XIV

—Vengo con una misión delicada —dijo Pedrosa sentándose en un

taburete—, una misión de diplomático.

—¿De diplomático?

—Tú mismo juzgarás: he visto a tu tía; la pobre está muy disgustada y

muy preocupada; muy disgustada porque no vas a verla; muy preocupada,

porque no sabe cuál es tu situación.

—Bueno, pues dile a mi tía que no se disguste, que uno de estos

días iré a verla, con muchísimo gusto; y por lo que se refiere a mi

situación, no creo que tenga por qué ni para qué preocuparse de ella.

—Mira, Luis; yo no sé qué resentimientos pueden existir entre tu tía y

tú; no lo sé ni me importa, ni quiero saberlo; pero soy amigo de ambos,

os quiero a los dos y me considero en el deber de hacer cuanto esté de

mi parte para que esos disgustos se suavicen.

—Te equivocas; yo no he tenido ningún disgusto con mi tía; me he

marchado de su casa sencillamente porque no me parecía correcto seguir

viviendo con ella después de haberse quedado viuda.

—Me parece muy delicado tu proceder y celebro que sea esta la causa,

tanto más cuanto que esto facilita mis negociaciones. Cuando te dije

antes que tu tía ignoraba tu situación, mentí; la conoce de sobra;

no sé quién se la ha dicho, pero la conoce; sabe que no tienes una

peseta, que estás viviendo de la generosidad de un amigo; comprende lo

que sufrirás, dado tu carácter un tanto quijotesco; teme que no vas a

verla por no confesar todo esto, y por ello me envía a mí en calidad de

embajador extraordinario.

—En resumen: ¿qué quiere mi tía?

—En primer lugar, que aceptes quinientas pesetas.

—Pues dile a mi tía que lo siento mucho, pero que no las acepto.

—Te advierto que como sigas por ese camino doy por terminadas mis

negociaciones.

—Y yo te advierto, que si las demás proposiciones son como esta, puedes

darlas por terminadas desde ahora. Estoy decidido a no aceptar un

céntimo de mi tía.

—Pero, hombre, ¿por qué?

—Porque no me da la gana.

—Es una razón...

—Tan convincente como pueda serlo cualquier otra.

—No hablemos más; queda desechada la primera proposición. Vamos con la

segunda. Tu tía tiene en su casa unos muebles que no son suyos.

—Ni míos.

—Alto ahí; son tuyos y muy tuyos; puesto que tu tío los compró para ti,

son tuyos.

—Pero yo no los quiero.

—Y tu tía menos; le están estorbando. De manera que se halla resuelta a

meterlos en un carro y mandártelos para que hagas con ellos lo que te

dé la gana.

—¿Y qué voy a hacer yo?

—Allá tú.

—Aquí no caben.

—Mira, Luis: estamos perdiendo tiempo andando por atajos y vericuetos,

cuando lo que debemos hacer es ir derechos por la carretera. Tu tía,

como he dicho antes, conoce perfectamente tu situación; sabe que estás

viviendo de prestado y eso no puede consentirlo por tu propio decoro;

sabe también que no eres partidario de las casas de huéspedes, y que,

por ahora, no volverás a la suya. Por todas estas razones y por otras

que no te digo, ha pensado mandarte los muebles para que con ellos

puedas poner casa y no tengas que depender de nadie.

—Yo agradezco a mi tía sus buenos deseos, pero por desgracia son

irrealizables; no tengo dinero para poner casa.

—Por eso traigo quinientas pesetas.

—Que yo no acepto.

—Pues bien, querido; eso me parece sencillamente tonto; sí, un orgullo

tonto que no viene a qué.

—¿Orgullo? No lo creas. Yo no tengo orgullo en estas cosas. Prueba de

ello es que si anoche no hubiera recibido casualmente dinero, hoy

habría ido a pedirte dos duros.

—¿Entonces es solo de tu tía de quien no quieres aceptar dinero?

—Precisamente.

Pedrosa calló; cruzó una pierna sobre otra y se puso a rascarse la

barba.

—De manera —añadió al cabo de un rato— que si fuera yo quien te

prestara esos cien duros, los aceptarías.

—No; porque me consta que tú no los tienes, y eso sería una combinación

entre mi tía y tú para que yo los aceptara.

—¿Y a ti qué te importa si después de todo a mí era a quien tenías que

agradecerlos y a quien se los devolverías cuando los tuvieras?

Luis vaciló. Pedrosa quiso aprovechar el momento.

—Nada, no hay más que hablar; yo te presto las quinientas pesetas; tú

buscas casa y tu tía te manda los muebles. Ya está arreglado.

—No, no es posible. Ni tú puedes disponer de esa cantidad, ni a mí me

hace falta tanto dinero.

—Bueno; pues lleguemos a un arreglo. Vamos a ver: ¿cuánto dinero

necesitas tú para establecerte? Hagamos cuentas. —Se aproximó a la

mesa, sacó del bolsillo lápiz y cuartillas, y empezó a hacer números—.

Con una casa de seis o siete duros tienes suficiente; pongamos siete:

siete del mes adelantado y siete del de fianza, catorce; uno para que

la portera te lo limpie, pongamos dos, para que lo siga barriendo

después y te haga la cama, dieciséis; presupuesto para comer lo que

resta de mes, quince duros, ya ves que es bien poco; treinta y uno:

gastos particulares, seis; treinta y siete, cuarenta, vaya, cuenta

redonda, cincuenta duros: ¿te parece bien?

Luis callaba.

—Ea, no hay más que hablar —exclamó Pedrosa rompiendo la cuartilla y

guardando el lápiz—; esto es asunto terminado. Ahí tienes los cincuenta

duros: tú me avisarás dónde y cuándo quieres que tu tía te envíe los

muebles y el baúl, porque también tienes allí el baúl. Supongo que

habrás pensado que debes mudarte de camisa.

Y como Luis siguiera callado, dudando todavía, Pedrosa extremó los

argumentos.

—Tú no puedes seguir viviendo aquí; al fin y al cabo estás dependiendo

de la generosidad de un amigo, de un amigo que cualquier mañana puede

levantarse de mal humor y soltarte una grosería. Esto es muy chico,

no reúne condiciones habitables. Pase que Boncamí lo sufra, porque no

tiene más remedio, porque necesita el estudio; pero tú no, tú estás

muy mal. Además, una vez en tu casa, nadie tiene que enterarse de tu

situación, de si tienes o no tienes dinero; si lo tienes, te lo gastas,

y si no, pasas miserias, pero nadie tiene necesidad de saberlo; ¿no te

parece?

Sí, le parecía; demostrábanlo sus movimientos de cabeza.

—Acepto —dijo por fin—, pero con dos condiciones: primera, que estos

cincuenta duros son un préstamo que me haces tú, exclusivamente tú y

que, por lo tanto, a ti es a quien debo devolverlos; segunda, que no me

los das ahora, sino que los guardas hasta que yo te los pida.

—¡Toma! ¿Y cuándo me los vas a pedir?

—Cuando me decida a mudarme.

—¿Ahora salimos con esas?

Luis, entonces, le explicó detalladamente su situación con Boncamí.

—Estos días he estado yo viviendo a costa suya; no me parece digno ni

correcto abandonarle ahora que yo dispongo de dinero y él no tiene un

cuarto.

Pedrosa estuvo conforme. Solo se le ocurrió una objeción.

—Y eso, ¿será cuestión de muchos días?

—Oh, no; quince, a lo sumo; en cuanto termine un retrato que está

haciendo.

—Bueno, no hay que hablar más. Vamos con otra cuestión. ¿Has visto a

Castro?

—No.

—Pues procura verle; el periódico sale el día primero. Se titulará _El

Combate_. Lo dirigirá definitivamente Sánchez Cortina. Castro se queda

de redactor-jefe, y yo me encargo de la información política. Sería

conveniente que fueras esta misma tarde a ver a Perico; le encontrarás

en la redacción, Príncipe, diez o doce, no estoy seguro; pero, en fin,

no tiene pérdida, al lado de una tienda de ultramarinos.

—¿Vas a ir tú?

—Ahora mismo.

—Pues, entonces, espérame; marcharemos juntos.

Sánchez Cortina le recibió muy amable.

—Desde luego contábamos con usted —le dijo—; Castro le propuso desde el

primer día, y yo accedí gustoso, no solo por tratarse de un recomendado

suyo, sino porque me han asegurado que es usted hombre que vale. Esta

es la redacción y, por lo tanto, su casa; puede usted venir a ella

cuando guste; estamos, como ve, ultimando los postreros detalles; el

periódico saldrá el día primero.

Luis estaba satisfechísimo; realmente no era posible que las cosas

salieran mejor, pedir más, hubiera sido gollería.

Boncamí también estaba muy contento. Rose d’Ivern iba todas las mañanas

al estudio, precisamente a la hora en que Luis se marchaba a la

redacción; algunos días, al volver, la encontraba todavía. Sin embargo,

el retrato adelantaba muy poco.

—Esta mujer es imposible —decía Boncamí—; no le gusta nada. Me paso el

día haciendo y borrando.

Pedrosa en tanto no dejaba parar a Luis. ¿Cuándo te voy a dar ese

dinero? ¿Cuándo piensas mudarte?

Un suceso inesperado acabó de decidirle. Trabajando una mañana detrás

del biombo, en la continuación de su comedia, le entró sueño y se quedó

dormido. Cuando despertó, oyó a Boncamí que hablaba en voz baja con

Rose. Suponiendo que estarían trabajando, no quiso interrumpirlos y

continuó acostado en el sofá.

De pronto oyó decir a la francesa, con tono zalamero:

—Yo t’ quiego mucho, mucho, Visente; de vegdá que yo t’ quiego.

—¡Toma, toma! —pensó Luis—; ahora me explico por qué no se acababa

nunca ese retrato.

Ganarás el pan... · 第 31 / 52 题