la Milagros pidió un helado, y, como no había, no quiso tomar nada.
Estuvo así, sin hablar, considerándose profundamente ofendida, hasta que
se encontró con dos muchachas de su taller, se reunió con ellas y se le
marchó el enfado al momento. Leandro, a la primera ocasión, abandonó al
corrector, se reunió con Manuel y fué a buscar a su novia. En el solar
próximo de la entrada, en el sitio del baile, paseaban, dando vueltas,
las parejas en los momentos de descanso; las dos amigas de la Milagros y
ésta, las tres agarradas del brazo, paseaban muy alegres, seguidas muy
de cerca por tres hombres. Uno de ellos era un señorito achulapado,
alto, de bigote rubio; el otro, un hombre bajito, de facha ordinaria,
con el bigote pintado, la pechera y los dedos llenos de brillantes, y el
tercero, un chulapón, con patillas de hacha, mezcla de gitano y tratante
en ganados, con las trazas del más abyecto truhán.
Leandro, al notar la maniobra de los tres compadres, se interpuso entre
las muchachas y sus galanteadores, y, volviéndose hacia ellos con
impertinencia, dijo:
--¿Qué hay?
Los tres se hicieron los distraídos y se rezagaron.
--¿Quiénes son?--preguntó Manuel.
--Uno es el _Lechuguino_--dijo Leandro en voz alta para que le oyera su
novia--, un tío que tiene lo menos cincuenta años y anda por ahí
echándoselas de pollo; el bajito, del bigote pintado, es _Pepe el
Federal_, y el otro, _Eusebio el Carnicero_, un hombre que es dueño de
unas cuantas casas de compromiso.
El arranque fanfarrón de Leandro gustó a una de las muchachas, que se
volvió a mirar al mozo y sonrió; pero a la Milagros no le hizo gracia
ninguna, y, mirando hacia atrás, buscó repetidas veces con la mirada al
grupo de los tres hombres.
En esto apareció el que Leandro había designado con el mote de
_Lechuguino_, acompañando al corrector y a su mujer. Las tres muchachas
se acercaron a ellos, y el _Lechuguino_ invitó a bailar a la Milagros.
Leandro miró a su novia angustiosamente; ella, sin hacerle caso, se puso
a bailar. Tocaban el paso doble de _El tambor de granaderos_. El
_Lechuguino_ era un bailarín consumado; llevaba a su pareja como una
pluma y le hablaba tan de cerca, que parecía que le estaba besando.
Leandro no sabía qué cara poner, sufría horriblemente; no se decidía a
marcharse. Concluyó aquel baile, y el _Lechuguino_ acompañó a Milagros
adonde estaba su madre.
--¡Vámonos! ¡Vámonos!--dijo Leandro a Manuel--. Si no, voy a hacer un
disparate.
Salieron de allí escapados y entraron en un café cantante de la calle de
la Encomienda. Estaba desierto. Dos chiquillas bailaron en un tablado:
una vestida de maja, y otra de manolo.
Leandro, pensativo, no hablaba una palabra; Manuel sentía sueño.
--Vamos de aquí--murmuró Leandro, después de breve rato--. Esto está muy
triste.
Salieron a la plaza del Progreso; Leandro, siempre cabizbajo y
pensativo; Manuel, muerto de sueño.
--En el café de la Marina--dijo Leandro--habrá holgorio.
Más nos vale ir a casa--contestó Manuel.
Leandro, sin atenderle, bajó a la Puerta del Sol; entraron los dos muy
silenciosos por la calle de la Montera y volvieron la esquina de la de
Jardines. Era más de la una. Al paso las busconas, apostadas en los
portales, con sus trajes claros, les detenían, y al ver el aspecto torvo
de Leandro y la facha pobre de Manuel, les dejaban pasar, dándoles
alguna broma por su seriedad.
A la mitad de la calle, estrecha y obscura, brillaba un farol rojo, que
iluminaba la portada sórdida del café de la Marina.
Empujó la puerta Leandro y pasaron adentro. Enfrente, el tablado con
cuatro o cinco espejos, relucía lleno de luz; en el local, angosto, la
fila de mesas arrinconadas a una y otra pared no dejaban en medio mas
que un pasillo.
Se sentaron Leandro y Manuel. Este apoyó la frente en la mano y quedó
dormido; Leandro hizo una seña a dos _cantaoras_, vestidas con trajes
vistosos, que hablaban con unas mujeres gordas, y las dos fueron a
sentarse a la mesa.
--¿Qué vais a tomar?--las preguntó Leandro.
--Yo alpiste--contestó una de ellas, que era delgadita, nerviosa, con
los ojos pequeños y pintados.
--¿Tú cómo te llamas?
--Yo, _María la Chivato_.
--¿Y ésta?
--_La Tarugo._
La _Tarugo_, que era una malagueña gorda y agitanada, se sentó al lado
de Leandro, y se pusieron los dos a hablar bajo.
Se acercó el mozo a la mesa.
--Tráenos cuatro medias de aguardiente--dijo la _Chivato_--, porque éste
beberá--añadió dirigiéndose a Manuel y agarrándole del brazo--. ¡Tú,
chaval!
--¡Eh!--exclamó el muchacho, despertándose, sin tener idea de dónde
estaba--. ¿Qué quiere usted?
La _Chivato_ se echó a reír.
--¡Despiértate, hombre, que se te va el tren! ¿Has venido en el mixto de
esta tarde?
--He venido en la...--y Manuel soltó un rosario de barbaridades.
Luego, de muy malhumor, se puso a mirar a todos lados, haciendo
esfuerzos para no dormirse.
En una mesa de al lado, un hombre con trazas de chalán discutía acerca
del cante y del baile flamenco con un bizco de cara de asesino.
--Ya no hay artistas--decía el chalán--; antes venía uno aquí a ver al
_Pinto_, al _Canito_, a los _Feos_, a las _Macarronas_... Ahora, ¿qué?
Ahora, _na_; pollos en vinagre.
--Me parece--decía muy serio el bizco.
--Ese es el _tocaor_--dijo, señalando a este último la _Chivato_.
No pararon mucho tiempo las dos _cantaoras_ en la mesa de Leandro y
Manuel. El bizco estaba ya en el tablado; empezó a puntear la guitarra,
se sentaron seis mujeres en fila y comenzaron a palmotear rítmicamente;
la _Tarugo_ se levantó de su asiento y se arrancó a bailar de costado,
luego zarandeó las caderas de una manera convulsiva; el _cantaor_
comenzó a gargarizar suavemente; a intervalos callaba y no se oía
entonces más que el castañeteo de los dedos de la _Tarugo_ y los golpes
de sus tacones, que llevaban el contrapunto.
Cuando concluyó la _cantaora_ malagueña, se levantó un gitano de piel
achocolatada, y bailó un tango, un danzón de negro; se retorcía, echaba
el abdomen para adelante y los brazos atrás. Terminó con movimientos de
caderas afeminados y un trenzado complicadísimo de brazos y de piernas.
--Eso es trabajar--dijo el chalán.
--Mira, yo me voy--murmuró Manuel.
--Espera; vamos a tomar otra copa.
--No; me marcho.
-Bueno; vámonos. ¡Es lástima!
En aquel momento un _cantaor_ gordo, con una cerviz poderosa, y el
guitarrista bizco de cara de asesino, se adelantaron al público, y
mientras el uno rasgueaba la guitarra, poniendo de repente la mano sobre
las cuerdas para detener el sonido, el otro, con la cara inyectada, las
venas del cuello tensas y los ojos fuera de las órbitas, lanzaba una
queja gutural, sin duda muy dificultosa, porque le hacía enrojecer hasta
la frente.
CAPÍTULO VIII
LAS VACILACIONES DE LEANDRO.--EN LA TABERNA DE LA «BLASA».--EL DE LAS
TRES CARTAS.--LUCHA CON EL «VALENCIA».
ALGUNAS noches Manuel oía a Leandro en su cuarto que se revolvía en la
cama y suspiraba con unos suspiros tan profundos como los mugidos de un
toro.
--Las cosas le van mal--pensaba Manuel.
La ruptura entre la Milagros y Leandro era definitiva. El _Lechuguino_,
en cambio, ganaba terreno: había conquistado a la madre de la muchacha,
convidaba al corrector y esperaba y acompañaba a la Milagros.
Un día, al anochecer, los vió Manuel a los dos, calle de Embajadores
abajo: él iba contoneándose, con la capa terciada; ella, arrebujada en
el mantón; el la hablaba y ella se reía.
--¿Qué va a hacer Leandro cuando lo sepa?--preguntó Manuel--. No, pues
yo no se lo digo; ya se encargará alguna bruja de la vecindad de darle
la noticia.
Efectivamente, así pasó; y antes de un mes nadie ignoraba en la casa
que la Milagros era la novia del _Lechuguino_; que éste había abandonado
la vida de juerga y de garito, y pensaba seguir con el negocio de su
padre: la venta de materiales para construcciones, y establecerse y
hacer la vida de una persona formal.
Mientras que Leandro trabajaba en la zapatería, el _Lechuguino_ solía
visitar a la familia del corrector, y hablaba con la Milagros ya con el
consentimiento de los padres.
Leandro era o aparentaba ser el único no enterado de las nuevas
relaciones de la Milagros. Algunas mañanas, al pasar el mozo por delante
de la casa del señor Zurro, para bajar al patio, solía encontrar a la
Encarna, y ésta, al verle, le preguntaba con sorna por la Milagros,
cuando no solía cantarle un tango, que empezaba diciendo:
De las grandes locuras que el hombre hace,
no comete ninguna como casarse,
y especificando la locura y entrando en detalles, añadía a voz en grito:
Y por la mañana él va a la oficina,
y ella queda en casa con algún vecino
que es persona fina.
Leandro sentía el amargor que se deslizaba hasta el fondo de su alma, y
por más que se revolvía para dominar sus instintos, no lograba
tranquilizarse. Un sábado por la noche, mientras volvían por la Ronda
hacia casa, Leandro se acercó a Manuel.
--¿Tú sabes si la Milagros habla con el _Lechuguino_?--le preguntó.
-¿Yo?
--¿No has oído decir que se van a casar?
--Sí; eso se ha dicho.
--¿Tú que harías en mi caso?
--Yo... me enteraría.
--¿Y si resultaba verdad?
Manuel se calló. Fueron andando juntos sin hablarse. De pronto Leandro
se paró bruscamente, y puso la mano en el hombro de Manuel.
--¿Tú crees--dijo--que si una mujer le engaña a un hombre no tiene uno
el derecho de matarla?
--Yo creo que no--contestó Manuel, mirando a Leandro a los ojos.
--Pues cuando un hombre tiene riñones lo hace con derecho o sin él.
--Pero ¡moler! ¿A ti te ha engañado la Milagros? ¿Estabas casado con
ella? Habéis reñido, y nada más.
--Yo voy a concluir haciendo una barbaridad. Créelo--murmuró Leandro.
Se callaron los dos. Cruzaron el portal de la Corrala; subieron las
escaleras y entraron en casa. Sacaron la cena; pero Leandro no comió,
bebió tres vasos de agua seguidos y salió a la galería.
Iba a salir Manuel después de cenar, cuando oyó que Leandro le llamaba
repetidas veces.
--¿Qué quieres?
--Anda, vamos.
Manuel salió al balcón corrido; la Milagros y su madre, desde la puerta
de su casa, insultaban a Leandro violentamente.
--¡Golfo! ¡Granuja!--decía la mujer del corrector--. Si estuviera aquí
su padre no hablarías de ese modo.
--Y si estuviera su abuelo lo mismo--exclamó Leandro, riéndose de un
modo salvaje--. Anda, vámonos, tú--añadió dirigiéndose a Manuel--. Ya
está uno harto de estas zorras.
Salieron los dos de la galería, y después del Corralón.
--Pero, ¿qué ha pasado?--preguntó Manuel.
--Nada, que esto se ha concluído--contestó Leandro--. La he dicho de
buena manera: Oye, Milagros, ¿es verdad que te vas a casar con el
_Lechuguino_? «Sí, es verdad, ¿te importa algo?» «Sí, la he contestado,
porque ya sabes que yo te quiero. ¿Es porque es más rico que yo?»
«Aunque fuera más pobre que una rata me casaba con él». «¡Bah!» «¿Es que
no lo crees?» «Bueno». Al último me ha indignado, y la he dicho que me
daba lo mismo que se casara con un perro, y que era una tía zorra
indecente... Luego la madre ha salido a insultarme... Esto ya se ha
concluído. Mejor. Los cosas claras. ¿Adónde vamos? ¿Vamos otra vez a las
Injurias?
--¿Para qué?
--A ver si ese _Valencia_ se sigue poniendo moños conmigo.
Cruzaron la vía de circunvalación. Leandro, dando zancadas, se plantó en
un momento en las Injurias. Manuel apenas podía seguirle.
Entraron en la taberna de la _Blasa_; los mismos hombres de la noche
anterior jugaban al cané cerca de la estufa. De las mujeres, sólo
estaban la _Paloma_ y la _Muerte_. Esta, completamente borracha, dormía
sobre la mesa. La luz daba en su cara erisipelatosa y llena de costras;
de la boca entreabierta, de labios hinchados, le fluía la saliva; la
melena estoposa, gris, sucia y enmarañada le salía en mechones por
debajo del pañuelo negro, verdoso y lleno de caspa; a pesar de los
gritos y riñas de los jugadores, no pestañeaba; sólo de cuando en cuando
lanzaba un ronquido prolongado, que, al comenzar, era sibilante, y que
terminaba con un estertor ronco. A su lado la _Paloma_, acurrucada en
el sucio al lado del _Valencia_, tenía un niño de tres o cuatro años en
los brazos, un chiquillo delgaducho y pálido, que parpadeaba sin cesar,
a quien daba a beber una copa de aguardiente.
Por delante del mostrador un hombre alto y flaco, con una gorrilla con
un número dorado en la cabeza y una blusa azul, se paseaba melancólico;
los brazos, a lo largo del cuerpo, como si no fueran suyos; las piernas,
dobladas. Echaba un sorbo de una copa cuando se le ocurría; se limpiaba
los labios con el dorso de la mano, y volvía a pasearse con indolencia.
Era hermano de la mujer de la taberna.
Se sentaron Leandro y Manuel en la misma mesa donde estaban los
jugadores. Leandro pidió vino, vació un vaso grande de un trago y
suspiró varias veces.
--¡Cristo!--murmuró sordamente Leandro--. Que no se te ocurra
entusiasmarte con una mujer. La más buena es tan venenosa como un sapo.
Después pareció calmarse; contempló los dibujos del tablero de la mesa:
corazones heridos por una flecha, nombres de mujeres; sacó una navaja
del bolsillo y se puso a grabar letras en la tabla.
Cuando se cansó convidó a uno de los jugadores a beber con él.
--Hombre, muchas gracias--replicó el otro--, estoy jugando.
--Bueno; pues deja usted el juego, y si no quiere usted no se le obliga.
¿Nadie quiere tomar una copa? Yo le convido.
--Se acepta--dijo un hombre alto, encorvado, de aire enfermizo, a quien
llamaban el _Pastiri_--, levantándose y acercándose a Leandro.
Este pidió más vino, y se entretuvo en reír alto cuando alguno perdía y
en apostar contra el _Valencia_.
El _Pastiri_ se aprovechaba, vaciando un vaso tras otro. Era el tal un
borrachín, compadre del _Tabuenca_, que se dedicaba también a engañar a
los incautos con juegos de ballestilla. Manuel le conocía de verle en la
Ribera de Curtidores, Solía ejercer su arte en las afueras, jugando a
las tres cartas. Colocaba tres naipes sobre una tablita; uno de éstos lo
mostraba; luego cambiaba de lugar los otros dos muy despacio, dejando
quieta la carta que había enseñado, y ponía encima de los tres naipes un
palito, y apostaba a que no se indicaba cuál era la que había enseñado.
Y no se daba con la carta nunca; tan bien preparado estaba el juego.
Una operación parecida a ésta solía realizar el _Pastiri_ con tres
fichas de juego de damas, debajo de una de las cuales ponía una bolita
de papel o miga de pan; apostaba a que no se decía debajo de cuál de las
tres estaba la bolita, y si por casualidad alguno acertaba, la
escamoteaba con la uña.
El _Pastiri_ aquella noche estaba repleto de alcohol y completamente
afónico.
Manuel, que había bebido algo de más, sintió el principio del mareo,
pensó en el modo de huir disimuladamente; pero, cuando se decidió, el
hermano de la tabernera cerraba la puerta de la taberna.
Antes de que concluyese de hacerlo entró, por la media puerta que aun
quedaba abierta, un hombre bajito, afeitado, vestido de negro, con una
boina de visera, el pelo rizado y un aspecto de andrógino repugnante.
Saludó afectuosamente a Leandro. Era un cordonero de la casa del tío
Rilo, de fama sospechosa, a quien llamaban el _Besuguito_, por su cara
de pez, y por mal mote, la _Tragabatallones_.
Bebió el cordonero un sorbo de una copa, de pie, y se puso a hablar con
una voz gruesa, pero de mujer, una voz untuosa, desagradable, recalcando
sus palabras con una porción de aspavientos y dengues.
No atajaba nadie su verbosidad. El mejor día--dijo--iban a quedar
enterrados todos los que vivían en las Injurias, entre los escombros de
la Fábrica del Gas.
--_Pa_ mí--añadió--que se debía terraplenar toda esta hondonada; en
parte yo lo sentiría, porque tengo buenas amistades en este barrio.
--¡Ay!... Zape--dijo uno de los jugadores
--Sí, lo sentiría--siguió diciendo el _Besuguito_, sin hacer caso de la
interrupción--; pero la verdad es que poco se iba a perder, porque, como
dice Angelillo, el sereno del barrio, aquí no viven mas que los de la
busca, randas y prostitutas.
--¡Cállate tú, _sarasa_! _¡Tragabatallones!_--gritó la tabernera--; este
barrio es tan bueno como el tuyo.
--Y en eso no dejas de tener razón--replicó el _Besuguito_--; porque
mira que el Portillo de Embajadores y las Peñuelas hay que verlos. _Na_,
allí el sereno no ha conseguido que se cierren las puertas de noche. El
las cierra, y las abren los vecinos. Porque como todos son de la
busca... A mí me dan cada susto...
Se celebró entre algazara el susto del _Besuguito_, que siguió
impertérrito con su charla insubstancial y redicha, adornada de
consideraciones y recovecos. Manuel apoyó un brazo encima de la mesa, y
con una mejilla sobre él quedó dormido.
--Pero tú, ¿por qué no bebes, _Pastiri_?--preguntó Leandro--. ¿Es que me
desairas? ¿A mí?
--No, hombre; es que ya no puede pasar--contestó el de las tres cartas,
con su voz desgarrada, llevando la mano abierta a la garganta. Luego,
con una voz que parecía venir de un órgano roto, gritó:
--_¡Paloma!_
--¿Quién llama a esta mujer?--contestó inmediatamente el _Valencia_,
levantando la mirada por entre el grupo de jugadores.
--Yo--contestó el _Pastiri_--. Que venga la _Paloma_.
--¡Ah!... ¿Eres tú? Pues no _pue_ ser--replicó el _Valencia_.
--He dicho que venga la _Paloma_--repuso el _Pastiri_, sin mirar al
matón.
Este pareció no oír la frase. El de las tres cartas se levantó molestado
por la descortesía, y dando en la manga al _Valencia_ con el revés de la
mano, repitió su frase, recalcando palabra por palabra:
--He dicho que venga la _Paloma_, que esos amigos _quien_ hablar con esa
señora.
--Pues yo te digo que no _pue_ ser--contestó el otro.
--Es que esos _cabayeros quien_ hablar con _eya_.
--Bueno... pues que me pidan a mí permiso.
El _Pastiri_ acercó su cara a la del matón, y mirándole a los ojos,
gritó:
--¿Sabes, _Valencia_, que te estás poniendo más patoso que Dios?
--¡Mentira!--replicó el aludido, continuando tranquilamente su juego.
--¿Sabes que te voy a dar dos _trompás_?
--¡Mentira!
El _Pastiri_ se retiró un poco, con la torpeza de un borracho, y comenzó
a buscar la navaja en el bolsillo interior de su chaqueta, entre las
risas burlonas de todos. Entonces, de pronto, con una decisión
repentina, Leandro se levantó con la cara inyectada de sangre, agarró al
_Valencia_ por las solapas de la chaqueta, y lo zarandeó y le golpeó
contra la pared rudamente.
Todos los jugadores se interpusieron: cayó la mesa y se armó un
estrépito infernal de gritos y vociferaciones. Manuel se despertó
despavorido. Se encontró en medio de una trapatiesta horrorosa; la
mayoría de los jugadores, con el hermano de la tabernera a la cabeza,
quería echar fuera a Leandro; pero éste apoyado en el mostrador, recibía
a patadas a todo el que se le acercaba.
--Dejadnos solos--gritaba el _Valencia_ con los labios llenos de saliva
y tratando de desasirse de los que lo sujetaban.
--Sí; dejadlos solos--dijo uno de los jugadores.
--Al que me agarre lo mato--exclamó el _Valencia_, y apareció armado con
un cuchillo largo de cachas negras.
--Eso es--dijo Leandro con sorna--, que se vean los hombres.
--¡Ole!--gritó el _Pastiri_, entusiasmado con su voz ronca.
Leandro sacó del bolsillo interior de la americana una navaja larga y
estrecha; todo el mundo se acercó a las paredes para dejar sitio a los
contendientes. La _Paloma_ se desgañitaba gritando:
--¡Que te pierdes! ¡Que te pierdes!
--Llevad a esa mujer--gritó el _Valencia_ con voz trágica--.
¡Ea!--añadió, haciendo un molinete con su navaja--. Ahora veremos los
hombres de riñones.
Avanzaron los dos rivales hasta el centro de la taberna, lanzándose
furiosas miradas. El interés y el espanto sobrecogió a los
espectadores.
El primero que atacó fué el _Valencia_, se inclinó hacia adelante, como
si quisiera saber dónde le hería al contrario, se agachó, apuntó a la
ingle y se lanzó sobre Leandro; pero viendo que éste le esperaba sin
retroceder, tranquilo, dió un rápido salto hacia atrás. Luego volvió a
los mismos ataques en falso, intentando sorprender al adversario con sus
fintas, amagando al vientre y tratando de herirle en la cara; pero ante
el brazo inmóvil de Leandro, que parecía querer ahorrar movimiento hasta
tener el golpe seguro, el matón se desconcertó y retrocedió. Entonces
avanzó Leandro. Se adelantaba el mozo con una sangre fría que daba
miedo; se veía en su cara la resolución de clavar al _Valencia_. En la
taberna reinaba un silencio angustioso, y sólo se oía el hipo de la
_Paloma_ en el cuarto de al lado.
El _Valencia_ palideció de tal modo al comprender la decisión de
Leandro, que su cara quedó azulada, los ojos se le dilataron y le
castañetearon los dientes. Al primer envite retrocedió, pero quedó en
guardia; luego el miedo pudo más que él y huyó, sin pensar ya en atacar,
derribando los bancos, y Leandro, ciego, con una sonrisa de crueldad en
los labios, le persiguió implacablemente.
El espectáculo era triste y penoso; todos los partidarios del matón
comenzaban a mirarle con sorna.
--_Menúo_ canguelo _ties_, gachó--gritó el _Pastiri_--. Pareces un
saltamontes. ¡Anda ahí, barbián! ¡Que te la _diñan_! Si no te retiras
pronto te meten un palmo _jierro_ en el cuerpo.
Una de los golpes de Leandro rasgó la chaqueta del matón.
Entonces éste, poseído del mayor pánico, se refugió detrás del
mostrador; los ojos desencajados reflejaban un terror espantoso.
Leandro, despreciativo e insolente, quedó parado en medio de la taberna,
y tirando del muelle de su navaja la cerró. Un murmullo de admiración
salió de los espectadores.
El _Valencia_ lanzó un grito de dolor, como si le hubieran herido; su
honra, su fama de valiente, quedaba por los suelos; desesperado se
acercó a la puerta de la trastienda y miró a la tabernera anhelante.
Esta debió de entenderle, porque le dió una llave y el _Valencia_ se
escabulló. Pero de pronto volvió a abrirse con rapidez la puerta de la
trastienda, y apareció en ella el matón de nuevo, y blandiendo su largo
cuchillo por la punta, lo lanzó furioso a la cara de Leandro. Pasó el
arma zumbando por el aire como una terrible flecha y quedó temblando
clavado en la pared.
Leandro se levantó al momento, pero el _Valencia_ había desaparecido.
Entonces, repuesto el mozo de la impresión, desclavó la navaja con
calma, la cerró y se la entregó a la tabernera.
--Cuando no se sabe hacer uso de estas cosas--la dijo con petulancia--,
no se deben emplear. Adviértaselo usted así a ese señor cuando le vea.
La tabernera contestó con un gruñido, y Leandro se sentó a recibir
felicitaciones por su valor y sangre fría; todos querían obsequiarle.
--El _Valencia_ empezaba a molestar demasiado--dijo uno--. Daba el pego
todas las noches; y se lo pasaban por ser quien era; pero ya estaba
molestando.
--Claro--repuso otro de los jugadores, un viejo sombrío escapado de
Ceuta, que tenía un aire de zorro--. Porque un hombre, cuando _tie_ lado
izquierdo, echa los negros a la manta--e hizo ademán de coger con los
dedos las monedas de encima de la mesa--y se _naja_.
Pero si ese _Valencia_ es un blanco--dijo el _Pastiri_ con su voz
estropajosa--. Un boceras, que no _tie_ media _bofetá_.
--Pues él se había _empalmao_ en seguida. ¡Por si acaso!--repuso el
_Besuguito_ con su voz extraña, imitando la actitud del que va a atacar
con una navaja.
--¿Y qué? ¿Y qué?--repuso el _Pastiri_--. Yo te digo que es un _pipi_ y
que no _pue_ con la _jinda_ que tiene.
--Bueno; pero él se rascaba y echaba cada derrote...--añadió el
cordonero.
--¡Que se rascaba! Pero, ¡qué cacho de primo! ¿Tú lo has visto?
--Y bien.
--Pero, ¡qué vas a ver tú, si estás _cheo_!
--Ya quisieras estar tan fresco como yo, ¡bah!
--¡Pero si no puedes con la tajada que llevas!
--Calla, calla, tú sí que no puedes con la curda; yo te digo que si se
descuida aquí--y el _Besuguito_ señaló a Leandro--, con los viajes que
le ha tirado malamente, le moja.
--¡Magras!
--Es una opinión, hombre.
--Tú no opinas aquí ni _na_--exclamó Leandro--. Tú te vas a tomar el
fresco y te callas. El _Valencia_ es más blanco que el papel; lo que
dice el _Pastiri_, eso. Muy valiente para explotar a los _sarasas_ como
tú y a los chavalejos de mal vivir...; pero cuando se encuentra con un
tío que los tiene bien puestos, ¿qué? _Na_, que es un ganguero más
blanco que el papel.
--Es verdad--asintieron todos.
Y _menúo abucheo_ que le vamos a dar a ese gachó--dijo el presidiario
cumplido--, si viene aquí a cobrar el barato.
--¡La pértiga!--exclamó el _Pastiri_.
--Bueno, señores; ahora yo convido--dijo Leandro--, porque tengo dinero,
y porque sí--y sacó unas monedas del bolsillo y dió con ellas en la
mesa--. Tabernera, unas tintas.
--Ya van.
--¡Manuel! ¡Manuel!--gritó después Leandro varias veces--. Pero, ¿dónde
está ese chaval?...