Fueron los dos al mesón, colocado en un paseo a aquellas horas desierto.

Era una casa grande, con un zaguán a estilo de pueblo y un patio lleno

de carros. Preguntaron a un muchacho. El _Tabuenca_ acababa de

llegar--les dijo--. Entraron en el zaguán, iluminado por un farol. Allí

había un hombre.

--¿Vive aquí uno a quien llaman el _Tabuenca_?--preguntó Roberto.

--Sí. ¿Qué hay?--dijo el hombre.

--Pues que quisiera hablarle.

--Puede usté hablar, porque el _Tabuenca_ soy yo.

Al volverse éste, la luz del farol de petróleo, colgado en la pared, le

dió en la cara, y Roberto y Manuel le miraron con extrañeza. Era un tipo

apergaminado, amarillento; tenía una nariz absurda, una nariz arrancada

de cuajo y substituída por una bolita de carne. Parecía que miraba al

mismo tiempo con los ojos y con los dos agujeros de la nariz. Estaba

afeitado, vestido decentemente y con una boina de visera verde.

El hombre oyó con displicencia lo que le indicó Roberto; después

encendió un cigarro y tiró lejos el fósforo. A causa, sin duda, de la

exigüidad de su órgano nasal, se veía en la necesidad de tapar con los

dedos las ventanas de la nariz para poder fumar.

Roberto creyó que el hombre no había entendido su pregunta, y la repitió

dos veces. El _Tabuenca_ no hizo caso; pero, de repente, presa de la

mayor indignación, tiró el cigarro con furia y empezó a blasfemar con

una voz gangosa, una voz de gaviota, y a decir que no comprendía por qué

le molestaban con cosas que a él no le importaban nada.

--No chille usted tanto--le dijo Roberto, molestado con aquella

algarabía--; van a creer que hemos venido a asesinarle a usted, lo

menos.

--Chillo, porque me da la gana.

--Bueno, hombre, bueno; chille usted lo que quiera.

--A mí no me dices tú eso, porque te ando en la cara--gritó el

_Tabuenca_.

--¿Usted a mí?--replicó riéndose Roberto--; y añadió dirigiéndose a

Manuel--: Me hacen la santísima los hombres sin nariz, y a este tío

chato le voy a dar un disgusto.

Se retiró el _Tabuenca_, decidido, y salió al poco rato con un bastón de

estoque, que desenvainó; Roberto buscó por todas partes algo para

defenderse, y encontró una vara de un carretero; el _Tabuenca_ tiró una

estocada a Roberto, y éste la paró con la vara; volvió a tirarle otra

estocada, y Roberto, al pararla, rompió el farol del portal y quedaron a

obscuras. Roberto comenzó a hacer molinetes con su vara, y debió de dar

una vez a el _Tabuenca_ en algún sitio delicado, porque el hombre empezó

a gritar horriblemente:

--¡Asesinos! ¡Asesinos!

En esto se presentaron unas cuantas personas en el zaguán, y entre ellas

un arriero gordo, con un candil en la mano.

--¿Qué pasa?--preguntó.

--Estos asesinos, que me quieren matar--gritó el _Tabuenca_.

--No hay nada de eso--repuso Roberto con voz tranquila--, sino que hemos

venido a preguntarle una cosa a este tío, y, sin saber por qué, ha

empezado a gritar y a insultarme.

--Y te andaré en la cara--interrumpió el _Tabuenca_.

--Pues venga usted de una vez; no se quede con las ganas--replicó

Roberto.

--¡Granuja! ¡Cobarde!

--Usted sí que es cobarde. Tiene usted tan pocos riñones como poca

nariz.

El _Tabuenca_ engarzó una porción de insultos y blasfemias, y, volviendo

la espalda, se fué.

--¿Y a mí quién me paga el farol?--preguntó el arriero.

--¿Cuánto vale?--dijo Roberto.

--Tres pesetas.

--Ahí van.

Ese _Tabuenca_ es un boceras--dijo el arriero del candil, al recibir el

dinero--. ¿Y qué es lo que querían ustedes?

--Preguntarle por una mujer que vivió aquí hace años y que era

volatinera.

--Eso, don Alonso, el _Titiri_, quizá lo sepa. Si quieren, díganme

ustedes adónde van, y yo le encargaré al _Titiri_ que les busque.

--Bueno; pues dígale usted que le esperamos en el café de San Millán, a

las nueve--dijo Roberto.

--¿Y cómo le vamos a conocer a ese hombre?--preguntó Manuel.

--Es verdad--dijo Roberto--; ¿cómo le vamos a conocer?

--Muy fácilmente. Él suele andar, de noche, por los cafés con un aparato

de esos para oír canciones.

--¿Un fonógrafo?

--Eso es.

En esto apareció en el portal una vieja, que vino gritando:

--¿Quién ha sido el hijo de la grandísima perra que ha roto el farol?

--Calla, calla--le contestó el arriero--, que está todo arreglado.

--¡Hala, vamos!--dijo Manuel a Roberto.

Los dos salieron de la posada y echaron a andar de prisa. Entraron en el

café de San Millán. Roberto pidió de cenar. Manuel conocía al _Tabuenca_

de verle por las rondas, y explicó a Roberto la clase de tipo que era

mientras cenaban.

El _Tabuenca_ vivía de una porción de artificios construídos por él.

Cuando notaba que el público se cansaba de una cosa, sacaba otra al

mercado, y así iba tirando. Uno de estos artificios era una rueda de

barquillero, que daba vueltas por un círculo de clavos, entre los cuales

había escritos números y pintados colores. Esta rueda la llevaba su

dueño en una caja de cartón, que tenía dos tapas, divididas en cuadritos

con números y colores, donde se apuntaba, y que correspondían a los

números puestos alrededor de los clavos. Solía llevar el _Tabuenca_ en

una mano la caja cerrada y en la otra una mesita de tijera. Colocaba sus

trastos en el rincón de una calle, hacía girar la rueda y, con una voz

gangosa, murmuraba:

--¡Ande la reolina! Hagan juego, señores... Hagan juego. Número o

color... número o color... hagan juego.

Cuando había ya bastantes puestas, lo que era frecuente, daba el

_Tabuenca_ a la rueda del barquillero, diciendo al mismo tiempo su

frase: «¡Ande la reolina!» Saltaba la ballena en los clavos, y antes que

se detuviera, ya sabía el hombre el número y el color que ganaban, y

decía: «El siete encarnado», o «el cinco azul», y siempre acertaba...

Mientras Manuel hablaba, Roberto parecía pensativo.

--¿Ves?--dijo de pronto--estas dilaciones son las que aburren; se tiene

un caudal de voluntad en billetes, en onzas, en grandes unidades, y se

necesita la energía en céntimos, en perros chicos. Lo mismo sucede con

la inteligencia; por eso fracasan muchos ambiciosos, inteligentes y

enérgicos. Les falta las fracciones, les falta también, en general, el

talento para disimular sus fuerzas. Poder ser estúpido en algunas

ocasiones, sería más útil probablemente que poder ser discreto en otras

tantas.

Manuel, que no comprendía el motivo de aquel chaparrón de frases, se

quedó mirando atónito a Roberto, quien volvió a sumirse en sus

cavilaciones.

Permanecieron los dos silenciosos largo tiempo, cuando entró en el café

un hombre alto, flaco, de pelo entrecano y bigote gris.

--¿Será este el _Titiri_, ese don Alonso?--preguntó Roberto.

--Quizá.

El hombre flaco pasó por delante de todas las mesas, mostrando una

cajita, y diciendo: «Novedé, novedé».

Iba a salir cuando le llamó Roberto.

--¿Usted vive en el mesón del Cuco?--le preguntó.

--Sí, señor.

--¿Es usted don Alonso?

--Para servirle.

--Pues le estábamos esperando. Siéntese usted; tomará usted café con

nosotros.

El hombre se sentó. Tenía un aspecto cómico, mezcla de humildad, de

fanfarronería y de jactancia triste. Miró el plato que acababa de dejar

Roberto, en donde quedaba todavía un trozo de carne asada.

--Perdón--le dijo a Roberto--. ¿Usted no piensa concluir este trozo?

¿No? Entonces... con su permiso--y cogió el plato, el tenedor y el

cuchillo.

--Le traerán a usted otro bisteck--dijo Roberto.

--No, no. Si es un capricho; me ha parecido que esta carne debía estar

buena. ¿Me quieres dar un pedazo de pan?--añadió, dirigiéndose a

Manuel--.Gracias, joven, muchas gracias.

Tragó el hombre la carne y el pan en un momento.

--¿Qué? ¿Queda un poco de vino?--preguntó, sonriendo.

--Sí--contestó Manuel, vaciando la botella en la copa.

--_Ol rait_--dijo el hombre al bebería--. ¡Señores! A su disposición.

Creo que querían preguntarme algo.

--Sí.

--Pues a su disposición. Me llamo Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.

Aquí donde me ven ustedes, he sido director de un circo en América, he

viajado por todas las tierras y todos los mares del mundo; ahora estoy

sufriendo un temporal deshecho; por las noches ando de café en café con

este fonógrafo, y por la mañana llevo un juego de esos de martingala,

que consiste en una torre _Infiel_ con un espiral. Por debajo de la

torre hay un cañón con resorte que lanza una bola de hueso por la

espiral arriba, y cae luego en un tablero lleno de agujeros y de

colores. Esa es mi vida. ¡Yo! ¡El director de un circo ecuestre! He

venido a parar en esto, en ayudante del _Tabuenca_. ¡Qué cosas se ven en

el mundo!

--Quería yo preguntarle--interrumpió Roberto--si por haber vivido en el

mesón del Cuco conocía usted a una tal Rosita Buenavida, volatinera.

--¡Rosita Buenavida! ¿Dice usted que esa mujer se llamaba Rosita

Buenavida?... No, no recuerdo... Tuve en mi compañía una Rosita, pero no

se llamaba Buenavida; mejor se hubiera llamado Mala vida y costumbres.

--Quizá varió de apellido--dijo Roberto impacientado--. ¿Qué edad tenía

la Rosita que conoció usted?

--Pues le diré a usted; yo fuí a París el sesenta y ocho, contratado al

circo de la Emperatriz. Yo era entonces contorsionista, y en los

carteles me llamaban el _Hombre-Boa_; luego me hice malabarista, y

adopté el nombre de don Alonso. Alonso es mi nombre. A los cuatro meses,

Pérez y yo, Pérez ha sido el gimnasta más grande del mundo, fuimos a

América, y dos o tres años después conocía a Rosita, que entonces

tendría veinticinco o treinta.

--De manera que la Rosita que usted dice tendría ahora sesenta y

tantos--dijo Roberto--; la que yo busco tendrá a lo más treinta.

--Entonces no es ella. ¡Caramba, cuánto lo siento!--murmuró don Alonso,

agarrando el vaso de café con leche y llevándoselo a los labios, como si

tuviera miedo de que se lo fuesen a quitar--. ¡Y qué bonita era aquella

chiquilla! Tenía unos ojos verdes como los de un gato. Una monada, una

verdadera monada.

Roberto había quedado pensativo; don Alonso prosiguió hablando,

dirigiéndose a Manuel:

--No hay vida como la del artista de circo--exclamó--. No sé la

profesión de ustedes, y no quiero rebajarla; pero donde esté el arte...

¡Aquel París, aquel circo de la Emperatriz, no los olvidaré nunca!

Verdad es que Pérez y yo tuvimos suerte: hicimos furor allá, y no digo

nada lo que eso supone. ¡Oh! Era una cosa... Una noche, después de

trabajar, se encontraba uno con un recado: «Se le espera en el café

tal». Iba uno allá y se encontraba uno con una mujer de la _jai laif_,

una mujer caprichosa, que convidaba a cenar... y a todo lo demás. Pero

vinieron otros gimnastas al circo de la Emperatriz; nosotros dejamos de

ser novedad, y el empresario, un yanqui que tenía una porción de

compañías, nos dijo a Pérez y a mí si queríamos ir a Cuba.

_Alante_--dije yo--, _Ol rait_.

--¿Ha estado usted en Cuba?--preguntó Roberto, saliendo de su

abstracción.

--¡He estado en tantos sitios!--contestó, con aire de superioridad, el

antiguo _Hombre-Boa_--. Nos embarcamos en el _Abre_--siguió diciendo don

Alonso--en un barco que se llamaba la _Navarr_, y estuvimos en La Habana

durante unos ocho meses; trabajando allí, nos salió un negocio de una

lotería, y Pérez y yo ganamos veinte mil pesos oro.

--¡Veinte mil duros!--dijo Manuel.

--¡Cabalito! A la semana siguiente ya los habíamos perdido, y nos

encontrábamos Pérez y yo sin un centavo. Pasábamos unos días

alimentándonos de guayaba y de ñame, hasta que encontramos en el muelle

de La Habana unos gimnastas que estaban más arruinados que el verbo y

nos reunimos a ellos. Era gente que no trabajaba mal; había acróbatas,

_clauns_, pantomimistas, barristas y una _equiyer_ francesa; formamos

una compañía e hicimos una _turné_ por los pueblos de la isla; pero una

_turné_ morrocotuda. ¡Cómo nos obsequiaban en aquella tierra! «Pase, mi

amigo, y tomará una copa». «Muchísimas gracias». «No me desaire el

_señó_; _vamo a tomá_ una copa en _eta_ cantina, ¿no?...» Y la bebida

andaba que era un gusto. Como yo era el único de la cuadrilla que sabía

hacer cuentas, he tenido educación--añadió don Alonso--, mi padre fué

militar, me nombré director. En uno de los pueblos reforcé la compañía

con una bailarina y un Hércules. La bailarina se llamaba Rosita

Montañés; de ésta me he acordado cuando me hablaban ustedes de esa

Rosita que buscan. La Montañés era española y estaba casada con el

Hércules, un italiano, Napoleó Pitti, de nombre. El matrimonio llevaba

como secretario a un galleguito muy inteligente, pero detestable como

artista, y la Rosita y él se la pegaban al Hércules. No era esto

difícil, porque Napoleó era uno de los hombres más brutos que he

conocido; como fuerte no había otro: tenía una espalda como una pared

maestra; las orejas aplastadas por los puñetazos del boxeo; era un

barbarote, y es lo que se dice: «al hombre por la palabra y al buey por

el asta»; y el galleguito le llevaba al Hércules por el asta. El

condenado marusiño me engañó a mí también, aunque no como al Hércules,

pues siempre he sido soltero, gracias a Dios, parte por aprensión y

parte por cálculo; y mujeres no me han faltado--dijo don Alonso, con

jactancia.

¿En qué iba? ¡Ah, sí! Yo no sabía el inglés; la condenada lengua esa,

aunque no es muy difícil, no me entraba; tenía necesidad de un

intérprete, y nombré al gallego secretario de la compañía y taquillero.

Así, juntos, estuvimos cerca de un año, y al cabo de este tiempo

llegamos a una isla inglesa que está cerca de la Jamaica. El gobernador

de la isla, un inglés más barbián que el mundo, con unas patillas que

parecían de fuego, me llamó al desembarcar; y como no había sitio para

que trabajáramos nosotros, habilitó la escuela municipal, que era un

palacio, y mandó tirar todos los tabiques y hacer la pista y las gradas.

En el pueblo sólo los negros iban a aquella escuela; y estas criaturas,

¿para qué quieren saber leer y escribir?

Llevábamos allá un mes, y, a pesar de que no pagábamos el local, de que

solía estar lleno todas las tardes, y de que no teníamos apenas gastos,

no ganábamos. ¿En qué consistirá?--me decía yo continuamente--. Un

misterio.

--¿Y en qué consistía?--preguntó Manuel.

--Ahora voy. Antes hay que explicar que el gobernador de las patillas

rojas se enamoró de la Rosita, y, sin andarse por las ramas, se la llevó

a su palacio. El pobre Hércules mugía, rompía los platos con los dedos y

desahogaba su dolor y su rabia haciendo barbaridades.

El gobernador, muy campechano, nos invitaba al galleguito y a mí a su

palacio, y allí, en un jardín que tenía con cedros y palmeras, solíamos

preparar el programa de las funciones y nos entreteníamos en tirar al

blanco, mientras fumábamos unos tabacos admirables y bebíamos copas de

ron. Hacíamos la corte a Rosita, y ella se reía como una loca, y bailaba

el tango, la cachucha y el vito, y le faltaba al inglés una barbaridad

de veces; un día me dijo el gobernador, que me trataba como a un amigo:

«Ese secretario de usted le roba.» «Creo que sí», le contesté. «Esta

noche tendrá usted la prueba».

Concluímos la función; me fuí a casa, cené e iba a acostarme, cuando

viene un negrito y me dice que le siga; bueno: lo hago; salimos los dos:

nos acercamos al circo, y en una cantina próxima veo al gobernador y al

jefe de policía del pueblo. Hacía una noche de luna muy hermosa; en la

cantina no había luz; esperamos, y esperamos, y de pronto aparece un

bulto, y se cuela por una ventana del circo. «_For uer_»--murmuró el

gobernador--. Esto quiere decir: _¡Alante!_--añadió don Alonso.

Nos acercamos los tres, y por la misma ventana pasamos sin hacer ruido;

llegamos, de puntillas, al portal de la antigua escuela, que hacía de

vestíbulo del circo, y que era donde estaba la taquilla, y vemos al

secretario con una linterna en la mano, registrando la caja. «--¡Alto a

la autoridad!»--gritó el gobernador--, y, con el revólver que llevaba en

la mano, disparó un tiro al aire. El secretario quedó paralizado

mirándonos; el gobernador entonces le apuntó con el arma al pecho y

volvió a disparar a boca de jarro; el hombre vaciló, dió una vuelta en

el aire y cayó muerto.

El gobernador estaba celoso, y la verdad es que la Rosita le quería al

secretario. Yo no he visto en mi vida un dolor tan grande como el de

aquella mujer cuando encontró a su amante muerto. Lloraba y se

arrastraba dando unos lamentos que partían el alma. Napoleó lloró

también.

Enterramos al secretario, y a los cuatro o cinco días del entierro nos

comunicó el jefe de policía de la isla que la escuela no podía estar más

tiempo haciendo de circo, y que nos fuéramos. Obedecimos la orden,

porque no había más remedio, y durante un par de años estuvimos andando

por pueblos del centro de América del Yucatán y de Méjico, hasta que en

Tampico se deshizo la compañía. Como allá no había medio de trabajar,

Pérez y yo nos embarcamos para Nueva Orleáns.

--Hermoso pueblo, ¿eh?--dijo Roberto.

--Hermoso ¿Ha estado usted allí?

--Sí.

--Hombre, ¡cuánto me alegro!

--Qué río, ¿eh?

--¡Un mar! Pues voy a mi historia. La primera vez que trabajamos en la

ciudad, señores, ¡qué éxito! El circo era más alto que una iglesia; yo

le dije al carpintero: «--Pon el trapecio nuestro lo más alto posible»;

y después de hacer esta recomendación me fuí a comer.

En nuestra ausencia llegó al circo el empresario y preguntó: «--¿Es que

los gimnastas españoles quieren trabajar a esa altura?» «--Eso han

dicho»--le contestó el carpintero. «--Que les avisen que no quiero ser

responsable de una barbaridad semejante».

Estábamos Pérez y yo en el hotel, y nos dan el recado de que fuéramos en

seguida al circo. «--¿Qué pasará?»--me preguntó mi compañero. «--Ya

verás--le dije yo--cómo nos van a exigir que bajemos el trapecio».

Efectivamente; vamos Pérez y yo al circo, y le vemos al empresario. Era

eso lo que quería. «--Nada--le dije--aunque venga el mismísimo

presidente de la República de los Estados Unidos con su señora madre, no

bajo el trapecio ni una pulgada». «--Pues se le obligará a usted». «--Lo

veremos.» Llamó el empresario a uno de policía; le enseñé yo a éste el

contrato, y me dió la razón: me dijo que mi compañero y yo teníamos el

perfecto derecho de rompernos la cabeza...

--¡Qué país!--murmuró irónicamente Roberto.

--Tiene usted razón--dijo en serio don Alonso--. ¡Qué país! ¡Eso es

adelanto!

Por la noche, en el circo, antes de debutar, estábamos Pérez y yo oyendo

los comentarios del público. «--Pero esos españoles, ¿van a trabajar a

esa altura?»--se preguntaba la gente. «--Se van a matar». Nosotros tan

tranquilos, sonriendo.

Ibamos a salir a la pista, cuando se nos acerca un señor de sotabarba

marinera, sombrero de copa de alas planas y carrick, y gangueando mucho,

nos dice que nos podía suceder una desgracia trabajando tan alto, y

que, si queríamos, podíamos asegurar la vida, para lo cual no había mas

que firmar unos papeles que llevaba en la mano. ¡Cristo! Me quedé

muerto; sentí ganas de estrangular al tío aquel.

Temblando y haciendo de tripas corazón salimos Pérez y yo a la pista.

Tuvimos que darnos colorete. Llevábamos un traje azul cuajado de

estrellas plateadas; una alusión a la bandera del _Unichs Steis_;

saludamos, y arriba por la cuerda.

Al principio, yo creí que me caía; se me iba la cabeza, me zumbaban los

oídos; pero con los primeros aplausos se me olvidó todo, y Pérez y yo

hicimos los ejercicios más difíciles con una precisión admirable. El

publicó aplaudía a rabiar. ¡Qué tiempos!

Y el viejo gimnasta sonrió; luego hizo una mueca de amargura; se le

humedecieron los ojos; parpadeó para absorber una lágrima, que escapó al

fin y corrió por la mejilla terrosa.

--Soy un tonto; no lo puedo remediar--murmuró don Alonso para explicar

su debilidad.

--¿Y siguieron ustedes en Nueva Orleáns?--preguntó Roberto.

--Allí--contestó don Alonso--nos contrató a Pérez y a mí una gran

empresa de circos de _Niu Yoc_, que tenía veinte o treinta compañías

andando por toda América. Ibamos en un tren especial todos los

gimnastas, bailarinas, _equiyeres_, acróbatas, pantomimistas, _clauns_,

contorsionistas, Hércules... La mayoría eran italianos y franceses.

--Habría mujeres guapas, ¿eh?--dijo Manuel.

--¡Uf..., así...--contestó don Alonso uniendo sus dedos--. ¡Mujeres con

unos músculos!... Era una vida como no hay otra--añadió volviendo a su

tema melancólico--. Se tenía dinero, mujeres, trajes... y, sobre todo,

la gloria, el aplauso...

Y el gimnasta quedó entusiasmado, mirando fijamente a un punto.

Roberto y Manuel le contemplaban con curiosidad.

--Y a la Rosita, ¿no la volvió usted a ver más?--preguntó Roberto.

--No; me dijeron que se había divorciado de Napoleó para casarse de

nuevo en _Beustón_ con un millonario del Oeste. Las mujeres... ¿Quién se

fía de ellas?... Pero, señores, son las once. Perdonen ustedes; me tengo

que marchar. ¡Muchas gracias! ¡Muchísimas gracias!--murmuró don Alonso

apretando con efusión la mano de Roberto y la de Manuel--. Ya nos

veremos otra vez ¿verdad?

--Sí; nos veremos--contestó Roberto.

Don Alonso cogió su fonógrafo en la mano y pasó por entre las mesas

repitiendo su frase: _¡Novedé! ¡Novedé!_ Luego, después de saludar

nuevamente a Roberto y a Manuel, desapareció.

--Nada, no se averigua nada--murmuró Roberto--. Vaya, adiós; hasta otro

día.

Manuel quedó solo, y pensando en las historias de don Alonso y en los

misterios de Roberto, se fué al Corralón a acostarse.

CAPÍTULO VII

LA «KERMESSE» DE LA CALLE DE LA PASIÓN.--EL «LECHUGUINO».--UN CAFÉ

CANTANTE.

LA _kermesse_ de la calle de la Pasión fué esperada por Leandro con

ansiedad. Otros años había acompañado a la Milagros a la verbena de San

Antonio y a las del Prado; bailó con ella, la convidó a buñuelos, la

regaló un tiesto de albahaca; aquel verano la familia del _Corretor_

parecía tener empeño decidido de apartar a la Milagros de Leandro. Este

se enteró de que su novia y su madre pensaban ir a la _kermesse_, y se

agenció dos billetes, y anunció a Manuel que los dos se presentarían

allá.

Efectivamente: fueron una noche de agosto, que hacía un calor horrible;

un vaho denso y turbio llenaba las calles de las cercanías del Rastro,

adornadas e iluminadas con farolillos a la veneciana.

Se celebraba la fiesta en un solar grande de la calle de la Pasión.

Entraron Leandro y Manuel: la música del Hospicio tocaba una habanera.

El solar, alumbrado con arcos voltaicos, estaba adornado con cintas,

gasas y flores artificiales, que partían como radios de un poste del

centro e iban hasta los extremos. Frente a la puerta de entrada había

una caseta de tablas, recubierta con percalina roja y amarilla, y una

porción de banderas españolas: era la tómbola.

Leandro y Manuel se sentaron en un rincón y esperaron. El corrector y su

familia llegaron pasadas las diez; la Milagros estaba muy bonita: vestía

traje claro con dibujos azules, pañuelo de crespón negro y zapato

blanco. Iba un poco escotada hasta el nacimiento del cuello, terso y

redondo.

En aquel momento la banda del Hospicio tocaba a trompetazos el scottish

de _Los Cocineros_, y Leandro, emocionado, invitó a bailar a la

Milagros. La muchacha hizo un gestillo de enfado.

--A ver si me manchas el traje nuevo--murmuró, y se puso el pañuelo en

la cintura.

--Si bailas con otro también te manchará--contestó Leandro humildemente.

La Milagros no hizo caso: bailaba cogiéndose la falda con una mano,

contestando de una manera displicente y por monosílabos.

Concluyó el scottish, y Leandro invitó a la familia a ir al ambigú. A la

derecha de la puerta había dos escalinatas adornadas, que conducían a

otro solar a un nivel de seis o siete metros más alto del sitio donde se

celebraba el baile. En una de las escaleras, llenas de banderas

españolas, había un letrero, sostenido por un poste, donde ponía:

«Subida al ambigú»; en la otra: «Bajada del ambigú».

Subieron todos la escalera. El ambigú era un sitio espacioso, con

árboles, alumbrado por globos eléctricos, que colgaban de gruesos

cables. Sentados a las mesas, una multitud abigarrada hablaba a gritos,

palmoteaba y reía.

La lucha por la vida: La busca · 第 6 / 14 段