A los dos o tres meses de estancia en el Corralón, Manuel se hallaba tan

acostumbrado a su trabajo y a su vida, que no comprendía que pudiese

hacer otra cosa. No le daban aquellas barriadas miserables la impresión

de tristeza sombría y adusta que producen al que no está acostumbrado a

vivir en ellas; al revés, se le antojaban llenas de atractivos. Conocía

a casi toda la gente del barrio. Vidal y él se escapaban de casa con

cualquier pretexto, y los domingos se reunían con el _Bizco_ en casa del

Cabrero, y marchaban por los alrededores: a las Injurias, a las

Cambroneras, a las ventas de Alcorcón, al Campamento y a los ventorros

del camino de Andalucía, en donde se juntaban con merodeadores y randas,

y jugaban con ellos al cané o a la rayuela.

A Manuel no le gustaba la compañía del _Bizco_; éste no quería reunirse

mas que con ladrones. A Manuel y a Vidal constantemente los llevaba a

sitios donde pululaban bandidos y tipos de mala traza, pero Manuel no se

decidía a oponerse a lo que pensaba Vidal.

El lazo de unión entre Manuel y el _Bizco_ era Vidal. El _Bizco_ odiaba

a Manuel y éste sentía odio y repugnancia por el _Bizco_ y no le

ocultaba su repulsión. Era un bruto, una alimaña digna de exterminio.

Lujurioso como un mono, había forzado algunas chiquillas de la casa del

Cabrero a puñetazos; solía robar a su padre, un miserable tejedor de

caña, dinero para ir a algún bajo prostíbulo de las Peñuelas o de la

calle de la Chopa, en donde encontraba mujeronas pintarrajeadas, con la

colilla en los labios, que a él le parecían princesas. Su cráneo

estrecho, su mandíbula fuerte, su morro, la mirada torva, le daban un

aspecto de brutalidad y animalidad repelentes. Hombre primitivo, afilaba

su puñal, comprado en el Rastro, y lo guardaba como una cosa sagrada. Si

cogía a algún gato o perro por su cuenta, lo mataba a pinchazos, gozando

en martirizar al animal. Hablaba torpemente, rellenando sus frases con

barbaridades y blasfemias.

No se sabe quién indujo al _Bizco_ a tatuarse los brazos, o si la idea

se le ocurrió a él; probablemente el tatuaje, visto en alguno de los

bandidos con quien se juntaba, le induciría a él a hacer lo mismo. Vidal

le imitó, y los dos se dedicaron en una época a tatuarse con entusiasmo.

Se pinchaban con un alfiler hasta hacerse un poco de sangre y después

mojaban las heridas con tinta.

El _Bizco_ se pintó cruces, estrellas y nombres en el pecho; Vidal, a

quien no le gustaba pincharse, puso su nombre en un brazo y el de su

novia en el otro; Manuel no quiso marcarse, primeramente, porque le daba

miedo la sangre, y además porque la idea se le había ocurrido al

_Bizco_.

Sentían los dos, uno para el otro, una hostilidad sorda.

Manuel, siempre en acecho, se encontraba dispuesto a hacerle frente; el

_Bizco_, sin duda, notaba el desprecio y el odio en los ojos de Manuel,

y esto le confundía.

Para Manuel, la superioridad de un hombre estaba en el talento y, sobre

todo, en la maña; para el _Bizco_, el valor y la fuerza constituían las

únicas cualidades envidiables: el mérito mayor para él era ser muy

bruto, como decía con entusiasmo.

Por esta condición de habilidad y de maña, que Manuel en tanta estima

tenía, admiraba a los Rebolledos, padre e hijo, los cuales habitaban

también en el Corralón. Rebolledo padre, contrahecho de cuerpo, enano y

jorobado, barbero de oficio, solía afeitar al sol en la Ronda, cerca del

Rastro. Tenía el tal enano una cara muy inteligente, ojos profundos;

gastaba bigote y patillas, y melena azulada y grasienta. Vestía de luto;

en verano y en invierno llevaba gabán, y no se sabe por qué misterios de

la química, el gabán negro verdeaba ostensiblemente, mientras que el

pantalón, también negro, tiraba a rojo.

Por las mañanas, Rebolledo salía del Corralón cargado con un banco y una

palomilla de madera, de la que colgaba una bacía de azófar y un rótulo.

Al llegar a un punto de la tapia de las Américas, sujetaba la palomilla

y a su lado el rótulo, un anuncio humorístico, cuya gracia,

probablemente, sólo él comprendía, y que cantaba así:

BARBERÍA MODERNISTA

_Barbería Antisética._

_Pasar cabayeros, Reboyedo afeita

y

da dinero._

Los Rebolledos, padre e hijo, eran muy habilidosos; hacían juguetes de

alambre y de cartón, que vendían luego a los vendedores de las calles;

tenían su casa, un cuartucho del primer patio, convertido en taller, y

allí un tornillo de presión, un banco de carpintero y una serie de

baratijas rotas, sin aplicación, al parecer, posible.

Con esta frase indicaban en el Corralón el agudo ingenio de Rebolledo:

--Ese enano--decían--tiene en la cabeza un arca de Noé.

Rebolledo padre había construído para su uso particular una dentadura

postiza. Cogió un servilletero de hueso, lo cortó en dos partes

desiguales, y con la mayor de éstas, limando por un lado y por otro,

logró adaptársela a la boca. Luego, con una sierrecilla hizo los

dientes, y para imitar la encía recubrió una parte del antiguo

servilletero de lacre. Rebolledo se quitaba y se ponía la dentadura con

una maravillosa facilidad y comía con ella perfectamente, siempre que

tuviera qué, como decía él.

El hijo del enano, Perico de nombre, prometía ser más avispado aun que

el padre. Entre las hambres que pasaba y las tercianas pertinaces,

estaba flaco y de color de limón. No era contrahecho, como el padre,

sino esbelto, delgado, con los ojos brillantes y los movimientos vivos y

desordenados. Parecía, como suele decirse, un ratón debajo de una

escudilla.

Una de las pruebas de su ingenio era un apagavelas mecánico que había

construído con una caja de betún para limpiar las botas.

Sentía Perico un gran entusiasmo por las paredes blancas, y allí donde

encontraba alguna dibujaba con carbón procesiones de hombres, mujeres,

caballos y perros, casas echando humo, soldados, barcos en el mar, la

lucha de los hombres flacos con los hombres gordos, y otros pasos

igualmente divertidos.

La obra maestra de Perico en dibujo era el tríptico de Don Tancredo,

pintado al carbón en la callejuela de entrada de la Corrala. La obra

produjo la admiración y el asombro de todos los habitantes de la casa.

La primera parte del tríptico representaba al valiente sugestionador de

toros marchando a la plaza a caballo, en medio de un gran golpe de

jinetes; la leyenda decía: «Don Tancredo _ba_ a los toros». En la

segunda parte del tríptico, el _rey del valor_ estaba con su sombrero de

tres picos, cruzado de brazos frente a la fiera; la leyenda cantaba:

«Don Tancredo en su pedestal». Debajo del tercer dibujo se leía: «El

toro _uye_»; y la representación de esta última escena era admirable; se

veía escapar al toro como alma que lleva el diablo, por entre los

toreros, a los cuales se les veía la nariz de perfil y al mismo tiempo

la boca y los dos ojos de frente.

A pesar de sus triunfos, Perico Rebolledo no se envanecía ni se

consideraba superior a los hombres de su época; su mayor placer era

sentarse a lado de su padre en el patio de la Corrala, entre máquinas de

reloj viejas, manojos de llaves y otra porción de cosas negras y

descabaladas, y pensar y cavilar las aplicaciones de un cristal de unas

gafas, por ejemplo, o de un braguero, o del cuerpo de bomba de una

lavativa, o de cualquier otro trasto roto o descompuesto.

Padre e hijo pasaban la vida soñando maquinarias; para ellos no había

nada inservible: la llave que no abre puerta alguna; la cafetera de

viejo sistema, estrafalaria como un instrumento de física; el quinqué de

aceite con máquina, todo se guardaba, se descomponía y se utilizaba.

Rebolledo, padre e hijo, gastaban más ingenio para vivir miserablemente

que el que emplean un par de docenas de autores cómicos, de periodistas

y de ministros para vivir con esplendidez.

Amigos de Perico Rebolledo eran los Aristas, que luego intimaron con

Manuel.

Los Aristas, dos hermanos, hijos de una planchadora, estaban de

aprendices en una fundición de metales de la Ronda. El más pequeño de

los dos se pasaba la vida en una continua cabriola, dando saltos

mortales, encaramándose por los árboles, andando con los pies para

arriba y haciendo flexiones en todos los montantes de las puertas.

El hermano mayor, un muchacho zanquilargo y tartamudo, a quien llamaban

en broma el Aristón, era el chico más fúnebre del planeta; tenía una

necromanía aguda; todo lo relacionado con ataúdes, muertos, capillas

ardientes y cirios le entusiasmaba. Hubiera querido ser enterrador, cura

de una sacramental, guarda de un cementerio; pero su sueño, lo que más

le encantaba, era una funeraria; pensaba, como en un bello ideal, en las

conversaciones que debía de tener el amo de una tienda de pompas

fúnebres con el padre o con la viuda inconsolable, al ofrecerle coronas

de siemprevivas, al ir a tomar las medidas a un muerto, al pasearse

entre los ataúdes. Hacer cajas mortuorias de hombres, mujeres y chicos,

y acompañarles luego al cementerio. Para el Aristón, las cosas

relacionadas con la muerte eran las más importantes de la vida.

Por estos contrastes del destino, que casi siempre pone las etiquetas

cambiadas a las cosas y a los hombres, el Aristón estaba de comparsa en

un teatro del género chico, por consideración a su padre, que fué

tramoyista, y el tal oficio le disgustaba, porque en el teatro adonde

iba no se moría nadie en la escena, ni salía gente de luto, ni se

lloraba. Y mientras el Aristón no pensaba mas que en cosas fúnebres, el

otro hermano soñaba con circos y trapecios y volatineros, y esperaba que

alguna vez la suerte le proporcionaría el medio de cultivar sus

facultades de gimnasta.

CAPÍTULO V

LA TABERNA DE LA «BLASA»

LAS disputas frecuentes entre Leandro y su novia, la hija del

_Corretor_, servían muy a menudo de comidilla a los inquilinos de la

Corrala. Leandro era malhumorado y camorrista; se le despertaban los

instintos brutales rápidamente; a pesar de que casi todos los sábados,

por la noche, iba a las tabernas y cafetines dispuesto a armar broncas

con matones y gente cruda, no le había sucedido hasta entonces ningún

accidente desagradable. A su novia, en parte, le gustaba este valor;

pero a la madre de la Milagros le producía verdadera indignación, y

recomendaba a todas horas a su hija que diera a Leandro una despedida

terminante.

La muchacha despedía a su novio; pero luego, al verle volver humilde y

dispuesto a aceptar toda condición, se mostraba menos rigurosa.

Esta confianza en su fuerza hacía a la muchacha ser despótica,

caprichosa y voluble; se divertía dando celos a Leandro; había llegado a

un estado especial, mezcla de cariño y de odio, en el cual el cariño

quedaba dentro y el odio fuera, manifestándose en una crueldad sañuda,

en la satisfacción de mortificar constantemente a su novio.

--Un día lo que tú debías hacer--dijo el señor Ignacio a Leandro,

indignado con las coqueterías de la muchacha--es cogerla en un rincón y

allá hartarte..., y después darla una paliza y dejarla el cuerpo hecho

una breva...; al día siguiente te seguía como un perro.

Leandro, tan valiente con los matones, al lado de su novia resultaba un

doctrino; algunas veces pensó en el consejo de su padre; pero nunca

hubiese tenido ánimos para llevarlo a cabo.

Un sábado por la tarde, después de una agria disputa con la Milagros,

Leandro invitó a Manuel a dar una vuelta de noche en su compañía.

--¿Adónde iremos?--le preguntó Manuel.

--Al café de Naranjeros, o al cafetín de la Esgrima.

--Donde te parezca.

--Daremos una vuelta por esos _chabisques_ e iremos luego a la taberna

de la _Blasa_.

--¿Va por ahí gente del bronce?

--Claro que va, de lo más granado.

--Entonces avisaré a don Roberto, a aquel señorito que me vino a buscar

para ir a la Doctrina.

--Bueno.

--Después del trabajo fué Manuel a la casa de huéspedes y habló con

Roberto.

--Pasar por el café de San Millán a eso de las nueve de la noche--dijo

Roberto--; allí estaré yo con una prima mía.

--¿La va usted a llevar allá?--preguntó asombrado Manuel.

--Sí; es una mujer original, una pintora.

Manuel cenó en la Corrala y contó a Leandro lo que le había dicho

Roberto.

--¿Y esa pintora es guapa?--pregunto Leandro.

--No sé; no la conozco.

--¡Maldita sea la...! Daría cualquier cosa porque viniera, hombre.

--Y yo.

Fueron ambos al café de San Millán, se sentaron y esperaron con

impaciencia. A la hora indicada apareció Roberto con su prima, a la que

llamó Fanny. Era ésta una mujer de treinta a cuarenta años, muy delgada,

de mal color y de tipo varonil y distinguido; tenía algo de la belleza

desgarbada de un caballo de carrera; la nariz corva, la mandíbula larga,

las mejillas hundidas y los ojos grises y fríos. Vestía una chaqueta de

tafetán verde obscuro, falda negra y un sombrero pequeño.

Leandro y Manuel la saludaron con gran timidez y torpeza; dieron la mano

a Roberto, y hablaron.

--Mi prima--dijo Roberto--tiene gana de ver algo de la vida de estos

pobres barrios.

--Pues cuando ustedes quieran--contestó Leandro--. Eso sí, les advierto

a ustedes que hay mala gente por allá.

--¡Oh, yo voy prevenida!--dijo la dama con ligero acento extranjero,

mostrando un revólver de pequeño calibre.

Pagó Roberto, a pesar de las protestas de Leandro, y salieron todos del

café. Desembocaron en la plaza del Rastro, bajaron por la Ribera de

Curtidores hasta la ronda de Toledo.

--Si quiere ver la señora la casa donde vivimos nosotros, es ésta--dijo

Leandro.

Pasaron al interior del Corralón; un grupo de chiquillos y de viejas se

les acercó, asombrados de ver a aquellas horas a una mujer con tan

extrañas trazas, y acosaron a preguntas a Manuel y a Leandro. Este

quería que supiese la Milagros como había estado allí con una dama, y

fué acompañando a Fanny y enseñándola los cuchitriles del corralón.

--Aquí miseria es lo único que se ve--decía Leandro.

--¡Oh, sí, sí!--contestaba la dama.

--Ahora, si ustedes quieren, vamos a la taberna de la _Blasa_.

Salieron del Corralón hasta tomar el arroyo de Embajadores, y siguieron

a lo largo de la empalizada negra de un lavadero. Hacía una noche

obscura; empezaba a lloviznar. Tropezaron con la vía de circunvalación.

--Tengan ustedes cuidado--dijo Leandro--, que hay un alambre.

Le puso el pie encima. Cruzaron todos la vía y pasaron por delante de

unas casas blancas hasta entrar en el barrio de las Injurias.

Se acercaron a una casita baja con un zócalo obscuro; una puerta de

cristales rotos, empañados, compuestos con tiras de papel, iluminados

por una luz pálida, daba acceso a esta casa. En la opaca claridad de la

vidriera se destacaba a veces la sombra de alguna persona.

Abrió la puerta Leandro, y entraron todos. Un vaho caliente y cargado de

humo les dió en la cara. Un quinqué de petróleo, colgado del techo, con

una pantalla blanca, iluminaba la taberna, pequeña y de techo bajo.

Al entrar los cuatro, todos los concurrentes se les quedaron mirando con

expresión de extrañera; hablaron entre ellos y después siguieron unos

jugando, otros viendo jugar.

Fanny, Roberto, Leandro y Manuel se sentaron a la derecha de la puerta.

--¿Qué van a tomar?--dijo la mujer del mostrador.

--Cuatro quinces--contestó Leandro.

Llevó la mujer vasos en una bandeja sucia y los colocó en la mesa,

Leandro sacó sesenta céntimos.

--Son a diez--dijo la mujer en tono malhumorado.

--¿Por qué?

--Porque esto es el extrarradio.

--Bueno; cobre usted lo que sea.

La mujer dejó veinte céntimos en la mesa y volvió al mostrador. Era

ancha, tetuda, de obesidad enorme, con la cabeza metida entre los

hombros, con cinco o seis papadas en el cuello; despachaba de cuando en

cuando una copa, que cobraba de antemano, y hablaba poco, con

displicencia, con un gesto invariable del malhumor.

Tenía aquel hipopótamo malhumorado al lado derecho un depósito de hoja

de lata con su grifo para el aguardiente, y al izquierdo un frasco de

peleón y un jarro desportillado con un embudo negro encima, adonde

echaba el sobrante de las copas de vino.

La prima de Roberto sacó un frasco de esencias, lo ocultó en la mano

cerrada, y de vez en cuando aspiraba las sales.

Al otro lado de donde estaban Roberto, Fanny, Leandro y Manuel, un corro

de unos veinte hombres se amontonaban alrededor de una mesa jugando al

cané.

Cerca de ellos, acurrucadas en el suelo, junto a la estufa, recostadas

en la pared, se veían unas cuantas mujeres feas, desgreñadas, vestidas

con corpiños y faldas haraposas, sujetas a la cintura por cuerdas.

--¿Qué son estas mujeres?--preguntó la pintora.

--Son golfas viejas--contestó Leandro--de esas que van al Botánico y a

los desmontes.

Dos o tres de aquellas infelices llevaban en sus brazos niños de otras

mujeres que iban a pasar allí la noche; algunas dormitaban con la

colilla pegada en el extremo de la boca. Entre la fila de viejas había

algunas chiquillas de trece a catorce años, monstruosas, deformes, con

los ojos legañosos; una de ellas tenía la nariz carcomida completamente,

y en su lugar un agujero como una llaga; otra era hidrocéfala, con el

cuello muy delgado, y parecía que al menor movimiento se le iba a caer

la cabeza de los hombros.

--¿Tú has visto las tinajas que hay aquí?--preguntó Leandro a Manuel--,

Ven a verlas.

Se levantaron los dos y se acercaron al grupo de los jugadores. Uno de

éstos interrumpía el paso.

--¿Hace usted el favor?--le dijo Leandro con marcada impertinencia.

El hombre separó la silla malhumorado. Las tinajas no ofrecían nada de

particular; eran grandes, empotradas en la pared, pintadas de minio;

cada una de ellas llevaba un letrero de la clase de vino que contenía y

un grifo.

--Y ¿qué tiene esto de raro?--preguntó Manuel.

Leandro sonrió; volvieron a pasar por el mismo sitio, a molestar al

jugador y a sentarse en la mesa.

Roberto y Fanny hablaban en inglés.

--Ese a quien hemos hecho levantar--dijo Leandro--es el baratero de esta

taberna.

--¿Cómo se llama?--preguntó Fanny.

--El _Valencia_.

El aludido, que oyó su apodo, se volvió y contempló a Leandro; la mirada

de los dos se cruzó un momento desafiadora; el _Valencia_ desvió los

ojos y siguió jugando. Era hombre fuerte, corpulento, de unos cuarenta

años, de cara juanetuda, pelo rojizo y expresión de sarcasmo

desagradable. De vez en cuando echaba una mirada severa al grupo formado

por Fanny, Roberto y los otros dos.

--Y ese _Valencia_, ¿quién es?--preguntó la dama en voz baja.

--Es esterero de oficio--contestó Leandro alzando la voz--, un gandul

que saca las perras a los chavalejos de mal vivir; antes fué de los del

pote, de esos que van a las casas los domingos, llaman, y si ven que no

hay nadie, meten la palanqueta en la cerradura y crac... Pero ni para

eso tenía alma, porque es más blanco que el papel.

--Sería curioso averiguar--dijo Roberto--hasta qué punto la miseria ha

servido de centro de gravedad para la degradación de estos hombres.

--¿Y ese viejo de barba blanca que está a su lado?--preguntó Fanny.

--Ese es un apóstol de los que curan con agua; dicen que sabe mucho...

Tiene una cruz en la lengua; pero creo que se la ha pintado él mismo.

--¿Y esa otra?

--Esa es la _Paloma_, la _gamberra_ del _Valencia_.

--¿Prostituta?--preguntó la dama.

--Desde hace lo menos cuarenta años--contestó Leandro riendo.

Todos contemplaron a la _Paloma_ con atención; tenía una cara enorme,

blanda, con bolsas de piel violácea, una mirada tímida, de animal;

representaba cuarenta años lo menos de prostitución, con sus

enfermedades consiguientes; cuarenta años de noches pasadas en claro,

rondando los cuarteles, durmiendo en cobertizos de las afueras, en las

más nauseabundas casas de dormir.

Entre las mujeres había también una gitana, que de cuando en cuando se

levantaba y cruzaba la taberna con un jacarandoso contoneo.

Pidió Leandro unas copas de aguardiente; pero era tan malo, que nadie lo

pudo beber.

--Tú--dijo Leandro a la gitana, ofreciéndole la copa--. ¿Quieres?

--No.

La gitana puso sus manos sobre la mesa, unas manos cortas, rugosas,

incrustadas en negro.

--¿Quiénes son estos _payos_?--preguntó a Leandro.

--Son amigos. ¿Quieres o no?--Y le volvió a ofrecer la copa.

--No.

Luego, con una voz aguda, gritó:

--Apóstol, ¿quieres una copa?

Se levantó del grupo de los jugadores el Apóstol. Estaba borracho y no

podía andar; tenía los ojos viscosos, de animal descompuesto; se acercó

a Leandro y tomó la copa, que tembló entre sus dedos; la acercó a los

labios y la vació.

--¿Quieres más?--le dijo la gitana.

--Sí, sí--murmuró.

Luego se puso a hablar, enseñando los raigones de los dientes amarillos,

sin que se le entendiera nada; bebió las otras copas, apoyó la mano en

la frente, y despacio fué a un rincón, se arrodilló y se tendió en el

suelo.

--¿Quieres que te la diga, princesa?--preguntó la gitana a Fanny,

agarrándole la mano.

--No--replicó secamente la dama.

--¿No me darás unas perrillas para los _churumbeles_?

--No.

--_Escarriá_, ¿por qué no me das unas perrillas para los _churumbeles_?

--¿Qué son _churumbeles_?--preguntó la dama.

--Los hijos--contestó, riendo, Leandro.

--¿Tienes hijos?--le dijo Fanny a la gitana.

--Sí.

--¿Cuántos?

--Dos. Míralos aquí.

Y la gitana vino con un chiquitín, rubio, y una niña de cinco a seis

años.

La dama acarició al chiquitín; luego sacó un duro de un portamonedas, y

le dió a la gitana.

Esta comenzó a hacer aspavientos y zalamerías y a mostrar el duro a

todos los de la taberna.

--Vamos--dijo Leandro--, sacar aquí un machacante de esos es peligroso.

Salieron los cuatro de la taberna.

--¿Quieren ustedes que demos una vuelta por el barrio?--preguntó

Leandro.

--Sí; vamos--dijo la dama.

Recorrieron juntos las callejuelas de las Injurias.

--Tengan ustedes cuidado, que en medio va la alcantarilla--advirtió

Manuel.

Seguía lloviendo; se internaron los cuatro en patios angostos, en donde

se hundían los pies en el lodo infecto. Sólo algún farol de petróleo,

sujeto en la pared de alguna tapia medio caída, brillaba en toda la

extensión de la hondonada, negra de cieno.

--¿Volvemos ya?--preguntó Roberto.

--Sí--respondió la dama.

Tomaron por el arroyo de Embajadores, y subieron por el paseo de las

Acacias. Arreciaba la lluvia; alguna que otra luz mortecina brillaba a

lo lejos; en el cielo, obscurísimo, se destacaba, de una manera vaga, la

silueta alta de una chimenea...

Acompañaron Leandro y Manuel hasta la plaza del Rastro a Fanny y a

Roberto, y allí se despidieron, cambiando un apretón de manos.

--¡Qué mujer!--exclamó Leandro.

--Es simpática, ¿eh?--preguntó Manuel.

--Sí es. Daría cualquier cosa por tener algo que ver con ella.

CAPÍTULO VI

ROBERTO EN BUSCA DE UNA MUJER.--EL «TABUENCA» Y SUS ARTIFICIOS.--DON

ALONSO O EL «HOMBRE BOA».

UNOS meses después se presentó Roberto en la Corrala, a la hora en que

Manuel y los de la zapatería tornaban de su trabajo.

--¿Tú conoces al señor Zurro?--preguntó Roberto a Manuel.

--Sí; aquí al lado vive.

--Ya lo sé; quisiera hablarle.

--Pues llame usted, porque debe estar.

--Acompáñame tú.

Llamó Manuel, les abrió la Encarna y pasaron adentro. El señor Zurro

leía un periódico a la luz de un velón en su cuarto, un verdadero

almacén repleto de bargueños viejos, arcas apolilladas, relojes de

chimenea y otra porción de cosas. Se ahogaba allí cualquiera; no se

podía respirar ni dar un paso sin tropezar con algo.

--¿Es usted el señor Zurro?--preguntó Roberto.

--Sí.

--Yo venía de parte de don Telmo.

--¡De don Telmo!--repitió el viejo, levantándose y ofreciendo una silla

al estudiante--. Siéntese usted. ¿Cómo está ese buen señor?

--Muy bien.

--Es muy amigo mío--siguió diciendo el Zurro. ¡Vaya! Ya lo creo. Pero

usted me dirá lo que desea, señorito. Para mí basta que venga usted de

parte de don Telmo, para que yo haga lo que pueda por servirle.

--Lo que yo deseo es informarme del paradero de una muchacha volatinera

que vivió hace cinco o seis años en una posada de estos barrios, en el

mesón del Cuco.

--¿Y usted sabe cómo se llamaba la muchacha?

--Sí.

--¿Y dice usted que vivió en el mesón del Cuco?

--Sí, señor.

--Yo conozco alguno que vive ahí--murmuró el ropavejero.

--Sí; es verdad--repuso la Encarna.

--Aquel hombre de los monos, ¿no vivía allá?--preguntó el señor Zurro.

--No; era la Quinta de Goya--contestó su hija.

--¡Pues, señor!... Espere usted un poco, joven...; espere usted.

--¿No será el _Tabuenca_ el que vive allá, padre?--interrumpió la

Encarna.

--Ese es; ese mismo. El _Tabuenca_. Vaya usted a verle. Dígale

usted--añadió el señor Zurro, dirigiéndose a Roberto--que va de mi

parte. Es un tío de mal genio, muy cascarrabias.

Se despidió Roberto del ropavejero y de su hija, y salió con Manuel a la

galería de la casa.

--¿Y dónde está el mesón del Cuco?--preguntó.

--Por ahí, por las Yeserías--le dijo Manuel.

--Acompáñame; luego cenaremos juntos--dijo Roberto.

--Bueno.

La lucha por la vida: La busca · 第 5 / 14 段