de la trastienda.
CAPÍTULO IX
UNA HISTORIA INVEROSÍMIL.--LAS HERMANAS DE MANUEL.--LO INCOMPRENSIBLE DE
LA VIDA.
ERA ya a principios de otoño; Leandro, por consejo del señor Ignacio,
vivía con su abuela en la calle del Aguila; la Milagros seguía en
relaciones con el _Lechuguino_. Manuel abandonaba a Vidal y al _Bizco_
en sus escaramuzas y se juntaba con Rebolledo y los dos Aristas.
El mayor, el _Aristón_, le entretenía y le aterrorizaba contándole cosas
lúgubres de cementerios y aparecidos; el Aristas pequeño seguía en sus
ejercicios gimnásticos; había hecho un trampolín con una tabla puesta
sobre un montón de arena, y allí aprendía a dar saltos mortales.
Un día apareció en el Corralón don Alonso, el ayudante del _Tabuenca_,
acompañado de una mujer y de una niña.
La mujer parecía vieja y cansada; la niña era larguirucha pálida. Don
Alonso las acomodó en un chiscón del patio pequeño.
Traían un fardelillo de ropa, un perro de lanas sucio con una mirada muy
inteligente y un mono atado a una cadena; al poco tiempo tuvieron que
vender el mono a unos gitanos que vivían en la Quinta de Goya.
Don Alonso llamó a Manuel y le dijo:
--Vete a buscar a don Roberto y dile que hay aquí una mujer que se llama
Rosa, y que es o ha sido volatinera; debe ser la que el busca.
Manuel fué inmediatamente a la casa; Roberto se había marchado de allí y
no sabía su paradero.
Don Alonso iba por el Corralón con mucha frecuencia y hablaba con la
mujer y la niña. En el marco de la ventana de su casa tenían madre e
hija una cajita con una mata de hierbabuena, que, aunque la regaban
todas las mañanas, como no le daba el sol, apenas crecía. Un día las
mujeres desaparecieron con su hermoso perro de aguas; no dejaron en la
casa mas que una pandereta usada y rota...
* * * * *
Don Alonso tomó la costumbre de aparecer por el Corralón; solía echar un
párrafo con Rebolledo, el de la barbería modernista, que hablaba por los
codos, y presenciaba las habilidades gimnásticas del Aristas. Una tarde
la madre de éste le preguntó al antiguo _Hombre-Boa_ si el chico tenía
verdaderas disposiciones.
Don Alonso se puso serio y examinó detenidamente los trabajos del
muchacho para darse cuenta de sus facultades, y le dió algunos útiles
consejos.
Era verdaderamente curioso ver al viejo titiritero dando órdenes; lo
hacía con una seriedad augusta.
--Una, dos, tres... _O pla_... De nuevo. En posición. Las rodillas cerca
de la cabeza..., uñas para abajo..., una, dos..., una, dos... _O pla_.
Don Alonso no quedó descontento del Aristas, pero afirmó la necesidad
ineludible del trabajo constante.
--Quien algo quiere, algo le cuesta, chiquillo--dijo--, y el ser
gimnasta no está a la altura de cualquiera.
A la madre, confidencialmente, le aseguró que su hijo podría ser un buen
artista de circo.
Después don Alonso, viéndose ante un público numeroso, comenzó a hablar
con volubilidad de los Estados Unidos, de Méjico y de las Repúblicas
sudamericanas.
--¿Por qué no nos cuenta usted cosas de esos países que ha visto?--le
preguntó Perico Rebolledo.
--No, ahora no; tengo que salir con la torre _Infiel_.
--¡Ah!... Cuente usted--dijeron todos.
--Don Alonso aparentó que le molestaba la petición; pero, cuando tomó el
hilo, contó, una tras otra, historias y anécdotas en tal cantidad, que
casi le tuvieron que pedir que se callara.
--¿Y en esas tierras no ha visto usted hombres muertos por los
leones?--preguntó Aristón.
--No.
--¿Es que no hay leones?
--Leones en jaulas... muchos.
--Pero yo digo en el campo.
--En el campo, no.
Don Alonso pareció bastante contrariado al hacer estas confesiones.
--¿Ni otras fieras tampoco?
--Ya no hay fieras en los países civilizados--dijo el barbero.
--Pues mire usted, si, allá hay fieras--y don Alonso hizo una mueca
burlona y una señal de inteligencia a Rebolledo--. Una vez me sucedió
una cosa terrible; pasábamos cerca de una isla y oímos cañonazos. Era la
guarnición que tiraba salvas.
--Pero, ¿por qué se ríe usted?--preguntó el Aristón.
--Es nervioso... Pues sí, me acerqué al capitán del barco y le pedí
permiso para que me dejase desembarcar en la isla. Bueno--me dijo--;
llévese usted la _Golondrina_, si quiere--la _Golondrina_ era el nombre
de la piragua--; pero dentro de un par de horas esté usted de vuelta.
Me embarco en mi bote, y ¡hala!, ¡hala!..., llego a la isla, que estaba
poblada de plátanos y cocoteros, y desembarco en una playa, en donde se
hundió la proa de la _Golondrina_.
Aquí, don Alonso hizo una mueca del hombre que no puede contener la
risa, y lanzó después al barbero una mirada, acompañada de un guiño
confidencial.
--Salto a tierra--siguió diciendo don Alonso--; echo a andar, y de
pronto, paf... en la cara, un mosquito enorme, y luego, paf... otro
mosquito, hasta que me rodeó una nube de aquellos animales tan grandes
como murciélagos. Con la cara martirizada echo a correr a la playa, a
embarcarme, cuando veo a un cangrejo que estaba junto a la _Golondrina_;
pero ¡qué cangrejo! Sería como un oso de grande; era negro, reluciente y
hacía fa... fa... fa..., como un automóvil. Verme el bicho y echarse a
correr sobre mí, gritando, todo fué uno; yo corría hacia un cocotero, y
tras... tras... tras..., subí por él hasta arriba. El cangrejo se acerca
al árbol, se detiene pensativo y se decide y empieza a subir también.
--Terrible situación--dijo el barbero.
--Figúrese usted--replicó don Alonso guiñando los ojos--, yo no tenía en
la mano mas que un palito, y me defendí del cangrejo dándole golpes en
los nudillos; pero él, bramando de rabia y con los ojos brillantes,
seguía subiendo. Yo no podía ir más lejos, y pensé en bajar; pero al
hacer un movimiento, ¡tras!... me agarra el granuja del bicho con una de
sus muchas patas de la levita y se queda colgando de mí. El condenado
pesaba de una manera atroz; ya estaba levantando otra de las zarpas para
agarrarme, cuando me acorde que llevaba en el bolsillo del chaleco un
limpiadientes que había comprado en Chicago y que tenía una navajita;
abrí esta, y en un momento corté los faldones de mi levita, y ¡cataplún!
desde una altura, lo menos de cuarenta metros, el cangrejo se cayó al
suelo. Yo no sé cómo no se mató. Allá empezó a llorar, y a berrear, y a
dar vueltas al cocotero, en donde yo estaba, mirándome con ojos
terribles. Yo entonces, para algo le tenía que servir a uno el ser
gimnasta, fuí saltando de una rama a otra, de cocotero en cocotero y de
plátano en plátano, y el cangrejo siguiéndome, berreando, con los
faldones de la levita en la boca.
Al llegar cerca de la playa me encuentro con que había bajado la marea y
que la _Golondrina_ andaba a más de cincuenta metros por encima de las
olas. Esperaré--me dije--; pero en esto veo asomar en la copa del árbol
donde estaba la cabeza de una serpiente; me agarro a una rama, me
balanceo para caer lo más lejos posible del cangrejo y se me rompe la
rama y me falta el sostén.
--¿Y qué hizo usted entonces?--preguntó el barbero.
--Di dos saltos mortales en el aire, por si acaso.
--Fué una precaución útil.
--Ciertamente, creí que estaba perdido. Todo lo contrario: estaba
salvado.
--Pero, ¿cómo?--preguntó el Aristón.
--Nada, que al caer, con la rama que llevaba en la mano di sobre el
cangrejo, y como llevaba tanta fuerza, lo atravesé de parte a parte y le
dejé clavado en la playa. El animal bramaba como un toro; yo me metí en
la _Golondrina_ y me escapé; pero el barco mío se había marchado. Me
puse a remar, no había una vela a la vista. Estoy perdido--dije--; pero
gracias al cangrejo me salvé...
--¿Al cangrejo?--preguntaron todos extrañados.
--Sí; un vapor que pasó a muchas millas, al oír los lamentos del
cangrejo pensó si sería la señal de alarma de algún barco náufrago, se
acercó a la isla, me recogió, y a los pocos días ya estaba con mi
compañía.
Don Alonso, al concluir su narración, hizo una mueca más expresiva, y
con su torre _Infiel_ se marchó a la calle. El Aristas, Rebolledo y
Manuel celebraron las historias del titiritero, y el aprendiz de
gimnasta se afianzó más en su idea de seguir trabajando en el trapecio y
en el trampolín, para ver aquellas lejanas tierras de las cuales hablaba
don Alonso.
Un par de semanas después ocurrió una de las cosas que más impresionaron
a Manuel en toda su vida. Era domingo; el muchacho fué a casa de su
madre, la ayudó, como solía hacer siempre, a secar platos. Vinieron
después las hijas de la Petra, y, por cuestión de unas faldas o de unas
enaguas que la menor había comprado con el dinero de la mayor, se
pasaron las dos toda la tarde riñendo.
Manuel, aburrido de la charla, se fué, pretextando una ocupación.
Estaba lloviendo a cántaros; Manuel llegó a la Puerta del Sol, entró en
el café de Levante y se sentó cerca de la ventana. Huía la gente
endomingada corriendo a refugiarse en los portales de la ancha plaza;
los coches pasaban de prisa en medio de aquel diluvio; los paraguas iban
y venían y se entrecruzaban con sus convexidades negras, brillantes por
el agua, como un rebaño de tortugas. A la hora escampó, y Manuel salió
del café; era todavía temprano para ir a casa; Manuel pasó por la plaza
de Oriente y quedó en el Viaducto mirando desde allá a la gente que
pasaba por la calle de Segovia.
En el cielo, ya despejado, nadaban nubes obscuras, blancas en los
bordes, como montañas coronadas de nieve; a impulsos del viento corrían
y desplegaban sus alas; el sol claro alumbraba con rayos de oro el
campo, resplandeciente en las nubes, las enrojecía como brasas; algunos
celajes corrían por el espacio, blancos jirones de espuma. Aun no
manchaba la hierba verde las lomas y las hondonadas de los alrededores
madrileños; los árboles del Campo del Moro aparecían rojizos,
esqueléticos, entre el follaje de los de hoja perenne; humaredas
negruzcas salían rasando la tierra para ser pronto barridas por el
viento. Al paso de las nubes la llanura cambiaba de color; era
sucesivamente morada, plomiza, amarilla, de cobre; la carretera de
Extremadura trazaba una línea quebrada, con sus dos filas de casas
grises y sucias. Aquel severo, aquel triste paisaje de los alrededores
madrileños con su hosquedad torva y fría le llegaba a Manuel al alma.
Abandonó el balcón del Viaducto, cruzó por unas cuantas callejuelas,
hasta llegar a la calle de Toledo; bajó a la Ronda y se dirigió a su
casa Llegaba cerca del paseo de las Acacias cuando oyó a dos viejas que
hablaban de un crimen cometido hacía un instante en la esquina de la
calle del Amparo.
--Cuando le iban a coger, él mismo se ha matado--dijo una.
Manuel apresuró el paso por curiosidad y se acercó a un grupo de
personas que había a la puerta del Corralón.
--¿De dónde era ese que se ha matado?--preguntó Manuel a Aristas.
--¡Pero si es Leandro!
--¡Leandro!
--Sí; Leandro, que ha matado a la Milagros, y luego se ha matado él.
--Pero... ¿es verdad?
--Sí, hombre. Hace un momento.
--¿Aquí, en casa?
--Aquí mismo.
Manuel, despavorido, subió la escalera hasta la galería. Aun quedaba el
charco de sangre en el suelo. El señor Zurro, el único espectador del
drama, contaba lo ocurrido a un grupo de vecinos.
--Estaba yo aquí, leyendo el periódico--dijo el ropavejero--, y la
Milagros, con su madre, hablaba con el _Lechuguino_. Estaban los novios
de broma, cuando subió Leandro a la galería; fué a abrir la puerta de su
casa y, antes de entrar, volviéndose de repente, le dice a la Milagros:
«¿Es ese tu novio?» Me pareció que él estaba pálido como un muerto.
«Si», contestó ella. «Bueno; pues yo vengo aquí a concluir de una vez»,
gritó. «¿A cuál de los dos quieres, a él o a mí?» «A él», chilló la
Milagros. «Entonces se acabó todo», gritó Leandro con una voz ronca.
«Voy a matarte.» Luego, ya no me pude dar cuenta de nada; fué todo
rápido como un rayo; cuando me acerqué, la muchacha echaba un caño de
sangre por la boca, la mujer del _Corretor_ gritaba y Leandro seguía al
_Lechuguino_ con la navaja abierta.
--Yo le vi salir de casa--añadió una vieja--; llevaba en la mano la
navaja manchada de sangre; mi marido quiso detenerle, pero él paró como
un toro, le echó un derrote y por poco le mata.
--Y mis tíos, ¿dónde están?--preguntó Manuel.
--En la Casa de Socorro. Han ido detrás de la camilla.
Bajó Manuel al patio.
--¿Adónde vas?--le preguntó el _Aristón_.
--Voy a la Casa de Socorro.
--Yo iré contigo.
Se reunió a los dos muchachos un aprendiz de un taller de máquinas que
vivía en la Corrala.
--Yo le vi cuando se mató--dijo el aprendiz--; íbamos corriendo todos
detrás de él, gritando: «¡A ése! ¡A ése!», cuando aparecieron por la
calle del Amparo dos guardias, sacaron el sable y se pusieron delante de
él; entonces Leandro dió un bote hacia atrás, abrió paso entre la gente
y volvió otra vez para aquí; iba a bajar por el paseo de las Acacias,
cuando tropezó con la _Muerte_, que le empezó a insultar. Leandro se
paró, miró a todos lados; nadie se atrevía a acercarse; le echaban fuego
los ojos. De pronto se metió la navaja por el costado izquierdo, yo no
sé cuántas veces. Cuando uno de los guardias le agarró del brazo, se
cayó como un saco.
Los comentarios del _Aristón_ y del aprendiz eran inacabables; llegaron
los muchachos a la Casa de Socorro, y allí les dijeron que los dos
cadáveres, el de la Milagros y el de Leandro, los habían llevado al
Depósito. Bajaron los tres chicos al Canal, a la casita próxima al río,
que tantas veces Manuel y los de su cuadrilla miraban con curiosidad
desde las ventanas. En la puerta se agrupaban varias personas.
--Vamos a mirar--dijo el _Aristón_.
Había una ventana abierta de par en par y se asomaron a ella. Tendido
sobre una mesa de mármol estaba Leandro; tenía un color de cera, y en su
rostro se leía una expresión de soberbia y de desafío. A su lado, la
señora Leandra gritaba y vociferaba; el señor Ignacio, con la mano de su
hijo entre las suyas, lloraba en silencio. En otra mesa rodeaban el
cadáver de la Milagros un grupo de personas. El empleado del Depósito
hizo salir a todos. Al encontrarse el _Corretor_ y el señor Ignacio en
la puerta, se vieron y desviaron la vista: las dos madres, en cambio, se
lanzaron una mirada de odio terrible.
El señor Ignacio dispuso que no fueran a dormir al Corralón, sino a la
calle del Aguila. Allí, en casa de la señora Jacoba, hubo una algarabía
horrorosa de lloros y de imprecaciones. Las tres mujeres echaban la
culpa de todo a la Milagros, que era una golfa, una mala hembra
descastada, egoísta y miserable.
Un vecino de la Corrala señaló un detalle raro; al reconocer el médico
forense a la Milagros y al quitarle el corsé para apreciar la herida,
entre unos escapularios encontró un medallón chiquito con un retrato de
Leandro.
--¿De quién es este retrato?--dicen que preguntó.
--Del que la ha matado--le contestaron.
Era una cosa rara que intrigaba a Manuel; muchas veces había pensado que
la Milagros quería a Leandro; aquello casi lo confirmaba.
Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin
cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la
muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos.
Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y
aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a
Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser
muy triste; algo muy incomprensible y extraño.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
EL DRAMA DEL TÍO PATAS.--LA TAHONA.--KARL EL HORNERO.--LA SOCIEDAD DE
LOS TRES.
LA impresión por la muerte de su hijo en el señor Ignacio fué tan
profunda, que cayó enfermo. Se dejó de trabajar en el almacén, y al cabo
de dos o tres semanas, como el señor Ignacio no se ponía bueno, la
Leandra le dijo a Manuel:
--Mira: vete a casa de tu madre, porque aquí yo no te puedo tener.
Volvió Manuel a la casa de huéspedes, y la Petra, por mediación de la
patrona, llevó al muchacho de mozo a un puesto de pan y verduras situado
en la plaza del Carmen.
Allá Manuel tuvo que sujetarse más que en la casa del señor Ignacio. El
tío _Patas_, el dueño del puesto, un gallegazo pesadote como un buey,
puso al corriente a Manuel de sus obligaciones.
Tenía que levantarse el muchacho al amanecer, abrir el puesto, soltar
los fardos de verdura que subía un mozo de la plaza de la Cebada, e ir
tomando el pan que traían los repartidores. Después, barrer la tienda y
esperar a que se levantara el tío _Patas_, su mujer o su cuñada. Al
llegar alguno de ellos, Manuel abandonaba el mostrador, y con una cesta
pequeña a la cabeza iba con el pan a las casas de los parroquianos de la
vecindad. En ir y venir se pasaba toda la mañana. Por la tarde era más
pesado el trabajo: Manuel tenía que estarse quieto detrás del mostrador,
aburriéndose, vigilado por el ama y su cuñada.
Acostumbrado a los paseos diarios por las rondas, le desesperaba tal
inmovilidad.
La tienda del tío _Patas_, pequeña y mal oliente, tenía un papel
amarillo, que se despegaba de puro viejo, con unas cenefas verdes. Un
mostrador de madera, unos cuantos vasares sucios, un quinqué de petróleo
en el techo y dos bancos constituían todo el mobiliario.
La trastienda, a la cual se llegaba por una puerta del fondo, era un
cuarto sin más luz que la que entraba por un montante que daba al
portal. En este cuarto se comía; de él se pasaba a la cocina y de ésta a
un patio estrecho, muy sucio, con una fuente. Al otro lado del patio
estaban las alcobas del tío _Patas_, de su mujer y de la cuñada.
A Manuel le ponían un jergón y unas mantas detrás del mostrador. Allí
dentro, de noche sobre todo, olía a berza podrida; pero más que esto aun
molestaba a Manuel el levantarse de madrugada, cuando el sereno daba dos
o tres golpes con el chuzo a la puerta de la tienda.
En el puesto se vendía algo, lo bastante para vivir, nada más. En aquel
tabuco había reunido el tío Patas una fortuna, ahorrando céntimo a
céntimo.
La historia del tío _Patas_ era verdaderamente interesante. Manuel la
averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos
de los otros puestos.
El tío _Patas_ había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a
buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías
inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil
pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer
despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando
dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego
una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del
tío _Patas_, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan
estéril fué para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos, con
una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al
matrimonio, mas que en convertirse de criada en ama. Todos los amigos
del tío _Patas_ trataron de convencerle de que era una barbaridad el
casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus
trece, y se casó.
A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío _Patas_ se entendía con
su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día,
y vió salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle
de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación
enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y
tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar tiempo, y poco
a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío _Patas_
trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el
hijo del tío _Patas_ se la empujaron al viejo, y éste concluyó
amontonándose con su cuñada. Desde entonces los cuatro vivieron con una
tranquilidad completa. Se entendían admirablemente.
A Manuel, que estaba curado de espanto, porque en la Corrala había más
de una combinación matrimonial parecida, no le asombró la cosa; lo que
le indignaba era la tacañería del tío _Patas_ y de su gente.
Toda la escrupulosidad que no tenía la mujer del tío _Patas_ en otras
cuestiones, la guardaba, sin duda, para las cuentas. Acostumbraba a
sisar, conocía al dedillo las socaliñas de las criadas, y no se le
escapaba un céntimo: siempre creía que la robaban. Era tal su espíritu
de economía, que todos en casa comían pan seco, confirmando el dicho
popular de que «en casa del herrero, cuchillo de palo».
La cuñada, una mujer cerril, de nariz corta, mejillas rojas, de pecho y
caderas abundantes, podía dar lecciones de sordidez a su hermana, y en
cuestión de falta de pudor y de dignidad la aventajaba con mucho. Solía
andar por la tienda despechugada, y no había repartidor que no la diese
un tiento en la pechera.
--¡Qué gorda estás, _oh_!--la decían los paisanos.
Y no parecía sino que toda aquella grasa tan manoseada no la pertenecía,
porque no protestaba; pero si alguien trataba de escamotearla en la
cuenta algún panecillo, entonces se ponía hecha una fiera.
Los domingos por la tarde el tío _Patas_, su mujer, su cuñada y su hijo
solían jugar en la calle, al mus, en una mesita, en medio del arroyo;
nunca se atrevían a dejar la tienda sola.
A los tres meses de entrar Manuel allá, la Petra fué a ver al tío
_Patas_, y le dijo que diera al chico algún jornal. El tío _Patas_ se
echó a reír: le parecía la pretensión el colmo de lo absurdo, y dijo que
no, que era imposible: que el muchacho no ganaba el pan que comía.
Entonces la Petra buscó otra casa para Manuel, y lo llevó a una tahona
de la calle del Horno de la Mata, a que aprendiera el oficio de
panadero.
En la tahona, para comenzar el aprendizaje, le pusieron en el horno, a
ayudar al oficial de pala. El trabajo era superior a sus fuerzas. Se
tenía que levantar a las once de la noche, y comenzaba por limpiar con
una raedera unas latas de hierro, en donde se cocían bollos, pasándolas,
después de frotadas, con una brocha untada en manteca derretida; hecho
esto, ayudaba al oficial de pala a sacar la brasa del horno con un
hierro; luego, mientras el hornero cocía, iba cogiendo tablas
pesadísimas, cargadas de panecillos, y las llevaba del amasadero a la
boca del horno; y cuando el oficial metía los panecillos dentro, volvía
Manuel con las tablas al amasadero. A medida que el pan salía del horno,
lo mojaba con un cepillo empapado en agua, para dar brillo a la corteza.
A las once de la mañana se concluía el trabajo, y en los intervalos de
descanso, Manuel y los trabajadores dormían.
La vida allí era horriblemente penosa.
La tahona ocupaba un sótano obscuro, triste y sucio. Estaba el piso del
sótano por debajo del nivel de la calle, a la cual tenía unas ventanas
con cristales tan obscurecidos por el polvo y las telarañas, que no
dejaban pasar mas que una luz turbia y amarillenta. A todas horas se
trabajaba con gas.
Se entraba a la tahona por una puerta que daba a un patio grande, en el
cual se levantaba un cobertizo de cinc agujereado, que protegía de la
lluvia, o trataba de proteger al menos, las cargas de ramaje de retama y
las pilas de leña allí amontonadas.
De este patio, por una puerta baja, se pasaba a un largo corredor,
estrecho y húmedo, negro por todas partes, y en el cual no se veía mas
que allá en el fondo un cuadrado de luz de una ventana alta con unos
cuantos cristales rajados y sucios, por donde entraba una claridad
triste.
Cuando los ojos se acostumbraban a la penumbra reinante, se veían en las
paredes del corredor cestos de repartir, palas del horno, blusas, gorras
y zapatos colgados en clavos, y en el techo, gruesas telas de araña
plateadas y llenas de polvo.
A ambos lados del pasillo y a la mitad de su longitud se abrían dos
puertas frente por frente: una daba al horno, la otra, al amasadero.
El sitio del horno era anchuroso, con las paredes recubiertas de hollín,
negro como una cámara obscura; un mechero de gas brillaba en aquella
caverna, sin iluminar apenas nada. Delante de la boca del horno, en un
tinglado de hierro, estaban colocadas las palas; arriba, en el techo, se
entreveían tubos grandes de chimenea cruzados.
El amasadero, menos negro, resultaba más sombrío que la cocina del
horno; a su interior llegaba una luz pálida por dos ventanas que daban
al patio, con los cristales empañados por el polvo de la harina. Veíase
siempre allí a diez o doce hombres en camiseta, agitando los brazos
desesperadamente sobre las artesas, y en el fondo del local una mula
movía lentamente la máquina de amasar.