El acontecimiento del día es la entrada a la Academia del marqués de
Vogüé, su discurso y la respuesta de José María de Heredia. El «preux»
y el conquistador. Se ha visto más que nunca que la Academia es, ante
todo, un oficial salón aristocrático. La fiesta ha sido un triunfo del
mundanismo y de la nobleza. Allí había Gotha, d'Hozier y el _Almanach
des châteaux_. La pompa solemne era sacada de una página de historia.
El académico entrante y el que le recibía tienen una buena parentela de
armaduras. Heredia lleva en su blasón, si mal no recuerdo, una ciudad
de plata bajo una palmera de oro, o viceversa; Vogüé, un gallo de oro
sobre campo azul.
Como es natural, Vogüé hace el elogio de su antecesor, el duque de
Broglie. Habla de su vivaz inteligencia, de su espíritu penetrante
e incisivo y del fondo vigoroso de su alma. Y no calla sus lados
opuestos y defectuosos, como su timidez. ¿Quién diría que el fuerte
duque de Broglie fuera un tímido? «Este hombre, cuyo coraje cívico y
valentía moral no se desmintieron nunca, era un tímido que el contacto
de sus semejantes embarazaba, a quien un acto de autoridad costaba
un penoso esfuerzo. Su naturaleza, un poco dura, sujeta a extrañas
distracciones, no respondía siempre a los impulsos de su corazón o a
las intenciones de su perfecta cortesía.» Cuestión de «raza». Tanto
en un discurso como en otro, a cada momento se habla de raza. Largos
párrafos van desenvolviéndose, evocando rasgos históricos, presentando
tipos vigorosos de mariscales, de estadistas o de obispos. Aguarda
uno el momento en que, por fin, llegue la parte de las letras, objeto
principal, al parecer, de la Academia. Y llega sin gran brillo, aunque
respetable, la cita de la obra intelectual del duque de Broglie. Algún
sentimental lamentaría que no aparezca en todo el discurso una sola vez
citado el nombre del pobre Doudan, el áulico preceptor, el filósofo
doméstico, el fiel cronista de los Broglie. Cierto es que no era sino
un criado para el cerebro.
El discurso de Vogüé es una obra maestra de ese estilo correcto,
distinguido, eminente, que conviene a los escritores de su laya,
temerosos o desdeñosos de la metáfora; literatura de buen tono. En un
párrafo, creeríase oir una repetición de la escena de los retratos
en _Hernani_... «Francisco María de Broglie, el primero que sirviera
a Francia y que se hizo matar a los cincuenta y seis años por su
patria adoptiva--Víctor Mauricio, que fué el primer mariscal de su
nombre--; Francisco María, el lugarteniente preferido de Villars, que
fué el último en dejar el campo de batalla de Malplaquet y entró el
primero en la de Denain, y que a su vez mariscal de Francia, peleaba
aún en Bohemia a los setenta años, Víctor Francisco, tercer mariscal,
el vencedor de Bergen y de Sondershausen; su hermano, el discreto y
valiente depositario del _secreto del rey_; su hijo Mauricio, obispo
de Gante, quien resistió a Napoleón y preparó la emancipación de la
Bélgica. Otros aún, cuyos servicios, no por ser menos brillantes
fueron menos abnegados.» Los párrafos y las frases van en el discurso
guardando su categoría; sin precipitaciones ni violencias. La
admiración misma se manifiesta con pulcritud. Aun en los pasajes en que
se trata de política, nada revela que se altere la noble limitación
de la pieza académica. Apenas en un punto, a propósito de la actitud
de Broglie con Chateaubriand, expresa: «Una voz solamente salió del
círculo habitual de sus trabajos y de su moderación habitual, Las
_Memorias de ultratumba_ acaban de aparecer; esta confesión póstuma
del genio, que descubría sin prudencia las más secretas llagas de un
alma desgarrada, y mostraba, sin velos, todo lo que la irremediable
flaqueza humana puede mezclar de pequeñeces y de egoísmo a las
sublimes aspiraciones del patriotismo. El joven crítico se indignó.
Vertió su indignación en rasgos de un raro vigor y viril elocuencia
en que flagelaba con mano implacable las tristes confidencias de un
viejo lúgubre, las injustas recriminaciones del político desengañado,
levantando la piedra de su tumba para verter la calumnia, en la
seguridad y la irresponsabilidad de la muerte.» Confesaréis que, aun
lo de «viejo lúgubre», aplicado nada menos que a Chateaubriand en tal
recinto, guarda siempre ciertas conveniencias.
La producción intelectual de Broglie aparece, ya que no grandiosa,
respetable. Como historiador, su _Historia de la Iglesia y del
Imperio Romano en el siglo IV_, le da una buena base. Es una obra
de estudio, de reflexión y de labor, pero hecha con un criterio
parcial en cuanto a ideas religiosas, y muy lejos de un procedimiento
estrictamente científico. En dos revistas, la _Revue des Deux Mondes_
y el _Correspondant_, dejó gran parte de sus lucubraciones el autor
blasonado que, a los cuarenta años, era acogido por la Academia,
bendecido por Pío IX y defendido por Lacordaire.
M. de Heredia, para responder a la aristocrática arenga, se puso todos
sus hierros españoles; sacó la vieja espadona del abuelo de Cartagena,
y tuvo gestos de adelantado que ni el mismo Pedrarias Dávila o Pedro
de Mendoza. Sabido es que Heredia tiene la nobleza homérica de los
fundadores de ciudades, y guarda en su salón, como una joya heráldica,
una evocación de «L'Ancêtre» por Claudius Popelin.
Su discurso fué otro desfile de figuras nobiliarias y de hechos
heroicos, iluminados esta vez por el resplandor meridional de su verbo
de poeta, y en la música de un idioma sonoro y metálico. Hay allí una
gran cantidad de sonetos perdidos.
El severo y magnífico D. José María ha demostrado una ocasión más
que el _deus_ no abandona a los favorecidos de las Gracias en ninguna
ocasión, así sea en la ardua de contestar el discurso académico de un
Vogüé. Galeras conquistadoras, choques de armas, vuelos de gerifaltes,
todos los trofeos aparecen en el animado fondo de esa prosa elegante y
soberbia. No dejará él de dirigir sus párrafos genealógicos a propósito
de los Vogüé, como al cubrirse por vez primera un grande de España.
«En el año de 1084 Bertrand de Vogüé funda el monasterio de San Martín
de Villadieu. Raymond de Vogüé estuvo en la tercera cruzada, si he
de creer a una escritura fechada en 1191 en el campo cristiano, bajo
los muros de Ptolemais sitiada, por la cual el buen caballero recibe
prestados de algún judío o lombardo ochenta y cinco marcos de plata.
Paso, en el curso de los siglos, más de un Raymond, Jorges, Pedros,
Geoffroys y Audebertos. De todos esos barones, caballeros o donceles,
los mayores guerreaban, se casaban con herederas y vivían noblemente,
acreciendo su dominio y su descendencia. Grandes bailíos de espada
del alto y bajo Vivarais, caballeros de la Orden, se asentaban en
los estados de la nobleza de Languedoc. Los menores eran obispos o
canónigos de Viviers y de Trois-Châteaux, o entraban en la Orden de
San Juan de Jerusalén, mientras que las hijas no casadas se hacían
religiosas o abadesas de Saint-Bernard d'Alais y de Saint-Benoît
d'Aubenas.» Con toda la dignidad del caso, el hidalgo enumera todas las
glorias familiares de ese antiguo y frondoso árbol de Vogüé, en que
han florecido muchos reyes magos; conviene a saber, varios Gaspares,
Baltasares y Melchores, uno de los cuales ocupaba ya un sillón de la
Academia Francesa y es uno de los escritores más eruditos, discretos
y sabrosos de estas letras contemporáneas. M. de Heredia quiere
disculparse, en un pasaje de su persistencia, en tratar esos asuntos
personales, y da por excusa que en la Academia, «l'homme, quel qu'il
soit, n'est estimé qu'à sa valeur personnell». Haciendo el elogio de
toda la ilustre parentela, halaga al recién venido y de paso a la
Corporación que, como la otra que sabéis, pretende o aparenta fijar,
limpiar y dar esplendor a la lengua de Flaubert y de Baudelaire--, dos
que no pertenecieron al senado «inmortal».
La prosa de M. de Heredia tiene mucho de marcialidad; cosa no extraña
en el traductor de _Bernal Díaz_, y compulsador de tanta crónica
y página de viejos soldados escritores. El épico penacho de crin
aparece de cuando en cuando. Y la gallardía, la _superbia_ lírica, no
abandonará en todo el tiempo al adorador de Musagetes. Por esto no
puedo menos que imaginarme una vaga sonrisa en ciertos colegas suyos
que se sientan en el ilustre Instituto única y exclusivamente «por su
valor personal». «¡Poeta, pensarán, poeta!» mientras los pensamientos
heroicos y las cláusulas sonantes se van por el aire de la inmortalidad
Comme un vol de gerfaults hors de charniers nata.
Los méritos del marqués de Vogüé son, por otra parte, positivos,
y su entrada a la Academia estaba prevista desde hacía tiempo.
Además, era ya miembro del Instituto en su sección de Inscripciones
y Bellas Letras. Los trabajos de ese noble son muchos y enormes.
M de Heredia saluda admirado esas _Iglesias de la Tierra Santa_,
_Templo de Jerusalén_, _Siria Central_, _Inscripciones semíticas_,
que han colocado a su autor en un honorable puesto entre los modernos
arqueólogos: «Vos habéis fijado las reglas sobre la paleografía fenicia
y aramea, aclarado más de un punto de historia por las inscripciones
y la numismática, establecido el carácter del arte fenicio, revelado
el arte chipriota, explicado la representación religiosa y comercial
de los hebreos y de los arameos en Siria, y arrojado una luz nueva
sobre los palmirianos y los nabateos, esos dos pueblos que el comercio
del Oriente hizo tan prósperos y que han desaparecido dejando dos
maravillas: las ruinas de Thadmor y las de Petra. Cuando en 1868 fuiste
elegido miembro libre de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras,
ya estábais considerado desde hacía largo tiempo como uno de los
maestros de la arqueología oriental». Ya veis, pues, que en este caso
las brillantes armas de Heredia rinden bien los honores, y esos honores
son justos, puesto que se hacen a un aristócrata del estudio y de la
sabiduría, antes, o al mismo tiempo que al descendiente de una docena
de mariscales y una veintena de duros y «ferrados» barones, matizados
de amatistas con varias abadesas y dignatarios episcopales.
La Academia une, después de todo, a los hombres de genio que alberga
como a los mediocres de espíritu resplandecientes de apellidos, en una
misma tarea, vaga y eterna: hacer el diccionario. Un diccionario que
se está haciendo desde hace muchísimo tiempo y que, probablemente, no
se acabará nunca. Sospecho que ese es el secreto de la «inmortalidad».
Si algún poeta está en su puesto en tan misteriosa y dilatada tarea, es
M. de Heredia, que tardó los años que se sabe en dar a luz sus famosos
sonetos.
Ya hay, pues, dos de Vogüé en el ilustre recinto «bajo la Cúpula»,
como se dice por aquí. El vizconde Melchor guarda silencio desde hace
algún tiempo. No hay que olvidar que se le deben libros resonantes y
meritorios, y que es un gran admirador y celebrador del espíritu y
de la solidaridad latinos. Él fué quien, oficialmente, digamos así,
presentó la obra de Gabriel D'Annunzio a los franceses.
El marqués, una vez en posesión de su silla, podrá hacer notar a su
pariente que falta otro Vogüé todavía en el Instituto, para que quede
completo el número de los reyes magos tradicionales.
[Ilustración]
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