—Vengo con una misión delicada —dijo Pedrosa sentándose en un
taburete—, una misión de diplomático.
—¿De diplomático?
—Tú mismo juzgarás: he visto a tu tía; la pobre está muy disgustada y
muy preocupada; muy disgustada porque no vas a verla; muy preocupada,
porque no sabe cuál es tu situación.
—Bueno, pues dile a mi tía que no se disguste, que uno de estos
días iré a verla, con muchísimo gusto; y por lo que se refiere a mi
situación, no creo que tenga por qué ni para qué preocuparse de ella.
—Mira, Luis; yo no sé qué resentimientos pueden existir entre tu tía y
tú; no lo sé ni me importa, ni quiero saberlo; pero soy amigo de ambos,
os quiero a los dos y me considero en el deber de hacer cuanto esté de
mi parte para que esos disgustos se suavicen.
—Te equivocas; yo no he tenido ningún disgusto con mi tía; me he
marchado de su casa sencillamente porque no me parecía correcto seguir
viviendo con ella después de haberse quedado viuda.
—Me parece muy delicado tu proceder y celebro que sea esta la causa,
tanto más cuanto que esto facilita mis negociaciones. Cuando te dije
antes que tu tía ignoraba tu situación, mentí; la conoce de sobra;
no sé quién se la ha dicho, pero la conoce; sabe que no tienes una
peseta, que estás viviendo de la generosidad de un amigo; comprende lo
que sufrirás, dado tu carácter un tanto quijotesco; teme que no vas a
verla por no confesar todo esto, y por ello me envía a mí en calidad de
embajador extraordinario.
—En resumen: ¿qué quiere mi tía?
—En primer lugar, que aceptes quinientas pesetas.
—Pues dile a mi tía que lo siento mucho, pero que no las acepto.
—Te advierto que como sigas por ese camino doy por terminadas mis
negociaciones.
—Y yo te advierto, que si las demás proposiciones son como esta, puedes
darlas por terminadas desde ahora. Estoy decidido a no aceptar un
céntimo de mi tía.
—Pero, hombre, ¿por qué?
—Porque no me da la gana.
—Es una razón...
—Tan convincente como pueda serlo cualquier otra.
—No hablemos más; queda desechada la primera proposición. Vamos con la
segunda. Tu tía tiene en su casa unos muebles que no son suyos.
—Ni míos.
—Alto ahí; son tuyos y muy tuyos; puesto que tu tío los compró para ti,
son tuyos.
—Pero yo no los quiero.
—Y tu tía menos; le están estorbando. De manera que se halla resuelta a
meterlos en un carro y mandártelos para que hagas con ellos lo que te
dé la gana.
—¿Y qué voy a hacer yo?
—Allá tú.
—Aquí no caben.
—Mira, Luis: estamos perdiendo tiempo andando por atajos y vericuetos,
cuando lo que debemos hacer es ir derechos por la carretera. Tu tía,
como he dicho antes, conoce perfectamente tu situación; sabe que estás
viviendo de prestado y eso no puede consentirlo por tu propio decoro;
sabe también que no eres partidario de las casas de huéspedes, y que,
por ahora, no volverás a la suya. Por todas estas razones y por otras
que no te digo, ha pensado mandarte los muebles para que con ellos
puedas poner casa y no tengas que depender de nadie.
—Yo agradezco a mi tía sus buenos deseos, pero por desgracia son
irrealizables; no tengo dinero para poner casa.
—Por eso traigo quinientas pesetas.
—Que yo no acepto.
—Pues bien, querido; eso me parece sencillamente tonto; sí, un orgullo
tonto que no viene a qué.
—¿Orgullo? No lo creas. Yo no tengo orgullo en estas cosas. Prueba de
ello es que si anoche no hubiera recibido casualmente dinero, hoy
habría ido a pedirte dos duros.
—¿Entonces es solo de tu tía de quien no quieres aceptar dinero?
—Precisamente.
Pedrosa calló; cruzó una pierna sobre otra y se puso a rascarse la
barba.
—De manera —añadió al cabo de un rato— que si fuera yo quien te
prestara esos cien duros, los aceptarías.
—No; porque me consta que tú no los tienes, y eso sería una combinación
entre mi tía y tú para que yo los aceptara.
—¿Y a ti qué te importa si después de todo a mí era a quien tenías que
agradecerlos y a quien se los devolverías cuando los tuvieras?
Luis vaciló. Pedrosa quiso aprovechar el momento.
—Nada, no hay más que hablar; yo te presto las quinientas pesetas; tú
buscas casa y tu tía te manda los muebles. Ya está arreglado.
—No, no es posible. Ni tú puedes disponer de esa cantidad, ni a mí me
hace falta tanto dinero.
—Bueno; pues lleguemos a un arreglo. Vamos a ver: ¿cuánto dinero
necesitas tú para establecerte? Hagamos cuentas. —Se aproximó a la
mesa, sacó del bolsillo lápiz y cuartillas, y empezó a hacer números—.
Con una casa de seis o siete duros tienes suficiente; pongamos siete:
siete del mes adelantado y siete del de fianza, catorce; uno para que
la portera te lo limpie, pongamos dos, para que lo siga barriendo
después y te haga la cama, dieciséis; presupuesto para comer lo que
resta de mes, quince duros, ya ves que es bien poco; treinta y uno:
gastos particulares, seis; treinta y siete, cuarenta, vaya, cuenta
redonda, cincuenta duros: ¿te parece bien?
Luis callaba.
—Ea, no hay más que hablar —exclamó Pedrosa rompiendo la cuartilla y
guardando el lápiz—; esto es asunto terminado. Ahí tienes los cincuenta
duros: tú me avisarás dónde y cuándo quieres que tu tía te envíe los
muebles y el baúl, porque también tienes allí el baúl. Supongo que
habrás pensado que debes mudarte de camisa.
Y como Luis siguiera callado, dudando todavía, Pedrosa extremó los
argumentos.
—Tú no puedes seguir viviendo aquí; al fin y al cabo estás dependiendo
de la generosidad de un amigo, de un amigo que cualquier mañana puede
levantarse de mal humor y soltarte una grosería. Esto es muy chico,
no reúne condiciones habitables. Pase que Boncamí lo sufra, porque no
tiene más remedio, porque necesita el estudio; pero tú no, tú estás
muy mal. Además, una vez en tu casa, nadie tiene que enterarse de tu
situación, de si tienes o no tienes dinero; si lo tienes, te lo gastas,
y si no, pasas miserias, pero nadie tiene necesidad de saberlo; ¿no te
parece?
Sí, le parecía; demostrábanlo sus movimientos de cabeza.
—Acepto —dijo por fin—, pero con dos condiciones: primera, que estos
cincuenta duros son un préstamo que me haces tú, exclusivamente tú y
que, por lo tanto, a ti es a quien debo devolverlos; segunda, que no me
los das ahora, sino que los guardas hasta que yo te los pida.
—¡Toma! ¿Y cuándo me los vas a pedir?
—Cuando me decida a mudarme.
—¿Ahora salimos con esas?
Luis, entonces, le explicó detalladamente su situación con Boncamí.
—Estos días he estado yo viviendo a costa suya; no me parece digno ni
correcto abandonarle ahora que yo dispongo de dinero y él no tiene un
cuarto.
Pedrosa estuvo conforme. Solo se le ocurrió una objeción.
—Y eso, ¿será cuestión de muchos días?
—Oh, no; quince, a lo sumo; en cuanto termine un retrato que está
haciendo.
—Bueno, no hay que hablar más. Vamos con otra cuestión. ¿Has visto a
Castro?
—No.
—Pues procura verle; el periódico sale el día primero. Se titulará _El
Combate_. Lo dirigirá definitivamente Sánchez Cortina. Castro se queda
de redactor-jefe, y yo me encargo de la información política. Sería
conveniente que fueras esta misma tarde a ver a Perico; le encontrarás
en la redacción, Príncipe, diez o doce, no estoy seguro; pero, en fin,
no tiene pérdida, al lado de una tienda de ultramarinos.
—¿Vas a ir tú?
—Ahora mismo.
—Pues, entonces, espérame; marcharemos juntos.
Sánchez Cortina le recibió muy amable.
—Desde luego contábamos con usted —le dijo—; Castro le propuso desde el
primer día, y yo accedí gustoso, no solo por tratarse de un recomendado
suyo, sino porque me han asegurado que es usted hombre que vale. Esta
es la redacción y, por lo tanto, su casa; puede usted venir a ella
cuando guste; estamos, como ve, ultimando los postreros detalles; el
periódico saldrá el día primero.
Luis estaba satisfechísimo; realmente no era posible que las cosas
salieran mejor, pedir más, hubiera sido gollería.
Boncamí también estaba muy contento. Rose d’Ivern iba todas las mañanas
al estudio, precisamente a la hora en que Luis se marchaba a la
redacción; algunos días, al volver, la encontraba todavía. Sin embargo,
el retrato adelantaba muy poco.
—Esta mujer es imposible —decía Boncamí—; no le gusta nada. Me paso el
día haciendo y borrando.
Pedrosa en tanto no dejaba parar a Luis. ¿Cuándo te voy a dar ese
dinero? ¿Cuándo piensas mudarte?
Un suceso inesperado acabó de decidirle. Trabajando una mañana detrás
del biombo, en la continuación de su comedia, le entró sueño y se quedó
dormido. Cuando despertó, oyó a Boncamí que hablaba en voz baja con
Rose. Suponiendo que estarían trabajando, no quiso interrumpirlos y
continuó acostado en el sofá.
De pronto oyó decir a la francesa, con tono zalamero:
—Yo t’ quiego mucho, mucho, Visente; de vegdá que yo t’ quiego.
—¡Toma, toma! —pensó Luis—; ahora me explico por qué no se acababa
nunca ese retrato.