Una noche, ya tarde, a la salida de los Jardines, se dio con ella de
manos a boca. Iba sola, encantadora como siempre, como siempre elegante
y lindísima.
—No puedes figurarte, chiquilla, qué alegría más grande me da verte.
—Y a mí también; de veras.
—¿En qué dirás tú que iba pensando ahora?
—¡Qué sé yo!
—Pues verás, iba pensando: si me encontrara a mi Isabelilla, me la
llevaba a los Viveros.
—¡Mentira!
—¿Mentira? Allí viene un coche. ¿Le llamo?
—Más vivo.
—Bendita seas. Para, cochero: sube. La una menos cuarto. Arrea a La
Bombilla. ¿Ves tú? Así se hacen las cosas. Dentro de media hora en los
Viveros.
—¿De modo que estás en fondos?
—Veinte pesetas que me han dado por un artículo, que las destinaba al
zapatero, y que nos las vamos a gastar en manzanilla.
—Castizo eres.
—¿Quién no lo es contigo, la más castiza de todas las mujeres?
—Di que sí, chiquillo, y prueba de ello es que esos cuatro duros te los
vas a guardar ahora mismito, porque esta noche soy yo la que te va a
convidar a ti.
—¿Estás loca?
—Calla, tonto. Si tengo ahora la mar de dinero. Se ha chiflado por mí
un tío millonario que me entrega todo lo que necesito. Y más. ¡Qué
derroche, chico! Pajaritos del cielo que pida, pajaritos del cielo que
me da. ¿Ves este traje? Treinta y siete duros; pues es de los peores
que me ha comprado.
—Me alegro, hija; lo que hace falta es que dure.
—Oh, sí; ahora va de veras. Me he vuelto muy formal.
—Ya lo veo.
—¿Porque me voy contigo? ¡Tonto! En primer lugar, él no está en Madrid;
se ha marchado a Bilbao a comprar unas minas y no viene hasta dentro de
una semana. Y luego, contigo no hay caso. Contigo..., contigo me voy yo
al fin del mundo.
—¡Embustera!
—Ya sabes tú que sí. Tú eres el que no quiere nada conmigo. En tres
meses no has sido para decir un día: voy a ver a mi Isabelilla.
Sabiendo que Isabelilla te lo hubiera agradecido con toíta su alma.
—Pero, so pendón; si la última vez que estuve en tu casa, no me
quisiste recibir.
—Porque estaba achará aquel día. Me dijeron que te habían visto cenando
con unas mujeres.
—No es verdad; pero aunque lo fuera, ¿a ti qué?
—Que no me da la gana, ¡ea!
—¡Qué gracioso! Como si tuviera yo que ver algo contigo.
—Porque tú no quieres.
—¡Isabelilla, Isabelilla!..., no me des coba.
—No es coba, es que te quiero.
—¡Mentira!
—Por la gloria de mi padre, que te quiero. ¡Ay, nene de mis ojos! En
cuanto lleguemos a la estación del Norte, ¡qué beso te voy a dar en la
cara! Y no te le doy ahora porque no quiero que se mueran de envidia
esas niñas góticas de los balcones.
En efecto, en un balcón, reclinadas sobre la barandilla, había un
grupo de muchachas que al pasar el coche se quedaron mirando con gran
curiosidad el vestido azul demasiado vaporoso, el sombrero demasiado
exagerado y la cara demasiado satisfecha de Isabelilla.
—Es envidia, envidia pura —decía ella alegremente—, no te quepa duda;
todas esas señoritingas con sus ojos lánguidos y sus caritas de
virtudes, darían esta noche la mitad de su vida por ir sentadas dos
horas a tu vera. Pero se fastidian, que eres para mí, para mí, para mí.
Y le oprimía el brazo y se apretaba contra él con zalameros rozamientos
de gata.
El coche se deslizaba por el asfalto de la calle del Arenal al blando
movimiento de sus llantas de goma. En la estrechez de la calle,
la Puerta del Sol quedaba a lo lejos reducida al Ministerio de la
Gobernación con su feísima torre de ladrillo y la amarillenta esfera
de su enorme reloj, más amarillenta aún ante el blanquísimo resplandor
de los focos eléctricos, que en la espesa neblina de polvo parecían
globos de chico flotando en el aire. El pasadizo de San Ginés quedaba
a la izquierda lóbrego y oscuro, cortado en el fondo como callejón sin
salida, mientras que allá enfrente, al final de la calle, los árboles
de la plaza de Isabel II, recortando sus copas oscuras en la fachada
trasera del Real, daban la impresión de la entrada de un túnel, el ojo
gigantesco de un gran puente de piedra. Un automóvil con sus faros
encendidos, resplandecientes como ígneas pupilas de fabuloso monstruo,
pasó instantáneo dejando tras sí desagradable olor de gasolina.
—¡Qué ganas tengo de tener un auto!
—¿Para qué quieres tú eso?
—Para correr, para volar, para no estar quieta diez minutos en el
mismo sitio. Pasar por las casas sin verlas, pasar por los pueblos sin
mirarlos, por las carreteras sin apenas tocarlas, corriendo siempre,
siempre corriendo sin saber adónde ni conocer a nadie, ni hablar con
ninguno, sin más pensamiento que el de volar ni más idea que la de
correr, siempre de prisa, taf..., taf..., taf..., adelante, adelante,
adelante...
—Hasta que te rompieses las narices.
—¡Bah, qué más da morirse de una manera que de otra si al fin y al
cabo tiene una que morirse! Casi es mejor así; no te enteras. Porque
a mí que no me digan: un tío que va a esa velocidad ni ve, ni oye,
ni entiende. Es como si estuviese borracho. Digo lo que Antoñito
Bedmar: la mejor muerte del mundo es una borrachera. Y borrachera por
borrachera, me quedo con esta.
—Y yo con la otra.
—¿Con cuál?
—Con la del cariño. Porque tú sí que me emborrachas a mí; tú sí que me
mareas más que cuatro botellas de montilla. Contigo pierdo la noción de
dónde estoy, de dónde me encuentro, de lo que hago, para no pensar más
que en mi Isabelilla de mi alma, que me enloquece cuando me mira con
sus ojos azules y me trastorna con las palabritas de sus labios.
—¿Mis labios? ¡Si tú no los quieres!
—Poco. Como un pastel un chiquillo goloso.
—¡Goloso! ¿Los quieres? Tómalos.
Y alargando la cabeza se los ofreció gustosa y sonriente. Y sonriente y
gustoso los aceptó él, besándolos y mordisqueándolos como fruta sabrosa.
Impávido el cochero, cogió la tralla y fustigó al caballo, que al
sentir la caricia despertó de su letargo y salió al trote carretera
arriba con extraordinaria rapidez, dejando tras sí en breves momentos
la estación del Norte y el Asilo de Lavanderas, reposando en la
sombra con sus trenes quietos y sus niños dormidos. Los hilos de
plata de la luna se filtraban entre las hojas tejiendo en el polvo
primoroso encaje. Frescas ráfagas de aire daban en los rostros de
la pareja, y sus cuerpos se mecían con el traqueteo del coche,
blandamente amortiguado por las llantas de goma. Por la blanca línea
de la carretera, humillada la cerviz y tardo el paso, avanzaba una
cuadrilla de segadores. Venían mustios, cansados, encorvados los
cuerpos, arrastrándose penosamente sobre sus grandes zuecos de madera.
Los había viejos, con grandes mechones de canas que asomaban bajo
los enormes sombreros; los había niños, que se quedaban rezagados. Y
todos caminaban con sus hoces a cuestas, tristes y mohínos, sucios
y desharrapados, como desfallecida falange del ejército de los
hambrientos.
—¡Pobrecillos! ¿De dónde vendrán? —preguntó Isabelilla apenada.
El cochero volvió la cabeza, y dando un gran suspiro, contestó:
—De Galicia, señorita, de la tierra de todos los pobres.
Los segadores habían detenido el paso y miraban con más curiosidad que
envidia a aquella señora tan hermosa y tan elegante que se paseaba tan
a deshora por la carretera. Ella, al notar que la miraban, se sintió
conmovida, y abriendo nerviosamente el bolso les arrojó, por detrás de
la capota del coche, dos duros en plata que vibraron con argentino tono
al chocar con los guijarros. Cogiolos el más joven y se los dio al más
viejo, el cual los guardó en las profundidades de su faja, diciendo al
mismo tiempo emocionado:
—Gracias, señorita, muchas gracias y que Dios se lo pague.
—¡Que Dios se lo pague! —contestaron los demás a coro, levantando los
brazos. Después siguieron su camino hasta perderse bajo la sombra de
los árboles.
Este encuentro los entristeció de tal manera que durante largo rato
ninguno de los dos osó abrir la boca. El cochero había dejado la fusta
en el pescante, y con la cabeza caída y las riendas flojas, dejaba
marchar a su antojo al caballo, que empezó a caminar pausadamente con
paso tardo de macho de transporte.
—¿Ves tú? —exclamó él al cabo de un rato, esforzándose por sonreír,
tratando de ahuyentar los negros pensamientos que empezaban a
amontonarse en su cabeza—, ¿ves tú? Ahí tienes la contraposición de
tu automóvil; estos infelices saben siempre adónde van y de dónde
vienen; vienen de donde hay hambre; van adonde hay dinero que ganar.
Para andar los setenta kilómetros que tu automóvil salva en una hora,
ellos necesitan tres días, pero llegan. El uno es el genio que arrostra
los peligros, los otros la constancia que vence los obstáculos. Tu
automóvil es la ciencia, el progreso, el adelanto; ellos la barbarie,
la ignorancia, la rutina.
—Está bien tu comparación.
—¡Toma!, ya lo creo que está bien. Como que es una crónica que me
valdrá mañana cuatro duros.
Habían llegado a La Bombilla.
—¿Dónde vamos? —preguntó familiarmente el cochero deteniendo el caballo.
—A los Viveros.
—No, a los Viveros no —interrumpió bruscamente Isabelilla—; está eso
muy soso por las noches, no van más que personas decentes; ¡con decir
que ni siquiera hay organillo!
—Ya lo sé. ¿Y para qué queremos organillo?
—¡Qué gracioso!; ¡como que me voy a pasar sin bailar contigo esta
noche! Ni lo sueñes.
—Vámonos, pues, a Niza.
—No, a Niza tampoco; luego te diré por qué.
—Bueno; pues tú dirás donde vamos. Decídete, porque estamos perdiendo
tiempo.
—¿Vamos a casa de Juan?
—Vamos a casa de Juan.
En casa de Juan estaban todos los comedores ocupados.
—Si quieren ustedes un cenador, hay uno disponible.
—¿Cuál?
—Ese primero de la derecha.
—No, no; está demasiado a la vista.
—¿Quiere el señorito pasar al hotel? —preguntó el mozo a Luis
mostrándole un pequeño edificio independiente que se alzaba a la
derecha. Luis, a su vez, repitió la pregunta a Isabelilla.
—No, no me gusta; no se oye el organillo, y además, se figuran que vas
a otra cosa y te cobran la habitación por aquello de que tiene cama, y
eso es una primada. Vamos al Campo del Recreo.
Contra lo que Isabelilla creía, en el Campo del Recreo había muy poca
gente. La mayoría de las mesas, especialmente las de primera fila,
estaban desiertas. Solo dos o tres se hallaban ocupadas por pacíficas
familias burguesas que al pasar la joven pareja cogida del brazo
se quedaban mirándola a hurtadillas, con cuchicheos y sonrisitas
maliciosas.
—Mira, mira quién está allí —exclamó de pronto Isabelilla señalando
una mesa medio oculta tras los arbustos—. Lola Guzmán y Paca Rey con
dos pollos. Ya sabemos de quién eran los coches del Casino que había en
la puerta. ¡Qué hipócritas! Se han marchado de los Jardines antes de
acabar la función, diciéndome que estaba aquello muy húmedo y que, como
ellas, gracias a Dios, no iban a los Jardines a ganar dinero... así,
como humillándome, ¿sabes?
—Y tú, ¿qué les has dicho?
—¿Yo? Que tenía que esperar a mi novio, que era acomodador.
—¡Qué chulona eres!
—Claro, hombre. Figúrate tú si nos conoceremos todas. Anda, vamos a
pasar por delante de ellas para que nos vean.
—¡Justo!, y me tomen por el acomodador.
—Asaúra... Ya sabes tú que te conocen todas. Digo, y poquita envidia
que me van a tener viéndome contigo. Porque te advierto, Luis, que tú
tienes cartel.
A Luis le hizo aquella frase muchísima gracia.
—¿Conque yo tengo cartel, eh? como los toreros. Oye, ¿y de qué clase es
este cartel mío?
—De matador de primera. Eso lo sabe todo el mundo, niño. Lo que no
saben esas es que yo te voy a contratar por toda la temporada para
que no mates en más plaza que en la mía. ¡Hola, Paca; adiós, Lolita!
—exclamó con acento cariñoso, pasando de largo por delante de las dos
_cocottes_.
—Adiós, mujer... ¿tú aquí?
—Venimos casi todas las noches —contestó con gran ingenuidad—; a este
no le gusta cenar en casa. Toma, para que rabien —agregó oprimiendo el
brazo de Luis, que a duras penas podía contener la risa.
Andando, andando, habían llegado al final del merendero. Isabelilla no
acababa de decidirse por ninguna mesa. Por fin eligió una pequeñita,
situada en medio de una plazoleta de árboles. Aquí estaremos
perfectamente. ¿Ves qué poético está esto? Los rayos de la luna, el
murmullo del río... ¡Oh, qué poético!
—¡Guasona!
—Pues, mira; fuera de chirigota; está muy bien, sobre todo, a tu lado.
—¿De veras estás muy a gusto?
—Muy a gusto. ¿Y tú?
—En la gloria.
—¿Qué va a ser? —preguntó el camarero dejando caer la lista sobre la
mesa.
¡Toma, toma, pues no era poco difícil la respuesta! Isabelilla cogió la
lista, la leyó en voz alta, después en voz baja, la leyó nuevamente,
y después de darle mil vueltas entre sus manos, se la entregó a Luis
diciéndole:
—Pide tú, yo no sé qué elegir, no tengo gana.
Tampoco él la tenía; de modo que después de muchísimo pensar, la cena
quedó reducida a unos langostinos a la vinagreta, una ración de pavo
trufado y otra de Roquefort. Y manzanilla. Ah, y el cochero que tome lo
que quiera.
Mientras el camarero iba por los platos, Isabelilla explicó a Luis por
qué no había querido entrar en Niza. Es donde él me lleva, ¿sabes?
Entra muy ufano conmigo, dándose mucho tono porque le conoce todo
el mundo, y yo no quiero que se rían de él creyendo que le engaño.
¡Pobrecillo!
—Te has vuelto muy correcta.
—Claro, hombre; ¿qué necesidad tiene nadie de enterarse de si le soy
fiel o no se lo soy, no te parece? Tanto más cuanto que no le engaño.
De veras no le engaño..., más que contigo. Pero es que tú me vuelves
loca, chiquillo —exclamó entornando los ojos y mirándole fijamente—.
Contigo no sé lo que me pasa. Mira, de verdad; yo podré tener todas
mis chulerías, te podré hacer una charranada, porque soy así, porque
no lo puedo remediar, porque lo tengo en la masa de la sangre, ¿sabes
tú?; pero en cuanto te veo, soy otra; siento aquí en el alma un no sé
qué que me tira hacia ti y me dice: Isabelilla, ese es el único hombre
que tú quieres, vete con él. Y me voy, y no hay mundo para mí y lo dejo
todo y dejaría hasta a mi madre, si la tuviera, por un beso solo de tu
boca.
—¡Qué monísima eres!
—Es que te quiero mucho, Luis. ¿Por qué voy a ponerme tonta? Y me
alegro decírtelo ahora, antes de cenar, para que no creas luego que es
el vino.
—¡Qué lástima, Isabelilla! Tú y yo podríamos ser felices.
—¿No es verdad que sí? Yo lo he pensado muchísimas veces. Créemelo.
En esas horas de tristeza y aburrimiento que todos tenemos, nosotras,
sobre todo, cuando me siento cansada de esta vida tan perra que lleva
una, me pongo a pensar y me digo: «Si yo encontrara un hombre de mi
gusto que me quisiera mucho, mucho...». Y en seguida, te lo juro, me
acuerdo de ti.
La presencia del camarero que volvía con la cena hizo suspender la
conversación. En cuanto se hubo marchado, ella continuó:
—Sí, de veras, me acuerdo de ti. Ya ves tú si a mí me dirán al cabo del
día que me quieren; ya ves tú si tendré yo hombres que me hagan el amor
de todas maneras; pues, sin embargo, ninguno de ellos me impresiona ni
hago caso a ninguno. Y es que ninguno me llega al alma como me llegas
tú. ¡Contigo sí que sería yo dichosa!
Y apoyando los codos en la mesa se le quedó mirando fijamente con sus
grandes ojos entornados, sin hacer caso alguno de la cena que sobre el
mantel permanecía intacta.
—¿Por qué no tendremos mucho dinero, Luisillo?
—Chiquilla, no te entristezcas.
—Oye: ¿por qué será esto que me pongo triste cuando estoy contigo?...,
muy triste, muy triste... Y no me da la gana, ¡ea!, no quiero yo estar
triste; vamos a alegrarnos, vamos a beber.
Y cogiendo nerviosa la botella, escanció dos vasos.
—Por ti.
—Por tu cariño.
Los rayos de la luna, atravesando los árboles de la pequeña plazoleta,
caían sobre la mesa azuleando el mantel y haciendo brillar en los
vasos la rubia manzanilla. Vibraban en el aire, frescas y sonoras como
cristalina carcajadas, las notas del organillo, las notas alegres,
desvergonzadas, del canallesco vals de _Madrid se divierte_. Isabel
había bebido seis copas seguidas y continuaba diciendo:
—¿Sabes que es muy rica esta manzanilla? Échame más.
—Chiquilla, que te vas a emborrachar.
—Déjalo: un día es un día. Así como así, tenemos coche que nos lleve a
casa. Lo que yo quiero es estar alegre, muy alegre para ti. Pide otra
botella.
—¿Te atreves?
—Esta noche me atrevo yo a todo —exclamó envolviéndole amorosa en la
mirada de sus ojos azules abrillantados ya por el deseo y por el vino—.
¡Cuánto te voy a querer esta noche, Luisillo mío!
—Y yo.
—Tú... no... —continuó mimosa y zalamera—, tú no me quieres. ¡Ah, si tú
me quisieras...! Pero ¿no pides otra botella? Mozo, más manzanilla.
—Y unas aceitunas aliñadas.
—Eso de las aceitunas me ha parecido muy bien —dijo ella torpemente,
balbuceando ya.
—Isabelilla, estás borracha.
—¿Yo borracha? ¡Mentira! A mí la manzanilla no me emborracha; quien me
emborracha eres tú, tú..., tú..., ¿me anticipas un beso?
—Todos los que tú quieras.
—Pues dámele y toma; uno, dos, tres...
—Quita, que nos ve el mozo.
—No importa; al mozo le convido yo ahora y se queda tan contento...,
verás... Joven, tome usted una copita —exclamó llenando su propio vaso
y ofreciéndoselo al camarero.
Este miró a Luis y vaciló.
—Tómelo usted, hombre; ¿me va usted a despreciar?
El camarero aceptó el vaso y lo apuró de un sorbo. Después cogió la
botella de agua y lo limpió cuidadosamente.
—¿Qué hace usted?
—Enjuagarlo, señorita, no faltaba más. Es el vaso de usted.
—La cuenta.
El mozo se marchó y regresó en seguida con ella en un plato.
—Aquí está, catorce pesetas con veinte, incluyendo lo que ha tomado el
cochero: un _entrecot_ y media de vino.
—Como siempre.
—Oiga usted —preguntó Isabelilla curiosa—, ¿por qué toman siempre los
cocheros _entrecot_ con patatas?
Después, al notar que Luis echaba mano al portamonedas, abrió
rápidamente el bolso y dejó caer sobre la mesa un billete de cinco
duros.
—No te pongas tonto, porque ya te he dicho que esta noche convidaba yo.
—Isabel, coge ese dinero.
—Te digo que no. Cobre usted de aquí, mozo; o cobra usted o rompo el
billete.
No había más remedio que ceder, y cedió, aunque de mala gana.
—Vamos, no te enfades —exclamó ella cariñosa cuando volvieron a estar
solos—, no te enfades tú conmigo, nene mío... Era un capricho que yo
tenía; ¿me vas a quitar tú a mí un capricho?
Y le miraba zalamera, cogiéndole las manos y besándoselas dulcemente.
Sobre los esqueléticos árboles del merendero, el cielo comenzaba a
clarear con los primeros amarillentos tintes del crepúsculo.
—¡Qué barbaridad! Está amaneciendo. Vámonos.
—Sí, vámonos; ¿pero se va a quedar esta entera? —exclamó señalando la
botella de manzanilla—. Anda, cobarde, que no se diga que la hemos
tenido miedo. Bebe.
Bebieron de prisa, sin soltar los vasos, a grandes sorbos, como chicos
sedientos. Cuando ya solo quedaban un par de dedos de vino, Isabelilla
cogió la botella, y aplicando los labios al gollete se lo bebió de un
solo trago.
—¡Ea!, ya está. Vámonos.
Y colgándose del brazo de Luis echó a andar más firme de lo que podía
suponerse.
—Oye, en cuanto lleguemos al coche, nos vamos a fumar un cigarrillo a
medias, ¿quieres?
Un cigarrillo a medias
poder fumar, poder fumar.
Amanecía. Las sombras de la noche huían asustadas apagando la luz
de las pocas estrellas que brillaban todavía en el cielo. Ni una
nube siquiera le empañaba. Lentamente se destacaron las copas de los
árboles, la blanca línea de la carretera, los alegres merenderos, la
masa todavía confusa de la Moncloa, troncos, matas, y allá, a lo lejos,
dormida aún en la sombra, la Casa de Campo. Ráfagas de aire, frescas
como brisa suave dábanles en la cara, y sus cuerpos amorosamente unidos
se mecían con deleite al compás de los saltos del coche blandamente
amortiguados por las llantas de goma. Al pasar por la estación del
Norte llamoles la atención una cuadrilla de hombres que dormían
tumbados a lo largo de la carretera. Eran los segadores; aquellos
pobres segadores que vieron horas antes arrastrándose penosamente sobre
sus zuecos de madera. Allí estaban, viejos y niños, reposando de sus
fatigas, esperando pacientemente la salida del tren. Algunos, al pasar
el coche, abrieron los ojos y al reconocer a la pareja se pusieron en
pie agitando los brazos alegremente. «¡Eh, eh!». El cochero fustigó al
caballo, que salió corriendo con asombrosa rapidez dejando tras sí, en
breves momentos, la estación y el Asilo de Lavanderas.
—Es un buen caballo.
—Ya ve usted, un potro de cuatro años; no hay más remedio que
contenerle algo, porque si no, entrega en seguida todo lo que tiene. No
está desengañado todavía. Los caballos son como las mujeres, señorito.
—¿Qué dice ese tío?
—No le hagas caso; va borracho.
La luz avanzaba. Por encima de las casas de la plaza de San Marcial,
la aurora enrojecía el cielo con fulgores de incendio. Blanqueaban
los edificios como si estuvieren recién revocados, lucían las aceras
como losas de mármol, y hasta los adoquines del arroyo brillaban como
acabaditos de poner. Todo parecía nuevo, todo parecía blanco.
—¡Qué hermoso es ver amanecer! ¿verdad? —dijo Luis.
Ella no contestó. Reclinada sobre él, oprimiéndole el brazo con el
suyo, estrechándole nerviosamente las manos, le miraba apasionada con
sus azules ojos entornados.
—No me dices nada, Luisillo; no me quieres. ¿Por qué no me miras?
así..., así..., mírame así. ¡Cuánto me gustas, chiquillo! ¡Qué
guapísimo eres!
—Tú sí que eres bonita.
—¿De veras te resulto? Anda, sí, dímelo; me gusta mucho que me llames
bonita; anda, llámamelo.
—Todo lo que tú quieras, chiquilla mía; si yo no tengo en el mundo otra
cosa que hacer más que halagarte a ti. Eres muy bonita, muy bonita;
tienes unos ojos que me enloquecen; unos ojos que cuando se abren, se
me clavan como alfileres; y cuando se cierran me parece que me cogen y
me guardan dentro.
—Sigue, sigue.
—Unos ojos bonitos, muy bonitos, con unas niñas muy grandes y muy
azules, en las cuales me veo retratado chiquito, muy chiquito; pero
¡qué chiquitos somos los hombres en las pupilas de la mujer a quien
queremos con toíta el alma!
—Me vuelves loca.
—Unos ojos hermosísimos, como yo no he visto otros. Unos ojos serenos
como el día, azules como el cielo, tristes como mis penas, grandes como
nuestro cariño. Si es verdad que los ojos son el espejo del alma, ¡qué
alma más hermosa debe de ser la tuya!
—Toda para ti, Luisillo mío. ¡Qué ganas tengo de llegar a casa! En
cuanto lleguemos a casa, te voy a dar toda mi alma. Te la voy a dar
toda, toda, ¡toda!