Un almirante de la marina de Francia se quejaba los días pasados, en
el Congreso, de las disposiciones del gobierno que suprimen a bordo de
los barcos de la armada toda manifestación religiosa, desde luego la
bandera con la cruz, que se izaba durante el sacrificio de la misa,
y después, la misma misa... «No sé qué mal puede hacer a la marina
francesa, decía el almirante, el signo y el nombre de Cristo, cuando en
Francia casi todos son cristianos, y en una enorme mayoría, católicos.»
Una vez puesta la atención en estos asuntos, la verdad que encontraréis
es que el espíritu que anima a este país no es el de un pueblo ateo.
Un espiritualismo histórico impregna la médula de la raza, y no es
por cierto una seca filosofía lo que subsiste junto con la claridad
tradicional al influjo lejano del ensueño celta. Aun en la locura
diluviar de la Revolución, la idea de la divinidad queda flotante. «Si
no existiese Dios, dice un demoledor, sería preciso inventarlo». Los
hombres de la Enciclopedia, aun los osados como D'Alember, confinan con
la tolerancia. Toda la literatura clásica converge a una concepción
deísta.
_Dieu laissa-t-il jamais ses enfants au besoin?_, es la voz de Racine
en _Atalia_; mientras Corneille deja el drama cristiano encarnado en
toda su intensidad en su admirable _Poliuto_... A veces una explosión
revela los ardientes elementos contenidos en el seno de la nación, las
exasperaciones del fanatismo, el fermento de una creencia demasiado
recelosa; según los tiempos, la complicación de causas se caracteriza,
y así es el movimiento de las Cruzadas, la revocación del edicto de
Nantes, la noche de San Bartolomé, y en nuestros lamentables tiempos el
antisemitismo reforzado del veneno de políticas caseras. Mas un soplo
religioso agita todas las florestas, pasa por todas las ciudades, y no
está echada en el olvido la antigua divisa _Gesta Dei per Francos_; la
corona de los emperadores de Occidente fué colocada en la frente del
gran Carlomagno por las manos de un Papa, y la ampolla de San Remy aún
guarda en Reims el recuerdo de Juana de Arco... Son cosas que tiene en
entredicho la república francmasona o pseudosocialista... No pertenece
al reino de lo imposible que las palabras a Clovis sean repetidas más
tarde a tantos fieros sicambros... No está destruída, ni con mucho,
en esta Francia generosa, la savia de la conciencia religiosa. Hay
unas frases de Tolstoï, que así dicen: «No ignoro que, siguiendo una
opinión extendida en nuestro tiempo, la religión es un prejuicio del
que la humanidad está ya libre, y resultará de esto que no existe en
nuestro tiempo conciencia religiosa común a todos los hombres... Sé
también que esta opinión pasa por ser la de las clases más ilustradas
de nuestra sociedad. Los hombres que no quieren reconocer el verdadero
sentido del cristianismo, inventando toda suerte de doctrinas
filosóficas y estéticas para ocultar a sus propios ojos la sinrazón
de su vida, esos hombres no pueden ser de otra opinión. Sinceramente
o no, confunden la idea de un culto religioso, y rechazando el culto,
se imaginan rechazar con el mismo golpe a la conciencia religiosa.
Pero todos esos ataques contra la religión, todas esas tentativas
de establecer una filosofía contraria a la conciencia religiosa de
nuestro tiempo, todo eso prueba bastante claramente la existencia de
aquella conciencia, y que ella reprueba la vida de los hombres que la
atacan y la contradicen. Si se determina en la humanidad un progreso,
es decir, un paso hacia adelante, preciso es necesariamente que algo
designe a los hombres la dirección que deben seguir en la marcha. Pues
tal ha sido siempre el papel de las religiones. Toda la historia nos
demuestra que el progreso de la humanidad se ha verificado siempre
bajo la guía de una religión. Y como el progreso no se detiene, como
su marcha ha de continuar durante mucho tiempo, mucho tiempo necesita
también una religión propia.» Es lo que acontece en todas partes y en
Francia en particular, revelado por signos que un día son las grullas
de M. de Vogüé; otro, las tendencias artísticas y literarias de una
_élite_; otro, la palabra de tal o cual representante del espíritu
universitario, como M. Brunetiere. A una inclinación exagerada,
responden un enderazamiento y un impulso en ángulo igual. Veremos,
quizá pronto, la contraparte de la ley de las Congregaciones. Tómese
como ejemplo la ley Falloux, de cuya abrogación se trata en estos
momentos.
En 1850, el ministro Falloux propuso la ley que lleva su nombre y que
fué aceptada, en favor de la enseñanza primaria de las Congregaciones
religiosas. En 1886, la ley de 30 de Octubre quitó los privilegios.
Actualmente, el maestro de primaria religioso tiene los mismos grados
que el institutor laico. Y la resultante es que, si en 1849, según la
declaración del hermano Philippe ante la Comisión extraparlamentaria,
los Hermanos de la Doctrina Cristiana, solamente, enseñaban unos
200.000 niños, y las Hermanas de la Caridad, cerca de 120.000 niñas,
hoy las Congregaciones sostienen, según los mejores datos estadísticos,
por lo menos 1.600.000 niños.
* * * * *
Acaba de ser juzgado en consejo de guerra el soldado Grasselin, del
batallón de artillería, después del soldado Delsol--dos especies de
«doukhobors»,--influencia de Tolstoï en el medio del «pioupiou». No he
de presentaros sino un fragmento del interrogatorio:
--«El 19 de Noviembre se os ha dado la misma orden; os habéis
negado a ejecutarla. Pasan días y seguís con la misma actitud
de oposición. Se os ha leído el Código penal cinco veces.
Ruegos, amenazas, reprensiones, nada ha logrado vencer vuestra
obstinación. ¿Por qué obráis así?
--»Jesucristo ha dicho: _No matarás_. Amaos los unos a los otros.
Yo no he querido ser dañoso para nadie.
--»Abrir una culata no es dañar a nadie.
--»Más tarde se me habría dado un fusil; un fusil sirve para matar,
como el hierro del arado sirve para cultivar la tierra.
--»En fin, no teníais que discutir; se os daba una orden.
--»Sobre mis superiores, que son hombres, está el Cristo.
--»Por último, ¿no queréis ir a la guerra?
--»No.
--»¿Aceptáis, al menos, someteros a la ley?
--»No para matar. Que se me ordene hacer otra cosa.
--»¿Haríais lo que se os mandó, abrir las culatas, ahora?
--»Querría prometer, pero no cumpliría. No podría cumplir. Esto no
es insubordinación, es sumisión a mi conciencia.»
Esto no está tomado del «acta» de ningún mártir, no está en la Leyenda
Dorada ni en los Bollandistas: está en los periódicos. Todo el mundo
ha podido leerlo. Muchos se han encogido de hombros, y han creído
que esos dos casos son simplemente casos clínicos. Esos dos soldados
que toman al pie de la letra los mandamientos de Jesucristo no son
irresponsables, puesto que han sido condenados... y son ciertamente
significativos.
La aristocracia francesa y la alta burguesía no son anticristianos.
Es la república la que--y esto no siempre--ha sido hostil a las
creencias nacionales. Y aun en la república no ha habido gobiernos
antirreligiosos, sino ministerios antirreligiosos. La Revolución ha
sido, según el P. Delaporte, «este acto de felonía de la Francia
oficial para con el Hombre-Dios.»
Este activo sacerdote lleva a un plan decisivo su concepción de la
salud de la patria. «Dos perspectivas se ofrecen a nosotros: una,
la de la vuelta de las naciones a la aceptación de la soberanía de
Dios; otra, la de la potencia que se disfraza con nombres diversos:
revolución, ciencia, estado laico, soberanía del sufragio universal. Lo
que hay que hacer es restablecer el orden verdadero. El orden verdadero
es la preeminencia de la sociedad religiosa, la sola absolutamente
esencial.»
Es el lenguaje de un bravo sectario. «¡Leed, releed el
Evangelio!--dicen otros.--El Evangelio está descuidado aún en los
colegios de enseñanza religiosa, en los seminarios; hay que volver
a él y dejarse guiar por él.» Así lo ha hecho M. François Coppée; y
el otro día le he visto, por el jardín del Luxemburgo, muy contento
y rejuvenecido... Antes, uno de los personajes de su drama _Pour la
couronne_, certifica el bien de tales fuentes:
--Qui t'a rendu si bon?
Ma mére et l'Evangile.
El evangelismo no está ausente en la literatura contemporánea más
en boga. ¿Quién diría que un tan fino inmoralista como Paul Bourget
lo predica discretamente? Cristo ha sido y continúa siendo una
preocupación de los intelectuales y de los socialistas, así se le
considere como un simple cartel, como dice _Severini_ con demasiado
oratorio irrespeto: «El tribuno pálido, clavado, como el primer
_affiche_ socialista, sobre el madero del Gólgota.» Jules Guesde
declaraba en una sesión del Congreso, la del 19 de Febrero de 1794:
«Estamos obligados a dejar constancia de que hay en esta asamblea, al
menos un miembro, el abate Lemire, que representa el Evangelio del
Cristo, ante el cual se inclinan hoy los socialistas». Los anarquistas
mismos, si cuentan con elegantes blasfemos como M. Tailhad, tienen
poetas que no desdeñan nombrar al Divino Libertario en versos como
éstos:
Puisque le Christ, le sang, les pleurs
Tyrans! no'ont pu former vos coeurs
Aux sentiments de la Colombe:
Gare la bombe!
Cuando llega la Cuaresma, los diarios suelen presentar muestras de
literatura fervorosa, a propósito de los oradores sagrados. Los
conferencistas como monsieur Brunetiere, son casi considerados como
apóstoles; y lo cierto es que muchas de sus conferencias tienen el arte
y el tono de los mejores sermones y homilias. Y con Brunetiere, otros
cuantos severos y respetables varones. Para mí todo eso no vale en
piedad, y fe verdaderas una plegaria del Verlaine de _Sagesse_.
A través de los últimos salones se ha visto también el arte preocupado
de religiosidad. Después de las grandes «machines» de Munckassy,
nada ha causado tanto ruido como las reconstituciones de Tissot. Las
profanaciones de Juan Beraud no dejan de ser también señal de una idea
en marcha. Hasta los pintores mundanos se han sentido influídos, y M.
Carolus Duran tiene su Calvario, como el museo de cera Grevin tiene su
pasión en tiempos de Semana Santa.
Al dar cuenta del Salón del Champ de Mars, en 1894, hacía notar M.
Turquet: «Llama la atención el número de cuadros religiosos. Los
unos son puramente religiosos y representan escenas de la historia
cristiana; los otros, inspirados por un profundo sentimiento religioso,
reproducen escenas de la vida moderna.
Los que piensan, se preguntarán lo que quiere decir ese movimiento en
el mundo de los artistas, y ese renuevo en un arte que los escépticos
se felicitaban de ver desaparecer. Eso no es sin motivo; y corresponde
evidentemente a un nuevo estado de alma en la nación. No solamente
los cuadros religiosos y los que están impregnados de sentimiento
religioso son numerosos, sino que atraen a los visitantes. He querido
darme cuenta de la impresión producida, y he escuchado a menudo las
observaciones hechas. Rara vez he oído reir; raramente he visto
burlarse. Es un signo del tiempo, que deben tomar en cuenta los que
quieren gobernar el país.» Hay que apartar del movimiento religioso las
comedias del diletantismo, las misas wagnerianas y el preciosísimo
decorativo de un misticismo literario completamente superficial. Mas
los casos de recogimiento, las victorias morales como la de Huysmans,
son, sí, de atraer al observador. La Samaritana de M. Rostand frecuenta
demasiado la calle de la Paix, como la María Magdalena de M. Massenet;
pero los frescos de Besnard dicen demasiado, y en tales monasterios de
París, un núcleo de creyentes artistas oye aún el verdadero canto de la
música antigua que dice cosas de Dios, y se oyen flautas angélicas como
en los versos de Schiller:
Sie floeten so süs,
Wie Stimmen der Engel im Paradies...
La provincia está llena de religiosidad, desde la clara Provenza hasta
la negra Bretaña. Las pinturas realistas hechas con el talento que
distingue al conde Austin de Croze, no son completamente imparciales.
M. de Croze es un enemigo declarado del clericalismo. Mas tanto en
la provincia como en el centro, la verdadero levadura religiosa no
debe ser confundida con la obra de una política que tiene muy poco de
evangélica. La Francia cristianísima, lo es, a pesar de los errores
comprometedores de los sectarios y de las campañas ruidosas de un clero
harto combatido.
Suelo penetrar en los templos--Saint Severin, Notre Dame, Saint
Eustache--lejos de la devoción elegante y ostentosa--, y allí veo,
siempre, muchas buenas almas francesas, con humildad, en silencio,
haciendo una cosa muy sencilla e inmensa, que se creería que ya no se
hace, y menos en París,--orando.
[Ilustración]
V
He recibido de M. Jacques Morland la comunicación siguiente: «En un
discurso reciente, el emperador Guillermo II ha proclamado de nuevo la
pretensión del espíritu germánico a una supremacía mundial.»
Parece, no obstante, que una reacción se produce contra la influencia
intelectual alemana que fué tan fuerte en maestros como Renán y aun
Taine en Francia, y en la mayor parte de los espíritus de la segunda
mitad del siglo XIX.
Las victorias de 1870 han valido a Alemania un ascendiente universal.
Los franceses, vencidos, estuvieron por reconocer esa preponderancia y
creyeron deben instruirse en el país de sus vencedores.
De vuelta de ultra-Rhin, los jóvenes franceses se interrogan, se
felicitan de algunos fecundos procedimientos de trabajo adquiridos en
las universidades alemanas, pero muchos confiesan una decepción.
Numerosos síntomas indican un descenso de esa autoridad que se había
acordado a la cultura germánica.
Hace dos años, el célebre crítico dinamarqués, Georg Brandes, al
dar una serie de conferencias en Hungría sobre las diferentes
civilizaciones europeas, preconizó el genio francés, con gran enojo de
los diarios de Berlín, de Leipzig y de Hamburgo.
Hoy las estadísticas demuestran que los estudiantes ingleses comienzan
a desertar de las universidades alemanas para venir a instruirse a
París.
En fin, en Alemania misma, Nietzsche, después de Goethe y Schopenhauer,
ha hablado de sus compatriotas con desdén.
Se cree interesante hacer una «enquête» entre algunos sabios,
filósofos, literatos y artistas franceses y extranjeros, con el objeto
de obtener testimonios competentes que no podrían ser suplidos por un
examen personal. El _Mercure de France_ emprende esta «enquête», sin
«parti pris», solamente para aclarar la opinión y también el juicio de
los alemanes, si es posible, respecto a su propio valor.
«¿Qué piensa usted sobre la influencia alemana desde el punto de vista
general intelectual, y más especialmente desde el punto de vista
filosófico y moral en la América del Sur?
¿Esta influencia existe aún y se justifica por sus resultados?»
Siendo muy niño, allá en mi país natal, recuerdo haber tenido, por
primera vez, la sensación de la influencia alemana, gracias a un famoso
asunto Eisenstuck: el pequeño puerto de Corinto amenazado por las
bocas de fuego de los buques de guerra alemanes. Fué mucho después que
leí la _Crítica de la razón pura_...
Después de recorrer casi toda la América española y de haber residido
por algún tiempo en varias de las Repúblicas, creo poder afirmar que
las ideas alemanas no han encontrado ni pueden encontrar buen terreno
en nuestro continente. A medida que la civilización ha avanzado,
el pensamiento naciente ha buscado diversos rumbos en los tanteos
de un comienzo deseoso y entusiasta. Filosófica y moralmente se ha
seguido hasta hace algunos años por el antiguo cauce español. Pero
una tendencia continua al progreso ha hecho que cada movimiento de
ideas europeo haya tenido allá repercusión. Las «ideas abuelas», como
las llama M. Paul Adam, han fructificado sobre todo; la mental savia
latina se ha mantenido incólume, a pesar del poderoso y vecino elemento
bárbaro. Toda gran voz humana se ha hecho oir allá por el órgano de la
Francia. La América latina, después de la Revolución, en el orden de
las ideas, mira en Francia su verdadera madre patria. Cuando en España
causó una especie de revolución filosófica un mediocre profesor alemán
poco admirado en su país--he nombrado a Krause--, el contagio no pasó
el Atlántico, y la América española estuvo libre de él. En cambio,
Comte encontró allá largas simpatías y el positivismo discípulos y
seguidores. Si hoy Nietzsche ha obrado en algunas intelectualidades, ha
sido después de pasar por Francia.
Ciertamente, alguna parte de la juventud hispanoamericana se ha educado
en Alemania y ha logrado grandes progresos desde el punto de vista
profesional. No nos falta el médico que guarda en su cara el recuerdo
de los estúpidos duelos universitarios y la dilatación de estómago de
los aún más estúpidos trasegamientos obligatorios de cerveza. Pero
no se tiene, en el grupo pensante, puesta la mirada y el ensueño en
Berlín ni en Bonn, sino en París. Aun algunos de nuestros mejores
intelectuales que por sangre y cultura tienen más de un punto de
contacto con los alemanes, como el argentino doctor Bunge, autor del
notable libro sobre la _Educación_, el centro-americano Ramón Salazar
y el colombiano Pérez Triana, son a su manera lógicos y a su estilo
claros, influídos voluntariamente o no, por los pensadores y escritores
franceses. Chile es quizá el único país de la América hispana en donde
el espíritu alemán haya logrado alguna conquista. De Ventura Marín a
Valentín Letelier, los estudios filosóficos dan un paso enorme del aula
hispanocatólica a la enseñanza universitaria alemana. Con todo, después
de las doctrinas de un Lastarria, no creo que las ideas del señor
Letelier, representante el más conspicuo de las tendencias germánicas
en Chile, influyan mayormente sobre sus compatriotas.
Las victorias alemanas sobre Francia han producido, naturalmente, en
aquellos países nuevos un acrecentamiento del militarismo. La divisa
chilena cierto es que parece pensada por Bismarck: _Por la razón
o la fuerza_. En cada pequeña República no ha faltado un pequeño
conquistador que quiera hacer de su país una pequeña Prusia. El
progreso ha llegado a la importación del casco de punta y del paso
gimnástico marcial. En ciertos gobiernos una moral a uso de tiranos
se ha implantado. Pero esos gobiernos han caído, caen o presto caerán,
al impulso del pensamiento nuevo, de la mayor cultura, de la dignidad
humana. Los sudamericanos que meditan en la verdadera grandeza de los
pueblos, los hombres de buena voluntad y de juicio noble, no se hacen
ilusiones sobre la virtud y alteza del alma alemana.
Se conocen los versos célebres de Arndt:
Deutsche Freiheit, deutscher Gott,
Deutscher Glauber ohne Spott,
Deutsches Herz und deutscher Stahl
Sind vier Helden allzumal.
Y sabemos que la libertad de los alemanes es tanta, que casi no hay día
en que no haya un proceso de lesa majestad; que el dios de los alemanes
no es otro que el bíblico «dios de los ejércitos», que les ayudó en
Sedán; que la buena fe sin burla la conoció muy bien Jules Favre por
el «canciller de hierro», y París sitiado nada menos que por Wagner,
y que el acero de los alemanes cuesta muy caro a las pobres naciones
militarizadas de la América española, en donde hay la desgracia de
tener un agente de la casa Krupp.
* * * * *
No, no puede ser simpático para nuestro espíritu abierto y generoso,
para nuestro sentir cosmopolita, ese país pesado, duro, ingenuamente
opresor, patria de césares de hierro y de enemigos netos de la gloria y
de la tradición latina.
Los eruditos de la última gaceta os dirán que han aprendido que no
hay raza latina, y que en Europa misma los elementos componentes de
la nacionalidad española o francesa son todo menos latinos en su
mayor parte. «La nacionalidad latina, responderá Paul Adam, es toda
de ideas, no de sangre.» Nosotros somos latinos por las ideas, por la
lengua, por el soplo ancestral que viene de muy lejos. «En la América
del Sur, ha escrito M. Hanotaux, ramas vigorosas han florecido sobre
el viejo tronco latino y le preparan el más brillante porvenir.» En
países como los nuestros, en que, ante todo, se busca hoy un ideal
comercial, han podido deslumbrar, junto con la victoria de las armas,
las conquistas de la industria y del comercio alemanes hasta hace poco
preponderantes. Pero ese ideal, absolutamente cartaginés, no podría
ser durable. Tenemos a la vista el ejemplo de los Estados Unidos. El
país de Caliban busca también las alas de Ariel. Y volviendo a la
Alemania, un escritor francés que la conoce mucho y que ha sido el
introductor de Nietzsche en Francia, acaba de expresar: «Los Heine,
los Boerne, los Herwegh--para no nombrar sino poetas--, han encontrado
entre nosotros una segunda patria y la libertad de escribir. Sin
duda, los tiempos han cambiado, y la Alemania de los Hohenzollern ha
reemplazado gloriosamente el caos de las Germanias de antes. La holgura
ha venido, la prosperidad material, pero también la arrogancia y la
hinchazón. Se trabaja, se gana dinero, pero ya no se tiene tiempo de
tener espíritu. No se impide a Hegel profesar, pero es tal vez porque
no hay otro Hegel. Se tiene el orgullo de las libertades políticas,
pero ¿se admite acaso la libertad moral? Hace algunas semanas ha
circulado una protesta entre los escritores alemanes. En ella se pedía
la abrogación del párrafo 166 del Código penal del imperio, que se
refiere a los «ultrajes a las instituciones religiosas». ¿Y a propósito
de qué? A propósito de una traducción alemana de un volumen de Tolstoï,
titulado _El sentido de la vida_, y que contenía, entre otras cosas, la
_Respuesta al Sínodo_, volumen confiscado en Leipzig--y no en Rusia--.
El escritor polaco Estanislao Przybyzewski, que publicaba sus obras en
lengua alemana, tuvo que dejar Berlín hace algunos años. Escribe ahora
libremente en Varsovia. Lejos de mejorar las condiciones intelectuales
de Alemania, ¿no se agravan más?
La tiranía de la opinión pública iguala a la severidad policial y la
estrechez de espíritu no fué quizá nunca como hoy. Hace cincuenta
años, Max Stirner, hizo aparecer _Lo único y su propiedad_, sin
ser inquietado. Hoy, los calabozos de Weichselmünde, le enseñarían
a reflexionar. Hace cien años, los poetas románticos se mostraban
por todas partes con sus queridas... y Goethe sonreía. ¿Es que,
acaso, musicalmente, nos habrá conquistado el espíritu alemán? No
me parece que el wagnerismo mecánico de la moda haya obrado muy
transcendentalmente en nuestros talentos musicales.
Por más que se diga, somos, más que otra cosa, hijos mentales de
Francia, de la civilización latina. Un impulso latino mantiene nuestro
anhelo de libertad y de belleza. Los mismos defectos son heredados y
tradicionales cuando no reflejados o impuestos por una ley simpática.
Y hay atrevidos descendientes del «ruiseñor alemán que hizo su nido en
la Peluca de Voltaire», que dicen y cantan la verdad a la orgullosa
patria. Así Oscar Panizza, el autor de _Parisiana_, que vive aquí, como
Heine, y que ha sido tan atacado y perseguido por sus versos valientes
y ásperos, y que habiendo reconocido en Francia una madre intelectual,
la celebra y anuncia sus futuras victorias, a despecho de la patria
original.
Las patrias madrastras deben cuidarse de los hijos que desconocen y
ofenden.
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