de madera, formado por un tronco de árbol con una gran muesca. El
trabajo consistía en desarmar y deshacer botas y zapatos viejos, que en
grandes fardos, atados de mala manera, y en sacos, con un letrero de
papel cosido a la tela, se veían por el almacén por todas partes. En el
tajo se colocaba la bota destinada al descuartizamiento; allí se le daba
un golpe o varios con una cuchilla, hasta cortarle el tacón; después,
con las tenazas, se arrancaban las distintas capas de suela; con unas
tijeras se quitaban los botones y tirantes, y cada cosa se echaba en su
espuerta correspondiente: en una, los tacones; en otras, las gomas, las
correas, las hebillas.
A esto había descendido _La regeneración del calzado_: a justificar el
título de una manera bastante distinta de la pensada por el que lo puso.
El señor Ignacio, maestro de obra prima, había tenido necesidad, por
falta de trabajo, de abandonar la lezna y el tirapié para dedicarse a
las tenazas y a la cuchilla; de crear, a destruir; de hacer botas
nuevas, a destripar botas viejas. El contraste era duro; pero el señor
Ignacio podía consolarse viendo a su vecino, el de _El león de la
zapatería_, que sólo de Pascuas a Ramos tenía alguna mala chapuza que
hacer.
La primera mañana de trabajo fué pesadísimo para Manuel; el estar tanto
tiempo quieto le resultó insoportable. Al mediodía entró en el almacén
una vieja gorda, con la comida en una cesta; era la madre del señor
Ignacio.
--¿Y mi mujer?--le preguntó el zapatero.
--Ha ido a lavar.
--¿Y la Salomé? ¿No viene?
--Tampoco; le ha salido trabajo en una casa para toda la semana.
Sacó la vieja un puchero, platos, cubiertos y un pan grande de la cesta;
extendió un paño en el suelo, sentáronse todos alrededor de él, vertió
el caldo del puchero en los platos, en donde cada uno desmigó un pedazo
de pan, y fueron comiendo. Después dió la vieja a cada uno su ración de
cocido, y, mientras comían, el zapatero discurseó un poco acerca del
porvenir de España y de los motivos de nuestro atraso, conversación
agradable para la mayoría de los españoles que nos sentimos regenadores.
Era el señor Ignacio de un liberalismo templado, hombre a quien
entusiasmaban esas palabras de la soberanía nacional y que hablaba a
boca llena de la Gloriosa. En cuestiones de religión se mostraba
partidario de la libertad de cultos; para él, el ideal hubiese sido que
en España existiese el mismo número de curas católicos, protestantes,
judíos, de todas las religiones, porque así, decía, cada uno elegiría el
dogma que le pareciera mejor. Eso sí, si él fuera del Gobierno,
expulsaría a todos los frailes y monjas, porque son como la sarna, que
viven mejor cuanto más débil se encuentra el que la padece. A esto
arguyó Leandro, el hijo mayor, diciendo que a los frailes, monjas y
demás morralla lo mejor era degollarlos, como se hace con los cerdos, y
que respecto a los curas, fuesen católicos, protestantes o chinos,
aunque no hubiera ninguno, no se perdería nada.
Terció también la vieja en la conversación, y como para ella, vendedora
de verduras, la política era principalmente cuestión entre verduleras y
guardias municipales, habló de un motín en que las amables damas del
mercado de la Cebada dispararon sus hortalizas a la cabeza de unos
cuantos guindillas, defensores de un contratista del mercado. Las
verduleras querían asociarse, y después poner la ley y fijar los
precios; y eso a ella no le parecía bien.
--Porque ¡qué moler!--dijo--. ¿Por qué le han de quitar a una el género,
si quiere venderlo más barato? Como si a mí se me pone en el moño darlo
todo de balde.
--Pues, no, señora--le replicó Leandro--. Eso no está bien.
--¿Por qué no?
--Porque no; porque los industriales tienen que ayudarse, y si usted
hace eso, pongo por caso, impide usted que otra venda, y para eso se ha
inventado el socialismo, para favorecer la industria del hombre.
--Bueno; pues que le den dos duros a la industria del hombre y que la
maten.
Hablaba la mujer muy cachazuda y sentenciosamente. Estaba su calma muy
en perfecta consonancia con su corpachón, de un grosor y de una rigidez
de tronco; tenía la cara carnosa y de torpes facciones; las arrugas
profundas, bolsas de piel lacia debajo de los ojos; en la cabeza llevaba
un pañuelo negro, muy ceñido y apretado a las sienes.
Era la señora Jacoba, así se llamaba, una mujer que no debía sentir ni
el frío ni el calor: verano e invierno se pasaba las horas muertas
sentada en su puesto de verduras de Puerta de Moros; si vendía una
lechuga, desde que el sol nace hasta que se pone, vendía mucho.
Después de comer la familia del zapatero, fueron unos a dormir la siesta
al patio de la casa, y otros se quedaron allí en el almacén.
Vidal, el hijo menor del zapatero, se tendió en el patio al lado de
Manuel, y después de interrogarle acerca de la causa de aquellos
chichones que apuntaban en la frente de su primo, le preguntó:
--¿Tú habías estado alguna vez en esta calle?
--Yo, no.
--Por estos barrios se divierte uno la mar.
--Sí, ¿eh?
--Ya lo creo. ¿Tú no tienes novia?
--Yo, no.
--Pues hay muchas chicas que están deseando tener avío.
--¿De veras?
--Sí, hombre. En la casa donde vivimos hay una chica muy bonita, amiga
de mi novia. Te puedes quedar con ella.
--Pero vosotros, ¿no vivís en esta casa?
--No; nosotros vivimos en el arroyo de Embajadores; mi tía Salomé y mi
abuela son las que viven aquí. Pero allá en mi casa se divierte uno;
¡gachó! las cosas que me han pasado a mí allí.
--En el pueblo en donde he estado yo--dijo Manuel, para no dejarse
achicar por su primo--había montes más altos que veinte casas de éstas.
--En Madrid también hay la Montaña del Príncipe Pío.
--Pero no será tan grande como la del pueblo.
--¿Que no? Si en Madrid está todo lo mejor.
Molestaba bastante a Manuel la superioridad que su primo quería
asignarse, hablándole de mujeres con el tono de un hombre experimentado
que las conoce a fondo. Después de echar la siesta y de terminar una
partida al mus, en que se enzarzaron el zapatero y unos vecinos,
volvieron el señor Ignacio y los muchachos a su faena de cortar tacones
y destripar botas. Se cerró de noche el almacén; el zapatero y sus hijos
se fueron a su casa. Manuel cenó en el cuarto de la señora Jacoba la
verdulera, y durmió en una hermosa cama, que le pareció bastante mejor
que la de la casa de huéspedes.
Ya acostado, pesó el pro y el contra de su nueva posición social, y,
calculando si el fiel de la balanza se inclinaría a uno u otro lado, se
quedó dormido.
Al principio, la monotonía en el trabajo y la sujeción atormentaban a
Manuel; pero pronto se acostumbró a una cosa y otra, y los días le
parecieron más cortos y la labor menos penosa.
El primer domingo dormía Manuel a pierna suelta en casa de la señora
Jacoba, cuando entró Vidal a despertarle. Eran más de las once; la
verdulera, según su costumbre, había salido al amanecer para su puesto,
dejando al muchacho solo.
--¿Qué haces?--le preguntó Vidal--. ¿Por qué no te levantas?
--Pues ¿qué hora es?
--La mar de tarde.
Se vistió Manuel de prisa y corriendo, y salieron los dos de casa;
cerca, enfrente de la calle del Aguila, en una plazoleta, se reunieron a
un grupo de granujas que jugaban al chito, y observaron muy atentos las
peripecias del juego.
Al mediodía Vidal le dijo a su primo:
--Hoy vamos a comer allá.
--¿En vuestra casa?
--Sí; anda, vamos.
Vidal, cuya especialidad eran los hallazgos, encontró cerca de la fuente
de la Ronda, que está próxima a la calle del Aguila, un sombrero de
copa, viejo, de grandes alas, escondido el cuitado en un rincón, quizá
por modestia, y empezó a darle de puntapiés y a echarlo por el alto; se
asoció Manuel a la empresa, y entre los dos llevaron aquella reliquia,
venerable por su antigüedad, desde la ronda de Segovia a la de Toledo, y
de ésta a la de Embajadores, hasta dejarla, sin copa y sin alas, en
medio del arroyo. Cometida esta perversidad, Manuel y Vidal desembocaron
en el paseo de las Acacias y entraron en una casa cuya entrada mostraba
un arco sin puerta.
Pasaron los dos muchachos por una callejuela, empedrada con cantos
redondos, hasta un patio, y después, por una de sus muchas escalerillas
subieron al balcón del piso primero, en el cual se abría una fila de
puertas y de ventanas pintadas de azul.
--Aquí vivimos nosotros--dijo Vidal, señalando una de aquellas puertas.
Pasaron adentro; era la casa del señor Ignacio pequeña: la componían dos
alcobas, una sala, la cocina y un cuarto obscuro. El primer cuarto era
la sala, amueblada con una cómoda de pino, un sofá, varias sillas de
paja y un espejo verde, lleno de cromos y de fotografías, envuelto en
una gasa roja. Solía la familia del zapatero hacer de comedor este
cuarto los domingos, por ser el más espacioso y el de más luz.
Cuando llegaron Manuel y Vidal, hacía tiempo que los esperaban.
Sentáronse todos a la mesa, y la Salomé, la cuñada del zapatero, se
encargó de servir la comida. Manuel no conocía a la Salomé. Era
parecidísima a su hermana, la madre de Vidal. Las dos, de mediana
estatura, tenían la nariz corta y descarada, los ojos negros y hermosos;
a pesar de su semejanza física, las diferenciaba por completo su
aspecto: la madre de Vidal, llamada Leandra, sucia, despeinada, astrosa,
con trazas de malhumor, parecía mucho más vieja que la Salomé, aunque no
la llevaba mas que tres o cuatro años. La Salomé mostraba en su
semblante un aire alegre y decidido.
¡Y lo que es la suerte! La Leandra, a pesar de su abandono, de su humor
agrio y de su afición al aguardiente, estaba casada con un hombre
trabajador y bueno, y, en cambio, la Salomé, dotada de excelentes
condiciones de laboriosidad y buen genio, había concluído amontonándose
con un gachó entre estafador, descuidero y matón, del cual tenía dos
hijos. Por un espíritu de humildad o de esclavitud, unido a un natural
independiente y bravío, la Salomé adoraba a su hombre, y se engañaba a
sí misma, para considerarlo como tremendo y bragado, aunque era un
cobarde y un gandul. El bellaco se había dado cuenta clara de la cosa, y
cuando le parecía bien, con un ceño terrible aparecía en la casa y
exigía los cuartos que la Salomé ganaba cosiendo a máquina, a cinco
céntimos las dos varas. Ella le daba sin pena el producto de su penoso
trabajo, y muchas veces el truhán no se contentaba con sacarle el
dinero, sino que la zurraba además.
Los dos niños de la Salomé no estaban este día en casa del señor
Ignacio; los domingos, después de ponerlos muy guapos y bien vestidos,
su madre los enviaba a casa de una parienta suya, maestra de un taller,
en donde pasaban la tarde.
En la comida, Manuel escuchó, sin terciar en la conversación. Se habló
de una de las muchachas de la vecindad que se había ido con un chalán
muy rico, hombre casado y con familia.
--Ha hecho bien--dijo la Leandra, vaciando un vaso de vino.
--Si no sabía que era casado...
--¿Qué más da?--contestó la Leandra, con aire indiferente.
--Mucho. ¿A ti te gustaría que una mujer se llevara tu marido?--preguntó
la Salomé a su hermana.
--¡Psch!
--Sí; ahora ya se sabe--interrumpió la madre del señor Ignacio--. ¡Si de
dos mujeres no hay una _honrá_!
--Bastante se adelanta con ser _honrá_--repuso la Leandra--: miseria y
hambre... Si no se casara una, podría una alternar y hasta tener dinero.
--Pues no sé cómo--replicó la Salomé.
--¿Cómo? Aunque fuese haciendo la carrera.
El señor Ignacio desvió con disgusto la vista de su mujer, y el hijo
mayor, Leandro, miró a su madre de un modo torvo y severo.
--¡Bah!, eso se dice--arguyó la Salomé, que quería discutir la cuestión
impersonalmente--; pero a ti no te hubiera gustado que te insultaran por
todas partes.
--¿A mí? ¡Bastante me importa a mí lo que digan!--contestó la
zapatera--. ¡Ay, qué leñe! Si me dicen golfa, y no soy golfa..., ya ves:
corona de flores; y si lo soy..., pata.
El señor Ignacio se sentía ofendido, y desvió la conversación, hablando
del crimen de las Peñuelas: se trataba de un organillero celoso que
había matado a su querida por una mala palabra; la cuestión apasionaba;
cada uno dió su parecer. Concluyó la comida, y el señor Ignacio,
Leandro, Vidal y Manuel salieron a la galería a echar la siesta mientras
las mujeres quedaban dentro hablando.
En el patio, todos los vecinos sacaban el petate fuera, y, en camiseta,
medio desnudos, sentados unos, tendidos los otros, dormían en las
galerías.
--Anda, tú, vamos--dijo Vidal a Manuel.
--¿Adónde?
--Con los Piratas. Hoy tenemos cita; nos estarán esperando.
--Pero ¿qué piratas?
--El _Bizco_ y esos.
--¿Y por qué los llaman así?
--Porque son como los piratas.
Bajaron Manuel y Vidal al patio; salieron de casa y descendieron por el
arroyo de Embajadores.
--Pues nos llaman los Piratas--dijo Vidal--, de una pedrea que tuvimos.
Unos chicos del paseo de las Acacias se habían formado con palos, y
llevaban una bandera española, y, entonces, yo, el _Bizco_ y otros tres
o cuatro, empezamos con ellos a pedradas y les hicimos escapar; y el
_Corretor_, uno que vive en nuestra casa y que nos vió ir detrás de
ellos, nos dijo: «--Pero vosotros, ¿sois piratas o qué? Porque si sois
piratas debéis llevar la bandera negra». Y al día siguiente yo cogí un
delantal obscuro de mi padre y lo até en un palo y fuimos detrás de los
que llevaban la bandera española, y por poco no se la quitamos; por eso
nos llaman los piratas.
Llegaron los dos primos a una barriada miserable y pequeña.
--Esta es la Casa del Cabrero--dijo Vidal--; aquí están los socios.
Efectivamente; se hallaba acampada toda la piratería. Allí conoció
Manuel al _Bizco_, una especie de chimpancé, cuadrado, membrudo, con los
brazos largos, las piernas torcidas y las manos enormes y rojas.
--Este es mi primo--añadió Vidal, presentando Manuel a la cuadrilla; y
después, para hacerle más interesante, contó cómo había llegado a casa
con dos chichones inmensos producidos en lucha homérica sostenida contra
un hombre.
El _Bizco_ miró atentamente a Manuel, y viendo que Manuel le observaba a
su vez con tranquilidad, desvió la vista. La cara del _Bizco_ producía
el interés de un bicharraco extraño o de un tic patológico. La frente
estrecha, la nariz roma, los labios abultados, la piel pecosa y el pelo
rojo y duro, le daban el aspecto de un mandril grande y rubio.
Desde el momento que llegó Vidal, la cuadrilla se movilizó y anduvieron
todos los chicos merodeando por la Casa del Cabrero.
Llamaban así a un grupo de casuchas bajas con un patio estrecho y largo
en medio. En aquella hora de calor, a la sombra, dormían como
aletargados, tendidos en el suelo, hombres y mujeres medio desnudos.
Algunas mujeres en camisa, acurrucadas y en corro de cuatro o cinco,
fumaban el mismo cigarro, pasándoselo una a otra y dándole cada una su
chupada.
Pululaba una nube de chiquillos desnudos, de color de tierra, la mayoría
negros, algunos rubios, de ojos, azules. Como si sintieran ya la
degradación de su miseria, aquellos chicos no alborotaban ni gritaban.
Unas cuantas chiquillas de diez a catorce años charlaban en grupo. El
_Bizco_ y Vidal y los demás las persiguieron por el patio. Corrían las
chicas medio desnudas, insultándoles y chillando.
El _Bizco_ contó que había forzado algunas de aquellas muchachitas.
--Son todas puchereras, como las de la calle de Ceres--dijo uno de los
piratas.
--¿Hacen pucheros?--preguntó Manuel.
--Sí; buenos pucheros.
--Pues ¿por qué son puchereras?
--Pu... lo demás--añadió el chico haciendo un corte de mangas.
--Que son zorras, tartamudeó el _Bizco_--. Pareces tonto.
Manuel contempló al _Bizco_ con desprecio, y preguntó a su primo:
--¿Pero esas chicas?
--Ellas y sus madres--repuso Vidal con filosofía--. Casi todas las que
viven aquí.
Salieron los Piratas de la Casa del Cabrero, bajaron a una hondonada,
después de pasar al lado de una valla alta y negra, y por en medio de
Casa Blanca desembocaron en el paseo de Yeserías.
Se acercaron al Depósito de cadáveres, un pabellón blanco próximo al
río, colocado al comienzo de la Dehesa del Canal. Le dieron vuelta por
si veían por las ventanas algún muerto, pero las ventanas estaban
cerradas.
Siguieron andando por la orilla del Manzanares, entre los pinos torcidos
de la Dehesa. El río venía exhausto, formado por unos cuantos hilillos
de agua negra y de charcos encima del barro.
Al final de la Dehesa de la Arganzuela, frente a un solar espacioso y
grande, limitado por una valla hecha con latas de petróleo, extendidas
y clavadas en postes, se detuvo la cuadrilla a contemplar el solar,
cuya área extensa la ocupaban carros de riego, barrederas mecánicas,
bombas de extraer pozos negros, montones de escobas y otra porción de
menesteres y utensilios de la limpieza urbana.
A uno de los lados del solar se levantaba un edificio blanco, en otra
época iglesia o convento, a juzgar por sus dos torres y el hueco de las
campanas abierto en ellas.
Anduvo la cuadrilla husmeando por allí; pasaron los chicos por debajo de
un arco, con un letrero, en donde se leía: «Depósito de Caballos
Padres»; y por detrás del edificio con trazas de convento llegaron cerca
de unas barracas de esteras sucias y mugrientas: chozas de aduar
africano, construídas sobre armazón de palitroques y cañas.
El _Bizco_ entró en una de aquellas chozas y salió con un pedazo de
bacalao en la mano.
Manuel sintió un miedo horrible.
--Me voy--dijo a Vidal.
--¡Anda éste!...--exclamó uno con ironía--. Pues no tienes tú poco
sorullo.
De pronto otro de los chicos gritó:
--A _najarse_, que viene gente.
Echaron todos los de la cuadrilla a correr por el paseo del Canal.
Se veía Madrid envuelto en una nube de polvo, con sus casas
amarillentas. Las altas vidrieras relucían a la luz del sol poniente.
Del paseo del Canal, atravesando un campo de rastrojo, entraron todos
por una callejuela en la plaza de las Peñuelas; luego, por otra calle en
cuesta, subieron al paseo de las Acacias.
Entraron en el Corralón, Manuel y Vidal, después de citarse con la
cuadrilla para el domingo siguiente, subieron la escalera hasta la
galería de la casa del señor Ignacio, y cuando se acercaron a la puerta
del zapatero oyeron gritos.
--Padre está zurrando a la vieja--murmuró Vidal--. Lo que haya hoy que
_jamar_ aquí, _pa_ el gato. Me marcho a acostar.
--Y yo, ¿cómo voy a la otra casa?--preguntó Manuel.
--No tienes mas que seguir la Ronda hasta llegar a la escalera de la
calle del Aguila. No hay pérdida.
Manuel siguió el camino indicado. Hacía un calor horrible; el aire
estaba lleno de polvo: jugaban algunos hombres a los naipes a las
puertas de las tabernas, y en otras, al son de un organillo, bailaban
abrazados.
Cuando llegó Manuel frente a la escalera de la calle del Aguila,
anochecía. Se sentó a descansar un rato en el Campillo de Gil Imón.
Veíase desde allá arriba el campo amarillento, cada vez más sombrío con
la proximidad de la noche, y las chimeneas y las casas, perfiladas con
dureza en el horizonte. El cielo azul y verde arriba se inyectaba de
rojo a ras de la tierra, se obscurecía y tomaba colores siniestros,
rojos cobrizos, rojos de púrpura.
Asomaban por encima de las tapias las torrecitas y cipreses del
cementerio de San Isidro; una cúpula redonda se destacaba recortada en
el aire; en su remate se erguía un angelote, con las alas desplegadas,
como presto para levantar el vuelo sobre el fondo incendiado y
sangriento de la tarde.
Por encima de las nubes estratificadas del crepúsculo brillaba una
pálida estrella en una gran franja verde, y en el vago horizonte,
animado por la última palpitación del día, se divisaban, inciertos,
montes lejanos.
CAPÍTULO II
EL CORRALÓN O LA CASA DEL TÍO RILO. LOS ODIOS DE VECINDAD.
CUANDO la Salomé terminó su labor de costura y fué a dormir a la calle
del Aguila, Manuel pasó definitivamente a sentar sus reales a la casa
del tío Rilo, del arroyo de Embajadores. Llamaban unos a esta casa la
Corrala, otros el Corralón, otros la Piltra, y con tantos nombres la
designaban, que no parecía sino que los inquilinos se pasaban horas y
horas pensando motes para ella.
Daba el Corralón--este era el nombre más familiar de la piltra del tío
Rilo--al paseo de las Acacias, pero no se hallaba en la línea de este
paseo, sino algo metida hacia atrás. La fachada de esta casa, baja,
estrecha, enjalbegada de cal, no indicaba su profundidad y tamaño; se
abrían en esta fachada unos cuantos ventanucos y agujeros
asimétricamente combinados, y un arco sin puerta daba acceso a un
callejón empedrado con cantos, el cual, ensanchado después, formaba un
patio, circunscrito por altas paredes negruzcas.
De los lados del callejón de entrada subían escaleras de ladrillo a
galerías abiertas, que corrían a lo largo de la casa en los tres pisos,
dando la vuelta al patio. Abríanse de trecho en trecho, en el fondo de
estas galerías, filas de puertas pintadas de azul, con un número negro
en el dintel de cada una.
Entre la cal y los ladrillos de las paredes asomaban, como huesos
puestos al descubierto, largueros y travesaños, rodeados de tomizas
resecas. Las columnas de las galerías, así como las zapatas y pies
derechos en que se apoyaban, debían haber estado en otro tiempo pintados
de verde; pero, a consecuencia de la acción constante del sol y de la
lluvia, ya no les quedaban mas que alguna que otra zona con su primitivo
color.
Hallábase el patio siempre sucio; en un ángulo se levantaba un montón de
trastos inservibles, cubierto de chapas de cinc; se veían telas puercas
y tablas carcomidas, escombros, ladrillos, tejas y cestos: un revoltijo
de mil diablos. Todas las tardes algunas vecinas lavaban el patio, y
cuando terminaban su faena vaciaban los lebrillos en el suelo, y los
grandes charcos, al secarse, dejaban manchas blancas y regueros azules
del agua de añil. Solían echar también los vecinos por cualquier parte
la basura, y cuando llovía, como se obturaba casi siempre la boca del
sumidero, se producía una pestilencia insoportable de la corrupción del
agua negra que inundaba el patio, y sobre la cual nadaban hojas de col y
papeles pringosos.
A cada vecino le quedaba para sus menesteres el trozo de galería que
ocupaba su casa; por el aspecto de este espacio podía colegirse el grado
de miseria o de relativo bienestar de cada familia, sus aficiones y sus
gustos, Aquí se advertía cierta limpieza y curiosidad: la pared
blanqueada, una jaula, algunas flores en pucheretes de barro; allá se
traslucía cierto instinto utilitario en las ristras de ajos puestas a
secar, en las uvas colgadas; en otra parte, un banco de carpintero, la
caja de herramientas, denunciaban al hombre laborioso, que trabajaba en
las horas libres.
Pero, en general, no se veían mas que ropas sucias, colgadas en las
barandillas; cortinas hechas con esteras, colchas llenas de remiendos de
abigarrados colores, harapos negruzcos puestos sobre mangos de escobas o
tendidos en cuerdas atadas de un pilar a otro, para interceptar más aún
la luz y el aire.
Cada trozo de galería era manifestación de una vida distinta dentro del
comunismo del hambre; había en aquella casa todos los grados y matices
de la miseria: desde la heroica, vestida con el harapo limpio y decente,
hasta la más nauseabunda y repulsiva.
En la mayor parte de los cuartos y chiribitiles de la Corrala, saltaba a
los ojos la miseria resignada y perezosa, unida al empobrecimiento
orgánico y al empobrecimiento moral.
En el espacio que disfrutaba la familia del zapatero; en la punta de una
pértiga muy larga, atada a uno de los pilares, colgaban unos pantalones
llenos de remiendos, que se balanceaban cómicamente.
Del patio grande del Corralón partía un pasillo, lleno de inmundicias,
que daba a otro patio más pequeño, en el invierno convertido en un
fétido pantano.
Un farol, metido dentro de una alambrera, para evitar que lo rompiesen
los chicos a pedradas, colgaba de una de sus paredes negras.
En el patio interior los cuartos costaban mucho menos que en el grande;
la mayoría eran de veinte y treinta reales; pero los había de dos y tres
pesetas al mes: chiscones obscuros, sin ventilación alguna, construídos
en los huecos de las escaleras y debajo del tejado.
En otro clima más húmedo, la Corrala hubiera sido un foco de infección;
el viento y el sol de Madrid, ese sol que saca ronchas en la piel, se
encargaba de desinfectar aquella madriguera.