Al llegar al límite de los merenderos se detuvo un instante para
mirar atrás. Nadie la seguía. Cobró aliento y continuó andando; pero
a los pocos pasos cambió de idea, retrocedió, torció súbitamente a la
derecha y se metió entre los árboles de la Florida, oscuros ya bajo
las sombras del crepúsculo. Vio a sus pies serpentear una vereda y
por ella entró resueltamente, sin preocuparse de adónde iría a parar.
Últimamente, esto ¿qué importaba?; la cuestión era huir lejos, muy
lejos, lo más lejos posible, donde no pudieran encontrarla los que,
a no dudarlo, debieron salir en busca suya. Este era el único temor
que la sobresaltaba. Por lo demás, no sentía remordimiento alguno. Si
cien veces se encontrara a Petrita de nuevo en su camino, cien veces
volvería a herirla lo mismo que la hirió. ¿No era Manolo suyo? ¿No
se lo había ella quitado? Pues al castigarla no había hecho más que
defender lo suyo. Justicia era, no venganza; merecido el castigo,
noble el golpe, cara a cara y frente a frente y habiéndolo advertido
de antemano. Bien claro se lo dijo: «Ese hombre es para mí, y ¡ay de
aquella que quiera quitármelo!». ¿Por qué la otra había resistido?
¿Por qué en lugar de ceder vino con desplantes y provocaciones? «No
le dejo, es mío y no le dejo; por ese hombre doy yo hasta la vida».
«Pues toma, dala ya...». Y al recordar la escena, la rabia de los celos
mordió sus entrañas, y su brazo se extendió en el aire, amenazador,
con el puño cerrado, como si ante ella se alzase de nuevo la sombra de
Petrita. Al hacer este movimiento vio toda su mano salpicada de sangre,
sangre negra, coagulada ya. Estremecida de horror y repugnancia, la
ocultó prontamente entre los pliegues del vestido y aceleró el paso.
Conforme avanzaba iba reconociendo poco a poco el sitio. Recordaba
haber pasado por allí una tarde, hacía mucho tiempo. La vereda
desembocaba en el paso a nivel del ferrocarril, se cruzaba este,
y subiendo después por cuestas y desmontes se llegaba al paseo de
Rosales. Satisfecha con este descubrimiento, siguió andando cada vez
más de prisa; pero como viera de pronto un grupo de gente que venía
cantando trató de esquivarle, y abandonando temerosa la vereda entró
resueltamente por entre la hierba seca que bajo sus pies se quebraba
crujiendo. La noche llegaba. Las negras sombras de los árboles caían
silenciosas sobre el suelo como manchas enormes. Entre el encaje de las
copas brillaba lívido el disco de la luna. Nubes opalinas flotaban en
el cielo de un azul muy pálido. Sobre la masa del boscaje el crepúsculo
moría con tenue resplandor de hoguera que se extingue. Un cuco
preludiaba con tenacidad inaguantable su canto melancólico.
De pronto los árboles faltaron y se encontró en medio de un campo seco,
rubio como trigal recién segado. Al principio, esto la desconcertó un
poco, pero orientándose de nuevo, gracias a un esfuerzo de imaginación,
continuó andando hasta dar con la empalizada de madera que cerca la
vía, siguió por ella y adelante, siempre adelante, llegó al paso a
nivel.
La barrera estaba echada. Una locomotora iba y venía haciendo
maniobras. Tuvo que esperar dos minutos, dos minutos que a su
impaciencia parecieron dos horas. Por fin la máquina se alejó, pitando
con aflautados y lúgubres silbidos, se abrió la barrera y cruzó al otro
lado.
Una vez allí respiró con tranquilidad. Pareciole que estaba ya segura,
que nadie podía descubrirla, como si la débil barrera de tablas fuera
en realidad para sus perseguidores barrera infranqueable. No obstante
esta confianza, a cada paso detenía su ascensión por la pesada cuesta
para volver la vista y mirar hacia atrás.
La noche avanzaba. Bastantes estrellas titilaban ya en el azul que se
oscurecía lentamente. Sin embargo, por encima de la negra masa de la
Casa de Campo los resplandores del crepúsculo le enrojecían aún.
Cuando llegó al paseo de Rosales se encontró rendida. Aquella ascensión
por las empinadas pendientes habíala fatigado muchísimo. No tuvo más
remedio que sentarse en un banco a descansar un poco.
Entonces, solo entonces, comprendió su situación horrible. ¡Qué hacer,
dónde ir! A su casa... ¡imposible! ¿A casa de una amiga? Más imposible
aún. ¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¡Dios mío! Todo el valor que
hasta entonces tuviera, lo perdió de pronto, le faltaron los ánimos, le
faltaron las fuerzas, todo se convirtió para ella en motivo de espanto
y de terror: el silencio de la noche, la oscuridad del sitio, los
escasos transeúntes, el desorden de su traje, su mano ensangrentada...
—¡Dios mío, estoy perdida, perdida para siempre! —pensó horrorizada, y
tapándose la cara con las manos rompió a llorar.
Dos muchachitas, dos obreras, se le acercaron cariñosas.
—¿Qué le pasa a usted, joven? ¿Está usted mala?
Pero ella, sin contestarlas, se levantó del banco y echó a correr sin
volver la vista. Cruzó el paseo de Rosales, se metió por una calle que
no conocía, atravesó otra que le pareció la de Ferraz y siguió andando,
andando, andando cada vez más de prisa. Cuando jadeante abrió los
ojos, se encontró enfrente de la Cárcel Modelo. Un escalofrío nervioso
recorrió su carne desde los pies a la cabeza al reconocer el edificio;
su corazón latiole con violencia y sus rodillas se doblaron. Sin
embargo, haciendo un esfuerzo de energía, se alejó de allí.
Su situación se hacía cada vez más penosa. Sus piernas, no
acostumbradas a largas caminatas, se negaban a conducirla. Sus pies
delicados se arrastraban sobre las aceras, tropezando de continuo,
pisando en falso, lastimándose con dolorosas torceduras. A medida que
la noche avanzaba, tenía más miedo. Cada vez que los pasos de un
transeúnte sonaban detrás de ella, parecíale que iban a capturarla,
y sacando fuerzas de flaqueza apretaba el andar y salía huyendo,
escapándose por las esquinas, refugiándose en los portales, poseída de
indecible espanto.
¿Cuánto duró esta loca excursión? Nunca lo supo.
Nunca recordó por dónde había pasado aquella noche. Solo sabía que ya
tarde, muy tarde, al doblar una esquina se encontró de manos a boca
con una pareja de orden público. Dio un grito y se quedó parada. Los
guardias, creyéndola enferma, se acercaron solícitos a auxiliarla, y
viéndola temblar, la cogieron del brazo.
Ella se echó a llorar, y les dijo:
—¡No me pregunten ustedes nada!... ¡Sí, he sido yo..., he sido yo quien
la ha matado!