II

Mientras Waldersee se ponía en camino de Pekín a Berlín, tuve ocasión

de ver en París y en Londres sendas pantomimas en sendos circos, en los

cuales se representaba la guerra de China. Había chinitas preciosas y

chinos muy ridículos y feos, y bizarros y bonitos oficiales de Europa

que les quitaban las muchachas a los chinos y _ainda mais_ les daban

palos; había batallas con música y fuegos vivos, en que los chinos

cobardes salían corriendo y los soldados de Francia cantaban la

Marsellesa y se tomaban un fuerte; soldados ingleses con la chaquetilla

roja; marinos rusos muy grandes; oficiales americanos con sombreros

de cowboy y enorme revólver; italianos coronados con colas de gallo,

y japoneses menudos que, ni carne ni pescado, hacen el caucásico sin

dejar de ser el mongólico. De todo ello resultaba que los celestes son

un pueblo bárbaro e infeliz al cual hay que descuartizar en provecho de

nuestro glorioso Occidente.

De esas farsas pintorescas, pirotécnicas y filosóficas me acordaba al

ir por Witechapel a ver la exposición china que se halla abierta en la

Art Gallery del barrio de _Jack the Ripper_. Fijaos bien, lectores;

es el barrio del destripador, el barrio terrible, y voy a él, no a la

taberna a ver a los asesinos, sino a una galería de arte, en donde se

exponen objetos raros, curiosos y preciosos que enseñan mucho de la

vida y del sentido artístico del imperio chino. Así, pues, el barrio

que os imagináis poblado de gentes dantescas y en donde, en efecto,

se encuentran como en otros puntos, por ciertas callejuelas, pobres

diablos y diablesas ebrios, posee lugares de estudio y de cultivo

espiritual y organiza exposiciones que no podemos tener nosotros.

¿Por qué? Porque aquí la iniciativa particular se emplea en obras que

aprovechan a la cultura común. Y esta exposición, por ejemplo, que se

sostiene con lo que los visitantes quieren dejar, unos pocos céntimos,

si gustáis, se realiza porque asociaciones religiosas o bancarias como

la British and Foreing Bible Society, la London Missionary Society,

la Hong-Kong and Shanghai Banking Corporation, y personas como lady

Hannen, lady Hart, sir Walter Hilier, sir William Des Voeux, sir

Claude Macdonald y otros, han enviado objetos y cuadros de que son

propietarios y que constituyen la exhibición. La entrada no cuesta

nada, y, como he dicho, el que quiere deja algo para los gastos de

sostenimiento. Allí se dan lecturas que explican el significado de

muchas cosas, y, ya sea con intención conquistadora, ya con deseo

de divulgar conocimientos, se hace ver lo que es esa inmensa nación

asiática que, o será comida o comerá, según lo han de ver los años.

El local de la exposición no es muy extenso, pero en él se contiene

notable cantidad de objetos y documentos del celeste imperio. Ya

estaréis pensando que algo de todo eso habrá sido comprado y mucho

perteneciente al botín de las tropas que demostraron en la tierra de

Lao-Tseu la dulzura de nuestra civilización. Desde luego, veo una

bandera imperial, de riquísima seda amarilla, con caracteres que

me hacen envidiar los conocimientos de madama Judith Gautier, o de

Alexandre Ular. Según los datos del catálogo, esta bella pieza fué

tomada en 1900 en los fuertes de Shan Hai-Kuan, por sir Walter Hillier

y 18 soldados, aunque los chinos que los ocupaban eran 5.000.

Paso ante maniquíes vestidos de truculentos guerreros, ante la Puerta

de los Espíritus, y cuadros y fotografías que representan escenas de la

vida china, y un gran mapa de Asia, en el cual está bien señalada la

región celeste, como un plato que habrá que dividir, tocando la mejor

parte, a no dudarlo, a estos terribles importadores de misioneros y de

opio... Hay rollos decorativos con representaciones religiosas y un

par de «paraguas de diez mil nombres», paraguas de honor. Esto merece

su explicación. Cuando en China se quiere honrar notablemente a una

persona, se le regala un gran paraguas de seda, en el cual van bordados

o escritos los nombres de los donantes. Cuando muere el personaje

a quien se ha regalado tan extraño presente, éste se lleva en el

entierro. ¡El paraguas de honor! Cedo el dato gustosamente al lápiz de

Mayol. Veo un dormitorio, en el cual una cama construída y ataraceada

en Ningpo. Es una cama de lujo con cobertores de finas telas, y que me

enseña cómo los ricos chinos no usan colchones, sino mullidas colchas.

De todos modos, no debe ser muy cómodo dormir en cama semejante. Una

mesita hay cerca, para jugar al ajedrez, y dos sillas, todo incrustado

con habilidad y gusto completamente orientales.

Hay muestras interesantes del arte pictórico chino; sus faltas

de perspectiva, la manera singular de ver los objetos, en planos

contradictorios, choca desde luego; pero no hay que olvidar, que como

dice una conocedora, Mrs. Little, «antes de que Giotto naciera, los

chinos pintaban la figura humana como no pueden hoy hacerlo». Y cuenta

esta misma señora que en la ciudad de Chung-King, ha conocido un

pintor de flores maravilloso, que vende sus pinturas... por centímetro

cuadrado, por decirlo así.

Las lacas son variadas y valiosas, y hay ejemplares de la rara laca

roja de Soa-Chow, cuyo secreto de fabricación se perdió cuando el

incendio de aquella ciudad, devastada en la rebelión Tai-Ping de hace

cincuenta años. Incomparable de riqueza los bordados que hay en ropas

femeninas,--muy parecidas por otra parte a las masculinas. Y los

rollos suceden a los rollos, y las banderas amarillas a las banderas

amarillas. Luego vienen fotografías de los templos, confucistas,

taoistas y budistas. A los taoistas se debe principalmente el extremo

culto a los antepasados, que los chinos tanto conservan y defienden. Ya

recordaréis la amenaza de las potencias, en tiempo de la última guerra,

de hacer desenterrar los huesos de las antiguas tumbas imperiales.

Veo fotografías de bonzos y objetos pertenecientes al culto, y

reproducciones de ídolos e ídolos legítimos. Allí está el dios del

Fuego, el dios del Mundo Inferior, el dios de la Música y el feo dios

de la Guerra. Sabido es que los chinos miran con gran desdén la carrera

de las armas, así como reverencian altamente la de las letras. Quiera

Dios que continúen con tales ideas, pues ya os imaginaréis qué pasaría

con el inmenso pueblo bien armado, jingoísta e imperialista, y con

muchos Rud-Yard-Ki-Pling, cantando la conquista y el exterminio de los

bárbaros de Occidente.

Buda, en bronce y madera, entrecruza sus piernas como un sastre y

expresa el éxtasis; la virgen Kwan-Yin está, madona amarilla, cercada

de raros candeleros y aun más raros incensarios. Junto a un vaso de

bronce _cloisonné_, vése una antigua pintura que representa a Buda

y que proviene de un convento de lamas tibetanos. Figuras mil en

papel de arroz; y vestidos de la clase pobre; pinturas al óleo hechas

hace más de cincuenta años--, los japoneses han creído innovar al

presentar las suyas en la pasada exposición. Luego, maniquíes de cera

vestidos de seda, figurando actores y juglares; y modelos de juncos

con sus velas cuadradas. Es de notarse la colección de acuarelas de

asuntos chinos, paisajes, vistas urbanas, edificios que presenta

miss Gordon-Cumming. Maravillas de habilidad se confunden, hechas de

plato o marfil, cucharas, pimenteros, junquitos, cajas, pipas; y al

lado tejas amarillas de la tumba de los emperadores Ming; incensarios

de bronce labrados finamente, y que representan monstruos como el

Ki-lin. Un magnífico vaso de cristal de roca parece extraído de un

palacio miliunanochesco. De tiempos anteriores a Cristo son los vasos

sagrados que figuran cabezas de dragones y varios monstruos, y hay un

precioso vaso de sacrificio, de oro y plata, de la más extraña y bella

orfebrería. Y bronces, y más bronces, de pagodas, de palacios, de

monasterios. Es también de raro valor la colección de jades labrados.

No es muy curiosa la de monedas modernas, como el papel moneda antiguo.

Los chinos, como sabéis, lo usan desde hace muchos siglos. Marco Polo

comienza uno de los capítulos de sus viajes, al hablar de un lugar

que visitó: «Los habitantes de esta ciudad son idólatras y usan papel

moneda».

La parte relativa a la imprenta es de interés, sobre todo para un

hombre de letras. Hay muchos libros viejos impresos en planchas, y hay

impresiones modernas hechas con caracteres movibles. Llama la atención

el sello imperial, un sello enorme, con grandes caracteres, que deben

significar las virtudes y potencias del Hijo del Cielo. Y tres números

del decano de los diarios del universo: la _Gaceta de Pekín_. Al lado

vénse carteles, invitaciones en enormes tarjetas o en trozos de rica

seda, y un libro de caja de lo más extraño.

Hay instrumentos de música. Conocéis la anécdota del embajador chino,

que creyó lo mejor de la ópera el momento en que la orquesta templaba

sus violines. Y de mí diré que los músicos chinos que he oído en los

teatros celestes de la Habana y otros lugares, no me han entusiasmado.

Pero eso debe ser cuestión de costumbre y de iniciación... Porque si

no, no podría haberle pasado lo que le pasó a Confucio. Este filósofo

se conmovió una vez tanto con un trozo musical de su país, que no probó

un bocado de carne por tres días seguidos. Y eso que la escala china

se compone solamente de cinco notas; los instrumentos pueden ir en

tonos desacordes; sus melodías van siempre al unísono, y otras tantas

condiciones que a nuestros gustos no sientan bien. Aquí veo violines

bicordes; la especie de órgano llamado _cheng_, un laúd de diez

cuerdas; címbalos que acompañan en los templos las plegarias.

Y más perfiles y más jades, con decoraciones de leyenda y de pesadilla.

Aquí está en jade el Ki-lin, cuerpo de ciervo, cola de zorro y cabeza

de unicornio. Saludo la tumba de Confucio representada en miniatura,

y admiro al pasar las porcelanas, ya antiquísimas, ya de fabricación

no tan lejana en el tiempo. Se recuerdan versos de Gautier y de Hugo,

y al emperador Houng-Li, bajo cuyo poder se descubrió el arte de

esta exquisita alfarería, y al emperador Wac-Li, bajo cuyo poder se

escribieron unos versos que deben ser muy hermosos, y en los cuales se

nombra por primera vez la porcelana. Se miran piezas de todas formas

y de varios colores, sobre todo un vaso de la dinastía Ming, cuya

arquitectura y adornos son de la más exótica elegancia y gracia. Hay

representados varios caballeros y emblemas budistas como el parasol,

que significa el honor; dos peces, que significan la abundancia; el

loto, que está dedicado a Buda, y otras tantas cosas más. Y una tacita

preciosa, con los más brillantes colores; y varios pequeños vasos, con

mariposas, con pájaros, con flores, de la más delicada pasta y del más

admirable tono.

No acabaría en muchas páginas, si me detuviera a admirar tantas

cosas que revelan en aquellas almas extrañas una comprensión y una

observación de la vida y de la naturaleza, que no es propiamente

para tratarlas de salvajes e irles a incendiar sus palacios y casas

y a robarles sus tesoros y asesinarles sus niños. ¡Sus niños! He

visto retratos, fotografías encantadoras de chinos chicos y de

chinas adolescentes, bellas, bellísimas en su gracia singular de

seres como venidos de otro astro, de seres misteriosos que tienen

otras sensaciones y otro concepto de la vida que el que con nuestra

civilización nos hemos hecho nosotros.

Tés y plantas odoríferas, sedas, ceras, esmaltes, metales, ricos

trabajos por artistas de manos ágiles y como aéreas líneas que han

trazado esos dedos sutiles y visto ojos como de pájaros; arquitecturas

de cuento, paramentos de cuento, casas, cosas, ideas, manifestaciones

de gentes de fábula, almas antiguas como el mundo, ¿no es más bien

un lugar de paz y ensueño, esa China noble y poética que se ha ido a

despertar a cañonazos?

[Ilustración]

La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I · 第 12 / 34 题