XV

No era una maravilla, pero tampoco era un adefesio; una casita muy

mona, sin pretensiones, con su gran alcoba recién estucada y su sala

con balcón a la calle. Estaba en la del Tinte, frente al solar del

antiguo Hospital de San Juan de Dios, de manera que las luces no

podían ser mejores, y además tenía la ventaja de que podía vestirse y

desnudarse con las maderas abiertas, sin temor de que le vieran los

vecinos. Los muebles no resultaban tampoco magníficos, ni muchísimo

menos; pero como eran los mismos que venía usando y les había tomado

afecto, se alegró muchísimo de poder conservarlos.

La vida del periódico resultaba, como él había supuesto, bastante dura.

Tenía que ir a las nueve de la mañana, salía a la una, volvía a las

cuatro y salía de nuevo a las siete, cuando el periódico entraba en

máquina. Lo que más le molestaba era el carácter de Sánchez Cortina.

Este hombre, tan atento, tan fino, tan cortés, era en la intimidad

de una grosería inaguantable. Todo le parecía mal. Por la cosa más

pequeña se ponía a dar puñetazos en los pupitres y a deshacerse

en maldiciones. En el fondo resultaba un infeliz. Los redactores

concluyeron por tomarle la cuerda y no hacerle caso. Luis era el único

que se mantenía a prudente distancia, decidido desde el primer día a no

darle ni permitirle confianzas. «Es el único medio —decía— de no tener

disgustos». Por lo demás, trabajaba como ninguno. Hacía todo lo que le

mandaban, fuese lo que fuese; fondos, artículos, sueltos, noticias,

telegramas... Un día se puso enfermo Pedrosa y le encargaron de la

información política en el Salón de conferencias del Congreso. Otro le

enviaron a la tribuna del Senado. Él obedecía sin rechistar, convencido

de que todos los trabajos eran igualmente desagradables, por lo que

tenían de trabajo, y convenientes por lo que tenían de aprendizaje. Por

lo único que no pasaba era por la información del Juzgado de guardia.

«No, eso no; eso de alternar y quedar diariamente agradecido a guardias

de orden público y alguaciles, no entra en mi carácter».

Otro día se le ocurrió a Sánchez Cortina enviarle a Palencia de

corresponsal especial, con motivo de la celebración de una Asamblea

agrícola. Cuando regresó a Madrid, se encontró con que se habían

reforzado los muebles de su casa con un armario de luna y una _chaise

longue_. Por más preguntas que hizo a la portera no pudo averiguar

nada. La portera se limitaba a decir que habían venido unos mozos de

parte del señorito y que, como en el tomar no hay engaño, les había

abierto ella misma la puerta con la llave que le dejara. Pedrosa

juraba y perjuraba que no sabía una palabra del asunto. Como el regalo

no podía venir más que de María, se decidió, después de muchas

vacilaciones, a visitar a esta para suplicarle que no volviera a

repetirlo. Luis esperaba un recibimiento teatral; una serie inacabable

de reconvenciones y preguntas. Nada de eso. Su tía le recibió como si

le hubiera visto la víspera; con tal amabilidad, con tal ternura, con

tan afectuoso cariño, que Luis salió de allí más enamorado que nunca.

Por lo que se refería a los muebles, ella negó que los hubiera enviado.

Claro que es ella, ¿quién va a ser si no? —pensaba Luis—; pero como al

fin y al cabo no podía comprobarlo, tuvo que conformarse.

Desde entonces comenzaron a ocurrir en su casa cosas muy extrañas. Cada

ocho o diez días aparecía un objeto nuevo; unas veces era una silla,

otras una mecedora, una lámpara para la mesa, un libro, un par de

botas... La portera seguía diciendo que ella no sabía nada.

—Pero, mujer, usted es la que tiene la llave, usted es la que tiene que

abrir.

—No, no; yo no. Como el señorito ha puesto ese cordelito en la puerta,

se conoce que lo han averiguado y tiran de él.

En efecto; Luis, para no llevar encima la llave, una de esas llaves de

Madrid que pesan medio kilo, había establecido un sistema muy conocido

en las casas de huéspedes: una cuerda de guitarra atada al picaporte,

pasada después por una argolla y luego por un agujero hecho en la

madera, y al final de la cuerda un nudo, lo más pequeño posible para

que no se viera e impidiera, sin embargo, que la cuerda corriese.

—¡Vaya! esto se acabó —dijo una noche que se encontró sobre la cama

media docena de camisas—; desde hoy me llevo la llave.

Y se la llevó, en efecto, pero solo tres días. Al tercero le molestó

el peso, y después de muchas combinaciones volvió otra vez al sistema

del cordelito, que, después de todo, era el que le resultaba más

práctico. Sin embargo, anunció a la portera que como el caso volviera

a repetirse, se quejaría al casero para que la echara. Desde aquel día

cesaron los regalos.

Fuera del periódico, su vida continuaba siendo la de siempre. Acudía

todas las tardes a la tertulia de Fornos, que tampoco había variado.

Paco el mozo y Antoñito Bedmar eran los únicos que faltaban. El primero

se había retirado, según decían, para establecer un merendero en La

Bombilla, y el segundo iba de tarde en tarde, el tiempo preciso para

tomar café y marcharse en seguida. Ya no bebía. Su nariz empezaba a

perder el rojizo color que tanto le afeaba; sus ojos parecían más

abiertos y mayores, y su continente era, a no dudarlo, más apuesto y

airoso. Aseguraba que trabajaba mucho; lo cierto es que su firma se

prodigaba en todos los periódicos con fecundidad asombrosa.

Boncamí había terminado el retrato de Rose d’Ivern y cobrado sus mil y

pico de pesetas. Sin embargo, como hombre práctico y precavido que sabe

lo que vale el dinero, las conservaba lo mejor que podía, sin gastar un

céntimo en cosas superfluas. Cumpliendo punto por punto su programa, se

mudó de estudio y empezó a pintar su gran cuadro, aquel gran cuadro

que iba a dejar a todo el mundo chiquitito.

—Me han asegurado que al fin hay este año Exposición; como no ha podido

celebrarse en primavera, se verificará en otoño, cuando la Corte

regrese de San Sebastián. Y entonces, ¡ah, entonces...!

Y se quedaba mirando al techo con el arrobamiento del enamorado que

contempla en sueños la imagen de la mujer querida.

Ganarás el pan... · 第 32 / 52 题