Había tomado el tren por la noche en el apeadero en donde su

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OBRAS DE PIÓ BAROJA

Vidas sombrías.

Idilios vascos.

El tablado de Arlequín.

Nuevo tablado de Arlequín.

Juventud, egolatría.

Idilios y fantasías.

Las horas solitarias.

Momentum Catastrophicum.

La Caverna del Humorismo.

Divagaciones sobre la Cultura.

LAS TRILOGÍAS

TIERRA VASCA

La casa de Aizgorri.

El Mayorazgo de Labraz.

Zalacaín, el aventurero.

LA VIDA FANTÁSTICA

Camino de perfección.

Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.

Paradox, rey.

LA RAZA

La dama errante.

La ciudad de la niebla.

El árbol de la ciencia.

LA LUCHA POR LA VIDA

La busca.

Mala hierba.

Aurora roja.

EL PASADO

La feria de los discretos.

Los últimas románticos.

Las tragedias grotescas.

LAS CIUDADES

César o nada.

El mundo es ansí.

EL MAR

Las inquietudes de Shanti Andía.

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

El aprendiz de conspirador.

El escuadrón del Brigante.

Los caminos del mundo.

Con la pluma y con el sable.

Los recursos de la astucia.

La ruta del aventurero.

Los contrastes de la vida.

La veleta de Gastizar.

Los caudillos de 1830.

La Isabelina.

LA LUCHA POR LA VIDA

LA BUSCA

ES PROPIEDAD

DERECHOS RESERVADOS

PARA TODOS LOS PAÍSES

COPYRIGHT BY

RAFAEL CARO RAGGIO

1920

Establecimiento tipográfico de Rafael Caro Raggio.

PIÓ BAROJA

LA LUCHA POR LA VIDA

LA BUSCA

NOVELA

QUINTA EDICIÓN

[Ilustración]

RAFAEL CARO RAGGIO

EDITOR

MENDIZÁBAL, 34

MADRID

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

PREÁMBULO.--CONCEPTOS UN TANTO INMORALES DE UNA PUPILERA.--CHARLAS.--SE

OYE CERRAR UN BALCÓN.--CANTA UN GRILLO.

ACABABAN de dar las doce, de una manera pausada, acompasada y

respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj,

alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la

uniforme y monótona serie de las horas que va rodeando nuestra vida,

hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el obscuro

seno del tiempo.

Poco después de esta indicación amigable del viejo reloj, hecha con la

voz grave y reposada, propia de un anciano, sonaron las once, de un modo

agudo y grotesco, con una impertinencia juvenil, en un relojillo

petulante de la vecindad, y unos minutos más tarde, para mayor confusión

y desbarajuste cronométrico, el reloj de una iglesia próxima dió una

larga y sonora campanada, que vibró durante algunos segundos en el aire

silencioso.

¿Cuál de los tres relojes estaba en lo fijo? ¿Cuál de aquellas tres

máquinas para medir el tiempo tenía más exactitud en sus indicaciones?

El autor no puede decirlo, y lo siente. Lo siente, porque el tiempo es,

según algunos graves filósofos, el cañamazo en donde bordamos las

tonterías de nuestra vida; y es verdaderamente poco científico el no

poder precisar con seguridad en qué momento empieza el cañamazo de este

libro. Pero el autor lo desconoce: sólo sabe que en aquel minuto, en

aquel segundo, hacía ya largo rato que los caballos de la noche

galopaban por el cielo. Era, pues, la hora del misterio; la hora de la

gente maleante; la hora en que el poeta piensa en la inmortalidad,

rimando hijos con prolijos y amor con dolor; la hora en que la buscona

sale de su cubil y el jugador entra en él; la hora de las aventuras que

se buscan y nunca se encuentran; la hora, en fin, de los sueños de la

casta doncella y de los reumatismos del venerable anciano. Y mientras se

deslizaba esta hora romántica, cesaban en la calle los gritos, las

canciones, las riñas; en los balcones se apagaban las luces, y los

tenderos y las porteras retiraban sus sillas del arroyo para entregarse

en brazos del sueño.

En la morada casta y pura de doña Casiana, la pupilera, reinaba hacía

algún tiempo apacible silencio; solo entraba por el balcón, abierto de

par en par, el rumor lejano de los coches y el canto de un grillo de la

vecindad, que rascaba en la chirriante cuerda de su instrumento con una

persistencia desagradable.

En aquella hora, fuera la que fuese, marcada por los doce lentos y

gangosos ronquidos del reloj del pasillo, no se encontraban en la casa

mas que un señor viejo, madrugador impenitente; la dueña, doña Casiana,

patrona también impenitente, para desgracia de sus huéspedes, y la

criada Petra.

La patrona dormía en aquel instante sentada en la mecedora, en el balcón

abierto; la Petra, en la cocina, hacía lo mismo, con la cabeza apoyada

en el marco de la ventana, y el señor viejo madrugador se entretenía

tosiendo en la cama.

Había concluído la Petra de fregar, y el sueño, el calor y el cansancio

la rindieron, sin duda. A la luz de la lamparilla colgada en el fogón se

la veía vagamente. Era una mujer flaca, macilenta, con el pecho hundido,

los brazos delgados, las manos grandes, rojas, y el pelo gris. Dormía

con la boca abierta, sentada en una silla, con una respiración anhelante

y fatigosa.

Al sonar las campanadas en el reloj del pasillo, se despertó de repente:

cerró la ventana, de donde entraba un nauseabundo olor a establo de la

vaquería de la planta baja; dobló los paños, salió con un rimero de

platos y los dejó sobre la mesa del comedor; luego guardó los cubiertos,

el mantel y el pan sobrante en un armario; descolgó la candileja y entró

en el cuarto, en cuyo balcón dormía la patrona.

--¡Señora! ¡Señora!--llamó varias veces.

--¿Eh? ¿Qué pasa?--murmuró doña Casiana, de un modo soñoliento.

--Si quiere usted algo.

--No, nada. ¡Ah, sí! Mañana dígale usted al panadero que el lunes que

viene le pagaré.

--Está bien. Buenas noches.

Salía la criada del cuarto, cuando se iluminaron los balcones de la casa

de enfrente; después se abrieron de par en par, y se oyó un preludio

suave de guitarra.

--¡Petra! ¡Petra!--gritó doña Casiana--. Venga usted. ¿Eh? En casa de

la Isabelona... se conoce que ha venido gente.

La criada se asomó al balcón y miró con indiferencia la casa frontera.

--Eso, eso produce--siguió diciendo la patrona--; no estas porquerías de

casas de huéspedes.

En aquel momento apareció en uno de los balcones de la casa vecina una

mujer envuelta en amplia bata, con una flor roja en el pelo, cogida

estrechamente de la cintura por un señorito vestido de etiqueta, con

frac y chaleco blanco.

--Eso, eso produce--repitió la patrona varias veces.

Luego, esta idea debió alterar su bilis, porque añadió con voz irritada:

--Mañana voy a echar el toro al curita y a esas golfas de las hijas de

doña Violante, y a todo el que no me pague. ¡Que tenga una que luchar

con esta granujería! No; pues de mí no se ríen más...

La Petra, sin replicar nada, dió nuevamente las buenas noches y salió

del cuarto. Doña Casiana siguió mascullando sus iras; después repantigó

su cuerpo rechoncho en la mecedora y soñó con un establecimiento de la

misma especie que el de la vecindad; pero un establecimiento modelo, con

salas lujosamente amuebladas, adonde iban en procesión todos los jóvenes

escrofulosos de los círculos y congregaciones, místicos y mundanos,

hasta tal punto, que se veía ella en la necesidad de poner un despacho

de billetes a la puerta.

Mientras la patrona mecía su imaginación en este dulce sueño de burdel

monstruo, la Petra entró en un cuartucho obscuro, lleno de trastos

viejos; dejó la luz en una silla, puso una caja de fósforos, grasienta,

en el recazo de la candileja; leyó un instante en un libro de

oraciones, sucio y mugriento, con letras gordas; repitió algunos rezos

mirando al techo, y comenzó a desnudarse. La noche estaba sofocante; en

aquel agujero el calor era horrible. La Petra se metió en la cama, se

persignó, apagó la candileja, que humeó largo rato, se tendió y apoyó la

cabeza en la almohada. Un gusano de la carcoma en alguno de aquellos

trastos viejos hacía crujir la madera de un modo isócrono...

La Petra durmió con un sueño profundo un par de horas, y se despertó

ahogada de calor. Habían abierto la puerta, se oían pasos en el pasillo.

--Ya está ahí doña Violante con sus hijas--murmuró la Petra--. Será muy

tarde.

Volverían las tres damas de los jardines, adonde iban después de cenar

en busca de las pesetas necesarias para vivir. La suerte no debió

favorecerlas, porque traían mal humor, y las dos jóvenes disputaban,

achacándose una a otra la culpa de haber perdido el tiempo.

Cesó la conversación, después de unas cuantas frases agrias e irónicas,

y volvió a reinar el silencio. La Petra, desvelada, se abismó en sus

preocupaciones; de nuevo se oyeron pasos, pero leves y rápidos, en el

corredor; después, el ruido de la falleba de un balcón abierto con

cautela.

--Alguna de esas se ha levantado--pensó la Petra--. ¿Qué trapisonda

traerá?

Al cabo de unos minutos se oyó la voz de la patrona, que gritaba

imperiosamente desde su cuarto:

--¡Irene!... ¡Irene!

--¿Qué?

--Salga usted del balcón.

--Y ¿por qué tengo _de_ salir?--replicó una voz áspera, con palabra

estropajosa.

--Porque sí... porque sí.

--¿Pues qué hago yo en el balcón?

--Usted lo sabrá mejor que yo.

--Pues no sé.

--Pues yo sí sé.

--Estaba tomando el fresco.

--Usted sí que es fresca.

--La fresca será usted, señora.

--Cierre usted el balcón. Usted se figura que mi casa es lo que no es.

--Yo ¿qué he hecho?

--No tengo necesidad de decírselo. Para eso, enfrente, enfrente.

--Quiere decir que en casa de la Isabelona--pensó la Petra.

Se oyó cerrar el balcón de golpe; sonaron pasos en el corredor, seguidos

de un portazo. La patrona continuó rezongando durante largo tiempo;

luego hubo un murmullo de conversación tenida en voz baja. Después no se

oyó mas que el chirriar persistente del grillo de la vecindad, que

siguió rascando en su desagradable instrumento con la constancia de un

aprendiz de violinista.

CAPÍTULO II

LA CASA DE DOÑA CASIANA.--UNA CEREMONIA MATINAL.--COMPLOT.--EN DONDE SE

DISCURRE ACERCA DEL VALOR ALIMENTICIO DE LOS HUESOS.--LA PETRA Y SU

FAMILIA.--MANUEL: SU LLEGADA A MADRID.

... Y el grillo, como virtuoso obstinado, persistió en sus ejercicios

musicales, a la verdad algo monótonos, hasta que apareció en el cielo la

plácida sonrisa del alba. A los primeros rayos del sol calló el músico,

satisfecho, sin duda, de la perfección de su artístico trabajo, y una

codorniz le sustituyó en el solo, dando los tres golpes consabidos. El

sereno llamó con su chuzo en las tiendas, pasaron uno o dos panaderos

con la cesta a la cabeza, se abrió una tienda, luego otra, después un

portal, echó una criada la basura a la acera, se oyó el vocear de un

periódico. Poco después la calle entraba en movimiento.

Sería el autor demasiado audaz si tratase de demostrar la necesidad

matemática en que se encontraba la casa de doña Casiana de hallarse

colocada en la calle de Mesonero Romanos, antes del Olivo, porque,

indudablemente, con la misma razón podía haber estado emplazada en la

del Desengaño, en la de Tudescos, o en otra cualquiera; pero los deberes

del autor, sus deberes de cronista imparcial y verídico, le obligan a

decir la verdad, y la verdad es que la casa estaba en la calle de

Mesonero Romanos, antes del Olivo.

En aquellas horas tempranas no se oía en ella el menor ruido; el portero

había abierto el portal y contemplaba la calle con cierta melancolía.

El portal, largo, obscuro, mal oliente, era más bien un corredor

angosto, a uno de cuyos lados estaba la portería.

Al pasar junto a esta última, si se echaba una mirada a su interior,

ahogado y repleto de muebles, se veía constantemente una mujer gorda,

inmóvil, muy morena, en cuyos brazos descansaba un niño enteco, pálido y

larguirucho, como una lombriz blanca. Encima de la ventana, se figuraba

uno que, en vez de «Portería», debía poner: «La mujer cañón con su

hijo», o un letrero semejante de barraca de feria.

Si a esta mujer voluminosa se la preguntaba algo, contestaba con una voz

muy chillona, acompañada de un gesto desdeñoso bastante desagradable. Se

seguía adelante, dejando a un lado el antro de la mujer-cañón, y a la

izquierda del portal, daba comienzo la escalera, siempre a obscuras, sin

más ventilación que la de unas ventanas altas, con rejas, que daban a un

patio estrecho, de paredes sucias, llenas de ventiladores redondos. Para

una nariz amplia y espaciosa, dotada de una pituitaria perspicaz,

hubiese sido un curioso _sport_ el de descubrir e investigar la

procedencia y la especie de todos los malos olores, constitutivos de

aquel tufo pesado, propio y característico de la casa.

El autor no llegó a conocer los inquilinos que habitaban los pisos

altos; tiene una idea vaga de que había dos o tres patronas, alguna

familia que alquilaba cuartos a caballeros estables, pero nada más. Por

esta causa el autor no se remota a las alturas y se detiene en el piso

principal.

En éste, de día apenas si se divisaba, por la obscuridad reinante, una

puerta pequeña; de noche, en cambio, a la luz de un farol de petróleo,

podía verse una chapa de hoja de lata, pintada de rojo, en la cual se

leía escrito con letras negras: «Casiana Fernández».

A un lado de la puerta colgaba un trozo de cadena negruzco, que sólo

poniéndose de puntillas y alargando el brazo se alcanzaba; pero como la

puerta estaba siempre entornada, los huéspedes podían entrar y salir sin

necesidad de llamar.

Se pasaba dentro de la casa. Si era de día, encontrábase uno sumergido

en las profundas tinieblas; lo único que denotaba el cambio de lugar era

el olor, no precisamente por ser más agradable que el de la escalera,

pero sí distinto; en cambio, de noche, a la vaga claridad difundida por

una mariposa de corcho, que nadaba sobre el agua y el aceite de un vaso,

sujeto por una anilla de latón a la pared, se advertían, con cierta vaga

nebulosidad, los muebles, cuadros y demás trastos que ocupaban el

recibimiento de la casa.

Frente a la entrada había una mesa ancha y sólida, y sobre ella una caja

de música de las antiguas, con unos cilindros de acero erizados de

pinchos, y junto a ella una estatua de yeso: una figura ennegrecida y

sin nariz, que no se conocía fácilmente si era de algún dios, de algún

semidiós o de algún mortal.

En la pared del recibimiento y en la del pasillo se destacaban cuadros

pintados al óleo, grandes y negruzcos. Un inteligente quizá los hubiese

encontrado detestables; pero la patrona, que se figuraba que cuadro muy

obscuro debía de ser muy bueno, se recreaba, a veces, pensando que quizá

aquellos cuadros, vendidos a un inglés, le sacarían algún día de apuros.

Eran unos lienzos en donde el pintor había desarrollado escenas bíblicas

tremebundas: matanzas, asolamientos, fieros males; pero de tal manera,

que a pesar de la prodigalidad del artista en sangre, llagas y cabezas

cortadas, aquellos lienzos, en vez de horrorizar, producían una

impresión alegre. Uno de ellos representaba la hija de Herodes

contemplando la cabeza de San Juan Bautista. Las figuras todas eran de

amable jovialidad; el rey, con una indumentaria de rey de baraja y en la

postura de un jugador de naipes, sonreía; su hija, una señora

coloradota, sonreía; los familiares, metidos en sus grandes cascos,

sonreían, y hasta la misma cabeza de San Juan Bautista sonreía, colocada

en un plato repujado. Indudablemente el autor de aquellos cuadros, si no

el mérito del dibujo ni el del colorido, tenía el de la jovialidad.

A derecha e izquierda de la puerta de la casa corría el pasillo, de

cuyas paredes colgaban otra porción de lienzos negros, la mayoría sin

marco, en los cuales no se veía absolutamente nada, y sólo en uno se

adivinaba, después de fijarse mucho, un gallo rojizo picoteando en las

hojas de una verde col.

A este pasillo daban las alcobas, en las que hasta muy entrada la tarde

solían verse por el suelo calcetines sucios, zapatillas rotas, y, sobre

las camas sin hacer, cuellos y puños postizos.

Casi todos los huéspedes se levantaban en aquella casa tarde, excepto

dos comisionistas, un tenedor de libros y un cura, los cuales

madrugaban por mor del oficio, y un señor viejo, que lo hacía por

costumbre o por higiene.

El tenedor de libros se largaba a las ocho de la mañana sin desayunarse;

el cura salía _in albis_ para decir misa; pero los comisionistas tenían

la audaz pretensión de tomar algo en casa, y la patrona empleaba un

procedimiento muy sencillo para no darles ni agua: los dos comisionistas

comenzaban su trabajo de nueve y media a diez; se acostaban muy tarde, y

encargaban a la patrona que les despertase a las ocho y media; ella

cuidaba de no llamarles hasta las diez. Al despertarse los viajantes y

ver la hora, se levantaban, se vestían de prisa y escapaban disparados,

renegando de la patrona. Luego, cuando el elemento femenino de la casa

daba señales de vida, se oían por todas partes gritos, voces

destempladas, conversaciones de una alcoba a otra, y se veía salir de

los cuartos, la mano armada con el servicio de noche, a la patrona, a

alguna de las hijas de doña Violante, a una vizcaína alta y gorda, y a

otra señora, a la que llamaban la Baronesa.

La patrona llevaba invariablemente un cubrecorsé de bayeta amarilla; la

Baronesa, un peinador lleno de manchas de cosmético, y la vizcaína, un

corpiño rojo, por cuya abertura solía presentar a la admiración de los

que transitaban por el corredor una ubre monstruosa y blanca con gruesas

venas azules...

Después de aquella ceremonia matinal, y muchas veces durante la misma,

se iniciaban murmuraciones, disputas, chismes y líos, que servían de

comidilla para las horas restantes.

Al día siguiente de la riña entre la patrona y la Irene, cuando ésta

volvió a su cuarto, luego de realizada su misión, hubo conciliábulo

secreto entre las que quedaron.

--¿No saben ustedes? ¿No han oído nada esta noche?--dijo la vizcaína.

--No--contestaron la patrona y la Baronesa--. ¿Qué ocurre?

--La Irene ha metido esta noche un hombre en casa.

--¿Sí?

--Yo misma he oído cómo hablaba con él.

--¡Y habrá abierto la puerta de la calle! ¡Qué perro!--murmuró la

patrona.

--No; el hombre era de la vecindad.

--Alguno de los estudiantes de arriba--dijo la Baronesa.

--Ya le diré yo cuatro cosas a ese pingo--replicó doña Casiana.

--No; espere usted--contestó la vizcaína--. Vamos a darle un susto a

ella y al galán. Cuando estén hablando, si él viene esta noche, le

avisamos al sereno para que llame a la puerta de casa, y al mismo tiempo

salimos de nuestros cuartos con luz, como si fuéramos al comedor, y los

cogemos.

Mientras se tramaba el complot en el pasillo, la Petra preparaba el

almuerzo en las obscuridades de la cocina. No tenía gran cosa que

preparar, pues el almuerzo se componía invariablemente de un huevo

frito, que nunca, por casualidad, fué grande, y un _beefsteak_, que

desde los más remotos tiempos no se recordaba que una vez, por

excepción, hubiese sido blando.

Al mediodía, la vizcaína, con mucho misterio, contó a la Petra el

complot; pero la criada no estaba aquel día para bromas: acababa de

recibir una carta que la llenó de preocupaciones. Su cuñado le escribía

que a Manuel, el mayor de los hijos de la Petra, lo enviaban a Madrid;

no le daba explicaciones claras del porqué de aquella determinación;

decía únicamente la carta que allí, en el pueblo, el chico perdía el

tiempo, y que lo mejor era que fuese a Madrid a aprender un oficio.

A la Petra, aquella carta la hizo cavilar mucho. Después de fregar los

platos se puso a lavar en la artesa; no le abandonaba la idea fija de

que, cuando su cuñado le enviaba a Manuel, habría hecho alguna

barbaridad el muchacho. Pronto lo podía saber, porque a la noche

llegaba.

La Petra tenía cuatro hijos, dos varones y dos hembras; las dos

muchachas estaban bien colocadas: la mayor, de doncella, con unas

señoras muy ricas y religiosas; la pequeña, en casa de un empleado.

Los chicos le preocupaban más; el menor no tanto, porque, según le

decían, seguía siendo de buena índole; pero el mayor era revoltoso y

díscolo.

--No se parece a mí--pensaba la Petra--. En cambio, tiene bastante

semejanza con mi marido.

Y esto le producía inquietudes; su marido, Manuel Alcázar, había sido un

hombre enérgico y fuerte, y en la última época de su vida, malhumorado y

brutal.

Era maquinista de tren y ganaba un buen sueldo. La Petra y él no se

entendían, y el matrimonio andaba siempre a trastazos.

La gente, los conocidos, culpaban de todo a Alcázar, el maquinista, como

si la oposición sistemática de la Petra, que parecía gozar impacientando

al hombre, no fuera bastante para exasperar a cualquiera. Siempre la

Petra había sido así, voluntariosa, con apariencia de humilde, de una

testarudez de mula; en haciendo su capricho, lo demás le importaba poco.

En vida del maquinista, la situación económica de la familia era

relativamente buena. Alcázar y la Petra pagaban diez y seis duros de

casa en la calle del Reloj, y tenían huéspedes: un ambulante de Correos

y otros empleados del tren.

La existencia de la familia hubiera podido ser sosegada y agradable sin

las diarias peleas entre marido y mujer. Habían llegado los dos a

experimentar una necesidad tal de reñir, que por la cosa más

insignificante armaban un escándalo; bastaba que él dijera blanco para

que ella afirmase negro; aquella oposición enfurecía al maquinista, que

tiraba los platos por el aire, abofeteaba a su mujer y andaba a

puñetazos con todos los muebles de la casa. Entonces la Petra,

satisfecha de tener un motivo suficiente de aflicción, se encerraba a

llorar y a rezar en su cuarto.

Entre el alcohol, las rabietas y el trabajo duro, el maquinista estaba

torpe; un día de agosto, de calor horrible, se cayó del tren a la vía,

y, sin herida ninguna, lo encontraron muerto.

La Petra, desoyendo las advertencias de sus huéspedes, se empeñó en

mudarse de casa porque no le gustaba aquel barrio; lo hizo, tomó nuevos

pupilos, gente informal y sin dinero, que dejaban a deber mucho, o que

no pagaban nada, y, al poco tiempo, se vió en la necesidad de vender sus

muebles y abandonar su nueva casa.

Entonces puso a sus hijas a servir, envió a los dos chicos a un

pueblecillo de la provincia de Soria, en donde su cuñado estaba de jefe

de un apeadero, y entró de sirviente en la casa de huéspedes de doña

Casiana. De ama pasó a criada, sin quejarse. Le bastaba habérsele

ocurrido a ella la idea para considerarla la mejor.

Dos años llevaba en la casa guardando la soldada; su ideal era que sus

hijos pudiesen estudiar en un Seminario y que llegasen a ser curas.

Aquella vuelta de Manuel, el hijo mayor, desbarataba sus planes. ¿Qué

habría pasado?

Y hacía una porción de conjeturas. En tanto, removía con sus manos

deformadas la ropa sucia de los huéspedes.

Llegaba de la ventana del patio una baraúnda de cánticos y voces de

gente que riñe, alternando con el chirriar de las garruchas de las

cuerdas para tender la ropa.

A media tarde, la Petra comenzó a preparar la comida. La patrona mandaba

traer todas las mañanas una cantidad enorme de huesos para el sustento

de los huéspedes. Es muy posible que en aquel montón de huesos hubiera,

de cuando en cuando, alguno de cristiano; lo seguro es que, fuesen de

carnívoro o de rumiante, en aquellas tibias, húmeros y fémures, no había

casi nunca una mala piltrafa de carne. Hervía el osario en el puchero

grande con garbanzos, a los cuales se ablandaba con bicarbonato, y con

el caldo se hacía la sopa, la cual, gracias a su cantidad de sebo,

parecía una cosa turbia para limpiar cristales o sacar brillo a los

dorados.

Después de observar en qué estado se encontraba el osario en el puchero,

la Petra hizo la sopa, y luego se dedicó a extraer todas las piltrafas

de los huesos y a envolverlas hipócritamente con una salsa de tomate.

Esto constituía el principio en casa de doña Casiana.

Gracias a este régimen higiénico, ninguno de los huéspedes caía enfermo

de obesidad, de gota ni de cualquiera de esas otras enfermedades por

exceso de alimentación, tan frecuentes en los ricos.

Luego de preparar y de servir a los huéspedes la comida, la Petra dejó

el fregado para más tarde y salió de casa a recibir a su hijo.

Aun no había obscurecido del todo; el cielo estaba vagamente rojizo, el

aire sofocante, lleno de un vaho denso de polvo y de vapor. La Petra

subió la calle de Carretas, siguió por la de Atocha, entró en la

estación del Mediodía y se sentó en un banco a esperar a Manuel...

Mientras tanto, el muchacho venía medio dormido, medio asfixiado en un

vagón de tercera.

Había tomado el tren por la noche en el apeadero en donde su tío estaba

de jefe. Al llegar a Almazán tuvo que esperar más de una hora a que

saliera un mixto, dando paseos para hacer tiempo por las calles

desiertas.

A Manuel le pareció Almazán enorme, tristísimo; tenía el pueblo,

vislumbrado en la obscuridad de una noche vagamente estrellada, la

apariencia de grande y fantástica ciudad muerta. En las calles

estrechas, de casas bajas, brillaba la luz eléctrica, pálida y

mortecina; la espaciosa plaza con arcos estaba desierta; la torre de una

iglesia se erguía en el cielo.

Manuel bajó hacia el río. Desde el puente presentábase el pueblo aun más

fantástico y misterioso; adivinábanse sobre una muralla las galerías de

un palacio; algunas torres altas y negras se alzaban en medio del

caserío confuso del pueblo; un trozo de luna resplandecía junto a la

línea del horizonte, y el río, dividido en brazos por algunas isletas,

brillaba como si fuera de azogue.

Salió Manuel de Almazán y tuvo que esperar unas horas en Alcuneza para

transbordar. Estaba cansado, y como en la estación no había bancos, se

tendió en el suelo entre fardos y pellejos de aceite.

Al amanecer tomó el otro tren, y, a pesar de la dureza del asiento,

logró dormirse.

Manuel llevaba dos años con sus parientes; dejaba la casa con más

satisfacción que pena.

No tuvo para él la vida nada de agradable en aquellos dos años.

La pequeña estación en donde su tío estaba de jefe hallábase próxima a

una aldehuela pobre, rodeada de áridas pedrizas, sin árboles ni matas.

Solía hacer en aquellos parajes una temperatura siberiana; pero las

inclemencias de la Naturaleza no eran cosa para preocupar a un chico, y

a Manuel le tenían sin cuidado.

Lo peor era que ni su tío ni la mujer de su tío le mostraron afecto,

sino indiferencia, y esta indiferencia preparó al muchacho para recibir

los pocos beneficios recibidos con una completa frialdad.

No pasaba lo mismo con el hermano de Manuel, con quien los tíos llegaron

a encariñarse.

Los dos muchachos manifestaron condiciones casi en absoluto opuestas: el

mayor, Manuel, gozaba de un carácter ligero, perezoso e indolente; no

quería estudiar ni ir a la escuela; le encantaban las correrías por el

campo, todo lo atrevido y peligroso; el rasgo característico de Juan, el

hermano menor, era un sentimentalismo enfermizo que se desbordaba en

lágrimas por la menor causa.

Manuel recordaba que el maestro de escuela y organista del pueblo, un

vejete medio dómine que enseñaba latín a los dos hermanos, aseguraba que

Juan llegaría a ser algo: a Manuel le consideraba como un holgazán

aventurero y vagabundo que no podía acabar bien.

Mientras Manuel dormitaba en el coche de tercera se amontonaban en su

imaginación mil recuerdos: los hechos sucedidos la víspera en casa de

sus tíos se mezclaban en su cerebro con fugaces impresiones de Madrid,

ya medio olvidadas, y las sensaciones de distintas épocas se

intercalaban unas en otras en su memoria, sin razón ni lógica, y, entre

ellas, en la turbamulta de imágenes lejanas y próximas que pasaban ante

sus ojos, se destacaban fuertemente aquellas torres negras entrevistas

de noche en Almazán a la luz de la luna...

Cuando uno de los compañeros de viaje anunció que ya estaban en Madrid,

Manuel sintió verdadera angustia; un crepúsculo rojo esclarecía el

cielo, inyectado de sangre como la pupila de un monstruo; el tren iba

aminorando su marcha; pasaba por delante de barriadas pobres y de casas

sórdidas; en aquel momento brillaban las luces eléctricas pálidamente

sobre los altos faros de señales...

Se deslizó el tren entre filas de vagones, retemblaron las placas

giratorias con estrépito férreo y apareció la estación del Mediodía

iluminada por arcos voltaicos.

Descendieron los viajeros; bajó Manuel con su fardelillo de ropa en la

mano, miró a todas partes por si encontraba a su madre, y no la vió en

toda la anchura del andén. Quedó perplejo; siguió luego a la gente que

marchaba de prisa con líos y jaulas hacia una puerta; le pidieron el

billete, se detuvo a registrarse los bolsillos, lo encontró y salió por

entre dos filas de mozos que anunciaban nombres de hoteles.

--¡Manuel! ¿Adónde vas?

Allí estaba su madre. La Petra tenía intención de mostrarse severa; pero

al ver a su hijo se olvidó de su severidad y le abrazó con efusión.

--Pero ¿qué ha pasado?--preguntó en seguida la Petra.

--Nada.

--Y entonces, ¿por qué vienes?

--Me han preguntado si quería estar allá o venir a Madrid, y yo he dicho

que prefería venir a Madrid.

--¿Y nada más?

--Nada más--contestó Manuel con sencillez.

--Y Juan, ¿estudiaba?

--Sí; mucho más que yo. ¿Está lejos la casa, madre?

--Sí. Qué, ¿tienes apetito?

--Ya lo creo: no he comido en todo el camino.

Salieron de la estación al Prado; después subieron por la calle de

Alcalá. Una gasa de polvo llenaba el aire; los faroles brillaban opacos

en la atmósfera enturbiada.... Al llegar a la casa, la Petra dió de

cenar a Manuel y le hizo la cama en el suelo, al lado de la suya. El

muchacho se acostó, y era tan violento el contraste del silencio de la

aldea con aquella algarabía de ruido de pasos, conversaciones y voces de

la casa, que, a pesar del cansancio, Manuel no pudo dormir.

Oyó cómo entraban todos los huéspedes; ya era más de media noche cuando

el cotarro quedó tranquilo; pero de repente se armó una trapatiesta de

voces y de risas alborotadoras, que terminó con una imprecación de

triple blasfemia y una bofetada que resonó estrepitosamente.

--¿Qué será eso, madre?--preguntó Manuel desde su cama.

--A la hija de doña Violante que la han cogido con el novio--contestó la

Petra, medio dormida; luego le pareció una imprudencia decir esto al

muchacho, y añadió, malhumorada:

--Calla y duerme ya.

La caja de música del recibimiento, movida por la mano de alguno de los

huéspedes, comenzó a tocar aquel aire sentimental de _La Mascota_, el

dúo de Pippo y Bettina:

¿Me olvidarás, gentil pastor?

Luego quedó todo en silencio.

CAPÍTULO III

PRIMERAS IMPRESIONES DE MADRID.--LOS HUÉSPEDES.--ESCENA

APACIBLE.--DULCES Y DELEITOSAS ENSEÑANZAS.

LA madre de Manuel tenía un pariente, primo de su marido, que era

zapatero. Había pensado la Petra, en los días anteriores, enviar a

Manuel de aprendiz a la zapatería; pero le quedaba la esperanza de que

el muchacho se convenciera de que le convenía más estudiar cualquier

cosa que aprender un oficio; y esta esperanza la hizo no decidirse a

llevar al chico a casa de su cuñado.

Algún trabajo costó a Petra convencer a la patrona que permitiera estar

en casa a Manuel; pero al fin lo consiguió. Se convino en que el chico

haría recados y serviría la comida. Luego, cuando pasara la época de

vacaciones, seguiría estudiando.

Al día siguiente de su llegada, el muchacho ayudó a servir la mesa a su

madre.

En el comedor se sentaban todos los huéspedes, menos la Baronesa y su

niña, presididos por la patrona, con su cara llena de arrugas, de color

de orejón, y sus treinta y tantos lunares.

El comedor, un cuarto estrecho y largo, con una ventana al patio,

comunicaba con dos angostos corredores, torcido en ángulo recto; frente

a la ventana se levantaba un aparador de nogal negruzco con estantes,

sobre los cuales lucían baratijas de porcelana y de vidrio, y copas y

vasos en hilera. La mesa del centro era tan larga para cuarto tan

pequeño, que apenas dejaba sitio para pasar por los extremos cuando se

sentaban los huéspedes.

El papel amarillo del cuarto, rasgado en muchos sitios, ostentaba a

trechos círculos negruzcos, de la grasa del pelo de los huéspedes, que,

echados con la silla hacia atrás, apoyaban el respaldar del asiento y la

cabeza en la pared.

Los muebles, las sillas de paja, los cuadros, la estera, llena de

agujeros, todo estaba en aquel cuarto mugriento, como si el polvo de

muchos años se hubiese depositado sobre los objetos unido al sudor de

unas cuantas generaciones de huéspedes.

De día, el comedor era obscuro; de noche, lo iluminaba un quinqué de

petróleo de sube y baja que manchaba el techo de humo.

La primera vez que sirvió la mesa Manuel, obedeciendo las indicaciones

de su madre, presidía la mesa la patrona, según costumbre; a su derecha

se sentaba un señor viejo, de aspecto cadavérico, un señor muy pulcro,

que limpiaba los vasos y los platos con la servilleta concienzudamente.

Este señor tenía a su lado un frasco con un cuentagotas, y antes de

comer comenzó a echar la medicina en el vino. A la izquierda de la

patrona se erguía la vizcaína, mujer alta, gruesa, de aspecto bestial,

nariz larga, labios abultados y color encendido; y al lado de esta

dama, aplastada coma un sapo, estaba doña Violante, a quien los

huéspedes llamaban en broma unas veces doña Violente y otras doña

Violada.

Cerca de doña Violante se acomodaban sus hijas; luego, un cura que

charlaba por los codos, un periodista a quien decían el Superhombre, un

joven muy rubio, muy delgado y muy serio, los comisionistas y el tenedor

de libros.

Sirvió Manuel la sopa, la tomaron todos los huéspedes, sorbiéndola con

un desagradable resoplido, y, por mandato de su madre, el muchacho quedó

allí, de pie. Vinieron después los garbanzos, que, si no por lo grandes,

por lo duros hubiesen podido figurar en un parque de artillería, y uno

de los huéspedes se permitió alguna broma acerca de lo comestible de

legumbre tan pétrea; broma que resbaló por el rostro impasible de doña

Casiana sin hacer la menor huella.

Manuel se dedicó a observar a los huéspedes. Era el día siguiente al

complot, y doña Violante y sus niñas estaban hurañas y malhumoradas. La

cara abotagada de doña Violante se fruncía a cada momento, y en sus ojos

saltones y turbios se adivinaba una honda preocupación. Celia, la mayor

de las hijas, molestada por las bromas del cura, comenzó a contestarle

violentamente, maldiciendo de todo lo divino y humano con una rabia y un

odio desesperado y pintoresco, lo que provocó grandes risas de todos.

Irene, la culpable del escándalo de la noche anterior, una muchacha de

quince a diez y seis años, de cabeza gorda, manos y pies grandes, cuerpo

sin desarrollo completo y ademanes pesados y torpes, no hablaba apenas,

ni separaba la vista del plato.

Concluyó la comida, y los huéspedes se largaron cada uno a su trabajo.

Por la noche, Manuel sirvió la cena sin tirar nada ni equivocarse una

vez; pero a los cinco o seis días ya no daba pie con bola.

No se sabe hasta qué punto impresionaron al muchacho los usos y

costumbres de la casa de huéspedes y la clase de pájaros que en ella

vivían; pero no debieron impresionarle mucho. Manuel tuvo que aguantar

mientras sirvió la mesa en los días posteriores una serie interminable

de advertencias, bromas y cuchufletas.

Mil incidentes, chuscos para el que no tuviera que sufrirlos, se

producían a cada paso: unas veces se encontraba tabaco en la sopa, otras

carbón, ceniza, pedazos de papel de color en la botella del agua.

Uno de los comisionistas, que padecía del estómago y se pasaba la vida

mirándose la lengua en el espejo, solía levantarse, furioso, cuando

pasaba alguna de estas cosas, a pedir a la dueña que despachase a un

zascandil que hacía tantos disparates.

Manuel se acostumbró a estas manifestaciones contra su humilde persona,

y contestaba cuando le reñían con el mayor descaro e indiferencia.

Pronto se enteró de la vida y milagros de todos los huéspedes, y se

hallaba dispuesto a soltarles cualquier barbaridad si le fastidiaban

demasiado.

Doña Violante y sus niñas manifestaron por Manuel gran simpatía, la

vieja sobre todo. Llevaban ya varios meses las tres damas viviendo en la

casa; pagaban poco, y cuando no podían, no pagaban, pero eran fáciles de

contentar. Dormían las tres en un cuarto interior, que daba al patio,

del cual venía un olor a leche fermentada, repugnante, que escapaba del

establo del piso bajo.

No tenían en el cubil donde se albergaban sitio ni aun para moverse; el

cuarto que les había asignado la patrona, en relación a la pequeñez del

pupilaje y a la inseguridad del pago, era un chiscón obscuro, ocupado

por dos estrechas camas de hierro, entre las cuales, en el poco sitio

que dejaban ambas, se hallaba embutido un catre de tijera.

Allá dormían aquellas galantes damas; de día correteaban todo Madrid, y

se pasaban la existencia haciendo combinaciones con prestamistas,

empeñando y desempeñando cosas.

Las dos jóvenes, Celia e Irene, aunque madre e hija, pasaban como

hermanas. Doña Violante tuvo en sus buenos tiempos una vida de pequeña

cortesana; logró hacer sus ahorros, sus provisiones, allá para el

invierno de la vejez, cuando un protector anciano le convenció de que

tenía una combinación admirable para ganar mucho dinero en el Frontón.

Doña Violante cayó en el lazo, y el protector la dejó sin un céntimo.

Entonces, doña Violante volvió a las andadas, se quedó medio ciega, y

llegó a aquel estado lamentable, al cual hubiera llegado, seguramente

mucho más pronto, si en el comienzo de su vida le diera el naipe por ser

honrada.

De día, la vieja se pasaba casi siempre metida en su cuarto obscuro, que

olía a establo, a polvos de arroz y a cosmético; de noche, tenía que

acompañar a su hija y a su nieta, en paseos, cafés y teatros, a la busca

y captura del cabrito, como decía el viajante enfermo del estómago,

hombre entre humorista y malhumorado.

Celia e Irene, la hija y la nieta de doña Violante, cuando estaban en

casa disputaban a todas horas; quizá esta irritación continua del

carácter dependía de lo amontonadas que vivían; quizá de tanto pasar

ante los ojos de los demás como hermanas llegaron a convencerse de que

lo eran, y, efectivamente, se insultaban y reñían como tales.

Lo único en que concordaban era en asegurar que doña Violante las

estorbaba; la impedimenta de la ciega asustaba a todo viejo libidinoso

que se pusiese a tiro de la Irene y de la Celia.

La patrona doña Casiana, que veía a la menor ocasión el abandono de la

ciega, aconsejaba maternalmente a las dos que se armasen de paciencia;

doña Violante, al fin y al cabo, no era como Calipso, inmortal; pero

ellas contestaban que eso de que tuviesen que trabajar a toda máquina

para comprar potingues y jarabes no les resultaba.

Doña Casiana agitaba la cabeza con melancolía, porque por su edad y sus

circunstancias se colocaba en el lugar de doña Violante, y argumentaba

con el ejemplo, y decía que se pusieran en el caso de la abuela; pero

ninguna de ellas se daba por convencida.

Entonces la patrona les aconsejaba que se mirasen en su espejo. Ella,

según aseguraban, bajó desde las alturas de la comandancia (su marido

había sido comandante de carabineros) hasta las miserias del patronato

de huéspedes, resignada, con la sonrisa del estoicismo en los labios.

Doña Casiana sabía lo que es la resignación, y no tenía en esta vida más

consuelos que unos cuantos tomos de novelas por entregas, dos o tres

folletines y un líquido turbio fabricado misteriosamente por ella misma

con agua azucarada y alcohol.

Este líquido lo echaba en un frasco cuadrado de boca ancha, en cuyo

interior ponía un tronco grueso de anís, y lo guardaba en el armario de

su alcoba.

Alguno que hizo el descubrimiento del frasco, con su rama negra de anís,

lo comparó con esos en donde suelen conservarse fetos y otras porquerías

por el estilo, y desde entonces, cuando la patrona aparecía con las

mejillas sonrosadas, mil comentarios nada favorables a la templanza de

la dueña corrían entre los huéspedes.

--Doña Casiana está ajumada con el aguardiente de feto.

--La buena señora abusa del feto.

--El feto se le ha subido a la cabeza...

Manuel participaba amigablemente de estos espirituales esparcimientos de

los huéspedes. Las facultades de acomodación de muchacho eran, sin

disputa, muy grandes, porque a la semana de verse en casa de la patrona

se figuraba haber vivido siempre allí.

Se desenvolvían sus aptitudes por encanto: cuando se le necesitaba, no

se le veía, y al menor descuido ya estaba en la calle jugando con los

chicos de la vecindad.

A consecuencia de sus juegos y de sus riñas tenía el traje tan sucio y

tan roto, que la patrona solía llamarle el paje don Rompe Galas,

recordando un tipo desastrado de un sainete que doña Casiana vió, según

decía, representar en sus verdes años.

Generalmente, los que utilizaban con más frecuencia los servicios de

Manuel eran el periodista, a quien llamaban el Superhombre, para enviar

cuartillas a la imprenta, y la Celia y la Irene para el servicio de

cartas y de peticiones de dinero que tenían con sus amigos. Doña

Violante, cuando robaba a su hija algunos céntimos, solía mandar a

Manuel al estanco por una cajetilla, y por el recado le daba un cigarro.

--Fúmalo aquí--le decía--, no te verá nadie.

Manuel se sentaba sobre un baúl, y la vieja, con el pitillo en la boca y

echando humo por las narices, contaba aventuras de sus tiempos de

esplendor.

El cuarto aquel de doña Violante y de sus niñas era infecto; colgaban en

las escarpias clavadas en la pared trapajos sucios, y, entre la falta de

aire y la mezcolanza de olores que allí había, se formaba un tufo capaz

de marear a un buey.

Manuel escuchaba las historias de doña Violante con verdadera fruición.

Sobre todo, en los comentarios era donde la vieja estaba más graciosa.

--Porque, hijo, créelo--le decía--, una mujer que tenga buenos pechos y

que sea así cachondona--y la vieja daba una chupada al cigarro y

explicaba con un gesto expresivo lo que entendía por aquella palabra, no

menos expresiva--, siempre se llevará de calle a los hombres.

Doña Violante solía cantar canciones de zarzuelas españolas y de

operetas francesas, que a Manuel le producían una tristeza horrible. Sin

saber por qué, le daban la impresión de un mundo de placeres inasequible

para él. Cuando oía a doña Violante cantar aquello de _El Juramento_

Es el desdén espada de doble filo:

uno mata de amores, otro, de olvido...,

se figuraba salones, damas, amores fáciles; pero más que esto, aun le

daba una impresión de tristeza los valses de _La Diva_ y de _La gran

Duquesa_.

Las reflexiones de doña Violante abrían los ojos a Manuel; pero tanto

como ellas colaboraban en este resultado las escenas que diariamente

ocurrían en la casa.

Era también buena profesora una sobrina de doña Casiana, de la edad poco

más o menos de Manuel, una chiquilla flaca, esmirriada, de tan mala

intención, que siempre estaba tramando complots en contra de alguien.

Si le pegaban no derramaba una lágrima; solía bajar a la portería cuando

el chico de la portera estaba solo, lo cogía por su cuenta y le

pellizcaba y le daba puntapiés, y de esta manera se vengaba de los

porrazos que ella había recibido.

Después de comer, casi todos los huéspedes iban a sus ocupaciones; la

Celia y la Irene, en unión de la vizcaína, tenían el gran holgorio

espiando a las mujeres de casa de la Isabelona, las cuales solían

asomarse al balcón y hablaban y se hacían señas con los vecinos. Algunas

veces aquellas pobres odaliscas de burdel no se contentaban con hablar,

y bailaban y enseñaban las pantorrillas.

La madre de Manuel, como siempre, estaba pensando en el cielo y en el

infierno; no se preocupaba gran cosa de las pequeñeces de la tierra y no

sabía apartar al chico de espectáculos tan edificantes. El procedimiento

educativo de la Petra no consistía mas que en darle algún golpe a Manuel

y en hacerle leer libros de oraciones.

La Petra creía ver resurgir en el muchacho alguno de los rasgos de

carácter del maquinista, y esto le preocupaba. Quería que Manuel fuese

como ella, humilde con los superiores, respetuoso con los sacerdotes...;

pero, ¡buen sitio era aquél para aprender a respetar nada!

Una mañana, luego de celebrada la solemne ceremonia, en la cual todas

las mujeres de la casa salían al pasillo blandiendo el servicio de

noche, se oyó en el cuarto de doña Violante un estrépito de gritos,

lloros, patatas y vociferaciones.

La patrona, la vizcaína y algunos huéspedes salieron al pasillo a

fisgar. De dentro debieron comprender el espionaje, porque abrieron la

puerta y siguió la riña en voz baja.

Manuel y la sobrina de la patrona se quedaron en el pasillo. Se oían

gimoteos de la Irene y las increpaciones de la Celia y de doña Violante.

Al principio no se entendía bien lo que decían; pero se conoce que las

tres mujeres se olvidaron pronto de la determinación de hablar bajo y

las voces se levantaron iracundas.

--¡Anda! ¡Anda a la casa de socorro a que te quiten la hinchazón!

¡Bribona!--decía la Celia.

--¿Y qué? ¿Y qué?--contestaba la Irene--¿Qué estoy preñada? Ya lo sé. ¿Y

qué?

Doña Violante abrió la puerta del pasillo con furia; Manuel y la chica

de la patrona huyeron, y la vieja salió con una camisa de bayeta

remendada y sucia y un pañuelo de hierbas anudado a la cabeza y se puso

a pasear, arrastrando las chanclas, de un lado a otro del corredor.

--¡Cochina! ¡Más que cochina!--murmuraba--. ¡Habráse visto la guarra!

Manuel fué al gabinete, en donde la patrona y la vizcaína charloteaban

en voz baja. La sobrina de la patrona, muerta de curiosidad, preguntaba

a las dos mujeres con irritación creciente:

--Pero, ¿por qué la riñen a la Irene?

La patrona y la vizcaína cambiaron una ojeada amistosa, y se echaron a

reír.

--Di--gritó la niña porfiada, agarrando de la toquilla a su tía--. ¿Qué

importa que tenga ese bulto? ¿Quién le ha hecho ese bulto?

Entonces ya la patrona y la vizcaína no pudieron contener la carcajada,

mientras la chiquilla las miraba con avidez, tratando de penetrar el

sentido de lo que oía.

--¿Quién le ha hecho ese bulto?--decía entre risotadas la vizcaína--.

Pero, hija, si nosotras no sabemos quién le ha hecho el bulto.

--Todos los huéspedes repitieron con fruición y entusiasmo la pregunta

de la sobrina de la patrona, y en cualquier discusión de sobremesa algún

chusco salía diciendo de improviso:

--Ya veo que usted sabe quién le ha hecho el bulto--y la frase se acogía

con grandes risotadas.

Luego, pasados unos días, se habló de una consulta misteriosa, celebrada

por las niñas de doña Violante con la mujer de un barbero de la calle de

Jardines, especie de proveedora de angelitos para el limbo; se dijo que

la Irene, al volver de la conferencia tenebrosa, vino en un coche, muy

pálida, que la tuvieron que meter en la cama. Lo cierto fué que la

muchacha pasó sin salir del cuarto más de una semana; que, al aparecer,

su aspecto era de convaleciente, y que el ceño de la madre y de la

abuela se desarrugó por completo.

--Tiene cara de infanticida--dijo el cura al verla de nuevo--, pero está

más guapa.

Si algo nefando hubo, nadie podría asegurarlo; pronto se olvidó lo

ocurrido; a la niña se le presentó un protector rico, al parecer, y, en

conmemoración de tan fausto acontecimiento, los huéspedes participaron

del alboroque. Después de cenar, se bebió _cognac_ y aguardiente; el

cura tocó la guitarra; la Irene bailó sevillanas, con menos gracia que

un albañil, según dijo la patrona; el Superhombre cantó unos fados

aprendidos en Portugal, y la vizcaína, por no ser menos, se arrancó con

unas malagueñas, que lo mismo podían ser cante flamenco que salmos de

David.

Sólo el estudiante rubio, con sus ojos de acero, no participaba de la

juerga, embebido en sus pensamientos.

--Y usted, Roberto--le dijo la Celia varias veces--, ¿no canta ni hace

usted nada?

--Yo, no--replicó él, fríamente.

--No tiene usted sangre en las venas.

El jovencito la contempló un momento, se encogió de hombros con

indiferencia, y en sus labios pálidos se marcó una sonrisa de desdén y

de burla.

Luego, como acontecía casi siempre en las francachelas de la casa de

huéspedes, un chusco se puso a darle a la caja de música del pasillo, y

el «Gentil pastor» de _La Mascota_ y el vals de _La Diva_ brotaron

confusos; el Superhombre y Celia dieron unas vueltas de vals y

concluyeron cantando todos una habanera, hasta que se cansaron y se

marchó cada mochuelo a su olivo.

CAPÍTULO IV

¡OH, EL AMOR, EL AMOR!--¿QUÉ HACE DON TELMO? ¿QUIÉN ES DON TELMO?--EN EL

CUAL EL ESTUDIANTE Y DON TELMO TOMAN CIERTAS PROPORCIONES NOVELESCAS.

A la Baronesa apenas se la veía en casa, excepto en las primeras horas

de la mañana y de la noche. Comía y cenaba fuera. A creer a la patrona,

era una trapisondista, y tenía grandes alternativas en su posición, pues

tan pronto se mudaba a una casa buena y llevaba coche como desaparecía

varios meses en el cuartucho infecto de una casa de pupilos barata.

La lucha por la vida: La busca · 第 1 / 14 段