Los timbres cesaron en su repiqueteo insoportable. Había empezado la
sesión. Un secretario, de pie en la tribuna, leía con atiplada voz
entre la general indiferencia. El ministro de Hacienda, hojeaba en
el extremo del banco azul voluminoso legajo de papeles. Dos o tres
diputados, reclinados sobre los pupitres, escribían. Otros charlaban
entre sí delante de las puertas o apoyados en la barandilla de la
tribuna.
—¿Se aprueba el acta? —preguntó el secretario sin levantar la vista—.
Queda aprobada —continuó sin esperar respuesta. Y siguió leyendo con su
machacante tonillo de chico de escuela.
Algunos diputados entraban en el salón y se sentaban gravemente en los
escaños después de saludarse como buenos y antiguos compañeros.
—El señor Ruiz tiene la palabra —dijo el presidente con voz grave.
—Para rogar al Congreso que tome en consideración la proposición que
acaba de leerse —contestó un joven alto levantándose a medias del
asiento.
—¿Acuerda el Congreso tomarla en consideración? Queda tomada en
consideración. Pasará a las Secciones para el nombramiento de la
Comisión correspondiente.
Otros diputados hablaron después para apoyar nuevas proposiciones.
Nadie los oía. Únicamente el secretario, con su voz atiplada, aseguraba
muy formal que el Congreso las tomaba en consideración y que pasarían a
las Secciones.
Después habló durante largo rato un señor calvo, pero en voz tan baja
que nadie logró entenderle. Bien es verdad que a nadie preocupó su
discurso. Cuando lo terminó, el ministro de Hacienda se levantó, y con
los puños apoyados sobre el legajo, para no perder la señal, dijo muy
amable que tendría sumo gusto en poner en conocimiento de su compañero
el señor ministro de Estado el ruego de su señoría. En seguida volvió a
sentarse y siguió hojeando los papeles.
—¡Oh, qué estúpido es esto! —exclamó en la tribuna de la prensa un
muchacho delgaducho y barbilampiño, el más joven de los que allí se
encontraban—. ¡Qué estúpido es esto! —añadió golpeando furiosamente
el lápiz contra el pupitre—. ¿Puede darse nada más estúpido que el
principio de una sesión de Cortes? ¡Ea, yo me voy! ¿Quién quiere que
le convide a café?
Y como al volver la cabeza su mirada tropezara con Luis, que entraba en
aquel momento, se dirigió directamente a él.
—Gener, le invito a usted a café.
—Acepto con muchísimo gusto.
—Soy con usted en seguida. Espere usted que termine estas cuartillas
para la edición de la tarde. «Varios diputados apoyan proposiciones y
formulan ruegos de interés local». ¡Bueno, ya está! Oiga usted, Pérez;
si hubiera algo saliente, ¿quiere usted hacerme el favor de meter un
calco?
—¡Qué oficio más cochino y más perro!, ¿eh? —siguió diciendo una vez
sentado delante de la taza de café con leche que el mozo les sirvió—.
¡Le aseguro a usted, Gener, que tengo más ganas de perderle de vista!
¡Es el oficio más antipático que conozco! Todos los días lo mismo.
Por supuesto que, como habrá usted visto, a mí esos tíos no me dan la
lata. Yo no me mato en el extracto, ni muchísimo menos. El que quiera
peces... Qué, ¿cuándo se estrena esa obra? —preguntó variando de
conversación—. Me han dicho que ha terminado usted una comedia; ¿para
dónde?
—Para el Español: la entregué precisamente ayer.
—Eso es bueno, eso es bueno. Ahí es donde está el dinero. Supongo que
me avisará cuando comiencen los ensayos.
Un joven extraordinariamente pálido se acercó a ellos.
—¿Qué hay de esa proposición incidental?
Los dos periodistas le miraron sorprendidos.
—¡Cómo! ¿No lo saben ustedes? ¡Pues ahí es nada! ¡Friolera! —y
sentándose a su lado, les puso al corriente—. Le han descubierto a
Sánchez Cortina un... —iba a decir un chanchullo, pero al recordar
que Luis era redactor de su periódico, cambió la palabra por otra
más suave— un grave error en un expediente sobre concesión de cierto
ferrocarril de vía estrecha. Parece que se ha prescindido de algunos
trámites necesarios, que se ha resuelto en contra de informes técnicos.
Varios diputados han examinado el expediente, y, en efecto, parece
que la cosa no está muy clara, tan poco clara, que esta tarde se
presentará, como decía a ustedes, una proposición incidental pidiendo
que se depuren los hechos.
—¡Bah, eso no tiene importancia! —dijo Luis sonriendo—; Cortina es
hombre que sabe defenderse.
—Como que es un tío muy listo —agregó el barbilampiño.
—No hay listeza que valga ante la gravedad de las cosas. Porque aquí
lo verdaderamente grave es que muchos ministeriales han asegurado que
votarán la proposición.
—En efecto, eso ya es más grave.
—¡Toma! Como que no le queda más remedio que irse.
—¿Usted cree?
—Y todo el mundo, querido; la crisis es inevitable.
Y se marchó ufano, contentísimo por haber podido comunicar noticia de
tan transcendental importancia.
El joven barbilampiño se marchó también escapado.
—¡Caramba, las cuatro y media! Estarán ya discutiendo presupuestos.
Luis se levantó igualmente para ir en busca de impresiones. En la
puerta del _buffet_ tropezó de nuevo con el joven pálido.
—Sí, amigo mío; la crisis se planteará probablemente esta misma tarde.
Yo, la verdad, lo siento por usted, porque según tengo entendido,
Sánchez Cortina no ha cumplido su palabra.
—Cortina está siempre cumplido conmigo.
—No sea usted tonto, los amigos son para hacer favores; de lo
contrario, pueden irse a paseo. Lo que debe usted hacer es pedirle esta
misma tarde una credencial; que la firme en el testamento; eso es, en
el testamento.
Y se marchó atropelladamente para interrogar al ministro de Estado, que
en aquel momento salía del salón de sesiones.
Luis quedó en los pasillos, desconcertado. ¿Sería posible que Sánchez
Cortina dejara la cartera? Adiós credencial, adiós esperanzas de
destino, adiós ilusiones de mejorar de situación; continuaría lo mismo,
es decir, peor, porque lo probable era que en el periódico volvieran a
la reducción de sueldos, al atraso en las pagas... Sí, sí; era preciso
hablar con Cortina para que le nombrase en el testamento.
Se aproximó a una de las puertas del salón y miró por entre los
biombos. No había cuarenta personas.
Toda la animación estaba concentrada en el salón de conferencias.
Se hablaba, se discutía acaloradamente con frases duras y ademanes
vivos. Se comentaban en diversos tonos los términos de la proposición
incidental que iba a leerse en breve, haciéndose cálculos más o menos
aproximados acerca del resultado de la votación. Todos, absolutamente
todos, convenían en que la crisis era inevitable. No era posible que
Sánchez Cortina pudiera continuar un momento más en el banco azul.
Hacía un calor insoportable. Luis se marchó de allí.
Al final del pasillo, cerca ya de la puerta de la calle del Florín,
encontró a Mínguez. Este se contentó con saludarle desde lejos; pero
viendo que el periodista iba derecho hacia él, avanzó también y le
tendió la mano. Estaba pálido, muy pálido, demacrado, ojeroso, con un
aspecto, en fin, tan extraño en toda su persona, que Luis no pudo por
menos de preguntarle:
—¿Qué le pasa a usted? ¿Está usted malo?
—Sí, en efecto, no me encuentro bien; me duele mucho el estómago
—contestó balbuciendo.
¡Pobre hombre! Quizá tuviese hambre.
—¿Ha comido usted? —preguntó Luis bruscamente, sin detenerse a pensar
si esta pregunta podía o no lastimar su amor propio, llevado solo de un
noble sentimiento de compasión y caridad.
—Sí, acabo de hacerlo en este momento.
—¿De veras?
—De verdad.
—Con franqueza; mire usted que sentiría muchísimo que por un exceso de
delicadeza rechazara usted una oferta que le hago con toda mi alma.
—Gracias, Gener, muchas gracias; es usted un buen amigo; pero he comido
ya.
—Venga usted entonces a tomar una taza de café.
Y trató de cogerle del brazo. Mínguez dio vivamente dos pasos atrás, y
repuso con voz alterada:
—No, no, muchas gracias; no me es posible ahora.
—¿Qué tiene usted que hacer?
La pregunta debió contrariarle, porque en el momento no supo qué
contestar. Por fin, con frases entrecortadas, vacilantes, como el que
teme revelar un secreto, exclamó:
—He venido a buscar a una persona para tratar de un asunto que me
interesa, ¿sabe usted?, de un asunto importante.
Se comprendía claramente que aquel hombre mentía. Pero ¿por qué? ¿Qué
interés podía tener en mentir de este modo? Y se le quedó mirando de
hito en hito, tratando de adivinar sus pensamientos.
Mínguez, por su parte, esquivó la mirada ocultándose en la sombra que
proyectaban los rojos cortinones, cerrando cuanto le era dable los
embozos de su capa raída. Luis no le perdía de vista.
—¿Qué, trabaja usted mucho?
—Bastante.
—¿En el periódico?
—Sí, siempre en el periódico.
—¿Cuántos son ustedes?
—Ahora solo dos, el director y yo. Los demás compañeros están en la
cárcel.
—¿Todavía?
—¡Oh, y lo que estarán! Nos persiguen a muerte.
—¿Sí?, ¡caramba!; pero ¿y ustedes?
—Nosotros... —Sus ojos brillaron un instante con fulgor intenso.
Pero solo fue un instante; en seguida recuperó su aspecto abatido—.
Nosotros, ya lo ve usted, ahora no hacemos nada, estamos completamente
tranquilos.
—En efecto; hace ya tiempo que no habla usted en ningún mitin.
—Los mítines no sirven para nada.
—Sí, es verdad —exclamó Luis riendo jovialmente—: es preciso hacer
algo, ¿no es eso?, algo muy gordo. ¡Qué! ¿Cuándo nos sueltan ustedes
una bombita?
Por muy dueño que fuera Mínguez de sí mismo no pudo evitar un brusco
movimiento; sus mejillas se encendieron, y ocultándose más en la sombra
cerró con precipitación los embozos, con tal atropellamiento, que Luis
hubo de advertirlo.
—¿Qué llevará debajo de la capa? —se preguntó extrañado.
Una sospecha horrible cruzó por su imaginación. ¡Si aquel hombre
querría...! Pero la misma enormidad de la sospecha le hizo rechazarla.
¡Imposible! Era demasiada barbaridad.
Sin embargo, había para sospechar. Sus inquietudes, sus vacilaciones,
sus antecedentes, sus ideas exaltadas, el mismo aspecto de su persona,
su capa raída, su corbata deshilachada, su sombrero grasiento, sus
barbas hirsutas y, sobre todo, su cara, aquella cara de hambre. Un
individuo que tiene hambre es capaz de todo.
—¿Quiere usted un cigarro? —exclamó no sabiendo cómo abordar la
cuestión y por si con aquel procedimiento conseguía que abriese la capa.
—No, gracias; no tengo ganas de fumar ahora.
Y siguió retrocediendo, ocultándose siempre detrás de las cortinas.
Las sospechas de Luis aumentaban. Decidido a salir de dudas, fuese como
fuese, se acercó a él y como inadvertidamente, le dio un golpe en el
pecho. Su mano tropezó con un objeto duro y redondo.
—¡Demonio! ¿Qué lleva usted ahí? Un queso de bola.
Mínguez se puso horriblemente pálido.
Luis no dudó ya. Cogió al anarquista de un brazo, y sacudiéndole
nerviosamente le dijo:
—¡Miserable! ¿qué va usted a hacer?
—¿Yo?, ¿yo? ¿Por qué me dice usted eso?
—¿Qué lleva usted ahí?
—Nada.
—¡Miente usted! usted lleva ahí una bomba, y yo voy ahora mismo a
denunciarle.
Un relámpago de cólera encendió las pupilas de Mínguez; pero,
reponiéndose, contestó con voz completamente serena:
—Haga usted lo que guste.
—Pues bien; no le denunciaré a usted, no le denunciaré porque tengo la
convicción de que es usted un loco; pero sí impediré que pueda usted
cometer ninguna infamia. ¡Márchese usted, márchese en seguida, no vaya
a ser que me arrepienta! ¿Pero no me oye usted? —agregó sacudiéndole
violentamente al ver que no se movía—. ¿No oye usted que le digo que se
vaya en seguida?
El otro bajó la cabeza, y contestó con desaliento:
—¿Para qué?
Luis le miró asombrado.
—¡Cómo que para qué! Para no cometer la atrocidad que proyectaba.
Para salvarse, sí, para salvarse; lo mismo que yo he descubierto sus
intenciones, pueden descubrirlas otros. ¡Ah, y esos otros no serán tan
benévolos!
—¡Qué más da! Si me marcho, volveré.
Había tal convicción en sus palabras, que Luis se estremeció. Un
latigazo de frío le sacudió de pies a cabeza.
—Lo he jurado y lo cumpliré. Déjeme usted, Gener, déjeme usted.
—¿Pero está usted loco? ¿En qué cabeza cabe que yo le voy a consentir
que cometa esa infamia? Porque eso es una infamia, una verdadera
infamia. Esa bomba puede aniquilar culpables, pero puede también
destruir vidas inocentes, ciudadanos honrados, hombres que tienen
hijos, hijos que dentro de unas horas llorarán de desesperación
llamando a su padre. Usted también los tiene, Mínguez; piense usted qué
será de ellos el día de mañana cuando les digan que su padre fue un
criminal y un asesino.
Mínguez bajó la cabeza confuso. En los bordes de sus párpados asomaron
dos lágrimas. Luis lo notó y quiso aprovechar el momento.
—¡Váyase usted, váyase usted! —añadió empujándole—, váyase en seguida.
—No puedo, no me atrevo. Me asusta atravesar ese pasillo y, sobre todo,
la puerta. Me parece que me lo van a conocer en la cara. Y además,
estoy seguro de que si saliera, una vez en la calle volvería a entrar.
—Yo le acompañaré a usted. Conmigo no le dirán nada.
—No, no me atrevo. Si pudiera dejarla aquí... —exclamó mirando
alrededor.
Se encontraba en medio del pasillo, frente a los _water-closets_.
—¡Demonio!, aquí es muy expuesto. Puede verle a usted cualquiera.
—Sí, en uno de estos retretes...
—No es mala idea, pero espere usted un momento, voy a ver qué hay por
ahí.
Se asomó al extremo del corredor y miró. No había nadie. En la puerta,
el ujier y los guardias civiles charlaban muy entretenidos con una
linda muchacha. En el pasillo, dos o tres periodistas, reclinados en la
pared, fumaban tranquilamente repasando las notas de sus cuartillas.
La sala de escritura estaba vacía. Los diputados se hallaban todos
en el salón. Por un momento tuvo Luis la idea de salir corriendo,
de marcharse, de dejar a Mínguez que se las arreglase como pudiera.
Pero el temor de que este al encontrarse solo pusiera en práctica su
propósito, le hizo retroceder y volver a su lado.
—La suerte le favorece a usted. Deben estar ocupados con la proposición
incidental. Vamos, aproveche usted; ¡pronto, pronto!
El anarquista entró en uno de los retretes y volvió a salir en seguida.
—Ya está; ¿no me ha visto nadie, verdad?
—No, nadie.
Los dos temblaban de pies a cabeza, nerviosos, excitados.
—¡Vaya, márchese usted!
—Adiós, amigo mío, adiós y muchas gracias.
Le dio un fuerte apretón de manos y se marchó por la calle del Florín
limpiándose los ojos. Ni el portero ni los guardias, entretenidos con
la linda doncella, se fijaron en él.
Luis permaneció todavía unos instantes en el pasillo. Las piernas le
flaqueaban; un sudor frío inundaba todo su cuerpo. Cuando se hubo
tranquilizado un poco se dirigió a la puerta de entrada del salón y
preguntó a uno de los ujieres:
—¿Han leído ya la proposición incidental?
—Todavía no, señor Gener; están aún con presupuestos.
El joven escribió rápidamente una tarjeta y se la dio al ujier,
diciéndole:
—Hágame usted el favor de pasar esto en seguida al señor ministro de
Agricultura.
La tarjeta decía: «Deje usted todo lo que tenga y salga. Se trata de un
asunto grave y urgente». Y esperó.
Sánchez Cortina salió en seguida.
—¿Qué es eso? ¿Qué quiere usted? —preguntó malhumorado.
En dos palabras Luis le puso al corriente de lo sucedido.
—Perdone usted que me reserve el nombre de ese infeliz; es un pobre
desequilibrado, padre de familia, a quien no quisiera que le sucediese
nada malo. Pero es preciso recoger esa bomba antes de que se entere
nadie. Hay que evitar el escándalo, ¿no le parece a usted?
Sánchez Cortina había escuchado el relato con vivísima atención, sin
despegar los labios. Cuando el joven terminó de hablar, le cogió de un
brazo, y llevándole a un rincón le preguntó en voz baja:
—¿Se ha enterado alguien de esto?
—Nadie absolutamente.
—Bueno, pues es preciso que usted lo olvide lo mismo, ¿estamos? Desde
este instante se le ha olvidado a usted todo.
Lo dijo con tal tono de autoridad, que Luis no osó replicarle.
—¿En qué retrete está esa bomba?
—En el primero de la derecha.
—Está bien; márchese usted a la tribuna.
—¿Va usted a disponer que la recojan?
Sánchez Cortina se echó a reír y contestó:
—¡Ca, hombre! Voy a recogerla yo mismo.
* * * * *
Diez minutos después, todo era agitación en el Congreso. Los porteros
no dejaban salir a nadie. Los guardias civiles recorrían los pasillos,
los salones, las tribunas, mirando, escudriñando, oliendo, como perros
pachones. Diez o doce personas fueron detenidas e incomunicadas.
Los diputados entraban y salían precipitadamente. Los periodistas,
inquietos, se miraban los unos a los otros. Nadie sabía a punto fijo
qué es lo que pasaba, pero todo el mundo comprendía que pasaba algo
gordo. Una frase comenzó a correr de boca en boca.
—¡Una bomba, han colocado una bomba!
Sánchez Cortina entró en el salón de sesiones con las manos vendadas.
Los ministros y muchos diputados le rodearon. Él, con ademanes vivos
y expresivos gestos, explicaba algo. El presidente del Consejo
conferenció con el presidente de la Cámara.
El secretario leía en aquel instante la proposición incidental. Nadie
le oía. Toda la atención del Congreso estaba fija en las manos vendadas
del ministro. Con grande asombro de todo el mundo, el presidente agitó
la campanilla y dijo:
—Antes de conceder al señor Puig la palabra para apoyar la proposición
incidental que acaba de leerse, la presidencia cree que debe dar cuenta
al Congreso de un desagradable incidente que acaba de ocurrir.
Los diputados se miraron los unos a los otros. Cesaron todos los
rumores. Un silencio augusto se apoderó de toda la sala.
El presidente con grave y reposada voz continuó:
—Señores diputados: una mano criminal ha querido hacer del día de hoy,
día de luto y de desolación para todos nosotros. Una bomba de dinamita,
una de esas máquinas malditas que la perversidad de los hombres ha
inventado para aniquilarse mutuamente, ha sido colocada en uno de los
_water-closets_, ya que la vigilancia de los empleados del Congreso ha
impedido en otro sitio, con objeto de volar el edificio de la casa del
pueblo. Una circunstancia providencial ha hecho que el señor ministro
de Agricultura la descubriese cuando ya la mecha tocaba a su término,
cuando iba a ser inevitable la catástrofe. Y el señor ministro, con un
arrojo y una temeridad increíbles, con un valor y un desprendimiento
por todas razones dignos de encomio, con un desprecio de su propia
vida, que jamás se estimará lo bastante, se arrojó sobre ella y le
arrancó la mecha. Yo, señores, no encuentro en este momento palabras
para enaltecer la acción del señor ministro de Agricultura que, con
exposición de su propia existencia, ha salvado quizá la de todos
nosotros. Yo os pido, y creo interpretar fielmente los sentimientos de
toda la Cámara, un voto unánime de gracias para el señor ministro.
Una salva de aplausos contestó al discurso del presidente.
Sánchez Cortina se levantó, y con voz temblorosa, emocionada, dio
las gracias al Congreso. Nuevamente explicó lo ocurrido, al parecer
quitándole importancia, pero haciendo, en realidad, resaltar los
detalles. Él agradecía desde lo más íntimo de su alma aquellas pruebas
de cariño y de simpatía, tanto más de estimar cuanto que su acción no
había tenido valor alguno. Él estaba seguro de que todos, absolutamente
todos, en su caso, habrían hecho lo propio. Y por lo que se refería
a las heridas que tenía en las manos, aquello no valía la pena;
pequeñas quemaduras producidas por la mecha ardiente. ¡Ah! entre las
muchas heridas que los hombres públicos están expuestos a sufrir en
cumplimiento de su deber, ¡ah!, no eran aquellas, no eran seguramente
aquellas, las que más le dolían...
Otra salva de aplausos cerró su discurso. Los firmantes de la
proposición incidental se mordieron los labios.
El presidente del Consejo habló también breves momentos para decir que
el Gobierno tenía ya las señas de los terribles criminales, y que en
breve serían detenidos.
Y los jefes de los partidos parlamentarios se creyeron igualmente en
el deber de pronunciar su discursito de plácemes y elogios al señor
ministro. Y el señor ministro tuvo otra vez que levantarse para volver
a agradecer aquellas sinceras demostraciones de cariño.
El presidente agitó la campanilla y dijo:
—El señor Puig tiene la palabra para apoyar la proposición incidental.
El señor Puig se levantó, y en su nombre y en el de los firmantes rogó
a la presidencia que la diese por retirada.
—Queda retirada la proposición incidental —dijo el presidente—. ¿Hay
algún señor diputado que tenga pedida la palabra?
Los diputados no le oían; comentaban en alta voz el suceso. Alrededor
del banco azul, un grupo numeroso se afanaba por estrechar las manos
vendadas del ministro.
—No habiendo ningún señor diputado que tenga pedida la palabra, la
Mesa acuerda pasar a otro asunto. Orden del día para mañana. Continúa
la discusión de los presupuestos generales del Estado y demás asuntos
pendientes. Se levanta la sesión.