Sí, me dije a mí mismo, y
decidido me metí entre las máscaras, y volví a Madrid mientras los demás
alborotaban.
--¿Y desde entonces trabajó usted?
--Desde entonces, con una constancia rabiosa. El encuadernador no quería
darme ningún dato; me instalé en la Casa de Canónigos, pedí el libro de
Turnos, y allí un día y otro estuve revisando listas y listas, hasta que
encontré la fecha del proceso; de aquí me fuí a las Salesas, di con el
archivo, y un mes entero pasé allá en una guardilla abriendo legajos,
hasta que pude ver los autos. Luego tuve que sacar fes de bautismo,
buscar recomendaciones para un obispo, andar, correr, intrigar, ir de un
lado a otro, hasta que la cuestión comenzó a aclararse, y con mis
documentos en regla hice mi reclamación en Londres. He plantado durante
estos dos años los cimientos para levantar la torre a la que he de
subir.
--¿Y está usted seguro que los cimientos son sólidos?
--¡Oh, son los hechos! Aquí están--y Roberto sacó un papel doblado del
bolsillo--. Es el árbol genealógico de mi familia. Este círculo rojo es
don Fermín Núñez de Letona, cura de Labraz, que va a Venezuela, a fines
del siglo XVIII. Hace, no se sabe cómo, una inmensa fortuna, y vuelve a
España en la época de Trafalgar. En la travesía, un barco inglés aborda
al español en donde viene el cura, y a éste y a los demás pasajeros los
apresan y los llevan a Inglaterra. Don Fermín reclama su fortuna al
Gobierno inglés, se la devuelven, y la coloca en el Banco de Londres, y
viene a España en la época de la guerra de la Independencia. Como en
aquellos tiempos el dinero no estaba muy seguro en España, don Fermín
deja su fortuna en el Banco de Londres, y una de las veces que trata de
retirar una cantidad grande para comprar propiedades, va a Inglaterra
con la sobrina de un primo suyo y único pariente, llamado Juan Antonio.
Esta sobrina--y Roberto señaló un círculo en el papel--se casa con un
señorito irlandés, Bandon, y muere a los tres años de casada. El cura
don Fermín decide volver a España, y manda girar su fortuna al Banco de
San Fernando, y antes de que se haga el giro don Fermín muere. Bandon,
el irlandés, presenta un testamento en que el cura deja como heredera
universal a su sobrina, y además prueba que tuvo un hijo de su mujer,
que murió después de bautizado. El primo de don Fermín, Juan Antonio, el
de Labraz, le pone pleito a Bandon, y el pleito dura cerca de veinte
años, y muere Juan Antonio, y el irlandés puede recoger una parte de la
herencia.
La otra hija de Juan Antonio se casa con un primo suyo, comerciante de
Haro, y tiene tres hijos, dos varones y una hembra. Esta se mete monja,
uno de los varones muere en la guerra carlista y el otro entra en un
comercio y se va a América.
Este, Juan Manuel Núñez, hace una fortuna regular, se casa con una
criolla y tiene dos hijas: Augusta y Margarita. Augusta, la menor, se
casa con mi padre, Ricardo Hasting, que era un calavera que se escapó
de su casa, y Margarita, con un militar, el coronel Buenavida. Vienen
todos a España en muy buena posición, mi padre se mete en negocios
ruinosos, y ya arruinado, no sé por dónde averigua que la fortuna del
cura Núñez de Letona está a disposición de los herederos; va a
Inglaterra, hace su reclamación, le exigen documentos, saca las fes de
bautismo de los antepasados de su mujer y se encuentra con que la
partida de nacimiento del cura don Fermín no se encuentra por ningún
lado. De pronto, mi padre deja de escribir y pasan años y años, y al
cabo de más de diez recibimos una carta participándonos que ha muerto en
Australia.
Margarita, la hermana de mi madre, queda viuda con una hija, se vuelve a
casar, y el segundo marido resulta un bribón de marca mayor, que la deja
sin un céntimo. La hija del primer matrimonio, Rosa, sin poder sufrir al
padrastro, se escapa de casa con un cómico, y no sabe más de ella.
Si has seguido--añadió Roberto--mis explicaciones, habrás visto que no
quedan más parientes de don Fermín Núñez de Letona que mis hermanas y
yo, porque la hija de Margarita, Rosa Núñez, ha muerto.