Por fin Enrique Heine tendrá su estatua en París, verdadera patria
suya. Sabido es que su patria original, la tierra de su nacimiento,
Alemania, no ha consentido en que se levante el menor monumento.
Razones ha tenido Alemania para no tratar con excesivo cariño al
portalira de la sardónica musa, que le dijo y cantó tantas verdades.
Amor con amor se paga. Mas lo cierto es que los profetas y las
patrias no han hecho nunca buenas migas. Un profeta molesta mucho al
vecindario, perturba al cura, inquieta al alcalde; vale más que vaya a
otra parte a hacer sus profecías. Si no se va, se le crucifica, se le
apalea o se le desdeña. Pero entonces, sí, inmediatamente que muere,
se le dedica una calle o se le inaugura un simulacro de mármol o de
bronce. Heine amó grandemente a Francia; amó, sobre todo, a París,
respiró este ambiente, sufrió aquí la terrible enfermedad que tanto le
hizo padecer, y reposa en un rincón del cementerio de Montmartre. Allí
están los despojos de aquel que dijo: «Yo soy un ruiseñor alemán que
vino a hacer su nido en la peluca de Voltaire.»
Un ruiseñor alemán... Cantó divinamente aquel ruiseñor. Cantó divina y
dolorosamente; así Dios, según dicen, saca los ojos a sus pájaros de
poesía para que canten mejor.
Muchas gracias. Valdrá más, entonces, no cantar ni bien ni mal. ¿Por
qué la desventura ha de ser condición del genio, y, sobre todo, de los
maestros de la armonía, desde Homero, rey de los ciegos y de los cisnes?
Heine, dulce y áspero, risueño y sollozante a veces, padeció muchísimo,
espiritual y corporalmente. Por eso se construyó su fina armadura de
ironía, su escudo de desdén, su espada de amargura. Y de esa manera,
alejado de los olimpos de un Goethe, o de la serena meditación de
un Novalis, rompe con todos los dioses y desconfía de todos los
hombres. Apenas algo antecesor en esto de Nietzsche, dedica una parte
de su admiración a los grandes conquistadores, a los acaparadores
de la gloria que, como el emperador francés, dominan en los siglos.
Francia le atrajo con el irresistible encanto de sus seducciones.
Alemania, gran madre, sin embargo, _Germania mater_, no ha llenado
los sueños y aspiraciones de más de uno de sus ilustres hijos. Fuera
de sus cazadores de absoluto, Fichte, Schelling, Hegel, están los
que protestan y se erizan. «Previendo mi muerte, dice Schopenhauer,
declaro: que desprecio la patria alemana, a causa de su estupidez, y
que me avergüenzo de pertenecer a ella.» Y Heine: «El pueblo prusiano,
es siempre el mismo pueblo de muñecos pedantes; siempre el mismo ángulo
recto a cada movimiento, y, en el rostro, la misma suficiencia helada
e estereotipada. Se apretaban, siempre tan tiesos, tan estirados, tan
estrechos como antes, y derechos como una I. Diríase que se han tragado
la vara de cabo con que antes les zurraban». «Es el país chato de
Europa», escribe de su Alemania el flagelante Nietzsche: _Das Flachlan
Europas_.
Pero la verdad es que aquel judío melodioso ha entrado a la eterna
Walhalla de la gloria, si no a la consideración oficial del imperio de
Guillermo II. Si en su _Alemania_, si en su _Atta Troll_, si en muchas
partes de su obra admirable, zahiere la patria que no le fué maternal
ni simpática, extrajo de ella misma una inmensa riqueza poética. En la
luz de sus claros de luna cristalizó más de un collar de perlas del más
mágico oriente; hay versos suyos eternamente húmedos de rocío de sus
florestas y campos; el ensueño alemán flota, con su legendaria bruma,
en el canto musical y entristecido del prusiano rhenano.
De su permanencia en París, Gautier nos ha dejado algunas páginas muy
bellas. Cuando sufría el ruiseñor alemán, ya herido por su dolencia,
no en la peluca de M. de Voltaire, sino en la silla de enfermo de la
que no podía levantarse, le pinta un escritor, habitando rue de la
Chataigneraie en Montmorency: «Vivía solo, pobre, orgulloso, cuidado
por su mujer, que era muy bella, un poco vulgar. La amaba mucho y le
toleraba, sin embargo, un compañero bastante desagradable: un loro
hablador. Era una gran condescendencia de su parte, pues el menor ruido
le irritaba. No podía ni resistir el tic-tac de un reloj en el bolsillo
de un visitante; su sensibilidad exacerbada transformó la mitad de su
existencia en áspera agonía. Pasó sus días como un desollado vivo.»
Suplicio prometeano, suplicio dantesco. Hay en él entonces algo de un
Job irónico. No cabe en su delicadeza de imaginativo y de sensitivo la
dura blasfemia, el desahogo brutal. Las abejas de su jardín zumban,
melancólicamente, y extraen su miel heráclea de los más amargos ajenjos
y gencianas.
* * * * *
Es interesante, vivamente interesante el culto, el cariño admirativo
de la pobre y trágica emperatriz de Austria, Isabel la mártir, por la
memoria y la obra del lírico alemán.
La tontería ultrapatriótica rechazó a éste de Berlín; la torpeza
antisemita le negó la ciudadanía de Viena. No quisieron en la capital
austriaca su estatua porque era israelita. No querían el azor ni
los ejemplos buenos, por nacer en «vil nio» y «por los decir judío»
como reza el verso de Rabbi Sem Tob. La princesa atrida, entonces,
en su villa de Corfú le levantó su monumento. Muerta la emperatriz y
puesto a la venta el Achilleion, un millonario italiano ha querido
ser generoso también con el poeta, y ha dado la estatua para que sea
colocada en la tumba del cementerio de Montmartre. No ha de faltar
el día de la inauguración el cumplido homenaje de París. El primero
de los satíricos modernos, según el sentir de Menéndez Pelayo; pero
sobre todo, el poeta, el melodioso y triste poeta, tendrá flores en su
sepulcro y se celebrará su gloria como en lugar propio.
Sí; Heine el volteriano es ciudadano de París, Heine, el admirador de
Napoleón, tiene ganada su carta de ciudadanía francesa.
¿Recordáis la balada? Dos granaderos, prisioneros en Rusia, volvían
a Francia. Y al entrar en país alemán, inclinaron la frente. Allí
escucharon ambos esta triste noticia, la Francia perdida, el gran
ejército vencido y mutilado y el emperador, el emperador prisionero.
Entonces, los dos granaderos se pusieron a llorar juntos, al saber
tan tristes nuevas. El uno dijo: «¡Cuánto dolor siento! ¡Cómo me arde
mi vieja herida!» El otro dijo: «La canción ha concluído; yo también
quisiera morir; tengo, sin embargo, mujer e hijo en la casa que, sin
mí, perecerían. Qué me importa mi mujer, qué me importa el hijo: tengo
más alto un deseo mejor. Que mendiguen cuando tengan hambre. ¡Mi
emperador, mi emperador prisionero!
»Hermano, concédeme lo que te ruego: si muriere ahora, lleva mi cadáver
a Francia, entiérrame en la tierra de Francia. La cruz de honor con la
cinta roja me la colocarás sobre el pecho; me pondrás el fusil en la
mano y me ceñirás mi espada.
»Quedaré acostado así, el oído atento, como un centinela en la tumba,
hasta que escuche al fin los aullidos del cañón y el sonar de cascos de
los caballos relinchantes.
»Mi emperador entonces, tal vez pasará sobre mi tumba, mil espadas
se chocarán y brillarán. Así, saldré todo armado de la tumba, para
proteger al emperador, ¡al emperador!...»
Pocas liras francesas han celebrado con más bello sonar la grandeza del
Cabito, del _Petit Caporal_.
M. George d'Esparbes debe hacerse presente en la fiesta de Heine, su
antecesor, en el culto de la leyenda del Aguila.
Tanto peor para las patrias que desconocen a sus hijos ilustres;
tanto peor para las patrias cuando los hijos gloriosos las dicen
con justicia: «No tendrás mis huesos». Alemania hará construir cien
monumentos más a sus mariscales, políticos y Césares.
Heine descansa contento en París.
* * * * *
Tiempo después de escritas las anteriores líneas he asistido a la
inauguración del monumento, un modestísimo monumento. No hubo, pues,
regalo de millonario. Tanto mejor.
[Ilustración]
[Ilustración]
V
Dos artistas--uno argentino, el señor Irurtia, otro mejicano, el señor
Ramos Martínez--, me habían invitado para ir con ellos esta mañana al
campo, a respirar el fresco aire y ver los hermosos paisajes que ellos
trasladan a la tela. Había que levantarse temprano. Yo fuí muy matinal
y me dirigí a buscarlos a la rue Campagne Première. Nos encaminamos
luego a la Avenue du Maine en donde debíamos sacar a otro compañero.
Serían las seis, más o menos. El cielo estaba tranquilo y claro.
Caminábamos conversando alegremente de proyectos, de luchas, de obras
por hacer, de sueños por realizar. De repente, al llegar a la avenida,
uno de mis amigos llama la atención:
--«Eh, miren allá, en el cielo. Santos Dumont, seguramente». Un globo,
no lejos, estaba a nuestra vista. Se dirigía como hacia el lado de Mont
Rouge.
Yo hice notar que Santos Dumont, según los diarios, había llegado hacía
dos o tres días, de los Estados Unidos, bastante enfermo. Seguimos
mirando el aerostato, que se acercaba más, cuando no pudimos menos de
lanzar un grito: «¡Se quema!» Del globo salió una luz, una llama, y se
produjo una detonación, un corto trueno, y luego un humo que nos llenó
de espanto a todos, a nosotros y a unos cuantos transeuntes que se
habían detenido a ver... No; es algo tan horrible que no encuentro cómo
escribirlo. La impresión penosa me dura, y el recuerdo me durará por
toda la vida. El globo reventado descendió en un momento, arrastrado
por el pesado aparato que servía de barquilla. Fué tan rápido eso, que
no nos dimos cuenta exacta del tiempo; unos pocos segundos. Oímos el
ruido del choque, horroroso choque, como a unos doscientos metros...
El espanto parecía que había paralizado a todo el mundo. Mis amigos
y yo no nos hablábamos una sola palabra hasta momentos después, que
pasaron varios automóviles que venían en socorro de los aeronautas. A
lo largo de la avenida, cerca de la rue de la Gaîté, estaban los restos
del globo, y bajo ellos, los despedazados restos de dos bravos hombres:
el pobre señor Severo, diputado brasileño, émulo de Santos Dumont, y
su mecánico, M. Sachet. A poco llegaban las camillas y se recogían
los cuerpos... Yo no quise ver... sacos sangrientos de carne y huesos
deshechos... Luego supimos que allá, en el parque de Vaugirard, la
pobre mujer del aeronauta y su hijito mayor, habían presenciado, locos
de terror, la caída...
Ya no pensamos más en paseo ni en paisajes... Nos volvimos, rudamente
conmovidos, enfermos, a nuestras casas. No, no olvidaré esto nunca,
nunca...
* * * * *
Este pobre señor Severo, brasileño como Santos Dumont, había venido a
París con el objeto de encontrar gloria, gloria y provecho, superando
a su ya famoso compatriota. Aún no vieron algunos con buenos ojos el
aparecer de este competidor, en los días mismos en que aquel joven
aeronauta lograba sus mejores triunfos. Se apartó toda idea de envidia
y mala intención, cuando se supo que fué a iniciativa de Severo, que
el Congreso del Brasil acordó un premio valioso a Santos Dumont. Pero
es el caso que él también estaba poseído por el demonio del invento, y
unía a su carácter tesonero un valor singular. Lo que le faltaba, según
dicen los entendidos, eran conocimientos prácticos en la navegación
aérea, pues no había subido en globo a pesar de sus estudios teóricos,
sino dos o tres veces, lo cual hace más temeraria la tentativa que le
ocasionó la muerte. Un hombre más en la larga lista de los devorados
por la ciencia, de los rechazados y destruídos por la fuerza secreta de
la naturaleza, que no quiere dejarse conocer y vencer. Muchos designios
desconocidos se oponen a la conquista del universo, al _humani generis
potentiam et imperium in rerum_, de Bacón. Después de que muchos
han caído, después de que la muerte y la desgracia han deshecho mil
constancias y paciencias, un día llega en que alguien logra dar un
paso adelante, entrar un poco en el campo ambicionado. Enorme es el
martirologio de la ciencia, y su número acrecerá hasta lo infinito. Es
constante el que un abanderado caiga y otro recoja la bandera. Y el
ejército silencioso sufre mermas y claros que se reponen luego. Caen
las construcciones, explotan los laboratorios, muelen las máquinas,
envenenan los gases, fulminan las fuerzas eléctricas, emponzoñan los
microbios, y los consagrados a hacer adelantar la felicidad y el
progreso humanos siguen en su labor ardua y paciente.
En la lucha con los elementos, el aire resiste, misterioso y traidor.
Muchísimos son ya los que han corrido la suerte del antiguo Icaro;
muchos los imprudentes y osados.
Recuerdo haber visto en el museo Borbónico un vaso pintado en que
representa a Dédalo poniéndose las alas, ayudado por Minerva. Juzgo
que esta pintura debía estar en el escudo de cada aeronauta, pues la
cordura debe presidir a cada tentativa, so pena de exponerse a la
irremediable catástrofe. Al echar a volar de la prisión cretense en que
los tenía aprisionados el rey Minos, llevaban alas iguales Dédalo y su
hijo Icaro; pero éste no escuchó los consejos prudentes de su padre
y fué precipitado en el Egeo. Así, los Icaros modernos deben tener
siempre fijo el significado del mito griego.
El desgraciado Severo, como el hijo de Dédalo, fué víctima del fuego;
al uno los rayos del sol derritieron la cera de sus alas, y al otro
el encendido motor hizo explotar el hidrógeno de su globo. La trágica
prosa de estos infelices estrellados en pleno París, convertidos en
una sangrienta masa, supera en su horror al poético descenso del
personaje legendario a las aguas de un mar armonioso. Severo era
fatalista. «Si he de morir hoy, dijo, moriré.» Y murió. Era también
bastante meridional. Gustaba de las hermosas frases, y llevaba en su
barquilla papeles impresos en que «El Brasil saludaba a Francia desde
el Pax». Su entusiasmo era superior a su reflexión, cosa que no ocurre
en los verdaderos sabios... Su ímpetu poético le fué fatal, y su noble
impaciencia de victoria. Pensaba construir después de su primer triunfo
un gran globo que se llamaría Jesús, y con el cual atravesaría el
Océano. Soñaba en la paz humana, en la conquista de tranquilidad del
mundo por la ciencia y por la virtud cristiana. La casualidad, que es
misteriosa pariente de la ironía, hizo que el globo llamado Pax cayese
con su creador Severo en la calle de la Gaîté, y que el globo Jesús
quedase en proyecto en el despedazado cerebro del lamentable brasileño.
No se arredran los que tienen la fiebre del descubrimiento. No les
atemoriza la terrible lección de un antecesor que fracasa en un drama
espantoso. Todos saben que hay escollos y dificultades, y lo que es
peor, la probable muerte. No importa. La fe va de guía; la fe, que es
ciega. Así el desventurado Severo. Así tantos otros. Pilatre de Rieres
no aleccionó a Zambeccari, ni Zambeccari a Giffard, ni Giffard, entre
muchos, a Woelfert, ni Woelfert a Jagels, ni Jagels a los Tissanddier,
a Renard y Krebs, a Santos Dumont y al soñador del Pax y del Jesús.
Los chinos y los japoneses tienen dioses horribles de los elementos.
Los dioses del aire, de la tierra, del fuego, son seres a quienes
hay que hacer sacrificios y no ofender en sus distintos reinos. La
iglesia católica reconoce en cada elemento una potencia que obedece
a sus conjuros, y a los cuales el sacerdote bendice en día señalado,
conforme al ritual. Mas el esfuerzo humano va conquistando a cada paso
el dominio del mundo, en continua lucha con lo desconocido. Y dioses
nuevos se descubren: el dios de la electricidad, el dios del vapor
asientan más y más su potencia sobre la faz de la tierra. Mas para
alcanzar esas victorias, ¡cuántas víctimas, cuánta sangre, cuánta vida!
¡Pleno cielo! cantaba Hugo. Ninguna conquista más atrayente, más
grande, más transcendental que la del espacio. La locomoción aérea
dirigida y voluntaria, es el cambio de la existencia actual; el
advenimiento de una nueva era, la revolución más decisiva en el estado
actual de las sociedades humanas. La guerra no desaparecería de entre
los hombres; pero sí mil leyes, convenciones y modos de ser. Hay en
ello mucho en que soñar, y la sonrisa del lápiz ha trazado ya más de
una graciosa imaginación con ese tema.
Se explica el entusiasmo de un inventor, al creer ya en su poder las
riendas del huracán, el imperio del cielo azul. Ser como el águila o el
cóndor, sobre la pequeñez de las fronteras y de las aduanas, y realizar
una vez más la grandeza del mito, siendo sencillamente y con fuerza
simplemente humanas, una voluntad casi divina. Es, en verdad, demasiado
hermoso. Mas la esfinge, no se deja vencer fácilmente. La energía de lo
oculto se manifiesta contra el hombre invasor que se atreve a rasgar
el velo de lo misterioso.
Et les bûchers flambaient, multipliés, dans l'air
Fétide, consumant la pensée et la chair
De ceux qui, de l'antique Isis levant les voiles
Emportaient l'âme humaine au delà des étoiles.
Así dice el poeta, y así se cumple. Y así se ha ido en el penoso y
largo camino desde el hombre lacustre hasta los Pasteur y los Edisson,
desde Tubalcaín hasta Eiffel, desde el fabuloso hasta los modernos
Icaros.
--¿Qué hará usted ahora?--han preguntado a Santos Dumont después del
trágico suceso de la Avenue du Maine.
--Recomenzar--contestó.
Y comenzará de nuevo. Y quizá él también vaya a aumentar la lista de
los sacrificados, por la noble tenacidad que hace a los héroes y a los
sabios. ¿Creerá él también en la fatalidad?
El elemento que pasa por la naturaleza entera y al cual llamamos
vulgarmente fatalidad, toma un aspecto brutal y bárbaro, dice Emerson.
Y Chaucer: El destino, ministro general que ejecuta todo aquí abajo--la
cosa prevista por Dios--, es tan fuerte, que, así el mundo entero
hubiese jurado lo contrario, por sí o por no, un acontecimiento que no
llega en mil años, llegaría en un día dado; pues, ciertamente, nuestros
deseos o apetitos, guerreros o pacíficos, de odio o de amor, están aquí
gobernados por una presidencia superior.
Y si el luchador ha de triunfar, triunfará, pues la fatalidad del bien
es igual a la fatalidad del mal, y en donde el acorazado que sabe
adonde se dirige, se hunde, la carabela de Colón, pasa guiada por el
destino hacia en donde ha de aparecer la deseada América.
Icaro ha de ser, por fin, dueño del elemento con que ha tanto tiempo
brega. De las legendarias alas a la aviación actual, los trofeos
ganados son muchos. La raza es generosa y potente. Eupalamo, que
inventó los barcos, y cuyo laberinto, que se creía invención de la
fantasía, acaban de encontrar felices arqueólogos fué un ser de carne
y hueso y el maravilloso arquitecto fué el abuelo de Icaro. Hoy surge
un hijo de la tierra americana, que representa la antigua estirpe y que
quizá sea el señalado por la suerte para el logro definitivo.
Es de notarse que es el nuevo continente quien da hoy esos nombres a la
gloria. Y Severo muerto, y Santos Dumont en la obra que le posee, son
lustre y orgullo, no solamente del Brasil, sino también de la América
toda. O para decir mejor, de la humanidad.
[Ilustración]
[Ilustración: LIBRO CUARTO]
[Ilustración]
I
Una sensación de bosque. Los árboles llenos de hojas forman cúpulas
de frescura de donde se escapa suave rumor y una incesante polémica
de pájaros. La fuente de Médicis evoca la gracia italiana que trajo
aquella magnífica María, flor florentina. Las estatuas se duplican
en el agua especular. A lo largo de las alamedas juegan los niños de
piernas desnudas. Más allá, frescas muchachas se divierten con el
_lawntenis_. Bandadas de gorriones saltan familiares sobre el terreno
cubierto de hierba menuda y fina. Vuelan palabras, gritos, risas. La
fuente central, frente al palacio, lanza su chorro verticalmente, que
el aire transforma en una larga pluma cristalina y espumosa. En los
bancos, al amor del delicioso ambiente, las gentes leen sus periódicos
o sus libros. Varias mujeres hacen su labor. Uno que otro pintor
copia rincones pintorescos. Abro mi diario y recorro sus columnas: la
nueva ley sobre el servicio militar; una endemoniada en un convento;
detalles sobre la catástrofe de la Martinica; todavía los Humbert...
Llegan a mis oídos los acentos de una música militar. Por una almeada
un sacerdote despacioso se adelanta; frente a él vienen dos estudiantes
que discuten. Oigo la palabra _laico_... He ahí las dos fuerzas que
hoy en Francia luchan con encarnizamiento... Y recuerdo la pregunta de
Zola: «¿Adónde váis, jóvenes; adónde váis, estudiantes, que recorréis
las calles manifestando, arrojando en medio de nuestras discordias la
bravura y la esperanza de vuestros veinte años?--Vamos a la humanidad,
a la verdad, a la justicia.» La Francia de mañana, los hombres de lo
porvenir, no todos siguen el mismo rumbo. Hay la juventud atada a las
tradiciones y prejuicios, y la juventud violenta de deseo, llena de
ansias de futuro, dispuesta a la conquista de la felicidad humana.
Hay la juventud gárrula, los hijos de papá, los trasnochadores de la
taberna del Pantheon y otros d'Harcourts, y los laboriosos que siguen
una carrera y la coronan, y no cesan de estudiar y bregar noche y día,
dando lecciones, viviendo del propio esfuerzo, en tarea y en dignidad.
Hay los ciegos o vendados por la influencia de la educación sectaria,
voluntariamente inútiles, o poseídos de su idea parcial, y los que con
los ojos bien abiertos buscan la vía segura, confían en la fuerza del
pensamiento y se abrevan de ciencia vestidos de constancia y acorazados
de voluntad. No creo mucho en las exageraciones de cierta juventud
laica, que confinan con la filosofía de la crueldad y del absoluto
egoísmo so pretexto de librar el alma de todo yugo dogmático. Ser
laico, dice Lavisse, no es limitar al horizonte visible el pensamiento
humano, ni prohibir al hombre el ensueño, y la perpetua rebusca de
Dios; es reinvindicar para la vida presente el esfuerzo del deber. No
es querer violentar, no es despreciar las conciencias aún detenidas
en el encanto de las viejas creencias; es rehusar a las religiones
que pasan, el derecho de gobernar a la humanidad que dura. No es
odiar tal o cual iglesia o todas las iglesias juntas; es combatir el
espíritu de odio que sopla de las religiones, y que ha sido causa de
tantas violencias, carnicerías y ruinas. Ser laico no es consentir
en la sumisión de la razón al dogma inmutable, ni la abdicación del
espíritu humano delante de lo incomprensible; es no afiliarse a ninguna
ignorancia. Es creer que la vida vale la pena de ser vivida, rechazar
la definición de la tierra «valle de lágrimas», no admitir que las
lágrimas sean necesarias y bienhechoras, ni que el sufrimiento sea
providencial; es no tomar partido por ninguna miseria. Es no esperar en
un juez que está sentado más allá de la vida, que ha de dar de comer
al hambriento, de beber al sediento, de reparar las injusticias y de
consolar a los que lloran; es librar batalla contra el mal en nombre de
la justicia. Ser laico es tener tres virtudes: la caridad, es decir, el
amor a los hombres; la esperanza, es decir, el sentimiento bienhechor
de que un día vendrá, en la posteridad lejana, en que se realizarán los
ensueños de justicia, de paz y de felicidad que, mirando al cielo,
acariciaban los lejanos antepasados; la fe, es decir, la voluntad de
creer en la victoriosa utilidad del esfuerzo perpetuo. Estas palabras,
escuchadas del labio del sabio maestro, me parecen simplemente una
interpretación moderna de la antigua idea cristiana. Y no encuentro la
razón de ser del anticristianismo que en estos momentos se manifiesta
en una parte del joven pensamiento francés. Un ideal de verdad, de
justicia y de paz universal no está en contradicción con la doctrina
del Nazareno, como la fe, la esperanza y la caridad. El dañó está en
el estrecho clericalismo. La juventud idealista francesa oye desde
hace tiempo el anuncio de un alba nueva, de una aurora de redención,
y lo que ve surgir de cuando en cuando, en una noche cada vez más
obscura, son manifestaciones medioevales, apariciones de retroceso,
odios sectarios, nacionalismo odioso, antisemitismo ferozmente arcaico,
el elogio de las matanzas de religión, el despertamiento de las
Dragonadas, la dormida Montagne Pelée de los ancestrales rencores que
hace erupción cuando menos se piensa, poniendo en peligro la ciudad
de libertad, de igualdad, de fraternidad que se va construyendo poco
a poco. Una parte de la juventud se esfuerza en evitar el mal. Las
otras partes la han amenazado, la han burlado, se le han opuesto. Los
descendientes de la Revolución no han dejado, no dejan de proseguir
su campaña, alentados por unos cuantos maestros. Ellos buscan que la
educación política se emprenda sobre bases sólidas para que luego
mantenga el edificio de la nación. Nuestro objeto, dicen, es hacer la
educación republicana de las jóvenes generaciones de nuestro país.
Su profesión de fe filosófica, política, social y artística, está
concentrada en este verso de Fernand Gregh:
Aimer le vrai, rêver le beau, dire le juste.
Ponen frente al viejo ensueño semita del Evangelio, la «unión de la
cordura antigua y de la ciencia moderna.» Luchan entre la anarquía
moral por un ideal moderado, «en nombre de la Verdad contra los Dogmas,
en nombre del Derecho contra la Fuerza, en nombre de la Justicia contra
todas las iniquidades sociales.» Otros van más lejos y traspasan los
muros de la ciudad utópica de la comunidad humana, mientras se mueren
en su ingrato oficio los Trublions de Anatole France. El ejército se
mira combatido por los que, como el marqués de Rochefort, abanderado
del Estado Mayor, atacan de todas guisas la idea del militarismo. «Ah,
voilà assez longtemps qu'on nous embête avec l'honneur militaire!»
grita ese furioso viejo _gamin_. Drumont predica el patriotismo, al
propio tiempo que llama al Ministerio de la Guerra «una caverna, un
lugar de perpetuos escándalos, una cloaca que no podría compararse a
los establos de Augías». El coronel Villebois-Mareuil, en una carta
resonante, confiesa que «ciertamente, los galones no valen la pena.» El
diputado nacionalista Alfonso Humbert, llama al pabellón símbolo de la
patria, una «loque tricolore». El mismo Rochefort escribe que «nuestros
vencedores no son más crueles respecto de nosotros que lo que nosotros
hemos sido feroces con nuestros vencidos, y que «il faut absolument en
finir avec le rêgne des soudards». Cassagnac deja constancia de que,
bajo la república, se prefiere siempre a «un imbécil o a un canalla,
y que el Estado Mayor está compuesto de imbéciles, de vanidosos y de
ganapanes». Edmond Lepelletier demuestra que los jefes del ejército
comienzan ya a ser escogidos entre los antiguos alumnos de las casas
religiosas. Se citan versos de Coppée:
Vous portez, mon bel officier
Avec une grâce parfaite,
Votre sabre a garde d'acier;
Mais je songe à notre défaite.
Cette pelisse de drap fin
Dessine à ravir votre taille;
Vous êtes charmant, mais enfin
Nous avons perdu la bataille,
On lit votre intrépidité
Dans vos yeux noirs aux sourcils minces
Aucun mal d'être bien ganté!
Mais on nous a pris deux provinces.
Vos soldats sont-ils vos enfants?
Etes-vous leur chef et leur père?
Je veux le croire et me défends
D'un doute qui me désespère.
Lemaître declara que las promociones se hacen en el ejército entre los
«flexibles, los intrigantes y los imprudentes», Charles de Freycinet,
senador y tres veces ministro de la Guerra, afirma que hoy la vida del
soldado más bien merma que aumenta su valor moral. M. Jules Delafosse,
diputado conservador, asegura que con el servicio militar obligatorio
y universal, no podrían rivalizar en obra de mal, «ni las epidemias
mortíferas, como la peste o el cólera, ni las convulsiones del mundo
físico, como los terremotos y los ciclones, ni las catástrofes
devastadoras, como los incendios y las inundaciones». Y esto lo
escuchan los jóvenes espíritus que han cantado la Marsellesa y que
piensan en futuros ataques a la integridad de la patria. Otros piensan
en otra patria mayor, en los intereses universales, en la solidaridad
de los hombres. No admiten la divisa romana en el concepto romano de la
patria: _Tu regere imperio populos, Romane, Memento_, y oyen palabras
que, como la de Paul Bert, les dicen: «Queremos que se respete la
patria, porque allí vemos una expresión, una de las manifestaciones
más elevadas de la libertad humana.» La patria no se define por los
límites naturales; no se define por la lengua, por la raza; no tiene
que ver casi con la geografía, la lingüística, la etnografía. La
patria se constituye por el libre y mutuo consentimiento de hombres
que quieren vivir bajo un régimen político y social que han libremente
creado o adoptado. Se cimenta por el recuerdo de las luchas sostenidas
para conquistar ese estado social, por la fraternidad de los campos de
batalla, de la sangre vertida y también por las aspiraciones comunes
y por los intereses comunes. El peligro está, indudablemente, bien
señalado, y contra él van los franceses de buena voluntad, jóvenes y
viejos. Los sueños libertarios por bellos que sean, no dejan de estar
muy lejanos. Los hombres de lo pasado, los representantes de las viejas
ideas, se diría que son los únicos que tienen valor, energía, voluntad.
Ellos defienden bravamente su terreno conquistado desde tantos siglos,
y no se dejarán destruir, armados como están de todas armas, y con un
vigor que no demuestran los contrarios.
A un paso se alza la cúpula del Pantheon. A un paso está el Museo.
Reinan un ambiente de gloria y un soplo de arte. El arte, la ciencia,
la investigación del misterio humano, la liberación de todos los
espíritus por medio de la Verdad y de la Belleza, he ahí la verdadera
salvación de la Francia, de la tierra, de la humanidad entera. Los
grandes creadores de luz son los verdaderos bienhechores, son los
únicos que se opondrán al torrente de odios, de injusticias y de
iniquidades. He ahí la gran aristocracia de las ideas, la sola, la
verdadera que desciende al pueblo la impregna de su aliento, le
comunica su potencia y su virtud, le transfigura y le enseña la bondad
de la vida. Y es el camino hacia lo desconocido, en busca del secreto
de nuestro ser. Mientras en la calle se entrechocan las antipatías y
las hostilidades, mientras los portavoces de las pasiones violentas
y malignas agotan sus terribles diccionarios, mientras se gastan en
campañas miserables, i en trabajos de destrucción y de rencor fuerzas
que podrían ser empleadas en bien de la comunidad, en provecho de
la república, unos cuantos sabios prosiguen en sus laboratorios sus
investigaciones; unos cuantos pensadores se afanan en la solución de
más de un problema benéfico; unos cuantos artistas se aislan en su obra
diaria, en la metódica labor que crea poco a poco la obra durable. Y
hay por eso que confiar, que no desesperar. A la consecución de altos
fines tiende el impulso vehemente de las almas nuevas. No sabemos si
ese pálido joven de larga cabellera que acaba de pasar con un libro
debajo del brazo es uno de los salvadores de mañana. Lo que sí sabemos
es que los salvadores de mañana no están entre los danzantes de Bullier
y donjuanes de la terraza. Felizmente, la juventud estudiosa americana
que viene a París, buena parte encara los grandes problemas y consagra
a la observación y a los libros sus mejores horas. No toda viene a
bailar y beber.
He de ocuparme en los estudiantes americanos. He de escribir de su
vida y de sus esfuerzos. He de visitarlos en los hospitales, en los
laboratorios, en los talleres. Y he de contar la existencia del
artista, pensionado o no, que pasa sus horas en la esperanza de su
visión, en la fe en su arte, en el amor de su propósito. Estos no van a
gritar a los monomios, ni buscan recomendaciones. Aprenden las maneras
de la juventud libre y sana. No desdeñan reir, a pesar de la arruga
que el pensamiento les cincela en la frente. Piensan en engrandecer
la patria lejana, con todo y la indiferencia de los gobiernos y
las sociales miserias, cegueras e injusticias. Miran, observan las
agitaciones de las naciones europeas, los progresos, las tentativas,
los fracasos y las victorias. Meditan en sus pensiones, en sus cuartos,
en sus estudios más o menos pobres. Sonríen a uno que otro amor
pasajero. Y, a la hora de los poetas, suelen venir a respirar olor de
bosque bajo los árboles del jardín próximo, como estos verdes y frescos
del Luxemburgo.
[Ilustración]
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