La vuelta de Jules Bois de la India ha coincidido con un despertamiento
de curiosidad para los estudios psíquicos. _Le Journal_ y _Le Matin_
han publicado relaciones de milagros, reportajes de personas iniciadas
en los asuntos del _au-delà_; y han hablado sacerdotes, médicos,
magos, espiritistas y videntes. He creído oportuno, pues ocuparme en
este asunto; y me he dirigido a un amigo mío muy versado en lo que
pasa de tejas arriba, artista y teólogo, perteneciente a los círculos
swendemborguianos y espíritu convencido. He hablado ya de él en otra
ocasión: me refiero a G. Núñez.
Era una tarde opaca, como de comienzos otoñales; llegué a la casa de
mi amigo con objeto de saber su opinión a propósito de los milagros
de Lourdes. Le encontré en medio de su familia y en unión de su
inseparable Henri De Groux. Una gran Biblia estaba abierta en una mesa.
Mientras el crepúsculo penetraba por los vidrios de los balcones, una
de las hijas del artista despertaba suavemente en el piano, música
vaga, triste, como adecuada al momento.
Debo advertir que creo en absoluto en la sinceridad de mi amigo. A
pesar de que muchas veces he oído de sus labios narraciones, sucedidos
y hechos personales que parecerían increíbles, no me han sorprendido
tanto, después de haberme dedicado, en otros tiempos, a lecturas
teosóficas y ocultistas. Las historias y experimentos de Núñez, no me
parece que sobrepasen a lo que todos conocemos en William Crookes, H.
P. Blavatsky, Richet, Lombroso y tantos otros. Núñez es un oculista
cristiano; y, repito, es un hombre sincero. Es este el principal valor
de su opinión.
Sentadas mis proposiciones y hechas mis preguntas, quedóse mi amigo
meditando. Luego, comenzó a hablar:
* * * * *
--No pueden, me dijo, negarse los hechos. El mismo canónigo Brettes,
dice que esas maravillas están anunciando en renacimiento de fe.
Animado por la lectura de esas polémicas y opiniones, había creído
oportuno publicar algo de lo que yo creo comprender sobre los
innegables milagros que se han producido y se siguen produciendo en
Lourdes. Es muy cierto que la humanidad está esperando hoy un nuevo
_fiat lux_.
Es muy cierto que aguardamos ese _fiat lux_, que venga a restablecer el
orden moral que todos ansiamos.
Nos encontramos en plena era de lo metafísico.
Tenemos, por lo tanto, que hablar de todos los asuntos metafísicamente.
Lo que es del «espíritu», «espíritu es», como dice el Evangelio, y
lo que es de la «carne», «carne es». Tenemos, pues, que estudiar los
milagros de Lourdes, desde el punto de vista espiritual, pues son un
efecto material que nos admira, y para comprender su significación hay
que estudiar sus causas.
Yo, como todos los que amamos la verdad, he estado durante años
esperando el santo advenimiento de esa fe tan deseada, y después
de muchos estudios he llegado a conseguir aquella voz del alma que
Dios concede a los que buscan sinceramente. Fundando mis razones en
esa verdad, en esa fe, voy a decir lo que sé sobre este singular y
discutible fenómeno de los milagros de Lourdes y a poner de acuerdo
a los que, como facciones opuestas todas ellas en guerra, buscan la
solución y no la encuentran.
Tenemos enfrente una dificultad parecida a la del huevo de Colón. Vamos
a verla. Vamos a romperla.
Según declaraciones personales del canónigo Brettes, el clero romano
no quiere imponer al mundo católico la creencia en los milagros de
Lourdes, y en sus palabras textuales califica de ignorante, de hombre
de mala fe y de otras cosas que se abstiene de escribir, a todo aquel
que se atreva a asegurar que el rebaño católico está obligado por
Roma a sostener como artículo de fe que los milagros de Lourdes son
auténtica obra del cielo.
M. Brettes sabe muy bien lo que está diciendo. Sus palabras son la
expresión de todo el clero romano.
Este sabio e inteligente prelado añade a renglón seguido que los
hombres pueden salvarse sin que sea para ello indispensable creer en
los milagros de Lourdes, pero que su salvación sería más segura y fácil
si creyeran. Por otra parte, monsieur Brettes cree firmemente en ellos
y declara haber presenciado diez y siete curaciones milagrosas que se
efectuaron entre cincuenta enfermos que él personalmente condujo en
peregrinación al santo lugar de las aguas encantadas.
El que sepa leer entre renglones observará que el clero romano no se
atreve a imponer la creencia en los milagros de Lourdes como dogma de
la religión romana, porque en presencia de los hechos imposibles de
negar, hay un vago presentimiento que les está diciendo que Lourdes
puede llegar a ser su propia ruina, pues si por un lado la evidencia
de los hechos los obliga a defender la existencia de los milagros, por
otra parte ve y palpa que dichos milagros no tienen carácter divino; y
si se niegan a reconocerlos como verdades del cielo, no por eso dejan
de preconizarlos, de predicarlos y de desplegar en su honor todo el
culto y respeto y pompa eclesiástica, con toda la grandeza y lujo que
son capaces de ostentar cuando lo crea necesario.
El clero romano está dando al mundo el ridículo espectáculo de un
pueblo arrodillado ante un rey que ellos mismos han reconocido, y que
no se atreven a coronar, porque le temen. Esa misma es la actitud de
M. Brettes. En su carácter de prelado romano no le es posible reconocer
a Lourdes como una verdad, pero en su opinión particular se postra ante
esa verdad que le es imposible negar.
Estas cosas tienen un sentido muy hondo, pues al mismo tiempo que
Roma desconfía de Lourdes, las medallas, las imágenes, las reliquias
y las aguas embotelladas como de Vichy o las de Huyady Janos circulan
por el mundo católico recomendadas por todos los clérigos, dando con
este proceder una prueba irrefutable de que sin querer dar la cara,
están ellos mismos persuadidos de una verdad que no comprenden y temen
reconocer abiertamente. Los milagros de Lourdes han puesto a Roma en un
triste predicamento.
La ausencia completa de grandeza y majestad que se observa en ellos,
los tiene perplejos, pues si es incontestable que hay curaciones
milagrosas (eso no lo puede negar nadie), esos milagros no llegan nunca
a la altura de dignidad y nobleza de los milagros que se relatan en
los Evangelios y en el Viejo Testamento. Son de carácter interior y
limitado. Imperfectos.
Monsieur Naudeau, hombre inteligente y sincero, presintiendo la verdad
simple y sencilla, pregunta al canónigo de Brettes por qué no se ve
nunca en Lourdes el renacimiento de un brazo o de una pierna amputada.
Si yo hubiera estado presente le hubiera preguntado a M. de Brettes por
qué no se ha visto nunca en Lourdes un muerto resucitado por las aguas
milagrosas.
Todo el clero romano, empezando por el papa y acabando por el
sacristán, se hubiera visto imposibilitado de dar una respuesta
satisfactoria.
¿Es que Dios le ha señalado un límite a la Reina de los Angeles, para
producir milagros?
¿Por qué no se ven en Lourdes otros milagros sino el de la curación de
enfermos?
Jesucristo resucitaba muertos, calmaba tempestades, convertía el agua
en vino, andaba sobre los mares, dividía cinco panes para que comieran
y se hartaran 5.000 personas.
¿Cómo es que a su Santísima Madre en Lourdes no le ha permitido curar
sino a un diez por ciento de miles de enfermos que imploran la salud?
El clero romano, que sabe estas cosas, no ha establecido a Lourdes
artículo de fe católica, porque no tiene mucha confianza en el
autor del milagro, y tiene razón; pues si esos milagros dimanaran
de la Divina Providencia, las virtudes de las aguas no estarían tan
circunscriptas como se ve que están.
Los milagros verdaderos que proceden de Dios, no están limitados en
manera alguna: son netos, redondos, francos, completos.
San Pedro y San Pablo resucitaron muertos, como consta en los Actos de
los Apóstoles.
Según la teneduría de libros de las oficinas de Lourdes, los enfermos
restablecidos en salud no han pasado nunca de un diez por ciento
(información que se le dió a M. Emile Zola), y, sin embargo, es sabido
que hay gente que ha hecho el viaje a Lourdes durante ocho y diez años
consecutivos sin lograr que el milagro los toque.
No puede darse mayor fe que la de esos desgraciados. Nunca logran su
curación, a pesar de su persistencia, y, sin embargo, Jesús ha dicho
que la fe transporta las montañas. Jesús no ha mentido, pero los
hombres trastornan su fe; ahí está la explicación.
¿Debemos creer, por los fiascos de Lourdes, que los poderes de Dios
sean limitados o encuentren en el mundo material obstáculos imprevistos
para realizarse?
No. Pero es lo cierto que nos encontramos en Lourdes con un dilema
colosal. Hélo aquí: O Dios se encuentra imposibilitado para curar a
todos los enfermos que van allí, o le ha puesto un freno al autor de
los milagros para que no traspase los límites determinados por su
infinita sabiduría.
El mismo M. de Brettes reconoce que hay en todo eso un designio
particular de Dios que nosotros los hombres ignoramos. Tiene razón.
Eso no puede negarse, como ha habido también un designio de Dios, y
esto tampoco puede negarse--en las apariciones de espíritus (que M. de
Brettes reconoce) y sus hechos ampliamente demostrados por los hombres
de ciencia que no son capaces de mentir, y entre los cuales se nombra a
M. Camille Flammarión, William Krookes, Zoelner y otros.
También ha habido designio particular de la Providencia cuando permitió
que el príncipe de Gales, hoy rey de Inglaterra, presenciara los
milagros portentosos hechos por los fakires indios, y que han sido
relatados en sus viajes para asombro de los que los leen. Ya se ve
por todo eso que Dios prepara un renacimiento de fe, como dice M. de
Brettes.
El clero romano sabe o debe saber estas cosas. El mismo canónigo dice
en su conferencia con Naudeau, que la aparición de los espíritus es
un hecho, y si él y el clero romano saben a qué atenerse con respecto
a los espíritus y a sus mentirosos milagros, habrán observado también
que todos ellos tienen un mismo carácter, que todos están limitados a
ciertos casos y a condiciones determinadas. Como pasa en Lourdes.
Los fines de la Providencia al permitir esos milagros, no son otros que
el restablecimiento de la fe contra la ciencia experimental, contra el
materialismo moderno y la filosofía positiva, que sin esos obstáculos
que se oponen a su progreso se despeñarían como un torrente maligno.
Dios ha querido desacreditar y destruir la ciencia de mala ley que se
esfuerza en atacar el principio espiritual de la naturaleza.
El triunfo no puede ser más completo, pues aunque el clero católico se
encuentre en un gran predicamento, la existencia de Dios y del mundo
espiritual está bien probada. La ciencia y el positivismo moderno han
sufrido y sufren un golpe mortal con los portentos de Lourdes. Lo
espiritual ha vencido a lo material.
Con la misma piedra, sin embargo, Dios ha matado dos pájaros: a la
ciencia materialista, y al catolicismo romano. Ambos van a morir en
Lourdes. Voy a explicar por qué y de qué manera los milagros de Lourdes
van a ser el Waterloo del clero romano.
Esta vieja y venerada institución no se atreve a declarar a Lourdes
como artículo de la fe romana, y al mismo tiempo se encuentra, hoy por
hoy, altamente comprometida a declararse abiertamente sin reticencias
ni hipocresías, puesto que atribuye los milagros a la influencia y
poderes de la Purísima Concepción; hemos de ver muy pronto que Roma en
su agonía reconoce oficialmente a Lourdes como milagro de la Virgen,
y cuando este reconocimiento tome la forma canónica y esté sancionado
por la infalibilidad, hemos de ver que las aguas pierden sus virtudes
y Roma se quedará abochornada, como sucedió con el cementerio de Saint
Medard, en el siglo antepasado. La ciencia positiva, por otra parte, no
tiene fuerzas en lo que ha dicho hasta hoy para negar a Dios y al alma,
pero les sobra con las que tiene para negar con éxito las supercherías
romanas.
Las razones que expone M. de Brettes para justificar el hecho de que
esos milagros se efectúen con preferencia en Francia, no están bien
explicadas en su conferencia con M. Naudeau. M. de Brettes no ha
querido confesar que la Francia es hoy el país más materialista de la
tierra. No sentaría bien en un clérigo romano semejante declaración,
puesto que Roma no desea hoy otra cosa que tener de su parte a _la
fille aînée de l'église_ a la primera de las naciones latinas, a la más
rica, y a la que podría poner a su disposición capitales, ejército,
escuadras y un millón de hombres, dado caso de que la Francia doblara
la rodilla a su santidad. Francia sería la más preciosa perla en la
tiara de los papas.
Dice M. de Brettes que la prueba de que Dios ha preferido a la Francia
para esas manifestaciones, es que hay enfermos que hacen el viaje a
Lourdes cinco y seis veces, y que su fe permanece. No me parece que
una cosa sea consecuencia de la otra; pero, en fin, que recuerde M. de
Brettes que la Francia es el país de los Enciclopedistas, de Voltaire,
de Diderot; que recuerde que en Francia fusilaron a un arzobispo en los
tiempos de la Comuna, y que recuerde por fin que en Francia casi no hay
sino materialistas y católicos fanáticos. Que recuerde que en Francia
están hoy expulsando las congregaciones, y que aunque esto no sea
completamente grave para Roma, prueba muy bien de una manera o de otra
que la Francia es un país con quien no pueden contar abiertamente.
Por otra parte, yo creo que si Dios permite esas maravillas en Francia
no es con el objeto de proteger a Roma, sino para extinguir la
incredulidad que reina en este importante país. M. de Brettes es un
clérigo muy discreto en lo que dice. Lo reconozco, y admiro su talento.
Ahora bien. «Un milagro, según la explicación que da el ilustre
canónigo, es un fenómeno que se produce fuera de las reglas ordinarias,
por la intervención directa de la Divinidad.» Eso podría negarse por
los textos sagrados; pero pasemos adelante. Continúa el canónigo
diciendo que las reglas ordinarias no son las reglas que rigen en el
mundo. Así es como la resurrección de un muerto (según el canónigo), es
menos grande que la creación de un ser humano, y la mies del campo que
se produce todos los años es un milagro mayor que el de la división de
los cinco panes entre 5.000 personas.
Yo, por mi parte, creo que son tan grandes el uno como el otro,
pero reconozco que M. de Brettes es un pensador y, por lo tanto, le
preguntaría lo siguiente:
¿Por qué Dios, en Lourdes, no puede resucitar a un muerto, siendo esto
más fácil que hacer nacer el número de niños que seguramente nace allí
diariamente?
¿Por qué Dios no puede curar más que un diez por ciento de los enfermos
que van a Lourdes, ni reconstituir piernas amputadas, ni repartir su
bien y su bondad con la misma abundancia con que Cristo dió de comer a
5.000 hombres, y con la seguridad y grandeza con que levantó a Lázaro,
ya podrido, de su sepulcro, y con la certeza que Dios da la mies al
campo?
No creo que esos milagros sean hechos por Dios, y si no lo son, son
obra _de su enemigo_.
_Son obra del Genio del Mal._ De la entidad Demonio.
Y si fuera Dios quien los hiciera, no resultaría un diez por ciento del
milagro, sino el milagro completo, pues según derrama Dios la luz del
sol sobre justos e injustos, y llueve sobre buenos y malos, como dice
Jesús, asimismo daría alivio y curación a todos los que se toman el
trabajo de ir a Lourdes para ser curados por la gracia Divina.
Sin embargo, Roma, que desconfía mucho del milagro de Lourdes, quiere
valerse de él para prolongar por más tiempo su dominio en el mundo.
El poder y el prestigio romanos están en las últimas, y Roma hace hoy
alianzas con todo lo que cree que puede salvarla. Esa es su política
presente.
Suponiendo que los milagros de Lourdes sean hechos por Dios con el
objeto de levantar la fe católica y proteger a Roma y sus clérigos,
éstos están dando ejemplo de una inconcebible ingratitud al Ser
Supremo, no reconociendo esos milagros como artículo de fe; y si
no, dan prueba de una gran apostasía entregándose hipócritamente a
la especulación con un hecho que no creen procedente de la Divina
Providencia.
Además de eso, debemos observar que esa celeste religión está
recibiendo desde hace tiempo los golpes más rudos que la política del
mundo puede darla. Por todas partes está perseguida. Ella cree que
tiene vida eterna, pero toma sus precauciones atesorando cuanto puede
por si vienen los malos días. Hoy no hay en ella sino especulación.
Amor al dinero.
Esa religión querida y protegida por Dios, perdió en 1870 el poder
temporal de los papas, milagro, en mi concepto, más grande que el
de Lourdes; perdió anteriormente a la Inglaterra y a los países
reformados; pierde su prestigio de día en día hasta el punto que la
misma España, la nación más católica del mundo, quiere expulsar a sus
religiosos; y sus congregaciones no saben dónde sentar el pie, pues
su decadencia es manifiesta y conocida de todos. Eso sí es obra de la
Divina Providencia.
¿No tiene Dios otro medio de salvarla que haciendo milagros con un diez
por ciento de verdad? Si Dios quisiera restablecer la Iglesia romana
en su anterior grandeza, otros medios tendría de hacerlo sin recurrir a
esas cosas.
Los designios de la Providencia son otros. Más bien parece que quiere
acabar con ella. En efecto, ¿Qué ha hecho el catolicismo romano en el
siglo XIX? ¿Qué le deben los hombres? La ruina de España. La ruina y
la anarquía de las repúblicas sudamericanas. La pobreza de Italia. La
decadencia actual de la Francia. Los países católicos están perdidos,
pobres, ignorantes, infelices, debiles, y Roma quiere continuar
dirigiendo el mundo habiendo sido un árbol que ha producido tan malos
frutos.
¿Y cree Roma que Dios no ve estas cosas?
¿Cree Roma que puede continuar la adoración de huesos muertos en
los tiempos presentes, y las simonías, y el comercio de almas, y la
serie de iniquidades espantosas que insultan a Dios, y que cometen
diariamente en el nombre de un Dios todo amor, que murió en una cruz
para salvarnos?
Si yo creyera en la transmisión hereditaria de las llaves de Pedro,
diría desde luego que de dos llaves entregadas a los pontífices
romanos, ellos no han sabido usar sino una, y ésta es la que ha abierto
las puertas del infierno y lo ha desencadenado como torrente espantoso
sobre el mundo, y entre los hombres. La otra llave no han sabido usarla
sino para abrirse ellos mismos las puertas de su propio cielo, que
consiste en el poderío, el lujo y los deleites.
--¿Sabe usted, le dije, que habla como un clarín del Juicio final? ¿Y
los milagros?
--Para comprender las cosas de procedencia espiritual hay que
estudiarlas espiritualmente.
El fenómeno de Lourdes es espiritual en el fondo. Busquemos, pues, su
explicación en el sentido espiritual que encierra, pues en el espíritu
es donde hay que buscar las causas, y las causas no pueden conocerse
estudiando los efectos; hay que proceder por el orden opuesto; buscar
la causa para conocer el efecto. El hecho material que presenciamos
en Lourdes, es un efecto, un hecho palpable, pero para encontrar su
significación hay que buscarla en las causas que lo producen, y éstas
las iremos esclareciendo poco a poco hasta que aclaremos bien lo que
tenemos delante.
Como Dios no es un ser sujeto a vanidades ni a caprichos, ni es lícito
suponer que haga lo que hace para ser mirado por los hombres, nos vemos
forzados a convenir que los milagros de Lourdes, así imperfectos como
son, han sido permitidos por Dios para que los hombres aprendamos con
ellos algo que nos interesa saber.
El estudio y la observación en los tiempos presentes en la historia
de la humanidad, nos están revelando que el mundo ha de cambiar de
un momento a otro; que está cambiando. El canónigo de Brettes ha
dicho, con mucha razón, que la crisis presente es demasiado fuerte.
Que estamos en una época de agonía, de angustia, y que el sér humano
implora la Verdad, cueste lo que cueste. Que es preciso que la Verdad
se presente, que aparezca. El sér humano la llama a gritos, la invoca,
la quiere. Una revolución moral está a la vista. Esas son sus palabras.
Todos los grandes pensadores están diciendo lo mismo. No hay quien no
lo observe, y, sin embargo, mentira parece, nadie quiere darse cuenta
de que estamos entrando en el gran día del Juicio final. Monsieur
Brettes lo presiente.
Nadie se da cuenta de esa Verdad. Todos creen que aquel gran día está a
una distancia inconmensurable de nosotros, sin advertir que lo tenemos
encima.
No me sería difícil explicar las razones en que reposa ese engaño,
pero, como quiera que sea, en ese gran día hay muchas cosas que
están condenadas a perecer, y una de ellas es la religión católica,
apostólica, romana.
El que quiera verlo claro, que lea los capítulos XVII y XVIII del
Apocalipsis y se convencerá de ello; verá a esta religión tratada como
una mujer vestida de oro y pedrería, con un cáliz en la mano lleno de
abominaciones y un nombre en la frente: _Misterium_, etcétera.
Roma está condenada a desaparecer, y lo prueba su decadencia y su
perdido prestigio.
Una nueva religión vendrá en que se adorará a Cristo en toda su gloria.
La gloria de Cristo va brillando más y más cada día, y el hombre
observador notará que hay una gran verdad que se abre paso en medio de
esta crisis, que aparece como envuelta en nubes, pero que cada día se
ve más clara.
Esa es la nueva religión. La verdad cristiana en toda su pureza.
--¿Y el Antecristo?... me atreví a preguntar.
--Aquí es donde vamos a encontrar la solución del misterio de Lourdes;
pero antes es necesario saber quién es el Antecristo.
El Antecristo no es un guerrero (como se ha dicho), que ha de venir del
Oriente con grandes ejércitos cual otro Atila, a destruir la religión
católica, apostólica, romana. Eso es un absurdo. No se necesita tanta
fuerza y aparato semejante para destruir una institución que ya a estas
horas está agonizando.
Cuando sepamos quién es el Antecristo, hemos de verlo cara a cara tal
cual es; pero antes de desenmascararlo es conveniente que oigamos
algunas palabras de los apóstoles, y especialmente de San Pablo, que lo
tiene bien apuntado con el dedo.
Oigamos a San Pablo, hablando del Juicio final:
«No os engañe nadie en manera
alguna; porque no vendrá aquel día
sin que venga antes la Apostasía,
y se manifieste el hombre de
pecado, el hijo de perdición.
El que se opone y se levanta sobre
todo lo que se llama Dios o es
adorado; tanto que, como Dios,
se asienta en el templo de Dios,
haciéndose parecer Dios, ¿No os
acordáis que cuando estaba con
vosotros, os decía esto?
Y vosotros sabéis qué es lo que
impide ahora para que a su tiempo
se manifieste. Porque ya se
obra el misterio de iniquidad:
solamente que el que ahora impide,
impedirá hasta que sea quitado del
medio.
Y entonces será manifestado aquel
_inicuo_, al cual el Señor matará
con el espíritu de su boca, y
destruirá con la claridad de su
venida.
Aquél cuya venida será, según la
operación de Satanás, _con toda
potencia, y señales, y milagros
mentirosos_.
Y con todo engaño de iniquidad
obrando en los que perecen.»
(II de los Tesalonicenses. Cap.
II, 3-10.)
El Antecristo es _La Muerte_.
La muerte es un ser invisible, un espíritu malvado que habita en el
mundo y que no desea ni hace otra cosa que trabajar por separarnos de
la tierra. En otra Epístola de San Pablo, hablando también del Juicio
final, dice lo siguiente:
«El postrer enemigo que será
destruído es la muerte.»
(1a. de Corintios XV, 25.)
Ese hombre invisible es el _hombre de pecado_, _el hijo de perdición_
de que habla San Pablo.
Nosotros no hemos visto en la muerte sino el fenómeno natural con todos
sus horrores, pero no hemos visto la causa de ese fenómeno. Vamos a
verla.
Si los hombres no pecaran nunca, ese hombre invisible no podría entrar
en nosotros y habitar en nuestro cuerpo, pues el hombre no fué creado
por Dios para morir como se muere, sino para transformarse de otra
manera, y si fuéramos justos y no pecáramos nunca, seríamos al mismo
tiempo inteligentes, sobrios, precavidos, y ese _inicuo hijo de pecado
y perdición_ no encontraría ocasiones de sorprendernos con su cortejo
de enfermedades sucias y dolorosas y asquerosas que prepara con astucia
en nuestro cuerpo, destruyendo nuestro organismo y arrebatándonos
antes del tiempo en que nuestra transformación, semejante a la
crisálida que se transforma en mariposa, hubiera de efectuarse. La
muerte se desencadenó entre los hombres por medio de Caín, primer
homicida en el mundo (la de Corintios XV, 21).
Ese hombre invisible, con la astucia que lo caracteriza, se ceba
también en los animales, pero no con tanto celo como en los hombres, y
por eso las enfermedades son menos frecuentes en ellos. Sabido es que
los espíritus entran en los animales como entraron en los puercos que
Jesús expulsó del loco de los sepulcros. (Marcos V, 13.)
La muerte tiene dominada a la humanidad por el _miedo_, _el espanto_,
_el terror_.
La muerte vino al mundo por Caín.
El que quiera abrir una Biblia, encontrará un pequeño diálogo entre
Caín y el Eterno, que ya sabía que Caín había de asesinar a Abel.
El Eterno le dice lo siguiente:
Si hicieres bien, ¿no serás aceptado? Mas si no hicieres bien, el
pecado está a la puerta. _Y a ti estará sujeta su voluntad y tú serás
su señor._ (Génesis IV, 7.)
Quiere decir que el pecado está obligado a hacer la voluntad del _genio
homicida_. El pecado, pues, abre las puertas a la muerte.
Caín fué el primer homicida que hubo entre los hombres, y su espíritu
ha dominado a la humanidad entera desde entonces acá.
Jesucristo vino al mundo precisamente para deshacer la obra de la
muerte. Él no padeció jamás enfermedad, porque nunca pecó, ni tampoco
murió de lo que llaman muerte natural, porque le mataron, y para
revelarle a los hombres _la gran mentira de la muerte_, resucitó con su
cuerpo y apareció varias veces después, delante de más de 500 personas,
según el Nuevo Testamento. (la. de Corintios XV, 6.)
Los cristianos de la iglesia primitiva sabían estas cosas (ya
olvidadas), y por eso vemos en los crucifijos el cráneo y los huesos
debajo de los pies de Jesús. Es una tradición que viene desde entonces.
El espíritu de la muerte puede entrar y salir en el cuerpo del pecador
si así le conviene. Su puerta es el pecado, como le dijo el Eterno a
Caín, y el pecado hace su voluntad.
Las enfermedades de los hombres son pecados funcionando en un organismo
humano. Es lo que querían decir los apóstoles cuando decían que «todo
_pecado engendra la muerte_.» La enfermedad es la materialización de un
pecado. Se abriga en la carne.
La lepra (enfermedad incurable hoy), la curaban los sacerdotes de Leví
con ritos y ceremonias religiosas que Jehova mismo reveló a Moisés.
Jesucristo les decía a los enfermos que curaba: «tus pecados te son
perdonados»; y otras veces: «vete y no peques más». La enfermedad es
efecto del pecado, que se anida en la carne y la destruye.
La muerte (el hombre invisible), se burla de los doctores y sus drogas.
Los milagros operados por reliquias, huesos de muertos, tierra de
sepulcros, aguas encantadas, etcétera, son milagros de _hombre
invisible_, de Caín, que como dice San Pablo, se sienta en el templo de
Dios, haciéndose parecer Dios.
Ahí lo tenemos en Lourdes, subido en los altares y realizando milagros
mentirosos.
Cuando ese hombre invisible, a quien la enfermedad obedece, no ha
llegado todavía a destruir alguno de los órganos indispensables de la
vida, la curación se opera con sólo retirarse del cuerpo enfermo, como
sucede con las enfermedades nerviosas, parálisis, reumatismo y todas
las enumeradas por M. Darieux en su entrevista con M. Naudeau. Pero
cuando se ha destruído uno de los órganos indispensables del organismo,
el hombre invisible no puede reconstruirlo, porque al infierno no le es
dado _crear_ sino _matar_.
Esa es la razón porque en Lourdes no se pueden ver muertos resucitados,
ni piernas reconstruidas, y que las famosas aguas no pueden curar sino
un diez por ciento de los enfermos.
Algunos de los que se curan tienen apariencia de muy enfermos, pero
no lo están en realidad. Si fuera posible hacerles una autopsia, se
encontrarían sus órganos enteros todavía, aunque enfermos muy graves en
apariencia.
Milagros semejantes a los de Lourdes se han visto y se ven en todas
partes del mundo, con todas las religiones; en el siglo pasado, cuando
la muerte del diácono jansenista François de París, se vieron las
mismas maravillas en el cementerio de Saint-Médard, hasta el punto que
se tuvo que cerrar por orden del rey. Las curaciones eran idénticas.
La ciencia moderna ha dado un paso muy importante, descubriendo que
las enfermedades son ejércitos de animales microscópicos destruyendo
un organismo humano. Muy bien. Ya se empieza a ver que en la muerte
hay un principio de vida. Lo único que falta es descubrir al capitán
de esos minúsculos ejércitos. Ese es el hombre invisible, el genio de
destrucción que está en nosotros y que en todas partes se ha sentado en
los altares haciéndose pasar por Dios. En el antiguo Egipto, bajo la
forma descarnada de Isis; en la Caldea, como un pez enorme; entre los
negros de Africa, como un cocodrilo; en China, como un dragón, etc.,
etc.
Los hombres de todos los países y en todos tiempos, aterrados por el
espectáculo de la muerte con su espantoso estado mayor de enfermedades
y terriblezas, le atribuyó a la muerte poderes divinos y suprema
omnipotencia.
No pudiendo imaginarse a ese Dios sino bajo aspecto horroroso, creyeron
ver su símbolo en animales espantosos, como cocodrilos, serpientes y
otras fieras asquerosas que realizaban en ellos la idea de la potencia
destructora. De aquí viene el origen de aquellas idolatrías que tan
salvajes nos parecen hoy. Pero no nos hagamos ilusiones; nosotros
mismos, los civilizados del siglo XX, somos víctimas de los mismos
errores, pues si es cierto que no adoramos serpientes ni dragones,
veneramos como dioses encarnados a aquellos de nuestros semejantes
que mejor han sabido matar hombres en grandes cantidades. La muerte
nos engaña de mil maneras para echarnos fuera del mundo. Hoy se ven
naciones que se despueblan por los vicios y la corrupción. Esa es
su obra. Por último, los milagros de Lourdes son milagros del inicuo
invisible, traídos por el infierno y permitidos por Dios para que
sepamos que hay un más allá que no vemos con los ojos, pero desde donde
se dirige la máquina del mundo.»
Me despedí, no sin cierta inquietud.
Era ya la noche.
Un tranvía eléctrico pasó ante mi vista. Subí y partí.
[Ilustración]
[Ilustración: LIBRO SEGUNDO]
[Ilustración]
I
Tres horas de mar y héme aquí en Londres. La inmensa ciudad está
lluviosa, lodosa, y una tempestad ha hecho chasquear sobre ella rayo
tras rayo. De Victoria Station al hotel me lleva el _cab_ y al _cab_
lo lleva empujando el viento. Al paso desfilan las casas obscuras
rayadas de lluvia. Lluvia que ya arrecia, ya persiste cernida, y que
me ha de aguar la visita por varios días. Mas como no tengo tiempo
que perder, encontrado un amable amigo que me espera, nos lanzamos a
la calle. Enorme, bulle el profuso amontonamiento de hombres, cinco
millones casi, en su fabuloso inmóvil océano de sombrías construcciones
partido por el glauco Támesis sobre el que flotan brumas y pesadillas.
¡Capital potente y misteriosa! Cuantas veces la visitéis, siempre
os dominará bajo el influjo de su severa fuerza. (¿En dónde estás,
dulce sonrisa femenina de París?) Viril orgullo en las cosas mismas,
aspecto de humana dignidad en las manifestaciones monumentales, serena
majestad en la naturaleza. Es explicable en estas gentes confiadas en
sí mismas, el ímpetu a la dominación, la necesidad leonina; porque no
es el leopardo, sino el león del escudo el que, sobre la isla, vuelve
la mirada a los cuatro puntos del horizonte.
Esta gente va, va. ¿Adónde va? Adelante, más adelante. Lo dicen en
sus divisas, en sus proloquios, cortos, porque no son verbosos como
nosotros los latinos, raza de retores. Y lo hacen. País de rapiña, se
dice; tanto peor para los que no puedan resistirle y caigan bajo su
zarpa... Esta gente va, va.
Gallia causidicos docuit facunda britannos;
pero no son pródigos en sus palabras ni de gestos, como el vecino de
enfrente; van a lo que consideran indicado por su deber; su deber les
dice ser vigorosos, crecer, engrandecerse más y más; y es el caso
que desde ese navío anclado se tiene en jaque al mundo. Sin entrar
a las pedagogías de M. Demolins, no es difícil explicarse que ese
vigor colectivo viene del ejercicio de la energía individual. Ser
hombres; ese es el oficio de los ingleses. _This was a man_ es elogio
shakespeareano. En ninguna parte se amacizan por igual cuerpo y
espíritu como en la Gran Bretaña. La conciencia propia y particular ha
creado la conciencia nacional y común. El orgullo norteamericano tiene
aquí su origen, y las recientes fanfarronadas del millonario Carnegie,
metido a periodista, debían haber comenzado por esa profesión. Pero
el yanqui, como buen advenedizo--advenedizo colosal, es cierto--,
es rastacuero y exhibicionista. El inglés es silencioso y guarda su
íntimo conocimiento y convencimiento. Su _respectability_ forma parte
de su coraza. La raíz celta y la raíz anglosajona nutrieron de savia
concentrada el tronco nativo; y desde la heptarquía hasta la dominación
danesa y la conquista normanda, se fué desarrollando el árbol de
Guillermo, que fué el árbol de Isabel, que fué el árbol de Victoria. No
sabemos que exista aún acero para hacer un hacha que pudiera cortarle.
El inglés, generalmente, es fuerte y grande, bien musculado, de
movimientos ágiles y seguros; pero no se crea que todo el mundo
es en Londres coloso. Fuera de los _policemen_ y de magníficos
ejemplares de la raza anglosajona que sobresalen, el tipo medio es de
un equilibrado desarrollo. Mas una cosa he de advertir: la inglesa
fea de las caricaturas y la elegancia que siguen los anglómanos del
extranjero, también un poco y hasta un mucho caricatural, son para
la exportación. Sí, he visto en mis viajes de Italia, de España, de
Francia, las caravanas de la agencia Cook, con muestras de la más
exquisita fealdad; pero en Londres no he dado un paso sin encontrarme
con deliciosas figuras de mujer; de un particular atractivo y dignas de
ser incontinenti madrigalizadas y amadas. En cuanto a la _fashión_, en
lo que he advertido, se sigue a la letra por los verdaderos _gentlemen_
el principio aristocrático de Brummel: La elegancia suprema consiste en
no hacerse notar.
El sentimiento de la dignidad personal y el respeto de sí mismo, son
innatos en todo inglés. Esto obliga a la reserva. Cada inglés es isla.
En su unidad y solidaridad moral, nada tiene el país soberbio que
envidiar al mundo. Es dueño de Shakespeare y del Océano. Impera el oro
en la tierra; los norteamericanos hablan de sus millonarios... Bastará
nombrar a este imperial Beit, jefe de la casa Vernher, Beit and Co.,
propietario de la mitad de las minas del Africa del Sur, y, sobre todo,
las de Kimberley...
Algunos agudos espíritus han creído ver en el coloso los síntomas de
una decadencia. Es el efecto de la residencia tenaz de las repúblicas
africanas. W. H. Darvey, en el _Mercure de France_, y Andrew Carnegie
en la _Nineteenth Century_, han presentado razones y datos que traerían
por consecuencia la disminución del antiguo poderío, la constancia
de un desmoronamiento en la base del secular edificio. La marina,
que antes se creía invencible, estaría hoy, según datos técnicos y
estadísticos, en condiciones que dejan mucho que desear; el comercio,
en merma; el poder militar, impotente para decidir de una vez la
cuestión boer. Durante las guerras de Napoleón, dice el almirante
Seymour, con un gran genio como Nelson a la cabeza de nuestra marina,
sabéis qué dificultades no tuvo para descubrir aun las idas y venidas
de sus enemigos; sabéis que, a despecho de su infatigable vigilancia,
Napoleón logró escaparse de Egipto después de la destrucción de su
marina en el combate del Nilo; recordáis las luchas desesperadas de
Nelson en el gobierno, a propósito de la falta de barcos y de hombres;
y todo eso con el mayor genio conocido para el mando. ¿Creeréis que
nuestra marina en esa época era igual y aun un poco superior a la del
resto de la Europa reunida? ¿Y a qué iguala nuestra marina actualmente?
¡Apenas a las Francia y Rusia combinadas! ¿Y dónde está el Nelson,
en estas condiciones mucho más difíciles? Es un estado de cosas que
debe hacer reflexionar. Y los calculadores, alarmados de la oposición,
claman a los imperialistas tenaces el peligro económico. El comienzo de
la época victoriana no fué copioso a este respecto. El tesoro inglés
padecía las consecuencias de las guerras que turbaron los albores de
la pasada centuria. Mientras en las altas regiones se verificaban los
apuros, descendían sobre el pueblo los aumentos de impuestos, que
eran recibidos con las protestas consiguientes. Así la situación al
advenimiento de la difunta reina. Por muchos esfuerzos logrados no se
mejoró ese difícil estado de cosas hasta el año 45, más o menos. Se
realizaron economías, y la deuda pública fué suavizada en los últimos
años.
Mucho tiempo--casi todo el reinado de Victoria,--la cordura vigiló la
hacienda, con escasos intervalos, hasta el año 97, en que empezaron
nuevos y extraordinarios gastos. Calculad con algunos datos sobre lo
que se ha aumentado nada más que en el ramo de guerra y marina. El año
de la coronación de la reina Victoria, 1837, los gastos de guerra y
marina eran algo más de 300.000.000 de francos. Cincuenta años después
han subido ya a 762.500.000 francos. Hay que advertir, naturalmente,
que las fuentes de entradas crecieron en igual relación o algo más.
Diez años después se ve aumentado el mismo presupuesto a más de mil
millones. Después, en este último tiempo, ha llegado a 1.575.000.000.
Así los impuestos se han multiplicado. Hace menos de diez años eran
de 1.875.000.000 de francos y este año han subido a 3.050.000.000.
Sin contar los gastos de guerra, esa suma apenas basta para llenar
el presupuesto ordinario del país. Los prudentes se miran con temor,
pensando en que las tendencias, tanto en el Parlamento como fuera de
él, van a mayores empresas. El imperialismo pide sangre y oro, ¡Pero
son tan fuertes estos hombres!
Entretanto, Chamberlain cuida sus orquídeas. Roberts es colocado en el
sentimiento popular entre Marlborough y Wellington, y al nuevo _Iron
Duque_ se le regala un buen por qué de libras esterlinas, juntando a
la gloria el sentido práctico. Declara Kitchener fuera de la ley a los
boers aún resistentes. El _hard man_ demuestra que es el _steel lord_ y
que merece serlo. Y el rey Eduardo, que parece decir como su antecesor
Enrique IV, en el drama tan bellamente vertido por Cané:
I have long dream'd of such a kind of man
So surfeit-swell'd, so old, and so profane;
But being awake, loide despise my dream,
se prepara medioevalmente para su coronación del año entrante--lo
que no le impide seguir siendo rey de la moda y partidario del
automovilismo.
Encuentro por las calles de Londres soldados vestidos de kaki, con la
flamante medalla que acaba de colocarles en el pecho el rey Eduardo.
Parece que su majestad cuida de llevar bien la corona como el «ocho
reflejos». Así sea.
Interesante monarca el rey Eduardo. Se creía, antes de morir la reina
Victoria, que al pueblo británico no sería simpático el reinado del
célebre príncipe de Gales. Una vez éste en el trono--_When thou dost
oppear I am as I have been..._--se ha visto que todo ha continuado de
la misma manera. El rey, aclamado y querido, ha enterrado al ruidoso
calavera de antaño. Él ha entrado en su papel, y puede decirse que es
un digno soberano de su nación. Cada rey tiene el reino que merece.
Guillermo II es estudiante y vive casi siempre en ópera wagneriana;
Alfonsito XIII acaba de presentarse por primera vez en el coso
madrileño y ha sido aclamado por la tauromaquia nacional; Inglaterra,
«país tradicionalista y práctico en que la decoración de la vida social
yustapone armoniosamente vestigios de arte gótico a construcciones de
usina», está muy satisfecha con un rey que viste púrpura, armiño y
oro, se coloca en la cabeza la corona de los viejos monarcas, ante su
parlamento animado de fórmulas y ceremoniales, y luego, con un habano
en la boca, se va en su automóvil, en menos de una hora, de Londres
a Windsor; visita el yate que ha de disputar la copa a los yanquis,
o se interesa por sus caballos Diamond Jubilee, Ambusch o Persimmon.
Ese rey sportman es grato a su país de sportmen, es amable para los
ciudadanos que gustan del tiro al blanco en Bisley, del remo en
Henley, de las carreras en Ascot o en Epsom. El _corpore sano_ de los
universitarios, es una de las causas de la robustez, de la salud de la
nación. Como algunos de nuestros repúblicos americanos, como algunos
de nuestros directores de pueblos, el rey se interesa por las razas
caballares, gusta de los ejercicios físicos, pero sabe su Shakespeare
admirablemente, entiende de arte a maravilla, y puede consultar su
Homero en griego y su Horacio en latín, como os lo certificarán sus
compañeros de Oxford y de Cambridge.
No es Eduardo un príncipe guerrero. Llega ya tarde al trono y mal
sentarían aires marciales y feroces al _arbiter elegantiarum_ de los
reyes y al rey de los gentlemen. El gran país de presa es odiado en la
tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los recientes sucesos
africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran Bretaña se
presenta en esa misma Francia recelosa, será, como en Italia, acogido
con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con
sus hindús y su burrito. La reina Alejandra, por su parte, es digna
del cariño de sus súbditos y del respeto de los extraños. ¿No es acaso
la princesita que cosía modestamente en compañía de su hermana, una
zarina futura, en días de escasa fortuna en Copenhague? ¿No es la culta
doctora en música de la Universidad de Irlanda? Y sobre todo, ¿no posee
un carácter sencillo y amable desde la altura en que acompaña a su
marido y no sabe adornar de suave majestad la gracia encantadora de su
belleza? En Sandringhan como en Marlborough Palace, ha sabido ser una
ejemplar señora, y en la corte de su suegra una ejemplar princesa.
[Ilustración]