M. A. Viallate acaba de publicar en una de las revistas más
importantes, _La Revue de París_, un estudio en que, con motivo del
Congreso panamericano de Méjico, trata de las relaciones de la gran
república norteamericana con sus hermanas menores del Sur, y de las
varias tentativas hechas para extender la influencia yanqui por todo
el continente. Comienza por hacer notar que durante la guerra de la
independencia, los Estados Unidos no prestaron ayuda oficial alguna a
los pueblos hispano-americanos que luchaban por su libertad; pero, que
no obstante, los ciudadanos norteamericanos demostraron sus simpatías.
Por otra parte, los Estados Unidos fueron quienes primeramente
reconocieron su rango de naciones a las antiguas colonias de España.
Desde entonces aparece el pensamiento de las ventajas futuras que el
país anglosajón entrevé, y es el célebre Henry Clay, representante de
Kentucky, el que expresa en el Congreso estas palabras en 1818: «La
América española, una vez independiente, cualquiera que sea la forma de
gobierno que sus habitantes elijan, estará necesariamente animada por
un sentimiento americano y guiada por una política americana.
»Y en 1820, la América del Sur, dice, a la hora actual tiene 18.000.000
de habitantes.
»La población de esos países se desenvolverá con una rapidez igual
a la nuestra. En veinticinco años se puede prever que será de
36.000.000; en cincuenta años de 72.000.000. Los Estados Unidos
tienen ahora 10.000.000 de habitantes. Gracias al carácter de nuestra
población, nuestra nación será siempre la primera de este continente
desde el punto de vista industrial y comercial. Imaginad cuál será
la potencialidad de ambos países y la importancia de sus relaciones
comerciales cuando nosotros tengamos 40.000.000 de habitantes, y la
América del Sur 70.000.000.» Aunque los cálculos de Clay no hayan
salido exactos, puesto que hoy los Estados Unidos cuentan 66.000.000 y
la América española 55.000.000, la idea del orador no ha desaparecido,
afianzada después por la doctrina de Monroe. A pesar de las
declaraciones de Mac Kinley y de Roosevelt, los Estados Unidos buscan
no solamente influencia, sino también dominación. Han demostrado ya
prácticamente buen apetito.
Habla M. Viallate de las varias tentativas de unión hispanoamericana,
que, desde Bolívar, se han hecho. El libertador no envió invitación a
los Estados Unidos para la conferencia de Panamá en 1824. Pero el año
siguiente los gobiernos de Colombia y Méjico pidieron al de la Unión
que enviase sus representantes. Era secretario de Estado el mismo Henry
Clay, y, aunque el entonces presidente Quincy Adams, no estaba muy
bien dispuesto a entrar a esas vías, Clay lo convenció, viendo en ese
Congreso, según sus palabras, «el principio de una era nueva en los
asuntos humanos.» Veía un inmenso triunfo para la democracia universal,
y la demostración más clara, a los pueblos europeos dominados por la
monarquía, del valor y grandeza de las instituciones republicanas.
Clay, dice M. Viallate, temía también una unión de la América latina,
de la cual estuviesen completamente excluídos los Estados Unidos. Dos
grupos de origen, de lengua, de aspiraciones diferentes se encontrarían
creados en el continente americano. La decisión de Adams para enviar
representantes a Panamá, tuvo gran oposición en el Senado. El Congreso
se verificó, y con ningún éxito, en 1826. No hubo más delegados que los
de Colombia, Centro América, Méjico y Perú.
Desde 1825 a 1845, los Estados Unidos no se preocupan de la América
latina. Tanto rehusaron intervenir en la cuestión de las islas
Falkland, entre la Argentina e Inglaterra en 1831 como el año de 1840,
cuando dejaron a Francia e Inglaterra tomar parte en la cuestión de
la Argentina con el Uruguay. En 1835 y en 1848, no se dieron por
entendidos de la ocupación inglesa en Nicaragua--como tampoco en el
no lejano desembarco en el puerto nicaragüense de Corinto.--Atacaron
a Méjico y se anexionaron Tejas en 1835, y en 1848 Nuevo Méjico y
California. Buchanan proyectaba el establecimiento de un protectorado
sobre las provincias mejicanas septentrionales, y pedía al Congreso
el derecho de entrar, en caso necesario, en territorios de Méjico,
Nicaragua y Nueva Granada, para defender las personas y los bienes de
los ciudadanos americanos. Si el Congreso hubiera cedido, el presidente
de los Estados Unidos hubiera sido pronto el dictador de la América
Central. Las tentativas del filibustero Walker en Nicaragua no fueron
sino vistas con gran simpatía en los Estados Unidos.
La intervención europea en Méjico, en tiempo de Maximiliano, hizo que
la república anglosajona tomase su papel de defensora de Sud-América,
por el temor del establecimiento de una monarquía en el vecindario;
pero las cuestiones peruano-chileno-españolas, que trajeron como
consecuencia actos como el bombardeo de Valparaiso, los dejaron
tranquilos: y como dice M. Viallate, los Estados Unidos se proponían
impedir a Europa instalarse de fijo, aunque fuese disimuladamente, en
la América del Sur, pero no querían defender a las repúblicas latinas
contra las consecuencias naturales de sus faltas políticas. Esto se
acaba de ver confirmado una vez más con la actitud que tomaron con
motivo de las amenazas de Alemania en Venezuela.
¿La causa? El mal uso que de su independencia y autonomía han hecho
las naciones de la América española, manteniéndose desde su separación
de la madre patria en revolución continua, retardando su progreso y
dando al mundo todo el espectáculo más desconsolador y lamentable. Las
cuestiones territoriales fueron causa continua de desavenencias, y las
varias tentativas de un arreglo por el arbitraje no tuvieron ningún
resultado en las varias conferencias de Lima. La conferencia de Panamá
iniciada por Colombia en 1880, no pudo realizarse a causa de la guerra
del Perú y Chile. Luego fué la iniciativa de los Estados Unidos bajo
la presidencia de Garfield. En ese momento, la situación política en
la América latina estaba muy perturbada. Chile, vencedor del Perú,
amenazaba imponer a éste condiciones de paz que le habrían casi
anulado, mientras que Méjico se preparaba a posesionarse de Guatemala.
Blaine vió el peligro que había para los Estados Unidos en dejar libre
carrera a esas ambiciones. Ellos no tenían interés en ver desarrollarse
indefinidamente la potencia de un pequeño número de Estados en el
hemisferio Sur; por otra parte, esas guerras presentaban siempre el
peligro de una intervención europea que podría solicitar, así fuese
pagando con una parte de su independencia la potencia más débil. Blaine
estaba convencido de la necesidad para los Estados Unidos de hacerse
los árbitros de las querellas entre las naciones sudamericanas. Era
preciso hacer aceptar por esas potencias el principio del arbitraje.
Ese debía de ser el objeto de un Congreso panamericano cuya idea hizo
aceptar al presidente. La muerte de Garfield, asesinado meses después
de la inauguración, llevó al vicepresidente Arthur a la presidencia.
Éste resolvió continuar la política de su predecesor, y el 29 de
Noviembre de 1881, Blaine dirigía a las naciones independientes
de la América invitaciones a un Congreso que se verificaría en
Wáshington al año siguiente, «con el objeto de estudiar y discutir los
medios de impedir en lo futuro los horrores de las luchas crueles y
sangrientas entre países casi siempre de la misma sangre y lengua, o
las calamidades mayores aún de la guerra civil.» Las ideas de Blaine
fueron más claras después. «No hemos llevado nuestras relaciones con la
América española tan cuerdamente y tan firmemente como pudimos hacerlo.
Durante más de una generación nada hemos hecho para atraernos las
simpatías de esos países. Deberíamos hacer todos los esfuerzos posibles
para ganarnos su amistad. Mientras que las grandes potencias europeas
aumentan constantemente su poderío territorial en Africa y en Asia,
lo que nosotros debemos hacer es acrecentar nuestro comercio con las
naciones americanas. Ningún campo nos ofrece una cosecha tan abundante,
ninguno ha sido tan poco cultivado. Nuestra política extranjera debería
ser una política americana en el sentido más amplio; una política de
paz, de amistad y de desenvolvimiento comercial.» La conferencia no se
realizó porque el Congreso no votó los créditos necesarios, a la salida
de Blaine, en 1881.
En 1884 el Congreso creó una Comisión para estudiar «los mejores medios
de asegurar las relaciones internacionales y comerciales más íntimas
entre los Estados Unidos y los países de Centro y Sud-América.» Se
vió que el comercio norteamericano había perdido mucho, y después de
varios tanteos, se encontraron bien dispuestas todas las repúblicas,
con excepción de Chile, a celebrar tratados de reciprocidad comercial
con los Estados Unidos. En 1888, la ley de 24 de Mayo autorizó al
presidente a invitar a las naciones independientes de América a una
conferencia en Wáshington, «con el objeto de discutir un plan de
arbitraje para el arreglo de las diferencias susceptibles de nacer
entre ellos en lo futuro, y estudiar las cuestiones relativas al
mejoramiento de las relaciones comerciales, al establecimiento de
las comunicaciones directas entre esos países y al desarrollo del
comercio recíproco, capaz de asegurar a sus productos mercados más
extensos.» La conferencia se reunió, como es sabido, en Wáshington.
Blaine presidió, y en su saludo de bienvenida habló de «confianza
sincera» y «ayuda mutua»; pero los diarios hablaban con demasiada
claridad de las intenciones ogrescas. «Queremos, decía el _Sun_, de
Baltimore, monopolizar, si es posible, el comercio de la América
central y meridional, no por la baratura y buena calidad de nuestros
productos, sino encerrando a esos países en nuestra tarifa protectora.
Queremos poder entrar en los puertos de esos países, mientras que la
entrada en ellos será prohibida a nuestros competidores europeos.» Era
un lazo tendido a todos los mercados latinoamericanos. Poco se habló
en el Congreso de arbitraje; todo fué casi alrededor del comercio, y a
cada paso salía a relucir la palabra de Monroe. Entonces fué cuando el
representante argentino contestó con su célebre frase: «La América para
la humanidad.»
El escritor francés demuestra cómo la obra económica del Congreso de
Wáshington fué casi tan vana como su obra política. Luego se ocupa de
ese inútil _Bureau de las repúblicas americanas_, que aún se mantiene
en la capital anglosajona. En realidad, el mundo comercial ignora su
existencia y no se cuida casi de él.»
Se refiere luego a las repetidas tentativas norteamericanas para
lograr el dominio de los mercados de las demás repúblicas. Ya son los
trabajos en la Exposición de Chicago, ya la fundación del _Philadelphia
Commercial Museum_, la reciente Exposición de Buffalo y el Congreso de
Méjico. Citaré a este respecto las palabras de M. Viallate: «Con menos
prisa que hace diez años, las repúblicas sudamericanas han aceptado
la invitación de Méjico. Algunas de ellas no parecían esperar que el
Congreso pudiese llegar a un resultado serio. Además, la situación
política no se ha modificado en el hemisferio meridional. Los peligros
de revolución y de guerra son siempre grandes; los diferentes gobiernos
no han adquirido una estabilidad interior bien sólida; apenas si se
puede fiar en la calma que ofrecen desde hace algunos años un pequeño
número de entre ellas. La situación internacional no es mejor, y esos
pueblos de la misma lengua y de la misma raza continúan ofreciendo el
triste espectáculo de hermanos enemigos, siempre listos a despedazarse.
Poco tiempo antes de la apertura del Congreso, un conflicto que dura
todavía estalló entre Venezuela y Colombia. El odio entre Chile y el
Perú, consecuencia de la guerra de 1880, no está cerca de calmarse, y
existe, desde hace muchos años un estado de antagonismo latente entre
Chile y la República Argentina, que ha estado por traer la guerra
al mismo tiempo en que sus plenipotenciarios discutían en Méjico
los medios de hacerla imposible. En fin, los triunfos recientes de
los Estados Unidos, sus conquistas nuevas, sus éxitos industriales
mismos, no son para no causar a las naciones de la América latina
naturales cuidados. Ellas vacilan en unir demasiado estrechamente su
porvenir político al de tamaña potencia: tener en ella un protector
interesado que tiene demasiados medios de transformarse un día en dueño
autoritario.» Respecto al Congreso, la obra política, concluye, en lo
que concierne a las ambiciones de los Estados Unidos, ha fracasado. Su
obra económica no podría tener resultado mejor. Los Estados Unidos,
según el articulista, tienen infinitos obstáculos que vencer en la
América del Sur, aunque hayan logrado la supremacía en el Golfo
de Méjico. No cree, como algunos estadistas, que esté muy próxima
la hegemonía de los Estados Unidos sobre el continente todo, con
perjuicio de los intereses de Europa. El peligro existe, pero puede
ser evitado. Y concluye: «La orgullosa afirmación de mister Olney,
cuando la querella de los Estados Unidos e Inglaterra, a propósito
de territorios de Venezuela, de que «los Estados Unidos son hoy
prácticamente soberanos sobre el continente americano», no está de
ningún modo de acuerdo con la realidad de los hechos. Ellos aspiran a
serlo, es verdad, y el colosal desarrollo de sus riquezas, la profunda
confianza que tienen en sí mismos, les hacen creer en la fácil
realización de esos ambiciosos deseos; pero están lejos de haberlo
logrado. Puede esperarse que la construcción del canal interoceánico
traiga el establecimiento de un protectorado más o menos disfrazado de
los Estados Unidos sobre los pequeños Estados de la América Central;
se puede prever que las Antillas escapen poco a poco a la dominación
europea para caer en las de ellos. Quizá, también, si anda falto de
cordura y prudencia, Méjico, a pesar de su importancia, concluya por
ser asimismo un satélite de los Estados Unidos. Les será preciso a
éstos mucho más largo tiempo y muchísimos más grandes esfuerzos para
extender su hegemonía sobre las naciones sudamericanas, suponiendo que
puedan llegar a ello. Sin duda, los Estados Unidos verán aumentarse
sus relaciones comerciales con esos países y participarán de los
efectos de crecimiento y prosperidad que parecen estarles reservados.
El desarrollo de su potencia industrial, la reconstrucción de su
marina mercante, les ayudará mucho; pero, por muchos años aún la gran
corriente comercial de la América del Sur continuará dirigiéndose hacia
Europa, cualesquiera que sean los medios que empleen los Estados Unidos
para desviarla. _Y si el Brasil, la Argentina y Chile, abandonando
sus querellas intestinas y sus rivalidades, hallasen la estabilidad
política y se consagrasen a cultivar las riquezas maravillosas de
su suelo, se podría ver, en un cuarto de siglo, o en medio siglo,
constituirse en esa región naciones potentes, capaces de contrapesar a
la América anglosajona, y de hacer en lo de adelante vano el sueño de
hegemonía panamericana acariciado por los Estados Unidos._»
Subrayo las palabras finales, porque ellas son la expresión del juicio
que la Europa sensata y previsora tiene de nuestras repúblicas, ante la
amenaza del imperialismo yanqui. Es de desear que nuestros hombres de
Estado se fijen en estas manifestaciones. El estudio que he extractado,
encierra la opinión del criterio serio europeo, y ojalá los pensadores
nuestros tomen en cuenta estas altas vistas[1].
[1] Recomiendo a quienes interese, en este sentido, un
reciente artículo del _Times_ sobre el imperialismo americano.
«El canal de Nicaragua», en el _Kolnische Zeistung_. Y «La
lucha por la preponderancia en la América del Sur», en el
_Frankfurter Zeitung_.
[Ilustración]
[Ilustración:
ACABÓSE
DE IMPRIMIR
ESTE LIBRO EN
MADRID, EN EL ESTABLECIMIENTO
TIPOGRÁFICO
DE JOSÉ YAGÜES
SANZ, EL DÍA XXVII
DE JUNIO DEL AÑO
MCMXVII]