presentaba nunca en el comedor ni en el pasillo; su madre la prohibía
toda comunicación con los huéspedes. Se llamaba Kate. Era una muchacha
rubia, muy blanca y muy bonita. Sólo el estudiante Roberto hablaba con
ella algunas veces en inglés.
El muchacho miraba a la chiquilla con entusiasmo.
Aquel verano debió de terminar la mala racha de la Baronesa, porque
comenzó a hacerse ropa y se preparó a mudarse de casa.
Durante unas semanas iban todos los días una costurera y una aprendiza
con trajes y sombreros para la Baronesa y Kate.
Manuel, una noche, vió pasar a la aprendiza de la costurera con una caja
grande en la mano, y se sintió enamorado.
La siguió de lejos con gran miedo de que lo viera. Mientras iba tras
ella, pensaba en lo que se le tendría que decir a una muchacha así, al
acompañarla. Había de ser una cosa galante, exquisita; llegaba a suponer
que estaba a su lado y torturaba su imaginación ideando frases y giros,
y no se le ocurrían mas que vulgaridades. En esto, la aprendiza y su
caja se perdieron entre la gente y no volvió a verlas.
Fué para Manuel el recuerdo de aquella chiquilla como una música
encantadora, una fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba
historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína.
En tanto que Manuel lamentaba los rigores del destino, Roberto, el
estudiante rubio, se dedicaba también a la melancolía, pensando en la
hija de la Baronesa. Algunas bromas tenía que sufrir el estudiante,
sobre todo de la Celia, que, según malas lenguas, trataba de arrancarle
de su habitual frialdad; pero Roberto no se ocupaba de ella.
Días después, un motivo de curiosidad agitó la casa.
Al volver de la calle los huéspedes, se saludaban en broma unos a otros,
diciéndose, a manera de santo y seña: ¿Quién es don Telmo? ¿Qué hace don
Telmo?
Un día estuvo el delegado de policía del distrito hablando en la casa
con don Telmo, y alguien oyó o inventó que se ocuparon los dos del
célebre crimen de la calle de Malasaña. La expectación entre los
huéspedes al conocerse la noticia fué grande, y todos, entre burlas y
veras, se pusieron de acuerdo para espiar al misterioso señor.
Don Telmo se llamaba el viejo cadavérico que limpiaba con la servilleta
las copas y las cucharas, y su reserva predisponía a observarle.
Callado, indiferente, sin terciar en las conversaciones, hombre de muy
pocas palabras, que no se quejaba nunca, llamaba la atención por lo
mismo que parecía empeñado en no llamarla.
Su única ocupación visible era dar cuerda a los siete u ocho relojes de
la casa y arreglarlos cuando se descomponían, cosa que ocurría a cada
paso.
Don Telmo tenía las trazas de un hombre profundamente entristecido, de
un ser desgraciado; en su cara lívida se leía un abatimiento profundo.
La barba y el pelo blancos los llevaba muy recortados; sus cejas caían
como pinceles sobre los ojos grises.
En casa andaba envuelto en un gabán verdoso, con un gorro griego y
zapatillas de paño. A la calle salía con una levita larga y un sombrero
de copa muy alto, y sólo algunos días de verano sacaba un jipijapa
habanero.
Durante más de un mes don Telmo fué el motivo de las conversaciones de
la casa de huéspedes.
En el famoso proceso de la calle de Malasaña, una criada declaró que una
tarde vió al hijo de doña Celsa en un aguaducho de la plaza de Oriente
hablando con un viejo cojo. Para los huéspedes el tal hombre no podía
ser otro que don Telmo. Con esta sospecha se dedicaron a espiar al
viejo; pero él tenía buena nariz y lo notó al momento; viendo los
huéspedes lo infructuoso de sus tentativas, trataron de registrarle el
cuarto; ensayaron una porción de llaves hasta abrir la puerta, y se
encontraron dentro con que no había mas que un armario con un cerrojo de
seguridad formidable.
La vizcaína y Roberto, el estudiante rubio, rechazaron aquella campaña
de espionaje. El Superhombre, el cura, los comisionistas y las mujeres
de la casa inventaron que la vizcaína y el estudiante eran aliados de
don Telmo, y, probablemente, cómplices en el crimen de la calle de
Malasaña.
--Indudablemente--dijo el Superhombre--, don Telmo mató a doña Celsa
Nebot; la vizcaína fué la que regó el cadáver con petróleo y le pegó
fuego, y Roberto el que guardó las alhajas en la casa de la calle de
Amaniel.
--¡Ese pájaro frito!--replicaba la Celia--. ¿Qué va hacer ése?
--Nada, nada; hay que seguirles la pista--dijo el cura.
--Y pedirle dinero al viejo Shylock--añadió el Superhombre.
Aquel espionaje, llevado entre bromas y veras, terminó en discusiones y
disputas, y, a consecuencia de ellas, se formaron dos grupos en la casa:
el de los sensatos, constituído por los tres criminales y la patrona, y
el de los insensatos, en donde se alistaban todos los demás.
Esta limitación de campos hizo que Roberto y don Telmo intimaran, y que
el estudiante cambiara de sitio en la mesa y se sentara junto al viejo.
Una noche, después de comer, mientras Manuel recogía de la mesa los
cubiertos, los platos y copas, hablaban don Telmo y Roberto.
El estudiante era un razonador dogmático, seco, rectilíneo, que no se
desviaba de su punto de vista nunca; hablaba poco, pero cuando lo
hacía, era de un modo sentencioso.
Un día, discutiendo si los jóvenes debían o no ser ambiciosos y
preocuparse del porvenir, Roberto aseguró que era lo primero que debía
hacer uno.
--Pues usted no lo hace--dijo el Superhombre.
--Tengo el convencimiento absoluto--contestó Roberto--de que he de
llegar a ser millonario. Estoy construyendo la máquina que me llenará de
dinero.
El Superhombre, que se las echaba de mundano y de corrido, se permitió,
al oír esto, una broma desdeñosa acerca de las facultades de Roberto, y
éste le replicó de una manera tan violenta y tan agresiva, que el
periodista se descompuso y balbuceó una porción de excusas.
Luego, cuando quedaron solos don Telmo y Roberto en la mesa, siguieron
hablando, y del tema general de si los jóvenes debían o no ser
ambiciosos, pasaron a tratar de las esperanzas que el estudiante tenía
de llegar a ser millonario.
--Yo estoy convencido de que lo seré--dijo el muchacho--. En mi familia
han abundado las personas de gran suerte.
--Eso está muy bien, Roberto--murmuró el viejo--; pero hay que saber
cómo se hace uno rico.
--No crea usted que mi esperanza es ilusoria; yo tengo que heredar, y no
poca cosa; tengo que heredar muchísimo... millones...; los cimientos de
mi obra y el andamiaje están hechos; ahora el caso es que necesito
dinero.
En el rostro de don Telmo se pintó una expresión de sorpresa
desagradable.
--No tenga usted cuidado--replicó Roberto--, no se lo voy a pedir.
--Hijo mío, si yo tuviera se lo daría con mucho gusto y sin interés. A
mí se me cree millonario.
--No; ya le digo a usted que no trato de sacarle ni un céntimo; lo único
que le pediría a usted sería un consejo.
--Hable usted, hable usted; le escucho con verdadera atención--repuso el
viejo, apoyando un codo en la mesa.
Manuel, que recogía el mantel, aguzó los oídos.
En aquel instante entró en el comedor uno de los comisionistas, y
Roberto, que se preparaba a contar algo, se calló y contempló al intruso
con impertinencia. Era un tipo aristocrático el del estudiante, de pelo
rubio, espeso y peinado para arriba, bigote blanco, como si fuera de
plata; la piel, algo curtida por el sol.
--¿No sigue usted?--le dijo don Telmo.
--No--replicó el estudiante, mirando al comisionista--, porque no quiero
que nadie se entere de lo que yo hablo.
--Venga usted a mi cuarto--repuso don Telmo--; allí hablaremos
tranquilamente. Tomaremos café en mi habitación. ¡Manuel!--dijo
después--, vete por dos cafés.
Manuel, que tenía un gran interés en oír lo que contaba el estudiante,
salió a la calle disparado. Tardó en volver con las cafeteras más de un
cuarto de hora, con lo que supuso que Roberto habría terminado su
narración.
Llamó en el cuarto de don Telmo y se preparó a tardar el mayor tiempo
posible allí, para oír todo lo que pudiese de la conversación. Limpió el
velador del cuarto de don Telmo con un paño.
--¿Y cómo averiguó usted eso--preguntaba don Telmo--si no lo sabía su
familia?
--Pues de una manera casual--replicó el estudiante--. Hará dos años por
esta época quise yo hacer un regalillo a una hermana, que es ahijada
mía, y a quien le gusta mucho tocar el piano, y se me ocurrió, tres días
antes de su santo, comprar dos óperas, encuadernarlas y enviárselas. Yo
quería que encuadernasen el libro en seguida, pero en las tiendas donde
entré me dijeron que no había tiempo; iba con mis óperas bajo el brazo
por cerca de la plaza de las Descalzas, cuando veo en la pared trasera
de un convento una tiendecilla muy pequeña de encuadernador, como una
covachuela, con escaleras para bajar. Pregunto al hombre, un viejo
encorvado, si quiere encuadernarme el libro en dos días, y me dice que
sí. Bueno--le digo--, pues yo vendré dentro de dos días.--Se lo enviaré
a usted; deme usted sus señas--. Le doy mis señas y me pregunta el
nombre. Roberto Hasting y Núñez de Letona.--¿Es usted Núñez de
Letona?--me pregunta, mirándome con curiosidad.--Sí, señor.--¿Es usted
oriundo de la Rioja?--Sí, ¿y qué?--le digo yo, fastidiado con tanta
pregunta--. Y el encuadernador, cuya mujer es Núñez de Letona y oriunda
de la Rioja, me cuenta la historia ésta que le he dicho a usted. Yo, al
principio, lo tomé a broma; luego, al cabo de algún tiempo, escribí a mi
madre, y me contestó que sí, que recordaba algo de todo esto.
Don Telmo paró la vista en Manuel.
--¿Qué haces tú aquí?--le preguntó--. Anda fuera; no quiero que vayas
contando después...
--Yo no cuento nada.
--Bueno, pues márchate.
Salió Manuel, y don Telmo y Roberto siguieron hablando. Los huéspedes
interrogaron a Manuel, pero éste no quiso decir nada. Se había decidido
por el bando de los sensatos.
Con esta amistad del viejo y el estudiante el servicio de espías siguió
funcionando. Uno de los comisionistas averiguó que don Telmo celebraba
contratos de retroventa y se dedicaba a prestar dinero sobre casas y
muebles y a otros negocios usurarios.
Alguien le vió en una ropavejería del Rastro, que probablemente sería
suya, y se inventó que en su cuarto guardaba monedas de oro y que de
noche jugaba con ellas encima de la cama.
Se supo también que don Telmo iba a visitar con alguna frecuencia a una
muchacha muy elegante y guapa, según unos querida suya, y, según otros,
su sobrina.
Al siguiente domingo, Manuel sorprendió una conversación entre el viejo
y el estudiante. En un cuarto obscuro había un montante que daba a la
habitación de don Telmo, y desde allí se puso a oír.
--¿De manera que se niega a dar más datos?--preguntaba don Telmo.
--Se niega en absoluto--decía el estudiante--; y él me aseguró que el
que no apareciera el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro
parroquial era consecuencia de una falsificación; que esto lo mandó
hacer un tal Shapfer, agente de Bandon, y que luego los curas se
aprovecharon para apoderarse de unas capellanías. Yo tengo la
certidumbre de que el pueblo en donde nació Fermín Núñez fué Arnedo o
Autol.
Don Telmo contemplaba atentamente un pliego de papel grande: el árbol
genealógico de la familia de Roberto.
--¿Qué camino cree usted que debía seguir?--preguntó el estudiante.
--Necesita usted dinero; pero ¡es tan difícil encontrarlo!--murmuró el
viejo--. ¿Por qué no se casa usted?
--¿Y qué adelantaría?
--Con una mujer rica es lo que digo...
Aquí don Telmo se puso a hablar en voz baja, y tras breves palabras se
despidieron los dos.
El espionaje de los huéspedes se hizo tan fastidioso para los espiados,
que la vizcaína y don Telmo advirtieron a la patrona que se marchaban.
La desolación de doña Casiana al saber su decisión fué grandísima; tuvo
que recurrir varias veces al armario y dedicarse a los consuelos del
líquido fabricado por ella.
Los huéspedes, con la fuga de la vizcaína y don Telmo, se encontraron
tan chasqueados, que ni los líos de la Irene y la Celia, ni los cuentos
del cura don Jacinto, que exageró la nota soez, bastaron para sacar de
su mutismo a la gente.
El tenedor de libros, un hombre ictérico, de cara chupada y barba de
judío de monumento, muy silencioso y tímido, que había roto a hablar
intrigado por las cábalas ideadas y fantaseadas sobre la vida de don
Telmo, se fué poniendo cada vez más amarillo de hipocondría.
La marcha de don Telmo la pagaron el estudiante y Manuel. Con el
estudiante no se atrevían mas que a darle bromas acerca de su
complicidad con el viejo y la vizcaína; a Manuel le chillaba todo el
mundo, cuando no le daban algún puntapié.
Uno de los comisionistas, el enfermo del estómago, exasperado por el
aburrimiento, el calor y las malas digestiones, no encontró otra
distracción mas que insultar y reñir a Manuel mientras éste servía la
mesa, viniera o no a cuento.
--¡Anda, ganguero!--le decía--. ¡Lástima de la comida que te dan!
¡Calamidad!
Esta cantinela, unida a otras del mismo género, comenzaba a fastidiar a
Manuel. Un día el comisionista cargó la mano de insultos y de
improperios sobre Manuel. Le habían enviado al chico por dos cafés, y
tardaba mucho en venir con el servicio; precisamente aquel día no era
suya la culpa de la tardanza, pues le hicieron esperar mucho.
--Te debían poner una albarda, ¡imbécil!--gritó el comisionista al verle
entrar.
--No será usted el que me la ponga--le contestó de mala manera Manuel,
colocando las tazas en la mesa.
--¿Que no? ¿Quieres verlo?
--Sí.
El comisionista se levantó y le pegó un puntapié a Manuel en una
canilla, que le hizo ver las estrellas. Dió el muchacho un grito de
dolor, y, furioso, agarrando un plato, se lo tiró a la cabeza del
comisionista; éste se agachó; cruzó el proyectil el comedor, rompió un
cristal de la ventana y cayó al patio, rompiéndose allí con estrépito.
El comisionista cogió una de las cafeteras llenas de café con leche y se
la tiró a Manuel, con tanto acierto, que le dió en la cara; bramó el
chico, cegado por la ira y el café con leche, se lanzó sobre su enemigo,
lo arrinconó, y se vengó de sus insultos y de sus golpes con una serie
inacabable de puñetazos y patadas.
--¡Que me mata! ¡Que me mata!--chillaba el comisionista con unos gritos
de mujer.
--¡Ladrón! ¡Morral!--vociferaba Manuel empleando el repertorio de
insultos más escogido de la calle.
El Superhombre y el cura sujetaron por los brazos a Manuel, dejándole a
merced del comisionista; éste trató de vengarse viendo al chico
acorralado; pero cuando se disponía a pegarle, Manuel le dió una patada
en el estómago que le hizo vomitar toda la comida.
Todos se pusieron en contra de Manuel; pero Roberto le defendió. El
comisionista se marchó a su cuarto, llamó a la patrona y le dijo que no
permanecería un momento en la casa mientras estuviera allí el hijo de la
Petra.
La patrona, cuyo interés mayor era conservar el huésped, comunicó la
decisión a su criada.
--Ya ves lo que has conseguido: ya no puedes estar aquí--dijo la Petra a
su hijo.
--Bueno. Ese morral me las pagará--replicó el muchacho apretándose los
chichones de la frente--. Le digo a usted que si le encuentro le voy a
machacar los sesos.
--Te guardarás muy bien de decirle nada.
En este momento entró el estudiante en la cocina.
--Has hecho bien, Manuel--exclamó dirigiéndose a la Petra--. ¿A qué le
insultaba ese mamarracho? Aquí todo dios tiene derecho a meterse con uno
si no hace lo que los demás quieren. ¡Gentuza cobarde!
Al decir esto, Roberto se puso pálido de ira; luego se calmó y preguntó
a la Petra:
--¿Adónde va usted a llevar ahora a Manuel?
--A una zapatería de un primo mío de la calle del Aguila.
--¿Está por barrios bajos?
--Sí.
--Algún día iré a verle.
Antes de acostarse Manuel, volvió a aparecer Roberto en la cocina.
--Oye--le dijo a Manuel--, si conoces algún sitio raro por barrios
bajos donde haya mala gente, avísame: iré contigo.
--Le avisaré a usted, no tenga usted cuidado. Bueno. Hasta la vista.
¡Adiós!
Roberto le dió la mano a Manuel, y éste la estrechó muy agradecido.
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
LA REGENERACIÓN DEL CALZADO Y EL LEÓN DE LA ZAPATERÍA.--EL PRIMER
DOMINGO.--UNA ESCAPATORIA. EL «BIZCO» Y SU CUADRILLA.
EL madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios
pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo
de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras
de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo
en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al
lado de sombra obscura; vida refinada, casi europea, en el centro vida
africana, de aduar, en los suburbios. Hace unos años, no muchos, cerca
de la ronda de Segovia y del Campillo de Gil Imón, existía una casa de
sospechoso aspecto y de no muy buena fama, a juzgar por el rumor
público. El observador...
En este y otros párrafos de la misma calaña tenía yo alguna esperanza,
porque daban a mi novela cierto aspecto fantasmagórico y misterioso;
pero mis amigos me han convencido de que suprima los tales párrafos,
porque dicen que en una novela parisiense estarán bien, pero en una
madrileña, no; y añaden, además, que aquí nadie extravía, ni aun
queriendo; ni hay observadores, ni casas de sospechoso aspecto, ni nada.
Yo, resignado, he suprimido esos párrafos, por los cuales esperaba
llegar algún día a la Academia Española, y sigo con mi cuento en un
lenguaje más chabacano.
Sucedió, pues, que al día siguiente de la bronca en el comedor de la
casa de huéspedes, la Petra, muy de mañana, despertó a Manuel y le mandó
vestirse.
Recordó el muchacho la escena del día anterior; la comprobó, llevándose
la mano a la frente, pues aun le dolían los chichones, y por el tono de
su madre comprendió que persistía en su resolución de llevarle a la
zapatería.
Luego que se hubo vestido Manuel salieron madre e hijo de casa y
entraron en la buñolería a tomar una taza de café con leche. Bajaron
después a la calle del Arenal, cruzaron la plaza de Oriente, y por el
Viaducto, y luego por la calle del Rosario, siguiendo a lo largo de la
pared de un cuartel, llegaron a unas alturas a cuyo pie pasaba la ronda
de Segovia. Veíase desde allá arriba el campo amarillento que se
extendía hasta Getafe y Villaverde, y los cementerios de San Isidro con
sus tapias grises y sus cipreses negros.
De la ronda de Segovia, que recorrieron en corto trecho, subieron por la
escalinata de la calle del Aguila, y en una casa que hacía esquina al
Campillo de Gil Imón se detuvieron.
Había dos zapaterías, ambas cerradas, una enfrente de la otra; y la
madre de Manuel, que no recordaba cuál de las dos era la de su pariente,
preguntó en una taberna.
--La del señor Ignacio es la de la casa grande--contestó el tabernero--.
Creo que el zapatero vino ya, pero aun no ha abierto el almacén.
Madre e hijo tuvieron que esperar a que abrieran. No era la casa aquélla
pequeña ni de mal aspecto; pero parecía que tenía unas ganas atroces de
caerse, porque ostentaba, aquí sí y allí también, desconchaduras,
agujeros y toda clase de cicatrices. Tenía piso bajo y principal,
balcones grandes y anchos con los barandados de hierro carcomidos por el
orín, y los cristales, pequeños y verdes, sujetos con, listas de plomo.
En el piso bajo de la casa, en la parte que daba a la calle del Aguila,
había una cochera, una carpintería, una taberna y la zapatería del
pariente de la Petra. Este establecimiento tenía sobre la puerta de
entrada un rótulo que decía:
«A LA REGENERACIÓN DEL CALZADO»
El historiógrafo del porvenir seguramente encontrará en este letrero una
prueba de lo extendida que estuvo en algunas épocas cierta idea de
regeneración nacional, y no le asombrará que esa idea, que comenzó por
querer reformar y regenerar la Constitución y la raza española,
concluyera en la muestra de una tienda de un rincón de los barrios
bajos, en donde lo único que se hacía era reformar y regenerar el
calzado.
Nosotros no negaremos la influencia de esa teoría regeneradora en el
dueño del establecimiento _A la regeneración del calzado_; pero tenemos
que señalar que este rótulo presuntuoso fué puesto en señal de desafío a
la zapatería de enfrente, y también tenemos que dar fe de que había sido
contestado por otro aun más presuntuoso.
Una mañana los de _A la regeneración del calzado_ se encontraron
anonadados al ver el rótulo de la zapatería rival. Se trataba de una
hermosa muestra de dos metros de larga, con este letrero:
«EL LEÓN DE LA ZAPATERÍA»
Esto aun era tolerable; pero lo terrible, lo aniquilador, era la pintura
que en medio ostentaba la muestra. Un hermoso león amarillo con cara de
hombre y melena encrespada, puesto de pie, tenía entre las garras
delanteras una bota, al parecer, de charol. Debajo de la pintura se leía
lo siguiente: _La romperás, pero no la descoserás_.
Era un lema abrumador: ¡Un león (fiera) tratando de descoser la bota
hecha por el León (zapatería), y sin poderlo conseguir! ¡Qué humillación
para la fiera! ¡Qué triunfo para la zapatería! La fiera, en este caso,
era _A la regeneración de calzado_, que había quedado, como suele
decirse, a la altura del betún.
Además del rótulo de la tienda del señor Ignacio, en uno de los balcones
de la casa grande había un busto de mujer, de cartón probablemente, y un
letrero debajo: _Perfecta Ruiz; se peinan señoras_; a los lados del
portal, en la pared, colgaban varios anuncios, indignos de llamar la
atención del historiógrafo antes mencionado, y en los cuales se ofrecían
cuartos baratos con cama y sin cama, memorialistas y costureras. Sólo un
cartel, en donde estaban pegados horizontal, vertical y oblicuamente una
porción de figurines recortados, merecía pasar a la historia por su
laconismo; decía:
«MODA PARISIÉN. ESCORIHUELA, SASTRE»
Manuel, que no se había tomado el trabajo de leer todos estos rótulos,
entró en la casa por una puertecilla que había al lado del portalón de
la cochera, y siguió por un corredor hasta un patio muy sucio.
Cuando salió a la calle habían abierto la zapatería. La Petra y el chico
entraron.
--¿No está el señor Ignacio?--preguntó ella.
--Ahora viene--contestó un muchacho que amontonaba zapatos viejos en el
centro de la tienda.
--Dígale usted que está aquí su prima, la Petra.
Salió el señor Ignacio. Era un hombre de unos cuarenta a cincuenta años,
seco y enjuto. Comenzaron a hablar la Petra y él, mientras el muchacho y
un chiquillo seguían amontonando los zapatos viejos. Manuel les miraba,
cuando el mozo le dijo:
--¡Anda, tú, ayuda!
Manuel hizo lo que ellos, y cuando terminaron los tres, esperaron a que
cesaran de hablar la Petra y el señor Ignacio. La Petra contaba a su
primo la última hazaña de Manuel, y el zapatero escuchaba sonriendo. El
hombre no tenía trazas de mala persona; era rubio e imberbe; en su labio
superior sólo nacían unos cuantos pelos azafranados. La tez amarilla,
rugosa, los surcos profundos de su cara, el aire cansado, le daban
aspecto de hombre débil. Hablaba con cierta vaguedad irónica.
--Te vas a quedar aquí--le dijo la Petra a Manuel.
--Bueno.
Este es un barbián--exclamó el señor Ignacio, riendo--; se conforma
pronto.
--Sí; éste todo lo toma con calma. Pero, mira--añadió, dirigiéndose a su
hijo--, si yo sé que haces alguna cosa como la de ayer, ya verás.
Se despidió Manuel de su madre.
--¿Has estado mucho tiempo en ese pueblo de Soria con mi primo?--le
preguntó el señor Ignacio.
--Dos años.
--Y qué, ¿allí trabajabas mucho?
--Allí no trabajaba nada.
--Pues hijo, aquí no tendrás más remedio. Anda, siéntate a trabajar. Ahí
tienes a tus primos--añadió el señor Ignacio, mostrando al mozo y al
chiquillo--. Estos también son unos guerreros.
El mozo se llamaba Leandro, y era robusto; no se parecía nada a su
padre: tenía la nariz y los labios gruesos, la expresión testaruda y
varonil; el otro era un chico de la edad de Manuel, delgaducho, esbelto,
con cara de pillo, y se llamaba Vidal.