Para que en aquella casa hubiese siempre algo terrible y trágico, al

entrar solía verse en el portal o en el pasillo una mujer borracha y

delirante, que pedía limosna e insultaba a todo el mundo, a quien

llamaban _La Muerte_. Debía ser muy vieja, o lo parecía al menos; su

mirada era extraviada, su aspecto huraño, la cara llena de costras; uno

de sus párpados inferiores, retraído por alguna enfermedad, dejaba ver

el interior del globo del ojo, sangriento y turbio. Solía andar _La

Muerte_ cubierta de harapos, en chanelas, con una lata y un cesto viejo,

donde recogía lo que encontraba. Por cierta consideración supersticiosa

no la echaban a la calle.

La primera noche de Manuel en la Corrala vió, no sin cierto asombro, la

verdad de lo que decía Vidal. Este y casi todos los de su edad tenían

sus novias entre las chiquillas de la casa, y no era raro, al pasar

junto a un rincón, ver una pareja que se levantaba y echaba a correr.

Los chicos pequeños se divertían jugando al toro, y entre las suertes

más aplaudidas se contaba la de Don Tancredo. Se ponía un chico a cuatro

patas, y otro, que no pesase mucho, encima, con los brazos cruzados, el

cuerpo echado para atrás, y en la cabeza, alta y erguida, un sombrero de

papel de tres picos.

Se acercaba el que hacía de toro, mugía sonoramente, olfateaba a Don

Tancredo y pasaba junto a él sin derribarle; volvía a pasar un par de

veces, hasta que se largaba. Entonces Don Tancredo bajaba de su vivo

pedestal a recibir el aplauso del público. Había toros marrajos, y

guasones que se les ocurría tirar estatua y pedestal al suelo, lo cual

era recibido entre el clamoreo y la algazara del público.

Mientras tanto, las chicas jugaban al corro, las mujeres gritaban de

galería a galería y los hombres charlaban en mangas de camisa; alguno,

sentado en el suelo, rasgueaba monótonamente en las cuerdas de una

guitarra.

_La Muerte_, la vieja mendiga, solía también amenizar las veladas con

sus largos parlamentos.

Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como

una gusanera. Allí se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se

moría de hambre; allí se construían muebles, se falsificaban

antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se

componían porcelanas rotas, se concertaban robos, se prostituían

mujeres.

Era la Corrala un microcosmo; se decía que, puestos en hilera los

vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores a la plaza del

Progreso; allí había hombres que lo eran todo, y no eran nada: medio

sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio

comerciantes, medio ladrones.

Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que

vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable

miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil, de piel; otros no

lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de

su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar

de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y

no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos

ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo

aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante,

que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias.

Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse

idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos, ni

nada.

Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos

media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban

constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no

salían mas que en un momento de ira o de indignación.

El dinero era para ellos la mayoría de las veces una desgracia.

Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus

inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se

exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se

sentían generosos, y cuando, después de soltar baladronadas, se creían

dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías

ficticias del alcohol que se iba disipando.

Las mujeres de la casa, por lo general, trabajaban más que los hombres,

y reñían casi constantemente. De treinta años para arriba tenían todas

el mismo carácter y casi el mismo tipo: negras, desmelenadas, iracundas;

gritaban y se desesperaban por cualquier cosa.

De cuando en cuando, como un suave rayo de sol en la umbría, penetraba

en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de aquellas

mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión, un

sentimiento romántico, de desinterés, de ternura, que les hacía vivir

humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían otra

vez a su inercia moral, resignada y pasiva.

Los vecinos constantes del Corralón se contaban entre los del primer

patio. En el otro, la mayoría ambulantes, pasaban en la casa a lo más un

par de semanas, y luego, como se decía allí, ahuecaban el ala.

Un día se presentaba un lañador con su gran zurrón, su berbiquí y sus

alicates, que gritaba por las calles, con voz bronca: «¡A componer

tinajas y artesones..., barreños, platos y fuentes!», y después de pasar

una corta temporada se largaba; a la semana siguiente aparecía un

vendedor de telas de saldo, que pregonaba a gritos pañuelos de seda a

diez y quince céntimos; otro día se hospedaba un buhonero con sus cajas

llenas de alfileres, horquillas y pasadores, o algún comprador de

galones de oro y plata. Ciertas épocas del año daban un contingente de

tipos especiales; la primavera se revelaba por la aparición de

vendedores de burros, caldereros, gitanos y bohemios; en otoño se

presentaban cuadrillas de paletos con quesos de la Mancha y pucheros de

miel, y en el invierno abundaban los nueceros y castañeros.

De los vecinos constantes del primer patio, los que se trataban con el

señor Ignacio el zapatero eran: un corrector de pruebas, a quien

llamaban el _Corretor_; un tal Rebolledo, barbero e inventor, y cuatro

ciegos, que se conocían por los remoquetes de el _Calabazas_, el

_Sopistas_, el _Brígido_ y el _Cuco_, los cuales vivían decentemente con

sus mujeres respectivas y tocaban por las calles los últimos tangos,

tientos y coplas de zarzuela.

El corrector tenía una familia numerosa: su mujer, la suegra, una hija

de veinte años y una lechigada de chiquillos; no le bastaba el jornal

que ganaba corrigiendo pruebas en un periódico, y solía pasar grandes

apuros. El corrector solía llevar un macfarlán destrozado, lleno de

flecos, un pañuelo grande y sucio anudado a la garganta y un hongo

amarillo, blanco y mugriento.

Su hija, Milagros de nombre, una muchacha esbelta, fina como un

pajarito, estaba en relaciones con Leandro, el primo de Manuel.

Los novios solían tener alternativas en sus amores, unas veces por

coqueterías de ella, otras, por la mala vida de él.

No se entendían, porque la Milagros era un poco entonada y ambiciosa, se

consideraba como venida a menos, y Leandro tenía, en cambio, un genio

brusco e irascible.

El otro vecino del zapatero, el señor Zurro, tipo pintoresco y curioso,

no se trataba con el señor Ignacio y odiaba cordialmente al corrector.

El Zurro andaba siempre agazapado tras de unas antiparras azules,

llevaba gorra de piel y balandranes largos.

--Se llama Zurro de apellido--decía el corrector--; pero es un zorro en

sus actos; de estos zorros camperos, maestros en malicias y habilidades.

Según se hablaba, el Zurro entendía su negocio; tenía un puesto en la

parte baja del Rastro, una choza obscura e infecta rellena de trapos,

casacas antiguas, retales de telas viejas, tapicerías, trozos de

casullas, y, además de esto, botellas vacías, botellas llenas de

aguardiente y _cognac_, sifones de agua de Seltz, cerraduras roñosas,

escopetas tomadas por la herrumbre, llaves, pistolas, botones, medallas

y otras baratijas sin valor.

Y a pesar de que en la tienda del señor Zurro no entraban, seguramente,

al cabo del día, más de dos personas, que harían un gasto de un par de

reales, el ropavejero marchaba bien.

Vivía con su hija, la Encarna, una flamencona de unos veinticinco años,

muy chulapa, muy descarada, que los domingos salía a pasear con su padre

cargada de joyas. La Encarna sentía arder en su pecho el fuego de la

pasión por Leandro; pero éste, enamorado de la Milagros, no correspondía

al fuego del alma de la ropavejera.

Por tal motivo, la Encarna odiaba cordialmente a la Milagros y a los

individuos de su familia, y los ponía a todas horas de cursis y de

muertos de hambre, los injuriaba con motes desdeñosos, como el de

_Sopista mendrugo_, adjudicado por ella al corrector, y el de _La Loca

del Vaticano_ a su hija.

Odios de personas de vida casi común, no era raro que fuesen de un

encono y de un rencor violento; así, los de una y otra familia, no se

miraban sin maldecirse y sin desearse mutuamente las mayores

desgracias.

CAPÍTULO III

ROBERTO HASTING EN LA ZAPATERÍA.--PROCESIÓN DE MENDIGOS.--CORTE DE LOS

MILAGROS.

UNA mañana de fines de septiembre presentóse Roberto en la puerta de _La

regeneración del calzado_, y asomando la cabeza al interior del almacén,

dijo:

--¡Hola, Manuel!

--¡Hola, don Roberto!

--Se trabaja, ¿eh?

Manuel se encogió de hombres dando a entender que no era precisamente

por su gusto.

Roberto vaciló un momento para entrar en la zapatería, y, al último, se

decidió y entró.

--Siéntese usted--le dijo el señor Ignacio, ofreciéndole una silla.

--¿Usted es el tío de Manuel?

--Para servirle.

Se sentó Roberto, ofreció un cigarro al señor Ignacio, otro a Leandro, y

se pusieron a fumar los tres.

--Yo conozco a su sobrino--dijo Roberto al zapatero--, porque vivo en

casa de la Petra.

--¡Ah! ¿Sí?

--Y hoy quisiera que le dejara usted libre un par de horas.

--Sí, señor; toda la tarde, si usted quiere.

--Bueno; entonces, yo vendré por él después de comer.

--Está bien.

Roberto contempló cómo trabajaban, y de repente se levantó y se fué.

Manuel no comprendía qué le quería Roberto, y por la tarde le esperó con

verdadera impaciencia. Llegó, y los dos salieron de la calle del Aguila

y bajaron a la ronda de Segovia.

--¿Tú sabes dónde está la Doctrina?--preguntó Roberto a Manuel.

--¿Qué Doctrina?

--Un sitio donde se reúnen los viernes muchos mendigos.

--No sé.

--¿Sabes dónde está el camino alto de San Isidro?

-Sí.

--Bueno; pues allí vamos a ir; ahí es dónde está la Doctrina.

Manuel y Roberto bajaron por el paseo de los Pontones y siguieron en

dirección del puente de Toledo. El estudiante no dijo nada, y Manuel

nada quiso preguntarle.

El día estaba seco, polvoriento. El viento sur, sofocante, echaba

bocanadas de calor y de arena; algunos relámpagos iluminaban las nubes;

se oía el sonar lejano de los truenos; el campo amarilleaba cubierto de

polvo.

Por el puente de Toledo pasaba una procesión de mendigos y mendigas, al

cual más desastrados y sucios. Salía gente, para formar aquella

procesión del harapo, de las Cambroneras y de las Injurias; llegaban

del paseo Imperial y de los Ocho Hilos; y ya, en filas apretadas,

entraban por el puente de Toledo y seguían por el camino alto de San

Isidro a detenerse ante una casa roja.

--Esto debe ser la Doctrina--dijo Roberto a Manuel señalándole un

edificio, que tenía un patio con una figura de Cristo en medio.

Se acercaron los dos a la verja. Era aquello un conclave de mendigos, un

conciliábulo de Corte de los Milagros. Las mujeres ocupaban casi todo el

patio; en un extremo, cerca de una capilla, se amontonaban los hombres;

no se veían mas que caras hinchadas, de estúpida apariencia, narices

inflamadas y bocas torcidas; viejas gordas y pesadas como ballenas,

melancólicas; viejezuelas esqueléticas de boca hundida y nariz de ave

rapaz; mendigas vergonzantes con la barba verrugosa, llena de pelos, y

la mirada entre irónica y huraña; mujeres jóvenes, flacas y extenuadas,

desmelenadas y negras; y todas, viejas y jóvenes, envueltas en trajes

raídos, remendados, zurcidos, vueltos a remendar hasta no dejar una

pulgada sin su remiendo. Los mantones, verdes, de color de aceituna, y

el traje tiste ciudadano, alternaban con los refajos de bayeta,

amarillos y rojos, de las campesinas.

Roberto paseó mirando con atención el interior del patio. Manuel le

seguía indiferente.

Entre los mendigos, un gran número lo formaban los ciegos; había

lisiados, cojos, mancos; unos hieráticos, silenciosos y graves; otros

movedizos. Se mezclaban las anguarinas pardas con las americanas raídas

y las blusas sucias. Algunos andrajosos llevaban a la espalda sacos y

morrales negros; otros, enormes cachiporras en la mano; un negrazo, con

la cara tatuada a rayas profundas, esclavo, sin duda, en otra época,

envuelto en harapos, se apoyaba en la pared con una indiferencia digna;

por entre hombres y mujeres correteaban los chiquillos descalzos y los

perros escuálidos; y todo aquel montón de mendigos, revuelto, agitado,

palpitante, bullía como una gusanera.

--Vamos--dijo Roberto--, no está aquí ninguna de las que busco. ¿Te has

fijado?--añadió--. ¡Qué pocas caras humanas hay entre los hombres! En

estos miserables no se lee mas que la suspicacia, la ruindad, la mala

intención, como en los ricos no se advierte mas que la solemnidad, la

gravedad, la pedantería. Es curioso, ¿verdad? Todos los gatos tienen

cara de gatos, todos los bueyes tienen cara de bueyes; en cambio, la

mayoría de los hombres no tienen cara de hombres.

Salieron del patio Roberto y Manuel. Frente a la Doctrina, al otro lado

de la carretera, en unos desmontes arenosos, se sentaron.

--A ti te chocarán--dijo Roberto--estas maniobras mías; pero no te

extrañarán cuando te diga que busco aquí dos mujeres; una, pobre, que

puede hacerme rico; otra, rica, que quizá me hiciera pobre.

Manuel contempló a Roberto con asombro. Tenía siempre cierta sospecha de

que la cabeza del estudiante no andaba bien.

--No, no creas que es una tontería; voy corriendo detrás de una fortuna,

pero de una fortuna enorme; si tú me ayudas, me acordaré de ti.

--Bueno; y ¿qué quiere usted que yo haga?

--Te lo diré cuando llegue el momento.

Manuel no pudo ocultar una sonrisa de ironía.

--Tú no lo crees--murmuró Roberto--; no importa; cuando veas, creerás.

--Claro.

--Por si acaso, si te necesito, ayúdame.

--Le ayudaré a usted en todo lo que pueda--contestó Manuel con fingida

seriedad.

Unos golfos se tendieron en los desmontes, cerca de Manuel y de Roberto,

y éste no quiso seguir hablando.

--Ya empiezan a dividirse en secciones--dijo uno de los golfos, que

llevaba una gorra de cochero, señalando con una vara a las mujeres que

estaban en la Doctrina.

Efectivamente; formáronse grupos alrededor de los árboles del patio, en

cada uno de los cuales colgaba un cartelón con una imagen y un número en

medio.

--Ahí están las marquesas--añadió el de la gorra indicando a unas

cuantas señoras vestidas de negro que se presentaron en el patio.

Se destacaban las caras blancas entre las telas de luto.

--Todas son marquesas--advirtió uno.

--Pues todas no son guapas--replicó Manuel terciando en la

conversación--. ¿Y a qué vienen aquí?

--Son éstas las que enseñan la doctrina--contestó el de la gorra--; de

vez en cuando regalan sábanas y camisas a las mujeres y a los hombres.

Ahora van a pasar lista.

Comenzó a sonar una campana; cerraron la verja del edificio; se formaron

corros, y en medio de cada uno de ellos entró una señora.

--¿Ves aquella que está allá?--preguntó Roberto--. Es la sobrina de don

Telmo.

--¿Aquella rubia?

--Sí. Espérame aquí.

Bajó Roberto el camino y se acercó a la verja.

Comenzó la lección de doctrina; salía del patio un rumor de rezo, lento

y monótono.

Manuel se tendió de espaldas en el suelo. Desde allá surgía Madrid, muy

llano, bajo el horizonte gris, por entre la gasa del aire polvoriento.

El cauce ancho del Manzanares, de color de ocre, aparecía surcado por

alguno que otro hilillo de agua negra. El Guadarrama destacaba de un

modo confuso la línea de sus crestas en el aire empañado.

Roberto paseaba por delante del patio. Seguía el rumor de los mendigos

recitando la doctrina. Una vieja, con un pañuelo rojo en la cabeza y un

mantón negro que verdeaba, se sentó en el desmonte.

--¿Qué es eso _agüela_? ¿No le han querido abrir la puerta?--gritó el de

la gorra.

--No... ¡Las tías brujas esas!

--No tenga usted cuidado, que hoy no dan nada. El viernes que viene es

el reparto. Ya le darán a usted lo menos una sábana--añadió el de la

gorra con aviesa intención.

--Si no me dan más que una sábana--chilló la vieja torciendo la jeta--,

les digo que se la guarden en el moño. ¡Las tías zorras!...

--Ya la han tañado a usted, _agüela_--exclamó uno de los golfos tendidos

en el suelo--. Usted lo que es, es una ansiosa.

Celebraron los circunstantes la frase, que procedía de una zarzuela, y

el de la gorra siguió explicando a Manuel particularidades de la

Doctrina.

--Hay algunas y algunos que se inscriben en dos y en tres secciones para

coger más veces limosnas--dijo--. Nosotros, mi padre y yo, nos

inscribimos una vez en cuatro secciones con nombres distintos... ¡Vaya

un lío que se armó! Y ¡menudo choteo que tuvimos con las marquesas!

--Y ¿para qué querías tanta sábana?--le preguntó Manuel.

--¡Toma!, para pulirlas. Se venden aquí en la misma puerta a dos

_chulés_.

--Yo voy a comprar una--dijo un cochero de punto que se acercó al

corro--; la unto con aceite de linaza, luego la doy barniz, y hago un

impermeable cogolludo.

--Pero las marquesas, ¿no notan que la gente vende en seguida lo que

ellas dan?

--¡Qué han de notar!

Para los golfos todo aquello no era mas que un piadoso entretenimiento

de las señoras devotas; hablaban de ellas con amable ironía.

No llegó a durar una hora la lección de doctrina.

Sonó una campana; se abrió la puerta de la verja; se disolvieron y

confundieron los grupos; todo el mundo se puso de pie, y comenzaron a

marcharse las mujeres con sus sillas, colocadas en equilibrio sobre la

cabeza, gritando, empujándose violentamente unas a otras; dos o tres

vendedoras pregonaron su mercancía mientras salía aquella muchedumbre de

andrajosos apretándose, chillando, como si escaparan de algún peligro.

Unas viejas corrían pesadamente por la carretera; otras se ponían a

orinar acurrucadas, y todas vociferaban y sentían la necesidad de

insultar a las señoras de la Doctrina, como si instintivamente

adivinasen lo inútil de un simulacro de caridad que no remediaba nada.

No se oían mas que protestas y manifestaciones de odio y desprecio.

--¡Moler! Con las mujeres de Dios...

--Ahora _quien_ que se confiese una.

--Esas tías borrachas.

--¡Anda que confiesen ellas y la _maire_ que las ha _parío_!

--Que las den morcilla a todas.

Después de las mujeres salían los hombres, los ciegos, los tullidos y

los mancos, sin apresurarse, hablando con gravedad.

--¡Pues no _quien_ que me case!--murmuraba un ciego, sarcásticamente,

dirigiéndose a un cojo.

--Y tú ¿qué dices?--le preguntaba éste.

--¿Yo? ¡Que naranjas de la China! Que se casen ellas si _tien_ con

quién. Vienen aquí amolando con rezos y oraciones. Aquí no hacen falta

oraciones, sino _jierro_, mucho _jierro_.

--Claro, hombre..., _parné_, eso es lo que hace falta.

--Y todo lo demás... leñe y jarabe de pico...; porque _pa_ dar consejos

_toos semos_ buenos; pero en tocante al _manró_, ni las gracias.

--Me parece.

Salieron las señoras con sus libros de rezos en la mano; las viejas

mendigas las perseguían y las atosigaban con sus peticiones.

Manuel miraba a todas partes por si encontraba al estudiante; al fin lo

vió cerca de la sobrina de don Telmo. La rubia se volvió a mirarle, y

subió en un coche. Roberto la saludó y el coche echó a andar.

Volvieron Roberto y Manuel por el camino de San Isidro.

Seguía el cielo nublado, el aire seco; la procesión de mendigos avanzaba

en dirección a Madrid. Antes de llegar al puente de Toledo, en la

esquina del camino alto de San Isidro y de la carretera de Extremadura,

en una taberna muy grande entraron Roberto y Manuel. Roberto pidió una

botella de cerveza.

--¿Vives ahí en la misma casa en donde está la zapatería?--preguntó

Roberto.

--No; vivo en el paseo de las Acacias, en una casa que se llama el

Corralón.

--Bueno, te iré a ver allá; y ya sabes, siempre que vayas a algún sitio

donde se reúna gente pobre o de mala vida avísame.

--Le avisaré a usted. Ya he visto cómo le miraba a usted la rubia. Es

bonita.

--Sí.

--Y tiene un coche pistonudo.

--Ya lo creo.

--Y ¿qué? ¿Es que se va usted a casar con ella?

--¿Qué sé yo? Ya veremos. Vamos, aquí no se puede estar--dijo Roberto--y

se acercó al mostrador a pagar.

En la taberna, un gran número de mendigos, sentados en las mesas,

engullían pedazos de bacalao y piltrafas de carne; un olor picante de

gallinejas y de aceite salía de la cocina.

Salieron. El viento seguía soplando, lleno de arena: volaban locamente

por el aire hojas secas y trozos de periódicos; las casas altas próximas

al puente de Segovia, con sus ventanas estrechas y sus galerías llenas

de harapos, parecían más sórdidas, más grises, entrevistas en la

atmósfera enturbiada por el polvo. De repente, Roberto se paró, y,

poniendo la mano en el hombro de Manuel, le dijo:

--Hazme caso, porque es la verdad. Si quieres hacer algo en la vida, no

creas en la palabra imposible. Nada hay imposible para una voluntad

enérgica. Si tratas de disparar una flecha, apunta muy alto, lo más alto

que puedas; cuanto más alto apuntes más lejos irá.

Manuel miró a Roberto con extrañeza, y se encogió de hombros.

CAPÍTULO IV

LA VIDA EN LA ZAPATERÍA.--LOS AMIGOS DE MANUEL.

HIZO calor en aquellos meses de septiembre y octubre; en el almacén de

zapatos no se podía respirar.

Todas las mañanas, Manuel y Vidal, mientras iban a la zapatería,

hablaban de mil cosas, se comunicaban sus impresiones; el dinero, las

mujeres, los planes para el porvenir, eran los motivos constantes de sus

charlas. A los dos les parecía un gran sacrificio, algo como una

eventualidad desgraciada de su mala suerte, pasar días y días metidos en

un rincón arrancando suelas usadas.

Las tardes lánguidas convidaban al sueño. Sobre todo, después de comer,

Manuel sentía un sopor y un abatimiento profundo. Desde la puerta del

almacén se veían los campos de San Isidro inundados de luz; en el

Campillo de Gil Imón las ropas puestas a secar centelleaban al sol.

Oíase cacareos de gallos, gritos lejanos de vendedores, silbidos,

apagados por la distancia, de locomotoras. El aire vibraba seco,

abrasado. Algunas vecinas salían a peinarse a la calle, y los

colchoneros vareaban la lana, a la sombra, en el Campillo, mientras las

gallinas correteaban y escarbaban en el suelo.

Después, al caer de la tarde, el aire y la tierra quedaban grises,

polvorientos; a lo lejos, cortando el horizontes, ondulaba la línea del

campo árido, una línea ingenua, formada por la enarcadura suave de las

lomas; una línea como la de los paisajes dibujados por los chicos, con

sus casas aisladas y sus chimeneas humeantes. Sólo algunas arboledas

verdes manchaban a trechos la llanura amarilla, tostada por el sol y

bajo el cielo pálido, blanquecino, turbio por los vapores del calor; ni

un grito, ni un leve ruido hendía el aire.

Transparentábase, al anochecer, la niebla, y el horizonte se alargaba

hasta verse muy a lo lejos vagas siluetas de montañas no entrevistas de

día, sobre el fondo rojo del crepúsculo.

Cuando en la zapatería dejaban el trabajo, solía ser ya de noche.

Bajaban el señor Ignacio, Leandro, Manuel y Vidal a la ronda y volvían a

casa.

Las luces de gas brillaban a largos trechos en el aire polvoriento;

filas de carros pasaban con lentitud, y a lo largo de las rondas

marchaban en cuadrillas los obreros de los talleres próximos.

Y constantemente, al ir y al venir, la conversación de Manuel y Vidal

versaba sobre lo mismo: las mujeres, el dinero.

No tenía ninguno de los dos una idea romántica, ni mucho menos, de las

mujeres. Para Manuel, una mujer era un animal magnífico, con la carne

dura y el pecho turgente; Vidal no sentía este entusiasmo sexual;

experimentaba por todas las mujeres un sentimiento confuso de desprecio,

de curiosidad y preocupación.

En cuestión de dinero, los dos estaban conformes en que era lo más

selecto y admirable; hablaba, sobre todo Vidal, del dinero con un

entusiasmo feroz; pensar que pudiese haber algo, bueno o malo, que no se

consiguiera con _jierro_, era para él el colmo de los absurdos. Manuel

deseaba el dinero para correr el mundo y ver pueblos, y más pueblos, y

andar en barco. Vidal soñaba con llevar la buena vida en Madrid.

La lucha por la vida: La busca · 第 4 / 14 段