el jornal, pequeño: siete reales al día. Manuel, no acostumbrado a
sufrir el calor del horno, se mareaba; además, al mojar los panes recién
cocidos se le quemaban los dedos y sentía repugnancia al verse con las
manos infiltradas de grasa y de hollín.
Tuvo también la mala suerte de que su cama estuviese en el cuarto de los
panaderos, al lado de la de un viejo, mozo de la tahona, enfermo de
catarro crónico, por la infiltración de harina en el pulmón, que
gargajeaba a todas horas.
Manuel, de asco, no podía dormir en el cuarto de los panaderos, y se
marchaba a la cocina del horno y se echaba en el suelo. Se sentía
siempre cansado; pero, a pesar de esto, trabajaba automáticamente.
Luego nadie le hacía caso; los demás panaderos, una colección de
gallegos bastante brutos, le trataban como a una mula; ni siquiera se
ocupó alguno de ellos en saber el nombre de Manuel, y unos le llamaban:
«¡Eh, tú, _Choto_!»; otros le gritaban: «¡Hala, _Barriga_!»; cuando
hablaban de él, decían «O golfo de Madrid», o solamente «o golfo». El
contestaba a los nombres y motes que le daban.
Al principio, de todos, el más odioso para Manuel, fué el hornero: le
mandaba de una manera despótica; se incomodaba si no lo encontraba todo
hecho en seguida. Era este hornero un alemán llamado Karl Schneider;
había venido a España huyendo de las quintas de su país, vagabundeando.
Tenía unos veinticuatro o veinticinco años, los ojos muy claros, el pelo
y el bigote casi blancos, de puro rubios.
Hombre tímido y flemático, todo le asombraba y le parecía difícil. Sus
impresiones fuertes no se manifestaban ni en gestos ni en palabras, sino
en un enrojecimiento súbito, que coloreaba sus mejillas y su frente, y
que desaparecía para ser reemplazado por una palidez intensa.
Se expresaba Karl muy bien en castellano, pero de una manera rara; sabía
una retahíla de refranes y de frases, que barajaba sin medida; esto daba
a su conversación un carácter extraño.
Pronto pudo ver Manuel que el alemán, a pesar de su brusquedad, era un
excelente muchacho, muy inocente, muy sentimental y de una candidez
paradisíaca.
Al mes de trabajar en la tahona, Manuel consideraba a Karl como su único
amigo: se trataban los dos como camaradas; se llamaban de tú, y si el
hornero ayudaba muchas veces a su pinche para cualquier trabajo de
fuerza, en cambio, en ocasiones, le pedía su parecer y le consultaba
acerca de puntos y complicaciones sentimentales, que al alemán
intrigaban, y que Manuel resolvía con su perspicacia y su instinto de
chiquillo vagabundo, convencido de que todos los móviles de la vida son
egoístas y bajos. La igualdad entre maestro y ayudante desaparecía desde
que Karl se ponía a la boca del horno. Entonces Manuel debía obedecer al
alemán sin vacilaciones ni tardanzas.
El único vicio de Karl era la borrachera: continuamente tenía sed;
cuando bebía vino y cerveza, marchaba bien; llevaba método en su vida, y
las horas libres las pasaba en la plaza de Oriente o en la Moncloa,
leyendo los dos tomos que constituían su biblioteca: uno, _Las ilusiones
perdidas_, de Balzac, y el otro, una colección de poesías alemanas.
Estos dos libros, constantemente leídos, comentados y anotados por él,
le llenaban la cabeza de preocupaciones y de sueños. Entre los
razonamientos amargos y desesperados de Balzac, pero en el fondo llenos
de romanticismo, y las idealidades de Goethe y de Heine, el pobre
hornero vivía en el más irreal de los mundos. Muchas veces Karl le
explicaba a Manuel los conflictos de los personajes de su novela
favorita, y le preguntaba cómo se conduciría él en casos semejantes.
Manuel encontraba casi siempre una solución tan lógica, tan natural y
tan poco romántica, que el alemán quedaba perplejo e intrigado con la
claridad de juicio del muchacho; pero luego, pensando otra vez sobre el
mismo tema, veía que la tal solución no podía tener valor para sus
personajes quintaesenciados, porque el conflicto mismo de la novela no
hubiera llegado a existir entre gente de pensamientos vulgares.
En algunas épocas de diez y doce días el alemán necesitaba excitantes
más fuertes que el vino y la lectura, y solía emborracharse con
aguardiente, y bebía media botella como si fuera agua.
Según le contaba a Manuel, sentía una avalancha de tristeza y todo lo
veía negro y desagradable; se encontraba febril, y el único remedio para
su tristeza era el alcohol.
Cuando entraba en la taberna llevaba el corazón oprimido y la cabeza
pesada y llena de ideas feas, y a medida que iba bebiendo sentía que el
corazón se le ensanchaba y respiraba mejor, y los pensamientos alegres
se le metían en la cabeza. Luego, al salir de la taberna, por más
esfuerzos que hacía, le era imposible conservar la seriedad, y la risa
le retozaba en los labios. Entonces llegaban a su memoria canciones de
su tierra, y las cantaba, llevando el compás al andar. Mientras iba por
las calles céntricas caminaba derecho; pero cuando llegaba a las
callejuelas apartadas, a las avenidas desiertas, se abandonaba al placer
de trompicar y de ir haciendo eses, dando un encontronazo aquí y un
tropezón allá. En aquellas horas todo le parecía al alemán grande,
hermoso, soberbio; el sentimentalismo de su raza se desbordaba en él y
comenzaba a recitar versos y a llorar, y a cualquier conocido que
encontraba en la calle le pedía perdón por su falta imaginaria y le
preguntaba si le seguía estimándole y concediéndole su amistad.
Por muy borracho que se encontrara, nunca se le olvidaba la obligación,
y a la hora de cocer se marchaba vacilando a la tahona; e inmediatamente
que se ponía a la boca del horno se le pasaba la borrachera y trabajaba
como si tal cosa, riéndose él solo de sus extravagancias.
Tenía el alemán una fuerza orgánica maravillosa, una resistencia
inaudita; Manuel necesitaba dormir todo el tiempo que estaba libre, y
aun así no conseguía levantarse de la cama descansado. Durante dos meses
que pasó Manuel en la tahona, vivió como un autómata. El trabajo en el
horno le había cambiado de tal modo las horas de sueño, que los días le
parecían noches, y al revés.
Un día, Manuel cayó enfermo, y toda la fuerza que le sostenía le
abandonó de repente; dejó el trabajo, cobró la quincena y, sin saber
cómo, casi arrastrándose, fué hasta la casa de huéspedes.
La Petra, al verle en aquel estado, le hizo acostarse, y Manuel pasó
cerca de dos semanas con una calentura muy alta, delirando. Al
levantarse había crecido, estaba demacrado y sentía una gran laxitud y
desmadejamiento en todo el cuerpo y una sensibilidad tal, que una
palabra más fuerte que otra le daba ganas de llorar.
Cuando salió a la calle, por consejo de la Petra, compró un broche de
dublé y se lo regaló a doña Casiana, y ésta lo agradeció tanto que le
dijo a su criada que el muchacho podía quedarse en la casa hasta su
completo restablecimiento.
Aquellos días fueron de los más agradables de la vida de Manuel; lo
único que le molestaba era el hambre.
Hacía un tiempo soberbio, y Manuel marchaba por las mañanas a pasear al
Retiro. El periodista, a quien llamaban el _Superhombre_, utilizaba a
Manuel para que le copiara cuartillas, y, como compensación, sin duda,
le prestaba novelas de Paúl de Kock y de Pigaul-Lebrún, algunas de un
verde muy subido, como _Monjas y corsarios_ y _Gustavo el calavera_.
Las teorías amorosas de los dos escritores convencieron a Manuel de tal
manera, que quiso ponerlas en práctica con la sobrina de la patrona. En
dos años la muchacha se había desarrollado tanto, que estaba hecha una
mujer.
Una noche, a primera hora, poco después de cenar, por influencia de la
estación primaveral o por seguir las teorías del autor de _Monjas y
corsarios_, el caso fué que Manuel convenció a la chica de la patrona de
la utilidad de una explicación a solas, y una vecina los vió a los dos
que marchaban juntos, escaleras arriba, y entraban en el desván.
Cuando iban a encerrarse, la vecina les sorprendió y los llevó contritos
a presencia de doña Casiana. La paliza que la patrona propinó a su
sobrina le quitó a la muchacha las ganas de nuevas aventuras, y a la tía
fuerzas para administrar otra a Manuel.
--Tú te vas a la calle--le dijo, agarrándole del brazo e hincándole las
uñas--, y que no te vuelva a ver más aquí, porque te desuello.
Manuel, avergonzado y confuso, no deseaba en aquel momento mas que
escapar, y se marchó a la calle en cuanto pudo, como un perro azotado.
Estaba la noche fresca, agradable. Como no tenía un céntimo, se aburrió
pronto de pasear; llamó en la tahona, preguntó por Karl el hornero, le
abrieron y se tendió en una de las camas. Al amanecer se despertó a la
voz de uno de los panaderos, que gritaba:
--¡Eh, tú, _golfo_, ahueca!
Se levantó Manuel, y salió a la calle. Paseando, se acercó al Viaducto,
a su sitio favorito, a mirar el paisaje y la calle de Segovia.
Era una mañana espléndida, de un día de primavera. En el sotillo próximo
al Campo del Moro algunos soldados se ejercitaban tocando cornetas y
tambores; de una chimenea de ladrillo de la ronda de Segovia salía a
borbotones un humazo obscuro que manchaba el cielo, limpio y
transparente; en los lavaderos del Manzanares brillaban al sol las ropas
puestas a secar, con vívida blancura.
Manuel cruzó despacio el Viaducto, llegó a las Vistillas, miró cómo unos
traperos hacían sus apartijos, después de extender el contenido de los
sacos en el suelo, y se sentó un rato al sol. Veía, con los ojos
entornados, los arcos de la iglesia de la Almudena, por encima de una
tapia; más arriba, el Palacio Real, blanco y brillante; los desmontes
arenosos de la Montaña del Príncipe Pío, y su cuartel rojo y largo, y la
hilera de casas del paseo de Rosales, con sus cristales incendiados por
la luz del sol.
Hacia la Casa de Campo algunos cerrillos pardos se destacaban, escuetos,
con dos o tres pinos, como recortados y pegados sobre el aire azul.
De las Vistillas bajó Manuel a la ronda de Segovia. Al pasar por la
calle del Aguila vió que el almacén del señor Ignacio seguía cerrado.
Entró Manuel en la casa, y preguntó en el patio por la Salomé.
--Estará trabajando en su casa--le dijeron.
Subió por la escalera y llamó en el cuarto; se oía desde fuera el ruido
de la máquina de coser.
Abrió la Salomé y pasó Manuel. Estaba la costurera tan guapa como
siempre, y, como siempre, trabajando. Sus dos chicos todavía no habían
ido al colegio. La Salomé contó a Manuel que el señor Ignacio había
estado en el hospital y que andaba buscando dinero para pagar algunas
deudas y seguir con el negocio; la Leandra, en aquel momento, en el río;
la señora Jacoba, en el puesto, y Vidal, golfeando y sin querer
trabajar. Se empeñaba en reunirse con un condenado bizco, más malo que
un dolor, y estaba hecho un randa. Andaban siempre los dos con mujeres
perdidas, en los cajones y merenderos de la carretera de Andalucía.
Manuel contó cómo había estado de panadero y cómo se puso malo; lo que
no dijo fué la despedida de casa de su madre.
--Eso no te conviene a ti; debías aprender algún oficio menos fuerte--le
aconsejó la Salomé.
Manuel estuvo charlando con la costurera toda la mañana; ella le convidó
a almorzar, y él aceptó con gusto.
Por la tarde, Manuel se fué de casa de la Salomé, pensando que si él
tuviera más años y un buen oficio que le diera dinero, se casaría con la
Salomé, aunque se viese en la precisión de darle una puñalada al chulapo
que la entretenía.
Al encontrarse en la ronda, lo primero que se le ocurrió a Manuel fué
que no debía ir al puente de Toledo, ni mucho menos a la carretera de
Andalucía, porque allí era fácil que se encontrase con Vidal o con el
_Bizco_. Pensó así, efectivamente, y, a pesar de esto, bajó hacia el
puente, echó una ojeada por los cajones, y viendo que allí no estaban
sus amigos, siguió por el Canal, atravesó el Manzanares por el puente de
un lavadero y salió a la carretera de Andalucía. En un merendero, con
varias mesas debajo del cobertizo, estaban Vidal y el _Bizco_ entre unos
cuantos golfos que jugaban al cané.
--¡Eh!, tú, Vidal--gritó Manuel.
--¡Rediez! ¿Eres tú?--dijo su primo.
--Ya ves...
--¿Qué te haces?
--Nada, ¿y vosotros?
--A lo que cae.
Contempló Manuel cómo jugaban al cané. Cuando terminaron una de las
partidas, Vidal dijo:
--¿Qué? ¿vamos a dar un paseo?
--Vamos.
--¿Vienes tú, _Bizco_?
--Sí.
Echaron los tres a andar carretera de Andalucía adelante.
Vivían Vidal y el _Bizco_ de randas: aquí cogiendo una manta de un
caballo, allá llevándose las lamparillas eléctricas de una escalera o
robando alambres del teléfono; lo que se terciaba. No iban al centro de
Madrid porque no se consideraban todavía bastante diestros.
Hacía unos días, contó Vidal, birlaron entre los dos a un chico una
cabra, a orillas del Manzanares, cerca del puente de Toledo; Vidal
entretuvo al chico jugando a las chapas, mientras que el _Bizco_
agarraba la cabra y la subía por la rampa de los pinos al paseo de las
Yeserías y la llevaba después a las Injurias. Entonces Vidal,
señalándole al chico la parte opuesta de la rampa, le dijo: «Corre, que
por allá va tu cabra», y mientras el muchacho echaba a trotar en la
dirección indicada, Vidal se escabullía en las Injurias y se juntaba con
el _Bizco_ y su querida. Todavía estaban comiendo la carne de la cabra.
--Es lo que tú debes hacer--dijo Vidal--. Venirte con nosotros. ¡Si esta
es una vida de _chipendi_! Ya ves, hace unos días Juan el _Burra_ y el
_Arenero_, que viven en Casa Blanca, se encontraron en el camino de las
Yeserías con un cerdo muerto. Iba un mozo con una piara al matadero,
cuando se conoce que murió el animal; el mozo lo dejó allá, y Juan el
_Burra_ y el _Arenero_ lo arrastraron hasta su casa, lo descuartizaron y
hemos comido cerdo sus amigos durante más de una semana. ¡Si te digo que
es una vida de _chipendi_!
Se conocían, por lo que decía Vidal, todos los randas, hasta los de los
barrios más lejanos. Era una vida extrasocial la suya, admirable; hoy se
veían en los Cuatro Caminos; a los tres o cuatro días, en el puente de
Vallecas o en la Guindalera, se ayudaban unos a otros.
Su radio de acción era una zona comprendida desde el extremo de la Casa
de Campo, en donde se encuentran el ventorro de Agapito y las ventas de
Alcorcón, hasta los Carabancheles; desde aquí, las orillas del arroyo
Abroñigal, La Elipa; el Este, las Ventas y la Concepción hasta la
Prosperidad; luego, Tetuán hasta la Puerta de Hierro. Dormían, en
verano, en corrales y cobertizos de las afueras.
Los del centro, mejor vestidos, más aristócratas, tenían ya su golfa, a
la que fiscalizaban las ganancias y que se cuidaban de ellos; pero la
golfería del centro era ya distinta, de otra clase, con otros matices.
A veces el _Bizco_ y Vidal habían pasado malas épocas, comiendo gatos y
ratas, guareciéndose en las cuevas del cerrillo de San Blas, de Madrid
Moderno y del cementerio del Este; pero ya tenían los dos su apaño.
--¿Y de trabajar? ¿Nada?--preguntó Manuel.
--¡Trabajar!... _pa_ el gato--contestó Vidal.
Ellos no trabajaban, tartamudeó el _Bizco_; con su chaira en la mano,
¿quien le tosía a el?
En el cerebro de aquella bestia fiera no habían entrado, ni aun
vagamente, ideas de derechos y de deberes. Ni deberes, ni leyes, ni
nada; para él la fuerza era la razón; el mundo un bosque de caza. Sólo
los miserables podían obedecer la ley del trabajo; así decía él: El
trabajo _pa_ los primos; el miedo _pa_ los blancos.
Mientras hablaban los tres, pasaron por la carretera un hombre y una
mujer con un niño en brazos. Tenían un aspecto entristecido, de gente
perseguida y famélica, la mirada tímida y huraña.
--Esos son los que trabajan--exclamó Vidal--. Así están ellos.
--Que se hagan la santísima--murmuró el _Bizco_.
--¿Adónde irán?--preguntó Manuel, contemplándolos con pena.
--A los tejares--contestó Vidal--. A vender azafrán, como dicen por ahí.
--¿Y por qué dicen eso?
--Como el azafrán es tan caro...
Se detuvieron los tres y se tendieron en el suelo. Estuvieron más de una
hora hablando de mujeres y de medios de sacar dinero.
--¿No tenéis perras?--preguntó Vidal a Manuel y al _Bizco_.
--Dos reales--contestó éste.
--¡Anda, convida! Vamos a tomar una botella.
Accedió el _Bizco_ refunfuñando, se levantaron y se fueron acercando a
Madrid. Una fila de burros blanquecinos pasó por delante de ellos; un
gitano joven y moreno, con una larga vara debajo del brazo, montado en
las ancas del último borrico de la fila, gritaba a cada paso:
_¡Coroné!_, _¡coroné!_
--¡Adiós, _cañí_!--le dijo Vidal.
--Vaya con Dios la gente buena--contestó el gitano, con voz ronca. Al
llegar a una taberna del camino, al lado de la casucha de un trapero, se
detuvieron, y Vidal pidió la botella de vino.
--¡Qué es esa fábrica?--preguntó Manuel, señalando una que estaba a la
izquierda de la carretera de Andalucía, según se había vuelto a Madrid.
--Ahí hacen dinero con sangre--contestó Vidal solemnemente.
Manuel le miró asustado.
--Es que hacen cola con la sangre que sobra en el Matadero--añadió su
primo, riéndose.
Escanció Vidal en las copas y bebieron los tres.
Se veía Madrid en alto, con su caserío alargado y plano, sobre la
arboleda del Canal. A la luz roja del sol poniente brillaban las
ventanas con resplandor de brasa; destacábanse muy cerca, debajo de San
Francisco el Grande, los rojos depósitos de la fábrica del gas, con sus
altos soportes, entre escombreras negruzcas; del centro de la ciudad
brotaban torrecillas de poca altura y chimeneas que vomitaban, en
borbotones negros, columnas de humo inmovilizadas en el aire tranquilo.
A un lado se erguía el Observatorio, sobre un cerrillo, centelleando el
sol en sus ventanas; al otro, el Guadarrama, azul, con sus crestas
blancas, se recortaba en el cielo limpio y transparente, surcado por
nubes rojas.
--_Na_--añadió Vidal, después de un momento de silencio, dirigiéndose a
Manuel--, tú has de venir con nosotros; formaremos una cuadrilla.
--Eso es--tartamudeó el _Bizco_.
--Bueno; ya veré--dijo Manuel de mala gana.
--¿Qué ya veré ni qué hostia? Ya está formada la cuadrilla. Se llamará
la cuadrilla de los Tres.
--Muy bien--gritó el _Bizco_.
--¿Y nos ayudaremos unos a otros?--preguntó Manuel.
--Claro que sí--contestó su primo--. Y si hay alguno que hace
traición...
--Si hay alguno que haga traición--interrumpió el _Bizco_--, se le
cortan los riñones--. Y para dar fuerza a su afirmación, sacó el puñal y
lo clavó con energía en la mesa.
Al anochecer volvieron los tres por la carretera hasta el puente de
Toledo, y se separaron allí, citándose para el día siguiente.
Manuel pensaba en lo que le podía comprometer la promesa hecha de entrar
a formar parte de la Sociedad de los Tres. La vida del _Bizco_ y de
Vidal le daba miedo. Tenía que resolverse a dar a su existencia un nuevo
giro; pero ¿cuál? Eso es lo que no sabía.
Durante algún tiempo, Manuel no se atrevió a aparecer en casa de la
patrona; veía a su madre en la calle, y dormía en la cuadra de la casa
en donde servía una de sus hermanas. Luego se dió el caso de que a la
sobrina de la patrona la encontraron en la alcoba de un estudiante de la
vecindad, y esto le rehabilitó un tanto a Manuel en la casa de
huéspedes.
CAPÍTULO II
UNA DE LAS MUCHAS MANERAS DESAGRADABLES DE MORIRSE QUE HAY EN
MADRID.--EL «EXPÓSITO».--EL «COJO» Y SU CUEVA.--LA NOCHE EN EL
OBSERVATORIO.
UN día Manuel se vió bastante sorprendido al saber que su madre no se
levantaba y que estaba enferma. Hacía tiempo que echaba sangre por la
boca; pero no le daba importancia a esto.
Manuel se presentó en la casa humildemente, y la patrona, en vez de
recriminarle, le hizo pasar a ver a su madre. No se quejaba ésta mas que
de un magullamiento grande en todo el cuerpo y de dolor en la espalda.
Pasó así días y días, unas veces mejor, otras peor, hasta que empezó a
tener mucha fiebre y hubo que llamar al médico. La patrona dijo que
habría que llevar a la enferma al hospital; pero como tenía buen
corazón, no se determinó a hacerlo.
Ya había confesado a la Petra el cura de la casa una porción de veces.
Las hermanas de Manuel iban de vez en cuando por allí, pero ninguna de
las dos traía el dinero necesario para comprar las medicinas y los
alimentos que recomendaba el médico.
El Domingo de Piñata, por la noche, la Petra se puso peor; por la tarde
había estado hablando animadamente con su hijo: pero esta animación fué
desapareciendo, hasta que quedó presa de un aniquilamiento mortal.
Aquella noche del Domingo de Piñata tenían los huéspedes de doña Casiana
una cena más suculenta que de ordinario, y después de la cena unas
rosquillas de postre, regadas con el más puro amílico de las destilerías
prusianas.
A las doce de la noche seguía la juerga. La Petra le dijo a Manuel:
--Llámale a don Jacinto y dile que estoy peor.
Manuel entró en el comedor. En la atmósfera, espesa por el humo del
tabaco, apenas se veían las caras congestionadas. Al entrar Manuel, uno
dijo:
--Callad un poco, que hay un enfermo.
Manuel dió el recado al cura.
--Tu madre no tiene mas que aprensión. Luego iré--repuso don Jacinto.
Manuel volvió al cuarto.
--¿No viene?--preguntó la enferma.
--Ahora vendrá; dice que no tiene usted mas que aprensión.
--¡Sí; buena aprensión!--murmuró ella tristemente--. Estate aquí.
Manuel se sentó sobre un baúl; tenía un sueño que no veía.
Iba a dormirse cuando le llamó su madre.
--Mira--le dijo--, trae el cuadro de la Virgen de los Dolores que hay en
la sala.
Manuel descolgó el cuadro, un cromo barato, y lo llevó a la alcoba.
--Ponlo a los pies de la cama, que lo pueda ver yo.
Hizo el muchacho lo que le mandaban, y volvió a sentarse. Seguía el
jaleo de canciones, palmadas y castañuelas en el comedor.
De pronto, Manuel, que estaba medio dormido, oyó un estertor fuerte, que
salía del pecho de su madre, y al mismo tiempo vió que su cara, más
pálida, tenía extrañas contracciones.
--¿Que le pasa a usted?
La enferma no contestó. Entonces Manuel volvió a avisar al cura. Este
abandonó el comedor refunfuñando, miró a la enferma y le dijo al
muchacho:
--Tu madre se muere. Estate aquí, que yo vengo en seguida con la Unción.
Mandó el cura callar a los que alborotaban en el comedor, y enmudeció la
casa entera.
No se oyó entonces mas que un ruido de pasos, abrir y cerrar de puertas
y luego el estertor de la moribunda y el tic-tac de un reloj del
pasillo.
Llegó el cura con otro que traía una estola e hizo todas las ceremonias
de la Unción. Cuando el vicario y sacristán salían, Manuel miró a su
madre y la vió lívida, con la mandíbula desencajada. Estaba muerta.
El muchacho se quedó solo en el cuarto, iluminado por la luz de aceite,
sentado en un baúl, temblando de frío y de miedo.
Toda la noche la pasó así; de vez en cuando entraba la patrona en paños
menores y preguntaba algo a Manuel, o le hacía alguna recomendación, que
este, en general, no comprendía.
Manuel aquella noche pensó y sufrió lo que, quizá nunca pensara ni
sufriera: reflexionó acerca de la utilidad de la vida y acerca de la
muerte con una lucidez que nunca había tenido. Por más esfuerzos que
hacía, no podía detener aquel flujo de pensamientos que se enlazaban
unos con otros.
A las cuatro de la mañana estaba toda la casa en silencio, cuando se oyó
el ruido del picaporte en la puerta de la escalera; después, pasos en el
corredor, y luego, el sonido quejumbroso de la caja de música colocada
en la mesa del vestíbulo, que tocaba la Mandolinata.
Manuel se despertó sobresaltado, como de un sueño; no se pudo dar cuenta
de lo que era aquella música; hasta pensó si se le había trastornado la
cabeza. El organillo, después de unas cuantas paradas y asmáticos hipos,
abandonó la Mandolinata y comenzó a tocar atropelladamente el dúo de
Bettina y de Pippo, de _La Mascota_:
Me olvidarás, gentil pastor,
con ese traje tan señor.
Manuel salió de la alcoba y preguntó en la obscuridad:
--¿Quién es?
Al mismo tiempo se oyeron voces que salían de todos los cuartos. El
organillo interrumpió el aire de _La Mascota_ para emprender con brío el
himno de Garibaldi. De repente cesaron las notas de la caja de música y
una voz ronca gritó:
--¡Paco! ¡Paco!
La patrona se levantó y preguntó quiénes alborotaban así; uno de los que
habían entrado en la casa, con voz aguardentosa, dijo que eran
estudiantes de la casa de huéspedes del piso tercero, que venían del
baile en busca de Paco, uno de los comisionistas. La patrona les dijo
que había un muerto en la casa, y uno de los borrachos, que era
estudiante de Medicina, dijo que deseaba verle. Se le pudo disuadir de
su idea y todos se marcharon. Al otro día se avisó a las hermanas de
Manuel y se enterró a la Petra...