VII

_Ludus._

O para decirlo en moderno, sport; o para decirlo en castizo, deporte.

Yo, por mi parte, nunca diré deporte; primero, porque así dicen los

puristas, y luego, porque esa palabra no quiere decir las fiestas de

agilidad y los concursos de fuerzas, que, en nuestros días, dominan el

aburrimiento de los desocupados del mundo.

_Ludus_ es en latín, y esto puede ya hacer que me perdonen ciertos

jueces que no me permito atender, sobre todo cuando voy a hablaros del

sport francés, asunto agradable.

Hay aquí desde hace tiempo un despertamiento de afición a las cosas

sportivas que tanto dan que hacer a los anglosajones, a punto que se

creería que ellos son los inventores. El ejercicio es humano; la fuerza

sorda es bárbara; la gracia en la fuerza es latina; la elegancia

es latina. Por eso se ha necesitado descender en el concepto de la

ornamentación personal hasta la chatura de nuestro tiempo, para que

Pool sea el árbitro de la sastrería masculina, y que la elegancia tenga

su papa en Londres. La elegancia es helénica y latina. Ella hace que

el gladiador busque un bello gesto para la muerte, y que al toro del

sacrificio se le pongan pámpanos y rosas en los cuernos. Ella hace que

los aspectos de los centauros y lapitas en el mármol de las metopas se

afirmen hermosos y decorosos.

No puede haber comparación, sino para mengua de lo moderno, en el

concepto de la hermosura, entre los juegos antiguos que celebraba

Píndaro y los de ahora, que cantan el _Auto-Vélo_ o el _París Sport_.

Pero aun así, los actuales ejercicios y divertimientos ofrecen cuadros

y escenas de innegable atractivo. El teufteur, el pneu y los diversos

matchs de velocidad o agilidad, que hoy están de moda, entrarían

difícilmente en la oda. El automóvil ha encontrado un robusto poeta en

prosa en Paul Adam, y algún pequeño poeta ha celebrado a las varias

bellezas que se visten de oso y se ponen caretas extraordinarias para

ir a gozar de las delicias del torbellino de polvo, sobre el demonio de

caucho y hierro, fulminador de pavos, patos, gallinas y perros, cuando

no del desventurado peatón.

Otra vez he hablado de las carreras de caballos. Hoy se interesa

el público por las carreras de automóviles. «¡El caballo se muere!

¡El caballo ha muerto!» gritan algunos. Pero el Grand Prix no deja

de ser la fiesta por excelencia, y Auteuil y Chantilly y demás

lugares de hipógrifos con pedigree, se siguen viendo tan concurridos

como siempre. Un periodista afirma que «un simple Rothschild puede

franquear en una armazón eléctrica, en diez y siete horas y media,

la distancia que separa Stuttgard de París; es decir, setecientos

fulgurantes kilómetros, y eso en el momento mismo en que la pobre

Kizil Kourgan--ilustre yegua--hija de Eolo, gana el antiguo premio

de los hipódromos _vieux jeu_, y da vueltas ante el presidente de la

República. ¿Qué decís, oh días del corcel caro a Píndaro, y qué vais

a hacer? Triste sport de tortugas, ¿qué nos quieres? El Grand Prix de

París me parece tan lejano en la historia como las lupercales en honor

del dios Pan. Epsom, Longchamps, Auteuil y Chantilly, otros tantos

nombres que suenan a viejo régimen, viejos principios y _radotage_.

Yo estoy por los pneus, por los teuf-teufs, por los _autos_,--y los

express son nuestras diligencias.» A lo cual otro le contesta que el

automóvil no es para todo el mundo, pues hay que ser rico para pagarse

las delicias de los 100 por hora. No ha llegado tampoco el tiempo

en que el caballo sea únicamente un comestible en las carnicerías

hipofágicas. «Creemos, dice el bravo defensor del animal poético que

relincha en Job y galopa en Virgilio, creemos que los _autos_ no

reemplazarán jamás nuestra caballería armada, la cual, con las actuales

máquinas de guerra y con las que nos prepara el porvenir, se hacen más

y más indispensables. Esas solemnidades hípicas cuya ironía os parece

risible, son, pues, más útiles y de un orden más elevado que nunca,

y el día que anunciáis en que se abolirán las corridas de caballos,

mientras el caballo volverá a las pampas; el día, en fin, en que «los

coraceros cargarán en triciclos a petróleo»--no es broma, eso está en

el artículo--ese día encontrará mejor su lugar en carnaval que aquel

predicho por vos, en que «el caballo gordo, despacio, coronado de

pámpano, mitológico y comestible», desfilará por el bulevar. El mismo

Paul Adam ha preconizado la potencia destructora de los automóviles de

guerra, y lo que se creía una imaginación suya se ha visto confirmado

por la opinión de revistas técnicas y algún ensayo práctico en el

ejército inglés. Pero nada le quitará al caballo su triunfo estatuario

y su belleza lírica. No hay que olvidar que Pegaso es caballo.

* * * * *

El ping-pong revoluciona las horas del salón, sin el encanto del

aire libre del lawn-tennis. Pero vino de Inglaterra y vence. La

pesca tiene sus aficionados, los de la paciencia inaudita con caña,

y los de la red, a _l'épervier_ en los ríos cercanos, sobre todo en

el amable Marne; o en el mismo Sena, o en Lagny, Andresy, Chelles o

Poissy. El caballo de silla tiene sus campeones y amadores, como ese

pobre millonario, el joven Sterne, sobrino del pintor Carolus Durad,

que acaba de matarse en un steeple. Hace poco se han efectuado los

steeples militares en Verie-Saumur, donde hará un año se ejercitaba

con lucimiento algún jinete argentino. Los concursos hípicos se

verifican en Vichy, Limoges, Roubaix, Brest, Rouen, Nancy, Poitiers,

Bologne-sur-Mer y Spa. Por lo general, son pruebas de obstáculos,

saltos de fosos, de barreras y de ríos. Son famosos los Habits-Rouges

de París. Y hay luego los tiradores de armas, desde los de la esgrima

de sala hasta los aficionados al cañón, que van a probarse en

Fontainebleau.

El jockey es un personaje; el pelotari aún figura; el maestro de billar

se hace nombrar; los _entraîneurs_ tienen como los Watson, de las

caballerizas Rotschild, sueldos de embajadores. Y aquellos hombrecitos

que corren los caballos, monos de seda, ligeros y osados, con los

colores tales o cuales, logran conquistas amorosas que tan solamente

tuvieron un tiempo los tenores, y que hoy pudieran apenas disputarles

los toreros. Dígalo ese muchacho yanqui, de diez y ocho años, Rieff...

Los concursos ciclistas van uno tras otro, en donde se ponen en liza

Meyers, Grogna, Ellegaard y cien más, cuando no negro prodigio, como

Major Taylor.

Los más a la antigua son los atletas. Desde la resurrección de los

famosos juegos olímpicos, hay todos los años campeones que, como

en la vieja Grecia, se disputan el lauro de la carrera, del disco,

del salto. Los triunfadores, en imagen, son popularizados por la

fotografía, como antes el bronce o el mármol en Pitia u Olimpia honraba

a los corredores, gimnastas o pancraciastas. En los vasos de Volci o

en la estatua de Mirón se admiran los antiguos cuerpos amacizados de

ejercicio y en posturas nobles y gallardas, que, por más que hagan, no

pueden igualar los gimnastas, luchadores y discóbolos de ahora. Antes

que el maravilloso estadio que inmortalizan las helénicas antologías,

lo que evocan, vencedores y todo, es la feria, el tablado de Neuilly,

las barracas anuales de los bulevares exteriores.

Otros son los del remo, como los que tuvieron también su celebración

de campeonato el día mismo en que se concluía la carrera automovílica

París-Viena y se verificaba la fiesta del Grand Prix de Paris Cycliste.

El Rowing Club proclamó a Roche y d'Helley campeones de Francia en

doble-scull; a Hiser campeón de los juniors en skiff, y a Prével

campeón de Francia en skiff. No hay la locura seria de los oxfordianos

y cambridgianos; los aficionados se ejercitan con pasión, pero no con

la decidida convicción patriótica que los colegas de ultra Mancha.

* * * * *

¡Ah! y esa carrera París-Viena, ¡lo que ha dado que hablar! No hay

carrera de esas en que no haya su muerto, o cuando menos su herido.

Como los que tienen automóvil son gentes de fortuna, nobles o

burgueses, sucede que los anarquistas tienen en la máquina violenta

una colaboradora de más de la marca. Ya van varios millonarios muertos

por la pasión de la velocidad. Aquí sí que confunden precipitación

con velocidad; y así un Cahan d'Anvers fué lanzado por su _auto_ a la

otra vida; y Vanderbilt estuvo el otro día en gran peligro de perder

la suya; y muchos otros eminentes automovilistas, aun testas coronadas

como el rey de Italia, han pasado por ciertos peligros que el modesto y

elegante caballo, y aun mejor el vehículo de San Francisco, no ofrecen

a quienes se dedican a ellos.

No niego que hay su belleza en el automóvil, y que una vez puesto

uno en la silla, se va ensanchando Castilla delante del armatoste

formidable y no se acuerda uno más de los aplastados, desde el momento

en que se siente aplastador. La gloria de ir como en un vuelo fabuloso,

dominando el espacio en un monstruo casi mitológico o bíblico, puesto

que ha habido quien crea que Eliseo al dejar su manto lo hizo yéndose

en un automóvil _avant la lettre_; el placer físico de la ligereza,

de sentirse liviano como el aire mismo, son cosas innegables, pese a

los que, como yo, no pueden ver pasar una máquina de esas sin cierta

sublevación de ánimo. Pero, tal como se usa, es un placer inestético

y sucio. Inestético, porque jamás la mejor _dion_ o _mercedes_, o

_deschamps_, equivaldrá en gracia y elegancia a un soberbio carruaje

tirado por tronco más soberbio aún de brillantes caballos; y porque

para hacer esas vertiginosas caminatas hay que vestirse de máscara, con

inusitados balandranes o capas esquimalescas; y sucio, porque mientras

no se rieguen con petróleo todos los caminos del mundo, el que se

atreva a correr parejas con el huracán resultará lleno de polvo, negro

de tierra, incómodo y feo. Y luego, es un sport para privilegiados. La

más barata máquina cuesta cuatro mil, seis mil, y ocho mil francos. Las

hay de cincuenta mil, de cien mil, y no sé si de doscientos mil. Y no

todos somos el cha.

Todo sport tiene su encanto, su placer relativo; natación, caza, pesca,

remo, duelos a primera sangre, billar, turf, teuf-teuf y compañía El

placer está en no llegar a la exageración, en no romperse el alma por

hacer 101 kilómetros; el no ahogarse por querer pasar el Canal de la

Mancha; el no pescar una insolación antes que una trucha, caña en mano.

El ejercicio y la distracción hacen más amable la vida con tal de que

ésta no se exponga inútilmente.

Si el perilustre Mr. Vanderbilt, conocido del payo Roqué, me

dijese.--«Voy a regalar a usted un automóvil, y va usted a hacer 103

por hora», yo le contestaría:--«Muchas gracias, Mr. Vanderbilt, J'aime

mieux ma mie ô gue! J'aime mieux ma mie!»

[Ilustración]

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La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I · 第 10 / 34 题