II

La vieja cuestión del canal interoceánico se renueva de tiempo en

tiempo. En estos momentos, se agita en los Estados Unidos y tiene

naturalmente gran repercusión en Francia. ¿Se realizará el canal por

fin? ¿Cuál de los canales? ¿El de Nicaragua? ¿El de Panamá? ¿Los dos?

Colombia, Nicaragua, Costa Rica están a la espera de las resoluciones

definitivas. El proyecto de Nicaragua parece ganar terreno; el cadáver

de Panamá se diría conmovido eléctricamente como la rana de Galvani.

M. Buno-Barilla lanzó aquí hace algunos meses un llamamiento a los

panamistas, en el buen sentido de la palabra, para interesarlos en

favor de una empresa que podría resarcir las antiguas pérdidas;

nadie hizo caso. M. Hutin hizo un viaje a los Estados Unidos para

tratar de ofrecer al yanqui los restos de Panamá, a un buen precio.

Las influencias y los ofrecimientos usuales en los medios políticos

americanos, no han escaseado. Nada se ha resuelto todavía. Entretanto,

los norteamericanos se posesionan poco a poco de Nicaragua, en donde

el gobierno ha comenzado por hacer concesiones que han sido aminoradas

por declaración del presidente Zelaya, pero que, por parte de los

Estados Unidos, han sido mantenidas, según las primeros versiones que

la Prensa hizo conocer; es decir, cesiones territoriales a un lado y

otro del futuro canal, con derecho de establecer guarniciones militares

y tribunales de justicia. No se podrá alegar, pues, en tal caso, la

«soberanía» de la república centroamericana, aunque hay que confiar en

el reconocido patriotismo y tacto político del general Zelaya.

El señor Crisanto Medina, antiguo ministro de varias repúblicas

de Centro América en Europa, persona de consejo y habilidad, que

conoce perfectamente la cuestión del canal, como que ha sido actor

en muchos preliminares de ella, ha ido recientemente a Nicaragua,

y no es de dudar que sus indicaciones hayan sido escuchadas en el

gobierno. Ha escrito con oportunidad una interesante historia del

canal interoceánico, que reviste la mayor actualidad. No es el señor

Medina de los dudosos, él cree probable que llegará, tarde o temprano,

la necesidad, para el comercio del mundo, de los dos canales, el de

Panamá y el de Nicaragua. Por de pronto, y por más que se asegure que

los entusiasmos norteamericanos por el istmo nicaragüense son aparentes

y tan sólo manifestados para encontrar más fáciles las ofertas del

Panamá, abandonado por la mano francesa, parece extraordinario que

se pueda suponer interés en continuar la ruta fracasada de Lesseps.

Me ha tocado visitar en compañía de ingenieros desolados ante el

espectáculo ciertamente conmovedor, aquel inmenso cementerio de

construcciones, aquel colosal osario de máquinas, entre las ruinas, en

el lugar fatídico en que la imprudencia por un lado y el delito por

otro, enterraron un sinnúmero de vidas y un sinnúmero de ahorros de

pobres gentes... Proseguir, animar de nuevo las viejas dragas llenas de

herrumbre, volver a turbar con nuevos ruidos el silencio que dejó allí

la más formidable de las «débacles», una especie de Sedán económico de

Francia, sería una locura que no cabe, sobre todo, en cerebros yanquis.

Pero, todo puede ser.

Los días pasados, en casa del señor Medina, recorría yo las líneas

que ha dedicado a la obra ístmica. Él hace primero, y antes de entrar

en recuerdos y apreciaciones personales, una reseña ligera de las

tentativas que, a través de los siglos, se han iniciado para unir los

dos océanos. Tiene el buen gusto de no citar la previsión de Séneca:

«aquí está la vasta puerta de dos mares» demasiado mellada por el uso

que de ella han hecho cuantos han tenido que ocuparse en el asunto.

Habla de los ingenieros del Renacimiento, que fueron a buscar oro de

Cipango, y que señalaron varias rutas factibles. Refiriéndose a ellos,

cuenta que M. de Lesseps le dijo un día: _Ils n'étaient pas fixés!_ Él

tampoco, el pobre grande hombre _n'était pas fixé!_...

--Vea V., me dice el señor Medina--mientras la madera crepita en la

chimenea de su «bureau» de diplomático, en la rue Boccador--; vea

V. lo curioso que es ese proyecto de un antiguo español, Diego de

Mercado, cuya relación se ha encontrado hace poco en los archivos

de Sevilla: «Diego de Mercado no era un ingeniero; tampoco era un

geógrafo. Él mismo dice modestamente a su soberano, Felipe III, que

es «fabricante de pólvora, y antiguo soldado, a la sazón vecino desta

ciudad de Santiago, de la provincia de Goathemala.» No obstante,

sus descripciones son de una precisión admirable, y sus proyectos

no carecen de buen sentido práctico. Principia Diego de Mercado por

diseñar un cuadro muy completo de los puertos de San Juan al Norte y

San Juan al Sur de Nicaragua; y explica en seguida la conformación

del río San Juan y las muchas, pero no insuperables, dificultades que

ofrece para la navegación a causa de sus arenas, sobre todo de sus

raudales. Luego indica el trabajo que sería necesario hacer en él.

Hace en seguida comparaciones entre los puertos de Panamá, Colón, San

Juan del Norte y San Juan del Sur, y después de algunas descripciones

prolijas y entusiastas, en las cuales el buen Diego de Mercado revela

su alma de flamenco, hablando con más entusiasmo de los cereales que

de las selvas vírgenes; después de un largo examen de las riquezas

conocidas del suelo costarricense y de las riquezas y misterios y

de la costa de Mosquitia, cuyo nombre primitivo de _Sierra del Oro_

(Saguzgalpa), hace germinar en su imaginación ensueños de fortuna y

de conquista, llega a su proyecto de canal y lo expone con sencillez

y claridad en páginas que muestran su gran deseo de ser útil a

la humanidad y al rey. Diego de Mercado fué un hombre estudioso y

perspicaz, de buena voluntad y de fe entera, que comprendió desde

luego las grandes ventajas que la canalización de Nicaragua ofrecía a

la navegación universal en cambio de un ligero sacrificio. El rey Don

Felipe III, no obstante, debe de haber dado muy poco crédito a sus

palabras, puesto que aun teniendo seguridad de que, según sus propias

palabras, «los trabajadores llevarían la obra a cabo sin necesidad de

pagarles salario alguno», dejó sin respuesta definitiva la proposición

de su leal vasallo.

Antes habían ya hecho propuestas semejantes al emperador Carlos V,

Hernán Cortés y Angel de Saavedra; el primero señalaba como utilizable

el curso del Darien y creía hacedero el canal por Panamá, basado en los

estudios hechos por Vasco Núñez de Balboa en 1513; Cortés optaba por

Tehuantepec, y encargó de hacer los estudios a Gonzalo de Sandoval.

Carlos V se encogió de hombros. Tenía otras cosas que intentar. Luego,

un aventurero portugués, llamado Antonio Galvao, encontró hacedero

el canal por cuatro vías diferentes: Nicaragua, el istmo de Méjico,

Panamá, entre el golfo de Uraba y el golfo de San Miguel. Felipe II

recibió los pedidos de López de Gomara para que llevase a la práctica

la obra del canal. Mucho tiempo pasó sin que ningún paso importante se

diese. El fundador del Banco de Inglaterra, William Patterson, hizo

que su rey aprobase un plan de colonización del Darien y de un canal

por ese punto; aunque la expedición se organizó, no pudo efectuarse.

Después tenemos la iniciativa de Bolívar, que, naturalmente, encontraba

muy factible la obra por el istmo panameño; el Libertador se ocupó en

el asunto antes y después de la realización de sus sueños políticos.

La primera expedición científica fué en tiempo y por orden de Carlos

III. «Dos ingenieros eminentes, dice el señor Medina, uno francés y

otro español, Martín de la Bastide y Manuel Galistro, fueron a Panamá

y a Nicaragua; examinaron el terreno, hicieron minuciosos sondajes

y volvieron a Europa con un proyecto favorable a Nicaragua (y no a

Panamá, como dicen algunos historiadores), según consta del _Abanico

Geográfico_ que Martín de la Bastide depositó en la Biblioteca Nacional

de París en 1805, es decir, en el mismo año del nacimiento de Ferdinand

de Lesseps.»

No pudo tener buena acogida el plan de esos dos ingenieros; el tiempo

y el medio no estaban de su parte. Es el tiempo y el medio pintados

y evocados magistralmente en ese _Enfant d'Austerlitz_ que acaba de

producir el genial poder de Paul Adam. Todo lo envolvía el soplo

agitado de la Revolución, y luego el estruendo y la tempestad de las

guerras imperiales. En cambio, a comienzos del siglo pasado, fueron

legión los proyectos y tentativas. Los grandes países, hace notar el

señor Medina, enviaban entonces comisiones tras comisiones, y los

sabios iban personalmente a América. Es la época del barón de Humboldt,

panamista, también en el buen sentido, _avant la lettre_. Por parte de

Nicaragua estaban Crosman, Baily, Félix Belly, Childs, Tay y otros;

y Tehuantepec tenía a varios, sobre todo norteamericanos, por interés

de vecindad y, por tanto, de absorción. «El historiador D. Alejandro

Marure refiere que un hijo de Nicaragua, el señor Manuel Antonio de

la Cerda, jefe que fué después de aquel Estado, tuvo la gloria de

ser el primer centro americano que promoviese (en Julio de 1823) el

asunto del canal, y explica los motivos que le impidieron llegar a un

resultado. El señor Cañas, ministro de Centro América en Wáshington,

en un oficio dirigido al departamento de Estado, en 1825, propuso la

cooperación de Centro América con los Estados Unidos para abrir el

canal por la provincia de Nicaragua. Como consecuencia, el famoso Clay,

entonces secretario de Estado, comunicó sus instrucciones a Williams,

ministro de la Unión en Centro América, para hacer las investigaciones

necesarias y aún se celebró un contrato para la construcción del canal,

que adolecía de defectos consiguientes a la ignorancia en que por falta

de estudios exactos, se estaba todavía sobre el costo y las necesidades

de la obra.» Entonces fué cuando el gobierno centro-americano recurrió

a Holanda. La política europea echó abajo las buenas intenciones de la

compañía holandesa que se organizó. Centro América intentó de nuevo,

esta vez con los Estados Unidos, en tiempo del presidente Jackson.

Hace tiempo que se solicita la boca del lobo... Las negociaciones

siguieron su curso hasta que, en 1853, el Senado adoptó una resolución

excitando al presidente a abrir negociaciones al efecto de proteger

por tratados a cualesquiera compañía o individuos que acometiesen la

construcción del canal, para los Estados Unidos lo mismo que para las

demás naciones. En 1849, los Estados Unidos dieron dos buenos pasos

a ambos lados del istmo: obtuvieron una concesión del ferrocarril de

Panamá, y firmaron un tratado con Nicaragua para la apertura del canal.

Inglaterra paró la oreja; y a propósito de los indios de la Mosquitia,

celebró el famoso tratado de Clayton-Bulwer, tan llevado y traído en

estos últimos tiempos.

En 1880, siendo presidente de Nicaragua el general Zavala, se firmó

el contrato Cárdenas-Menocal, que quedó en nada. En 1884 firmó en

Wáshington el ministro Zavala un tratado, «en virtud del cual los

Estados Unidos se comprometían a construir el canal con acompañamiento

de ferrocarriles y telégrafo, concediendo Nicaragua no sólo el

territorio al efecto, sino una faja de dos y media millas inglesas de

ancho en toda la longitud de la obra. La empresa sería virtualmente

administrada por el gobierno americano quien entregaría al de Nicaragua

una tercera parte de los productos netos.» Este tratado no obtuvo la

ratificación del Senado americano; Cleveland lo retiró. Luego hubo

otros arreglos y contratos que caducaron sin resultado ninguno.

Respecto a la tristemente célebre Compañía Universal del Canal de

Panamá, el señor Medina es más explícito. «Tendré que tratarla,

dice, con más detalles, por haber sido testigo presencial de los

acontecimientos desde su origen hasta el fracaso definitivo.» Así,

recuerda el primer Congreso científico que haya tratado del canal, en

Amberes, el año de 1871, de donde salió muy recomendado el proyecto

por el Darien, entre los ríos Tuyra y Atrato, presentado por M. de

Gogorza. En 1875 la cuestión fué tratada en el Congreso de Geografía

de París. Se trató de la reunión de un Congreso internacional que

decidiría. Ya Lesseps aparece; y luego el Sindicato que él apoyaría y

que tuvo por presidente al general Türr. Conseguidos los capitales,

la Comisión de estudio que debía dictaminar fué enviada. La Comisión

partió para América en Noviembre del 76. Iba a bordo del vapor

_Lafayette_, y entre sus miembros se contaban el ingeniero Reclus, el

oficial italiano Bixio, Víctor Celler y seis ingenieros más, bajo las

órdenes de Luciano Napoleón Bonaparte Wyse. Tocóle al señor Medina ir

en ese vapor en tal ocasión. Varios de los miembros de la Comisión eran

amigos personales suyos y hace memoria de sus impresiones.

Sabido es que en ese tratado se estipula que las partes contratantes

se comprometen a no ejercer un contrato exclusivo sobre el canal, a

no alzar fortificaciones en él, a no ejercer dominio alguno sobre

Nicaragua, Costa Rica, la costa Mosquitia ni parte alguna de la América

Central, ni directamente, ni por medio de alianzas o protectorados. Ya

se sabe cómo es la política de los países anglosajones, y cómo saben

interpretar, según el caso, sus tratados y sus doctrinas. El canal no

pudo tampoco hacerse entonces. Luego fué la invasión filibustera de

Walker. Si Walker triunfa, el canal estaría hace tiempo abierto. En el

63 los Estados Unidos, que ya tenían plantado el jalón del ferrocarril

en Panamá, propusieron a Colombia la construcción del canal; tales

condiciones ponían, que Colombia no aceptó. «Se dice--agrega el señor

Medina--que el príncipe Luis Napoleón estuvo en San Juan del Sur, y

fué uno de los más entusiastas partidarios del canal por Nicaragua,

aunque más tarde, dueño ya de un imperio, no hizo nada para llevar a la

práctica la realización de sus ensueños juveniles.» En efecto, Napoleón

III publicó un estudio sobre el canal de Nicaragua, muy meditado e

importante, y del cual, ya en tiempos en que era emperador, se ocupó

el Instituto de Francia. Pero la cosa no pasó a más. El señor Medina

habría podido investigar y darnos a conocer algo de las relaciones

estrechas que ligaron al monarca francés y al ministro nicaragüense

Castellón.

«En nuestras largas conversaciones--cuenta el diplomático

centro-americano--, los ingenieros y, especialmente, Bonaparte Wyse

y Bixio, me hicieron ver la importancia decisiva de la misión que

ellos llevaban, asegurándome que, una vez sus estudios terminados, la

obra se ejecutaría sin demora, gracias al poderío y a la influencia

de Lesseps, en quien la Europa toda había depositado una confianza

ilimitada después de Suez. Yo lo creía también así, y, naturalmente,

no dejé pasar una sola de las ocasiones que se me presentaron para

influir en sus ánimos, haciéndoles ver las mil ventajas que Nicaragua

ofrecía a la empresa; indicándoles la clemencia relativa del clima, la

densidad de la población, superior a la de Panamá, la abundancia de

maderas y víveres, etcétera. Tan pronto como terminaran sus estudios

en el istmo y firmaran un contrato con el gobierno colombiano, tenían

la idea de pasar a Nicaragua con igual objeto. Así pensaban regresar

a Europa con todos los elementos necesarios para que la resolución del

Congreso pudiera darse con entera imparcialidad y perfecto conocimiento

del asunto. Pero cuando Bonaparte Wyse regresó de Colombia y Nicaragua,

resultó que sólo con el primero había celebrado contrato para la

construcción del canal de Panamá. Esta era la situación cuando se

reunió el Congreso internacional que debía resolver definitivamente el

punto.» Aquí los recuerdos personales del señor Medina se precisan.

«Reunióse el Congreso en París, y celebró sus sesiones en el hotel de

la Sociedad de Geografía, en los días 15 a 29 de Mayo del año de 1879.

El elemento extranjero en dicho Congreso se componía de 62 delegados,

representantes de Alemania, Austria, Bélgica, China, España, Estados

Unidos, Colombia, Gran Bretaña, Hawai, Holanda, Méjico, Noruega,

Perú, Portugal, Rusia, Suecia y Suiza. En cuento a las Repúblicas

de Centro América, sólo estaban allí representadas: el Salvador,

por el ilustrado publicista colombiano D. José María Torres Caicedo

(con quien el señor Medina tuvo un duelo célebre); Costa Rica, por

don Manuel M. Peralta. Yo representaba entonces a Guatemala. Además

de estos delegados extranjeros, había en el Congreso más de ochenta

representantes franceses, en su mayor parte ingenieros distinguidos

y casi todos hombres de verdadero talento y de real sabiduría;

pero que, habiendo sido hábilmente escogidos por M. de Lesseps,

estaban dispuestos a apoyar sus planes y a formar siempre la mayoría

necesaria al triunfo de su inquebrantable voluntad. Para llevar a

cabo metódicamente sus labores científicas, dividióse el Congreso en

cinco Comisiones especiales, y a mí me tocó en suerte, a pesar de mis

escasos méritos, ser el vicepresidente de la primera de ellas y de

dirigir sus debates durante las ausencias del ilustre sabio francés

M. Levasseur. Tratábase, ante todo, en el seno de esta Comisión de

establecer, gracias a datos y cálculos estadísticos, los rendimientos

probables del canal, para poder, desde luego, estar seguros de la

equitativa relación que debía existir entre el capital empleado y los

dividendos futuros. En este sentido traté siempre de inclinar los

ánimos en favor de Nicaragua, basándome en cifras exactas, pues todos

o casi todos los proyectos de apertura de la vía interocéanica por el

Lago y el San Juan, marcaban la necesidad de un capital menor al que

era indispensable para llevar a cabo la obra en el Darien, y, por lo

mismo, ofrecían más probabilidades de ganancias para los accionistas.

Esta cuestión era, en el fondo, una de las más importantes, y si mis

ideas hubiesen prevalecido entonces, no hay duda de que la opinión

pública hubiera ejercido una presión contra Panamá; pero el público no

prestó gran interés a ese punto de detalle y dejó obrar a los hombres

que, estando encargados de hacer los cálculos estadísticos, con una

libertad hasta cierto punto fantástica, debían decidir, en última

instancia. Dispuesto M. de Lesseps a no aceptar a Nicaragua sino en

último caso, pidió que los datos fueran calculados con toda la posible

largueza, basándolos en el tráfico probable del porvenir, teniendo en

cuenta el aumento gradual que habría obtenido el comercio cosmopolita

cuando el canal empezase a funcionar; es decir, estableciendo los

cálculos según lo que ese aumento estaba llamado a producir en 1866.

El tonelaje previsto fué de 7.250.000. A pesar de la elevación en tal

cifra fué necesario subir el precio primitivamente fijado como derechos

de tránsito del canal; y, aun con todo eso, apenas se llegaba a obtener

los rendimientos indispensables para pagar los intereses del capital

que se necesitaba invertir en la obra. No así adoptando el proyecto

Menocal por Nicaragua, que revelaba una economía de 500.000.000,

comparado con el presupuesto hecho para Panamá, por el ingeniero

Ribourt.»

Las revelaciones del señor Medina son muchas y muy interesantes. Sería

de desear que extendiese sus Memorias, que aumentase los detalles

y diese a luz un verdadero libro que, de seguro, contendría datos

curiosos, previsiones cumplidas y rasgos pintorescos. Recuerda el

informe de Levasseur y los estudios de la cuarta Comisión del Congreso,

compuesta de los más sabios ingenieros del universo, y que tenía que

ocuparse de la parte técnica de los proyectos, que fueron muchos. Me

llama grandemente la atención lo que rememora de una carta de M. Lucien

Puydt y que leyó en una sesión el secretario de la Comisión. Era un eco

anticipado de la catástrofe que debía venir, un anuncio del formidable

«Panamá» que debía minar la base de la gloria del Gran Francés. En

esa carta se decía que «M. de Lesseps se ocupa exclusivamente del

éxito y del porvenir de la compañía civil, y que la cuestión de la

apertura del canal, desde el punto de vista del interés universal,

queda regalada a un plan secundario, y su solución subordinada a la

aceptación del proyecto de su protegido.»

Más, mucho más contienen las apuntaciones y la riquísima Memoria del

señor Medina, respecto a los entretelones de la cuestión del canal,

de asuntos técnicos y pasos diplomáticos, tanto en Europa como en los

Estados Unidos. No dejaré de citar sus impresiones en las últimas

sesiones de ese Congreso con M. de Lesseps. «La opinión extranjera,

dice el señor Medina, se había pronunciado casi con unanimidad en

favor de Nicaragua. Viendo esa presión desinteresada, M. de Lesseps se

dirigió confidencialmente a mí y me dijo textualmente lo que sigue:

«El sentimiento de la mayoría del Congreso parece pronunciarse en

favor de Nicaragua; yo no tengo ningún interés personal en que se

favorezca tal o cual vía, tanto más, cuanto que los gastos hechos por

el Sindicato de exploración Türr y Wyse pueden ser reembolsados por la

compañía que se forme; pero sería necesario formalizar algunas bases de

arreglo con el gobierno de Nicaragua, porque si el Congreso opta por

el canal de Nicaragua y enviamos después un comisionado a tratar con

aquel gobierno, sin arreglo previo de ningún género, las pretensiones

serán tales que no habrá modo de hacer un contrato realizable. ¿Hay

alguien aquí autorizado para hacer cualquier ofrecimiento en nombre

de Nicaragua?» «Yo sabía desgraciadamente que no, y me limité a

asegurar a M. de Lesseps, como amigo de Centro América, que Nicaragua

comprendería demasiado sus intereses para demostrar la intransigencia

que él temía, y le insté para que dejara que el Congreso se pronunciase

libremente; pero mis instancias, como las de otros, se estrellaron

contra los temores de M. de Lesseps y contra la presión del Sindicato

colombiano que trabajaba por que la decisión fuera enteramente

favorable a sus proyectos.» Lesseps se decidió firmemente por Panamá.

En la votación general la mayoría de los representantes extranjeros

se abstuvo. Entonces resultaron 87 votos por Panamá, y sólo 8 por

Nicaragua. El Gran Francés había triunfado...

Ahora es en los Estados Unidos. Se verá, por fin, cuál será la vía

elegida por los yanquis, pues ellos son los que han de hacer práctico

tanto proyecto. Por Panamá, o por Nicaragua o por ambas partes, ellos

buscan que América sea para los americanos. O para la humanidad... que

habla inglés.

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La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I · 第 21 / 34 题