Quince días después, aprovechando una disparidad de criterio con
su compañero el ministro de Hacienda sobre concesión de un crédito
extraordinario para la extinción de la langosta, Sánchez Cortina
tuvo la habilidad de dejar la cartera de Agricultura, cuando todavía
vibraban en las columnas de la prensa los detalles gloriosos de su
heroica hazaña.
Diéronse con este acto por satisfechos los enemigos; cesaron envidias y
rencores; echose tierra al asunto de los ferrocarriles y el exministro
pudo estar seguro de que su reputación no sufriría menoscabo. Sin
embargo, para afirmarse más aún, anunció un viaje al extranjero con
objeto de descansar de las luchas gubernamentales y estudiar de paso
los problemas agrícolas, a los cuales pensaba dedicar en lo sucesivo
toda su atención de hombre público.
Despidiose, en afectuosa entrevista, de todos los amigos que con él
compartieron las rudas tareas periodísticas; y después de deplorar
que compromisos políticos y premuras de tiempo le hubieran impedido
premiarles como se merecían, les anunció su propósito de cederles _El
Combate_ con entera libertad de acción para seguir la ruta que mejor
quisieran.
—Ustedes son jóvenes; tienen alientos y energías; en _El Combate_ hay
palenque para desenvolverlos; luchen ustedes, que la lucha es la vida y
tras la lucha está el triunfo.
¡El triunfo! También ellos lo creyeron en un principio. Pero bien
pronto la realidad les dio en la cara. Falto de subvenciones, huérfano
del favor oficial, pobre de información, concretado a reflejar
opiniones propias que a nadie podían interesar ni convencer, el
periódico comenzó a hundirse lentamente, a pesar de los esfuerzos
grandiosos, verdaderamente titánicos, de Castro y de Gener. Redújose
la tirada, disminuyose el tamaño; regleteáronse las columnas,
suprimiéronse los sueldos, estableciéndose en su lugar un reparto
equitativo de ganancias. Todo inútil; el periódico se hundía, se
hundía devorado por los cajistas, por el almacenista de papel, por
la contribución, por el alquiler del local; se hundía asesinado por
los suscriptores que se daban de baja, por los anunciantes que huían,
por las empresas que retiraban sus disfrazadas subvenciones, seguras
de que aquel papelucho no podía ya perjudicarlas ni favorecerlas;
moría, moría, y Castro y Gener le veían morir como se ve morir a una
persona amada, como se derrumba un edificio querido, como se pierde
una cosa íntima, algo muy personal, muy nuestro. Y no era lo peor que
se hundiera, es que en su caída les arrastraba a ellos, hundiéndolos
también, envolviéndolos en sus ruinas, sepultándolos en la miseria.
A propuesta de Castro y con gran repugnancia de Luis, intentose todavía
el último esfuerzo; campañas de escándalo, acusaciones y denuncias,
artículos furiosos de ruda oposición a todo lo existente, crítica
personal violenta y dura. Esto levantó algo el periódico, asegurándole
una venta diaria de tres mil quinientos a cuatro mil ejemplares, lo
suficiente para cubrir gastos. Pero como los beneficios no venían, la
situación continuaba siendo la misma, es decir, peor. Tuvieron que
hipotecar la imprenta y la maquinaria, dejándose intervenir la venta
para el pago de los intereses. Esto acabó de perjudicarles.
Todas sus esperanzas estaban puestas en la campaña teatral de
invierno. Castro tenía una zarzuela en Apolo con Pedrosa y Suárez,
Luis su comedia en el Español. La zarzuela estaba admitida, pero no se
ensayaba; la comedia..., siempre le respondían lo mismo. No he tenido
tiempo de leerla... No he podido aún hojearla... Venga usted dentro de
unos días...
¡Unos días! ¡Qué más hubiera querido Luis que poder esperar! Pero
esto era imposible. Había agotado todos los recursos. No tenía ropa
que ponerse; el casero le echaba de casa; no había un amigo a quien
recurrir. Boncamí no tenía una peseta. Manolo, aplanado por la muerte
de Petrita, se había marchado a Barcelona. María, desde que se fue, no
le había escrito ni nada sabía por lo tanto de ella.
Una mañana al entrar en la Redacción le dijo Castro:
—Acabo de recibir una carta de Sánchez Cortina. Está en Valencia; he
pedido un billete, y si me lo dan me voy esta misma tarde. Necesito
hablar con él. Es el único que puede salvarnos. Le expondré nuestra
situación y veré si puedo sacarle mil o dos mil pesetas; ¡qué caramba!,
yo creo que él ha de tener tanto interés como nosotros en que el
periódico no muera. Le expondré varios proyectos que tengo. Por eso
quiero verle en persona; estas cosas no pueden tratarse por carta. Te
quedas de director, nada tengo que decirte.
Al día siguiente, muy temprano, al entrar en la redacción recibió la
visita de dos caballeros correctamente vestidos de levita.
—¿El señor director de _El Combate_?
—Servidor de ustedes.
—Somos los representantes del señor García Pérez, y venimos, en su
nombre, a rogarle a usted una retractación completa y satisfactoria de
las injurias que nuestro representado estima que para él existen en el
artículo titulado «Ídolos rotos», publicado en el número de anteayer.
—Sí, en efecto; ese día se publicó un artículo con ese título, pero no
creo que en él haya nada injurioso para el señor García Pérez.
—El señor García Pérez juzga lo contrario y por eso nos comisiona para
que logremos de usted una satisfacción.
—Yo tengo el sentimiento de manifestar a ustedes que _El Combate_ no
rectifica nunca.
—En ese caso nos vemos en la necesidad de exigirle, en nombre de
nuestro representado, una reparación en el terreno de los caballeros.
—En ese terreno estoy siempre a las órdenes del señor García Pérez.
—No esperábamos menos de su caballerosidad. Usted tendrá la amabilidad
de indicarnos con quién debemos entendernos.
—Ustedes comprenderán que, no esperando, como no esperaba, la visita de
ustedes, no he tenido tiempo de ocuparme de este asunto.
—Es natural.
—Por lo tanto, ustedes tendrán la bondad de indicarme dónde y a qué
hora pueden verle las personas que yo designe.
—Nosotros estaremos toda la tarde en casa.
—Perfectamente.
Despidiéronse con fría ceremonia y se marcharon tan correctos como
habían venido.
Luis cogió el número de _El Combate_ y se puso a leer el artículo que
no había tenido tiempo de mirar. Era un artículo de Castro; un artículo
brutal, duro de fondo y forma. Tenía mucha razón el señor García Pérez
en darse por ofendido. Si a él le hubieran dicho aquellas cosas, de
fijo que no habría tenido paciencia para esperar satisfacciones, sino
que desde luego le hubiera roto la cabeza de un estacazo al insolente
autor. Y ¿por qué demonio se había metido Castro con García Pérez,
que era un infeliz, un bendito, incapaz de hacer daño a nadie, que se
ganaba honradamente la vida haciendo versitos y notas de deporte en un
semanario que nadie leía? Tentado estuvo de ir en su busca y darle
todas las explicaciones y todas las satisfacciones que hubiera querido.
Desgraciadamente esto no era posible. Podrían creer que tenía miedo.
Además, había que mantener el honor del periódico. Aquella frase suya
de antes era un axioma: «_El Combate_ no rectifica nunca».