Partí rápido a Dunkerque. De Brujas, toda paz, toda quietud, espiritual
y natural, a Dunkerque, en donde se colgaban todos sus escabeles los
actores de la comedia patriótica, en una danza de naves, con música
de cañones y Mariana recibía con su más amable sonrisa y hacía su
mejor reverencia al dueño del Oso. Decir las durezas de mi viaje, las
apreturas en las estaciones de ferrocarril, la falta de correspondencia
de trenes, los roces horribles de las aglomeraciones, las difíciles
comidas en los restaurants, la cama por ochenta francos en cuartos
compartidos, lo fabuloso del tupe cocheril y otras cosas que deseo
echar en olvido, sería historia amarga y larga, sin contar con la
demanda de papeles por la policía a cada instante, y la imposibilidad
de poder acercarse a mirar la faz de los autócratas cuando éstos
pasaron por la ciudad de Jean Bart, veloces, como por un tubo de
acero, empujados por un soplo. ¿Un soplo de miedo?...
Miedo... Mientras Francia se ponía de gala para saludar al emperador
aliado; mientras se preparaba Compiègne, antiguo nido de águilas,
para recibir a la bicéfala de las Rusias; mientras Nicolás y su linda
mujer se alistaban con el mejor humor posible a escuchar marsellesas
y a entrar de fiesta en donde han de sonreir a _Liberté_, dar la mano
a _Egalité_ e ir del brazo de _Fraternité_; mientras se disponen las
trompetas de los saludos y los violines de los bailes, y todo el mundo
está muy contento, en espera de un regio y regalado divertimiento...
_quelqu'un, troubla la fête_, allá lejos, en los Estados Unidos,
_quelqu'un_ que quita la vida al jefe de la inmensa república
imperialista que estaba por tender un tentáculo a la América del Sur;
y _quelqu'un_ hijo de un país que se llama Polonia... Nicolás se puso
pálido; pues no es cómodo ya el oficio de Rey, habiéndose llegado a
fuerza de civilización a tener en perpetua realidad la prueba simbólica
de Dionisio de Siracusa.
Mas la cita estaba dada, y debía cumplirse con el pequeño prólogo
suavizado de Dantzig, suavizador para Guillermo, _amado primo_, que
busca a las claras el _flirt_.
Cuando llegué a Dunkerque, la ciudad hervía de gozo municipal y
forastero; mas en verdad, fuera de las manifestaciones de gremios
aislados y de la pompa y engalamiento oficiales, no encontré que
hubiese allí un foco de entusiasmo, una de esas fiebres que ponen a
los pueblos en delirio en ocasiones semejantes. No encontré, por
ejemplo, el estremecimiento ciudadano de París cuando la llegada de
Krüger, o cuando la primera venida de este mismo zar. Quizá serían las
precauciones, absolutamente rusas, tomadas para evitar un atentado,
las cuales llegaron a impedir casi por completo que los dunkerqueses
contemplasen la figura de las imperiales personas; o, quizá también,
una disminución del ardor con que se tomó al principio la alianza,
cuando no estaba tan menguante la inquina con el alemán; o quizá,
porque no deja de estar en buen sentido del _populo_ la filosofía que
oí hacer a un quidam, frente al arco de triunfo, elevado ante los
_bassins_ del puerto:--«¡Mirad!--decía, y en voz alta, de modo que no
sé cómo no fué arrestado--; ¡mirad! ¡tanta bandera y tanto _lampion_
por un hombre que viene a quitarnos dinero!»
La ciudad presentaba un aspecto florido, toda ceñida de estandartes,
pabellones, banderas y banderolas. La noche anterior a la llegada del
zar, las iluminaciones hacían de toda la población un inmenso ramo
de fuegos de colores; y, por el lado del mar improvisaban el día, un
día blanco y deslumbrante en el vago tapiz de la sombra, los focos y
reflectores de la escuadra. Imposibles los hoteles, los cafés rebosando
de gentes, las calles con arcos de linternas, estofas vistosas y bombas
japonesas; la catedral empavesada como una colosal nave; las músicas
resonando a lo lejos; los grupos circulando por todas partes; todo el
mundo en espera del acontecimiento del siguiente día, la entrevista,
más que la revista. Aunque no se ocultaba en las conversaciones el
despecho del pueblo: «¿Somos acaso unos parias para que se nos prohiba
que le miremos?» Mas este despecho se aminoraba por la causa: el
Gobierno quería prevenir cualquier atentado; nadie podría acercarse al
séquito; la línea misma del ferrocarril por donde habría de pasar el
tren, estaría como en Rusia, guardada por doble fila de soldados.
A las siete de la mañana del día 18, M. Emile Loubet se embarcaba en el
_Casini_, para ir al encuentro del _Standart_, yate imperial. Las olas
hacían bailar los barcos, y los cañones daban un continuo trueno. Nadie
más que las gentes oficiales pudo llegar al punto de desembarco. La
revista: vasta cuadrilla y tempestuoso cañoneo. El zar, por fin, llegó
a tierra, y con él la zarina: él de uniforme, ella de negro, dicen los
que los percibieron. Yo no vi con el anteojo, desde lejos, más que
muñequitos, al son de los clarines y de las bocas de fuego. Llegaba en
los aires el severo himno ruso y la siempre impetuosa Marsellesa; y
los aires deben haberse encontrado perplejos al presentarse cosas tan
contradictorias: «_¡Dios salve al zar!_»... _y_: «_¡contra nosotros se
ha levantado el estandarte sangriento de la tiranía!_»...
Loubet, cuya buena madre aldeana, quizá, daría en ese instante de comer
a sus gallinas en la casa de campo de Montelimar, iba del brazo de la
zarina Alix; Alix, la zarina de Rusia, que aparece allá, en la pompa
de su corte semiasiática, semejante a una emperatriz bizantina, ídolo
autocrático de un colosal imperio cuasi bárbaro. En la galería que une
el desembarcadero con la Cámara de Comercio, un grupo de pescadoras, de
ropas obscuras y blancas cofias, ofrece a Alix un pez de plata sobre
un cojín de seda. El séquito se detiene en la Cámara de Comercio. En
Dunkerque, el zar Nicolás, el Pacificador, es saludado por la Guerra y
hospedado por el Dinero. Y son luego los cortesanos, los protocolares,
las presentaciones y los _salamalecs_. Y el ágape, en que han de oirse
nuevas protestas de amistad y liga, y los brindis que llegan y repiten
en esa manera oficial, que cree decirlo todo y no dice nada, palabras
que parecen simpáticas y fraternas, pero de las cuales los siglos
sonríen.
Luego el tren partió con los porfirogénitos huéspedes, hacia Compiègne.
El recuerdo de Luis el Piadoso sería propicio al emperador, y el de
Juana de Arco a la emperatriz, y a ambos los de Napoleón y María Luisa,
en cuyas alcobas iban a dormir.
* * * * *
Cuando el _maire_ de Compiègne ofreció a la emperatriz un ramo de
brezos, su flor preferida, M. José María de Heredia había ya lanzado
el suyo por las columnas de su diario. No era un soneto. Eran versos
serios, académicos y mediocres, como si hubiesen sido de encargo.
Versos a la emperatriz a la cual trataba de _vous_... _Car le poète
seul peut tutoyer les rois._ Rostand, por su parte, encargado oficial
esta vez, había escrito una oda, en la cual dice a su majestad cosas
como ésta:
En revenant de Danemark,
Vous avez, pour gagner ce parc
Passé devant chez Jeanne D'Arc.
Ante los malos versos aristocráticos, prefiramos los buenos versos
anarquistas. En la presente ocasión, las musas de la Cúpula no han
ayudado al ilustre autor de los _Trofeos_, y el autor de _Cyrano_.
París no sabía si iría a recibir la visita de los soberanos amigos.
Tras el _bouquet_ de brezos y el cumplimiento, se durmió en el castillo
de Compiègne, donde debe vagar algunas noches una sombra cesárea que
extrañaría mucho ver al amo de los cosacos en íntima unión con la
República francesa. Se consolaría observando que el Bósforo no es ruso
todavía.
La revista de Dunkerque, como las grandes maniobras del Este, eran el
principal objeto de la venida de los autócratas; al día siguiente,
pues, el 19, se dirigieron al campo de operaciones. El zar montó a
caballo, galopó a su placer, se hizo explicar cañones, almorzó tarde y
precipitado, examinó el nuevo freno hidráulico en la artillería, meditó
ante el nuevo cañón de 75 milímetros, vió desfilar los batallones,
las corazas, los penachos, las espadas desnudas, las lanzas, los
uniformes vistosos, oro, hierro, acero, escarlata, oyó las bandas y el
ensordecedor trompeterío; bebió el vino del soldado bajo la tienda de
campaña, y sumó en su interior la fuerza de la aliada república con la
fuerza de sus dominios inmensos; y después de esto, recordando quizá
el pasado Congreso de la Haya celebrado junto a la gracia sonrosada y
joven de la última flor de la rama de Orange, habrá repetido el verso
del lírico italiano:
¡Io vo gridando pace, pace, pace!
Y he pensado en que aquel pobre y grande Castelar, que vivió y murió
tachado de poeta, tuvo una palabra profética al escribir, a la orilla
de la muerte, esta sensación del porvenir: «El descontento del gobierno
italiano, producido recientemente a consecuencia de sus fracasos
diplomáticos en la cuestión de China; las dificultades suscitadas
entre Francia e Inglaterra por el Sudán y el Nilo; el aumento de la
escuadra inglesa, que ha necesitado una suspensión de la amortización
y un déficit de importancia; el cambio de América, que ha modificado
su temperamento industrial y trabajador para marchar a la guerra
y a la conquista; el reparto de la China, deseado por universales
ambiciones; los progresos del ferrocarril ruso en la Mongolia; los
conflictos del Transvaal entre la presidencia de Krüger y la dictadura
del desequilibrio del Napoleón del Cabo; las amenazas contra Portugal y
sus colonias; los temores y los espantos, tan fundados como legítimos,
de nuestra desgraciada España; la rivalidad de Turquía y de Grecia, de
Francia y de Prusia, de Rusia e Inglaterra; los motines de Austria; el
movimiento interior que reclama y pide una Alemania más considerable, y
numerosa que la Alemania actual; los gérmenes de desacuerdo entre las
primeras potencias por consecuencia de las extensiones territoriales
de sus colonias. Todas estas cosas dicen que después de la exposición
de 1900 no tendremos una hora de paz, y que los elementos de guerra
estarán diseminados y extendidos por todas partes.» Mas como el zar
Nicolás ha sido el coronado mensajero de pacificación universal, ante
el cual hombres como el bravo periodista Stead han creído ver un ser
casi elegido por la Providencia, pronuncia después de la revista frases
que no cuentan con la codicia de las naciones y con las trampas de los
políticos, esta gran manifestación de guerra, como la revista naval de
Dunkerque, serían, ¡oh, paradoja! el mejor sostén de la paz en el mundo.
Y tras la revista, el sacrocesáreo ortodoxo visita la basílica de
Reims, en que han sido consagrados los reyes de Francia; allí el
representante de la paz, esto es, de Cristo, le recibe en su pompa
ritual, rojo entre negras sotanas. Allí, bajo el rosetón que corona
la doble entrada, ante la estatua de la Virgen, entre las estatuas de
santos que decoran la vieja arquitectura, el cardenal arzobispo saluda
al jefe de la iglesia rusa, que penetra en la catedral católica. Y
la catedral dice en su inscripción de entrada: _Deo Optimo Maximo_.
Prudente sería su eminencia para no rozar la religión rusogreca ni
hablar con untuosa diplomacia pontificia, ya que de uniones se trata,
de la unión de las cristianas iglesias. En el _Diario de Pedro el
Grande_, al referirse a la visita que aquel duro emperador hiciera a
París en 1717, se lee: «El 3 de Junio su majestad se presentó en la
Academia, donde los doctores de la Sorbona trataron ante su majestad
de la unión en la fe, diciendo que sería fácil establecerla. A lo que
su majestad se dignó responderles que este asunto era grave y que era
imposible arreglarlo en un breve término; que por lo demás, su majestad
se ocupaba principalmente de asuntos militares. Pero que si lo deseaban
en realidad, no tenían más que escribir a los obispos rusos, pues
este era un asunto importante, que exigía una asamblea eclesiástica;
al mismo tiempo se dignó prometer a los doctores que si escribían a
los obispos rusos, ordenaría a éstos contestar según la autoridad
que Dios les había dado.» Como véis, aquel espeso autócrata tenía la
malicia fina. No se trató ahora en Reims con doctores de la Sorbona,
sino con un purpurado de la república, bajo el pontificado de León el
Diplomático.
Después fué el día de real holgorio en Compiègne: paseos en el parque
lleno de encantos, el bello parque poblado de arboledas magníficas,
de estatuas que saben secretos eclógicos y aguas tranquilas realzadas
de cisnes; y por la noche, en el teatro del mismo castillo, la fiesta
de gala, con declamación, danzas preciosas y divertimientos lindos y
delicados como conviene a los reyes. Y la emperatriz con su diadema
imperial, y el zar, pequeño y apretado en su uniforme y en su orgullo,
formando un contraste curioso con el bueno, honesto y sonriente
Loubet, la excelente presidenta y el coro de ministresas burguesas
que han tenido que estudiar con profesor de baile la reverencia, y
que lo que menos pudieran tener sería al taburete en la corte de
Francia, la almohada en la corte de España. Y Millerand por allí, al
antiguo atacador de este mismo zar; elementos que se rozan con el
socialismo, contemporizando con elementos autocráticos; la república
de los Derechos del Hombre, el país que se precia de ir adelante en
la historia con la bandera de la libertad, festejando al jefe de un
imperio en que reina el despotismo más absoluto, en donde Tolstöi bajo
Nicolás, sufre por sus ideas más que Soloviov bajo Alejandro; el
país que predica la soberanía de la prensa, unido al país en donde el
_caviar_ tradicional empuerca y mutila periódicos y libros; la tierra
en donde por todas partes se encuentran las letras L. E. F., hecha una
con la tierra en donde el Knut existe y la Siberia continúa siendo
lugar de deportación y de castigo, y en donde los estudiantes acaban de
ser apaleados y heridos y muertos. Es cosa verdaderamente singular. Los
versos de Rostand resuenan en el teatrito:
En revenant de Danemark
Vous avez, pour gagner ce parc
Passé devant chez Jeanne D'Arc...
La tierra de Juana de Arco, con la tierra que se ha tragado a la
desventurada Polonia. El grande anciano de la lesnaia-Polonia lo acaba
de aclamar a los cuatro vientos de la justicia y de la verdad: la unión
entre Francia y Rusia es un enorme absurdo y una mentira colosal.
* * * * *
Pedro el grande, que era inculto, hasta limpiarse los dedos en los
trajes de sus vecinas de mesa, vino aquí a observar civilización: la
observó, junto con la cara de la hábil viuda Scarrón. El abuelo del
actual zar, Alejandro I, vino también, pero con otro objeto, después
de Austerlitz, después de Friedland, después de Eylau y después de
la paz de Tilsit; vino en compañía de los Borbones, y entonces no se
le cantaron marsellesas. Alejandro II vino o estrechar amistades con
Napoleón III, lo que no obstó para que en el 70 la Francia estuviera
sola. Alejandro III no vino, pero dice que dijo estas palabras: «La
Francia debe ser grande, para que la Rusia se desarrolle. La Rusia debe
ser fuerte y armada hasta los dientes, para que la Francia viva en
paz». ¿No creeríais oir en el cuento de Perrault el toc, toc, toc, del
lobo en la puerta de la cabaña? Nicolás ha venido porque ama a Francia,
dicen unos; otros, porque quiera saber cómo está de armas el aliado;
otros, por un empréstito. Este joven zar aseguran que, siendo niño,
al ver un álbum con vistas de París, exclamó: «_¡oh comme je voudrais
la visiter!_» Quizá sea París su fascinación, y como el gran rey crea
que bien vale una misa. París le ha correspondido. Ni en sus Lividias,
Petersburgos y Vladivostocks; ni cuando siendo zarewich recorrió medio
mundo, encontró nunca acogida tan formidablemente satisfactoria cual
la que le brindó París en su primer viaje. Por todas partes va regando
frases que halagan el amor propio francés. Y cuando el metropolita de
San Petersburgo, Paladius, le casó con la princesa Alix, la mujer que
tomaba era, según se cuenta, una adoradora de Francia. Cuando la visita
a esta capital, Nuestra Señora de París recibió como correspondía a
los devotos de Nuestra Señora de Kazan. Hasta se ha encontrado una
descendencia francesa a Alix de Hesse. Una hija de Santa Isabel de
Hungría se casó en el siglo XIII con Enrique el Magnánimo, duque de
Brabante y príncipe de la casa de Lorena. Hijo de ellos fué Enrique
el Niño, quien abandonó el ducado y fué a Hungría, donde fundó una
rama nueva que fué después la casa de Hesse. La genealogía tiene más
utilidad y oportunidad de lo que aparenta. Es una dulce y bella mujer
la zarina de Rusia que está al lado de su esposo como un escudo de
marfil. Desgraciadamente, ¿no era hecha de marfil y rosas fragantes
y de espirituales perlas, aquella infeliz Elisabeth de Austria que
encontró en Ginebra, en su soledad errante, el puñal que va derecho y
no distingue?
¡Terrible vida la de un César como el zar eslavo! Aparte de las
víctimas que el anarquismo ha hecho y sigue haciendo por todos los
lugares de la tierra, tiene en su propio país la misteriosa sombra
del nihilismo, que duerme, pero no ha muerto; y el recuerdo de su
padre, el coloso Alejandro, despedazado por las bombas, debe venir a
cada instante a su mente, aun en los momentos del hogar y del amor.
Porque está visto que cuando llega la hora señalada por lo desconocido,
el príncipe de las Mil y una Noches, encerrado en su torre, muere
violentamente, y el monarca encuentra su asesino en su centinela o en
su ayuda de cámara. Parece que mientras mayor potencia opresora se
aglomerase arriba, por ley de presión, asciende la fuerza de abajo.
No vino esta vez a París el zar, claramente se mira, no porque no
tuviese deseos, o porque tan sólo hiciera su visita a la marina y
al ejército, como lo dió a entender en el brindis de Bhéteny el
presidente; no vino porque la policía rusa no lo quiso consentir de
ninguna manera, porque hay muchos rusos vigilados en París, y porque
de donde menos se pensara podía brotar la certera locura de cualquier
libertario.
Porque: es bella y triunfante una coronación cuasi divina bajo el
amparo del Santo Sínodo, en ceremoniales que recuerdan la prestigiosa
Bizancio que Jean Lombard ha evocado de tan magnífico modo; es bello y
grandioso el dominar el imperio más potente del globo, y ser aún, en el
siglo XX, las dos divinas mitades de que habla Hugo, papa y emperador;
son soberbias las excursiones a Livadia, y la mirada omnipotente
sobre el mar Negro, y la caza del oso con parientes de real sangre;
es dulce e imperial tener por esposa una animada y rubia figura de
icono, «ser que parece que anda en las nubes», ser nefelibato; tener
como guardias dorados gigantes, rudos y pomposos heiducos; comer a la
mesa más exquisita del mundo; poder lanzar hordas de cosacos como los
hunos de Atila, cabalgar con los húsares de Grodno o con los soldados
del Preobrajensky; poseer el Kremlin en Moscú, el Palacio de Invierno,
el Anichkoff y el Ermitaje en Petersburgo; y el Tsarkeio-Selo, y el
de Peterhof, Versalles ruso; ser saludado «padrecito» por el mujick,
cuando se va en el chato drosky o en la rápida troika; reunirse con
la familia de coronas y diademas en la mesa del «suegro de Europa»,
allá en Fredensborg; tener por antepasados a los majestuosos Romanoff,
autócratas de hierro; reposar en la Casa de Pesca en Finlandia, a la
orilla del río lleno de peces como de oro y plata; recibir de más de
120 millones de hombres, en lenguas distintas, el respeto y la casi
adoración como _Imperatorkij Goubernator_ y como cabeza de la iglesia;
y todo eso para estar en el continuo cuidado de un condenado a muerte
que no sabe si logrará el indulto... estas cosas son la sonrisa de la
Boca de Sombra.
En el 98, por orden del emperador Nicolás, decía el _Messager Oficiel_,
de Saint-Petersburgo, que «el mantenimiento de la paz general y una
reducción posible de los armamentos excesivos que pesan sobre todas las
naciones, se presentan en la situación actual del mundo entero, como
el ideal a que deberían tender los esfuerzos de todos los gobiernos.
Los deseos humanitarios y magnánimos de su majestad el emperador, mi
augusto amo, están allí enteramente dirigidos. En la convicción que
ese elevado fin responde a los intereses más esenciales y a los votos
legítimos de todas las potencias, el gobierno imperial cree que el
momento presente sería más favorable a la rebusca, en la vía de la
discusión internacional, de los medios más eficaces para asegurar
a todos los pueblos los beneficios de una paz real y durable, y a
poner ante todo un término al desarrollo progresivo de los armamentos
actuales. Penetrado de ese sentimiento, su majestad se ha dignado
ordenarme proponer a todos los gobiernos cuyos representantes están
acreditados cerca de la corte imperial, la reunión de una conferencia
que habría de ocuparse en ese grave problema.
»Esta conferencia sería, con la ayuda de Dios, de un feliz presagio
para el siglo que va a empezar; ella juntaría en su haz poderoso
los esfuerzos de todos los Estados que buscan sinceramente hacer
triunfar la gran concepción de la paz universal, sobre los elementos
de perturbación y de discordia. Ella cimentaría al propio tiempo sus
acuerdos por una consagración solidaria de los principios de equidad y
de derecho sobre los cuales reposan la seguridad de los Estados y el
bienestar de los pueblos.» De allí el Congreso de la Haya. ¿Qué salió
de esa conferencia en la capital de la fresca Guillermina? Inglaterra
saltó sobre el Africa del Sur; Alemania agarró más fuertemente la
Alsacia y la Lorena; Francia apuró sus fábricas del Creusot; la China
fué «castigada» por la pacífica y civilizadora Europa; y hoy Nicolás,
cuyo ferrocarril transiberiano conduce las más sanas intenciones, viene
en visita de paz, a admirar marinos y soldados, nuevos armamentos y
nuevas invenciones para matar mejor. Los perros de la destrucción y de
la muerte están mejor amaestrados que nunca: _Death and destruction
dog_... dice Shakespeare. El sueño de la paz universal queda reducido
a espuma en esa revista de Reims, tierra florida de dulce vino de
champaña. Allá en las largas estepas, en las chozas de los pobres,
la figura del zar es colocada al lado de la milagrosa panagia, y San
Félix Faure está a su lado. Rusia, Francia, Alemania, Inglaterra, los
amenazantes yanquis, el entero mundo civil está listo para la matanza y
para la rapiña. Los reyes, por más que busquen la paz, son siempre, en
la inmensa fauna humana, águilas, las águilas son pájaros de presa, son
carnívoras. Mas en lo hondo de la montaña misteriosa, en lo profundo de
los valles del porvenir, se oyen de cuando en cuando sones de cuernos,
ladridos, tropeles. Se mira en el Oriente como una alba terrible. Los
pueblos presienten algo: el presente está en cinta: y quién sabe si de
repente el hombre a tientas encontrará el camino que desde el principio
de los tiempos le tiene señalado la voluntad infinita, el Dios de todas
las razas y de todas las almas.
¡Entonces será tal vez el advenimiento de la Justicia y de la Paz!
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